10 - El nemeton

Todavía se oía el gemido del mar sobre su lecho de rocas, pero su eco iba debilitándose a medida que avanzábamos tierra adentro. En la mano izquierda sostenía una rama de roble alisada por el mar que usaba a modo de bastón; mi mano derecha descansaba sobre el hombro de Llew, que me hacía de lazarillo. Me pareció que descendíamos, por lo que supuse que el terreno trazaba un declive desde el promontorio de la costa que íbamos dejando atrás.
Despu√©s de una noche de tormenta en la playa, la llegada del d√≠a nos hab√≠a animado a levantarnos y a internarnos tierra adentro, lo cual significaba escalar los acantilados del promontorio. Ninguno de los dos habr√≠a podido lograrlo por s√≠ solo. Incluso ahora, no consigo explicarme c√≥mo nos las arreglamos para lograrlo. Nos llev√≥ todo el d√≠a, pero por fin salvamos el promontorio y nos tendimos a descansar en una peque√Īa hendidura cubierta de yerba entre dos pe√Īas, temblando de fr√≠o porque el sol ya se hab√≠a puesto. Por la ma√Īana reanudamos nuestra penosa marcha.
Mientras avanzábamos, Llew me iba describiendo lo que veía.
¬óHay colinas que en la distancia se convierten en elevados picos; los m√°s altos est√°n cubiertos de nieve.
¬ó¬ŅEn qu√© direcci√≥n est√°n?
Hizo una pausa y se orientó por el sol.
—Sureste, creo —contestó—. Las colinas más cercanas son suaves y están cubiertas de bosques de robles, hayas y algunos pinos. Delante de nosotros hay un arroyo, pero tendremos que salvar una pendiente para llegar a él. Los bosques comienzan al otro lado. Podemos descansar junto al arroyo antes de internarnos en la espesura y...
Sofocó un grito; noté que el hombro se le ponía tenso.
Era otro de sus repentinos ataques de dolor que lo asaltaban como afiladas flechas de agonía sin previo aviso. Cada vez que ocurría, teníamos que hacer un alto hasta que los dolores remitían y podía ponerse en marcha otra vez. Me imaginaba el sufrimiento que padecía; quizás era equiparable a los ardientes lanzazos que yo sentía en los ojos y que me taladraban el cerebro.
¬ó¬ŅD√≥nde crees que nos encontramos? ¬ópregunt√≥ al cabo de un momento con los dientes a√ļn apretados.
¬ó¬ŅLos picos est√°n cubiertos de bosques?
—Creo que sí —dijo Llew tomando aliento e irguiéndose de nuevo—. Están muy lejos. No puedo asegurarlo; pero sí, parece como si las laderas estuvieran cubiertas de árboles.
Reanudamos la marcha.
¬óPuede ser que hayamos llegado a alg√ļn punto de la costa norte de Caledon. Si es as√≠, los picos que ves ante ti son los Monadh Dubh.
—El clan de los galanaes, el pueblo de Cynan, habita en las regiones del sur de Caledon —observó Llew.
—Estamos muy lejos del sur. El norte está prácticamente deshabitado —le expliqué—. Son tierras salvajes e inhóspitas, azotadas por vendavales y tormentas... como la que acabamos de padecer. Los parajes que estás contemplando son tierras salvajes; no encontraremos rey alguno que nos dé la bienvenida.
Con extrema precauci√≥n descendimos hasta el arroyo, junto al que nos arrodillamos para beber. Luego nos tendimos a descansar. Acostados sobre la yerba, mis pensamientos derivaron hacia la masacre del mont√≠culo sagrado. Me embarg√≥ la angustia y solt√© un gemido. ¬ŅC√≥mo habr√≠a podido adivinar semejante atrocidad, si incluso despu√©s de sobrevenida no lograba explic√°rmela? ¬ŅC√≥mo habr√≠a podido presentir el ataque, si a duras penas pod√≠a creer que hubiera ocurrido?
¬ęCuando la Luz de los derwyddi se apague y la sangre de los bardos reclame justicia, los Cuervos extender√°n sus alas sobre el bosque sagrado y el mont√≠culo sacrosanto...¬Ľ
√Čsas hab√≠an sido las palabras de la banf√°ith. Palabras que con atroz exactitud acababan de cumplirse. La sagrada hermandad hab√≠a sido asesinada, la luz de su sabidur√≠a hab√≠a sido apagada violentamente; la sangre de los bardos se alzaba sobre la tierra reclamando justicia. ¬°Que as√≠ fuera!
Descansando a la orilla del arroyo, dejé que mis pensamientos tomaran tales derroteros. Al cabo de un rato, sentí que Llew se movía.
¬ó¬ŅQu√© vamos a hacer ahora? ¬ópregunt√≥.
—Necesitamos descansar —respondí—. Y tiempo para curar nuestras heridas.
¬ó¬ŅTe duelen mucho? ¬ópregunt√≥ con voz tensa y contenida.
—No sé qué me duele más, si la pérdida de la visión o la pérdida de mis hermanos. Siento como si me hubieran arrancado el alma.
Llew permaneció en silencio un tiempo.
—No podemos quedarnos aquí —dijo al fin—. Hay agua, pero no comida, ni refugio. Tenemos que marcharnos.
¬óEncontraremos refugio en el bosque.
Pero durante un buen rato ninguno de los dos hizo el menor movimiento para reanudar la marcha. Después, Llew se puso en pie lentamente. Sentí que me agarraba el brazo y me obligaba a levantarme.
—Creo que debemos seguir el arroyo y ver adónde conduce.
Junto al cauce los matorrales eran muy frondosos y dificultaban nuestra marcha. Pero luego el arroyo desembocaba en un río, en cuyas orillas crecían esbeltos árboles y se abrían anchurosos prados que hacían más fácil nuestra marcha.
Caminábamos despacio y descansábamos de vez en cuando. A la caída de la noche no habíamos avanzado demasiado. Pero el cauce del río conformaba hondonadas y vallecitos en los que procurarnos un buen refugio. No teníamos con qué encender fuego, pero por lo menos pude indicar a Llew dónde encontrar algunas raíces comestibles que desenterró con un palo y lavó en el río. Quizá nos helaríamos de frío con la brisa nocturna, pero al menos no nos moriríamos de hambre.
Por la noche me despertaron los gritos de dolor de Llew. Sufr√≠a mucho y temblaba de fr√≠o. Lo obligu√© a levantarse; a trompicones nos acercamos al r√≠o y le hice meter en el agua helada su hinchado mufl√≥n. Eso le procur√≥ cierto alivio, pero cuando regresamos a nuestro fr√≠o campamento est√°bamos tan helados que no pudimos volver a conciliar el sue√Īo.
Al día siguiente, me aseguré de que Llew se procurara pedernal y una cierta cantidad de musgo seco para encender fuego.
¬ó¬ŅDe qu√© servir√° el pedernal sin nada m√°s? ¬ópregunt√≥ Llew.
¬óHay muchas piedras con las que se pueden hacer saltar chispas del pedernal. Ya te ense√Īar√© c√≥mo. Antes de que todo esto haya acabado, habr√© hecho de ti un verdadero bardo ¬óasegur√©¬ó. Incluso lograremos rescatar el awen de Ollathir.
—En marcha, oh maestro de la sabiduría —bromeó Llew—. Tus palabras son órdenes para mí.
De este modo nos internamos en el coraz√≥n de Caledon; avanz√°bamos muy lentamente y nos deten√≠amos a descansar y a lavar nuestras heridas en las heladas aguas del r√≠o. Durante una de esas pausas, rogu√© a Llew que se quitara el vendaje de la mu√Īeca.
—Descríbeme el aspecto de la herida —le dije.
¬óEst√° mejorando.
—Descríbemela. Debo saber si está cicatrizando como es debido.
Contuvo el aliento y procedió a quitarse los jirones del manto con los que le había vendado la herida. Cuando hubo terminado, soltó un gemido, que expresaba tanto su dolor físico como su dolor moral.
¬óLa herida est√° negra ¬ódijo¬ó se ven algunas astillas de hueso.
—Lávatela en el agua y dime qué aspecto tiene —le ordené.
Bajó con cuidado el brazo y oí que lo sumergía una y otra vez en el agua.
¬óClanna na c√Ļ! ¬ómusit√≥ entre dientes.
¬ó¬ŅQu√© aspecto tiene? ¬ópregunt√© cuando hubo acabado de lavarla.
¬óEst√° m√°s roja que negra. Algunas astillas de hueso se han desprendido. Y sangra de nuevo.
¬ó¬ŅLa sangre es espesa y roja o l√≠quida y fluida?
¬óCreo que espesa y roja.
¬óY la carne en torno a la herida, ¬Ņest√° hinchada y caliente al tacto o est√° fr√≠a? ¬ŅQu√© color tiene?
¬óBueno ¬ódijo al cabo de un momento¬ó, est√° un poco templada, pero no caliente. La piel est√° roja e hinchada, pero no inflamada. Toca t√ļ mismo ¬óa√Īadi√≥, y sent√≠ que me cog√≠a la mu√Īeca derecha, guiaba mi mano hasta su brazo y me apretaba los dedos contra su mu√Īeca¬ó Aqu√≠.
Tanteé con delicadeza los bordes de la herida. Estaba templada, pero no febril ni caliente, como habría estado si la herida se hubiese infectado. Cuando le toqué la herida, se estremeció y retiró el brazo.
¬óLo siento.
¬óBueno, ¬Ņqu√© te parece?
—Creo que ha empezado a cicatrizar. Deberíamos vendarla otra vez, pero con tela limpia.
¬ó¬ŅY d√≥nde vamos a conseguirla?
Me saqué el siarc por la cabeza y procedí a desgarrarlo.
—Tu siarc no, Tegid —protestó Llew—. Necesitas lo poco que queda de él para protegerte del frío.
¬óA√ļn tengo el manto ¬órepliqu√©, y segu√≠ desgarr√°ndolo¬ó. Ahora, ay√ļdame a lavar las vendas en el agua.
Nos arrodillamos junto al río y metimos en el agua los jirones de tela. Cuando hubimos acabado, se los di a Llew.
—Ahora tiéndelos en un matorral para que se sequen —le indiqué.
Llew siguió mis instrucciones y nos echamos a dormir al sol. Cuando los vendajes estuvieron secos, lo ayudé a vendarse el brazo.
—Ahora te toca a ti —me dijo después.
Me llevé la mano al vendaje que me cubría los ojos.
¬óEst√° perfectamente.
¬óNo ¬órepuso Llew con brusquedad¬ó. No, Tegid. Est√° sucio de sangre y polvo. Tienes que cambi√°rtelo.
Procedí a quitarme el vendaje; pero la tela se había pegado a la herida y tuve que arrancarla de un tirón, lo cual hizo que la sangre empezara a brotar. Me mordí el labio para no gritar.
—Ahora tienes que lavarte la herida —insistió Llew.
Con su ayuda, acerqué la cara al agua y me lavé las heridas cuencas donde antes estaban mis ojos. El frescor del agua me apagó un tanto el fuego del dolor y me sentí mucho mejor.
Alcé la cara y me volví hacia Llew.
¬ó¬ŅQu√© aspecto tiene la herida? Descr√≠bemela.
—Es un corte limpio —repuso—. La carne está roja e hinchada en torno a la cuchillada, y de la herida fluye un líquido amarillento. Pero la sangre tiene buen aspecto..., es espesa.
Me tanteé los bordes de la herida y noté que la carne estaba inflamada.
¬ó¬ŅY mis ojos?
Aunque intentó hablar con voz neutra y tranquila, me di cuenta de que lo inquietaba lo que estaba viendo.
—Hay mucha sangre coagulada, hermano... No veo bien. Creo que deberías vendártelos.
Obviamente tenía miedo de decir lo que yo ya sabía: mis ojos nunca más cumplirían su función. Desde la cruel cuchillada que me había propinado Meldron, no había visto ni una chispa, ni un destello de luz. La luminosidad del sol y la oscuridad de la noche eran para mí lo mismo. Jamás volvería a ver otra vez.
Nos quedamos dos d√≠as en un herboso pradito, descansando y recuperando fuerzas. Com√≠amos ra√≠ces de plantas acu√°ticas que crec√≠an en el r√≠o y encend√≠amos fuego con ramas del bosque cercano. Cuando reunimos las fuerzas suficientes, reanudamos la marcha siguiendo el curso del r√≠o. D√≠a tras d√≠a, mientras camin√°bamos, fui iniciando a mi compa√Īero en los secretos del bosque, de la campi√Īa, de la espesura. Llew se distra√≠a de sus sufrimientos con mis ense√Īanzas y se revel√≥ como un aprendiz agudo y capaz. Memorizaba todo lo que le dec√≠a y a menudo nos enzarz√°bamos en interesantes discusiones sobre los m√°s nimios detalles. Bastaba con que le ense√Īara las cosas una sola vez.
Al cabo de unos d√≠as llegamos junto a una cascada. El r√≠o, que hab√≠a ido fluyendo hacia el sur, se hizo estrecho y profundo y las pe√Īas del cauce se fueron haciendo m√°s escarpadas a medida que la corriente se acercaba a las monta√Īas. Nos detuvimos ensordecidos por el fragor del agua. Llew observ√≥ la cascada y dijo:
¬óTendremos que buscar otro camino para subir. Las pe√Īas son demasiado altas y forman un acantilado imposible de escalar.
¬óEstamos ante una de las puertas que conducen a las monta√Īas ¬ódije; y cuando pronunci√© esas palabras me invadi√≥ la convicci√≥n de que hab√≠amos sido conducidos hasta aquel lugar; el Supremo Sabedor hab√≠a guiado nuestros pasos¬ó. Tenemos que flanquearla.
¬ó¬ŅEst√°s seguro? No s√© c√≥mo nos las vamos a arreglar para escalar.
¬óBueno, hay que intentarlo.
Llew no puso objeción alguna, sino que se sentó y procedió a examinar el roquedal. Al cabo de un rato dijo:
¬óLas pe√Īas son grandes como casas, y est√°n muy desgastadas; no podemos escalarlas. Podr√≠amos subir por las rocas de menor tama√Īo, pero est√°n cubiertas de un musgo h√ļmedo y son muy resbaladizas. ¬óHizo una pausa y a√Īadi√≥¬ó: ¬ŅEst√°s seguro de que quieres intentarlo?
—Sí, completamente.
—Podríamos retroceder por el río y buscar otro camino.
¬ó√Čste es nuestro camino ¬óasegur√© poni√©ndome en pie y asiendo con decisi√≥n la rama que usaba como bast√≥n¬ó. Tengo el firme presentimiento de que debemos seguir por aqu√≠.
Llew no discutió, y comenzamos a subir por aquella mole de rocas. Las salpicaduras de la cascada no tardaron en empaparnos. El fragor de las aguas no nos permitía hablar, pero Llew me indicaba a gritos por dónde debía avanzar. Resbalando, luchando, ganándonos a pulso cada paso que dábamos, fuimos ascendiendo por las rocas.
Rodeado por la m√°s absoluta oscuridad, aferr√°ndome a las rocas, sintiendo la fr√≠a dureza de las pe√Īas, me puse a pensar en los menhires, en los pilares de piedra, en los c√≠rculos de rocas que se√Īalan los misteriosos poderes de la tierra. Pens√© en los ogham esculpidos en piedra, en los cairns de piedra, en todas las piedras adornadas con el M√īrCylch, el laberinto de la vida.
Imagin√© el dibujo exacto de sus l√≠neas, como si estuvieran pintadas de azul. Me pareci√≥ que me internaba en el M√īrCylch, posando a ciegas mis pies en el zigzagueante y tortuoso sendero, confiado en que el Constructor del Laberinto guiaba mis pasos.
—Hemos avanzado todo lo que hemos podido —gritó Llew por encima de su hombro—. Tenemos que retroceder y buscar otro camino.
Retrocedió hasta donde estaba yo, pegado a la superficie de una roca. Cuando volvió a hablar oí su voz muy cerca.
¬óLas pe√Īas son muy escarpadas, muy peligrosas. ¬ŅQu√© sugieres?
—Yo te mostraré el camino.
¬óPero, Tegid, si est√°s... ¬óSe interrumpi√≥¬ó. ¬ŅC√≥mo vas a poder?
—Yo te mostraré el camino —insistí.
Pese a sus recelos, Llew se abstuvo de discutir. Sin decir nada, se colocó junto a mí. Me pegué todo lo que pude a la roca e intercambiamos los lugares con enorme dificultad. Después, comencé a escalar con extremo cuidado por la lisa superficie de la pared de roca.
—Mira bien mis manos y mis pies —grité a Llew—. Haz lo que me veas hacer.
—¡Es una locura! —exclamó por toda respuesta.
—¡Lo sé de sobra!
Aun así, continuamos escalando. Temblando, deteniéndome, conteniendo el aliento a cada paso que daba, rodeado por la más absoluta oscuridad, fui avanzando. Confiaba sólo en mis dedos y mis talones; iba apoyando un pie, luego otro, después una mano, luego la otra. Paso a paso seguimos subiendo. Mi mente se aferraba a la imagen del laberinto de la vida y avanzaba por el camino dibujado en la piedra.
Poco a poco íbamos escalando la pared de roca. El vapor del agua nos empapaba. De vez en cuando nos deteníamos para reunir los jirones de nuestras débiles fuerzas y seguíamos adelante. Llew me animaba a proseguir con gritos de coraje.
Después de lo que me pareció una eternidad, el fragor de la cascada disminuyó un tanto.
¬óLlew, ¬Ņves algo? ¬ógrit√© por encima del hombro.
¬óNada ¬óobtuve por respuesta¬ó. La niebla y el vapor del agua no me dejan ver nada.
Me dispuse a proseguir, pero pese a mis esfuerzos no logré encontrar un punto de apoyo para los pies. Por fin, a punto de perder toda esperanza, me empiné todo lo que pude, me así con todas mis fuerzas a una grieta de la roca y me di impulso para subir...
Sentí que mi pie se posaba sobre un escalón, pero la roca estaba muy resbaladiza y el pie se me escurrió de su punto de apoyo. Si no hubiera sido porque mis dedos asían firmemente la grieta, me habría caído. Me dejé caer a la posición inicial.
¬ó¬°Tegid! ¬ŅEst√°s bien?
—Sí —respondí—. Lo intentaré de nuevo.
—¡No! Espera... Levanté el pie otra vez y mi talón se apoyó en un estrecho borde invisible. Me apresuré a alzar los brazos y moví la otra pierna hasta que el pie dio con el escalón. Luego me estiré todo lo que pude y noté en el rostro la caricia del viento. Tanteé con una mano y sentí que la pared de roca dibujaba un declive. Dos escalones más y me encontré de pie en una ancha y plana superficie rocosa.
Grité a Llew que me siguiera, y él me contestó también a gritos:
¬ó¬°No te muevas! Espera a que suba.
Poco después, gritó de nuevo:
—Está demasiado alto. El escalón... No tengo dónde asirme.
Me tumbé boca abajo y le tendí la mano por encima del borde de la pared rocosa.
—¡Cógete a mi mano! —grité.
¬óNo puedo, Tegid ¬óexclam√≥ √©l con un acento pre√Īado de dolor y frustraci√≥n¬ó. No puedo asirme con una sola mano.
—Cógete a mi mano, Llew. Estírate todo lo que puedas, yo te sostendré. Pon el pie en el escalón y cógete a mi mano. Te alzaré.
¬óNo, Tegid. Est√° muy lejos. No llego...
—¡Cógete a mi mano!
—Te he dicho que está muy lejos. ¡Sólo tengo una mano!
—Confía en mí, Llew. No te soltaré.
Se quedó en silencio un rato.
¬ó¬ŅLlew?
¬óMuy bien ¬órespondi√≥ despacio¬ó. Contar√© hasta tres. ¬ŅPreparado? Hasta tres. Uno... dos... ¬°TRES!
Me prepar√© para agarrarlo. Su mano se aferr√≥ a la m√≠a; mis dedos asieron su mu√Īeca y tir√© de √©l con todas mis fuerzas. Algunas piedras se desprendieron y se precipitaron en el torbellino de la cascada que rug√≠a all√° abajo. Poco despu√©s, not√© que Llew hab√≠a logrado encaramarse a la superficie rocosa junto a m√≠.
—¡Tegid, lo conseguiste! —exclamó entre jadeos—. ¡Bendito seas, hermano, lo hemos logrado!
Nos quedamos tendidos sobre la roca. Y, como una recompensa a nuestro esfuerzo, apareció el sol, que templó la roca y nos secó las ropas. Sin movernos, gozamos del calorcillo de los rayos, escuchando cómo las aguas rugían allá abajo, muy abajo.
Cuando al cabo de un rato nos levantamos para proseguir la marcha, le rogué a Llew que me describiera el panorama.
¬óCreo que estamos en la entrada de una ca√Īada. El r√≠o ha excavado una profunda garganta, muy verde. La yerba es corta y fina. Hay pe√Īas entre los √°rboles; los √°rboles son enormes. El r√≠o es aqu√≠ m√°s ancho y m√°s profundo. La ca√Īada dibuja una curva y se pierde de vista. No puedo ver lo que hay m√°s all√° de la curva, ni tampoco lo que se cierne sobre el risco de la ca√Īada. ¬óHizo una pausa y se volvi√≥ hacia m√≠¬ó. Bien, ¬Ņqu√© propones, hermano?
—Sigamos el curso del río y busquemos un lugar para acampar —respondí—. Si encuentras por ahí una rama que me sirva de bastón, te lo agradeceré mucho.
Poco despu√©s, nos pon√≠amos en marcha. Llew guiaba mis pasos; fuimos trepando por las pe√Īas de la orilla del r√≠o. Yo aguzaba el o√≠do y olfateaba el viento en busca de alguna se√Īal. Entre el rumor del agua, se o√≠a cantar a los p√°jaros: el d√©bil gritito del ave trepadora, el melodioso trino del gorri√≥n y all√° en lo alto el agudo grito de un √°guila ratonera que sobrevolaba la arboleda en c√≠rculo. De vez en cuando se o√≠a el chapoteo de un pez o el furtivo rumor de un animal que se internaba en la espesura al o√≠r nuestros pasos. Inspir√© el agradable perfume de la tierra, la humedad del follaje, el olor a moho del sotobosque; y sobre todo el limpio y fresco aroma del aire ba√Īado por el sol y el suave perfume de las flores.
Al cabo de un rato Llew se detuvo.
—No muy lejos, diviso un bosquecillo de pinos —me dijo con la voz quebrada por el dolor, pues la escalada lo había extenuado y la herida lo martirizaba—. Creo que es un buen sitio para acampar.
Nos dirigimos hacia all√≠ y, efectivamente, encontramos un claro bien protegido entre los √°rboles. El suelo estaba cubierto de agujas de pino que formaban un lecho espeso y suave; las ramas conformaban un excelente tejado. Unas piedras de gran tama√Īo, dispuestas en c√≠rculo, formaban un rudimentario caer en el que podr√≠amos encender fuego y dormir. Llew descans√≥ un rato y se march√≥ a buscar le√Īa, mientras yo limpiaba un peque√Īo espacio para hacer la fogata.
Mientras me afanaba en mi tarea siguiendo la circunferencia del caer, o√≠ que la brisa silbaba en lo alto de los pinos. Se estaba levantando viento del este mientras el sol describ√≠a la curva del atardecer. Iba a ser una noche fr√≠a y necesit√°bamos un buen fuego. As√≠ se lo dije a Llew cuando regres√≥ con la le√Īa.
—Entonces iré a buscar más —dijo.
Not√© que era lo √ļltimo que deseaba hacer, pero se apresur√≥ a perderse entre los √°rboles.
Yo, con extrema precauci√≥n, me dirig√≠ hacia el r√≠o y reun√≠ algunas piedras pulidas y redondeadas. Repet√≠ la operaci√≥n varias veces y consegu√≠ reunir un n√ļmero suficiente para hacer un c√≠rculo en torno a la fogata. Cuando comenc√© a ordenar las piedras, capt√© el ligero efluvio de un olor familiar.
Me detuve, me senté con la cabeza en dirección al viento y olfateé de nuevo. Aguardé unos instantes, pero no olisqueé nada en absoluto. Pensé que quizás había sido producto de mi imaginación.
Continu√© trabajando y poco despu√©s una r√°faga de viento me trajo de nuevo el aroma. Esta vez estaba seguro de que no lo hab√≠a imaginado; ol√≠a a le√Īa de roble. Inmediatamente me puse de cara al viento. Cuando Llew regres√≥, me encontr√≥ en esa posici√≥n.
¬ó¬ŅQu√© pasa? ¬ópregunt√≥ Llew arrojando al suelo la brazada de le√Īa¬ó. ¬ŅQu√© has o√≠do?
¬óNada. Pero he olido algo... Fuego de roble ¬óa√Īad√≠ indicando la direcci√≥n del viento¬ó. Viene de all√≠. No debe de estar muy lejos, creo.
¬óAlg√ļn poblado.
—No sé.
—Pronto anochecerá —observó Llew—. Pero creo que deberíamos ir a ver qué es.
¬óIremos los dos.
¬óToma ¬ódijo Llew cogi√©ndome por la mu√Īeca¬ó. Te he tra√≠do una cosa.
Y me puso en la mano una rama. Era ligera y suave, de madera flexible y resistente: fresno, adiviné enseguida.
—Cuando consiga un cuchillo, te haré un bastón como es debido —declaró.
Caminamos despacio por la orilla del río siguiendo el rastro del olor. Al cabo de un rato dijo Llew:
—Ahora también lo huelo yo. Debemos de estar cerca, pero no se ve ni un alma.
—Quizá son cazadores —comenté.
De pronto Llew se detuvo y me puso la mano en el pecho para que me detuviera.
—¡Ya lo veo! —susurró—. Veo el humo... al otro lado del río. El campamento debe de estar un poco más allá.
Continuamos avanzando en silencio, pero tras unos cuantos pasos Llew se detuvo otra vez.
¬óCreo que ah√≠ hay un vado ¬óanunci√≥. No acababa de decirlo cuando o√≠ el rumor del agua saltando sobre las piedras¬ó. Se puede cruzar al otro lado. ¬ŅQuieres que pase y vea qui√©n ha encendido fuego?
—Guíame. Iremos juntos.
Con la vara en una mano y la otra asida al brazo de Llew, cruzamos el r√≠o por el vado. Las piedras estaban estrat√©gicamente colocadas y no me result√≥ dif√≠cil hacerlo. No bien mi pie hubo hollado la otra orilla, capt√© la extra√Īa quietud del aire y de la tierra tambi√©n.
—Delante de nosotros hay un soto de robles —susurró Llew—. Los árboles son enormes.
—Vayamos a ese soto —repliqué—. Procura estar alerta.
En cuanto nos pusimos en marcha, not√© un cambio considerable en torno. Hac√≠a m√°s fr√≠o, y ol√≠a a rancio y a h√ļmedo, pues el olor a humo se mezclaba con el del musgo de los troncos y de las hojas ca√≠das. Apenas soplaba el viento y el bosque estaba silencioso. No se o√≠a sonido alguno: ni la brisa del viento entre las hojas, ni el rumor de los animalillos del sotobosque, ni el canto de un p√°jaro.
Avanzamos con precaución pegándonos a los árboles. De pronto, Llew me tocó el brazo y nos detuvimos.
¬ó¬ŅQu√© has visto? ¬ómurmur√©.
—Una especie de dibujo..., el símbolo de algo. Aquí...
Me cogió la mano y me la acercó al tronco del árbol más cercano. La corteza había sido arrancada y habían labrado en la madera una figura. Tanteé con los dedos el dibujo y reconocí el símbolo toscamente tallado: era un círculo con una varilla en el centro. Era una rueda con una lanza como eje.
—Hay muchos más —susurró Llew—. Al menos hay uno en cada tronco.
No necesitaba ver los dibujos tallados en los enormes robles para saber que estábamos en un lugar de poder mágico. Lo sentía en la tranquilidad absoluta que reinaba en el soto; era un silencio que persistía desde tiempos inmemoriales, desde antes de que el hombre hollara la tierra, desde antes incluso de que existiera el bosque; una tranquilidad que apagaba todos los sonidos, los sofocaba, los calmaba, los abrumaba con una paz que reconciliaba todas las cosas.
Los símbolos labrados en los troncos de los árboles identificaban el bosquecillo. Pertenecía a Gofannon, el Artífice de la Forja. Habíamos penetrado en su santuario.
¬óEstamos en un nemeton ¬ómurmur√©¬ó, un lugar ancestral y sagrado. Este bosque est√° consagrado a Gofannon. Vamos ¬ódije¬ó, saludaremos a su se√Īor y comprobaremos si se compadece de nosotros.
Con pasos silenciosos nos internamos en el nemeton. Yo iba acariciando los toscos troncos de los √°rboles y olisqueaba el dulce aroma de la madera de roble mientras nos acerc√°bamos al coraz√≥n de aquel refugio para presentarnos ante el due√Īo y se√Īor del soto.