20 - El salvaje sabueso de destrucción

Calbha desapareció en la espesura y nosotros regresamos al lago para aguardar allí la llegada de los refugiados. No tardaron mucho en comenzar a aparecer entre la arboleda. Eran muchísimos: tribus, clanes y familias enteras que habían sobrevivido a los desenfrenados estragos de Meldron. Llegaban exhaustos, rendidos por el largo viaje, cansados de huir y de esconderse. Pero el sol poniente iluminaba sus ojerosos semblantes y llenaba sus ojos de luz.
¬óRhoedd tiene raz√≥n ¬ócoment√≥ Bran contemplando la creciente riada de refugiados¬ó Son demasiados. ¬ŅC√≥mo vamos a darles de comer?
—En el bosque hay caza abundante —observó Llew—. Y el lago está plagado de peces. Sobreviviremos.
Cynan tenía sus dudas al respecto.
—No pueden quedarse aquí —protestó—. No..., déjame hablar. He estado pensando y es evidente que no tenemos medios para hacernos cargo de ellos.
—Le dije a Calbha que podían quedarse —repuso Llew.
¬óClanna na c√Ļ ¬ómurmur√≥ Cynan¬ó. Un d√≠a..., dos a lo sumo. Despu√©s tendr√°n que marcharse. No me gusta tener que dec√≠rtelo, hermano, pero alguien tiene que hacerlo: tu generosidad es quiz√° digna de encomio, pero es una insensatez.
¬ó¬ŅHas terminado?
—Lo que intento decirte es que si se quedan nos moriremos de hambre. Así de sencillo.
¬óSi nos morimos de hambre ¬óreplic√≥ Llew con firmeza¬ó, nos moriremos todos juntos. ¬ŅDe acuerdo?
Cynan tomó aliento para seguir discutiendo. No lo veía, pero me lo imaginaba sacudiendo la cabeza o pasándose sus enormes manazas por los rojos cabellos con aire exasperado.
—Todo saldrá bien, hermano —aseguró Llew, y oí que le palmoteaba el hombro—. Para esto hemos fundado este lugar. ¡Trescientos! Piensa en todo el trabajo que pueden hacer tantos pares de manos. ¡Dinas Dwr puede acabarse en quince días!
—Si no se hunde bajo su propio peso —murmuró Cynan.
Más tarde, cuando hubimos instalado a los recién llegados en campamentos a la orilla del lago, nos sentamos en torno al hogar del crannog con un sombrío y silencioso Calbha y sus taciturnos Jefes de Batalla. Nos habíamos retirado allí para conferenciar en paz sin que nadie pudiera oírnos. Comimos pan y carne y pasamos de mano en mano la copa a la espera de que Calbha nos contara lo que ansiábamos oír..., lo que llevaba clavado en lo más profundo de su alma.
Nos fuimos pasando en silencio la copa, y poco a poco la lengua de Calbha se fue desatando. Fue cobrando confianza y nosotros fuimos llevándolo al meollo de la cuestión.
—Meldron ha asesinado a los bardos de Caledon y de Llogres —dije yo—. Ha superado en maldad a Nudd, que se limitó a matar a los bardos de Prydain.
¬óTambi√©n intent√≥ matarnos a nosotros ¬óa√Īadi√≥ Llew¬ó. Por eso yo perd√≠ la mano y Tegid los ojos.
¬óMeldron est√° loco ¬ógru√Ī√≥ Calbha¬ó. Se apodera de las tierras y roba el ganado; quema lo que no puede llevarse. Va sembrando la destrucci√≥n y a su paso s√≥lo quedan cenizas. He visto un mont√≥n tan grande de cabezas de guerreros que me llegaba hasta la barbilla, y otro de manos que me llegaba hasta el cintur√≥n. He visto ni√Īos con la lengua cortada... ¬ŅQu√© le hab√≠an hecho para ser tratados con tanta crueldad? ¬ópregunt√≥ ahogado por la c√≥lera.
Su pregunta no tenía respuesta y nadie le brindó ninguna; nos limitamos a beber un trago de cerveza y escuchamos en silencio el chisporroteo de las llamas.
—Cuéntanos lo que sucedió —pidió Llew con tono amable.
Calbha bebió un poco, se secó el bigote en la manga y comenzó su relato.
—Cayó sobre nosotros sin previo aviso. Yo había enviado jinetes para que patrullaran mi reino, pero creo que los mató, porque ninguno de ellos regresó. También había apostado centinelas. Desde el día en que os marchasteis, establecí una vigilancia constante; de no ser así nos habrían aplastado en un abrir y cerrar de ojos. Ojalá os hubiera hecho caso... Si hubiera atacado a Meldron como me sugeristeis, habríamos acabado con él sin darle tiempo a que se hiciera tan poderoso.
¬ó¬ŅCu√°ntos guerreros tiene a sus √≥rdenes? ¬óinquiri√≥ Bran.
¬óDoscientos jinetes y trescientos guerreros de a pie. ¬óCalbha hizo una pausa y con una voz pre√Īada de rencor a√Īadi√≥¬ó: La mayor√≠a de los jinetes son rhewtanos. Ellos y su se√Īor cabalgan a las √≥rdenes de Meldron. Siento dec√≠rtelo, pero me lo has preguntado.
—Cuando reina la injusticia —repuso Bran—, todos los hombres deben cargar con el peso del deshonor. Sé muy bien el lastre que me corresponde arrastrar.
Uno de los hombres de Calbha dijo:
¬óPero ¬Ņsabes lo que significa ver a un hijo destrozado bajo los cascos de los guerreros rhewtanos?
Su voz sangraba como una herida abierta.
¬óLo siento ¬ódijo Bran Bresal con pesar.
—Todos lo sentimos —murmuró Calbha.
Bebió otro trago y continuó su relato.
¬óDefendimos las puertas y las murallas todo un d√≠a; no fui tan insensato como para enfrentarme a √©l en el campo de batalla. Nos sobrepasaban en n√ļmero y sab√≠a muy bien que no podr√≠a vencerlo. Pero cre√≠ que podr√≠amos resistir. Apenas sufr√≠amos bajas, las provisiones eran abundantes y no podr√≠an romper los muros por muchos caballos que tuviesen. As√≠ resistimos tres d√≠as y habr√≠amos podido resistir m√°s tiempo. Pero Meldron atac√≥ los poblados e hizo prisioneros. Llev√≥ a los rehenes hasta Bl√°r Cadlys y comenz√≥ a matarlos ante las puertas. Y no se conform√≥ con matarlos simplemente.
Su voz se quebró.
¬óHizo calentar barras de hierro en una enorme hoguera. Cogi√≥ las barras ardientes y las apag√≥ en la carne de los prisioneros. A algunos se las met√≠a por la garganta, a otros por el vientre. Los gritos..., los gritos... ¬ŅImagin√°is lo que es morir de ese modo? ¬ŅTen√©is alguna idea de c√≥mo debe de ser?
¬ó¬ŅQu√© hiciste entonces? ¬ópregunt√≥ Llew con suavidad.
¬ó¬ŅQu√© pod√≠a hacer? ¬óreplic√≥ el rey cruino¬ó. No pod√≠a permitir que mi pueblo sufriera. Di la orden de ataque. Seguramente √≠bamos a morir todos, lo sab√≠a, pero por lo menos morir√≠amos luchando.
Cynan alabó su decisión.
¬óEra mejor morir honrosamente como mueren los hombres que permitir que os mataran como a bestias.
¬óJam√°s las bestias fueron sacrificadas de forma tan ignominiosa ¬óafirm√≥ Calbha¬ó. Y no pens√©is que se content√≥ con torturar s√≥lo a los hombres. Tambi√©n martiriz√≥ a mujeres y a ni√Īos.
¬ó¬ŅQu√© hiciste? ¬ópregunt√≥ otra vez Llew.
¬óAtacamos ¬ócontest√≥ uno de los Jefes de Batalla de Calbha¬ó. M√≥r C√Ļ nos abati√≥ como si fu√©ramos arbolitos.
¬óM√≥r C√Ļ? ¬ómusit√≥ Llew¬ó. ¬ŅPor qu√© lo llamas el Salvaje Sabueso?
—Ese maldito Meldron es como un perro enloquecido —repuso el hombre—. Se lanza sobre la tierra y devora todo lo que encuentra... Es un Salvaje Sabueso de Destrucción.
—Nuestras pérdidas fueron muchas —siguió contando Calbha—. No podíamos vencerlos, pues eran muchos y resueltos a destruirnos.
¬ó¬ŅC√≥mo escapasteis?
—Se puso el sol; estaba demasiado oscuro para seguir luchando. Así que reuní a los que podían caminar o montar a caballo y huimos aprovechando la bendición de las tinieblas. —Calbha hizo una pausa; hacía enormes esfuerzos por mantener la voz firme—. El Salvaje Sabueso no iba a concedernos siquiera el deshonor de la huida. Nos persiguió toda la noche a la luz de las antorchas. Nos acosaron como si fuéramos animales, matando a los que caían: los afortunados eran atravesados por las lanzas; los desafortunados eran despedazados por los perros.
La voz de Calbha se había ido apagando en un susurro.
¬óMi esposa, mi bien amada reina..., no estuvo entre los afortunados.
El viento soplaba en el lago. Se oía el rumor del oleaje lamiendo los troncos del crannog. Mi corazón estaba abrumado por la pena y el dolor; parecía que una piedra me estuviese aplastando el pecho.
El rey cruino tardó bastante tiempo en reanudar su relato.
¬óNo s√© c√≥mo pudimos soportar aquella noche ¬ódijo recuperando una cierta compostura¬ó. Pero cuando amaneci√≥ nos reagrupamos y descubrimos que el Salvaje Sabueso hab√≠a cesado de perseguirnos. Si hubiera persistido en su acoso, ninguno de nosotros habr√≠a podido sobrevivir ¬óa√Īadi√≥ tragando saliva.
¬óY os dirigisteis hacia el norte.
¬óS√≠, nos dirigimos hacia el norte. Ya no hab√≠a ning√ļn lugar seguro en Llogres. Pero pens√© que si lleg√°bamos a las desiertas monta√Īas de Caledon podr√≠amos escapar. Viajamos por la noche para evitar las patrullas de Meldron. Y por el camino fuimos tropezando con otros fugitivos..., clanes y tribus que hab√≠an podido escapar o que hab√≠an preferido refugiarse en monta√Īas y ca√Īadas a aguardar a que Meldron los atacara y aniquilara.
Aprovechando otra pausa de Calbha, Llew le preguntó:
¬ó¬ŅC√≥mo te enteraste de la existencia de este lugar?
—Los catrinos y algunos otros habían oído hablar de un lugar al norte de Caledon en el que se podía hallar refugio. Y decidimos buscarlo.
¬óEntonces ¬Ņpor qu√© nos atacaste? ¬óinquiri√≥ Cynan; hab√≠a cierto resentimiento en la pregunta, pero sobre todo una viva curiosidad¬ó. Si era un refugio lo que quer√≠as, tienes una forma bien extra√Īa de buscarlo.
Los Jefes de Batalla de Calbha reaccionaron con murmullos de desaprobación ante la pregunta por considerarla una afrenta contra la dignidad y el respeto de su rey. Pero Calbha les impuso silencio.
¬óFue una equivocaci√≥n de la que me arrepiento sinceramente ¬ódijo¬ó. Me he deshonrado a m√≠ y a mi pueblo. Cargar√© con esta verg√ľenza toda la vida.
Luego enderez√≥ los hombros y con voz grave a√Īadi√≥:
¬óSolicito de vosotros naud.
La petición de naud era la más solemne apelación al perdón y a la absolución que podía hacerse, y sólo un rey podía concederla. Llew le respondió con gran delicadeza.
—Te lo concedería gustosamente, pero no está en mi mano hacerlo, porque no soy rey. Fue una equivocación, hermano. Nadie de los presentes pretende condenarte por ello.
—Hombres de mi clan..., parientes... yacen esta noche bajo tierra —sollozó Calbha—. La sangre de esos hombres valientes me condena.
—Rey Calbha —tercié yo—, nosotros te prometimos paz pero te ofrecimos guerra. También nosotros cometimos una equivocación y por tanto nos corresponde una parte de culpa.
El rey cruino tardó en contestarme.
¬óGracias, Tegid Tathal ¬ódijo al fin¬ó, pero s√© muy bien lo que hice. Vi el poblado y vi los caballos, y recel√© de cu√°l ser√≠a vuestro recibimiento. Tuve miedo y ataqu√© por miedo. Nada de lo que puedas decirme har√° cambiar los hechos. ¬óHizo una pausa y a√Īadi√≥¬ó Perd√≠ la esperanza.
—Ahora estás aquí —dijo Llew—. Todo ha terminado.
¬óTodo ha terminado ¬óasinti√≥ Calbha en tono f√ļnebre¬ó. Ya no soy digno de seguir siendo rey.
¬ó¬°No digas eso, se√Īor! ¬óexclam√≥ uno de los jefes cruinos¬ó. ¬ŅQui√©n otro sino t√ļ habr√≠a podido guiarnos y ponernos a salvo?
—Cualquier cobarde lo habría hecho, Teirtu —respondió Calbha.
¬óT√ļ no eres un cobarde, se√Īor ¬ódeclar√≥ el hombre.
—Todos somos unos cobardes —repuso Calbha con voz débil—, si no Meldron no habría podido hacerse tan poderoso. Le entregamos por miedo lo que debíamos haber protegido con valentía.
Aquella noche dormimos al amparo de las estrellas, y también otras muchas noches desde entonces. Hacía falta mucho tiempo para construir un techo para nuestro numeroso clan, que además crecía día a día. En efecto, tal como nos había dicho Calbha, las montanas se llenaron de fugitivos. Eran malos tiempos para Albión; los hombres abandonaban sus tierras en busca de refugio y consuelo. Los clanes del sur de Caledon y de Llogres huían como ovejas ante el acoso del Salvaje Sabueso. No me cabía duda de que todos se dirigirían a Dinas Dwr, el seguro refugio del norte.
Fueron llegando durante el largo mafflar, la estaci√≥n del sol. Los mawrthonos, los catrinos y neifionos que Calbha hab√≠a visto fueron los primeros en llegar. Luego arribaron otros muchos: del sureste llegaron dencanos, saranaes y vynios; de la costa este llegaron iucharos, y de las monta√Īosas tierras del norte de Llogres llegaron goibnuos, taolentanos y oirixenos.
Interrogábamos a todas las tribus y clanes que llegaban, y las respuestas eran siempre igualmente trágicas. Los relatos se repetían con escasas variaciones: Meldron, el Salvaje Sabueso de Destrucción, había invadido sus tierras con asesina ferocidad. Con él cabalgaban la muerte y la ruina; a su paso sólo dejaba desolación.
Muchos nos dijeron que hab√≠an o√≠do hablar de nuestro refugio en el norte. Cuando les pregunt√°bamos c√≥mo nos hab√≠an encontrado, todos contestaban que alguien se lo hab√≠a dicho. Al parecer, la noticia se propagaba como el viento; las tribus errantes o√≠an el rumor y emprend√≠an nuestra b√ļsqueda. Deliberamos acerca de las medidas que deb√≠amos tomar, porque era evidente que s√≥lo era cuesti√≥n de tiempo que Meldron se enterara de nuestra existencia y acudiera a destruirnos.
—No podemos escondernos de él siempre —dijo Cynan—. Nos atacará, sin duda. Pero si construimos una serie de almenaras en el risco, por lo menos nos enteraremos de cuándo va a hacerlo.
Así lo hicimos.
Pero al final no fue ninguna almenara lo que nos anunci√≥ el avance de Meldron. La alerta lleg√≥ con los supervivientes de un peque√Īo clan de la costa este, cinco hermanos y su madre moribunda; ellos nos trajeron la noticia de que barcos llenos de guerreros se dirig√≠an a Ynys Sci.