4 - En el hoyo de los prisioneros

¬óLo siento, hermano.
Habr√≠a sido lo mismo hablar al barro que ten√≠a bajo los pies. Llew estaba sentado con las rodillas pegadas al pecho y la cabeza escondida entre los brazos. En la tenebrosa luz del hoyo, era s√≥lo una sombra, una hosca y f√ļnebre sombra.
Después de siete noches y siete días encerrados en el hoyo de los prisioneros de Meldron, no podía recriminarle su actitud. La culpa era sólo mía. Había subestimado a Meldron y sus deseos de derrocar las ancestrales tradiciones de nuestro pueblo. No había tenido en cuenta la adhesión de que gozaba entre su banda de guerreros, la Manada de Lobos, dispuestos a apoyarlo frente a su propio pueblo. Además había sobrestimado mi propia habilidad para explotar el respeto que el pueblo sentía hacia Llew. Habrían podido sin duda aclamarlo, pero al fin y al cabo Meldron era uno de ellos. En cambio, Llew era un intruso, un extranjero.
Sin embargo, hab√≠a pensado..., mejor dicho, hab√≠a sentido en mi sangre y en mis huesos que el pueblo no permitir√≠a que Meldron se rebelara contra su √ļltimo bardo. Un rey es un rey, pero un bardo es el coraz√≥n y el alma del pueblo; es la vida del pueblo hecha canci√≥n, es la l√°mpara que gu√≠a sus pasos por los senderos del destino. Un bardo es el esp√≠ritu y la esencia del clan; es el eslab√≥n, el hilo de oro que une las m√ļltiples generaciones del clan, que enlaza el pasado con el porvenir.
Pero el miedo ciega e idiotiza a los hombres. Y vivimos tiempos difíciles. Habría debido prever que el pueblo no estaría dispuesto a derramar su sangre para oponerse a los designios de Meldron. En el Día de la Lucha incluso los hombres más valientes no osaban arriesgar sus vidas en defensa de la verdad y los principios en los que siempre hemos vivido.
¬óLo siento, Llew.
—Deja de repetir siempre lo mismo, Tegid —murmuró él—. Estoy harto.
—No imaginé ni por asomo que pudiera ocurrir esto.
Llew alzó la cara y miró hacia el negro techo que teníamos justo encima de nuestras cabezas.
—La culpa es mía por haber dejado que me metieras en este embrollo. No debí haberte escuchado jamás.
¬óLo siento, Llew...
¬ó¬°Calla de una vez! ¬óestall√≥ mir√°ndome¬ó. Es..., es... ¬óSe esforz√≥ por sobreponerse al letargo en que lo hab√≠a sumido lo apurado de nuestra situaci√≥n, pero se derrumb√≥ hundi√©ndose de nuevo en la miseria¬ó. ¬ŅQu√© m√°s da? Ya no importa.
Guardó silencio largo rato y pensé que ya no volvería a hablar; pero de pronto dijo:
—Ahora me acuerdo, Tegid. Ahora puedo acordarme de todo... Antes no podía hacerlo.
¬ó¬ŅDe qu√© te acuerdas?
¬óDe mi mundo ¬órespondi√≥¬ó. Hasta que no regres√© all√≠, hab√≠a olvidado casi que exist√≠a. No quer√≠a recordarlo, ¬Ņsabes? Y me las arregl√© para conseguirlo. Si no hubiera sido por Simon, jam√°s habr√≠a considerado siquiera la posibilidad de regresar all√°, y lo habr√≠a olvidado para siempre.
Escrut√© su rostro en la oscuridad del hoyo. Jam√°s me hab√≠a hablado de su mundo, y no est√° en nuestro car√°cter hacer preguntas. Los habitantes de otros mundos que vienen a parar al nuestro ¬óa quienes llamamos dyn dythri, es decir, extranjeros¬ó son tratados con sumo respeto. Los aceptamos y los acogemos; les ense√Īamos nuestra forma de vivir y les damos la libertad y posibilidad de probarse a s√≠ mismos y ganarse cuantos honores puedan.
En cierta ocasión, nuestra estirpe viajó a su mundo y les proporcionamos regalos para sobrellevar la pesada carga de sus vidas. Pero no volvimos a hacerlo nunca más. La grieta entre los mundos se ha hecho cada vez más grande y el puente de unión es traicionero y tenebroso. Seguimos aceptando a los extranjeros que vienen al nuestro, pero ya no viajamos al suyo, ni tampoco los alentamos como hicimos en otro tiempo.
¬óHa cambiado ¬ócontinu√≥ Llew hablando con energ√≠a¬ó. El mundo, mi mundo, ha cambiado. Lo encontr√© a√ļn peor de como estaba cuando me march√©... y creo que s√≥lo hab√≠an pasado uno o dos d√≠as en aquellas latitudes. Ni color, ni vida... Todo se est√° desvaneciendo, est√° decayendo, desintegr√°ndose.
Parecía como si estuviera hablando para sí mismo, como si tratara de explicarse algo, quizás. Así que me abstuve de interrumpirlo y lo dejé hablar.
—Es la Guerra del Paraíso —continuó diciendo—. Lo que ocurre aquí, en este mundo, afecta a la vida de allá. El profesor..., quiero decir, mi amigo Nettles, me lo dijo; me lo explicó con toda claridad. Y yo le creí. Pero no tenía ni idea de cómo podía ser, no tenía idea de que el cambio pudiera ser tan terriblemente devastador. Era como si el mundo estuviera desapareciendo ante mis propios ojos.
Me acordé de lo que me había dicho acerca de cómo Siawn Hy estaba envenenando nuestro mundo..., o por lo menos corrompiendo al débil príncipe Meldron.
—La corrupción es siempre un enemigo poderoso —observé.
—Es más que eso, Tegid —replicó al momento, moviéndose en la oscuridad para acercarse más a mí—. Mucho más que eso. Existe un equilibrio, entiéndeme; una armonía entre este mundo y el otro. Simon ha roto ese equilibrio. Sus ideas, sus valores; simplemente su presencia aquí ha cambiado las cosas.
—Y los cambios en este mundo provocan cambios en el otro —comenté—. Ya entiendo.
—Créeme: si hay algo en cualquiera de los dos mundos que valga la pena salvar, hay que detener a Simon.
—Te creo, hermano —aseguré—. Pero, para salvar al mundo, debemos antes salvarnos a nosotros.
—Tenemos que salir de aquí. ¡Tenemos que escapar!
Se puso en pie, como tantas otras veces hab√≠a hecho, para empujar los tablones de madera que hab√≠a sobre nuestras cabezas. Pero era in√ļtil y pronto se dej√≥ caer de nuevo.
¬ó¬ŅCrees que nos matar√°? ¬ópregunt√≥ al cabo de un rato¬ó. Ahora que es el rey...
¬óMeldron no es el rey. T√ļ eres el rey.
—Te pido excusas —se mofó amargamente—. Lo había olvidado.
¬óYo te otorgu√© a ti la dignidad real ¬óle dije; se lo hab√≠a repetido innumerables veces¬ó. T√ļ eres el rey. Y no tengo ni idea de lo que Meldron va a hacer con nosotros. Si lo hubiera sabido, no estar√≠amos aqu√≠ ahora.
—No me digas que lo sientes, Tegid. No quiero volver a oírlo.
Después de prendernos durante la ceremonia de la proclamación real, Meldron nos había arrastrado hasta las ruinas del caer y nos había encerrado en el hoyo de basuras que había tras el pabellón real. Lo había cubierto con vigas requemadas y con un montón de escombros e inmundicias de la destruida fortaleza. Nos había abandonado allí bajo vigilancia. No podía adivinar lo que pretendía hacer con nosotros. Y sospechaba que ni el propio Meldron lo sabía.
Suponía que temía matarnos a la vista de todos; de otro modo ya lo habría hecho. Había tirado demasiado de la cuerda, y faltaba poco para que se rompiera; un paso más y se arriesgaba a perder el poco apoyo del que gozaba entre nuestro pueblo. Pero, por otro lado, no podía permitirse el lujo de liberarnos, pues sabía que soliviantaríamos a la gente contra él. Seguramente por eso había decidido mantenernos en prisión hasta que se le ocurriera qué podía hacer con nosotros.
El hoyo era vigilado d√≠a y noche para evitar que alguien pudiera ayudarnos a escapar. Sol√≠a haber dos guardianes, y a veces incluso m√°s. A menudo los o√≠amos hablar cuando iban y ven√≠an para el cambio de guardia. Sab√≠amos cu√°ndo se produc√≠a porque los vigilantes de relevo nos tra√≠an agua y un poco de comida, que nos hac√≠an llegar baj√°ndola por una peque√Īa grieta en uno de los tablones.
As√≠ fueron pasando los d√≠as. Llew y yo segu√≠amos encerrados en la hedionda e inmunda prisi√≥n, privados de la luz y de cualquier ayuda exterior. Y, a medida que iban transcurriendo los d√≠as, el odio que Meldron sent√≠a hacia nosotros se iba transformando en desd√©n; pero no podr√≠a reinar a sus anchas mientras Llew y yo sigui√©ramos con vida. Este pensamiento era mi √ļnico consuelo, porque, por lo menos en ese min√ļsculo detalle, le imped√≠amos comenzar su il√≠cito reinado.
Una noche, me despert√≥ el apagado sonido de una escarbadura. Al principio no le prest√© atenci√≥n porque cre√≠ que eran los roedores que se hab√≠an ense√Īoreado del destruido caer. Pero al cabo de un rato ca√≠ en la cuenta de que la escarbadura segu√≠a un cierto ritmo.
Alguien estaba excavando la tierra.
Agucé el oído en la oscuridad. El ruido se hizo más perceptible, y me aventuré a dirigir la palabra a quien estaba escarbando.
¬ó¬ŅQui√©n hay ah√≠? ¬ópregunt√© en un susurro sin atreverme a alzar demasiado la voz.
Llew estaba durmiendo, pero se despertó al oírme.
¬ó¬ŅTegid? ¬ŅQu√© ocurre? ¬ódijo poni√©ndose de rodillas.
¬ó¬°Shh! ¬°Escucha!
¬ó¬°Calla! Vas a despertar a los guardianes ¬ódijo una voz infantil.
¬ó¬ŅQui√©n eres? ¬óinsist√≠ yo.
¬óFfand ¬ófue la respuesta¬ó. ¬°Silencio!
¬ó¬ŅQui√©n es Ffand? ¬óme pregunt√≥ intrigado Llew.
¬ó¬ŅHay alguien contigo, Ffand? ¬ópregunt√© yo acercando el rostro al techo de madera de nuestra tosca prisi√≥n.
¬óNadie ¬órespondi√≥ la ni√Īa.
Comenzó a escarbar otra vez; el ruido continuó un rato y de pronto cesó.
¬ó¬ŅQu√© est√°s haciendo, Ffand?
¬ó¬°Shh! ¬óEl siseo fue brusco y contundente.
Tras unos momentos de silencio absoluto, o√≠ que la ni√Īa dec√≠a:
—Era uno de los guardianes. Se despertó, pero ha vuelto a dormirse. Ahora tengo que marcharme.
¬óEspera...
¬óVolver√© ma√Īana.
¬ó¬°Ffand! Espera, yo...
¬óVolver√© ma√Īana cuando anochezca.
¬óPor favor... Pero la ni√Īa se hab√≠a ido. Me dej√© caer en el suelo.
¬ó¬ŅQui√©n es Ffand? ¬óme pregunt√≥ otra vez Llew.
¬óEs la ni√Īa que cuida de tu perro ¬óle expliqu√©.
¬ó¬ŅMi perro? ¬óse pregunt√≥ en voz alta, y ca√≠ en la cuenta de que hab√≠a olvidado a Twrch¬ó. ¬°Oh, claro, mi perro!
¬óCamino de Findargad le diste tu perro a una ni√Īa peque√Īa...
—Antes de la batalla de Dun na Porth —dijo él—. Ya caigo. Nunca supe cómo se llamaba.
Aguardamos todo aquel d√≠a que se nos hizo eterno. Parec√≠a como si la noche no fuera a llegar nunca. Cuando la oscuridad de nuestra prisi√≥n se hizo m√°s densa, contuvimos el aliento y aguzamos el o√≠do para comprobar si el ruido comenzaba de nuevo. Como no o√≠mos nada, empezamos a elucubrar tristemente sobre lo que le pod√≠a haber ocurrido a la criatura: a lo mejor aquella noche no hab√≠a podido venir; a lo mejor el guardi√°n no se hab√≠a quedado dormido... O lo que era peor: quiz√° la hab√≠an descubierto y apresado. ¬ŅQu√© le har√≠an si de verdad la hab√≠an sorprendido?
Hab√≠amos perdido toda esperanza, cuando los tenues ara√Īazos comenzaron de nuevo.
—¡Ha venido! —susurré—. ¡Ffand! ¡Ffand! —la llamé golpeando ligeramente los tablones del techo.
No tardó en responder.
—¡Shh! ¡Silencio! ¡Van a oírte!
Iba a hablar de nuevo, pero Llew me impuso silencio.
—¡Déjala en paz, Tegid! No estorbes su trabajo.
Me senté y escuchamos atentos aquel rítmico ruido encima de nuestras cabezas. Al cabo de un rato cesó y no volvimos a oírlo en toda la noche.
Esperamos la noche siguiente ansiosos e inquietos, deseando desesperadamente que no la hubieran descubierto y preguntándonos por qué había dejado de cavar tan pronto.
Ffand no compareció aquella noche y temimos lo peor.
Estábamos tan abatidos que perdimos la esperanza de que regresara otra vez. Por eso, cuando la noche siguiente oímos de nuevo el ruidito, el corazón nos dio un vuelco y caímos en la cuenta de que en el fondo de nuestro corazón no habíamos perdido la esperanza de que volviera.
La ni√Īa se afan√≥ durante toda la noche; s√≥lo interrumpi√≥ su trabajo dos veces: una para descansar, pues nos dijo que ten√≠a las manos doloridas, y otra cuando uno de los guardianes se despert√≥ para hacer sus necesidades.
En las dos noches que siguieron Ffand no compareci√≥. Pero ahora ya sab√≠amos que no hab√≠a por qu√© preocuparse. La peque√Īa Ffand era sin duda una ni√Īa astuta y lista. Escog√≠a con cuidado la ocasi√≥n y no corr√≠a riesgos innecesarios. De cualquier modo, a nosotros no nos quedaba m√°s remedio que conformarnos con lo que ella decidiera.
Ffand volvió la noche siguiente y nos contó que el príncipe Meldron había anunciado que al día siguiente celebraría consejo.
¬óHa dicho que nos preparemos a abandonar este lugar. Nos vamos a Caer Modornn.
¬ó¬ŅCu√°ndo?
—Muy pronto —repuso—. Al día siguiente del consejo, al amanecer.
Llew me agarró con fuerza el brazo.
¬óPreg√ļntale cu√°nto tiempo tardar√° en liberarnos; si puede hacerlo esta noche.
¬óFfand ¬ópregunt√© con la mejilla pegada al techo¬ó, ¬Ņpodr√°s acabar tu trabajo esta noche? ¬ŅPodr√≠as liberarnos hoy mismo?
Transcurrieron unos instantes; luego respondió:
¬óNo creo.
¬óMira, Ffand, tiene que ser esta noche sin falta. Ma√Īana vendr√°n a buscarnos. Debemos escapar hoy mismo.
—Lo intentaré.
—Quizá podamos colaborar nosotros también. Ffand, dinos qué podemos hacer.
Oímos cómo se ponía a escarbar con más urgencia y celeridad, deseosa sin duda de liberarnos. Ni bajó el ritmo ni hizo la menor pausa; se pasó toda la noche escarba que te escarba.
De pronto se oyó un ruido sordo, como si un objeto pesado se hubiera venido abajo.
—¡Ya está! —se oyó la voz de Ffand—. ¡Lo he conseguido!
—Muy bien. Ahora dinos qué tenemos que hacer, Ffand —le dije.
—He logrado desenterrar uno de los troncos. Pero pesa demasiado; no podré levantarlo. Tendréis que hacerlo vosotros.
¬ó¬ŅQu√© tronco, Ffand? Da un golpe en el que tenemos que levantar.
Un enérgico golpe resonó en un tronco que estaba en la esquina del hoyo.
¬óMuy bien. Ahora escucha con atenci√≥n, Ffand. Nosotros haremos el resto. Pero t√ļ debes marcharte de inmediato. Quiero que te alejes ahora mismo de aqu√≠.
La ni√Īa no contest√≥.
¬ó¬ŅFfand?
¬óNo quiero irme.
¬óDebes hacerlo. No quiero que sufras el menor da√Īo si algo sale mal. Vete.
Llew acercó su rostro al tronco.
¬óFfand ¬ódijo en tono en√©rgico¬ó, esc√ļchame con atenci√≥n.
¬ó¬ŅQu√©?
¬óGracias, Ffand. Nos has salvado la vida. Pero ahora debes marcharte para que tus esfuerzos no resulten en vano. ¬ŅLo comprendes? Adem√°s, piensa en Twrch; ¬Ņqu√© ser√≠a de √©l sin ti? Quiero que cuides de √©l un poco m√°s. ¬ŅMe har√°s este favor, Ffand?
¬óDe acuerdo ¬ósuspir√≥ la ni√Īa.
¬óUna cosa m√°s, Ffand ¬óme apresur√© a decir¬ó. ¬ŅCu√°ntos guardianes hay?
¬óS√≥lo dos esta noche, y son muy dormilones. ¬óHizo una pausa y acerc√≥ a√ļn m√°s su rostro al tronco¬ó. Adi√≥s.
¬ó¬ŅFfand?
No hubo respuesta.
¬óSe ha marchado ¬ósupuse¬ó ¬ŅPreparado?
Nos arrodillamos en un rincón del hoyo y agarramos el tronco metiendo los dedos en las hendiduras que había entre las vigas que lo flanqueaban. Por fin entendí lo que Ffand había hecho: aprovechando el montón de escombros para ocultarse de la vista de los guardianes, había ido apartando los cascotes y la tierra de un extremo del hoyo y había conseguido limpiar casi totalmente de escombros una viga; si conseguíamos mover el tronco hacia delante y hacia atrás los dos a la vez, lograríamos desprenderlo del todo. Una lluvia de cascotes e inmundicias cayó sobre nosotros por la hendidura que íbamos abriendo; pero seguimos esforzándonos más y más hasta abrir un agujero lo bastante ancho para que un hombre pudiera deslizar por él los hombros.
Nos pusimos de puntillas, escrutamos la oscuridad de la noche por el agujero que hab√≠amos abierto y aguzamos el o√≠do. Ni la menor se√Īal de que los guardianes se hubieran despertado.
—Saldré primero yo —dije.
Saqué la cabeza por la abertura con sumo cuidado. Tal como nos había dicho Ffand, había dos guardianes y los dos dormían a pierna suelta. Me di impulso con brazos y piernas y logré salir.
Me agazapé, tenso y sudoroso, tras el montón de escombros que cubría el hoyo. Los guardianes dormían a una respetable distancia, supongo que para librarse de la fetidez de aquella pocilga. Por eso no habían oído a Ffand, ni tampoco a nosotros.
—Ahora te toca a ti —susurré a Llew.
Instantes despu√©s se agazapaba junto a m√≠. Con rapidez y sigilo nos apresuramos a cruzar las ruinas de lo que en otro tiempo hab√≠a sido la magn√≠fica fortaleza de Meldryn Mawr, temiendo darnos de bruces en cualquier momento con otros guardianes. Pero no topamos con alma viviente; y no era de extra√Īar. El caer era un osario hediondo y desolado. Los guerreros a quienes les hab√≠a ca√≠do en suerte vigilarnos no pod√≠an haber sido designados para una tarea m√°s desagradable.
Me maravill√© del coraje de la peque√Īa Ffand. La ni√Īa hab√≠a soportado lo que hab√≠an eludido hombres avezados en la lucha.
Nos dirigimos a toda prisa hacia el lugar donde otrora estaban las puertas y allí nos detuvimos para echar una ojeada a la llanura. Abajo se alineaban las fogatas del campamento y, hacia la curva de Muir Glain, las estacadas de los caballos. Si bordeábamos el campamento hacia el este, podríamos apoderarnos de algunos caballos sin ser vistos.
Pero tendríamos que darnos prisa pues el cielo comenzaba a clarear. Pronto amanecería y la gente empezaría a despertarse. Deseábamos estar lejos antes de que alguien se diera cuenta de que habíamos escapado.
Sin intercambiar palabra, echamos a correr camino abajo. Llegamos hasta las primeras tiendas del campamento y, con el corazón palpitante, lo fuimos bordeando; alcanzamos las empalizadas de los caballos cuando los primeros rayos del sol asomaban por el horizonte.
Hab√≠a centinelas: dos hombres de la Manada de Lobos, en actitud descuidada y distra√≠da, pero, al fin y al cabo, vigilando. As√≠ que hicimos una pausa para decidir el mejor modo de apoderarnos de los caballos sin alertarlos. De s√ļbito, uno de ellos se levant√≥, se alej√≥ de la fogata y se dispuso a recorrer la l√≠nea de la empalizada. El otro centinela se qued√≥ junto al fuego, aparentemente dormido.
¬óAhora o nunca ¬ódijo Llew, y se dispuso a precipitarse entre los animales.
Apenas hab√≠a dado un paso cuando vimos dos caballos relativamente alejados de la empalizada que se dirig√≠an hacia donde est√°bamos. Los contemplamos asombrados y de pronto vimos que una ni√Īa menuda y fr√°gil los conduc√≠a de las riendas hacia nosotros.
Efectivamente, la chiquilla se acercaba hasta donde aguardábamos nosotros en un extremo de la empalizada. Era más joven de lo que yo recordaba, muy delgada, desdentada y con la cara sucia, los cabellos mojados y la ropa cubierta de polvo por el duro esfuerzo que había estado haciendo para liberarnos.
—¡Valiente criatura! —musitó Llew.
—Que el Sumo Dador la bendiga —murmuré yo.
Escrut√© la empalizada para ver si regresaba el centinela, pero no se ve√≠a un alma. Instantes despu√©s la ni√Īa se detuvo ante nosotros y nos tendi√≥ las riendas.
¬óNo sab√≠a cu√°les eran vuestros caballos, as√≠ que cog√≠ los que me parecieron mejores ¬óexplic√≥ risue√Īa¬ó. ¬ŅLo he hecho bien?
¬óLo has hecho estupendamente ¬órepuse yo.
¬óTe quiero mucho, Ffand ¬ódijo Llew bes√°ndola en la mejilla.
La ni√Īa enrojeci√≥ de satisfacci√≥n.
Cogimos las riendas y montamos a pelo en los caballos.
¬ó¬ŅY Twrch? ¬ópregunt√≥ la chiquilla.
¬ó¬ŅPuedes cuidar de √©l un poco m√°s, Ffand? ¬óinquiri√≥ Llew.
La ni√Īa asinti√≥ con aire solemne.
¬óDe acuerdo entonces ¬óa√Īadi√≥ Llew¬ó. Alg√ļn d√≠a regresar√© a buscarlo.
—Adiós, Ffand —dije yo—. Jamás olvidaremos que nos has ayudado.
¬óAdi√≥s ¬órepuso la ni√Īa¬ó Cuidar√© de Twrch.
Dirigimos los caballos hacia el norte y cabalgamos hacia el río. Más allá de los pantanos se extendían boscosas colinas y, detrás, el anchuroso valle del río Modornn. Planeábamos atravesarlo y dirigirnos hacia el este, hacia Llogres, porque no podíamos esperar ayuda de ninguna clase en Prydain. Dos días a caballo nos separaban de Blár Cadlys, la fortaleza más importante del rey de los cruinos.
Cuando llegamos al límite de la zona pantanosa, Llew se detuvo y exclamó:
¬ó¬°Un momento! ¬°Escucha!
A lo lejos oí el agudo sonido del cuerno dando la alarma. Nuestra huida había sido descubierta.