11 - El regalo de gofannon

—Ahí está —murmuró Llew en un susurro casi inaudible—. Es..., Tegid, es enorme..., un gigante.
—¿Qué aspecto tiene? Descríbemelo.
—Es dos veces más alto que un hombre. Sus brazos son muy musculosos; más que brazos parecen ramas de un roble. Un espeso vello le cubre todo el cuerpo: los brazos, el pecho, las piernas, las manos y la cabeza. Lleva la barba partida en dos, muy larga; sus cabellos son negros, y los lleva anudados como un guerrero. Su cara... ¡Espera! ¡Se ha dado la vuelta y mira hacia aquí!
Llew me apretó el brazo con excitación.
—No nos ha visto.
—¿Qué más? Dame más detalles. ¿Qué aspecto tiene? ¿Qué está haciendo?
—Tiene la piel oscura, ennegrecida por el humo. Los ojos también son oscuros; las cejas, enormes y negras. Su nariz es achatada e inmensa y su bigote, impresionante; le cubre la boca y se alza hacia arriba en las puntas. Se cubre sólo con unos breecs de cuero; lleva los brazos y el pecho desnudos; unos enormes brazaletes de oro le adornan las muñecas.
—¿Qué está haciendo?
—Está sentado en un montoncillo de tierra a la entrada de su cueva. La cueva tiene una puerta: dos postes de piedra coronados por un dintel también de piedra. Hay tres nichos para calaveras en cada uno de los postes; creo que las calaveras son de pájaros y animales del bosque; en el dintel está esculpido el Nudo Sin Fin. Las calaveras y el dibujo están pintados en azul pastel. A la entrada de la cueva hay una piedra y un yunque. Junto a la piedra veo un martillo enorme, el martillo más grande que jamás he visto. Sobre el yunque reposan unas tenazas.
—Sigue —lo urgí—. ¿Qué más?
—Ante él hay una especie de horno y sostiene en su mano un larguísimo espetón con carne... de oveja o ciervo. Está clavando la carne en el espetón. Todavía no ha encendido el fuego y... está mirando hacia aquí otra vez. ¡Tegid! ¡Nos ha visto!
En ese preciso instante oí un vozarrón enérgico y autoritario, profundo como la mismísima voz de la tierra.
—Bienvenidos, hombrecillos —dijo el dueño y señor del soto—. Levantaos y venid aquí.
Aunque el tono era autoritario, no me pareció distinguir en la orden ni amenaza ni animadversión. Sin soltarme el brazo, Llew tiró de mí y avanzamos lentamente hasta detenernos ante aquel ser ancestral.
—Salud, señor —le dije—, te saludamos con profundo respeto y reverencia.
—Demuéstrame ese respeto del que hablas. ¿Qué regalo me traes?
—Gran señor —repuse hablando en dirección a la voz—, somos exiliados en busca de refugio en una tierra desconocida. Caímos en manos de enemigos que nos abandonaron a nuestra suerte. Te traemos sólo la insignificante bendición de la compañía que pueda aportarte nuestra presencia. Pero si te dignas juzgarla como un valioso regalo, te la ofrecemos con sumo placer.
—Es un extraño regalo —replicó aquel ser ancestral con suma seriedad—, porque hace muchísimo tiempo que no he recibido en mi soto a ningún hombre. Aceptaré vuestro regalo con placer. Sentaos y compartid mi comida.
Llew me guió por el codo, nos acercamos más y nos sentamos en el suelo.
—¿Me conoces? —me preguntó la criatura ancestral.
—Gran señor, eres el Buscador de Secretos —repuse—. Eres el Picador del Mineral, el Cavador de Tesoros. Eres el Acrisolador y el Forjador del Metal, el Artífice de la Forja.
El vozarrón soltó un gruñido de asentimiento.
—Soy todo eso, y soy mucho más. ¿Te atreves a pronunciar mi nombre?
—Eres Gofannon —repuse con tono tranquilo, aunque estaba temblando por dentro.
—Eso es —replicó con un tono que denotaba satisfacción; al parecer estaba complacido con sus huéspedes—. ¿Cómo es que conoces mi nombre y mi naturaleza?
—Soy bardo y descendiente de bardos, poderoso señor. He sido adiestrado en los caminos de la tierra y del cielo, y en todas las cosas que les son necesarias a los hombres.
—¿Tienes algún nombre, hombrecillo?
—Tegid Tathal —contesté.
—Y el hombrecillo que te acompaña —dijo Gofannon—, ¿tiene también un nombre o compartís el mismo entre los dos?
—Tiene un nombre, señor.
—¿Y tiene lengua? ¿O es tu lengua la que habla por los dos?
—Tiene lengua, señor.
—Entonces ¿por qué no me dice cómo se llama? Me gustaría que me lo dijera, si es que nada se lo impide.
Noté un ligero cambio en la voz del gigante mientras se volvía hacia mi silencioso compañero.
—Nada me lo impide, poderoso señor —declaró Llew con voz suave—. Y no he perdido la lengua.
—Habla entonces, hombrecillo. Tienes mi permiso.
—Me llamo Llew. En otro tiempo era simplemente un extranjero en Albión, pero fui favorecido por la amistad del hombre que ves ante ti.
—Mi vista es muy buena, hombrecillo. Ya veo también que estás herido —dijo Gofannon—. Has perdido una mano; y tu amigo ha perdido los ojos. Y veo además que estas heridas os causan tremendo dolor. ¿Qué os pasó?
—Nuestros enemigos nos atacaron en un lugar sagrado —respondió Llew—. Los bardos de Albión han sido asesinados. Sólo sobrevivimos nosotros, pero nuestros enemigos nos mutilaron y nos abandonaron a la deriva en un bote.
El dueño y señor del soto sagrado meditó largamente, emitiendo una especie de sordo ronroneo en su garganta, mientras su mente sagaz iba dando vueltas a las palabras de Llew para sopesar la verdad que encerraban.
—Ahora ya sé quiénes sois —repuso al fin, y de nuevo su voz expresaba satisfacción—. Ea, comamos juntos. Pero primero necesitamos leña para el fuego. Tú, hombrecillo, la cortarás —añadió dirigiéndose a Llew.
Oí que el gigante se levantaba y se alejaba.
—Quiere que corte leña —murmuró Llew— Mi mano... ¿Cómo voy a poder manejar el hacha? No podré.
—Díselo.
—Aquí tienes el hacha —indicó Gofannon reuniéndose de nuevo con nosotros—. La leña está allá. Corta lo bastante para toda la noche; la necesitaremos.
—Me complace servirte, señor —dijo Llew con extrema cortesía—. Pero estoy herido, como ves. No puedo sostener el hacha y mucho menos cortar leña. Quizá pueda prestarte otro servicio.
Aunque Llew se negaba con exquisita delicadeza, el Artífice de la Forja permaneció inconmovible.
—Tenías dos manos y sólo has perdido una. ¿Acaso no te queda la otra?
—Sí —respondió Llew—, pero la herida...
—Pues entonces usa la única mano que te ha quedado.
Llew no dijo nada; se levantó y al cabo de unos momentos oí unos hachazos que me indicaron que había comenzado a cortar lenta y torpemente la leña. Juzgué que la exigencia de Gofannon había sido extremadamente dura, pero consideré prudente abstenerme de hacer algún comentario.
Oía los hachazos y los jadeos de Llew y apretaba los dientes compadecido, pues compartía su dolor y frustración mientras manejaba el hacha del gigante.
Cuando hubo terminado, Gofannon le ordenó que trajera la leña junto al horno. Llew obedeció sin protestar, aunque no me cabía duda de que la herida lo estaba martirizando. Hizo varios viajes para traer la leña desde el montón de madera hasta el horno, utilizando sólo su mano sana. Cuando hubo traído el último leño, se derrumbó sin fuerzas en el suelo.
Estaba cubierto de sudor y temblaba de dolor y cansancio.
—Ya está —murmuró con los dientes apretados.
—Tranquilízate —le susurré—. Descansa.
—¡Buen trabajo! —exclamó el señor de la forja—. Ahora a comer.
En cuanto hubo dicho estas palabras, el gigante dio una palmada y al instante oí el chisporroteo del fuego y poco después el olorcillo de la carne asada. Se me llenó la boca de agua y noté el vacío del estómago. Mientras Gofannon se afanaba con la comida, Llew yacía en tierra, recuperando fuerzas. Yo oía el crepitar de la grasa mientras el dueño y señor del soto iba dando vueltas al espetón y el jugo de la carne caía en las brasas.
Cuando la carne estuvo lista, yo estaba casi a punto de perecer de hambre.
—¡A comer! —exclamó el Artífice de la Forja como si él tampoco pudiese esperar más.
Luego oí un ruido seco y un sordo desgarrón, y me arrojaron a las manos una humeante anca de venado. Enseguida sonó otro ruido seco, y supe que a Llew le había correspondido una porción similar.
—¡Hay carne para una semana! —murmuró Llew.
El resto de la presa pertenecía sin duda a nuestro enorme anfitrión.
—¡Comed, amigos míos! ¡Comed y saciaos! —exclamó alegremente, y oí un ruidoso resoplido que me indicó que nuestro huésped había hincado el diente en la carne hasta el hueso.
Haciendo un esfuerzo considerable, levanté el anca hasta mi boca y comencé a comer. Desgarré la carne con los dientes y arranqué con avidez un bocado, extasiado con su calorcillo y aroma. El jugo de la grasa me resbalaba por la barbilla y el cuello hasta el pecho. No me importaba; estaba demasiado hambriento.
—Señor Gofannon —dijo de pronto Llew—, jamás había comido una carne tan sabrosa. Aunque sólo nos hubieras dado un simple bocado, te habríamos estado eternamente agradecidos.
—Cuando se come solo, las viandas no saben tan bien —respondió el gigante con afabilidad—. Pero cuando se comparten con verdaderos amigos, la comida se convierte en un festín.
El señor del soto se echó a reír y nosotros lo imitamos; las risas resonaron en el soto. Terminamos de comer y saboreamos el placer de sentir llenos nuestros estómagos.
—¡Bebed conmigo, hombrecillos! —exclamó Gofannon con un vozarrón que estremeció las ramas de los robles. Luego dio una palmada que sonó como un trueno.
—¡No puedo creerlo! —exclamó con un grito sofocado Llew.
Oí un ruido como el que produce la caída de una piedra en un estanque.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunté.
—Ha aparecido como por encanto —susurró Llew.
—¿Qué es lo que ha aparecido? —susurré a mi vez—. Dime lo que ves.
—¡Un tonel! Un tonel de dorada cerveza... del tamaño de... —Se interrumpió, incapaz de encontrar las palabras adecuadas—. ¡Es enorme! ¡Cincuenta hombres no podrían levantarlo! ¡Harían falta trescientos!
Oí otro ruido y me encontré con una jarra entre las manos. Pero ¡qué jarra!; tenía al menos el tamaño de un balde y estaba llena de cerveza.
—¡Bebed! ¡Bebed, amigos míos! —gritó Gofannon—. ¡Bebed y regocijaos!
Alcé la jarra y bebí un sorbo de refrescante y sabrosa cerveza. Era un brebaje magnífico, agridulce y áspero a la vez, cremoso y con sabor a especias; la mejor cerveza que jamás había probado, y eso que había bebido en no pocos palacios de reyes.
Se me ocurrió que Llew no sería capaz de alzar su jarra y le ofrecí la mía.
—No te molestes, hermano —repuso agradecido relamiéndose el bigote—. He metido toda la cara en mi jarra.
Se echó a reír y reconocí en su risa el humor que en otro tiempo había tenido. Bebimos y reímos, y sentí que el tormento de mi herida y la desesperación de la ceguera se aliviaban como si fueran fardos dejados en el umbral. Sin embargo, no era sólo por la bebida, la comida y el bienestar compartido. Estábamos en presencia de alguien más poderoso aún que el señor de la fragua, en presencia de alguien cuya compañía era un suave bálsamo, un don de inestimable valor. Olvidé mis sufrimientos y mi ceguera, porque ante la presencia del Supremo Sabedor me sentía reconfortado y curado.
Cuando hubimos comido y bebido hasta la saciedad, Gofannon me dijo:
—Me has dicho que eras un bardo. ¿Qué rango tienes en tu clan?
—Soy el penderwidd de Prydain —contesté—. En otros tiempos fui el Bardo Supremo de Meldryn Mawr.
Nuestro anfitrión emitió uno de sus característicos ruidos guturales y dijo:
—Hace mucho tiempo que no he oído cantar a un bardo en mi soto.
—Si lo deseas, poderoso señor —repliqué—, cantaré para ti. ¿Qué te gustaría escuchar?
El Maestro de los Artesanos meditó un buen rato, sin dejar de rumiar.
—La historia de Bladudd el Deforme —dijo al fin.
Una elección curiosa. La Canción de Bladudd es muy antigua. Es poco conocida y se canta en raras ocasiones, quizá porque no se describe en ella batalla alguna.
Como si me leyese el pensamiento, Gofannon añadió:
—Sé que es una canción muy poco conocida. No obstante, me gustaría oírla. Un verdadero bardo debería conocerla.
—Que así sea —dije levantándome.
En cuanto estuve en pie, eché de menos mi arpa.
—Debo pediros disculpas, señor, pero no tengo arpa. Aun así, os aseguro que apenas notaréis su falta. Os lo prometo.
—¡Nada de eso! —exclamó el gigante en un tono que estremeció los árboles—. ¿Por qué conformarse con la falta de un detalle tan nimio cuando sólo tienes que pedirlo para que te sea concedido?
—Señor —repuse temblando aún por la potencia de aquel vozarrón—, si fueras tan amable, ¿podrías procurarme un arpa?
—¡Un arpa! —exclamó él—. Me pides un arpa, pero te quedas ahí con los brazos caídos. Tiende las manos si quieres una.
Tendí las manos hacia él y, en efecto, recibí un arpa. Sopesé el agradable y familiar peso y apoyé el instrumento en mi pecho y hombro. Tensé las cuerdas y emitieron un melodioso y resonante sonido. Aún más, las cuerdas estaban magníficamente afinadas. Hice vibrar una, y el aire se llenó de una esplendorosa nota. Era un instrumento magnífico, una delicia para tocar y escuchar.
Me dispuse a cantar y aguardé a que mis compañeros se instalaran cómodamente para escuchar la canción. Luego toqué un acorde y empecé a cantar:
—En tiempos muy antiguos, antes de que los cerdos fueran conocidos en Albión, cuando los reyes sólo comían carne de vaca, había en Caledon un monarca de gran renombre; se llamaba Rhud Hudibras.
Mi anfitrión emitió un gruñido de aprobación.
—Ese jefe —continué—, un hombre de gran valor, muy amado por su pueblo, tenía tres hijos. El mayor era un guerrero y un cazador astuto y hábil; el segundo era igual que el mayor. Nada les agradaba más que comer con sus valientes camaradas y escuchar las canciones de los bardos. La vida les resultaba placentera si el hidromiel colmaba sus copas y tenían una mujer en los brazos.
»Pero al hijo menor del monarca no le gustaba ni guerrear ni cazar. Se complacía sobre todo acrecentando su sabiduría. Sí, prefería el estudio a las melodías de los bardos, a la compañía de los camaradas, incluso al abrazo de las muchachas. Se llamaba Bladudd. La verdad y la sabiduría eran sus únicos deleites.
»Y sucedió que un día el rey Rhud llamó a sus hijos y les dijo: "Siempre os he complacido, hijos queridos. Os he colmado de regalos. Habladme con sinceridad; reveladme vuestros más escondidos deseos. Pedidme lo que queráis y os será concedido". Los dos hijos mayores respondieron así: "Como bien sabes, lo que más nos gusta es cazar y asistir a banquetes. Por eso no te pedimos más que veloces corceles, abundante caza, un buen fuego y sabrosa cerveza para compartir con nuestros camaradas al final de la jornada". El poderoso rey los escuchó y, como estaba dispuesto a concederles todo lo que le pidiesen, insistió: "Ya disfrutáis de todas esas cosas. ¿No deseáis nada más?". Sus hijos, hombres robustos y audaces, intercambiaron entre ellos unas palabras y le respondieron así: 'Tienes razón al decir que ya tenemos todo lo que deseamos. Sin embargo, hay algo que nos falta". "Pedid y se os concederá", dijo el sabio Rhud.
»La respuesta de sus hijos fue ésta: "Desearíamos vivir muchísimos años para disfrutar eternamente de estas cosas".
»"Si eso es lo que deseáis, es bien fácil de obtener —repuso Rhud—. ¿No queréis nada más?"
»"Tú nos has preguntado y nosotros te hemos respondido —replicaron los hijos—. No deseamos nada más."
»"Muy bien. Seguid vuestro camino. Os concedo lo que deseáis", les dijo el rey.
»Entonces el rey, un monarca muy sabio, se volvió hacia su hijo menor, que permanecía un poco aparte, sumido en sus pensamientos.
»"Bladudd, hijo querido. Siempre te he complacido. Te he colmado de regalos. Háblame con sinceridad, hijo. Revélame los recónditos deseos de tu corazón. Te concederé todo lo que me pidas", le dijo.
»Bladudd, que había estado reflexionando todo el rato, se apresuró a contestar: "Padre, puesto que eres un hombre de palabra, te contestaré con toda sinceridad. Como bien sabes, la búsqueda de la verdad y de la sabiduría es mi obsesión. No obstante, deseo algo que no sé si me reportará dolor o placer. Temo confesarlo por miedo a que me sea negado".
»Y su padre le preguntó: "¿De qué se trata, hijo mío? Habla con el corazón en la mano. Nada me está negado y nada te negaré a ti".
»Bladudd replicó: "Deseo viajar a tierras lejanas donde pueda incrementar mi sabiduría, de forma que pueda conocer la verdad de todas las cosas y, al conocer la verdad, pueda acrecentar mi sabiduría. Porque en verdad te digo que ya he aprendido todo lo que se puede saber en este reino, incluso los hechizos necesarios para cualquier encantamiento. Pero ¿qué son hechizos y encantamientos al lado de la Verdad?".
»Cuando oyó a su hijo, Rhud, que era a la vez hombre sabio y amante padre, se echó a llorar de alegría y dolor a la vez. De dolor porque sabía la dura tarea que aguardaba a su hijo querido; de alegría porque Bladudd deseaba el más preciado de los dones. Y dijo a su hijo: "¿Dónde está esa tierra? ¿Cómo se llama?".
»"Es un reino que está al oeste, más allá de donde se pone el sol allende el mar. Se llama la Tierra de Promisión, y allí cualquier criatura es más sabia que los hombres hechos y derechos de nuestro reino", respondió Bladudd.
»El rey Rhud alzó las manos y dijo: "Sigue tu camino, hijo querido. Te concedo lo que tanto deseas".
»Aquel mismo día Bladudd se hizo a la mar en un velero. Viajó lejos, lejísimos, navegando siempre hacia el oeste, hacia el lugar donde se pone el sol. Pasaron muchos, muchísimos días y no encontró aquella lejana tierra. Seis lunas se sucedieron sobre su cabeza, y después dos más. La noche en que apareció la novena luna, una noche de Beltane, lo invadió un sueño profundo. Se cubrió la cabeza con el manto, cerró los ojos y se abandonó al sueño más profundo que jamás había conocido.
»Pero a él le pareció que había transcurrido muy poco tiempo cuando oyó un sonido semejante a la voz de una pulga. Se despertó, se despojó del manto y vio una resplandeciente luz. En el aire sonaba una tenue música. Las luces brillaban en torno y procedían de las aguas del mar. Bladudd se incorporó y, agarrándose con ambas manos a la borda, se asomó para ver de dónde salía la luz.
»Si la luz que brillaba sobre el mar era espléndida, la que brillaba bajo el agua era deslumbradora. Y la música era la más bella que jamás había escuchado. Pese a ello, no fue la luz ni la música lo que llamó su atención; en modo alguno. Lo que lo hechizó por completo fue la imagen de unas verdes y redondeadas colinas cubiertas de manzanos en flor.
»Donde antes había visto peces y algas, ahora veía pájaros y flores; hermosos pájaros y suaves prados de flores azules y blancas. Los pájaros se posaron en los manzanos y comenzaron a cantar tan dulcemente que Bladudd pensó que el corazón le iba a estallar de emoción. Era como si hubiera estado sordo hasta que había comenzado a oír aquella dulce melodía.
»Cuando hizo un ademán para saludar a los pájaros, todos salieron volando con nervioso batir de alas. Y cuando se posaron en el suelo se convirtieron en cincuenta muchachas de incomparable belleza. Bladudd las contemplaba embobado y habría seguido así hasta el fin de los tiempos, si no hubiera sido porque de pronto apareció en la cima de la colina un rebaño de ciervos.
»Cuando los ciervos llegaron hasta donde aguardaban las muchachas, se convirtieron en cincuenta jóvenes tan apuestos como hermosas eran las doncellas. Todos los muchachos llevaban una gruesa torques de oro, y las doncellas una corona también de oro. Juntos comenzaron a juguetear por los prados; y sus retozos eran de una gracilidad y belleza sin par.
»Al contemplar tan hermosa raza, Bladudd sintió unos enormes deseos de unirse a ellos. Se encaramó a la baranda y saltó al agua. Con la súbita aparición de Bladudd, las doncellas se convirtieron otra vez en pájaros y los jóvenes en ciervos, y emprendieron la fuga por la colina.
»Rápidamente, Bladudd determinó lo que debía hacer. "Me ocultaré con un hechizo", pensó; y así lo hizo.
»Dicho y hecho. Así escondido, corrió hacia el lugar donde los jóvenes se habían convertido en ciervos, escogió al que iba a la cabeza y se abrazó a tan gentil criatura. De este modo, el ciervo y Bladudd echaron a correr juntos por la colina. Mas, aunque el ciervo había ocupado la cabeza del rebaño, con el peso de Bladudd en torno al cuello se quedó rezagado.
«Corrieron un buen trecho, y Bladudd vio que en la cima de la colina se alzaba un majestuoso caer. Los pájaros volaban hacia él, seguidos de cerca por los ciervos. En el centro del caer había un hermosísimo palacio. Los campos que lo rodeaban eran los más hermosos que Bladudd había visto en su vida, y el palacio del rey eclipsaba a cuantos había conocido.
»Al entrar en el caer, los ciervos y los pájaros se transformaron una vez más en elegantes donceles y bellas muchachas. Los jóvenes se burlaban del ciervo que había ido a la cabeza del rebaño y que había sido el último en llegar. Entre risas, sus compañeros le preguntaron si los juegos le habían mermado las fuerzas.
»El joven replicó: "No, pero cuando comencé a correr sentí de pronto un peso sobre el cuello. Si la muerte, que pesa tan espantosamente sobre los mortales, se me hubiera agarrado al cuello, no habría sentido un peso mayor".
»Los habitantes del mundo de las hadas entraron entonces en palacio y Bladudd tras ellos. Invisible gracias al hechizo, se situó junto a una columna y se puso la mano en la boca para no gritar ante las maravillas que contemplaba. En efecto, doquiera posaba la mirada, veía fantásticos tesoros; en todos los rincones y grietas del palacio había incontables maravillas. Y el más insignificante tesoro de los que allí había sobrepasaba en mucho cualquiera de los que hubiera visto en su mundo. Sobre un trono adornado de piedras preciosas estaba sentado el rey. Sus cabellos relucían como el fuego y su rostro resplandecía. Su belleza superaba incluso la de los hermosos jóvenes de la corte.
»Bladudd creyó que no lo descubrirían. Pero, tan pronto como se situó junto a la columna, el rey se levantó y exclamó: "¡Hay un mortal entre nosotros!".
»Bladudd, sorprendido, olvidó el hechizo y se hizo visible.
»El rey lo miró y le preguntó su nombre y su rango.
»Bladudd contestó con orgullo: "Pertenezco a una noble familia que sin duda honraría vuestra hospitalidad. Y puesto que soy un extranjero entre vosotros, reclamo la misma hospitalidad que tú me exigirías si nuestros papeles se intercambiaran: buena comida y bebida, la compañía de una hermosa mujer, arpistas para halagar los oídos, el mejor lugar junto al fuego y un buen número de suaves mantas para el lecho".
»El rey observó: "Es una audaz exigencia. ¿A qué has venido?".
»Bladudd respondió: "He venido en busca de la verdad que abre la puerta de la sabiduría. Juro por los dioses que sirven de testimonio a mi pueblo que no tengo intención de causaros daño alguno. Además, por mucho que me lleve no os empobreceré, porque lo único que deseo es un poco de vuestra sabiduría".
»Cuando el rey oyó estas palabras, echó la cabeza hacia atrás, soltó una sonora carcajada y dijo: "¿Crees que nosotros compartimos así como así nuestro saber?".
»"Nunca se pierde nada con preguntar", replicó Bladudd.
»Y el rey repuso: "Es bien cierto. De todos modos, jamás imaginé que un hombre mortal pudiera encontrar el camino que conduce hasta aquí, a excepción de Bladudd ap Rhud Hudibras de Caledon".
»"Yo soy ese hombre", confesó Bladudd, asombrado de que su nombre fuera conocido entre aquella maravillosa y poderosa gente.
»"Bueno, entonces tu ingeniosa y audaz lengua se ha ganado un puesto entre nosotros..., aunque quizá no sea el que tú has imaginado. Cuidarás de mis cerdos", fue la respuesta del rey.
»Así fue como Bladudd, que jamás había visto un cerdo y mucho menos olido uno, se convirtió en el porquero del rey de la Tierra de Promisión. Bladudd pronto se dio cuenta de que tales cerdos eran las más maravillosas criaturas que jamás hubiera visto. Su principal virtud consistía en que, aunque fueran sacrificados y devorados, al día siguiente estaban vivos otra vez. Pero el portento no paraba ahí. ¡Ni mucho menos! En efecto, el comer la carne de esos cerdos preservaba al pueblo del rey de la muerte.
»Durante siete años, según sus cuentas, cuidó Bladudd aquella maravillosa piara, aunque en todo ese tiempo no tuvo la menor oportunidad de meter su dedo meñique en la salsa de un cerdo asado, y mucho menos la oportunidad de probar un bocado de su carne. Diariamente, a mediodía, los criados del rey iban a buscar los cerdos que se necesitaban para el banquete de la noche. Y todas las mañanas los cerdos regresaban a la pocilga de Bladudd.
»El astuto Bladudd miraba y escuchaba sin cesar. Con sus cerdos recorría la Tierra de Promisión, se familiarizaba con sus habitantes, conversaba con ellos y aprendía muchísimo. Por la noche, escuchaba las canciones de los bardos en el palacio del rey y aprendía aún más. De este modo, pese a lo humilde de su situación, fue acrecentando su sabiduría, sintiéndose por eso plenamente satisfecho.
»Un día, transcurridos siete años, Bladudd estaba apacentando la piara junto a un arroyo. Oyó el sonido de un cuerno de caza y vio que un grupo de jinetes se dirigían al galope hacia el soto. En torno a los corceles corrían los sabuesos; cazadores y perros perseguían a un magnífico ciervo, blanco como la espuma del mar, con cuernos y orejas de color rojo.
»El ciervo blanco saltó ágilmente el arroyo y fue a parar a pocos pasos de Bladudd; luego sacudió las astas y desapareció en el bosque. Sabuesos y jinetes buscaron al ciervo, pero, pese a los ladridos de los perros y a las miradas escrutadoras de los hombres, era evidente que le habían perdido el rastro.
»Bladudd los miró y se dio cuenta de que los veía como reflejados en un estanque; no parecían de carne y hueso. Entonces comprendió que el arroyo era uno de esos linderos que separan un mundo de otro, y que él estaba mirando nada menos que el mundo que había abandonado. Vio los hermosos dibujos de las vestiduras de los jinetes, oyó el rítmico sonido de sus conversaciones y lo invadió una tremenda nostalgia. Los ojos se le llenaron de lágrimas y se tendió junto al arroyo llorando con nostalgia su antigua forma de vida.
»Desde ese momento, Bladudd perdió todo su deseo de permanecer en la Tierra de Promisión y deseó con todas sus fuerzas regresar a su patria otra vez. Se obsesionó con la idea de volver junto a su familia y a su clan y aguardó la oportunidad de hacerlo.
»Esperó y esperó y por fin se le presentó la oportunidad de regresar el día del samhein, cuando los caminos entre los mundos se abren y se puede atravesar de uno a otro. Reunió sus pertenencias y se dirigió al vado donde había visto al ciervo blanco. Salió a escondidas del caer del rey, sin que nadie lo detuviera o le preguntara adónde iba. Y se llevó nueve cerdos del rey, porque quería ofrecer un regalo a Albión.
»Todo iba bien hasta que los cerdos chillaron y despertaron a todos con sus lastimeros ayes. El rey lo oyó y se dispuso a perseguirlos. Bladudd huía intentando toda clase de hechizos para eludirlo.
»Al llegar al arroyo, el valeroso Bladudd pronunció un hechizo que lo transformó en salmón, y a los nueve cerdos en escamas. Pero el rey adoptó la apariencia de una nutria. Entonces el joven se metamorfoseó en una ardilla, a los cerdos en nueve piñones de una piña. Pero el rey se convirtió en un hurón. Después Bladudd tomó la forma de una garza y los cerdos fueron plumas. Pero el rey se convirtió en águila. Al final, Bladudd se transformó en lobo, y a los nueve cerdos en pelos. Pero el rey adoptó la forma de un cazador a caballo, arrojó una lanza contra Bladudd y los cerdos y les devolvió su auténtica naturaleza.
»"¡Qué porquero tan desleal!", exclamó el rey.
»Bladudd le contestó con audacia: "No es cierto, poderoso señor. Te he servido muy bien durante siete años. En todo ese tiempo no has sufrido pérdida alguna porque he preservado a los cerdos de la depredación del lobo o el águila, no se ha extraviado ninguno y he procurado y conseguido que no les sucediera nada malo. No has perdido ni un simple pelo del más pequeño de los lechones. ¡Y todo gracias al celo con que los he cuidado! Te lo aseguro: ni siquiera he metido ni el dedo meñique en la salsa del asado para luego chupármelo. Y tú ni siquiera te has dignado premiar con una simple palabra amable todo lo que he hecho por ti. Así pues, poderoso rey, me pareció justo llevarme una pequeña recompensa por haber incrementado la piara".
»"¡Pretendías robarme los cerdos!", bramó el rey.
»"No es cierto, señor. Simplemente me he propuesto honrar tu nombre y hacerlo tan famoso en mis tierras como lo es en las tuyas, regalando estos cerdos a mi pueblo en tu nombre. Lo he hecho para que nadie pueda pensar que eres pobre y avariento", fue la respuesta.
»La cólera ensombreció el rostro del rey, que rugió: "Eres un atrevido. No tienes idea del problema que tu entrometimiento habría causado si no te lo hubiera impedido. Los mortales sufriríais las más penosas tribulaciones si estos cerdos hollaran vuestras tierras. Sin embargo, lo impediré para que no se derrame sangre inocente. Ya puedes agradecerme mi bondad".
»"Gracias por nada", repuso el audaz príncipe.
»"Viniste en busca de sabiduría...", comenzó a decir el rey.
»"Y recibí sabiduría, pero no gracias a ti", replicó Bladudd.
»Y el rey dijo: "Si hubieras aprendido a dominar tu egoísmo y orgullo, habrías recibido un regalo mucho más valioso de lo que hubieras podido soñar".
»Al decir esto, el rey alzó la lanza y la dejó caer sobre la cabeza de Bladudd, quien perdió el sentido y cayó al suelo como si estuviese dormido. Cuando abrió los ojos, se encontró de nuevo en Albión y no vio rastro alguno del rey ni de los cerdos.
»Y ocurrió que el golpe propinado por el rey castigó a Bladudd despojando a su cuerpo de todo atractivo y belleza. Se le cayeron los cabellos, se le pudrieron los dientes, su piel se hinchó y sus músculos se debilitaron. Lo que en otros tiempos habían sido finos ropajes se convirtieron en harapos. Tenía el aspecto de un hombre a quien la Muerte ha llamado.
»Trató por todos los medios de recuperar su antiguo aspecto, pero no le sirvió de nada todo lo que había aprendido. No fue capaz de conjurar el encantamiento que había caído sobre él.
»Cuando Bladudd se dio cuenta de la magnitud de su desgracia, comenzó a lamentarse: 'Triste acogida me aguarda en mi hogar. No soy un hombre digno de ser agasajado por los amigos, celebrado por los bardos o amado por una hermosa mujer".
»Se envolvió lo mejor que pudo en sus andrajos y se dirigió a la fortaleza de su padre. La gente retrocedía al verlo y nadie osó detenerlo hasta que llegó a las mismas puertas de la fortaleza. Los guardianes se negaron a franquearle el paso y le preguntaron: "¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Qué te hace pensar que permitimos comparecer ante el rey a hombres con semejante aspecto?".
»El misterioso viajero repuso: "Sólo a mí me incumbe quién soy y qué hago aquí. En cuanto a vuestro rey, decidle que soy un hombre capaz de contarle inimaginables maravillas. Y, si eso no lo conmueve, decidle que traigo noticias de su perdido hijo, Bladudd".
»Tan pronto como el rey recibió tal mensaje, ordenó que llevaran al extranjero ante su presencia inmediatamente.
»"¿Quién eres, señor? Y, sobre todo, ¿qué noticias traes de mi hijo?", preguntó cortésmente Rhud.
»"Tienes ante ti a tu hijo", replicó el extranjero extendiendo los brazos de modo que sus andrajos resbalaron de su cuerpo mostrando del todo su monstruoso aspecto.
»El sabio y bondadoso rey se echó a llorar. Y también Bladudd y todos los parientes y camaradas del clan. Porque el príncipe había perdido todo su atractivo y se había convertido en un ser horripilante. Al cabo de un rato dejaron de llorar y le llevaron pan, carne y cerveza al joven, quien, mientras se recuperaba de las fatigas de su largo viaje, les contó su fabulosa historia. El rey lo escuchó con suma atención y deliberó con sus capitanes para decidir lo que se podía hacer.
»Uno de los consejeros dijo: "Es un triste caso, muy lamentable. No obstante, y perdóname por lo que voy a decir, la tradición de la dignidad real no admite excepciones: un hombre deforme no puede ser rey. Y Bladudd, tienes que admitirlo, es más que deforme. Por tanto el príncipe no puede ocupar un lugar entre los nobles con torques de plata que merecen ser reyes".
»El sabio consejero estaba en lo cierto. Incluso Bladudd tuvo que aceptar que no tenía más remedio que esconderse de la vista de los hombres. Se marchó lejos y se construyó en el bosque una casa donde nadie pudiera ver su deformidad.
»Durante siete años vivió retirado y oculto en su casa, con sólo un criado para ayudarlo. En todo ese tiempo ningún hombre se le acercó, y mucho menos la bella silueta de una mujer. Un día, transcurridos siete años, su criado le dijo: "Bladudd, levántate. Alguien ha venido a verte".
»"¡Qué maravilla!" —se alegró Bladudd, y, mirando en torno, preguntó—: ¿Dónde está esa extraordinaria persona?"
»"Ahí fuera, aguardando ser recibida, señor."
»"¡Que entre enseguida!", exclamó Bladudd.
»Así fue admitido el visitante. Cuando estuvo ante Bladudd se quitó la capucha del manto y resultó ser una mujer. Pero no poseía belleza o atractivo algunos. Tenía los ojos apagados, la boca sin dientes, los labios hinchados; era fea como el lodo. Pese a ello, a Bladudd le pareció seductora por la simple razón de que había ido a verlo y porque no pestañeó ni retrocedió de repulsión ante su aspecto, sino que sonrió como si no reparara en la grotesca apariencia del príncipe. Lo saludó cariñosamente y no mostró el menor disgusto o temor ante su deformidad.
»Bladudd, encantado e intrigado, le preguntó: "¿Quién eres, mujer? ¿Dónde está tu casa y qué estrella errante te ha traído hasta aquí?".
»"Vengo de un lugar que conoces muy bien aunque quizá no lo creas. Y he venido a verte porque tengo buenas noticias para ti", fue la respuesta.
«"Entonces ¿por qué me tienes en ascuas? Me muero por oír una buena nueva. Dime enseguida esas excelentes noticias", exclamó Bladudd.
»"He descubierto un modo de curarte, señor, si es que lo deseas."
»"¡Desear! —gritó el príncipe deforme—. Los bardos no tienen una palabra que pueda expresar la magnitud de mi deseo por ser curado. Te explicaré lo que es desear. ¿Sabías que no he visto una mujer en siete años? ¿Ni tampoco un hombre, a decir verdad, a excepción de mi criado? ¡Claro que deseo ser curado!"
»"Muy bien, ven conmigo", dijo la mujer.
»Bladudd quería irse con ella, pero dudó al pensar en el tremendo efecto que su horrible aspecto produciría entre sus parientes. Por eso preguntó: "¿Cómo sé que vas a curarme y no a dañarme aún más? Perdóname, pero quizás el irme contigo sólo me acarree humillación y desgracias".
»"Allá tú, príncipe", replicó la mujer haciendo ademán de marcharse.
»"¡Espera! ¿Adónde vas?", gritó Bladudd.
»La mujer repuso: "Procura aclarar tus ideas, Bladudd. ¿Quieres acompañarme o no?".
»"Sí", contestó él. Recogió sus andrajos y se apresuró a seguirla.
»El príncipe deforme siguió a su visitante, y ella lo condujo a una árida colina, luego a un árido páramo y por último a un estanque de negro lodo fétido y burbujeante.
»"Quítate los andrajos y métete en el estanque. El agua tiene poderes curativos", le indicó la mujer mientras se instalaba en una roca cercana.
»Bladudd miró dubitativo el hediondo cieno. La superficie del lodo se agitaba y movía exhalando un humo fétido. Le pareció más un castigo que una cura. Pero no quería ofender a su visitante, y al fin y al cabo habían recorrido un largo camino. Así pues, se metió en el estanque.
»El lodo estaba caliente y le quemaba la piel. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Pero Bladudd, que había soportado su desgracia con gran entereza, aguantó el dolor por el enorme deseo que sentía de ser curado. Cuando ya no pudo soportar por más tiempo el calor, salió del hediondo estanque y se encaró con la mujer.
»"Es muy cómodo el papel de espectador. La verdad es que esperaba algo diferente", comentó, observando indignado su cuerpo cubierto de barro.
»Ella le dijo: "Sólo por eso debería dejarte tal y como te he encontrado. Pese a ello, tu curación está casi acabada. Al pie de aquel árbol encontrarás un pilón lleno de agua. Quítate el barro y, aunque no me creas, ya verás cómo te sorprendes del resultado".
»Bladudd se dirigió hacia el pilón, se metió dentro y se lavó. El agua estaba limpia y fría; era una verdadera caricia para su embarrada piel. Se relajó dentro del agua y olvidó sus dolores. Olvidó, además, todas sus antiguas inquietudes y problemas. Cuando se dispuso a salir del pilón, su mente estaba totalmente renovada. Miró su deforme cuerpo y, ¡oh maravilla de maravillas!, vio que también estaba del todo renovado.
»Se dirigió presuroso hacia la mujer que lo esperaba en la roca.
»"¡Estoy curado! Aún más, no miento al asegurarte que me encuentro mejor ahora que cuando el rey de la Tierra de Promisión me golpeó con su lanza", le dijo, contemplando con regocijo su cuerpo.
»Como ella no le respondía, el príncipe alzó los ojos y vio que la espantosa mujer había desaparecido y que en su lugar estaba la más hermosa doncella que jamás hubiera contemplado. Sus cabellos eran de un amarillo tan pálido que parecían blancos; su piel era hermosa y suave como la leche, y sus ojos eran muy azules y brillaban como piedras preciosas; sus dientes eran finos y su nariz recta; su frente tersa, su cuello esbelto y elegante, sus dedos muy largos, sus brazos flexibles, su pecho suave y grácil. Era la mujer de los más ocultos sueños de Bladudd.
»"Señora, ¿dónde está la desdentada mujer que me trajo hasta aquí? Debo agradecerle el singular servicio que me ha prestado", dijo el príncipe con voz temblorosa.
»La gentil doncella miró a Bladudd; luego miró a derecha e izquierda.
»"No veo mujer alguna. Creo que debes de estar equivocado. ¿O acaso te parezco desdentada?", repuso ella con una voz dulce como la miel.
«Sonrió tan dulcemente que las rodillas de Bladudd se echaron a temblar, y el joven temió caer de bruces ante la muchacha.
»"Señora, no veo en ti defecto alguno", balbuceó Bladudd.
»La doncella repuso: "Ni yo en ti. Pero a lo mejor te sentirías más a gusto si te pusieras alguna ropa".
»Bladudd enrojeció y miró en torno.
»"Haces bien en recordármelo. Sin embargo, prefiero ir sin manto y sin vestidos a ponerme esos harapos", replicó mirando de reojo los andrajos que había arrojado al suelo.
»"¿Harapos? —repitió la hermosa muchacha—. Debes de estar acostumbrado a ropajes muy finos para considerarlos andrajos."
»Se inclinó y recogió el montón de ropa. Bladudd vio con asombro que sus andrajos se habían convertido en los más finos ropajes que imaginarse pueda.
»"¿Son mis vestidos? —se preguntó en voz alta con asombro, porque lo que le tendía la dama era un manto, un siarc, unos breecs y unos buskins más lujosos que los que poseía su padre el rey Rhud Hudibras—. ¿Son de verdad míos?"
»"Supongo que no imaginas que son míos —contestó la doncella acariciando con sus elegantes manos su suave manto de color blanco—. Y, en confianza, me parece que a ti te hacen más falta que a mí."
»El asombrado Bladudd se vistió rápidamente alabando la excelente hechura de sus nuevas ropas. Cuando hubo terminado, parecía un verdadero rey.
»"Te diré la verdad —le dijo a la muchacha—. Estoy acostumbrado a las cosas buenas, pero jamás he poseído unos ropajes tan finos."
»La doncella le indicó: "Olvidas tu espada".
»Bladudd la miró y vio que la joven sostenía en sus manos una espada con empuñadura de oro.
»"¿Es mía?", inquirió sospechando alguna añagaza, porque jamás había poseído un arma tan espléndida.
»La dama repuso: "No veo a ningún otro aquí; sólo a ti, y he de confesarte que en verdad me agrada lo que veo".
»Bladudd se ciñó alegremente la espada a la cintura y se sintió como un verdadero rey. Contempló con mirada amorosa a la joven.
»Luego, con el corazón henchido de amor y gratitud, dijo: "Señora, ¿cómo te llamas?".
»La muchacha miró a Bladudd a través de sus largas pestañas y preguntó: "¿No me conoces?".
»El príncipe respondió: "Si te hubiera visto antes, te aseguro que te recordaría. Si hubiera oído tu nombre una sola vez, habría grabado eternamente dentro de mí su sonido".
»La muchacha se levantó, sonrió y, tendiendo una mano hacia Bladudd, dijo: "Mi nombre es Soberanía. Hace mucho tiempo que te buscaba, Bladudd".
»"Un nombre sin igual —afirmó Bladudd ladeando la cabeza—. Te ennoblece aún más si cabe."
»Le cogió la mano, y su contacto lo llenó de placer.
»"Señora, ¿querrás acompañarme a mi casa?", añadió.
»"Empezaba a pensar que no me lo ibas a pedir jamás", repuso la gentil doncella, y señaló hacia un sauce al que estaban atados dos corceles.
«Juntos, la hermosa doncella y el apuesto príncipe cabalgaron hacia el reino de Rhud Hudibras.
»Cuando el padre vio a su hijo totalmente curado, fue tan grande su regocijo que rompió a llorar de alegría. Luego ordenó que se celebrara un banquete para festejar el regreso de su hijo en otros tiempos deforme.
»"¡Estás curado, querido hijo! Dime cómo ha ocurrido", exclamó el rey entre lágrimas.
»El feliz príncipe le contó lo que había sucedido desde la última vez que se habían visto: los siete anos de largo exilio, la llegada de su visitante, el baño en el hirviente lodo, el estanque, la aparición de la doncella, todo. El rey Rhud escuchó la historia sacudiendo la cabeza, maravillado de cuanto oía.
»"Así que le rogué a la joven que me acompañara a mi casa. Aquí la tienes", concluyó Bladudd.
»Miró amorosamente a la doncella y añadió:
«"Espero que se quede conmigo para siempre. Creo que no podría vivir ni un día si me abandonara".
»"Me quedaré contigo, Bladudd", dijo la doncella.
»"¿Querrás casarte conmigo?", preguntó Bladudd con el corazón palpitante como un tambor.
»La más hermosa de las doncellas prometió: "Me casaré contigo, Bladudd. He nacido para ti, y tú para mí..., si es que quieres saberlo".
»Así fue como Bladudd y la hermosísima muchacha se casaron aquel mismo día. Y aquel mismo día Bladudd se convirtió en rey, porque su padre, al ver la sabiduría y bondad de su hijo y la belleza y sabiduría de su esposa, renunció a la torques de oro y convocó a sus capitanes y a su pueblo. Llamó también a su Jefe de la Canción, y cuando todos estuvieron reunidos les dijo: "¡Escuchadme! Ya no quiero seguir siendo vuestro rey".
»Las tribus comenzaron a lamentarse porque había sido un rey justo y bueno.
»"A ti te corresponde elegir a mi sucesor. Elige sabiamente y habrás elegido bien", le dijo a su bardo.
»El bardo y el pueblo deliberaron un rato mientras el rey aguardaba. Cuando hubo pasado un tiempo razonable, el rey preguntó: "¿Y bien? ¿Cuál es tu decisión?".
»El bardo, en nombre del pueblo, respondió con potente voz: "Sabemos bien que jamás encontraremos a un señor tan grande y bueno como tú para que nos gobierne; pero, como has declarado que ya no deseas ser rey, lo cual lamentamos y lamentaremos amargamente, elegimos a Bladudd. Que él sea para nosotros un pilar de protección y una espada de recto juicio".
»Rhud se alegró enormemente al ver que el pueblo había sabido leer en su corazón. Y el Jefe de la Canción colocó la torques de oro, símbolo de la dignidad real, en el cuello de Bladudd. Desde aquel día, Bladudd gobernó con sabiduría y justicia. Su constante deseo por alcanzar la Verdad y su esposa, Soberanía, lo asistieron en todo y en todo prosperó Bladudd.
»Aquí termina la historia del príncipe deforme. Que la escuche quien lo desee.»
Las últimas notas del arpa se prolongaron largo tiempo en el bosque. Me senté junto al fuego, dejé a un lado el arpa y bebí de mi jarra. Oí cómo el silencio del bosque se hacía más profundo mientras la noche extendía su manto sobre nosotros, arropándonos en su corazón de tinieblas.
Al cabo de un rato, Gofannon, con su voz que resonaba como un trueno en el montículo, dijo:
—He sido bendecido con el regalo de tu canción, y también por el no menos espléndido regalo de vuestra compañía.
—Somos nosotros quienes debemos estarte agradecidos, señor —repuse—. Tu comida y tu bebida han significado nuestra salvación.
—¡Bah! —exclamó el gigante con impaciencia—. La comida y la bebida sacian sólo un corto tiempo y luego desaparecen. Pero el regalo que me habéis hecho me acompañará y me sostendrá doquiera que vaya. En honor de esta verdad, quiero recompensaros: os concederé el don de tu canción.
—Gofannon, poderoso señor —contesté—, hemos gozado de la liberalidad de tu hogar, de tu amabilidad y de tu compañía. Ya nos has concedido más de lo que hubiéramos osado pedirte.
—Aun así —respondió el gigante—, os recompensaré con creces por el servicio que me habéis brindado esta noche.
Oí un crujido y me pareció que la voz del gigante sonaba desde algún lugar por encima de mi cabeza.
—Ahora, a dormir —dijo—. Descansad en paz junto al fuego. No os inquietéis por nada. Ningún enemigo interrumpirá vuestro reposo; nada os perturbará en mi soto.
La voz se fue desvaneciendo y me di cuenta de que el dueño y señor del bosquecillo se había retirado a su cueva. Mientras nos dejaba entregados al descanso le oímos decir:
—Recibiréis mi recompensa a su debido tiempo. Procurad estar preparados para recibirla.