7 - Un l√ļgubre beltane

Como ruidosas gaviotas que regresaban a sus nidos estivales, los jóvenes guerreros comenzaron a llegar a la escuela de Scatha. Arribaban en alas del viento, pero no había ninguno de la desolada tierra de Prydain, ausencia compensada con creces por jóvenes de Caledon y Llogres.
Llew y yo est√°bamos en el acantilado cuando los primeros veleros desembarcaron sus inquietos pasajeros. Los muchachos, algunos con tan s√≥lo ocho veranos, bajaban a tierra con las cabezas rebosantes de sue√Īos de gloria que esperaban ganar con lo que all√≠ iban a aprender.
¬óLos campos de Scatha rebosar√°n de nuevo este a√Īo ¬ócoment√©¬ó. Ser√° otra buena cosecha.
¬ó¬ŅHmmm? ¬ómusit√≥ Llew con aire ausente.
Estaba mirando c√≥mo un hombre atracaba un bote con la √ļnica ayuda de un cabo enrollado en sus anchos hombros. Se entregaba con af√°n a su tarea tensando las robustas piernas mientras arrastraba la embarcaci√≥n hasta la orilla.
¬óAh√≠ tienes a un fornido jefe de batalla ¬ócoment√© al ver la concentrada atenci√≥n con que lo estaba observando Llew¬ó. ¬ŅLo conoces?
—Sí, creo que sí —respondió mientras descendía del acantilado a la playa a toda prisa.
Lo seguí y lo oí gritar:
¬ó¬°Cynan!
El joven miró en torno y una ancha sonrisa le iluminó el rostro. Sus cabellos, rojos y luminosos como el cobre, se agitaban como plumas azotadas por la brisa marina; con ojos acerados y azules como astillas de hielo, escrutó la orilla para ver quién lo llamaba. En su garganta relucía una torques de plata.
—¡Eh, Cynan! —le gritó Llew chapoteando en el agua.
—Hola, hermano —dijo cuando Llew se detuvo ante él—. Soy Cynan ap Cynfarch.
Continuaba sonriendo, pero no parecía haber reconocido a Llew.
¬óCynan, soy yo: Llyd.
Los despiertos ojos azules del joven jefe de batalla escrutaron el rostro de Llew.
¬óNo... ¬ŅEres... Llyd?
¬ó¬ŅTe acuerdas de m√≠?
¬ó¬°Llyd ap Dicter! ¬óexclam√≥ Cynan¬ó. ¬ŅDe verdad eres t√ļ?
Le hab√≠a dado un nombre bien extra√Īo: C√≥lera, Hijo de la Furia. ¬ŅQu√© deb√≠a querer decir?
Llew se echó a reír y lo abrazó. Se saludaron como parientes, y hablaban y reían olvidados de las olas que rompían en torno. Luego cogieron el cabo y juntos arrastraron el bote hasta la playa donde yo los aguardaba.
—Tegid —dijo Llew—, te presento a Cynan Machae. Es mi hermano de armas y estoy en deuda con él por haber aprendido lo que es la humildad.
—La humillación, querrás decir —bromeó Cynan pasando un brazo sobre los hombros de Llew—. Bueno, a decir verdad, eras un lamentable antagonista.
—El padre de Cynan es el rey Cynfarch de Caledon —explicó Llew—. Es el clan más numeroso del sur.
¬óIncluyendo las ovejas ¬óa√Īadi√≥ risue√Īo Cynan¬ó. Me alegro de conocerte. Cualquier hombre que se considere amigo de Llew es amigo m√≠o.
¬óEncantado, Cynan Machae ¬ódije yo¬ó Que tu lanza vuele con la misma justicia y verdad que tus palabras.
¬óCynan, te presento a Tegid Tathal, penderwydd de Prydain ¬óexplic√≥ Llew al pr√≠ncipe¬ó. Me permite viajar en su compa√Ī√≠a.
¬ó¬ŅSirves a un Bardo Supremo? ¬ópregunt√≥ Cynan alzando sus pelirrojas y escasas cejas¬ó. Has progresado bastante desde la √ļltima vez que nos vimos, Llyd.
—Desde luego —tercié yo—, aunque no lo quiera reconocer. Ya no se llama Llyd. Se ha convertido en Llew y es el rey a quien yo sirvo.
La estupefacción que expresaron los azules ojos de Cynan fue genuina, como también su satisfacción.
¬óClanna na c√Ļ!¬ó silb√≥¬ó. No recuerdo que ning√ļn blanco tan vapuleado por el entrenador de lanza llegara jam√°s a capit√°n, y mucho menos a rey. ¬óPuso un dedo en la garganta de Llew¬ó. ¬ŅD√≥nde est√° tu torque, amigo?
—Vamos al pabellón y brindaremos juntos —propuso Llew.
—Eres sin duda mi alma gemela —contestó Cynan—. Vayamos.
Atravesaron la playa hacia el serpenteante sendero; Llew se volvió y me dijo:
¬ó¬ŅVienes, Tegid?
—Me reuniré con vosotros enseguida. Hace un día magnífico; quiero pasear y pensar. Guardadme una jarra.
Los vi ascender por el camino que conduc√≠a al caer. Luego me di la vuelta y comenc√© a caminar hacia el oeste playa adelante. El mar reluc√≠a y brillaba como plata bru√Īida, y el cielo era de un azul esplendoroso. La brisa salina era cortante y fresca; un p√°lido sol templaba la tierra y el mar. Los guijarros de la playa sonaban a hueco bajo mis pies, y las gaviotas volaban en c√≠rculo emitiendo agudos chillidos.
Sí, era un magnífico día para pasear y pensar; y yo tenía mucho que reflexionar. Mi principal preocupación era reunir un batallón de guerreros para defender nuestros derechos frente a Meldron y recuperar el trono. La hueste de guerreros llwyddios, aunque diezmada, contaba con ochenta hombres. Y la Manada de Lobos del príncipe no había sufrido baja alguna; era una fuerza de elite formada por los veinte mejores guerreros de Prydain.
Tendr√≠amos que hacer algo m√°s que equiparar nuestro contingente al de Meldron. Ten√≠amos que superarlo. No sent√≠a el menor deseo de combatir contra mi propio clan, pero una hueste considerablemente numerosa quiz√°s ahorrara alg√ļn derramamiento de sangre. No obstante, reunir un contingente de guerreros... Era m√°s f√°cil convencer a las ostras del mar o atraer a los p√°jaros del cielo. Pero √©sa era, ni m√°s ni menos, la tarea que nos aguardaba.
Me encaram√© por las rocas que hab√≠an ca√≠do sobre el mar y rode√© el promontorio. El viento, fuerte y h√ļmedo, me azot√≥ el rostro. Inspir√© profundamente y avanc√© por la suave arena mojada que la marea acababa de abandonar.
Las dificultades de reunir un grupo de guerreros ocuparon mi mente durante un buen rato, pero luego mis pensamientos derivaron por otros derroteros. Sin darme cuenta, comencé a pensar en aquella noche en el montículo sagrado de Ynys Bàinail, cuando la tormenta de destrucción del Cythrawl, la Maldad Ancestral, se desató sobre la tierra. Desenterré de entre las sombras de mi memoria aquella maldita noche en que había muerto Ollathir, el Bardo Supremo de Albión.
O√≠ de nuevo la voz de Ollathir, que en la lengua secreta de los derwyddi gritaba en desesperada s√ļplica. El mont√≠culo sagrado temblaba con su clamor. Yo me hab√≠a desmayado. Lo √ļltimo que vi fue la silueta del Bardo Supremo de pie, apoyado en el pilar de piedra de Prydain, con el b√°culo alzado sobre su cabeza, luchando por mantener a raya la fuerza arrasadora del Cythrawl.
Antes de morir, Ollathir había entregado su awen a Llew. Yo no había visto cómo había ocurrido, pero no me cabía duda de que había sido tal y como me lo había descrito Llew: el beso de un hombre moribundo.
Llew poseía el awen del Bardo Supremo, pero no era un bardo. El awen es la visión que guía al bardo, el espíritu que ilumina su misión, la esencia de conocimiento que se manifiesta en poder. En un bardo como Ollathir el awen era un instrumento y un arma formidables. Y Llew lo poseía, pero, como no era bardo, no podía invocarlo a su antojo.
Aun así, esta arma no se había perdido para siempre. Yo la había visto emerger de Llew en el Corazón del Corazón, la recóndita cámara del Phantarch, bajo la roca de Findargad. Allí, avivado por el poder de la Canción de Albión, el awen lo había transformado por completo: Llyd, el reluctante guerrero, se había convertido en Llew, el paladín del rey.
El awen del Bardo Supremo vivía en Llew, pero permanecía enterrado en lo más profundo de su ser. Nos habría sido de gran ayuda si hubiera podido lograr que Llew aprendiera a invocarlo. Pero el adiestramiento de un bardo es tarea larga y difícil. Además, la disciplinada armonía de mente y corazón que se unen en el espíritu de la Canción no está al alcance de todos los que entran por la estrecha puerta de los derwyddi, y por eso no todos los bardos pueden manejar el awen a su antojo.
Pasear es un ejercicio reconfortante y magn√≠fico; el viento me azotaba la cara, el sol me templaba y el mar se extend√≠a espl√©ndido y reluciente ante m√≠. En mi mente comenz√≥ a tomar forma un plan. Yo era el √ļltimo bardo de mi pueblo; todos los dem√°s hab√≠an desaparecido. Pero, a juzgar por lo que hab√≠a visto en Llogres e Ynys Sci, la destrucci√≥n desatada por Nudd se hab√≠a limitado al territorio de Prydain. Probablemente en las tribus de Caledon y Llogres los bardos ni siquiera se hab√≠an enterado de lo sucedido.
Se me ocurrió que podía ponerme en contacto con ellos a través de los guerreros mabinogi que recalaban en la isla de Scatha. Sí, reuniría a la hermandad y les contaría lo que había sucedido. Les haría saber la ofensa contra la soberanía que Meldron había cometido y les pediría que me ayudaran a restaurar la dignidad real en Prydain.
Los d√≠as que siguieron habl√© con los muchachos y j√≥venes que llegaban a la isla y averig√ľ√© qu√© reyes de Caledon y Llogres ten√≠an bardos en sus cortes. Por los guerreros mabinogi me enter√© del nombre de mis hermanos y de d√≥nde pod√≠a localizarlos. Despu√©s me limit√© a esperar consagr√°ndome a las tareas que pude encontrar al servicio de Scatha.
Con una sucesi√≥n de d√≠as tan dulces y espl√©ndidos como el hidromiel, la Rueda del Cielo fue dando vueltas, imparable en su carrera: lleg√≥ la √©poca de la siembra, despu√©s la √©poca en que todo florece, en que las colinas se cubren de delicadas flores doradas e incluso las umbr√≠as ca√Īadas se engalanan de rojo y p√ļrpura; las estaciones derramaban lentamente su encanto. Yo observaba todas las se√Īales, marcaba todos los d√≠as que pasaban y observaba las fiestas y celebraciones sagradas de nuestro pueblo.
También observaba cómo se iba estrechando el vínculo entre Goewyn y Llew.
Pasaban mucho tiempo juntos: salían a cabalgar al alba, paseaban por las colinas a la puesta de sol, o por la playa a la luz de la luna. Me fijé en cómo miraba Goewyn a Llew, en cómo se complacía con su simple presencia. En sus oscuros ojos no se asomaba la fresca luz del alba, sino un resplandor más apacible, más luminoso y duradero.
Llew se mostraba cautivado por los encantos de la muchacha: sus esplendorosas trenzas, su risa, la curva de sus labios, la suave caricia de sus dedos. No tenía ojos más que para ella.
Rhylla, la estaci√≥n de la siembra y de las canciones, lleg√≥ puntual con sus d√≠as cortos y ambarinos y sus noches frescas. Luego lleg√≥ la estaci√≥n de las nieves, con sus d√≠as h√ļmedos, nublados y borrascosos. Pero, antes de que las heladas galernas impidieran el viaje por mar, los j√≥venes de la escuela de Scatha regresaron a sus hogares.
Antes de que los barcos zarparan, hablé con ellos y les hice prometer que darían mi mensaje a los bardos: a petición del Bardo Supremo de Albión se celebraría un gorsedd en Ynys Bàinail una luna después del Beltane.
Desde lo m√°s alto del acantilado, mientras el viento me azotaba el manto contra las piernas, contempl√© c√≥mo se alejaban los veleros cada uno hacia un puerto diferente. La convocatoria de la reuni√≥n viajaba con mis improvisados mensajeros; no me cab√≠a duda de que llegar√≠a a su destino. Cuando el √ļltimo barco sali√≥ de la bah√≠a, regres√© al pabell√≥n animado por el convencimiento de que mi plan, tan largo tiempo madurado, comenzaba a hacerse realidad.
Dichosos los que gozan del abrigo del pabell√≥n de Scatha cuando el viento ulula sin piedad. Se celebran festines con sabrosas viandas, pan tierno e hidromiel; se cantan maravillosas historias acompa√Īadas por la incomparable m√ļsica del arpa; se organizan juegos de competici√≥n, partidas de caza y paseos a caballo por la nieve, de los que se regresa con las mejillas arreboladas para entrar en calor con calientes jarras de espumante cerveza; se conversa al amor de la lumbre; se disfruta del calor de una amable compa√Ī√≠a mientras la galerna clava sus dedos de hielo en el tejado y hace crujir las vigas de madera.
Poco a poco fueron pasando los d√≠as y la rueda del a√Īo fue dando vueltas. La estaci√≥n del hielo y de la oscuridad tocaba a su fin; apagada su furia, el invierno bat√≠a en retirada sus debilitadas fuerzas. Los d√≠as se alargaban y el viento se templaba. La luna iba cambiando de fases hasta que una ma√Īana, mientras la luna nueva se levantaba en la hora-entre-horas, celebramos el rito que se√Īala la llegada del nuevo a√Īo encendiendo el fuego del Beltane.
Ese d√≠a, todos los fuegos se apagan para que la llama del Beltane, pura y perfecta, se convierta en la madre de todas las llamas que se encender√°n el nuevo a√Īo. En la casa del jefe esa llama arde sin cesar, y cualquiera que necesita encender un fuego acude a buscar rescoldos del Beltane para que as√≠ todas las casas se calienten y alumbren con la misma llama sagrada.
Siguiendo el ritual, la noche de luna nueva, Gwenllian y yo reunimos el Nawglan, las Nueve Maderas Sagradas cuyas particular√≠simas cualidades las hacen id√≥neas para el maravilloso beneficio del fuego sagrado. Cogimos una considerable cantidad que atamos con tiras de cuero sin curtir. En la colina m√°s alta de Ynys Sci, cavamos una zanja bastante grande pero poco profunda en forma de c√≠rculo, lo suficientemente amplio para albergar a todos los que viv√≠an en la casa de Scatha. En el centro del c√≠rculo colocamos el haz de le√Īa sobre el vell√≥n blanco de un cordero reci√©n nacido.
Antes de que rayara el alba, todos nos reunimos en la cima: Gwenllian, Goewyn, Llew, Scatha, Boru, los criados y unos pocos guerreros que invernaban con nosotros. Despu√©s, en la hora-entre-horas, nos dispusimos a encender el fuego. Gwenllian cogi√≥ un arco hecho de madera verde de tejo, le quit√≥ la cuerda de tripa e hizo girar el palo redondeado en una muesca profunda practicada en un le√Īo de roble. En cuanto salt√≥ la primera chispa de la madera, me apresur√© a acercar la planta seca llamada t√°n coeth, que causa que la d√©bil llama prenda y arda en tono carmes√≠ como si extrajera vida del mism√≠simo aire.
Lo había hecho innumerables veces. Pero en esta ocasión, cuando apliqué el tán coeth a la madera, la llamita parpadeó débilmente y se apagó en un hilillo de humo. Gwenllian vio cómo la llama se debilitaba y contuvo el aliento; dejó caer el palo de tejo y palideció. El corazón me dio un vuelco.
Ech√© una ojeada hacia el este, hacia el sol naciente, mientras mis manos buscaban a tientas el arco de tejo. Los primeros rayos de sol acariciaron la cima de la colina sin que hubiera sido encendido el fuego que saludara al nuevo d√≠a. La llama del Beltane se hab√≠a apagado. El nuevo a√Īo amanec√≠a en tinieblas.
Con apresurada celeridad, coloqu√© el arco sobre la madera de roble e hice girar el tallo de tejo tan deprisa como me permit√≠an mis temblorosos dedos, como si s√≥lo la rapidez pudiera remediar el desastre. ¬°Un Beltane en tinieblas! ¬ŅC√≥mo hab√≠a podido ocurrir? Contuve el aliento deseando con todas mis fuerzas que la llama prendiera.
Al punto, un tenue hilillo de humo plateado surgi√≥ de la madera de roble. Sopl√© con sumo cuidado y logr√© que el fuego prendiera. En unos instantes surgi√≥ una llama potente y vivaz. Si alguien not√≥ que algo hab√≠a fallado, no dieron se√Īal alguna, y cre√≠ que s√≥lo Gwenllian y yo nos hab√≠amos dado cuenta. Tan grande era mi deseo de que el nuevo a√Īo empezara bien, que me apresur√© a apartar los ojos de aquella llama de mal ag√ľero y me puse en pie para dar la bienvenida al nuevo a√Īo.
Luego amasamos peque√Īas hogazas de grano y miel, las colocamos junto al fuego en piedras planas y cocimos as√≠ el pan del Beltane. Gwenllian prepar√≥ tortas de leche, avena y huevos, mientras yo asaba pescado, ave y caza. Goewyn reparti√≥ manzanas y avellanas preservadas durante los oscuros d√≠as del sollen, y Govan escanci√≥ cerveza e hidromiel. El rito del Beltane exige s√≥lo que se cueza el pan, pero se a√Īaden otros alimentos a voluntad del clan para asegurar la abundancia del nuevo a√Īo.
De este modo, a la nueva luz del a√Īo reci√©n llegado, comimos y bebimos y cantamos. Gwenllian, con el arpa apoyada en el hombro, elevaba al cielo las esplendorosas notas del instrumento. Luego enton√≥ una canci√≥n como ofrenda al nuevo d√≠a. Aunque yo tambi√©n me un√≠ al canto y o√≠a c√≥mo se alzaba al cielo la m√ļsica, tal como el humo del fuego que hab√≠amos encendido, mi coraz√≥n estaba apesadumbrado. El temor hab√≠a anidado en mi alma y no pod√≠a cantar de coraz√≥n.
Cuando el fuego se hubo consumido, reuní los rescoldos para alimentar el fuego del hogar de Scatha. Luego recogí las cenizas dividiéndolas en cuatro partes iguales, tres para Gwenllian y sus hermanas y una para mí. Una vez celebrado el rito del Beltane, regresamos al caer.
Procur√© olvidar aquel fuego de mal ag√ľero y me concentr√© en la reuni√≥n que se avecinaba. Orden√© en mi mente los temas a tratar y sopes√© las palabras que usar√≠a para unir a la hermandad y llamar a la acci√≥n a los bardos de Albi√≥n, teniendo muy presente que la √ļltima reuni√≥n hab√≠a terminado en total desacuerdo. Y as√≠, como se acercaba la fecha de la reuni√≥n, Llew y yo dispusimos el bote en el que viajar√≠amos hasta Ynys B√†inail, la isla de la Roca Blanca, donde el gorsedd iba a tener lugar.
Un hermoso día de suave brisa, nos despedimos de nuestros amigos, izamos velas y nos dirigimos hacia Bàinail para asistir a la reunión de bardos.
No sabía cuántos bardos responderían a mi llamada, pero, cuando el Bardo Supremo de uno de los tres principales reinos de Albión considera necesario convocar una asamblea, todos los bardos están obligados por los votos de la hermandad a acudir al gorsedd, si nada realmente importante se lo impide. Yo, como Bardo Supremo de Prydain, tenía todo el derecho a convocar a mis hermanos.
Un gorsedd re√ļne a los bardos de todos los clanes y todos los reinos, porque los derwyddi no est√°n obligados por los lazos de la sangre como los dem√°s hombres. Ning√ļn bardo jura lealtad a se√Īor o capit√°n alguno; s√≥lo al bardo que est√° por encima de todos nosotros. Los que poseemos la dignidad real en nombre de nuestro pueblo estamos s√≥lo atados a la esencia misma de la soberan√≠a: nuestra lealtad nos obliga con la dignidad real, no con el rey.
Así es como debe ser. Los reyes se suceden, pero la soberanía permanece. Los reyes son hombres, y los hombres caen en el vicio y la corrupción, pero la soberanía permanece pura en su prístina esencia. Los bardos de Albión son los encargados de mantener la pureza de la soberanía de Albión. Nosotros, los guardianes de la dignidad real, estamos siempre vigilantes y atentos frente a los que desearían violentar ese principio que nosotros hemos jurado defender por encima de todo.
Yo conducía con mano firme nuestro resistente bote de modo que la proa surcase limpiamente las aguas. Ansiaba llegar cuanto antes a Ynys Bàinail para ver quién era el primero en llegar, y también para honrar la tumba de Ollathir. Lo había enterrado a toda prisa y deseaba rendirle ahora los honores debidos.
¬ó¬ŅQu√© vas a decirles? ¬óme pregunt√≥ Llew cuando por fin apart√≥ los ojos del azulado promontorio de Ynys Sci.
—Les diré que el príncipe Meldron ha profanado la dignidad real de Prydain —respondí con sencillez.
¬ó¬ŅQu√© esperas que hagan?
—Celebraremos consejo y decidiremos lo que se debe hacer —respondí—. Para eso los he convocado.
Llew asintió, con la mirada perdida en el horizonte.
¬ó¬ŅCu√°ntos acudir√°n?
—No sé. Creo que todos los bardos que haya en Caledon y Llogres.
¬ó¬ŅSesenta y dos?
¬ó¬ŅC√≥mo lo sabes?
¬óMe dijiste que hab√≠a noventa y tres bardos en toda Albi√≥n ¬órepuso Llew¬ó. Es decir, treinta y uno en cada uno de los tres reinos. Puesto que no queda bardo alguno en Prydain, excepto t√ļ, eso quiere decir que acudir√°n sesenta y dos. ¬ŅNo es as√≠? ¬ŅHe calculado bien? ¬óa√Īadi√≥ con una sonrisa.
—Sí, si es que todos obedecen a mi llamada. Algunos quizá no puedan.
¬ó¬ŅQu√© podr√≠a imped√≠rselo?
—La urgencia de salvaguardar la dignidad real o de proteger a su pueblo —respondí—. A cada bardo le corresponde determinar dónde y cuándo su pueblo y su rey necesitan de su amparo y sabiduría.
¬óYa entiendo. ¬óLlew estaba sentado con la espalda apoyada en el m√°stil y los brazos doblados en torno a las rodillas¬ó. ¬ŅY lo del Phantarch? ¬ŅLes dir√°s que ha muerto?
—Naturalmente. Es un asunto de extraordinario interés —dije pensando que ni yo mismo había logrado entenderlo del todo—. La hermandad decidirá qué debemos hacer para restaurar la Canción de Albión.
La Canci√≥n de Albi√≥n hab√≠a sido cantada desde el comienzo del mundo; desde el comienzo hab√≠a habido un Phantarch para cantarla. Escondido en su c√°mara de piedra, bajo las escarpadas monta√Īas, el Bardo Supremo de Albi√≥n hab√≠a cantado la Canci√≥n; gracias a √©l la Canci√≥n segu√≠a viva, velando por la conservaci√≥n de todo lo que exist√≠a.
El Phantarch había muerto, pero la Canción permanecía, porque el Bardo Supremo de Albión había sabido preservarla a la hora de su muerte, como había sabido protegerla en vida. Con un misterioso hechizo, el Phantarch había encerrado la Canción de Albión en las piedras que lo habían lapidado y le servían de tumba. Lo había hecho para que la Canción no abandonara este mundo y Albión se precipitara en las tinieblas y en el caos. Y ahora Meldron tenía en su poder esas Piedras Cantarinas y con ellas quería justificar su ilegítima pretensión sobre el trono de Prydain.
¬ó¬ŅTratar√°n de recuperar la Canci√≥n arrebat√°ndole las piedras a Meldron? ¬ópregunt√≥ Llew.
Nuestra estancia en la isla de Scatha le había hecho recuperar el ánimo. La mirada de sus ojos grises clavados en el mar era tranquila y sosegada.
—No lo sé —confesé—. Nunca había sucedido nada parecido.
Luego hablamos de otras cosas y comimos un poco de pan de nuestras provisiones. Nuestra resistente embarcación surcaba las aguas mientras las gaviotas revoloteaban en torno a la hinchada vela. Si el viento se mantenía, llegaríamos en tres jornadas a nuestro destino: Ynys Oer, una isla un poco más grande, vecina a Ynys Bàinail.
Avistamos la isla a primeras horas de la ma√Īana del tercer d√≠a. Como el viento soplaba favorable, decidimos bordear la costa norte y llegar a Ynys B√†inail por el oeste. El viaje ser√≠a m√°s largo, pero nos ahorraba la penosa caminata por el promontorio.
Cuando rodeamos el acantilado, apareci√≥ ante nosotros la isla de la Roca Blanca, resplandeciendo como una almenara a la luz del sol. Protegi√©ndome los ojos con la mano, vislumbr√© el pilar de piedra sobre el mont√≠culo en el centro de la isla. Seguimos navegando y entramos en el estrecho que separa la isla de la Roca Blanca de su vecina. Los que se dirigen a Ynys B√†inail a menudo acampan en la costa oeste de Ynys Oer y luego cruzan el estrecho hacia la isla sagrada en un curragh, peque√Īos botes con casco de cuero que los derwyddi utilizan para hacer esa traves√≠a.
En la costa oeste de Ynys Oer hay una cala de arena entre las rocas y una caba√Īa de piedra donde se guardan provisiones y herramientas para los que visitan la isla sagrada. La caba√Īa se levanta en un extremo de una frondosa ca√Īada donde pueden pacer los caballos; por la ca√Īada fluye un arroyuelo en el que pueden abrevar. No se permiten caballos en la isla de la Roca Blanca, ni tampoco armas de ninguna clase, ni personas indignas, porque Ynys B√†inail, la isla de la Roca Blanca, es el centro sagrado de Albi√≥n.
Nos acercamos a la cala flanqueada de pe√Īascos y atracamos el velero; Llew reuni√≥ le√Īa y fue a buscar agua. Traslad√≥ las provisiones del bote a la caba√Īa y tras todos estos preparativos se puso a pasear por la playa.
Mientras tanto, cog√≠ un curragh y me dirig√≠ solo a la isla de la Roca Blanca para visitar la tumba de Ollathir. La limpi√© y apil√© encima unas cuantas piedras negras y blancas. Luego me sent√© junto a la tumba hasta que el sol se pos√≥ sobre el mar en el oeste; entonces me levant√© y atraves√© de nuevo el peque√Īo estrecho para aguardar la llegada de los bardos.