16 - Una bandada de cuervos

—Volveré tan pronto como me sea posible —prometió Cynan—. Y te traeré hombres, herramientas y provisiones en abundancia para que puedas construir una fortaleza sin igual en toda Caledon.
—Me conformaría con una muda de ropa y un poco de brezo para resguardarme de la lluvia —repuso Llew—. Pero, si no te decides a marcharte de una vez, no podrás traerme nada.
Mientras hablaba, cesó la lluvia que nos había estado martirizando durante dos días. Los caballos alzaron las cabezas haciendo tintinear sus arreos, ansiosos de emprender la marcha.
—Muy bien, ya nos vamos. Pero Rhoedd se quedará con vosotros, y también os dejaré armas para los tres.
—Podemos defendernos sin ayuda de nadie —protestó débilmente Llew—. No necesitamos ningún criado. Si te tropiezas en el camino con Meldron, necesitarás la espada de Rhoedd.
—No, lo dejo a tus órdenes —insistió Cynan—. Amigo mío, no seas cabezota.
—De acuerdo —replicó Llew, haciendo una señal de despedida a Cynan.
Los demás hombres los aguardaban ya en el camino; los oí gritar mientras Cynan se ponía a la cabeza del grupo y luego percibí el tamborileo de los cascos cuando, tras azuzar los caballos, se perdieron entre los árboles.
—Bueno —me dijo Llew, volviendo a donde yo estaba apoyado en mi bastón—, tenemos un caballo y un guerrero bajo nuestras órdenes. Nuestra banda de guerreros ha empezado a formarse.
—Bromea si quieres —contesté—, pero ha habido grandes reyes que han comenzado con mucho menos.
—Si tú lo dices, tendré que creerlo —replicó con una alegría en la voz que hacía mucho tiempo no le oía—. Desde luego, estoy muy contento de que Rhoedd se haya quedado. Comparado contigo y conmigo parece una dura roca; estoy seguro de que puede enfrentarse a diez hombres.
Rhoedd se echó a reír al oírlo.
—¡Así que Cynan te ha puesto en antecedentes! —comentó alegremente—. ¿Te ha hablado también del genio que me gasto?
Así comenzó en el corazón del bosque una camaradería que iba a prolongarse durante toda la estación templada. Rhoedd se reveló como una auténtica bendición caída del cielo: era un hombre de inagotable ingenio; nos ayudaba en todo y se las arregló para incrementar las escasas comodidades de nuestro campamento.
Muchos días él y Llew salían por las mañanas de caza o de pesca, y empleaban el resto de la jornada en buscar raíces y plantas comestibles. Al anochecer nos bañábamos en el lago y por la noche cenábamos al calorcillo del fuego. Después, yo cogía el arpa y cantaba, mezclando las melodiosas notas del arpa con el aromático humo de la leña de roble. Así iban transcurriendo apaciblemente los días mientras aguardábamos el regreso de Cynan.
Un día Rhoedd compareció sin aliento en la orilla del lago donde yo había ido a buscar agua. Él y Llew habían salido a cazar temprano. Respondí a su llamada y llegó hasta donde yo estaba corriendo a toda prisa.
—¿Qué ha sucedido? ¿Está Llew herido?
—Llew está perfectamente —respondió Rhoedd—. Me ha enviado en tu búsqueda. Hemos avistado unos hombres en el sendero del río, bajo el risco.
—¿Cuántos?
—Seis..., quizá más. No estoy seguro porque estaban muy lejos. Llegarán antes del mediodía. Llew se quedó vigilándolos.
Empuñé mi bastón, y Rhoedd me condujo ladera arriba hacia la cima del risco; nos detuvimos en el campamento para coger las lanzas y los escudos que Cynan nos había dejado. A toda prisa avanzamos en dirección oeste por el camino que corona el risco y luego descendimos por un escarpado sendero en el que nos aguardaba Llew agazapado tras unos peñascos a media ladera.
—Están muy cerca —dijo Llew—. Creo que Rhoedd y yo podremos con ellos, pero necesitamos tu ayuda, Tegid. Debemos asegurarnos de que ninguno de ellos escapa de la cañada.
—¿Espías de Meldron? ¿Es eso lo que estás pensando?
—¿Qué otra cosa pueden ser? Cynan nos advirtió que están explorando estas tierras.
Discutimos diferentes tácticas de emboscada y elaboramos un plan para cogerlos por sorpresa.
—Hacia el este hay un lugar donde la cañada se estrecha —indicó Llew—. La pared de roca cae a pico sobre el río. Ahí los caballos no les servirán de nada.
—¿Y más al este? —preguntó Rhoedd.
—Más al este el valle se abre en una vasta llanura.
—Entonces tendremos más probabilidades en esa garganta —asintió Rhoedd.
Regresamos a toda prisa a la cima del risco y seguimos el sendero hacia el este hasta encontrar la garganta. Nos apostamos en un lugar desde el que se veía el camino junto al río y nos dispusimos a aguardar. Pasó el mediodía y seguíamos sin ver ni oír señal alguna de los intrusos. Llew comenzó a impacientarse.
—¿Por qué tardarán tanto? ¿Qué estarán haciendo?
—A lo mejor han cambiado de idea —sugerí—. O tal vez están abrevando los caballos.
Llew envió a Rhoedd a que echara una ojeada, recomendándole que no se dejara ver. Esperar el regreso de Rhoedd no fue menos exasperante que esperar la aparición de los intrusos. Llew iba contando el tiempo que transcurría golpeteando la punta de la lanza contra una roca, produciendo un sonido que me parecía el de un hueso contra otro.
De pronto el golpeteo cesó.
—¿Qué lo habrá entretenido? —exclamó impaciente Llew.
—¡Escucha!
Poco después oímos los pasos de Rhoedd, que enseguida se agazapó jadeando delante de nosotros.
—He bajado hasta el valle —dijo cuando recobró el aliento—. Los he encontrado. Han acampado.
—¿Te han visto?
—No.
—¿Los conoces?
—No pertenecen a ninguna tribu o clan que yo conozca. No creo que sean del norte. —Hizo una pausa para disimular su desprecio por respeto a nosotros—. Parecen hombres del sur.
—Meldron... —murmuró Llew—. ¿Cuántos has visto?
—Son seis —respondió Rhoedd.
—Si son llwyddios —observé—, quizá los conozcamos nosotros. Podría hablarles.
—¿Para qué? —preguntó Llew—. Después de lo que hicieron con la santa hermandad, ¿qué crees que podrías decirles?
Me volví hacia Rhoedd.
—Llévanos hasta donde los has visto.
Aunque el camino era arduo y escarpado, nos las arreglamos para avanzar con rapidez y cautela. Nos acercamos a rastras todo lo cerca que nos fue posible.
—Dime todo lo que veas —le pedí a Rhoedd tocándolo en el hombro.
—Seis hombres, con caballos —contestó Rhoedd— ya te lo dije.
—¡Descríbemelos! —lo urgí—. ¡Con todo género de detalles!
Rhoedd debió de mirar a Llew con aire interrogativo, porque Llew dijo:
—Haz lo que te pide; descríbele todo lo que ves.
—Bueno, son seis —repuso despacio Rhoedd—. Tienen seis caballos: tres ruanos, uno bayo, uno gris, otro negro. Son excelentes corceles. Los hombres son..., veamos..., los hombres...
—¿Son morenos o rubios? ¿Cómo van vestidos?
—Morenos; de piel oscura, sin afeitar, con los cabellos y las barbas trenzados. A pesar del calor se cubren con largos mantos. No llevan armas, pero en los caballos veo lanzas y espadas envueltas en tela. Tres llevan escudos.
—Eso está mejor —lo animé—. ¿Qué más?
—Llevan anillos y brazaletes, de oro y plata. Uno de los hombres lleva un brazalete de oro y un broche en el manto también de oro. Parece un paladín; es el único que lleva una torques, pero de plata, no de oro. Todos tienen un tatuaje azul en el brazo que empuña la espada: es un dibujo de un pájaro, quizás un halcón o un águila; desde aquí no lo distingo bien. Creo que vienen desde muy lejos, porque parecen cansados y rendidos y sus rostros son muy huesudos.
—¡Espléndido! —lo felicité—. Tienes alma de bardo, Rhoedd.
—Será difícil dominarlos a todos a la vez —opinó Llew—. Tenemos cinco lanzas, así que Rhoedd y yo podríamos dejar fuera de combate a tres antes de que puedan empuñar sus armas.
—¿Y los otros tres?
—Sólo contamos con la ventaja del ataque por sorpresa —admitió Llew—. Sin embargo, creo que, si actuamos con rapidez, podremos con ellos.
—Si aguardáramos a que cayera la noche —señaló Rhoedd—, a lo mejor tendríamos más posibilidades. Podríamos atacarlos mientras durmieran.
—Pero entonces tendrán las armas al alcance de la mano —observó Llew—. Ningún guerrero duerme desarmado en un país extraño. Además, apostarán un centinela por la noche. Propongo atacar ahora mismo.
Llew y Rhoedd se enfrascaron en una discusión sobre la mejor táctica de ataque. Mientras los escuchaba, me fue invadiendo una creciente intranquilidad. No es que tuviera miedo, pero presentía que estábamos cometiendo un error.
—Tegid, toma —dijo Llew poniéndome en la mano un cuchillo—. Si alguno tratara de escapar...
Dejé caer el cuchillo como si quemara.
—No podemos hacerlo —declaré—. No es justo.
—No creo que ninguno venga por aquí —me aseguró Rhoedd—. Es sólo por si precisas defenderte.
—Tegid no se estaba refiriendo a eso —le aclaró Llew—. ¿Qué pasa, hermano?
—No podemos atacar a hombres desarmados. Es una vileza digna de Meldron, no de nosotros.
—Bueno, ¿qué propones entonces, Tegid Tathal? —replicó Llew en tono exasperado.
—Darles la bienvenida.
—Darles la bienvenida —musitó irritado Llew—. Desde luego, Tegid, eso es algo que indudablemente Meldron no haría.
—Bardo —comenzó a decir Rhoedd—, si les damos la bienvenida y son espías, a buen seguro estaremos muertos antes de que se ponga el sol.
—Pero, Rhoedd, amigo mío, si los atacamos y son hombres de paz, nos habremos convertido en asesinos.
—¿Qué sugieres, pues? —preguntó Llew.
—Recibámoslos como extranjeros que visitan nuestro hogar.
Dicho y hecho, al instante empuñé el bastón y me levanté.
Llew se apresuró a ponerse en pie y apoyó la mano en el brazo.
—Yo iré delante —dijo y echó a andar delante de mí para que pudiera seguirlo sin riesgo de tropezar o caer, lo cual habría resultado humillante ante unos extranjeros.
Así pues, los tres salimos juntos de nuestro escondite e irrumpimos con paso firme en el campamento de los intrusos.
—¡Salud, amigos! —exclamó Llew—. Que la paz sea con vosotros y con vuestro señor, quienquiera que sea.
—¡Salud! —contestó uno de los extranjeros muy despacio—. Os habéis acercado con extrema cautela.
—Es cierto —reconoció Llew— Perdonadnos si os hemos sobresaltado. No obstante, si vuestras intenciones son pacíficas, recibiréis aquí una amable acogida. Pero, si venís con ánimo belicoso, será mejor que la busquéis en otro lugar. Quisiéramos saber el nombre de vuestro señor y lo que os ha traído a estos parajes, si nada os lo impide.
—Aceptamos contentos vuestra bienvenida —replicó el extranjero—. No queremos causaros daño alguno, amigo, y es nuestro deseo atravesar estas tierras sin ofender a los que en ella habitan. Además, consideraríamos un honor que nos dijerais quién es el señor de estos parajes, para que pudiéramos saludarlo como sin duda merece su rango.
Llew se disponía a contestar, pero yo me adelanté.
—Hablas con suma habilidad, amigo. ¿Cómo, pues, olvidas responder lo que te hemos preguntado? ¿Es que tienes algún motivo para ocultar el nombre de tu señor?
—No te he respondido —repuso el extranjero con brusquedad—, porque ese nombre me resulta más amargo que ningún otro. Me lo callo porque quiero olvidarlo para siempre. Te aseguro que desearía no haberlo escuchado nunca.
Al punto comprendí quiénes eran y por qué habían venido a aquellas tierras.
—Deja a un lado tu amargura y tu rencor —dije—. Aunque quizá no lo sepas, la Mano Segura y Certera os ha guiado hasta aquí. Si queréis honrar al señor de estos parajes, sabed que es precisamente quien os ha saludado y comparece ante vosotros con la mano extendida en son de paz.
—No conocíamos este lugar y no esperábamos que nadie nos recibiera y, mucho menos, que alguien nos diera la bienvenida. Si mi forma de hablar o de comportarme os ha ofendido, os presento mis excusas, señor. No pretendía hacerlo.
—Es evidente que hablas con toda sinceridad —replicó Llew con amabilidad—. Te aseguro que no me han ofendido ni tu forma de hablar ni tu conducta. Te repito que sois bienvenidos en este lugar. Nuestro campamento está al otro lado del risco; es un hogar humilde, pero está a vuestra disposición. Venid con nosotros y descansad.
Los extranjeros aceptaron y emprendimos la marcha. Llew ordenó a Rhoedd que les mostrara el camino, y los extranjeros lo siguieron con sus caballos; nosotros dos cerrábamos la marcha.
—¿Por qué les dijiste que yo era el señor de estos parajes? —preguntó Llew tan pronto como los demás se alejaron lo suficiente como para no oírnos.
—Porque lo eres.
—¿Qué harán cuando se den cuenta de que soy un señor que sólo posee un modesto refugio bajo los árboles?
—¿Sabes quiénes son?
—No. —Hizo una pausa para considerar todo lo que había visto y oído—. ¿Y tú?
—Sí.
—¿Cómo lo has sabido?
—Su llegada había sido anunciada.
—Bueno, ¿vas a decírmelo de una vez o vas a dejarme en la inopia?
—Son los Cuervos.
—¿Los cuervos? ¿Qué cuervos?
—«Caledon se salvará —dije recitando las palabras de la banfáith—. La Bandada de Cuervos acudirá en tropel a sus umbrías cañadas y el graznido será su canción.»
—Seis guerreros —comentó Llew en tono agrio—. Ni siquiera puede decirse que forman una bandada, ¿no te parece?
—Aumentará —aseguré—. Ya lo verás.
—Voy a decirte lo que veo ahora —replicó Llew con acento recriminatorio; se detuvo y me obligó a encararme con él—. Te invade una determinación obsesiva: hacer realidad esa profecía sea como sea. Sabes muy bien que es imposible, y pese a ello te empeñas tozudamente en convertirme en su centro.
—Y tú te empeñas tozudamente en no creerla —observé yo—. La profecía te fue dada a ti; y también el awen del Bardo Supremo.
—¡Sí! —silbó con vehemencia— ¡Y también me fue dado esto!
No me hacían falta los ojos para saber que estaba sacudiendo su muñón ante mi rostro.
—No vine a este mundo para ser rey. Vine para llevarme a Simon —añadió con violencia— y lo haré tan pronto como se me ocurra la manera de conseguirlo. Te juro que eso es todo lo que voy a hacer.
Se dio la vuelta y se apresuró ladera arriba. Allá en las alturas oí el áspero graznido de un cuervo. Y de pronto mi visión interior se despertó. En mi mente apareció la imagen de un cuervo posado en el respaldo de un trono hecho de asta de ciervo; el trono que había visto en mi primera visión. Y vi también otros cuervos, muchos, toda una bandada, que volaban en círculo sobre el trono. Mientras los observaba, aparecieron muchísimos, muchísimos más, como suelen hacer los cuervos, hasta ennegrecer por completo el cielo; sus alas brillaban a la luz del sol y sus ojos tenían un mortal destello azul.
—¡Llew! —lo llamé—. Resolvamos esta cuestión de una vez para siempre.
Oí que aflojaba el paso y lo acompasaba al mío.
—¿Cómo?
—¿De verdad quieres?
—Sí —afirmó—. ¿Qué sugieres?
—Esos guerreros... —comencé a decir—. Nos servirán de prueba.
—¿Cómo?
—Te aseguro que son la Bandada de Cuervos que nos fue anunciada.
—Y dale con la profecía...
—Sí, la profecía. La profecía es la senda. Gofannon, el cylenchar, y ahora los Cuervos... son como luces que iluminan el camino. Por ellos comprobaremos la veracidad de la senda.
Como no me contestaba, seguí insistiendo.
—Si la profecía resulta cierta, ¿dejarás a un lado tu escepticismo y seguirás la senda que se abre ante ti?
Llew meditó unos instantes.
—Es una tarea difícil —repuso al fin.
—¿Más difícil que el hecho de que un hombre con una sola mano se convierta en rey?
—No, supongo que no.
—Entonces ¿por qué te preocupas?
—Muy bien —asintió a regañadientes como si le costara esfuerzo hablar—. Pongamos a prueba la veracidad de la profecía de una vez por todas. Dime ahora quiénes crees que son esos hombres.
Respondí sin la menor vacilación, plenamente confiado en la visión que había tenido.
—Son rhewtanos.
—Perfecto —dijo con brusquedad Llew—. Lo único que nos faltaba.
—Pero no son espías ni traidores. Son hombres honrados. Es más, han puesto sus vidas en peligro por salvar su honor, porque cuando su alevoso señor se alió con Meldron prefirieron exiliarse a tener que servir a un traidor.
—Han abandonado a su señor. No me parece que eso los haga dignos de confianza.
—No digas que han abandonado a su señor —lo corregí—. Di más bien que están buscando un señor que sea merecedor de su lealtad.
—Rhewtanos —musitó Llew—. Muy interesante. Pero no es suficiente. ¿Qué más?
—El que se dirigió a ti es el Jefe de Batalla y los demás son la flor y nata de la hueste de los rhewtanos. Si les dices quién eres y lo que pretendes llevar a cabo en estos parajes, te ofrecerán su apoyo.
—Ojalá... —murmuró Llew, y sentí que comenzaba a interesarse por el reto que le presentaba—. Algo más..., pero tiene que ser algo realmente difícil.
—¿Qué más quieres? —dije deteniéndome para pensar, con la visión de los cuervos clavada en mi mente—. Son los Cuervos; esto te convencerá de que la senda de la profecía es la correcta.
—Eso ya me lo has dicho antes.
—Sí, pero ellos no me han oído. Y te digo que ése es su verdadero nombre —le expliqué— Cuando se lo preguntes, te dirán: «Somos los Cuervos». ¿Qué me dices? ¿De acuerdo?
Llew exhaló un profundo suspiro y supe que estaba dispuesto a aceptar la prueba.
—De acuerdo. Que sea como dices.