39 - El regreso

El interior del mont√≠culo estaba oscuro como un √ļtero, y el aire era sofocante. No vi a Simon, ni lo o√≠, ni not√© su presencia. Ya hab√≠a cruzado. Temiendo que el portal se cerrara de un momento a otro y que perdiera la oportunidad de regresar ¬óy si la perd√≠a, seguramente ser√≠a incapaz de volver a tomar tal decisi√≥n¬ó, exhal√© un suspiro y avanc√© hacia el ululante vac√≠o que separaba los dos mundos.
Me azotó una furiosa ráfaga de viento y me balanceé en el puente, estrecho como el filo de una espada. Extendí los brazos para guardar el equilibrio y fui deslizando los pies sobre el filo de la espada procurando hacer caso omiso de los sobrecogedores aullidos del viento y la vertiginosa sensación de que me cernía sobre un vacío infinito e invisible.
El filo se me clavaba en la planta de los pies mientras me iba deslizando por √©l. El viento me azotaba por todas direcciones. Luch√© por respirar, luch√© contra el temor de abandonarme a aquella oscuridad barrida por el viento. Haciendo acopio de las √ļltimas fuerzas que me quedaban, segu√≠ avanzando por el estrecho puente.
Parec√≠a como si el hurac√°n me desgarrara los vestidos y los redujera a jirones, como si me arrancara la carne de los huesos. ¬ęValor ¬óme dije¬ó, pronto habr√° acabado todo.¬Ľ
Avancé un paso más.
Mis pies pisaron el vac√≠o y ca√≠... con el est√≥mago encogido, como si no pesara; me precipit√© en una noche sin fin... Me mord√≠ el labio inferior para no gritar, y segu√≠ cayendo a trav√©s del espacio y del tiempo, dando vueltas entre m√ļltiples estratos de mundos que s√≥lo exist√≠an en potencia, entre pasados que nunca existieron y futuros que nunca existir√≠an; me precipit√© entre aquella inefable y elemental reserva del universo trascendente. Por fin aterric√© de costado. Me qued√© quieto unos instantes hasta que la cabeza ces√≥ de darme vueltas y entonces abr√≠ los ojos y me encontr√© en un espacio cerrado, tenebroso y gris de piedra caliza.
Flexion√© brazos y piernas para comprobar que no me hab√≠a roto ning√ļn hueso, y me incorpor√© lentamente hasta ponerme en pie. Una luz tenue y fr√≠a se filtraba en el cairn. No vi a Simon por ning√ļn lado. Me acerqu√© a la abertura y, asi√©ndome a las fr√≠as piedras del borde del agujero, me di impulso y sal√≠ al mundo real.
Era un alba invernal y helada. El sol se acababa de levantar por el este, y un ligero manto de nieve cubr√≠a la tierra. El cielo que asomaba entre los √°rboles que coronaban la ca√Īada ten√≠a un color p√°lido y ceniciento. Al emerger del cairn me hall√© en un mundo triste e insignificante. Mi primer pensamiento fue que me hab√≠a equivocado de lugar, que hab√≠a cruzado a una tierra sombr√≠a, un reflejo apagado y enfermizo del mundo que acababa de abandonar. Pero entonces vi la tienda de campa√Īa de la Sociedad de Arque√≥logos Metaf√≠sicos.
Y all√≠, sentado en un taburete, bebiendo caf√© junto a un humeante fuego encendido ante la tienda, hab√≠a un hombre que reconoc√≠ como si reconociera a alguien que se ha visto en sue√Īos; se llamaba..., se llamaba... Weston. S√≠, era Weston, el director de las excavaciones, y frente a √©l estaba el profesor Nettleton. Al verlos, supe a ciencia cierta que hab√≠a vuelto a casa.
Tal seguridad me abrumó como un peso muerto sobre los hombros.
En efecto, aquel mundo ya no era el mismo de antes. Aburrido, incoloro, abrumador, aquel mundo se me manifestaba con una apariencia provisional y transitoria. Todo —árboles, rocas, tierra, cielo y sol invernal— parecía existir sólo precariamente, como un recuerdo a punto de desvanecerse. En el mundo que tenía ante los ojos, nada tenía sentido ni solidez, nada parecía sustancial. Era un mundo efímero, transitorio, como si fuera un fenómeno milagroso que pudiera desaparecer de un momento a otro.
También me di cuenta de que Weston y el profesor Nettleton habían cambiado de forma sutil pero perceptible: sus facciones eran más toscas, sus cuerpos más raquíticos y desgarbados. Parecían más débiles, en cierto modo menos presentes desde el punto de vista físico. Tenían de alguna manera un aspecto fantasmal, como si su existencia corporal dependiera de un hilo finísimo, como si los átomos que componían sus cuerpos estuvieran a punto de perder su cohesión y fueran a desvanecerse en un soplo.
Mientras los observaba, Weston se levant√≥ de pronto y se meti√≥ en la tienda. En cuanto hubo desaparecido, hice un movimiento para atraer la atenci√≥n de Nettleton; el profesor aguz√≥ la vista. En su cara de b√ļho apareci√≥ una s√ļbita expresi√≥n de asombro.
—¡Dios mío! —susurró sobresaltado.
Era evidente que no me hab√≠a reconocido. ¬ŅC√≥mo iba a reconocerme? Yo iba vestido como salido de los Mabinogion, desde la torques de plata que me ce√Ī√≠a la garganta hasta las botas de piel, los breecs, el siarc y el llamativo manto. Estaba esperando algo, desde luego, pero evidentemente no que un guerrero celta surgiera del cairn.
Avancé con cautela unos pasos, consciente de la perturbadora impresión que le producía mi aspecto.
¬óNo tenga miedo ¬óle dije.
Nettles me miraba aturdido, con la boca abierta. Pensé que no me había oído y volví a repetir las palabras, y entonces caí en la cuenta de que estaba hablando en antiguo celta. Me costó un tiempo y un esfuerzo poder hablar en inglés.
¬óPor favor ¬ódije¬ó, no tenga miedo.
Mi voz resonó demasiado alta y clara en mis oídos.
Mi jerga céltica lo había asombrado, pero mi lengua nativa lo llenó de pavor. El profesor Nettleton, temblando como un terrier, alzó las manos como si quisiera detenerme.
—Todo va bien —lo tranquilicé—. He regresado.
Nettleton me observaba fijamente a través de sus redondos anteojos, en aquella luz desvaída e incierta.
¬ó¬ŅQui√©n es usted?
No puedo describir la terrible impresi√≥n que me causaron aquellas simples palabras. Se me clavaron como si fueran puntas de lanzas. Se me hizo un nudo en la garganta. Jade√© y me restregu√© los ojos con los pu√Īos.
¬ó¬ŅQui√©n... es... usted? ¬órepiti√≥ despacio el profesor, adoptando el exagerado y cuidadoso modo de hablar con que uno se dirige a un extranjero o a un loco.
Luego repiti√≥ las mismas palabras en gal√©s, lo cual me hizo sentir todav√≠a m√°s extra√Īo.
Me cost√≥ un momento poder articular alg√ļn sonido.
—Soy... soy... —murmuré.
Las palabras morían en mi lengua; era incapaz hasta de pronunciar mi nombre.
De pronto el profesor pareció reconocerme.
¬ó¬ŅLewis? ¬ópregunt√≥ en un murmullo¬ó. ¬ŅRealmente es usted?
La pregunta del profesor era m√°s acertada de lo que √©l mismo pod√≠a suponer. ¬ŅQui√©n era yo? ¬ŅEra Lewis, el estudiante de doctorado de Oxford que se hab√≠a visto embarcado en una incre√≠ble aventura en el Otro Mundo? ¬ŅO era Llew, una nueva personalidad que estaba con un pie en cada uno de los mundos?
Nettles se acercó a mí tras dirigir una rápida y furtiva mirada a la tienda.
¬ó¬ŅLewis?
—Sí..., soy Lewis..., Lewis —contesté débilmente, tartamudeando mi propio nombre, porque me costaba trabajo articular mi propia lengua—. He regresado —agregué—. Ya estoy de vuelta.
¬ó¬°Qu√© aspecto tiene usted! ¬óexclam√≥, perplejo; sus ojos reluc√≠an como los de un ni√Īo al recibir los regalos de Navidad¬ó. ¬°Qu√© buen aspecto tiene! ¬°Es..., es un milagro! ¬óa√Īadi√≥ tendiendo la mano para tocarme el manto.
Antes ya había visto el asombro, la incredulidad y el temor en los rostros de los guerreros de las almenas y en los ojos de los reunidos en el salón de Meldryn Mawr. Sabía que la estancia en el Otro Mundo me había cambiado; y, a juzgar por la reacción de los otros, el descubrimiento de las piedras cantarinas en la cámara del Phantarch me había cambiado todavía más. Pero, hasta que me encontré en la apagada y pálida luz de aquel mundo pobre y patético, no comprendí del todo lo que me había pasado: no había cambiado, me había transformado completamente.
Extend√≠ los brazos y comprob√© el tama√Īo de mi cuerpo. Mis manos eran fuertes, mis brazos musculosos y vigorosos, mis piernas firmes y derechas, mi torso √°gil y el√°stico, mi pecho fornido y mis hombros anchos. Me llev√© una mano a la cara y not√© el trazo recto de la nariz y la l√≠nea vigorosa de la barbilla y de la mand√≠bula. Pero el cambio era m√°s que f√≠sico. Hab√≠a en torno a mi persona un halo que proclamaba mi glorioso encuentro con la Canci√≥n.
Lewis había desaparecido para siempre. Llew había ocupado su lugar.
¬ó¬ŅQu√© ha sucedido? ¬ópregunt√≥ Nettles con una expresi√≥n curiosa y animada en el rostro¬ó. ¬ŅEncontr√≥ a Simon? ¬ŅLo detuvo? ¬ŅC√≥mo era aquello?
¬ŅC√≥mo explicarle todo lo que hab√≠a visto? ¬ŅC√≥mo empezar a describir el Otro Mundo y traducir a palabras todo lo que me hab√≠a sucedido?
Me qued√© mirando fijamente a mi amigo, mientras en mi interior se entremezclaban distintas emociones. El profesor ten√≠a un aspecto tan d√©bil, tan fr√°gil, tan insignificante... Abrumado por la visible pobreza de su mezquina y miserable existencia, me entraron ganas de llev√°rmelo para que viera lo que yo hab√≠a visto, para que conociera lo que yo hab√≠a conocido. Deseaba que durmiera bajo las resplandecientes estrellas de Albi√≥n, que sintiera en el rostro la frescura de la brisa de aquellos verdes valles; deseaba que oyera la conmovedora melod√≠a del arpa de un aut√©ntico bardo, que oliera el aire marino de Ynys Sci, que gustara la exquisita dulzura del hidromiel; deseaba que sintiera bajo sus plantas el firme suelo rocoso de las incomparables monta√Īas de Prydain, que contemplara el destello de fuego de la torques de un rey, que exultara en la gloria del combate. Deseaba mostrarle todas esas cosas y m√°s a√ļn. Deseaba que inhalara profundamente la hermosa vida del Otro Mundo, que bebiera de la copa que yo hab√≠a probado..., que oyera la belleza sin par de la Canci√≥n.
Anhelaba mostrarle el paraíso que había descubierto en Albión, pero sabía que no podía ser. Aunque lo intentara con todas mis fuerzas, nunca lograría que me entendiera. El abismo que nos separaba era muy grande. Las palabras no podían salvar esa distancia, ni describir la cruel destrucción que amenazaba aquel hermoso mundo.
Pero me ahorr√© tener que contestarle, porque el profesor puso su mano en mi brazo y se acerc√≥ a√ļn m√°s a m√≠.
¬óPor desgracia, no disponemos de demasiado tiempo ¬ódijo¬ó. Los otros ¬óse√Īal√≥ la tienda con un movimiento de cabeza¬ó regresar√°n de un momento a otro. Han hecho grandes progresos... Ya han descubierto que aqu√≠ hay un portal entre los dos mundos. Me las he ingeniado para participar en las excavaciones y as√≠ poder vigilarlos de cerca. Pero no debemos permitir que le descubran.
¬ó¬ŅD√≥nde est√° Simon? ¬ópregunt√© con la lengua torpe y la boca seca.
¬ó¬ŅSimon? ¬óEl profesor pareci√≥ confundido¬ó. No he visto a Simon por ning√ļn lado. S√≥lo ha regresado usted.
Mientras me afanaba por entender lo que hab√≠a ocurrido, not√© que la tenue luz se hab√≠a debilitado a√ļn m√°s. Era extra√Īo, pero estaba m√°s oscuro ahora que antes...
Mir√© hacia el cairn por encima del hombro; las tinieblas se iban cerniendo sobre la ca√Īada, cada vez m√°s espesas. Un cuervo describi√≥ un c√≠rculo sobre nuestras cabezas, observ√°ndonos vigilante. Y entonces ca√≠ en la cuenta de que no era el alba, sino el crep√ļsculo. En el mundo manifiesto el d√≠a se iba apagando, acerc√°ndose al crep√ļsculo y a la hora-entre-horas. Pronto se abrir√≠a el portal dentro del cairn de Carnwood.
Y si Simon no había regresado...
Vi todas esas se√Īales y sent√≠ en mi sangre y en mis huesos la emoci√≥n del momento. O√≠ la Canci√≥n que se propagaba en la invisible distancia entre los dos mundos. O√≠ la Canci√≥n y supe sin lugar a dudas que la Guerra del Para√≠so llegaba hasta este mundo y hasta este momento. Y yo ten√≠a que escoger.
Nettles me miraba. Me volví hacia él y alcé la mano en gesto de despedida. Luego me dirigí hacia el cairn. Oí que el profesor me decía:
¬ó¬°Adi√≥s, Lewis! ¬°Que Dios lo acompa√Īe!
Luego oí otra voz, la de Weston, que gritaba alarmada:
—¡Espere! ¡Deténgase! ¡Detenedlo, pronto!
Oí unos rápidos y frenéticos pasos detrás de mí.
¬ó¬°No! ¬°Por favor! ¬°Regrese!
Pero yo no me detuve. No regresé. Porque había oído la Canción de Albión y mi vida ya no me pertenecía.