15 - Mortales alianzas

—¿Quiénes sois? —preguntó Llew—. ¿Por qué nos atacáis?
Distinguí perfectamente el tono cautamente cortante de su voz; estaba muy tenso. Me esforcé en concentrarme para despertar mi visión interior, pero los ojos de mi mente permanecieron en tinieblas.
—Suelta la lanza —ordenó con energía el primer guerrero que había hablado.
—No hasta que sepa por qué habéis irrumpido en nuestro campamento.
—No acostumbramos responder preguntas a punta de lanza —dijo una voz detrás de mí.
—Pero, en cambio, sí acostumbráis invadir un pacífico campamento con sigilo y alevosía —replicó Llew con voz clara y firme.
—¿Acaso sois los dueños del bosque —medió un guerrero con voz suave—, puesto que os arrogáis el derecho de interrogar a los que en él se internan?
Oí un rumor de pasos que me indicó que uno de los hombres se había acercado un poco más. Extendí las manos para demostrar que no iba armado.
—Paz —dije con tono enérgico pero no intimidatorio—, no tenéis nada que temer de nosotros. Acercaos al fuego.
Se hizo un silencio. Sentí que los ojos de los guerreros se clavaban en mí.
—¿Quién eres? —preguntó uno de los intrusos.
—Te lo diré cuando tú me hayas dicho por qué desdeñáis mi ofrecimiento de paz y mi invitación a que compartáis nuestra fogata.
Como no obtuve respuesta alguna, añadí:
—¿Es que pensáis que sería humillante para vosotros sentaros en nuestra compañía y compartir nuestra comida?
El guerrero que había hablado en primer lugar se apresuró a responderme.
—No pretendemos causaros daño alguno —afirmó en tono sombrío—. Rhoedd vio a unos hombres junto al lago y nuestro Jefe de Batalla nos ordenó que averiguáramos quiénes eran. Han llegado hasta nuestro rey inquietantes noticias de posibles invasores.
—¿Quién es vuestro rey?
—Cynfarch de Dun Cruach —respondió el guerrero.
—Estáis muy al norte de vuestras tierras —comentó Llew—. ¿Dónde está vuestro Jefe de Batalla?
—Nos aguarda en la cañada, junto al río —respondió el guerrero.
—Id a buscarlo —dijo Llew— Lo recibiremos con todos los honores.
El guerrero hizo ademán de protestar.
—Id a buscarlo —repetí yo—. Decidle que Llew y Tegid lo están esperando.
—Pero nosotros no...
—¡Marchaos! —ordené con una voz que resonó en el silencio del claro del bosque—. ¡No regreséis sin él!
Sin añadir ni una palabra más, los tres hombres se dieron la vuelta y se marcharon por donde habían venido. Los oímos alejarse a toda prisa entre los arbustos; Llew exhaló entonces un suspiro de alivio.
—Han estado a punto de atacarnos —observó.
—Estaban asustados.
—¿Crees que Cynan está con ellos?
—Pronto lo averiguaremos.
Me acerqué a la vasija donde hervían las hierbas.
—La pócima está lista. Veamos cómo va tu herida —dije apartando del fuego la jofaina—. Quítate la venda y lávatela.
—Está hirviendo —protestó Llew.
—Debe estar caliente para que pueda hacerte algún bien; el calor de la pócima desinfectará la herida.
Llew obedeció a regañadientes sin dejar de quejarse constantemente. Cuando el mejunje se enfrió y perdió sus poderes curativos, lo calenté de nuevo sobre el fuego. Llew volvió a quejarse. Todavía estaba haciéndolo cuando nuestros visitantes regresaron.
Esta vez llegaron a caballo hasta nuestro campamento; eran siete jinetes con las armas y los escudos preparados.
—¿Cómo osáis dar órdenes a mis guerreros? —preguntó una potente voz entre los árboles—. Levantaos, amigos, y dejad que os vea.
—¡Cynan! —exclamó Llew poniéndose en pie de un salto, pues al momento oí el siseo de la pócima al derramarse sobre las brasas.
—¡Vaya! ¡Pues era verdad! —gritó Cynan, y un crujido de cuero me indicó que había desmontado de un salto—. Me dijeron que Tegid y Llew estaban acampados al otro lado del risco, pero no lo creí. Vine a comprobarlo por mí mismo y, efectivamente, aquí os encuentro.
Durante unos instantes reinó una completa confusión. A mis oídos llegaban los bufidos y resoplidos de los caballos entremezclados con los excitados comentarios de los guerreros. Oí una sonora risotada e instantes después Cynan estaba ante nosotros.
—¡Bienvenido, hermano! —exclamó Llew—. Nuestro hogar es humilde y nuestro palacio no tiene tejado, pero tuyo es todo lo que poseemos. Me alegro de verte, Cynan.
—Yo también... —Cynan debió de descubrir la mutilación de Llew al extender las manos para abrazarlo—. Clanna na cù! —exclamó—. ¿Qué te ha ocurrido?
Cynan se volvió hacia mí.
—Tegid, ¿tú...? —Sentí arder su cólera como una antorcha—. ¿Quién ha hecho esto? Sólo tenéis que pronunciar su nombre y os vengaré diez veces. ¡Cien veces!
—Meldron —contestó Llew lacónicamente.
—Lo mataré —juró Cynan.
—Meldron merece pagar una deuda de sangre —repliqué—, pero no por nuestras heridas. Te aseguro que es el menos grave de los delitos que ha cometido.
A continuación relaté a Cynan y a sus guerreros la masacre de los bardos en el montículo sagrado.
El príncipe y sus hombres me escuchaban en estupefacto silencio. Cuando hube acabado, parecía que se hubieran fundido en las tinieblas de la noche. Sólo se oía el crujido de los leños y el suave y tenue siseo de la brisa nocturna entre los pinos.
Al cabo de un buen rato Cynan rompió el silencio con una voz quebrada por la cólera y la desesperación.
—La situación es aún peor de lo que imagináis —dijo—. Meldron ha declarado la guerra a los señores de Llogres. Ha atacado las principales fortalezas de los cruinos y de los dorathios. Muchos hombres han sido asesinados y otros muchos han huido a las montañas y los bosques.
—¿Cuándo ha sucedido todo eso? —pregunté.
—Lo supimos poco antes del Beltane. Llegaron algunos fugitivos en busca de refugio y nos comunicaron que Meldron había enviado guerreros a Caledon para localizar los puntos débiles de nuestro territorio.
—¡Ah! —exclamó Llew—, por eso estáis tan al norte.
—Eso es —confirmó lúgubremente Cynan— Hemos recorrido las cañadas y los ríos para comprobar si tienen la intención de atacarnos desde estos salvajes territorios que no tenemos protegidos.
—¿Habéis visto a alguien?
—Ni un alma, hasta que Rhoedd os vio a vosotros hace dos días —respondió Cynan.
—Pero ¿por qué tardasteis dos días en aparecer por aquí?
—Estábamos acampados a una jornada a caballo de aquí —explicó Cynan—. Había dado a mis hombres la orden explícita de que regresaran al campamento en cuanto encontraran el menor rastro de extranjeros en estas tierras.
—Si Rhoedd nos hubiera dicho algo, habría sido bien recibido —aseguró Llew—. Alguien habría podido salir malparado en todo este asunto.
—Lo siento mucho —replicó Cynan con cierta rudeza— Pero si hubierais sido espías de Meldron, no me cabe duda de que habríais matado a mis hombres, incluso después de darles la bienvenida. No sabíamos que erais vosotros.
—Bueno, me alegro de veras de volver a verte. Siéntate con nosotros —lo invitó Llew—. Comparte nuestra comida. Sólo tenemos un poco de carne y agua, pero eres igualmente bienvenido.
—Nosotros tenemos provisiones de sobra y, como hemos llegado por sorpresa a vuestro campamento, permitidnos que las compartamos con vosotros —ofreció Cynan con sincera alegría.
—No voy a negarme —repuso Llew, y Cynan ordenó a sus hombres que dispusieran la comida.
Nos sentamos junto al fuego, y, mientras los demás iban a buscar agua y leña y se ocupaban en hacer más cómodo nuestro campamento, Cynan y Rhoedd comenzaron a explicarnos con todo detalle lo que había ocurrido en Albión desde nuestro último encuentro en Ynys Sci. Yo escuché asombrado el relato de cómo Meldron había derrotado y vencido tribus y clanes.
—Cynan —dije—, ¿cómo es posible que Meldron haya llevado a cabo todas esas atrocidades con tanta rapidez? Cuando huimos de Sycharth sólo contaba con un centenar de hombres. ¿Cómo se las ha arreglado para vencer clanes mucho más numerosos y bandas de guerreros mucho mejor armadas?
—La explicación es sencilla —respondió Cynan con aspereza—. Se ha aliado con los rhewtanos.
Los rhewtanos eran una belicosa tribu asentada al norte de Liogres. Habían causado innumerables problemas tanto a Prydain como a Caledon hasta que Meldryn Mawr puso fin a sus incursiones con una serie de duras derrotas. Era extraño que ahora se hubiesen aliado con Meldron y prestaran apoyo al hijo de un antiguo enemigo. Me pregunté intrigado qué les habría prometido Meldron para ganarse su ayuda.
—Los rhewtanos —repetí—. ¿Alguien más?
—No tengo noticias de que se le haya unido ninguna otra tribu —respondió Cynan—, pero se rumorea que algunos de los jefes vencidos han preferido unirse a él a enfrentarse a la muerte. Aunque —añadió con ferocidad— cualquier jefe que haga eso no merece tal nombre.
Hablamos de todo lo sucedido en Albión mientras esperábamos a que la comida fuera servida. Nuestros visitantes aportaron generosamente gran cantidad de provisiones y la cena se convirtió en un verdadero festín de camaradería.
—A fe mía que sois las últimas personas que esperaba encontrar por aquí —exclamó Cynan, dándose una palmada en el muslo.
—Después de que Meldron atacó el montículo sagrado —le dijo Llew—, fuimos hechos prisioneros. Nos abandonaron a la deriva para que muriéramos.
Le relató la tormenta en el mar y cómo nos internamos tierra adentro hasta llegar a aquel paraje; advertí que en su relato no hacía la menor referencia al nemeton o al cylenchar.
Cynan y sus hombres escuchaban el relato con verdadero interés. Cuando Llew hubo acabado, el príncipe dijo:
—Es extraño. Habíamos decidido regresar a casa cuando a Rhoedd le pareció ver a alguien escondido entre los árboles. —Se volvió hacia Rhoedd—. Cuéntales lo que viste.
—Vi a alguien que nos observaba desde el otro lado del río —empezó Rhoedd—. Se lo comuniqué a mi señor Cynan y le pedí permiso para seguirlo. Encontré un camino que me condujo hasta la catarata. Pero, como no hallé ni rastro del hombre, decidí abandonar la búsqueda. Estaba a punto de darme la vuelta cuando vi a alguien sobre las peñas en lo alto de la catarata.
—¿Viste quién era? —le pregunté.
—No —replicó Rhoedd—, pero llevaba un manto verde; estoy seguro.
—Así que reanudaste la persecución.
—Eso es. Pero es muy difícil encontrar un camino en las cataratas y todavía estaría buscándolo si no hubiera sido porque vi una cierva escabullándose por una hendidura entre las rocas. La seguí y encontré un sendero; me trajo hasta aquí, hasta este risco. Desde el risco avisté el lago y bajé a abrevar mi caballo. Tenía in mente regresar por el mismo camino por donde había venido. Si no os hubiera visto al otro lado del lago, habríamos regresado enseguida a Dun Cruach. Ya conoces el resto de la historia.
—Una extraña sucesión de casualidades —observé—. Tuviste mucha suerte.
—Es precisamente lo que creo —admitió Rhoedd—. En realidad lo único que yo hice fue ver al hombre que me condujo hasta el camino. Sé perfectamente que jamás lo habría encontrado yo solo.
—No —respondí—, ni tampoco habrías visto al hombre que te llevó hasta allí, si él no hubiera querido que lo vieras. Porque quien te trajo hasta aquí fue el guardián de este paraje.
—¿Quién es ese hombre, señor?
—No es un hombre —repuse—. Es un ser ancestral.
Entonces les conté el episodio del cylenchar y cómo habíamos sido observados y acogidos por el guardián de aquella recóndita cañada.
Cynan y sus hombres estaban fascinados; estuvimos hablando hasta bien avanzada la noche de aquel maravilloso suceso y de todo lo que había ocurrido en Albión. Ya casi había amanecido cuando nos acostamos.
Al levantarse el día siguiente, Cynan dijo:
—Hacedme el honor de venir con nosotros; en Dun Cruach seréis recibidos como merecéis.
—Gracias, Cynan Machae —respondí—, pero debemos quedarnos aquí.
—¿Aquí? ¿Por qué? Aquí no hay nada —se dirigió a Llew—. Estáis heridos. Necesitáis comida y descanso. Estaréis perfectamente en Dun Cruach.
—Te lo agradecemos —repitió Llew—. Pero, tal como ha dicho Tegid, debemos quedarnos aquí.
—¿Y si Meldron os descubre? —preguntó Cynan poniendo el dedo en la llaga—. Estáis heridos. No podéis empuñar una espada. Venid con nosotros. Os protegeremos.
Llew no pareció ofenderse. Rechazó la bienintencionada ofensa de Cynan con amable respuesta.
—No te corresponde a ti protegernos. Sabremos protegernos el uno al otro.
—¿Cómo? —inquirió Cynan, afligido por la negativa de su amigo, pero al mismo tiempo intrigado.
—Escúchame con atención —dijo Llew en voz tan baja que todos se acercaron para oírlo; me imaginé perfectamente la escena: Cynan y sus hombres pendientes de cada una de las palabras de Llew—. Tegid ha tenido una visión..., una visión de este lugar. Ha visto una enorme fortaleza en medio del lago. Una isla...
—¿Una isla? —repitió asombrado uno de los oyentes.
—¡Pero si no hay ninguna isla! —observó otro.
—¡Silencio! Dejadlo acabar—ordenó Cynan.
—Es cierto —admitió Llew—, no hay ninguna isla... todavía. Será una isla hecha por los hombres. Una isla compuesta por muchos crannogs, una fortaleza compuesta de muchas fortificaciones: se llamará Dinas Dwr. Y será un refugio y un asilo para toda Albión.
—¿De veras has visto eso? —me preguntó Cynan apoyando su mano en mi brazo.
—Lo he visto, sí —repliqué, venciendo el deseo de seguir contando más detalles; Llew había empezado, y era mejor dejar que acabara el relato como quisiera—. Tal como os ha contado Llew.
—Dinas Dwr —musitó Cynan—. Dinas Dwr... si, es un bonito nombre.
—Con una fortaleza en el norte —siguió explicando Llew—, el sur se sentiría mucho más seguro. Seríamos como dos hermanos de armas que luchan espalda contra espalda, defendiéndose uno a otro, protegiéndose uno a otro, el escudo de uno apoyado en el hombro del otro y viceversa.
Los guerreros captaron de inmediato las ventajas de tal posibilidad. Llew se las había pintado en una simple y vivida imagen, y todos expresaron ruidosamente su aprobación.
—Meldron procurará atacarnos por nuestro punto más débil —concedió Cynan—. Yo soy un excelente luchador, pero aun así debo confesar que me sería imposible defender dos lugares a la vez.
—Nosotros defenderemos el norte —prometió Llew—. ¿Qué te parece, hermano?
—Bien —concedió Cynan—. Es un plan astuto.
—Préstame tu apoyo en este asunto, Cynan —dijo Llew con sincero fervor, aunque su tono distaba de ser suplicante— Juntos lograremos hacer realidad este sueño.
Cynan permaneció unos momentos en silencio. Luego se puso en pie gritando gozoso:
—¡Que así sea! —exclamó—. ¡Pongo por testigos a la tierra y a las estrellas que te prometo mi ayuda en tan ambiciosa empresa!
Yo me puse en pie y alcé las manos solemnemente: la izquierda, con la palma hacia fuera, por encima de mi cabeza, la derecha a la altura del hombro, empuñando con fuerza el bastón.
—«El Rey de Oro tropezará en su reino con la Roca de la Contienda —declaré repitiendo la profecía de la banfáith—. El Gusano de ardiente aliento reclamará el trono de Prydain. Llogres se quedará sin señor pero Caledon se salvará.»
Los guerreros aclamaron mis solemnes palabras y corearon la promesa de su señor con juramentos. Luego todos se pusieron a parlotear a la vez con voces excitadas; y en el eco de su alegría percibí que mi visión comenzaba a adquirir solidez, que mi esperanza comenzaba a hacerse realidad.
Los escuché un rato y luego, cogiendo mi bastón, me levanté y me dirigí hacia el bosque. Quería estar a solas con mis pensamientos, quería meditar en lo que nos había contado Cynan: la derrota de los cruinos y de los dorathios; la rendición de Llogres. La mortal alianza entre Meldron y los rhewtanos.
Sopesé todas estas circunstancias pero no pude concentrarme. Oí las ramas moviéndose en las copas de los árboles y olfateé la lluvia en el viento. No podía ver el cielo, pero sabía que todavía estaba claro y que el sol aún brillaba. Llovería antes de que anocheciera, pero ante los hombres reunidos en torno a nuestro humilde hogar se abría un futuro sin nubarrones.
Hasta mí llegaban las voces de los guerreros que discutían sus planes inflamados de fraternidad: la camaradería entre hombres honrados es una poderosísima fuerza. La alianza entre Llew y Cynan, nacida de la sinceridad y el respeto, sería formidable. Para todos los que pretendieran romperla con violencia o traición resultaría también una alianza mortal.
Sin duda alguna, la Mano Segura y Certera se había puesto en movimiento: poderes largo tiempo adormecidos en la tierra se estaban despertando otra vez; espíritus benéficos se agrupaban a nuestro alrededor, fuerzas ancestrales nos conducían por inesperados caminos.
«Caledon se salvará...» ¡Que así fuera!