6 - En puerto seguro

Empleamos los días que permanecimos en Blár Cadlys en descansar y recuperar nuestras fuerzas. El rey Calbha se reveló como un excelente anfitrión. No nos escamoteaba ni comida ni bebida, ni trató de explotar nuestra miseria en su propio beneficio. Sin duda, un hombre menos honrado que él se hubiera aprovechado de nuestra precaria situación. Pero Calbha nos dejaba a nuestro aire sin exigirnos nada. Mi confianza en él aumentaba día a día.
Y, puesto que se había ganado mi confianza en los nimios detalles cotidianos, decidí confiar en él en asuntos de importancia: le conté todo lo sucedido en Prydain durante aquella estación de sollen tan anormalmente prolongada. Le conté la destrucción de Prydain por Nudd y sus demonios coranyid. Calbha escuchó mi relato estupefacto y en silencio.
Cuando hube acabado de contarle todo, me dijo:
—Es cierto que fue un sollen muy largo y más crudo de lo habitual. Sin embargo, nosotros no le dimos mayor importancia —comentó sacudiendo lentamente la cabeza—. Pero todo eso que me has contado..., la destrucción de Prydain, es más de lo que habría podido imaginar jamás.
Calbha no pudo esclarecerme el misterio de la destrucción de Prydain. No tenía noticia alguna del ataque de Nudd y no se podía explicar por qué Llogres se había librado de la venganza de la horda demoníaca.
¬ó¬ŅQu√© quieres de m√≠? ¬ópregunt√≥ despu√©s percibiendo que hab√≠a llegado el momento de afrontar el motivo de nuestra visita.
¬óQuiero que me ayudes a restaurar a Llew en el trono de Prydain ¬óle dije.
Se acarició con aire meditabundo la punta del bigote.
—Me pides ayuda, y te la prestaría gustoso —repuso al fin—. Pero no es mi sangre la que debería derramarse en esa lucha. De todas maneras pondré en conocimiento de mis capitanes el asunto para que tomen una decisión.
Envió mensajeros a los nobles y capitanes de todos los poblados convocándolos a una asamblea. Cuando hubieron llegado a Blár Cadlys y estuvieron reunidos en el palacio, el rey me ordenó que les dirigiera la palabra.
—Habla, bardo —indicó—, estamos dispuestos a escucharte.
Yo me adelant√© y les relat√© todo lo que hab√≠a sucedido durante la estaci√≥n de las nieves. Les cont√© que Sycharth hab√≠a sido destruida y que los habitantes de Prydain hab√≠an sido diezmados. Les habl√© de Nudd y de la hueste de demonios, de c√≥mo el Soberano Se√Īor hab√≠a sido asesinado alevosamente. Les cont√© c√≥mo el pr√≠ncipe se hab√≠a apoderado por la fuerza de la torques; les suger√≠ que Meldron era todav√≠a d√©bil y que si actu√°bamos con celeridad podr√≠amos detenerlo antes de que tuviera tiempo de hacerse fuerte y poderoso.
Luego les rogué que apoyaran y ayudaran a Llew a recuperar el trono de Prydain, que en justicia le correspondía. Calbha me dio las gracias y me rogó que me retirara para que el rey de los cruinos y sus consejeros discutieran lo que acababa de exponerles.
Celebraron consejo durante todo el día, mientras Llew y yo descansábamos saboreando el calorcillo de gyd que extendía sus lenitivas manos sobre la tierra asolada por el crudo sollen. Llew permanecía silencioso y taciturno. Me di cuenta de que estaba sumido en sus pensamientos y no quise estorbarlo. Al día siguiente por la tarde fuimos conducidos ante el consejo real para que escucháramos el resultado de las deliberaciones.
La sala estaba oscura y olía a humo rancio. La chimenea se encontraba apagada. Avanzamos hacia el trono del rey y nos detuvimos ante él; no nos invitaron a tomar asiento. En los rostros inexpresivos y solemnes de la concurrencia leí que los buenos deseos de Calbha habían llegado a su final. El rey no suavizó el golpe, sino que habló con su habitual franqueza.
—Hemos prestado oído al aviso implícito en tus palabras, bardo —dijo—. Y creemos que salvará muchas vidas. Por eso, estamos en deuda contigo. Pero no podemos apoyarte frente a Meldron.
—Rey Calbha —repliqué—, acato tu decisión, aunque mi corazón se llena de congoja. Porque, al revelarte la debilidad de Meldron, he puesto la vida de mi pueblo en tus manos sin haberte exigido a cambio la promesa de que podía confiar en ti.
¬óEs cierto, no me has exigido promesa alguna ¬óse apresur√≥ a asentir el rey¬ó. Pero te prometo que me contento con dejar las cosas como est√°n: no empu√Īar√© las armas contra los llwyddios ni me apoderar√© de las tierras de Prydain.
Me disponía a darle las gracias, pero el rey de los cruinos me silenció con un gesto.
¬óSin embargo, estoy convencido de que no ser√° f√°cil contentar a Meldron. El hecho de que permanezc√°is aqu√≠ inflamar√° su c√≥lera contra nosotros, y no tengo el menor deseo de darle motivos para que nos declare la guerra. As√≠ que deb√©is marcharos antes de que el sol se ponga ma√Īana.
Los cruinos mostraron su aprobación entre murmullos.
¬óPero, por la confianza que me hab√©is demostrado ¬ócontinu√≥ el rey¬ó, os dar√© los caballos que escoj√°is; tambi√©n os dar√© las armas que dese√©is y todas las provisiones que consider√©is necesarias. ¬ŅQu√© os parece?
—Eres más que generoso, rey Calbha —respondí inclinando la cabeza respetuosamente—. Aceptamos agradecidos tus regalos.
Entonces intervino Llew.
¬óTu generosidad es grande, se√Īor. Pero no puedo menos que preguntarme..., si no es abusar demasiado: ¬Ņpodr√≠amos pedirte algo m√°s?
¬ó¬ŅQu√©? ¬óinquiri√≥ Calbha con cierto recelo¬ó. Habla. ¬ŅQu√© deseas?
—Nos gustaría que nos dieras un bote, rey Calbha.
Calbha observó circunspecto a Llew acariciándose la punta del bigote.
¬ó¬ŅUn bote? ¬órepiti√≥ mirando a sus consejeros; nadie pareci√≥ oponerse a nuestra demanda¬ó. Muy bien, os dar√© un bote. Pero, a cambio del bote, os pedir√© una cosa.
—Pídela —replicó Llew—. Puedes contar con ella si está en nuestras manos.
¬óTe pido que haya paz entre nosotros mientras ambos reinemos.
¬óSe√Īor, soy un rey sin reino y sin pueblo, si es que lo soy. Pero cualquiera que sea la autoridad que posea, te prometo mantener la paz contigo mientras viva.
Estas palabras, sencillas y sinceras, complacieron sumamente a Calbha. Tras intercambiar promesas de paz, el rey Calbha ordenó que trajeran una copa que compartió con Llew. Grabé en mi memoria el acontecimiento porque era la primera vez que la dignidad real de Llew había sido reconocida de hecho, no sólo de palabra.
Al alba del día siguiente, Calbha nos condujo a una empalizada donde habían reunido doce caballos entre los que debíamos escoger. Eran excelentes corceles y me disponía a escoger por los dos, cuando Llew se volvió hacia Calbha.
¬óNos espera un largo viaje ¬ódijo¬ó, y sin duda muchos peligros. Los caballos de los cruinos gozan de merecida fama en toda Albi√≥n, y √©stos superan en mucho a todos los que hasta ahora he visto. Si estuvieras en mi lugar, ¬Ņcu√°les escoger√≠as?
Esto dio a Calbha la oportunidad de demostrar su superior experiencia en caballos, cosa que lo satisfizo en grado sumo.
¬óCualesquiera de estos animales os servir√°n para el viaje ¬ódeclar√≥¬ó. Todos son excelentes corceles. ¬óHizo una pausa y nos gui√Ī√≥ un ojo¬ó. Pero haces bien en pedirme consejo, porque a veces no basta con unas patas ligeras y un pelo lustroso.
Entró en la empalizada y caminó entre los caballos palmeteándolos, acariciándolos y sopesando sus flancos, seguido por Llew; mientras examinaban los caballos, iban intercambiando comentarios y discutiendo sus méritos. Los contemplé con curiosidad mientras conversaban y se me antojó que Llew parecía más resuelto y decidido que nunca. Su actitud había cambiado. Por primera vez desde que había surgido del Montículo de los Héroes en Cnoc Righ, parecía seguro de sí mismo.
Calbha y Llew inspeccionaron los caballos y despu√©s de largas deliberaciones escogieron dos: una yegua negra de esbeltas patas y un semental zaino con cernejas blancas. Ambos eran ejemplares fogosos, j√≥venes y fuertes. Cuando estuvieron ensillados, el propio Calbha nos acompa√Ī√≥ hasta la costa montado en su corcel, un vigoroso macho negro y blanco.
Como los llwyddios, los reyes cruinos han poseído desde tiempo inmemorial una franja costera a lo largo de Muir Glain, que utilizaban como varadero. Pero, a diferencia de los llwyddios, los cruinos jamás han sido hombres avezados al mar. Siempre han preferido los caballos, pues les agrada sentir la tierra firme bajo los pies.
Pese a ello, sus botes son resistentes y muy marineros: negros, sólidos, ligeros, con pesadas velas cuadradas. Y, aunque Calbha sólo tenía cuatro botes suficientemente grandes como para transportarnos a nosotros y a los caballos, insistió en darnos el mejor de los cuatro. Mientras los marineros aparejaban la embarcación, el rey cruino recorría la playa supervisando todos los detalles y dando órdenes a sus hombres para que sujetaran bien los caballos en el centro del bote.
Creo que sentía de corazón que nos marcháramos. No tenía bardo y le habría gustado que me quedara con él. Además, Llew se había ganado su respeto y consideración; habría encontrado para él un lugar en su banda de guerreros, si no hubiera sido por el miedo que le tenía a Meldron.
Por eso, el rey Calbha nos prestó toda la ayuda de que fue capaz. Y, cuando llegó el momento de hacernos a la mar, permaneció en la orilla con las manos cruzadas sobre el pecho contemplándonos hasta que ganamos aguas profundas e izamos la vela.
¬óHa sido muy generoso con nosotros ¬ócoment√≥ Llew instal√°ndose al tim√≥n junto a m√≠¬ó. Me gustar√≠a corresponder a su amabilidad alg√ļn d√≠a.
¬óBueno, ahora que tienes tu barco, ¬Ņqu√© rumbo quieres tomar? ¬ópregunt√© contemplando el mar que se extend√≠a ante nosotros¬ó. El mar est√° en calma; el viento es suave. Meldron ha quedado atr√°s. ¬ŅAd√≥nde vamos?
—A Ynys Sci —replicó sin titubeos—. Allí seremos bien recibidos.
Así que pusimos rumbo a Ynys Sci, la más hermosa de las islas de Albión, navegando hacia puerto seguro a través del camino de las ballenas. Nuestro bote no era rápido, pero sin duda habría navegado por sí solo. Bastaba con mantener las velas hinchadas para que la proa surcara las plateadas aguas. Viajábamos confiados en la seguridad de que Meldron no podía perseguirnos porque no había quedado ni un bote en Sycharth. En cuanto perdimos de vista Muir Glain, pudimos atracar donde y cuando quisimos para acampar y buscar agua y forraje para los caballos.
En suma, fue un agradable viaje, salvo que las tierras frente a las que pasábamos estaban deshabitadas y abandonadas. Prydain era un desierto. No se veía un alma y eso me hizo pensar que quizás encontraríamos abandonada Ynys Sci cuando llegáramos.
Cuando, tras varios días de navegación, avistamos el escarpado promontorio de Ynys Sci, me encaramé a proa y escruté los acantilados que se cernían sobre la bahía.
¬ó¬°Mira! ¬ógrit√© se√Īalando el tenue hilillo de humo que se alzaba de las cocinas situadas tras el palacete de Scatha¬ó. Nudd no ha llegado hasta aqu√≠.
¬óBien ¬órepuso Llew.
Fue todo lo que dijo, pero era evidente que sent√≠a un tremendo alivio. Durante su estancia en la isla, hab√≠a entregado su coraz√≥n a aquellos parajes. ¬ęYnys Sci es mi hogar, si es que tengo alguno¬Ľ, me hab√≠a comentado en cierta ocasi√≥n.
Pero además tenía otra razón para desear llegar a Ynys Sci. La isla estaba fuera del alcance de Meldron; pasaría mucho tiempo antes de que el usurpador se aventurara a buscarnos allí. Sin embargo, pese a su remota situación, Ynys Sci tenía tratos con toda Albión: los hijos de nobles y paladines acudían a la isla de Scatha a aprender el arte de la guerra. Por ellos tendríamos noticias de cómo estaba la situación en Caledon y Llogres.
Estos pensamientos llenaban mi mente cuando entramos en la profunda bahía de arenosas playas. Ya nos habían avistado y fuimos recibidos por Boru, instructor jefe de la escuela de Scatha. Bajó a caballo desde el caer hasta la playa para saludarnos.
—¡Tegid! —gritó cuando me vio a proa.
Azuzó al caballo hacia la espumosa rompiente, desmontó de un salto y se metió en el agua para recibirnos.
¬óMe alegro de verte, Tegid. ¬°Bienvenido! ¬ósalud√≥. Le arroj√© un cabo, se lo enroll√≥ en las manos y comenz√≥ a tirar del bote hacia la playa¬ó. ¬ŅQui√©n viene contigo, Tegid?
¬ó¬°Boru! ¬óexclam√≥ Llew saltando del bote¬ó. ¬ŅEs que no me conoces?
El larguirucho guerrero se detuvo al oírlo y lo miró estupefacto.
¬ó¬ŅLlyd? ¬ódijo¬ó. ¬ŅEs posible que seas t√ļ?
¬óS√≠, es Llyd... o por lo menos lo era ¬órespond√≠ yo¬ó. Ahora se llama Llew. Han sucedido muchas cosas desde la √ļltima vez que nos vimos.
¬ó¬°Salud, hermano!
Llew chapote√≥ hacia Boru tendi√©ndole las manos seg√ļn la costumbre entre parientes.
¬ó¬ŅAhora te llamas Llew? ¬óBoru se ech√≥ a re√≠r y, soltando la cuerda, aferr√≥ los brazos de Llew con cari√Īosa energ√≠a¬ó. As√≠ pues has acabado por ganarte un nombre m√°s honor√≠fico. ¬°Cu√©ntame c√≥mo ha sido!
¬óCalma, calma ¬órepuso Llew¬ó. Tegid arde en deseos de cont√°rtelo todo.
Boru nos ayudó a atracar el bote y a desembarcar los caballos, que montamos a pelo para atravesar la playa y subir por el estrecho y serpenteante camino que conducía hasta el caer. El caer de Scatha no tenía ni muralla ni puertas; su renombre como guerrero le bastaba como protección. Así llegamos a caballo hasta la misma entrada del pabellón y allí desmontamos.
¬ó¬°Repara en el aroma de este aire, Tegid! ¬ódijo Llew inspirando con energ√≠a; luego mir√≥ al cielo¬ó. ¬°Y mira..., ah, esta luz del sol! No la hay igual en ning√ļn otro lugar.
Boru nos franqueó el paso alzando la piel de buey que cubría la entrada y gritando con excitación. No fue Scatha quien respondió, sino Goewyn, su hija de cabellos de oro. Se levantó del asiento que ocupaba junto al hogar y, primero con expresión de sorpresa y después de placer, vino a nuestro encuentro.
¬óBienvenido, Tegid. Me alegro de verte. Parece que hace a√Īos que te marchaste, aunque en realidad s√≥lo ha transcurrido una estaci√≥n.
Luego miró con cortesía a Llew. Su sonrisa se desvaneció mientras sus ojos escrutaban las facciones de Llew.
—Goewyn..., yo... —tartamudeó Llew.
Al oír su nombre, la muchacha exclamó:
¬ó¬ŅLlyd?
√Čl asinti√≥. Goewyn avanz√≥ unos pasos, titubeante, y alz√≥ las manos para tocarlo, pero las dej√≥ caer.
—Antes se llamaba Llyd —expliqué yo—, pero ya no. El hombre que tienes ante ti se llama ahora Llew, y es el rey de Prydain.
¬ó¬ŅDe verdad? ¬ómurmur√≥ Goewyn con los ojos muy abiertos por el asombro¬ó. ¬ŅEl rey?
—Cosas de Tegid —admitió Llew—. Es una larga historia.
¬ó¬°A fe que me muero por o√≠rla! ¬ŅRey de Prydain? ¬óBoru silb√≥ con genuina sorpresa¬ó. ¬ŅQui√©n lo hubiera podido adivinar?
—Has cambiado —dijo Goewyn con voz dulce—. Y en algo más que en tu nombre. No eres la misma persona que se marchó de aquí hace tan sólo una estación.
Alzó la mano para tocarle el cabello y la cara. Luego, como si se hubiese convencido al fin de que el hombre que estaba ante ella era el mismo que recordaba, lo abrazó.
—Te he echado de menos —musitó.
Mientras sus hermosos ojos casta√Īos expresaban un cari√Īo infinito, capt√© perfectamente c√≥mo se abandonaba a √©l y no me cupo duda alguna de que, durante los tenebrosos y g√©lidos d√≠as de sollen, la muchacha hab√≠a guardado en su coraz√≥n un rescoldo ardiente. Ese rescoldo se hab√≠a convertido en una llamarada cuando abraz√≥ a Llew y desde ese momento iba a arder infatigablemente.
¬ŅPor qu√© no? Ambos se conoc√≠an muy bien. Llew hab√≠a vivido siete a√Īos en aquella isla: durante tres estaciones del a√Īo se entrenaba para convertirse en un guerrero, durante la cuarta estaci√≥n de los fr√≠os descansaba y gozaba de la compa√Ī√≠a de Scatha y de sus tres hermosas hijas, cada una de las cuales serv√≠a en la corte de un rey, que regresaban a Ynys Sci en invierno cuando la mayor√≠a de los aprendices de guerrero se hab√≠an marchado a sus hogares, junto a su clan y su familia.
Sin embargo, obedeciendo √≥rdenes de Meldryn Mawr, Llew no hab√≠a regresado a Sycharth, sino que hab√≠a pasado las crudas y fr√≠as estaciones en Sci junto a los pocos que gozaban del privilegio de quedarse en tan agradable compa√Ī√≠a.
Miré a Boru.
¬ó¬ŅCu√°ntos guerreros ten√©is aqu√≠?
—Dieciséis —contestó—. Han ido a cazar al otro lado de la isla y no regresarán hasta que hayan casi reventado sus caballos. Los demás todavía no han vuelto de sus hogares.
¬ó¬ŅD√≥nde est√° Scatha?
—Cabalgando —repuso Goewyn, que, recordando sus deberes de anfitriona, se dispuso a atendernos debidamente—. Estáis cansados del viaje. Sentaos, por favor, y descansad. Os traeré de comer y de beber.
Se apresuró a salir de la sala, y Llew se quedó embobado mirando la cortina tras la que había desaparecido al fondo de la habitación.
—Es magnífico estar de vuelta aquí. Me siento como si hubiese estado ausente toda una vida.
¬óSentaos, hermanos ¬ódijo Boru acerc√°ndonos unas sillas. √Čl tambi√©n se sent√≥ y cruz√≥ los brazos sobre el pecho¬ó. ¬ŅQu√© noticias tra√©is de Meldryn Mawr? ¬ŅD√≥nde est√°n los cachorros de guerreros? ¬ópregunt√≥ sonriente.
Yo me qued√© de piedra. ¬ŅC√≥mo era posible que en la isla no hubieran tenido noticia de lo que pasaba en el mundo?
¬ó¬ŅQu√© noticias has tenido de Prydain? ¬ópregunt√© a mi vez.
¬óNada en absoluto; ni tan siquiera un rumor ¬órespondi√≥ Boru¬ó. Pero no es de extra√Īar. El mar se hel√≥ entre Sci y la tierra firme este a√Īo. Nunca hab√≠a visto un fr√≠o tan atroz; cre√≠ que el invierno no acabar√≠a jam√°s.
Entonces reapareci√≥ Goewyn acompa√Īada de la hermosa Govan. Eran hermanas, pero no se parec√≠an en nada. Los cabellos de Goewyn eran rubios como el oro y suaves como el lino, y su piel era blanca y delicada; los cabellos de Govan eran oscuros y ten√≠a la piel muy morena, como besada por el sol. Sus ojos eran azules y los de su hermana casta√Īos. Y mientras Goewyn era alta y gr√°cil, Govan era menuda y vivaracha, una aut√©ntica delicia en movimiento. Casi nunca estaba callada y jam√°s quieta. Donde estaba Govan siempre hab√≠a risas, o l√°grimas, es cierto, pero jam√°s silencio.
Entraron en la sala riendo, y Govan se apresuró a acercarse a Llew. Levantó sus ojazos y lo miró con franqueza, escrutando sus facciones, fascinada por el cambio que veía en ellas.
¬ó¬ŅLlyd? ¬ósusurr√≥ impresionada con un hilillo de voz¬ó. ¬ŅQu√© te ha ocurrido?
—Ha sido un invierno muy duro —contestó Llew.
—Mi hermana me dijo que habías cambiado, pero...
Satisfecha con el nuevo aspecto de Llew, soltó una alegre carcajada y no acabó la frase.
¬óMe alegro de verte, Govan ¬ódijo Llew.
¬óSiempre ser√°s bienvenido aqu√≠ ¬ódeclar√≥ Govan s√ļbitamente solemne, aunque la risa le bailaba a√ļn en las comisuras de los labios¬ó. Y ser√°s no menos bienvenido ahora que te has convertido en rey.
Fuera resonaron ecos de cascos y, antes de que cesaran, apareci√≥ Scatha, vestida con una t√ļnica y un manto escarlata con un ce√Īidor de color ciruela. Llevaba los largos cabellos sueltos y despeinados por la cabalgada. El ejercicio le hab√≠a arrebolado las mejillas, y entr√≥ en la sala con la mirada alerta porque hab√≠a visto nuestro bote en la playa y sab√≠a por tanto que ten√≠a hu√©spedes que atender.
¬ó¬°Tegid! ¬óexclam√≥ al entrar¬ó. Bienvenido seas. ¬óLuego mir√≥ a Llew¬ó. Y t√ļ tambi√©n... ¬óTitube√≥ unos instantes, se acerc√≥ m√°s y escudri√Ī√≥ su rostro¬ó ¬ŅLlyd? ¬ŅEres t√ļ?
¬óHe regresado, Pen-y-Cat¬ó respondi√≥ usando el sobrenombre que le hab√≠an puesto los aprendices de guerrero y que quer√≠a decir ¬ęJefe de Batalla¬Ľ.
—Acércate, hijo —indicó ella, pues consideraba hijos suyos a todos aquellos a quienes había adiestrado y educado en su escuela.
Llew avanzó unos pasos. Ella le puso las manos en los hombros y lo miró a los ojos.
—Sí, eres Llyd —declaró y, acercándose, lo besó en las mejillas—. Bienvenido, hijo mío.
—Ahora me llaman Llew —dijo él con sencillez.
¬óY es rey ¬óa√Īadi√≥ Govan.
¬ó¬ŅEs cierto? ¬ópregunt√≥ Scatha mirando pl√°cidamente a Llew¬ó. Me gustar√≠a o√≠r la historia completa.
En ese momento entraron varios criados con bandejas de pan, carne fría y jarras de cerveza.
¬óEncended el fuego y llenad las copas ¬óorden√≥ Scatha. Luego se volvi√≥ hacia m√≠¬ó. Y t√ļ, Tegid Tathal, cu√©ntanos c√≥mo ha sucedido ese acontecimiento tan notable.
—¡Por fin! —exclamó Boru—. Empezaba a pensar que este bardo se había tragado la lengua.
En ese preciso momento compareció Gwenllian, la hija mayor de Scatha. Había salido a cabalgar con su madre y se había entretenido atendiendo a los caballos en el establo antes de entrar en el palacete. Se unió al grupo y saludó mientras nos echaba una rápida ojeada.
Al reconocer a Llew, se quedó helada.
La sonrisa de bienvenida se le borró del rostro y su cuerpo se puso rígido. Creí que iba a desmayarse porque vaciló sobre sus pies, pero sus ojos permanecieron alertas y vivaces. Todos nos mantuvimos en silencio observándola.
—¡Salud, Llew, bienvenido seas! —exhaló casi en un susurro de reconocimiento, sin dejar de escrutarle el rostro—. Por fin has regresado.
No me extra√Ī√≥ tal bienvenida, porque hab√≠a sido Gwenllian con sus ojos de color esmeralda la primera en vislumbrar los calamitosos acontecimientos que iban a asolar Albi√≥n. Y hab√≠a sido Gwenllian quien pronunci√≥ la profec√≠a de la que Llyd hab√≠a sacado su nuevo nombre. Al verlo ahora, la sabia banf√°ith lo hab√≠a reconocido pese a lo cambiado de su aspecto, o quiz√° precisamente por eso.
Pasado el emocionante momento, Gwenllian se acercó a Llew, lo cogió de las manos y lo besó en las mejillas a modo de saludo. Scatha seguía contemplando los cambios experimentados en el aspecto de Llew con vivo interés. Cuando su hija se hizo a un lado, sus ojos siguieron clavados en Llew, que parecía tranquilo y relajado, seguro del lugar que ocupaba entre aquella gente. No sé lo que estaba contemplando Scatha; tal vez estaba recordando al hombre que ella había hecho desaparecer o tal vez sopesando la fuerza de un nuevo aliado.
Nos instalamos junto a la chimenea, y yo comenc√© el doloroso relato de todo lo que hab√≠a sucedido desde la √ļltima vez que Llew y yo nos hab√≠amos sentado ante aquel feliz hogar. Les relat√© el ataque de Prydain por Nudd y su hueste demon√≠aca de coranyid, la destrucci√≥n de Sycharth y de todos los poblados grandes y peque√Īos de nuestra tierra. Les relat√© la desesperada huida a Findargad y el largo asedio al que puso fin Llew con el descubrimiento de las Piedras Cantarinas, con las que el moribundo Phantarch hab√≠a logrado salvar la Canci√≥n de Albi√≥n.
Por √ļltimo, les narr√© la Haza√Īa Heroica de Llew en la muralla de Findargad y la traici√≥n del pr√≠ncipe Meldron que culmin√≥ con el asesinato del Soberano Se√Īor. Les cont√© el funeral y el entierro de Meldryn Mawr, y c√≥mo, a la vista de todos, Llew hab√≠a emergido del Mont√≠culo de los H√©roes. Les relat√© c√≥mo yo hab√≠a otorgado la dignidad real a Llew y c√≥mo el perverso Meldron la hab√≠a usurpado y, en represalia, nos hab√≠a encarcelado. Relat√© nuestra huida del hoyo de rehenes y nuestro viaje hasta Ynys Sci.
En resumen, les relat√© todo lo que hab√≠a sucedido en la tierra desde nuestra √ļltima estancia en la isla. Sab√≠a que tendr√≠amos necesidad de la ayuda de Scatha en los d√≠as que se avecinaban, de modo que no me call√© absolutamente nada. En realidad ya hab√≠a comenzado a concebir un plan con el que podr√≠amos recuperar el trono de Prydain.
Por su parte, mi auditorio escuchó la triste historia en silencio, sin comer ni beber. Cuando hube acabado, había caído ya la noche y la sala estaba sumida en las sombras. Permanecimos sentados en torno a la chimenea mientras el fuego se iba consumiendo. El chisporroteo de las brasas resonaba en el silencio de la sala. Mi relato los había asombrado y conmovido. Boru miraba fijamente los rescoldos con rostro sombrío. Scatha y Govan tenían el entrecejo fruncido y los ojos arrasados en lágrimas. Gwenllian, con la espalda muy erguida y las manos entrelazadas en el regazo, permanecía inescrutable, con los ojos cerrados. Goewyn tenía una expresión mezcla de compasión y orgullo, y no pude menos de preguntarme qué había oído en mis palabras para asumir tal actitud.
Por fin, Scatha alzó los ojos, tomó aliento y dijo:
—Siento muchísimo la muerte de Meldryn Mawr, y lamento profundamente las vergonzosas acciones de su ambicioso hijo. Tened la seguridad de que haré todo lo que esté en mi mano para ayudaros.
Scatha acababa de ofrecerme por propia voluntad lo que yo había esperado obtener con persuasión. Se lo agradecí con alegría.
¬óGracias ¬órepuse¬ó. Con tu ayuda legitimaremos los derechos de Llew y recuperaremos el trono que en justicia le pertenece.
Pero Gwenllian alzó la mano en gesto cauto.
¬óDeber√≠ais tener presente un importante detalle: mi madre est√° obligada por un inquebrantable geas a no apoyar jam√°s a ning√ļn rey en ninguna batalla, a no empu√Īar jam√°s la espada contra alguien que le haya confiado la formaci√≥n de sus j√≥venes, a menos que antes hayan levantado las armas contra ella.
Hizo una pausa para darme tiempo a sopesar la tremenda importancia de sus tristes palabras.
Yo comprend√≠a la sabidur√≠a de tal prohibici√≥n, si bien lamentaba los infortunados efectos que implicaba, porque el tab√ļ que pesaba sobre Scatha significaba que no podr√≠amos contar con el apoyo de su inigualable experiencia.
—Es cierto —comentó Scatha—. Hay algunos caminos que me están vedados.
—Pen-y-Cat —dijo Llew—, aunque sólo tu espada vale como veinte, ya has hecho bastante con recibirnos y darnos refugio. No temas por tu geas. Encontraremos otro modo de vencer a Meldron.
¬óBueno, yo no estoy obligado por voto alguno ¬óintervino Boru poni√©ndose en pie¬ó. Ser√° un placer empu√Īar las armas contra Meldron y sus seguidores. Cuentas con mi apoyo, hermano. Todo lo que tengo est√° a tu disposici√≥n.
—Gracias —contestó Llew—. Lo acepto agradecido. No cabe duda de que necesitaremos tu poderoso brazo.
¬óBueno ¬ódijo Scatha, levant√°ndose¬ó, por ahora no hay m√°s que hablar. Sois amigos ausentes desde hace demasiado tiempo del hogar. Esta noche comeremos y beberemos juntos y gozaremos de vuestro feliz regreso.
Ordenó que avivaran el fuego y que nos sirvieran de nuevo comida y bebida. Nos pusimos a charlar de cosas más alegres y nos olvidamos por un tiempo de Meldron y su abyecta traición.
Era ya noche cerrada cuando nos retiramos a nuestros aposentos. Al salir del palacete, atravesamos con Boru el patio a la luz de la luna para dirigirnos a la caserna de los guerreros. Llew se detuvo de pronto y miró al cielo salpicado de estrellas.
¬ó¬ŅQu√© ocurre? ¬ŅQu√© miras? ¬óle pregunt√©.
Tardó en contestarme.
—Había olvidado qué luminoso es el cielo aquí —murmuró al fin—. Y qué cerca está.