8 - El √ļltimo gorsedd

Los primeros bardos llegaron a la ma√Īana siguiente; diecisiete en total, todos de Llogres. Se hab√≠an congregado en la costa este de la isla, hab√≠an visto pasar nuestra embarcaci√≥n y hab√≠an salvado a pie el promontorio para reunirse con nosotros. Al crep√ļsculo llegaron once bardos procedentes de Caledon en dos botes. Y poco despu√©s del alba del d√≠a siguiente comparecieron tres botes m√°s de Llogres con catorce bardos y sus ayudantes mabinogi. Doce m√°s de Caledon llegaron a caballo a mediod√≠a y los ocho restantes lo hicieron al atardecer.
As√≠ pues, hab√≠an acudido todos los bardos de Albi√≥n. Una vez recibieron mi mensaje, se hab√≠an puesto en camino deseosos de discutir las se√Īales y portentos que hab√≠an presenciado desde la √ļltima reuni√≥n.
Conocía a la mayoría de los hermanos y los saludé llamándolos por su nombre. Mi corazón se alegraba de volver a verlos, porque desde la muerte de Ollathir había recorrido mi camino a solas. Por su parte, los derwyddi se asombraron de no ver a Ollathir conmigo; era lógico que esperaran encontrarlo porque no se habían enterado de su muerte. Pero, aunque vieron que yo ostentaba ahora la vara de serbal de Prydain, se abstuvieron de hacer comentarios, aguardando a que yo les explicara la razón por la que había convocado la asamblea.
El gorsedd se celebra con toda ceremonia y siguiendo un estricto protocolo de rangos y categorías. Es un rito antiquísimo que se lleva a cabo con solemne ceremonial y respeto. A veces en medio de una batalla se han interrumpido las guerras para celebrar una reunión de bardos. Es una ceremonia de gran tradición e importancia.
La palabra gorsedd es muy antigua. Puede utilizarse para designar la silla o el trono de un rey, porque los primeros reyes recibieron la soberan√≠a en los mont√≠culos sagrados de los bosquecillos te√ļrgicos. Por eso la palabra que designa al trono tambi√©n significa mont√≠culo. Y, como los bardos a menudo son enterrados en esos mont√≠culos sacrosantos, gorsedd significa tambi√©n tumba. El mont√≠culo sagrado de Ynys B√†inail era la tumba de Ollathir, es probable que, aunque no hubiera muerto all√≠, habr√≠a sido enterrado en ese lugar sagrado.
El Bardo Supremo de Caledon era un hombre alto, con enorme bigote moreno y barba trenzada. Se llamaba Bryno Hir y, ahora que Ollathir hab√≠a desaparecido, Bryno era el bardo m√°s importante de la Isla de la Fuerza. Ollathir lo respetaba much√≠simo; a menudo le hab√≠a pedido consejo y siempre hab√≠a disfrutado con su compa√Ī√≠a.
Cuando el barco de Bryno arrib√≥, me apresur√© a darle la bienvenida en el momento en que desembarcaba. √Čl alz√≥ las manos en adem√°n de saludo.
¬ó¬°Salud, Tegid ap Talaryant! ¬°Que tu canci√≥n perdure muchos a√Īos!
Mientras me saludaba así, sus inquietos ojos buscaban a Ollathir, no era desde luego una descortesía hacia mí, sino un movimiento dictado por el hábito.
¬ó¬°Salud, Bryno!
Me llev√© la mano a la frente en se√Īal de respeto aunque en realidad ahora compart√≠amos id√©ntico rango. Sin embargo, me dije a m√≠ mismo que, cuando llegara la hora de elegir a un nuevo Phantarch, deber√≠a ser alguien como Bryno Hir.
¬óEspero que hayas tenido un buen viaje.
Me miró escrutándome con sus vivaces ojos oscuros.
¬ó¬ŅQu√© ha sucedido? ¬ópregunt√≥ en voz baja.
Lo apart√© de los bardos que lo acompa√Īaban y le dije:
¬óOllathir ha muerto.
Antes de que pudiera preguntar c√≥mo hab√≠a ocurrido, a√Īad√≠:
—Y con él los demás bardos de Prydain. Sólo yo he sobrevivido.
Bryno palideció y pareció encogerse.
¬ó¬ŅC√≥mo? ¬óinquiri√≥ con voz temblorosa.
Se lo expliqué en pocas palabras, y Bryno me escuchó sacudiendo sin cesar la cabeza con aire grave. Cuando hube acabado, dirigió la mirada hacia la Roca Blanca.
¬óNo obstante, el sagrado centro no fue profanado.
¬óLlew ¬órepliqu√©¬ó, ese hombre que ha venido conmigo, lo impidi√≥. √Čl recibi√≥ el awen de Ollathir, y lo he nombrado rey de Prydain.
Bryno guardó silencio largo rato, reflexionando sobre el significado de todo lo que acababa de contarle. Con su sabiduría y poder de predicción, el Bardo Supremo de Caledon entendió perfectamente cuál era el peligro al que nos enfrentábamos.
¬óEl D√≠a de la Lucha ¬ódijo al fin; luego pregunt√≥¬ó ¬ŅQu√© le pas√≥ al Phantarch? ¬ŅHa muerto?
—Sí.
No preguntó cómo había ocurrido ni cómo lo sabía yo.
¬ó¬ŅY la Canci√≥n de Albi√≥n?
¬óSe salv√≥ ¬órespond√≠, y me apresur√© a relatarle la Haza√Īa Heroica de las Piedras Cantarinas que hab√≠a llevado a cabo Llew.
¬ó¬ŅD√≥nde est√°n ahora esas piedras?
—En poder del príncipe Meldron —respondí—. Pero, con la ayuda de todos, estoy seguro de que podremos recuperarlas.
Pese a mi rotunda afirmación, Bryno se pasó nerviosamente una mano ante los ojos. Permaneció en silencio unos instantes como llorando por los días felices que se habían alejado para siempre.
—El Día de la Lucha —repitió lenta y torpemente, como si esas palabras contuvieran todo el dolor del mundo.
Luego me miró.
—Ollathir trató de explicárnoslo, pero no lo escuchamos.
Se refer√≠a a la √ļltima asamblea de bardos, cuando hab√≠an deso√≠do las advertencias de Ollathir y hab√≠an ca√≠do en la disensi√≥n y la discordia.
—Ni siquiera el mismo Ollathir sabía lo que iba a ocurrir —dije intentando consolarlo—. Si lo hubiera sabido, jamás...
El bardo alzó la mano y la posó en mi hombro.
—No —me interrumpió con voz suave—. Nosotros tenemos la culpa. Que caiga sobre nosotros.
Mir√≥ a los bardos esparcidos en grupos por la playa, exhal√≥ un profundo suspiro y a√Īadi√≥:
¬óHay un traidor entre nosotros.
—El traidor ya ha pagado por sus crímenes —repuse—. Escogió el camino de la traición y fue víctima de ella.
Le conté entonces lo que había hecho Ruadh, el bardo del príncipe Meldron, y cómo Llew había encontrado su cadáver en lo más profundo del pozo seco de Findargad.
Tras haberme escuchado con atención, Bryno se dispuso a encararse con la tarea que nos aguardaba.
—Hiciste bien en convocar el gorsedd —declaró—. Tenemos mucho que hacer en el día de hoy y en los días que se avecinan.
Dejamos a los mabinogi al cuidado del campamento, botamos los curraghs y atravesamos el peque√Īo estrecho que separa Ynys Oer de Ynys B√†inail. Las diminutas embarcaciones surcaron varias veces las verdiazules aguas hasta que todos los bardos estuvieron reunidos en la blanca playa de la isla sagrada. Luego ascendimos por el largo y estrecho sendero que conduce a la Roca Blanca y pasamos por el agujero practicado en la roca tras la que se abre la ancha meseta que hay en la cima. En el centro de esa meseta se alza el mont√≠culo sagrado, y en el centro del mont√≠culo el pilar de piedra, airoso como una escarpia. Los bardos de Albi√≥n llegaron hasta el pie del mont√≠culo. Cuando todos estuvieron reunidos, dimos tres vueltas en torno a la base siguiendo el curso del sol y luego ascendimos por los escarpados escalones.
La cima del montículo es plana y su perímetro está marcado con piedras blancas que forman una rueda cuyo eje es el pilar de piedra. Los distintos rangos de bardos, filidh, brehon, gwyddon y derwydd, algunos de ellos con ramas de avellano blanco o serbal, o varas de roble, haya o tejo, se agruparon en torno al pilar dentro del círculo sagrado.
Entonces dio comienzo la asamblea de bardos. Como Llew poseía el awen del Bardo Supremo de Prydain, se le permitió unirse a nosotros en la cima, aunque en otras circunstancias se le hubiese vedado. Con Bryno a mi derecha y Llew a mi izquierda, me coloqué ante el pilar pintado de azul y puse a los bardos al corriente de las terribles noticias: les relaté la muerte de Ollathir y del Phantarch, la devastación de Prydain, el asesinato de sus bardos por Nudd y el amanecer del Día de la Lucha.
Los bardos me escuchaban temblando de ira y dolor. Cuando hube acabado, se desgarraron las vestiduras y cayeron de hinojos golpeando el suelo con los pu√Īos. Llenaron el aire de lamentos y gemidos, se echaron tierra sobre la cabeza y se tiraron de los cabellos y las barbas. Gritaron al sol su dolor e invocaron a los elementos para que sirvieran de testimonio de su profunda aflicci√≥n. Muchos profirieron votos en la misteriosa lengua de los bardos, prometiendo consagrarse en cuerpo y alma a la causa de la justicia para vengar el asesinato de sus hermanos.
Llew contemplaba la escena con rostro grave, sin pronunciar palabra, con los brazos cruzados sobre el pecho. Era el √ļnico que permanec√≠a inm√≥vil.
Cuando los gritos de dolor hubieron cesado, me dirigí de nuevo a la asamblea y les ordené que se pusieran en pie y oyeran la profecía del paladín que nos había confiado la banfáith.
—¡Bardos de Albión, sabios hombres, dejad a un lado las lamentaciones! Poneos en pie y escuchad las proféticas palabras que voy a deciros.
Los bardos se levantaron y se callaron para escuchar lo que tenía que decirles. Yo conocía muy bien todas las palabras, una por una. Las sabía de memoria. Sólo tenía que abrir la boca y pronunciarlas. Sin embargo, mientras todos ellos permanecían expectantes mirándome, me sentí incapaz de hacerlo. Algo me lo impedía. Me quedé unos instantes con la boca abierta ante mis hermanos y de pronto se me ocurrió que estaba mirando a unos cadáveres: rostros pálidos, con los mantos desgarrados, los cabellos en desorden y las cuencas de los ojos vacías.
¬ęCuando la Luz de los derwyddi se apague y la sangre de los bardos reclame justicia...¬Ľ
Las palabras de la banf√°ith..., la profec√≠a se hab√≠a referido sin duda a aquel momento. La Luz de los derwyddi era el Phantarch y la sangre de mis compatriotas, los bardos de Prydain, reclamaba justicia. La asamblea hab√≠a reclamado a gritos justicia. No acababa de entenderlo. ¬ŅEra as√≠ como se deb√≠a cumplir la profec√≠a?
Como respuesta a mi muda pregunta, se oyó de pronto un grito, lejano y muy distinto. Era un grito de desafío. Miré a Llew. Estaba inmóvil, escuchando. Se oyó otro grito: era una palabra, una simple palabra. Lo escuché detenidamente y me di cuenta de que era mi nombre.
—¡T... e... e... g... i... i... d! —se oyó por tercera vez.
¬ŅQui√©n se atrev√≠a a profanar la santidad de la isla sagrada?
Los derwyddi se volvieron hacia el sonido. Los que estaban más cerca del borde del montículo se asomaron a la meseta. Su reacción fue instintiva y fatal.
Al ver el sagrado lugar profanado, algunos bardos se precipitaron por las laderas del montículo con gritos de incontenible cólera. Otros retrocedieron llamando a los que estábamos detrás. En pocos instantes reinó la más completa confusión. El griterío era ensordecedor. Era imposible averiguar lo que estaba ocurriendo.
—¡Sígueme, Tegid! —gritó Llew abriéndose paso entre el agitado tropel de bardos.
M√°s y m√°s derwyddi se precipitaban mont√≠culo abajo; a gritos llamaban a la lucha a la Mano Segura y Certera. Pero ¬Ņpor qu√©? ¬ŅQu√© estaba ocurriendo? ¬ŅQu√© estaban viendo?
Llew y yo llegamos al borde del montículo y miramos hacia abajo. Unos cien guerreros avanzaban por la meseta; sus armas y escudos relucían a la luz del sol. Eso era lo que habían visto los derwyddi y lo que los había empujado a aquella cólera frenética.
—¡Meldron! —exclamó Llew; la palabra sonó en su boca como una maldición.
El usurpador estaba allí, entre su Manada de Lobos, dirigiendo la carga contra los indefensos bardos. Junto a Meldron estaba Siawn Hy, con la lanza en ristre y el escudo al hombro.
Desesperado, contemplé cómo mis hermanos se precipitaban contra las lanzas y los escudos de los guerreros.
—¡Detenlos! —gritó Llew.
Pero nada podía frenarlos. A toda prisa se precipitaban hacia la muerte, defendiendo con sus cuerpos la tierra sagrada. El aire se llenó de gritos de muerte.
Los bardos corrían por la meseta con los mantos al viento, volando hacia la muerte. La Manada de Lobos de Meldron atacaba sin piedad; volaban lanzas, el fulgor de las espadas brillaba una y otra vez bajo los alzados escudos. Los guerreros pisoteaban los cuerpos caídos y seguían avanzando.
—¡Tegid, haz algo! —gritó Llew—. ¡Detenlos!
Bryno Hir apareció junto a mí. Alzó su vara de serbal con ambas manos por encima de su cabeza; tenía el rostro contraído por la cólera y los dientes apretados contra los labios. Abrió la boca y el aire tembló con el sonido del Taran Tafod, el lenguaje secreto de los bardos.
—Cwmwl dyfod! Gwynt dyrnod! —gritó ordenando que se reunieran las nubes y soplaran los vientos—. Cwmwl dyfod! Gwynt dyrnod!
Al instante, el viento ululó a través de la meseta y se arremolinó al pie del montículo. Aparecieron negros nubarrones sobre el pilar de piedra que se extendieron hasta ocultar el cielo.
—Dyrnod! Dyfod! Tymestl rhuo! —gritó Bryno Hir agitando su vara.
Las nubes se espesaron y oscurecieron la meseta. El viento arreció agitando la yerba.
¬óCwmwl dyfod! Gwynt dyrnod! Tymestl rhuo!
El sonido rasgó el aire y las mágicas palabras del bardo resonaron por toda la meseta.
¬óDyrnod tymestl, rhuo tymestl! Terfesgu! Terfesgu!
El viento helado gem√≠a en las alturas; las nubes se retorc√≠an, se hinchaban, se extend√≠an por la meseta. Estall√≥ una violenta tormenta. La lluvia ca√≠a con una fuerza extraordinaria. Relampagueaba. Tronaba. Los guerreros segu√≠an avanzando y comenzaban a subir por las laderas del mont√≠culo. Llew dio un grito y empu√Ī√≥ una vara de roble a modo de arma. Bryno alz√≥ el rostro al cielo invocando a la lluvia y al viento.
El enemigo avanzaba. Los derwyddi que quedaban salieron a su encuentro; preferían morir a tener que soportar que los enemigos hollaran el sagrado montículo. Y murieron. Los atacantes, con asesina determinación, acabaron con la vida de los indefensos bardos. Sus cadáveres se deslizaban montículo abajo como guijarros. Los enemigos limpiaban sus espadas en los caídos y seguían adelante.
Cuando los primeros guerreros aparecieron en la cima del montículo, así mi vara con fuerza y me precipité contra ellos blandiendo la vara de serbal como si fuera una porra. Un guerrero —lo conocía, era un pariente— retrocedió al verme; lo golpeé con la vara en el hombro. Soltó un grito de dolor y dejó caer la espada.
Antes de que pudiera volver a golpear, refulgió una espada y mi vara se partió en dos. Oí un ruido tras de mí y sentí que unas vigorosas manos me asían la garganta. Me revolví para soltarme, pero otras manos me agarraron y me inmovilizaron los brazos contra la espalda.
—¡Llew! —grité forcejeando con energía.
Por el rabillo del ojo vislumbr√© a Llew debati√©ndose contra tres enemigos. Lo hab√≠an derribado y le golpeaban rostro y pecho con los pu√Īos tratando de inmovilizarlo. Uno de ellos alz√≥ la espada y le golpe√≥ con la empu√Īadura la cabeza.
¬ó¬°Llew!
Grité como una bestia herida. Me derrumbé y fui arrastrado. Mientras caía al suelo vi a Bryno sentado en el suelo con la espalda apoyada en el pilar de piedra. La lluvia le caía por la cara y se mezclaba con la sangre que le brotaba de la garganta. La sangre había salpicado el pilar de piedra y estaba empapando el suelo. Uno de los hombres de la Manada de Lobos estaba limpiando la espada en la barba del bardo.
Sangre, lluvia, viento. Gritos de moribundos..., muerte... La abominaci√≥n, la atrocidad y la muerte se hab√≠an ense√Īoreado del centro sagrado de Albi√≥n...
Todo había acabado. Al ser silenciado Bryno, la tormenta se alejó, los nubarrones se dispersaron y el sol asomó entre los jirones de nubes. Aparté deslumbrado mis ojos de la luz y miré los cuerpos de mis hermanos que yacían donde habían caído. El sagrado montículo, el gorsedd, se había convertido en su tumba.
Los guerreros remataron a los heridos. Llew y yo √©ramos los √ļnicos supervivientes.
Llew, inconsciente, fue bajado a rastras del mont√≠culo. Yo fui llevado a empujones ladera abajo ante el pr√≠ncipe Meldron, que me recibi√≥ con un pu√Īetazo en los dientes. Siawn Hy solt√≥ una carcajada, y su malvada risa me hizo m√°s da√Īo que la sangre que ten√≠a su espada. Sus ojos expresaban un odio fr√≠o y salvaje.
¬ó¬ŅCre√≠ste que pod√≠as escapar de m√≠, bardo? ¬óme pregunt√≥ Meldron.
Le escup√≠ a la cara. Me dio otro pu√Īetazo, y la boca se me llen√≥ de sangre.
—Conque buscando alianzas con los cruinos... —continuó, sacudiendo la cabeza con aire desaprobador—. Fue una jugada arriesgada. Esperabas ayuda, pero Calbha te arrojó de su lado.
Llew gimió desmayado. Meldron se acercó a él, lo agarró por los cabellos y le levantó la cabeza.
—Es una locura viajar sin armas —comentó con ironía—. Especialmente un rey.
—A lo mejor es el rey de los locos —observó Siawn Hy.
El príncipe se echó a reír y soltó la cabeza de Llew. Luego se encaró conmigo otra vez.
—Os marchasteis antes de que acabara con vosotros. Yo siempre acabo lo que he empezado; deberías saberlo, Tegid.
—Haz lo que te venga en gana, Meldron —murmuré con los labios ensangrentados—. Mátame y acaba de una vez. No conseguirás nada de mí.
—No quiero nada de ti, bardo —rugió—, excepto lo que me pertenece.
Sabía muy bien lo que quería, pero estaba dispuesto a morir antes de dárselo.
¬óLe he otorgado a Llew la dignidad real. √Čl es el rey de Prydain.
—El rey de Prydain soy yo —insistió Meldron con voz ronca.
—Nunca te veré convertido en rey —repliqué.
¬óPara ser un hombre sabio, eres un verdadero est√ļpido ¬ódijo con voz cortante como el filo de la espada que llevaba al cinto¬ó. ¬ŅInsistes en afirmar que Llew es el rey de Prydain?
—¡Sí, lo afirmo!
Meldron miró a Siawn, que sonrió con crueldad.
¬óPero ¬Ņno es cierto que un hombre tullido jam√°s puede ser rey? ¬ópregunt√≥ Siawn apoy√°ndose con aire distra√≠do en su lanza.
—Es cierto —contesté—. Un hombre con una tara no puede ser rey.
Llew gimió y abrió los ojos. Recuperó la conciencia y se debatió entre sus apresores.
—¡Simon! —silbó llamando a Siawn con su antiguo nombre.
—Me alegro de que te hayas reunido con nosotros, amigo —replicó siniestramente Siawn; luego hizo un gesto a Meldron.
—Obligadlo a que extienda el brazo con el que sostenía la espada —ordenó Meldron desenvainando su arma.
Los hombres que agarraban a Llew lo obligaron a que se pusiera de rodillas. Tras un peque√Īo forcejeo, uno de ellos levant√≥ el brazo de Llew, otro le asi√≥ la mano y entre los dos lo forzaron a extender el brazo.
—¡No! —gritó Llew tratando de retirarlo.
—¡No lo hagas, Meldron! —grité yo.
Meldron se acercó a Llew.
¬óQuiero que lo vea ¬ódijo¬ó. Quiero que todos lo vean.
Un tercer guerrero cogió a Llew por los cabellos y le volvió la cara hacia el brazo extendido.
—¡Noooo! —rugió Llew.
A mí también me forzaron a mirar.
—¡Detente! —vociferé.
Meldron alzó la espada y la dejó caer con todas sus fuerzas. Se oyó un ruido sordo, y la mano derecha de Llew rodó por el suelo chorreando sangre. Los ojos le dieron vueltas en las órbitas y se desmayó.
Meldron cogió la mano seccionada y me la puso ante los ojos. Luego le arrancó el anillo de oro que su padre, Meldryn Mawr, le había dado a Llew y se lo puso en el dedo. Quise desviar la vista, pero no pude.
¬ó¬ŅLo has visto bien? ¬óinquiri√≥ asiendo la mano por el dedo coraz√≥n y balance√°ndola ante mis ojos¬ó. Ahora Llew tiene una tara. Es un tullido. Ya no puede ser rey. Ha llegado el momento de que escojas a otro.
¬óMis ojos nunca te ver√°n convertido en rey.
—Que así sea —replicó furioso Meldron.
Relampagueó la espada que blandía. Instintivamente intenté echar la cabeza hacia atrás, pero mis captores me lo impidieron y Meldron me cruzó los ojos con la espada.
Solt√© un grito. El mundo se ti√Ī√≥ de rojo..., de un rojo intenso, l√≠quido; luego todo se sumi√≥ en la m√°s absoluta oscuridad.