18 - El reto

Cynan regresó la primera luna después del Samhein con siete guerreros y cinco carretas de suministros —grano para comer y simientes de avena, cebada y centeno— y de algunos artículos de lujo: miel, sal, hierbas, tejidos de lana y cuero curtido. También traía lanzas, espadas y escudos para todos los guerreros. Y, como para asegurarse de que no íbamos a ensoberbecernos con tantas riquezas, también traía treinta eothaelos, famélicos y con los pies destrozados; eran los supervivientes de una tribu que, por negarse a entregar los rehenes y tributos que exigía Meldron, habían visto cómo su rey, sus guerreros y sus parientes eran asesinados, su caer era incendiado y su ganado robado.
¬óNo sab√≠a qu√© hacer con ellos ¬óexplic√≥ t√≠midamente Cynan¬ó. Vagaban errantes por los p√°ramos. Muertos de fr√≠o y de hambre... ni√Īos en su mayor√≠a... sin saber ad√≥nde ir.
¬óHiciste bien ¬ódijo Llew.
—Sin armas, sin provisiones..., no habrían tardado en perecer —continuó Cynan—. Si hubiera contado con ellos, te habría traído más grano. Pero no puedo...
—No te inquietes, hermano —se apresuró a tranquilizarlo Llew—. Para ellos y para gente como ellos hemos construido Dinas Dwr. Que se acerquen.
Los eothaelos se manten√≠an a cierta distancia, temerosos de nuestro recibimiento. Llew, Cynan y yo hablamos con ellos; eran ocho hombres, quince mujeres y el resto ni√Īos y algunos beb√©s. Llew les dijo que no ten√≠an nada que temer; les dar√≠amos comida y ropa, los ayudar√≠amos y, si quer√≠an, pod√≠an quedarse con nosotros. Con todo, se mostraban reacios a creer en tanta fortuna.
Un bebé, raquítico y escuálido, se echó a llorar y su madre se apresuró a consolarlo. El llanto despertó mi visión interior y vislumbré un grupo de personas flacas, cansadas e inquietas, con el miedo pintado en sus hundidos ojos. Al frente del grupo había un sujeto escuálido con el brazo vendado en sanguinolentos jirones de tela; parecía ser el jefe del grupo, todo lo que quedaba de tres clanes.
—No tenemos por qué ser humillados. No somos proscritos —respondió el hombre, indignado—. Fuimos atacados sin haber hecho nada; nuestra fortaleza fue destruida, nuestro pueblo asesinado y nuestro ganado robado. Escapamos de la muerte..., pero incluso la muerte es preferible a la deshonra.
¬óOs hemos dado la bienvenida ¬órepuso Llew¬ó. No creo haberos infligido una deshonra, a menos que cre√°is que nuestra hospitalidad atenta contra vuestra dignidad.
—Somos eothaelos —informó el hombre con frialdad—. No somos un pueblo insignificante para que nos tratéis peor que al ganado.
Llew se inclinó hacia mí y me tocó ligeramente el brazo.
¬óH√°blales t√ļ, Tegid. Me temo que estoy comenzando a repetirme.
Los eothaelos eran una tribu orgullosa y aut√≥noma. Viven, mejor dicho, viv√≠an, al sur de Llogres, apegados a sus rocosos acantilados con la tenacidad de las lapas. Aunque eran famosos por la fiereza con que proteg√≠an sus peque√Īos y cerrados clanes, se sab√≠a que no ten√≠an ni oro ni demasiado ganado y que no sobresal√≠an en el arte de la guerra. No pod√≠a imaginar qu√© esperaba ganar Meldron al atacarlos. Algunos barcos, a lo mejor, y unas cuantas vacas esquel√©ticas.
Los eothaelos habían comenzado a murmurar entre ellos. Alcé el bastón y golpeé con fuerza en el suelo.
—¡Escuchadme, cortos de entendederas! —dije con aspereza—. ¡Oíd al Bardo Supremo de Prydain!
Mis palabras les impusieron silencio. No se atrevían a murmurar contra un bardo. Llew había tratado de infundirles confianza; yo decidí tomar un camino más directo.
¬ó¬°Qu√© verg√ľenza! ¬ŅTan maleducados y desagradecidos sois que rechaz√°is el regalo de amistad que se os ofrece? Hab√©is llegado hasta nosotros desamparados y con las manos vac√≠as, pero no os hemos rechazado. El calor de nuestro hogar est√° a vuestra disposici√≥n, si quer√©is aceptarlo. ¬ŅPor qu√© os qued√°is ah√≠ quietos como prisioneros en el hoyo de los rehenes?
Alcé el bastón, apunté al hombre que estaba a la cabeza del grupo y le pregunté:
¬ó¬ŅC√≥mo te llamas?
¬óIollan ¬óreplic√≥ con brusquedad el hombre, sin a√Īadir ni una palabra m√°s.
¬óEsc√ļchame bien, Iollan. Haz lo que quieras. Te hemos ofrecido nuestra bienvenida. A ti te corresponde aceptarla o rechazarla. All√° t√ļ. Si os qued√°is ser√©is tratados con toda amabilidad. Si decid√≠s marcharos, lo har√©is tal como hab√©is llegado: solos y desamparados.
Iollan frunció el entrecejo, pero no dijo nada.
—¡Qué sujeto tan terco! —murmuró Cynan.
—Dejémoslos que lo piensen —dijo Llew dándose la vuelta.
Cynan y yo lo seguimos, pero apenas habíamos dado diez pasos cuando el hombre nos llamó.
—Aceptamos vuestro ofrecimiento de comida y descanso. Nos quedaremos, pero sólo hasta que hayamos recobrado fuerzas para marcharnos.
Llew se giró.
¬óMuy bien. Sois libres para hacer lo que os venga en gana. No vamos a pediros explicaciones.
Los llevamos hasta las viviendas del prado y los alojamos lo mejor que pudimos. Yo pensé en darles una de las viviendas para ellos solos, pero Llew se negó.
¬óNo, que se dispersen entre todos nosotros; pronto se acomodar√°n a nuestro g√©nero de vida. Nadie deber√≠a sentirse un extra√Īo en Dinas Dwr.
As√≠ pues, repartimos a los refugiados, colocando a unos cuantos en cada casa. En un solo d√≠a hab√≠amos doblado el n√ļmero de habitantes, y las casas ya no resultaban tan c√≥modas como al principio. Pero, cuando llegaran los vientos helados del invierno, el hacinamiento bajo los techos de madera nos har√≠a entrar en calor.
Sollen lleg√≥ fr√≠o y h√ļmedo, pero bastante soportable. Nuestras casas eran bastante c√≥modas, las chimeneas acogedoras y calientes. Muchas noches nos reun√≠amos en la casa m√°s grande y yo tocaba el arpa y cantaba las canciones que hab√≠an sido cantadas desde los inicios del mundo: el cuento de Los P√°jaros de Rhiannon, el de La Fuente de Mathonwy, el de Manawyddan y Tylwyth Teg, el de Cwn Annwn, el de La Rueda de Plata de Arianrhod, y muchos, muchos m√°s. Cantaba para alejar al invierno y poco a poco los d√≠as fueron alarg√°ndose.
Cuando gyd hizo brotar de la tierra los primeros reto√Īos, los refugiados ya no hablaban de marcharse. Se sent√≠an a gusto entre nosotros; su desconfianza, hija del orgullo y del miedo, hab√≠a dejado paso a la resoluci√≥n, igualmente tenaz, de colaborar en los trabajos de construcci√≥n del poblado. Ansiaban pagar nuestra generosidad y demostraron su gratitud trabajando con denuedo: limpiaron el valle para la siembra, transportaron barcazas de piedras para cimentar los pilares de los crannogs, cuidaban de los bueyes y de los caballos, cortaban le√Īa, araban, cocinaban, apacentaban el ganado.
Siempre que surgía alguna tarea, aparecía uno de los eothaelos listo para emprenderla con alegría, con tenacidad y también con habilidad. Trabajaban como esclavos. Es más, si los hubiéramos convertido en esclavos, no habríamos conseguido que trabajaran con más ahínco.
—No son como nosotros, Cynan —comentó Llew un hermoso día mientras se detenía a observar los campos recién arados—. Nunca he visto a un pueblo mejor dispuesto para el trabajo. Su diligencia es humillante.
—Entonces tendremos que trabajar más duro —replicó Cynan—. No es digno de los nobles clanes de Caledon dejarse avasallar por nadie.
Alun Tringad, que estaba cerca, oyó el comentario y se apresuró a afirmar:
—No vayas a creer que puedes ganar a los eothaelos, a menos que superes también a los rhewtanos..., cosa realmente imposible.
Cynan reaccionó con viveza ante la fanfarronada del rhewtano.
¬óSi los hombres de Llogres fueran tan buenos trabajadores como jactanciosos, te creer√≠a. Pero no he visto se√Īal alguna de que lo sean.
¬ó¬ŅAh no, Cynan Machae? ¬óse burl√≥ Alun¬ó. ¬°Pues no tienes m√°s que abrir los ojos! ¬ŅEs que ese campo se ar√≥ solito? ¬ŅEs que la le√Īa se cort√≥ sola? ¬ŅEs que los troncos bajaron hasta el lago a su propio albedr√≠o?
¬óMe parece que ver√© c√≥mo un campo se ara solo, c√≥mo la le√Īa se corta sola y c√≥mo los troncos bajan solos hasta el lago, antes de ver en tus manos un arado, un hacha o una aguijada para azuzar los bueyes, Alun Tringad.
Algunos hombres oyeron el reto, se detuvieron curiosos y se echaron a reír ante la rápida réplica de Cynan. Algunos animaron a Alun a hacer que Cynan se tragara sus palabras.
—Hermano, tu temerario comentario se me ha clavado en el corazón —reconoció Alun con una seriedad acorde con la herida que decía haber recibido—. Sólo veo un modo de salvar mi honor: te reto a que trabajemos un día hombro con hombro para comprobar quién lo hace mejor. Apuesto a que te haré tragar tus palabras.
—A menos que tengas que reconocer tu inferioridad —retrucó Cynan—. Acepto el reto. Veremos quién de los dos es el mejor.
Luego se volvió hacia mí.
¬óMa√Īana araremos un campo, cortaremos le√Īa y transportaremos troncos al lago. Trabajaremos desde la salida hasta la puesta del sol. T√ļ decidir√°s qui√©n de los dos ha ganado.
¬ó¬ŅTe parece bien, Alun? ¬óinquir√≠.
—Perfecto —asintió el alegre Alun—. Si hubieras dicho que teníamos que trabajar siete salidas y puestas de sol, o incluso setenta y siete, no me parecería excesivo. Pero con un día habrá suficiente, porque no quiero fatigar demasiado a Cynan; sé cuánto aprecia tirarse a la bartola.
La réplica de Cynan fue punzante.
¬óAgradezco tu consideraci√≥n, Alun Tringad, pero no desperdicies tus escr√ļpulos conmigo. Mientras t√ļ te afanas en tirar de un buey, yo puedo arar una hect√°rea de tierra y a√ļn me sobrar√≠a tiempo para descansar.
¬óEntonces, de acuerdo ¬óconclu√≠ yo¬ó. Ma√Īana contemplaremos el espect√°culo y veremos qui√©n de los dos es digno de equipararse a un eothaelo.
Por la noche, mientras cenábamos, se cruzaron apuestas sobre quién sería el ganador. Los rhewtanos apoyaban a Alun y los galanaes a Cynan; ambos grupos rodeaban a sus paladines animándolos con elogios y halagos. Observé que los eothaelos no hacían apuestas, pero participaban del bullicio, elogiando ora a Cynan ora a Alun.
Cynan y Alun durmieron a pierna suelta aquella noche. Al d√≠a siguiente se despertaron al alba y se dirigieron al establo para uncir los bueyes y llevarlos hasta el campo que deb√≠an arar. Todos los siguieron, animando entre risas a su favorito. Los ni√Īos correteaban a la cabeza del grupo, brincando alegremente y llenando el valle con el eco de sus gritos y carcajadas.
Los contrincantes se desearon mutuamente suerte, eligieron sus yuntas y la competición dio comienzo. Cynan empezó a tirar de su yunta antes de que Alun hubiera uncido al primero de sus bueyes. Mientras el príncipe sacaba su yunta del establo, le gritó por encima del hombro:
—Ya puedes ir acostumbrándote a contemplar mi espalda; ¡la vas a tener que ver todo el día!
¬ó¬°Tu trasero no es una vista demasiado agradable, Cynan Machae! Pero no voy a verlo por mucho tiempo..., salvo cuando te inclines a besarme los pies en se√Īal de que te das por vencido.
Cynan salió de la empalizada silbando alegremente y condujo la yunta hacia un campo que había sido limpiado la víspera y estaba listo para ser arado; hundió la cuchilla del arado en la tierra y blandió la aguijada de sauce.
—¡Ea! ¡Hala! —gritó.
Oí el latigazo de la vara de sauce y el crujido del arado al trazar el surco, y olfateé el agradable aroma de tierra removida; de pronto el mugido de un buey despertó los ojos de mi mente. Vi cómo los bueyes inclinaban la cerviz y bajaban la cabeza. El arado iba abriendo el surco; Cynan asía con fuerza el mango del arado y, apoyándose con todo su peso, hundía profundamente la cuchilla, mientras los bueyes tiraban con todas sus fuerzas. El arado iba dejando en la tierra una negra cicatriz.
Cynan fue trazando así un profundo surco hasta el final del campo. Luego obligó a los bueyes a dar la vuelta entre los aplausos de la multitud congregada. Cuando acabó el segundo surco, Alun había uncido su yunta y se dirigía hacia el campo que debía arar.
—Tómatelo con calma, Alun —exclamó Cynan—, porque acabaré de arar este campo en un abrir y cerrar de ojos.
—Sigue arando, Cynan Machae —replicó alegremente el rhewtano—. Cuando acabes de arar tu primer campo, yo habré acabado el segundo.
Todos se echaron a reír; los partidarios de Cynan, envalentonados, animaban a los otros a incrementar las apuestas. Los hinchas de Alun reaccionaron desafiantes y se cruzaron nuevas apuestas.
Alun llegó al lugar desde donde debía empezar a arar, instaló la reja del arado y luego fue a acariciar las cabezas de sus bueyes.
—¡Hermosos animales! —les dijo en voz alta para que todos lo oyeran—, mirad qué tierra tan excelente tenéis ante vosotros. Mirad qué hermosura de cielo y qué resplandeciente sol. Es un buen día para arar. Vamos, demostremos a esos perezosos holgazanes cómo se ara un campo.
Luego se inclin√≥, cogi√≥ un pu√Īado de tierra, la amas√≥ entre las manos y refreg√≥ con ella los hocicos de los animales. Algunos mirones se echaron a re√≠r y alguien grit√≥:
¬óAlun, ¬Ņpretendes que se coman un surco?
El engreído Cuervo no se molestó en responder, sino que se acercó a los bueyes, les susurró algo al oído y luego ocupó su lugar tras el arado. No dio ni un grito, ni utilizó la aguijada, sino que se limitó a chasquear la lengua.
—¡Tch! ¡Tch! —siseó.
Ante tan amable orden, las bestias echaron a andar. El arado surcaba suavemente la tierra, y Alun Tringad caminaba detrás chasqueando la lengua y murmurando ternezas a los animales. Así llegó hasta el final del campo y dio la vuelta con menos esfuerzo del que cualquiera hubiera supuesto; era indudable que había gastado muchas menos energías que Cynan.
La yunta de Alun tiraba del arado con suma facilidad, hendiendo la tierra y abriendo uno tras otro surcos profundos y rectos. Por su parte, Cynan acabó afanosamente otro surco y dio la vuelta castigando a los animales con la aguijada de sauce; el arado de Cynan avanzaba despacio y daba violentas sacudidas cuando la cuchilla tropezaba con alguna piedra; Cynan subía y bajaba sus anchos hombros luchando denodadamente con el arado y la yunta. Me pareció que estaba derramando energías, como si quisiera obligar a la cuchilla a hendir el suelo y la tierra le opusiera resistencia.
En cambio, Alun, con sus dulces chasquidos y halagos, parecía ayudar a la cuchilla a abrirse camino en la tierra. Su yunta tiraba suave y dulcemente, y poco a poco iba ganando terreno a la de Cynan.
Araron surco tras surco. La tierra iba dibujando al paso del arado largos y uniformes tirabuzones de color oscuro. Los pájaros brincaban entre los surcos recién abiertos. El sol se fue levantando y el día se fue haciendo más caluroso y claro. Cynan se dio cuenta de que estaba perdiendo terreno y redobló sus esfuerzos. Forzaba más y más a sus bueyes con gritos y latigazos. Las fornidas bestias bajaban la cabeza hasta casi tocar la tierra con sus hocicos; sus musculosos corpachones se inclinaban bajo el peso del yugo, arrastrando penosamente el arado.
Pese a sus denodados esfuerzos, Cynan no podía impedir que la yunta de Alun lo fuera alcanzando. Los halagos de Alun podían más que el derroche de energías de Cynan, y la yunta del rhewtano fue ganando terreno hasta adelantarlo.
Los partidarios de Alun rompieron en v√≠tores cuando acab√≥ el √ļltimo surco; Alun desat√≥ el arado y sac√≥ del campo reci√©n arado a su yunta respondiendo a los gritos y saludos de los espectadores. Cynan acab√≥ de arar su campo con el rostro sombr√≠o y el entrecejo fruncido, desunci√≥ sus animales y se apresur√≥ a alcanzar a Alun, que ya desaparec√≠a en el bosque blandiendo el hacha, seguido ladera abajo por la multitud.
—Hoy sólo trabajarán Cynan y Alun —comenté, oyendo a los rezagados que se apresuraban a seguir a Cynan.
¬óSer√° un d√≠a de descanso ¬órepuso Llew¬ó. Se lo han ganado. En mi mundo ¬óa√Īadi√≥ con aire pensativo¬ó, la gente tiene un d√≠a de descanso..., uno de cada siete. En otros tiempos se consideraba un regalo de inmenso valor, ahora ya no.
¬óUn d√≠a de cada siete ¬órepet√≠ sopesando la idea¬ó. Es una pr√°ctica poco com√ļn, pero no desconocida. Hay bardos que han hecho prevalecer de vez en cuando algo parecido, y reyes que lo han establecido por decreto para su pueblo.
¬óEntonces lo estableceremos por decreto.
—¡Que así sea! Un día de cada siete el pueblo de Dinas Dwr descansará de sus obligaciones —asentí.
¬óBien, se lo comunicaremos a los dem√°s ¬ódijo Llew¬ó. Pero a√ļn no. Vayamos tras Cynan para darle √°nimos.
Cynan se había detenido en el almacén junto al lago para elegir un hacha sólida y resistente. Lo encontramos con una aguijada en una mano y un hacha en la otra conduciendo su yunta por el sendero que iba desde el lago hasta el bosque.
¬óBuen trabajo, Cynan ¬ólo felicit√≥ Llew¬ó. Aunque cre√≠ que ibas a acabar antes que Alun ¬óno pudo evitar a√Īadir.
¬óY yo cre√≠ que no podr√≠a acabar nunca. Era el campo m√°s duro que jam√°s he arado. ¬ŅViste qu√© pedruscos tan enormes? ¬°Verdaderos pe√Īascos! Y los bueyes eran las bestias m√°s tozudas que jam√°s he visto.
¬óNo te preocupes, hermano ¬ódijo Llew¬ó. Ya le ganar√°s. ¬°Alun no puede compararse contigo en el manejo del hacha!
¬ó¬ŅCrees que me preocupan sujetos como Alun Tringad? ¬ógru√Ī√≥ Cynan¬ó. Que tale todo lo que quiera; voy a dejarlo con la boca abierta. Cincuenta hachazos suyos no pueden compararse con uno m√≠o; a buen seguro yo talar√© m√°s √°rboles que √©l.
Cuando llegamos al claro del bosque donde los obreros cortaban los árboles para construir los crannogs, Alun había comenzado con buen pie; había empezado a cortar un enorme pino que estaba ya a punto de caer. Los espectadores jaleaban con gritos cada hachazo.
Cynan eligió un árbol, se escupió en las manos, blandió el hacha y comenzó a golpear el tronco con ágiles y rítmicos hachazos. Sus seguidores lo animaban, y pronto el claro del bosque se llenó con el ruido de los hachazos y los alaridos de los espectadores.
Alun fue el primero en talar un árbol, para deleite de sus partidarios, que prorrumpieron en gritos de triunfo. Sin perder ni un instante procedió a la tarea de podar las ramas más altas del pino. En cuanto hubo terminado, cortó la punta del árbol y sujetó el tronco a una cadena enganchada al yugo por un aro de hierro.
Luego, chasqueó la lengua y azuzó a sus bueyes. El tronco rodó unos metros y Alun se apresuró a detener a la yunta; volvió junto al árbol y acabó de podar el resto de las ramas. Corrió entonces hacia la yunta y comenzó a arrastrar el tronco entre los aplausos de sus seguidores.
¬óLo siento, Cynan ¬óexclam√≥ al pasar¬ó. Te dejar√© algunos √°rboles para que los cortes..., los m√°s peque√Īos.
—No te preocupes por mí, Alun Tringad —replicó Cynan entre dientes—. Para cuando termines, te estaré esperando con una copa en la mano.
Blandió el hacha y la dejó caer con energía; a los pocos minutos tenía a sus pies un montón de astillas.
¬ó¬ŅApuestas qui√©n ser√° el que sostenga la copa, hermano? ¬ópregunt√≥ Alun deteni√©ndose.
Cynan propinó otro hachazo que hizo saltar más astillas.
—La gente me llamará ladrón por despojarte de tus tesoros —repuso.
¬óQue digan lo que quieran ¬ócontest√≥ Alun¬ó. ¬ŅQu√© te parece dos brazaletes de oro contra tu torques?
Algunos espectadores, que conocían bien a Cynan, murmuraron entre ellos. Los azules ojos del príncipe se ensombrecieron, y la sonrisa se le heló en los labios.
—Tu oro no vale ni una décima parte de mi torques —dijo fríamente a Alun.
¬óEntonces, tres brazaletes.
—Siete —corrigió Cynan atusándose el bigote.
¬óCuatro.
—Cinco por lo menos —exigió Cynan—. Y dos anillos.
—¡Hecho! —gritó Alun tirando de su yunta—. ¡Tch! ¡Tch! —chasqueó.
Los bueyes echaron a andar tirando del tronco.
Cynan reanudó su tarea; si hasta entonces había trabajado con tenaz determinación, ahora se afanaba con toda la violencia de que era capaz. Tenía la cara tan congestionada que sus cabellos parecían haber perdido color; el vello se le había erizado de los pies a la cabeza.
—Temo que Alun ha sellado su suerte —observó Llew ante tan repentino cambio—. Cynan podría haber soportado que Alun le ganara, pero jamás se resignará a perder su torques.
Mientras resonaban los hachazos del príncipe, Llew me contó cómo ambos se habían hecho amigos en la escuela de guerreros de Scatha.
¬óY todo sucedi√≥ por esa dichosa torques ¬ódijo Llew¬ó. Creo que la valoraba m√°s que a su propia vida, y ahora poco menos. ¬°Era un joven insoportable! Altivo, soberbio... Te aseguro, Tegid, que el sol jam√°s se pon√≠a en su vanidad ¬óa√Īadi√≥ con una sonrisa.
Se oyó un tremendo crujido, y el árbol de Cynan se balanceó y se derrumbó. Inmediatamente el príncipe procedió a podar las ramas. Entre los vítores de sus seguidores, azuzó a los bueyes, hizo rodar el tronco y acabó de limpiarlo cortándole la copa mientras los animales empezaban a arrastrarlo.
Alun regres√≥ al claro y comenz√≥ a talar otro √°rbol, mientras Cynan estaba a√ļn en el lago. Pero muy pronto los hachazos de Alun fueron acompasados por los de Cynan, que hab√≠a regresado al claro a toda prisa. Alun no sab√≠a la magnitud de la tempestad que hab√≠a desencadenado, pero pronto iba a descubrirlo. El siguiente √°rbol que cay√≥ fue el de Cynan, quien le desmoch√≥ el tronco y la copa antes de que Alun hubiera derrumbado el suyo.
Los seguidores de Cynan gritaron de alegría mientras se llevaba el tronco. Los de Alun comenzaron a apremiarlo, y el ritmo de los hachazos del Cuervo se aceleró. El árbol gimió y cayó al suelo. Enseguida lo podó, lo desmochó y lo ató a la cadena para que los bueyes lo arrastraran.
La competici√≥n adquiri√≥ un ritmo trepidante. Los √°rboles ca√≠an uno tras otro, los troncos eran podados, desmochados y arrastrados desde el claro hasta el lago; los contrincantes se deten√≠an un instante para beber agua y reemprend√≠an febrilmente el trabajo. El sol alcanz√≥ su cenit; los rayos ca√≠an verticalmente sobre el claro a trav√©s de las copas de los √°rboles. Los dos rivales, cubiertos de sudor, se quitaron los siarcs y siguieron talando, entreg√°ndose a la tarea con la furia propia de los guerreros. La torques de Cynan refulg√≠a en su garganta; el cuervo azul tatuado en el brazo de Alun parec√≠a echar a volar cuando los m√ļsculos se tensaban bajo la carne.
Se doblaron y triplicaron las apuestas; primero a favor de uno, despu√©s a favor del otro, seg√ļn cambiaban las expectativas del posible ganador. Incluso los eothaelos se incorporaron a la jarana y entraron en el juego de las apuestas. Llew me dej√≥ para unirse a los alegres espectadores, y yo me sent√© sobre un mont√≥n de astillas; extend√≠ las piernas y me apoy√© en el tronco.
El bosque temblaba con el griter√≠o de la multitud. Los aplausos devinieron cantos a medida que la gente se enfervorec√≠a ante los esfuerzos de los contendientes. El griter√≠o atronaba en mis o√≠dos y resonaba en mi cabeza como los alaridos de una banda de guerreros. Y ante los ojos de mi mente apareci√≥ Dinas Dwr, s√≥lida y fuerte, flotando sobre la reluciente superficie del lago. Vi f√©rtiles campos que se extend√≠an por el valle y vastos cotos de caza en los bosques que poblaban las laderas. Vi un pueblo valeroso que se alzaba orgullosamente para reclamar el lugar que le correspond√≠a entre los poderosos se√Īores del mundo.
Cuando despert√© de mis ensue√Īos, me encontr√© completamente solo. El sol ya no calentaba, el claro del bosque estaba sombr√≠o. O√≠ en la distancia los gritos de la gente en pos de Alun y Cynan, que, colina abajo, conduc√≠an sus yuntas hasta la orilla del lago, donde hab√≠an apilado los troncos cortados. Iba a levantarme cuando sent√≠ una mano que me ayudaba a ponerme en pie.
¬óCre√≠ que te hab√≠as marchado ¬ódijo Llew¬ó. ¬ŅTe hab√≠as quedado dormido?
¬óNo ¬órespond√≠¬ó. Pero he estado so√Īando.
—Ven. El sol está a punto de ponerse y habrá que proclamar al ganador. No podemos perdérnoslo.
Nos apresuramos a bajar hasta el lago donde se había congregado la multitud para aguardar el resultado de la competición. Bran Bresal había asumido la responsabilidad de dirigirse a los espectadores.
—La competición que se ha celebrado hoy consistía en arar, talar y apilar troncos. Los dos contrincantes han trabajado desde la salida hasta la puesta del sol... —Se interrumpió cuando llegamos junto a los espectadores y se hizo a un lado para dejar sitio a Llew.
¬óPor favor, contin√ļa ¬ólo anim√≥ Llew¬ó. Has empezado muy bien.
Pero Bran se negó diciendo:
¬óSe√Īor, t√ļ eres quien debe juzgar qui√©n es el ganador. As√≠ se ha acordado.
¬óMuy bien ¬ódijo Llew subi√©ndose al mont√≥n de troncos¬ó. El sol se est√° poniendo; el trabajo ha concluido. Dos campos han sido arados con igual n√ļmero de surcos. Por tanto, juzgo que hay empate en la labor de arado.
—¡Empate! —protestó Cynan—. Mi campo estaba lleno de raíces y pedruscos. Era mucho más difícil ararlo. ¡Yo debería ser el ganador de esta prueba!
—Yo empecé después pero acabé antes —reclamó Alun Tringad—. Mi campo era tan dificultoso como el suyo. ¡Yo debería ser el ganador!
Entre los seguidores se elevó un coro de protestas, pero Llew permaneció inconmovible.
¬óLa competici√≥n consist√≠a en el trabajo hecho, no en su dificultad. El n√ļmero de surcos labrados es el mismo, por tanto el trabajo tambi√©n. Tendremos que buscar otra f√≥rmula para decidir qui√©n es el ganador.
—¡Cuenta los troncos! —sugirió alguien.
Al instante, la multitud se puso a corear:
¬ó¬°Los troncos! ¬°Los troncos! ¬°Los troncos!
Después, poco a poco, fueron apagándose los gritos.
—Muy bien —acordó Llew—, los troncos decidirán quién es el ganador. Bran, cuéntalos.
Bran se dirigió primero al montón de troncos de Cynan y comenzó a contarlos:
¬óUno..., dos..., tres..., cuatro..., cinco...
La multitud, en silencio, seguía con expectación la cuenta.
¬ó... nueve..., diez..., once..., ¬°doce! Cynan Machae ha derribado y apilado doce √°rboles.
Los seguidores de Cynan expresaron a gritos su aprobación. Cynan dijo algo a Alun, pero sus palabras se perdieron entre la algarabía. Llew, de pie sobre los troncos, impuso silencio.
¬óDoce troncos para Cynan. Ahora contaremos los de Alun.
Bran se dirigió a la segunda pila de troncos.
—Uno..., dos... —comenzó.
Pero nunca lleg√≥ a saberse cu√°ntos troncos hab√≠a cortado Alun, porque, mientras Bran segu√≠a contando, se oy√≥ el estremecedor sonido de un carynx... Como el rugido de un toro enloquecido, las largas y atronadoras notas de un cuerno de batalla descendieron desde lo alto del risco, se extendieron por el lago y resonaron en la ca√Īada.