1 - P√°jaro de mal ag√ľero

Transportamos el cadáver de Meldryn Mawr desde la escarpada fortaleza de Findargad para sepultarlo en la Colina de los Reyes. Tres caballos tiraban de la carreta: uno rojo y otro blanco arrastraban el féretro, y un tercero de color negro los precedía. Yo iba a pie junto al caballo negro, conduciendo el cuerpo del poderoso rey hacia su tumba.
Seis guerreros caminaban a ambos lados del f√©retro. Los cascos de los caballos y las ruedas de la carreta estaban envueltos en trapos, y tambi√©n las lanzas y los escudos de los guerreros. Los llwyddios cerraban la marcha; hombres, mujeres y ni√Īos portaban antorchas apagadas.
Desde tiempos inmemoriales se celebran de esta forma los funerales de los reyes. Las ruedas y los cascos se envuelven en trapos para que el f√©retro desfile en solemne silencio; las armas se cubren y las antorchas no se encienden para que nadie pueda contemplar el paso del cortejo f√ļnebre. El sigilo y el silencio impiden que la tumba pueda ser descubierta y profanada por los enemigos.
Mientras la noche cubr√≠a el cielo con su manto de estrellas, llegamos a Glyn Du, una estrecha vaguada tributaria del valle del r√≠o Modornn. El cortejo f√ļnebre se intern√≥ en la sombr√≠a ca√Īada y avanz√≥ siguiendo la tranquila y oscura corriente del arroyo. La profunda vaguada estaba a√ļn m√°s oscura que el cielo, todav√≠a te√Īido con la luz azulada del crep√ļsculo. El mont√≠culo mortuorio se elevaba en la cima de la colina como una mole de espesa lobreguez.
Al pie de Cnoc Righ, la Colina de los Reyes, dispuse una peque√Īa fogata para encender las antorchas. La gente se distribuy√≥ en dos hileras a ambos lados del sendero que conduc√≠a colina arriba hasta la entrada del cairn, y la llama fue pasando de antorcha en antorcha. Es el rito de Aryant Ol, el iluminado pasillo por el que es conducido un rey hasta su tumba. Cuando el pueblo se hubo congregado comenc√© el ritual f√ļnebre con estas palabras:
¬óLa espada que llevaba al cinto era una muralla alta y fuerte contra la que se estrellaban los enemigos. Ahora se ha quebrado.
¬ĽLa torques que sosten√≠a en mi mano era un faro de clarividente ecuanimidad, una almenara de justicia cuyo fulgor se ve√≠a desde la colina m√°s lejana. Ahora se ha apagado.
¬ĽEl escudo que llevaba al hombro era el sost√©n de los h√©roes y una fuente de abundancia en el palacio del honor. Ahora se ha resquebrajado, y la mano que lo sosten√≠a est√° inerte y fr√≠a.
¬ĽEl p√°lido cad√°ver pronto yacer√° bajo la tierra y las piedras azules. ¬°Ay de m√≠!, el rey ha muerto.
¬ĽEl p√°lido cad√°ver pronto yacer√° entre la tierra y el roble. ¬°Ay de m√≠!, el Caudillo de Clanes ha sido asesinado.
¬ĽEl p√°lido cad√°ver pronto yacer√° en su tumba bajo la yerba. ¬°Ay de m√≠!, el jefe de Prydain se reunir√° con sus hermanos en el Mont√≠culo de los H√©roes.
¬Ľ¬°Hombres de Prydain! Echaos de bruces sobre la tierra porque la aflicci√≥n ha ca√≠do sobre vosotros. ¬°El D√≠a de la Lucha ha amanecido! Grande es la pena, agudo el dolor. Ya no se entonar√°n en la tierra alegres canciones; s√≥lo pla√Īideros lamentos. Llorad amargamente. El Pilar de Prydain se ha roto en pedazos. El Palacio de las Tribus ya no tiene tejado. El √Āguila de Findargad ha muerto. El jabal√≠ de Sycharth ya no est√° entre nosotros. El Soberano Se√Īor, el Rey de Oro, Meldryn, ha sido asesinado. ¬°El D√≠a de la Lucha ha amanecido!
¬ĽAmargo es el d√≠a del nacimiento porque la muerte ser√° su compa√Īera. Sin embargo, aunque la vida sea despiadada y cruel, nos queda un √ļltimo consuelo, porque morir en un mundo es nacer en otro. ¬°Que todos los hombres que me escuchan lo recuerden!
Tras pronunciar estas palabras, me volv√≠ hacia los guerreros que flanqueaban el f√©retro y les hice una se√Īa. Los caballos fueron desenganchados, la carreta fue levantada, y le quitaron las ruedas. Despu√©s los guerreros alzaron el f√©retro y se encaminaron despacio hacia el cairn, entre la doble hilera de antorchas que iluminaban el sendero hacia la tumba.
Cuando el f√©retro hubo pasado ante m√≠, ocup√© mi puesto tras √©l y comenc√© a entonar el Lamento por el Palad√≠n Ca√≠do; cantaba suave y lentamente, haciendo que las palabras cayeran como l√°grimas en el silencio de la ca√Īada. A diferencia de otros lamentos f√ļnebres, √©ste se canta sin acompa√Īamiento de arpa y es entonado por el jefe de los bardos; aunque yo jam√°s lo hab√≠a cantado, lo conoc√≠a muy bien.
Es una canción emocionante, llena de amargura y cólera porque la vida del paladín ha sido segada prematuramente y su pueblo se ha visto privado de su valor y de la segura protección de su escudo. A medida que cantaba, mi voz sonaba más potente y firme, colmando la noche de un descarnado y violento dolor. Es una canción en la que no tiene cabida el consuelo: canta la frialdad de la tumba, la obscenidad de la putrefacción y el vacío e inutilidad de la muerte. Canté la pérdida de nuestro rey y la dolorosa soledad del sufrimiento, pronunciando las palabras como si las desgarrara con los dientes.
La gente lloraba, y yo tambi√©n, mientras colina arriba, entre las hileras luminosas del Aryant Ol, nos acerc√°bamos lentamente al cairn. Acab√© la canci√≥n; la √ļltima nota se convirti√≥ en un agudo y salvaje grito. Los pulmones me quemaban, me ard√≠a la garganta, y pens√© que mi coraz√≥n se abrasar√≠a con el esfuerzo. El desgarrado grito reson√≥ y se prolong√≥ en el aire, para desvanecerse luego tras alcanzar el tono m√°s agudo. Su eco retumb√≥ en las laderas de Glyn Du y vol√≥ hacia la estrellada b√≥veda celeste como una lanza dirigida al mism√≠simo coraz√≥n de la noche.
Los guerreros que transportaban el féretro se detuvieron al oírlo. Los abandonaron las fuerzas, y el féretro se tambaleó. Por un momento temí que fueran a dejarlo caer, pero se sobrepusieron, se irguieron y alzaron otra vez el féretro. Fue un momento terrible, espantoso, que expresó con más elocuencia que mi lamento la angustia y la aflicción por la pérdida sufrida.
Los porteadores se detuvieron a la entrada del cairn para dejar pasar primero a dos hombres con antorchas. Luego entraron el f√©retro; yo los segu√≠. En el interior del cairn f√ļnebre hab√≠a varias hileras de nichos, peque√Īas c√°maras tapadas con escudos que conten√≠an los restos de los reyes de Prydain.
El cuerpo de Meldryn Mawr fue depositado en el centro del cairn, en su f√©retro. Los guerreros saludaron a su rey llev√°ndose el dorso de la mano a la frente para rendirle el √ļltimo tributo, y salieron de la tumba. Yo me qued√© un poco m√°s contemplando el rostro del soberano a quien tanto hab√≠a amado y servido. Un rostro blanco como la ceniza, con las mejillas y los ojos hundidos, y la frente con la palidez de la muerte, pero altiva y hermosa. Incluso muerto el semblante de Meldryn Mawr expresaba nobleza.
Pase√© la mirada por los escudos de los reyes enterrados en los nichos del cairn reyes de tiempos pasados, soberanos de renombre que se hab√≠an sucedido en el trono de Prydain. Ahora Meldryn Mawr, el Rey de Oro, hab√≠a dejado vacante ese trono. ¬ŅQui√©n merec√≠a ocupar su lugar?
Fui el √ļltimo en abandonar la tumba y dejar el cuerpo del rey sumido en su largo sue√Īo. Un d√≠a, cuando los servidores de la muerte hubieran acabado su trabajo, regresar√≠a para reunir sus restos y colocarlos en uno de los nichos. Di mi √ļltimo adi√≥s a Meldryn Mawr y sal√≠ del cairn. Mientras descend√≠a por el iluminado pasillo del Aryant Ol, enton√© el Lamento de la Reina.
Enseguida las melodiosas voces de las mujeres se unieron a la m√≠a. Es una canci√≥n que eleva y consuela el esp√≠ritu y, al cantarla, me convert√≠, no s√≥lo de nombre sino tambi√©n de hecho, en el Bardo Supremo de mi clan. En efecto, mientras cantaba, me di cuenta de que la vida de la canci√≥n arraigaba en mi pueblo, y de que √©ste sacaba fuerza y sost√©n de su belleza. Comprend√≠ que reviv√≠an con la canci√≥n, y no pude menos que pensar. ¬ęEsta noche he empu√Īado la vara de Ollathir y me he hecho merecedor de ella. Me he hecho merecedor de ser el bardo de un gran pueblo. Pero ¬Ņqui√©n es merecedor de ser nuestro rey?¬Ľ.
Contempl√© los rostros de los reunidos en las laderas de Cnoc Righ y me pregunt√© qui√©n de ellos podr√≠a llevar la torques que Meldryn Mawr acababa de abandonar. ¬ŅQui√©n podr√≠a llevar en su frente la corona de hojas de roble? Entre nosotros hab√≠a hombres buenos, inteligentes y valerosos, capitanes que pod√≠an acaudillarnos en la guerra..., pero un rey es mucho m√°s que un caudillo.
¬ę¬ŅQui√©n merece ser rey? ¬ópens√©¬ó. Ollathir, mi gu√≠a y maestro, ¬Ņqu√© har√≠as t√ļ en mi lugar? Acons√©jame, viejo amigo, como tantas veces hiciste. Dale a tu filidh el regalo de tu clarividente sabidur√≠a. Deseo seguir tu consejo, sabio maestro. Mu√©strame el camino que t√ļ escoger√≠as...¬Ľ
Pero Ollathir hab√≠a muerto, como tantos otros orgullosos hijos de Prydain, y su voz era s√≥lo un eco que se desvanec√≠a en el recuerdo. Desgraciadamente su awen hab√≠a desaparecido de este mundo, y yo deb√≠a encontrar solo mi camino. ¬ęMuy bien ¬óme dije, dispuesto a asumir mi papel¬ó. Soy un bardo y puedo hacer todo lo que un verdadero bardo puede hacer.¬Ľ
Me cubrí la cabeza con el manto y alcé mi vara.
¬óHijo de Tegvan, hijo de Teithi, hijo de Talaryant, bardo y descendiente de bardos; soy Tegid Tathal. ¬°Escuchadme!
Hablé con energía, consciente de que había quienes habrían preferido que permaneciera en silencio.
—Soy el más desvalido de todos los hombres porque el rey que me apoyó ha sido perversamente asesinado. Meldryn Mawr ha muerto. Y yo sólo veo ante mí muerte y oscuridad. Nos han robado a nuestro resplandeciente sol. Nuestro rey yace yerto y frío en su tumba, y la traición ha usurpado el lugar del honor. ¡Ha llegado el Día de la Lucha! Que todos los hombres busquen protección en el filo de su espada. La Guerra del Paraíso ha comenzado; el estrépito de la batalla se oirá en la tierra mientras Lludd y Nudd luchan uno contra otro por el trono de Albión.
¬ó¬°P√°jaro de mal ag√ľero! ¬óexclam√≥ Meldron abri√©ndose paso entre la multitud.
Se hab√≠a puesto las vestiduras de su padre: siarc, breecs y buskins de color carmes√≠ orlados de oro. Llevaba el pu√Īal de oro de Meldryn Mawr y tambi√©n su cintur√≥n de discos de oro, finos como las escamas de un pez. Y, por si eso no bastara, se hab√≠a atado en la nuca sus leonados cabellos para que todos vieran en su garganta la torques de oro del rey.
Mis palabras hab√≠an dado en el blanco. Meldron ard√≠a de c√≥lera. Ten√≠a la mand√≠bula alzada en gesto desafiante, y los ojos le brillaban como chispas de pedernal a la luz de las antorchas. Siawn Hy, el palad√≠n de Meldron, con rostro bronceado y sereno, se manten√≠a a la diestra de su se√Īor.
—¡Tejid está trastornado! ¡No le hagáis caso! —gritó Meldron—. No sabe lo que dice.
Los llwyddios murmuraron confusos, y Meldron se encaró conmigo.
¬ó¬ŅPor qu√© te comportas as√≠, bardo? ¬ŅPor qu√© te empe√Īas en asustar a todos? Ya nos agobian suficientes preocupaciones para que encima tengamos que prestar o√≠dos a tus insensateces.
—Ya veo que estás muy atareado —repliqué mirándolo de frente—. Atareado en robar el cinturón y la torques de Meldryn Mawr. Pero no creas que por ponerte las vestiduras de tu padre vas a ocupar su lugar.
—¡Nadie puede hablar en ese tono al rey, bardo! —me espetó Siawn Hy acercándose amenazadoramente—. Retén tu lengua o la perderás.
¬óNo es un bardo ¬óintervino Meldron¬ó. ¬°No es m√°s que un p√°jaro de mal ag√ľero!
Luego soltó una sonora carcajada y me apartó de un empujón.
—Sigue tu camino, Tegid Tathal. Estoy harto de que metas las narices en todo. No te queremos aquí, ni a ti ni a tu malévola lengua. Ya no te necesitamos.
Siawn Hy esbozó una sonrisa.
¬óAl parecer, ya no eres √ļtil al rey, bardo. Quiz√° tus servicios sean mejor recibidos en cualquier otra parte.
Me invadió una llamarada de cólera.
—Meldron no es el rey —le recordé—. Sólo yo poseo la dignidad real; a mí me corresponde otorgarla a quien yo escoja.
¬óY yo tengo en mi poder las Piedras Cantarinas ¬óbram√≥ Meldron¬ó. Ning√ļn hombre puede prevalecer sobre m√≠.
Su exabrupto levant√≥ murmullos de aprobaci√≥n entre los hombres que lo rodeaban. Vi claramente que se las hab√≠a apa√Īado para embaucar a sus seguidores y para utilizar en su beneficio la inspirada y valiente haza√Īa de Llew. Se hab√≠a adue√Īado de las piedras que encerraban la Canci√≥n y hab√≠a hecho de ellas un talism√°n de poder.
—Te equivocas al cifrar en esas piedras tu valor —le dije—. La Canción de Albión no es un arma arrojadiza.
Siawn Hy desenvainó la espada, que brilló como un rayo a la luz de las antorchas. Se acercó a mí y apoyó la punta de la hoja en mi garganta.
—Tenemos otras armas —silbó echándome el aliento a la cara.
Fue una amenaza imprudente y temeraria. La gente se agitó intranquila sin saber qué partido tomar. Atacar a un bardo ante su pueblo sólo podía desencadenar un enorme desastre. Pero Meldron los había intimidado con su férrea autoridad, respaldado por Siawn Hy y por la Manada de Lobos. Ya no sabían ni a quién creer ni en quién confiar.
Contemplé a Siawn Hy con gélido desprecio.
—Mátame ahora —lo desafié—. Porque Meldron jamás será rey.
Siawn aumentó la presión de la espada sobre mi garganta. Sentí que concentraba todas sus fuerzas en la punta del arma, y noté la frialdad del arma sobre mi carne. Agarré mi vara disponiéndome a usarla contra él.
Entonces surgió un grito de la multitud.
¬ó¬°Mirad!
Luego otro:
¬ó¬°El cairn!
Los ojos de Siawn Hy se desviaron para mirar el mont√≠culo f√ļnebre. Su expresi√≥n mal√©vola se torn√≥ en asombro y dej√≥ caer la espada.
Mir√© hacia la cima de la colina. A la luz de las antorchas vi que algo se mov√≠a dentro del cairn. Pens√© que era un espejismo producido por el pesta√Īeo de una llama o el humo de una antorcha. Estaba a punto de desviar la mirada cuando de nuevo vislumbr√© algo..., algo que surg√≠a de all√≠, que se mov√≠a en la oscuridad...
Ante los ojos de todos apareció la figura de un hombre que salía del cairn.
Una mujer gritó:
¬ó¬°Es el rey!
—¡El rey! —coreó el pueblo—. ¡El rey está vivo!
Un estremecimiento de miedo y asombro conmovió a la multitud.
Por un momento creí que el rey había resucitado a la vida. Pero enseguida deseché tal idea. Meldryn Mawr no podía volver al mundo de los vivos.
El hombre se alej√≥ del mont√≠culo f√ļnebre y con paso firme comenz√≥ a descender por la Colina de los Reyes hacia donde est√°bamos nosotros. Vislumbr√© en su dedo el fulgor √°ureo del anillo del palad√≠n del rey.
—¡Llew! —exclamé—. ¡Es Llew! ¡Llew ha regresado!
El nombre de Llew se expandió como una ola entre la multitud congregada.
¬óLlew..., es Llew... ¬ŅLo veis? ¬°Llew!
Era cierto; el viajero del Otro Mundo hab√≠a regresado. Los llwyddios le abr√≠an paso formando un luminoso pasillo de antorchas. √Čl no miraba ni a derecha ni a izquierda; segu√≠a descendiendo por la ladera de la colina con andar decidido.
Al contemplarlo, comprendí por qué su aparición infundía en la gente asombro y ánimo a la vez. Lo aclamaban, tendían las manos para tocarlo, alzaban las antorchas ante él.
¬ó¬°Llew! ¬°Llew! ¬ógritaban; su nombre afloraba con facilidad pasmosa a los labios de todos.
Vi c√≥mo descend√≠a por la Colina de los Reyes flanqueado por la luz de las antorchas y me dije a m√≠ mismo: ¬ęQuiz√° la Mano Segura y Certera ha elegido este bastidor para abordar el nombre de un rey¬Ľ.