5 - Acosados

Una niebla espesa cubría los pantanos. Nos internamos hacia el corazón del marjal donde la bruma era más densa. Si podíamos despistar allí a nuestros perseguidores, tendríamos alguna posibilidad de escapar.
Pero, antes de que aquella levísima esperanza pudiera tomar cuerpo, oí los perros, oí el agudo, salvaje y temible aullido de los sabuesos. De la hermosa jauría del rey habían quedado tres, y Meldron no había dudado un momento en azuzarlos tras nuestras huellas.
Llew llegó antes que yo al corazón del marjal y desapareció entre la niebla. Yo lo seguí y casi tropecé con él justo en la orilla del agua.
¬ó¬ŅPor d√≥nde? ¬óme pregunt√≥.
—Desmonta. Espanta los caballos —lo urgí.
¬óPodemos despistar a los perros en la niebla.
—Nos localizarían por el ruido —le dije—. Espanta los caballos y quizás así podamos eludirlos.
Bajó del caballo y le dio una enérgica palmada en la grupa.
¬ó¬°Ea!
El caballo desapareció sin jinete en la niebla. Yo desmonté a mi vez y espanté mi corcel con una palmada y un grito; luego, con el agua por las rodillas, me dispuse a seguir la evanescente silueta de Llew.
Sent√≠a tener que prescindir de los caballos tan pronto, pero era nuestra √ļnica posibilidad de escapatoria. Los perros pueden perseguir un caballo incansablemente siguiendo el rastro con su agudo olfato. Sin embargo, en los marjales, los perros s√≥lo pueden confiar en su o√≠do; supon√≠a que los sabuesos perseguir√≠an a los caballos, y los jinetes de Meldron los seguir√≠an.
El agua estaba muy fría, el sol débil y distante. Nos dirigimos hacia unos matorrales.
¬óPor ah√≠ ¬óse√Īal√©.
A√ļn no hab√≠an brotado los reto√Īos; las hojas estaban secas, y los tallos muertos nos ara√Īaban las piernas.
—Nos esconderemos aquí —dije deteniéndome tras haber dado una docena de pasos—. Tan pronto como hayan pasado los jinetes, echaremos a correr hacia el río.
—Si es que no nos descubren antes —comentó Llew.
¬ó¬°Escucha!
Oí el chapoteo de los cascos de un caballo en el agua y el ladrido de un perro. Con los dientes apretados, nos metimos en el agua y nos ocultamos entre los matorrales.
Poco después, oímos que otro caballo chapoteaba en el agua; al instante lo siguió otro... y luego dos más.
La niebla propagaba el ruido que hac√≠an los jinetes, de modo que parec√≠an acercarse por todas direcciones. Era imposible decir d√≥nde estaban y a qu√© distancia. Llew y yo permanec√≠amos agazapados en el agua, temblando, escuchando por doquier la barah√ļnda de nuestros perseguidores. Los o√≠amos darse indicaciones, azuzar a los perros y o√≠amos los ladridos y aullidos de los sabuesos.
Luego los ruidos fueron perdiéndose a medida que nuestros perseguidores se alejaban. Aguardamos un poco más sin salir del agua. La niebla comenzó a despejarse, y sobre nuestras cabezas aparecieron retazos de azul mientras el sol apretaba entre la neblina del pantanal.
—Deberíamos marcharnos —susurró Llew—. La niebla está aclarando y nos verán.
Se levantó y echó a andar.
¬óEspera ¬ómurmur√© cogi√©ndolo de la mu√Īeca y oblig√°ndolo a agazaparse de nuevo a mi lado.
Me había puesto en guardia un chapoteo de cascos en el agua. Un caballo se precipitaba hacia los matorrales. El jinete iba espada en mano, en actitud de ataque.
Llew se dejó caer hacia un lado para esquivarlo; yo me arrojé hacia el otro.
El caballo se alzó de patas, y el jinete descargó un golpe.
Con una hábil voltereta, Llew se escabulló bajo el caballo mientras el jinete propinaba otro mandoble. Con celeridad, Llew se incorporó vacilante, agarró el brazo armado del guerrero y lo derribó. Yo me precipité hacia el caballo y le propiné una enérgica palmada en el cuello. El asustado animal se desbocó y desapareció en el pantanal.
El guerrero dio un grito. Llew le dio un pu√Īetazo en la cara y sigui√≥ golpe√°ndolo hasta que el enemigo dej√≥ de debatirse.
Temblando, aguzamos el oído.
Nadie respondió al grito del guerrero; no nos habían descubierto.
¬óAy√ļdame ¬ódijo Llew.
Alzamos a hombros al jinete y lo llevamos hasta la orilla del marjal, donde lo dejamos.
—El río está en esa dirección —dije mirando hacia el este—. Si nos damos prisa, llegaremos allí antes de que los guerreros vuelvan a pasar por este lado.
¬óEn marcha pues ¬órepuso Llew.
Atravesamos a toda prisa aquellos pantanales, orillando el marjal; gate√°bamos cuando el terreno ascend√≠a y a veces avanz√°bamos con el agua por los muslos. Con los pulmones a punto de estallar, los m√ļsculos doloridos y el coraz√≥n palpitante, nos arrastramos penosamente hacia un altozano boscoso que orillaba el r√≠o Modornn.
Chorreando agua helada, con la ropa mojada y pegada a las piernas, nos abrimos paso entre una frondosa vegetaci√≥n de sa√ļcos, sauces y avellanos. Martirizados por las espinas de las zarzas, atravesamos el soto buscando el bancal que descend√≠a hacia el r√≠o.
Con la marea alta, el Modornn es una ancha y profunda corriente de aguas verdigrises. Con la marea baja, es un ancho cauce de lodo atravesado por un canal bastante profundo. En cualquier caso había que pasarlo a nado, pero yo abrigaba la esperanza de que la marea estuviera lo bastante alta como para ocultar nuestras huellas en el lodazal que flanqueaba el canal.
Cuando llegamos a la orilla del río, vi que la marea estaba en reflujo. El nivel del agua estaba bajando, pero todavía había la suficiente para ocultar nuestro rastro; y, si nos dábamos prisa, podríamos llegar a la otra orilla antes de que el cauce del río se convirtiera en una ciénaga.
Sin mirar atrás, nos internamos en el estuario arrastrándonos, cayendo, sosteniéndonos uno a otro y luchando sin tregua con el lodo. Atravesamos el canal y el cenagal del otro lado con las piernas y los brazos cubiertos de inmundo y apestoso barro.
Cuando llegamos por fin al bancal del otro lado, el agua apenas ocultaba ya nuestras huellas. Pero logramos arrastrarnos bajo el sotobosque, nos tendimos de espaldas respirando afanosamente y aguzamos el oído temiendo percibir en cualquier momento los terroríficos ecos de los gritos de los guerreros y el chapoteo de los cascos en la ciénaga.
Aguardamos un buen rato, pero no oímos ni gritos ni retumbar de cascos.
Cuando nos pareció que por fin habíamos despistado a nuestros perseguidores, hicimos acopio de las pocas fuerzas que nos quedaban y nos internamos en el bosque alejándonos del bancal. Sólo entonces comencé a abrigar realmente la esperanza de que podríamos escapar.
Desde que nos habían encerrado en el hoyo habíamos comido muy poco —pan seco y cerveza agria que los guardianes nos bajaban al agujero—, y el hambre había minado considerablemente nuestra resistencia. Nos dirigimos hacia el este, alejándonos del río, y nos detuvimos en un claro del bosque para descansar y para que el sol nos secara las ropas.
Aguzamos el o√≠do por si percib√≠amos alguna se√Īal de nuestros perseguidores, pero no se o√≠a el menor ruido, ni de perros ni de caballos, y poco a poco la quietud del bosque comenz√≥ a tranquilizarnos.
¬óNo tenemos armas, ni provisiones, ni caballos ¬ódijo Llew dej√°ndose caer al suelo¬ó. ¬ŅCrees que podemos abrigar la esperanza de que los cruinos nos reciban con una copa de bienvenida?
Los llwyddios y los cruinos se habían enfrentado a menudo en el campo de batalla. Pero también habíamos celebrado banquetes juntos muchas veces. Meldryn Mawr había gozado del respeto del rey Calbha, aunque no siempre de su amistad.
—Bueno —comenté—, un bardo siempre es bienvenido en cualquier lugar.
—Entonces, en marcha, sabio bardo —dijo Llew—. Y esperemos que el rey Calbha esté tan necesitado de oír una canción como lo estoy yo de una sopa caliente.
Pese al cansancio de nuestras piernas, nos levantamos y emprendimos la marcha hacia la fortaleza de Bl√°r Cadlys, a trav√©s de boscosas colinas y pantanosos baj√≠os. Caminamos todo el d√≠a mirando sin cesar hacia atr√°s; a menudo nos deten√≠amos para descansar y para comprobar que no se o√≠a se√Īal alguna de nuestros perseguidores. Cuando el sol se deslizaba tras las colinas, arribamos a los frondosos bancales de un escondido arroyuelo.
Allí, rendidos y con los pies destrozados, nos detuvimos a pernoctar; bebimos agua del arroyo y nos envolvimos en nuestros mantos para dormir entre las crecidas yerbas resecadas por el invierno. Me desperté al alba y llamé a Llew. Nos lavamos en el arroyo y reemprendimos la marcha.
Viajamos durante cuatro d√≠as; dorm√≠amos por las noches junto a un arroyo o estanque y nos levant√°bamos al rayar el alba. Cuatro d√≠as a pie a trav√©s de frondosos bosques y resbaladizos pantanales. Era demasiado pronto para que hubiera bayas y no pod√≠amos perder tiempo en intentar cazar algo. Pero enga√Ī√°bamos el hambre con reto√Īos y ra√≠ces que yo sab√≠a c√≥mo encontrar, y beb√≠amos en arroyos y estanques.
Al atardecer del √ļltimo d√≠a, al borde de nuestras fuerzas, avistamos la fortaleza de los cruinos. Indeciblemente hambrientos, nos detuvimos en el l√≠mite del bosque y contemplamos el fuego plateado que surg√≠a de las cocinas del caer. Se me hizo la boca agua con el olor a humo y sent√≠ una tremenda punzada en mi est√≥mago vac√≠o.
Bl√°r Cadlys se alza en la cima de una enorme colina rectangular que protege la entrada a Ystrad Can Cefyl, el Valle del Caballo Blanco, la ruta principal que lleva al coraz√≥n de Llogres. En las anchurosas llanuras del valle se cr√≠an enormes reba√Īos de caballos, orgullo y vanagloria de los cruinos, que presumen de ser jinetes inigualables. Y tal presunci√≥n encierra buena parte de verdad.
¬ó¬ŅCrees que saben lo que le ha ocurrido a Meldryn Mawr? ¬óme pregunt√≥ Llew.
—No, no pueden saberlo todavía; a menos que...
¬ó¬ŅA menos que Paladyr haya llegado aqu√≠ antes que nosotros?
Llew me había adivinado el pensamiento.
¬óVamos, pronto averiguaremos lo que saben.
Salimos del bosque y nos dirigimos al caer, pero despacio para darles tiempo a que se apercibieran de nuestra llegada. Y así lo hicieron. En efecto, en cuanto hollamos el camino que conducía hacia la puerta de la fortaleza, aparecieron tres guerreros en el parapeto. Uno de ellos nos gritó instándonos a que nos diéramos a conocer.
¬óSoy Tegid Talaryant ¬ógrit√© a mi vez¬ó. Bardo Supremo de Meldryn Mawr, rey de los llwyddios. El hombre que me acompa√Īa es el palad√≠n del rey. Tenemos importantes asuntos que tratar con tu se√Īor.
El guardián nos miró con aire incrédulo, intercambió unas palabras con sus camaradas y contestó:
¬óPretend√©is ser hombres de rango y categor√≠a, pero comparec√©is como mendigos. ¬ŅD√≥nde est√°n vuestros caballos y vuestras armas? ¬ŅPor qu√© lleg√°is cubiertos de andrajos y a pie?
—Eso es asunto mío —respondí yo—. Pero quizá Calbha considere que vale la pena recibirnos como corresponde a hombres de nuestro rango y renombre.
Los hombres soltaron una carcajada al oírme, pero yo corté sus risas en seco.
¬ó¬°O√≠dme bien! Si no llev√°is inmediatamente mi mensaje a vuestro se√Īor, os maldecir√© a vosotros y a todos vuestros parientes.
Aquello les dio que pensar.
¬ó¬ŅCrees que se lo han tragado? ¬ópregunt√≥ Llew mientras los tres discut√≠an en voz baja mi amenaza.
—Quizá no. Pero ahora mismo comprobaremos hasta qué punto les agrada arriesgarse.
Era evidente que a los guardianes cruinos no les gustaba tentar la suerte, porque, tras breve deliberación, uno de ellos desapareció del parapeto y momentos después la puerta se abrió de par en par. Cuatro guerreros salieron del caer para conducirnos ante el rey. No pronunciamos palabra, pero nos indicaron con un gesto que los siguiéramos.
Hab√≠a estado hac√≠a mucho tiempo en Bl√°r Cadlys con Ollathir, y la fortaleza conservaba casi el mismo aspecto que recordaba, aunque se hab√≠an producido algunas mejoras: hab√≠a aumentado el n√ļmero de graneros y hab√≠a dos casernas de guerreros donde antes se levantaba s√≥lo una. A las puertas de las caba√Īas de los artesanos, hab√≠a hombres tallando astiles de lanzas; los apriscos de ganado tambi√©n hab√≠an sido agrandados.
Cuando llegamos junto al pabell√≥n real, uno de los guerreros nos indic√≥ que nos detuvi√©ramos y entr√≥ a avisar a su se√Īor. El rey Calbha sali√≥ a recibirnos en persona. De anchas espaldas y cuello de toro, el rey llevaba recortados los negros cabellos y la barba, pero el bigote muy largo. Avanz√≥ hacia nosotros con la mano en la empu√Īadura de la espada y el entrecejo fruncido. Los hombres que lo acompa√Īaban parec√≠an interesados en presenciar c√≥mo iba a tratarnos el rey.
¬óSalud, llwyddios ¬ódijo el se√Īor de los cruinos sin tendernos la mano¬ó. Hace mucho tiempo que no acogemos a gente de vuestra tribu entre estos muros. Y no sabr√≠a decir si he echado de menos tal honor.
—Salud, rey Calbha —contesté inclinando respetuosamente la cabeza—. Hace mucho tiempo que los llwyddios no se aventuran a cruzar el río Modornn. Pero no me cabe duda de que pronto os acostumbraréis al placer de recibirnos con harta frecuencia.
El rey de los cruinos entrecerró los ojos. Había captado la admonición implícita en mis palabras.
—Podéis venir siempre que queráis —se apresuró a replicar—. Tanto si lo hacéis en son de paz como de guerra, nos encontraréis siempre dispuestos a recibiros adecuadamente.
Nos contempl√≥ de los pies a la cabeza y lo que vio no pareci√≥ impresionarlo lo m√°s m√≠nimo, porque frunci√≥ a√ļn m√°s el entrecejo.
¬ó¬ŅPor qu√© os present√°is de tal guisa?
—En Prydain —respondí yo—, se procura a un bardo el calor del hogar antes de rogarle que cante.
Calbha apretó la mandíbula.
¬óEn Llogres ¬ódijo lentamente¬ó, un bardo no anda por esos mundos como si acabara de escaparse del hoyo de los rehenes.
¬óTus palabras son m√°s certeras de lo que supones, se√Īor. Y, si mi garganta no estuviera reseca por la sed ni mi vientre vac√≠o por el hambre, te contar√≠a una historia que sin duda te resultar√≠a muy interesante.
Calbha echó hacia atrás la cabeza y soltó una carcajada.
¬óBien dicho, bardo. Entra en palacio. Come y bebe conmigo; descansa y duerme. Est√°s en tu casa, sois mis hu√©spedes..., t√ļ y ese embarrado palad√≠n que te acompa√Īa.
Alcé las manos y lo bendije.
¬óQue la paz sea contigo puesto que nos albergas bajo tu techo, y que de hoy en adelante todos te llamen Calbha el Generoso.
Mis palabras complacieron al se√Īor de Bl√°r Cadlys. Nos franque√≥ la entrada al palacio y orden√≥ que trajeran la copa de bienvenida. El copero mayor se apresur√≥ a traer un bol de plata de considerable tama√Īo. Se lo ofreci√≥ a su se√Īor, que bebi√≥ un largo trago.
—¡Bebed! Bebed, amigos míos, y saciaos —dijo Calbha secándose el bigote con la manga del siarc.
Me pasó el bol, y yo bebí pensando que jamás había probado una cerveza tan rica y sabrosa.
Luego pasé el bol a Llew, que debía haber bebido antes que yo, porque al fin y al cabo era el rey de Prydain. Pero consideré oportuno no revelar su rango todavía. Llew no pareció notar tal descortesía, contento de sostener el bol entre sus manos.
Se sucedieron varios brindis y nos sentamos junto a Calbha pasándonos una y otra vez la copa de bienvenida hasta que estuvo completamente vacía. Cuando el rey se disponía a llenarla otra vez, se lo impedí diciéndole:
—Tu cerveza es la mejor que he probado en muchos, muchísimos días. Pero, si bebo más, seré incapaz de cantar.
El rey hizo un gesto de protesta, pero entonces Llew tomó por primera vez la palabra:
¬óSe√Īor, como ves, no somos hu√©spedes dignos de tu mesa ¬ódijo se√Īalando nuestros embarrados harapos¬ó. Permite que nos demos un ba√Īo y ver√°s c√≥mo nos convertimos en comensales mucho m√°s agradables.
—Ya veo que habéis hecho un duro viaje —comentó Calbha—. Id a lavaros y volved cuando estéis listos. Os esperaré aquí.
Fuimos llevados al patio trasero del cuartel de guerreros m√°s cercano, donde hab√≠a una enorme pila de piedra llena de agua que los guerreros usaban para ba√Īarse cuando terminaban sus ejercicios en el patio. Nos trajeron una jofaina, jab√≥n de sebo y toallas para secarnos. Nos quitamos los andrajos y nos metimos en la pila. El agua estaba muy fr√≠a, pero nos sumergimos en ella con verdadero placer, pues era para nosotros un aut√©ntico b√°lsamo. Nos frotamos la cabeza y los miembros y nos echamos agua por encima con la jofaina.
Mientras estábamos lavándonos, apareció una mujer que recogió nuestras ropas y dejó otras limpias para que no tuviéramos que volvernos a poner nuestros harapos. Mientras nos secábamos, Llew me preguntó de pronto:
¬ó¬ŅPor qu√© los coranyid s√≥lo atacaron Prydain?
La pregunta me cogi√≥ desprevenido. Era cierto que Nudd y su horripilante hueste hab√≠an destruido con imparable odio y frenes√≠ todos los poblados de Prydain. No obstante, la fortaleza de los cruinos, que estaba tan cerca de Sycharth, no hab√≠a sido devastada. ¬ŅPor qu√© s√≥lo Prydain? ¬ŅPor qu√© no Llogres? ¬ŅPor qu√© Nudd hab√≠a desatado su c√≥lera s√≥lo contra Prydain, y en cambio, a juzgar por el aspecto de Bl√°r Cadlys, hab√≠a respetado Llogres?
¬óBuena pregunta ¬órepuse¬ó. Desconozco la respuesta.
—Pero sabías que los cruinos seguían aquí —insistió él—. Lo sabías, Tegid. Jamás lo pusiste en duda.
—No me detuve a considerarlo. Sólo pensaba en escapar; y éste era el refugio más cercano —contesté.
¬óQuiz√° sea as√≠ ¬ódijo Llew¬ó. Pero presupusiste que los coranyid no hab√≠an destruido a los cruinos. Me extra√Īa en ti, Tegid.
Nos pusimos rápidamente los vestidos que nos habían traído y regresamos a palacio. Habían encendido la chimenea y habían colocado en torno algunos asientos. Calbha estaba sentado rodeado por sus consejeros y algunos miembros de su banda de guerreros; unos veinte hombres en total. Sentada junto al rey, había una mujer de cabellos negros; los guerreros estaban de pie, muy cerca, hablando ruidosamente con jarras de cerveza en las manos.
¬ó¬ŅQui√©n es la mujer que est√° con el rey?
—Eneid —respondí—. Es la reina.
Calbha y su esposa estaban hablando con las cabezas muy juntas cuando entramos en la sala. Al vernos, interrumpieron la conversación; la reina nos contempló con curiosidad. Cuando estuvimos frente al trono, saludé a la reina, que inclinó la cabeza y me dijo:
—Mi marido me ha contado que habéis venido a pie desde Prydain y habéis dormido entre pantanales y matojos. Espero que disfrutéis de la hospitalidad de Blár Cadlys.
¬óGracias, se√Īora ¬órepuse¬ó. Puedo deciros que nos encontramos mucho m√°s a gusto aqu√≠ que en nuestro propio hogar.
—Sin duda estaréis hambrientos —dijo la reina, levantándose—. Sentaos junto a mi marido. Arde en deseos de conversar con vosotros. Mientras habláis, me ocuparé de disponer lo necesario para que vuestra estancia aquí sea lo más agradable posible.
Me ofreci√≥ su asiento y se√Īal√≥ a Llew una silla vac√≠a; luego se march√≥.
—Sois los primeros huéspedes que recibimos en mucho tiempo —comentó el rey—. Mi esposa considerará un insulto que no comáis y bebáis hasta la saciedad. En cuanto a mí, me agradaría muchísimo enterarme de lo que pasa en las tierras allende el Modornn.
¬óPregunta lo que quieras, se√Īor. Te relatar√© todo lo que sepa.
¬óDime, pues ¬ópregunt√≥ Calbha mientras ocup√°bamos nuestros asientos a su lado¬ó, ¬Ņos hab√©is fugado del hoyo de los rehenes de Meldryn Mawr?
Calbha era franco y directo, casi rudo. Sin embargo, nos había ofrecido la libertad y la comodidad de su hogar. No vislumbré mala intención ni en él ni en sus bruscas maneras y decidí por tanto contestarle con la misma franqueza.
—Sí. Hemos escapado del hoyo de prisioneros de Sycharth y hemos venido a pedirte ayuda.
Mi sincera confesión causó sensación entre los hombres de Calbha. El rey silenció los comentarios con un gesto.
¬ó¬ŅUn bardo y un palad√≠n en el hoyo de prisioneros? ¬ómusit√≥¬ó. No es propio de Meldryn Mawr desperdiciar los m√©ritos de hombres tan valiosos sin motivo justificado. Deb√©is de haber cometido alg√ļn crimen realmente atroz.
¬óNo hemos cometido crimen alguno, se√Īor ¬órepliqu√©¬ó, excepto que nos hemos enfrentado a un hombre que contra toda ley se ha proclamado a s√≠ mismo rey.
Si mi primera respuesta había hecho saltar chispas entre la concurrencia, ésta levantó llamas. Los consejeros y guerreros del rey empezaron a gritar todos a una:
¬ó¬°Contadnos! ¬óexclamaron¬ó. ¬ŅQu√© significa esto? ¬ŅUn nuevo rey? ¬ŅQui√©n es? ¬°Cont√°dnoslo!
Calbha se inclinó hacia nosotros con el entrecejo fruncido de preocupación.
¬ó¬ŅUn nuevo rey? ¬ŅQu√© le ha sucedido a Meldryn Mawr?
—Meldryn ha muerto. Asesinado por su paladín.
La revelación acalló a la concurrencia. Calbha alzó las cejas asombrado y miró a Llew.
¬óNo ¬óle dije¬ó, Llew no lo mat√≥. Tal haza√Īa fue llevada a cabo por Paladyr, el hombre a quien Llew hab√≠a reemplazado como palad√≠n.
¬ó¬ŅQui√©n es ahora el rey? ¬ópregunt√≥ Calbha.
¬óEl hijo del Soberano Se√Īor, Meldron, se ha coronado a s√≠ mismo rey ¬órespond√≠¬ó. Se ha otorgado a s√≠ mismo la dignidad real.
El rey Calbha sacudió la cabeza sin dar crédito a lo que oía; sus consejeros murmuraban entre ellos.
¬ó¬ŅQu√© ha sucedido? T√ļ eres el Bardo Supremo, o por lo menos as√≠ lo has dicho. ¬ŅC√≥mo permitiste que la dignidad real fuera profanada de esa forma?
—Yo otorgué la dignidad real al que creí que la merecía —contesté con sencillez—. El príncipe Meldron no acató mi elección. Por eso nos detuvo y nos arrojó al hoyo.
—¡Ah! —dijo Calbha comenzando a entender—. Así es como habéis llegado hasta aquí...
—Sí.
¬ó¬ŅY Meldron? ¬ŅLos guerreros lo apoyan?
¬óSin duda.
¬óYa veo.
Calbha hizo una pausa, mir√≥ a uno de sus consejeros y le hizo una se√Īal para que se acercara. Los dos hombres conferenciaron en voz baja unos instantes y el rey se volvi√≥ hacia nosotros.
¬óConozco a ese Meldron ¬ódijo¬ó. Recuerdo que capitaneaba la banda de guerreros llwyddios en los disturbios que estallaron en el norte hace alg√ļn tiempo.
¬óEso es, se√Īor ¬ócoment√©¬ó. Es un jefe de guerra muy competente. Meldryn le hab√≠a confiado el mando de sus guerreros.
¬ó¬ŅQu√© hay en el coraz√≥n de Meldron: paz o guerra? ¬ópregunt√≥ el rey de los cruinos, revelando con tal pregunta lo que verdaderamente escond√≠a su coraz√≥n.
Supe entonces que no me había equivocado al confiar en él.
¬óMeldron har√° lo que sea para acrecentar su poder, sea la paz o la guerra..., aunque juzga que la paz es un camino muy lento.
¬ó¬ŅQu√© le ha sucedido al verdadero rey? ¬ópregunt√≥ Calbha¬ó. Me has dicho que otorgaste la dignidad real a otro. ¬ŅQu√© ha sido de √©l?
Juzgué, por el ambiente que se respiraba entre el rey y sus hombres, que había llegado el momento de revelar lo que hasta entonces había callado deliberadamente.
¬óAqu√≠ lo tienes, se√Īor ¬ódije poniendo mi mano sobre el hombro de Llew.
Calbha miró a Llew y lo observó atentamente unos instantes antes de hablar.
—No sabía que recibía en mi hogar a un rey. Confío en que mi ignorancia no te habrá ofendido.
—Rey Calbha —repuso Llew—, no tengo el aspecto de un rey, es natural que no lo notarais. Y no soy de esos hombres que imaginan ofensas donde no las ha habido. Además, he llegado hasta ti como un exiliado y he encontrado aquí el refugio que se me ha negado en otros lugares. Te doy las gracias por ello; no lo olvidaré jamás.
La respuesta no podría haber sido más del agrado del rey de los cruinos. Calbha no preguntó nada más; trajeron jarras de cerveza y llenaron nuestras copas. Mientras bebíamos, la reina y sus criados entraron en la sala para disponer las mesas. Aquella noche comimos hasta la saciedad y dormimos bajo la segura protección de Calbha.