38 - La vuelta a casa

El cuerpo del Soberano Se√Īor descans√≥ tres d√≠as en Findargad y los d√≠as destinados a la celebraci√≥n de la victoria se convirtieron en d√≠as de luto. Durante ese tiempo, Tegid prepar√≥ el cuerpo para el enterramiento y organiz√≥ los preparativos para el regreso a casa, a Sycharth. El rey no ser√≠a enterrado en la fortaleza de la monta√Īa, sino que descansar√≠a en el valle de Modornn, en el t√ļmulo de los reyes llwyddios. El cuerpo fue lavado y envuelto en las m√°s finas telas. Su espada y su lanza fueron bru√Īidas, el escudo fue pintado y las protuberancias circulares fueron pulidas hasta que brillaron como soles.
Al cuarto d√≠a, el cad√°ver fue sacado de los aposentos reales y colocado en un carro cubierto de pieles. Entonces, cuando todos los que hab√≠an sobrevivido al ataque de Nudd estuvieron reunidos en el patio, Tegid condujo el carro fuera de las puertas y emprendimos el largo camino de regreso. Seis guerreros con lanzas flanqueaban el furg√≥n f√ļnebre. El pr√≠ncipe Meldron cabalgaba detr√°s, severo y triste; el pueblo de los llwyddios cerraba el cortejo.
Así dejamos Findargad. Por orden de Tegid, yo iba a pie junto a la cabeza del caballo, delante de él. El primer día de marcha no intercambiamos palabra alguna. Tegid, con la mirada fija en el camino, meditaba perdido en sus pensamientos con el entrecejo fruncido y el rostro sombrío. Yo no sabía qué le preocupaba, y él no me lo dijo.
Pero, en los días que siguieron, comenzó a explicarme la esencia de sus meditaciones. Sus pensamientos, solemnes y sombríos, se centraban en el tétrico futuro que el bardo veía cernirse sobre nosotros; el futuro descrito en la terrible profecía de la banfáith.
¬óEl Rey de Oro tropezar√° con la Roca de la Contienda. El Gusano de ardiente aliento reclamar√° el trono de Prydain ¬ódijo l√ļgubremente Tegid.
Nos habíamos detenido junto a un arroyo y estábamos esperando al séquito para proseguir la marcha.
¬óM√≠ralos ¬ócontinu√≥, se√Īalando a la gente que atravesaba en largas filas la corriente¬ó. Est√°n perdidos y no se dan cuenta. No tienen quien los dirija. Un pueblo sin rey est√° a√ļn m√°s desamparado que un reba√Īo de ovejas sin pastor.
—Tienen al príncipe Meldron —observé.
El pr√≠ncipe aguardaba a caballo en medio del arroyo a que la gente lo vadeara. Parec√≠a como si estuviese vigilando su reba√Īo. Siawn estaba junto a √©l apoyado en la lanza. En los √ļltimos d√≠as no se hab√≠a separado ni un momento del pr√≠ncipe, y yo no hab√≠a tenido oportunidad de hablarle a solas.
Tegid me miró de soslayo con el gesto torcido en una amarga sonrisa.
—El príncipe Meldron no se sentará jamás en el trono de su padre.
Le pregunté qué quería decir, pero me dio a entender que no era el momento oportuno para hablar de ello.
—No hables con nadie de esto —me advirtió.
Creí que así daba por concluido el asunto, pero, poco después, cuando habíamos reanudado la marcha otra vez, dijo:
¬óEl rey ser√° enterrado con todos los honores.
Lo dijo en una voz tan baja que creí que estaba hablando consigo mismo.
¬óQuiz√° no pueda impedir lo que se avecina ¬óa√Īadi√≥¬ó, pero al menos lograr√© ver a mi rey enterrado en su tumba, como corresponde. A√ļn no hemos ca√≠do tan bajo como para olvidar los ancestrales ritos.
¬óTegid, dime: ¬Ņqu√© crees que va a ocurrir?
El bardo alzó la cabeza y escrutó indiferente el horizonte cubierto de nubes.
—Lo sabes de sobra —contestó.
¬óSi lo supiera, no lo preguntar√≠a ¬ógru√Ī√≠, harto de sus evasivas.
—Lo sabes muy bien —repitió y, en tono desafiante, agregó—. Llew debería saberlo.
Antes de que pudiera sonsacarle algo m√°s, nos vimos obligados a detenernos por la llegada de la Manada de Lobos. Los guerreros, siguiendo las √≥rdenes del pr√≠ncipe, hab√≠an cabalgado duramente y hab√≠an recorrido mucha distancia; su aspecto lo pregonaba; sus ropas estaban polvorientas y sus caballos cubiertos de espuma y barro. Al verlos llegar, el pr√≠ncipe abandon√≥ su puesto junto a la carroza f√ļnebre y cabalg√≥ a su encuentro.
—Me pregunto qué habrán encontrado —comenté observando la conferencia que mantenían el príncipe y sus guerreros en medio del camino.
¬ó¬ŅPor qu√© te lo preguntas? ¬óinquiri√≥ Tegid con aspereza¬ó. ¬ŅEs que est√°s ciego?
—A lo mejor —respondí desabridamente.
¬ó¬°Abre bien los ojos! ¬ŅO es que tendr√© que decirte lo que tienes delante de las narices?
—La Manada de Lobos ha regresado —dije enfadado—. El príncipe está hablando con ellos.
¬ó¬ŅVes a Paladyr? ¬óinquiri√≥ el bardo con sarcasmo.
¬óNo. No est√° con ellos.
¬ó¬ŅEntonces?
¬óEntonces es que no lo han encontrado. Debe de haber escapado.
¬óConque Paladyr ha escapado... ¬ócoment√≥ Tegid poniendo los ojos en blanco¬ó. Esos hombres pueden seguir la pista de un oso por la espesura del bosque m√°s umbr√≠o. Pueden perseguir un ciervo hasta rendirlo por cansancio. Pueden seguir el vuelo de un √°guila y localizar su nido. ¬ŅC√≥mo es posible entonces que Paladyr se les haya escapado?
¬ó¬ŅCrees que lo dejaron huir? ¬ŅPor qu√© iban a hacer una cosa as√≠?
¬ó¬ŅPor qu√© iba a ser?
Eso fue todo lo que pude sacarle antes de que el pr√≠ncipe volviera a ocupar su puesto tras la carroza f√ļnebre y el cortejo reanudara el largo y penoso viaje. Yo registr√© cuidadosamente en mi mente las insinuaciones de Tegid y sopes√© el alcance de cada palabra antes de unirla a las dem√°s.
No cab√≠a duda de que el bardo estaba preocupado por la profec√≠a de la banf√°ith y estaba decidido a contagiarme su angustia. Eso ya era bastante inquietante, pero a√ļn m√°s alarmante era la insinuaci√≥n de que el pr√≠ncipe Meldron era responsable de la muerte de su padre. Porque, si Meldron estaba implicado en el crimen, Simon tambi√©n lo estar√≠a. ¬°Eran inseparables! No era probable que el pr√≠ncipe pudiera urdir un plan tan alevoso y criminal sin que mi antiguo amigo se enterara. Quiz√° Simon hab√≠a participado..., quiz√°s hab√≠a hecho algo m√°s que participar.
Al pensarlo me estremec√≠ hasta la m√©dula. ¬ŅQu√© hab√≠a hecho Simon?
Durante largo tiempo fui dando vueltas y m√°s vueltas a estos pensamientos. Pero el d√≠a era hermoso y alegre y el sol me acariciaba la piel con su calorcillo. Pese a mis presentimientos, poco a poco fui dej√°ndome extasiar por el panorama. A√ļn hab√≠a bastante nieve en las laderas de las monta√Īas y tambi√©n en el camino, pero hab√≠a comenzado a fundirse; entre la blancura sobresal√≠an pe√Īas rojizas y gris√°ceas e incluso a veces se vislumbraba el destello verde de la hierba.
Como si quisiera acariciar la tierra azotada por la ira de sollen, gyd comenzaba a hacer notar su amable presencia. Los arroyos corr√≠an caudalosos por el deshielo y goteaba agua de todas las rocas. Durante el d√≠a el cielo estaba despejado y el sol calentaba; sin embargo, las noches eran fr√≠as y el suelo estaba h√ļmedo, por lo que ten√≠amos que encender hogueras y dormir sobre pieles de buey. Un destacamento de guerreros montaba guardia por turno junto al cad√°ver del rey.
Una noche me tocó formar parte del primer turno de guardia y dio la casualidad de que también Simon estaba incluido en el grupo. Aguardé a que llegara el relevo y entonces fui a su encuentro. Hacía muchísimo tiempo que no se me había presentado la oportunidad de hablar con él a solas.
¬óSiawn ¬ódije llam√°ndolo por el nombre que tanto le gustaba y toc√°ndole un hombro.
Se dio la vuelta, con los pu√Īos apretados y el rostro ce√Īudo a la luz de la luna. Me mir√≥ largamente, pero sus ojos no dieron la menor se√Īal de reconocerme, aunque mi presencia no pareci√≥ asustarlo como a los dem√°s.
¬óLlew ¬órepuso torciendo el gesto¬ó, ¬Ņqu√© quiere de m√≠ el poderoso Llew?
Me encolerizó la mueca.
—Quiero hablar contigo —contesté.
Hizo ademán de alejarse, pero lo seguí y lo detuve.
¬óSimon, ¬Ņqu√© pasa? ¬ŅEn qu√© te has metido?
Me esquivó y me corrigió con enfado:
¬óMe llamo Siawn Hy.
¬óSiawn ¬ócorreg√≠ r√°pidamente¬ó, ¬Ņqu√© sabes de Paladyr?
Al oírme nombrar al fugitivo, entrecerró los ojos.
—Nada —respondió con una voz áspera como una amenaza.
Hizo ademán de escabullirse, pero lo sujeté por el brazo.
—Todavía no he terminado —le dije.
¬óNo tengo nada que decirte ¬óme espet√≥¬ó. Oc√ļpate de tus asuntos, Llew.
Puso su mano en mi mu√Īeca y me oblig√≥ a soltarle el brazo. Un odio agudo y virulento relampague√≥ en sus ojos; lo invad√≠a la c√≥lera. Se alej√≥ despacio.
—¡Espera! —exclamé intentando detenerlo—. Siawn, espera, quiero unirme a vosotros.
Se detuvo en seco.
¬ó¬ŅA nosotros? ¬ŅQu√© quieres decir?
¬óLo sabes de sobra ¬órepuse, y, aunque el coraz√≥n me lat√≠a aceleradamente, logr√© que mi voz sonara fr√≠a e insinuante¬ó. ¬ŅCrees que soy tonto? Veo muy claramente lo que est√° ocurriendo. Quiero unirme a vosotros.
Simon me observó con suspicacia, tratando de averiguar lo que se ocultaba tras mis palabras.
—El príncipe te hace mucho caso —insistí—. He observado hasta qué punto depende de ti, Siawn. No haría nada sin contar con tu aprobación y consejo.
Se puso en guardia y creí que se iba a marchar, pero había conseguido intrigarlo.
—Habla sin tapujos —declaró—. Te escucho.
¬óMeldron quiere ser rey ¬ódije¬ó. Yo puedo ayudarlo.
¬ó¬ŅC√≥mo?
¬óTegid no lo va a permitir. Lo impedir√°.
¬óTegid no es un obst√°culo importante. Si se cruza en nuestro camino, lo mataremos.
—No —repliqué yo—. Lo necesitáis vivo.
—¡Bardos! —exclamó Simon, y la palabra sonó en sus labios como una maldición—. Meldron ya sería rey ahora si no se hubiesen entrometido los bardos. Las cosas cambiarán cuando se siente en el trono.
—El pueblo se rebelaría —observé—. Nunca acatarían a un rey que hubiese matado a su bardo. Pero hay un camino mucho más fácil. Si vieran que Tegid entrega la dignidad real a Meldron, todos lo acatarían como soberano.
¬ó¬ŅPodr√≠as lograr que lo hiciera?
—Pondría todos los medios. Tegid confía ciegamente en mí; soy su confidente. Podría seros de gran ayuda —aseguré—. Pero quiero algo a cambio de mis servicios.
Simon pareció entenderlo muy bien.
¬ó¬ŅQu√© quieres?
—Un puesto junto a Meldron cuando sea rey —declaré con toda llaneza—. Quiero formar parte de la Manada de Lobos.
—Es cierto que el príncipe escucha mis consejos —reconoció orgullosamente Simon, que seguía siendo tan jactancioso como siempre—. Intercederé por ti. Le hablaré de tu indudable interés.
Luego a√Īadi√≥ en voz m√°s baja:
¬óQuiz√° Meldron te pida algo en prueba de lealtad.
¬ó¬ŅQu√©?
Reflexionó unos instantes; sus maliciosos ojos relucían a la luz de la luna.
—Averigua qué planes tiene Tegid para cuando hayamos llegado a Sycharth.
—Eso me llevará cierto tiempo —mentí—. Tendré que sonsacarle sin que entre en sospechas.
—No será muy difícil para el poderoso Llew —comentó Simon con sorna y desprecio.
—De acuerdo. Lo haré.
Simon me dio unos golpecitos en el hombro.
—Muy bien —comentó—. El príncipe se sentirá muy satisfecho.
Alzó con arrogancia la barbilla y se marchó. Lo contemplé mientras desaparecía en la oscuridad, y me fijé en que al andar se contoneaba como un pavo real.
Al día siguiente, mientras hacíamos los preparativos para reanudar la marcha, fui al encuentro de Tegid y le pregunté:
¬ó¬ŅCu√°ndo cae el Beltane?
El bardo reflexion√≥ unos instantes, porque la extra√Īa duraci√≥n de aquel sollen hab√≠a echado por el suelo el c√°lculo de la sucesi√≥n de las estaciones por el movimiento del sol.
—Ahora estamos en... —Hizo una pausa y repasó sus cálculos—. Faltan tres amaneceres.
¬óEntonces a√ļn no habremos llegado a Sycharth ¬óobserv√©.
—No —asintió Tegid— no llegaremos al caer a tiempo de celebrar el Beltane.
¬ó¬ŅD√≥nde lo celebraremos entonces?
¬óEn cualquiera de los lugares sagrados ¬ócontest√≥¬ó. Hay varios en esta ruta. Cerca de aqu√≠ hay un mont√≠culo y una piedra vertical. Llegaremos all√≠ pasado ma√Īana. Es un lugar muy apropiado para la celebraci√≥n del Beltane.
¬ęS√≠ ¬ópens√©¬ó, un lugar muy apropiado.¬Ľ En los d√≠as que siguieron vigil√© de cerca al pr√≠ncipe y a sus secuaces; y me di cuenta de que tambi√©n me vigilaban a m√≠. A primera hora de la noche del segundo d√≠a, mientras acamp√°bamos para pasar la noche, Simon se me acerc√≥ cuando estaba abrevando a los caballos.
¬ó¬ŅQu√© has averiguado? ¬óinquiri√≥ impaciente.
La ambición estaba abrasando al príncipe y a su paladín; tuve la seguridad de que los tenía a mi merced.
¬ó¬°Aqu√≠ no! ¬óme apresur√© a decir mirando con inquietud por encima del hombro¬ó. Tegid podr√≠a sospechar. No debe vernos juntos. Ma√Īana pasaremos junto a un mont√≠culo y una piedra vertical; te espero all√≠ al alba.
Simon estaba muy acostumbrado a las intrigas y a los manejos en secreto y aceptó la cita sin protestar.
—De acuerdo —contestó—. Al alba. Junto a la piedra vertical.
—Y ve solo —le advertí—. Cuanta menos gente lo sepa, mejor.
¬ó¬°No me des √≥rdenes! ¬ógru√Ī√≥.
Nos separamos, y yo fui a reunirme con Tegid junto a la hoguera. Comimos nuestra exigua ración y cuando acabamos desenrollamos las pieles de buey para dormir. Yo estaba muy nervioso, pero el bardo no parecía notarlo; sin duda tenía bastante con sus propias preocupaciones.
Aquella noche, antes del alba, me despert√© de mi inquieto sue√Īo, cog√≠ mi lanza, me envolv√≠ en el manto y me escabull√≠ del campamento. Me mantuve lejos de la luz de las hogueras, esquiv√© con precauci√≥n los lugares donde dorm√≠an el pr√≠ncipe y sus secuaces y logr√© encontrar el camino. Guiado por la luna que ya se estaba poniendo, apresur√© el paso. No me atrev√≠a a pensar en lo que me esperaba ni en lo que deb√≠a hacer.
Seguí el tortuoso sendero, esquivando ramas bajas y troncos derrumbados. Mientras caminaba por la soledad del bosque, me asaltó el temor de que Simon no acudiera solo a la cita, de que llevara con él al príncipe. Si así ocurría, mi plan fracasaría. De pronto me encontré en el lugar de la cita. Mientras el sol comenzaba a aparecer por el este, caminé nervioso en torno al enorme montículo recubierto de yerba y coronado por una piedra vertical. Entonces comencé a preguntarme si Simon acudiría a la cita.
No me defraudó. Su enorme ambición lo había empujado a obedecerme. Lo vi acercarse en la pálida luz del alba y suspiré aliviado. Luego levanté mi lanza a modo de saludo.
Al verme, me dirigió su consabida sonrisa de superioridad.
¬óBueno, aqu√≠ me tienes. ¬ŅQu√© has averiguado?
¬ó¬ŅHas hablado con el pr√≠ncipe?
—Sí —repuso acercándose confiado—. Te demostrará su agradecimiento cuando llegue el momento. Ya lo verás.
¬óMuy bien ¬ódije mirando de reojo al cielo; era la hora-entre-horas¬ó. Caminemos un poco.
A Simon le extra√Ī√≥ mi sugerencia, pero me obedeci√≥.
—No será fácil —comencé a decir, caminando lentamente en torno al montículo—. Tegid es una persona muy reservada, como bien sabes. No es de los que expresan abiertamente lo que piensan. Es un bardo... y ya sabes cómo se las gastan.
Simon emiti√≥ un gru√Īido de desprecio.
—Sigue —indicó.
—Quiero que sepas que no ha sido fácil sonsacarle información. He tenido dificultades.
¬óYa te he dicho que Meldron te dar√° la recompensa que mereces ¬óreplic√≥ Simon, que de pronto parec√≠a haber entrado en sospechas¬ó. ¬ŅQu√© m√°s quieres?
—Ya hablaremos luego de eso. Ahora escucha, esto es lo que he averiguado: en cuanto lleguemos a Sycharth, Tegid convocará una reunión de bardos para que lo ayuden a decidir lo que debe hacer.
¬ó¬ŅPor qu√©? ¬ŅEs que no lo sabe? ¬ódijo deteni√©ndose y enarcando una ceja con desconfianza.
—No entiendes nada —lo recriminé con aspereza.
Seguí caminando; Simon me siguió, y completamos el primer círculo en torno al montículo.
¬óPrimero debe ser enterrado Meldryn Mawr ¬óa√Īad√≠¬ó. Lleva tiempo elegir a un nuevo rey.
¬ó¬ŅCu√°nto tiempo?
—Eso carece de importancia —contesté, y seguí caminando.
¬ó¬ŅCu√°nto tiempo? ¬órepiti√≥ Simon.
¬óPor lo menos doce d√≠as ¬ódije eligiendo un n√ļmero al azar¬ó. Cuando los bardos se hayan reunido, y ni siquiera sabemos cu√°ntos quedan, habr√° que hacer m√°s preparativos, pues deben llevarse a cabo los rituales y ceremonias de rigor.
¬óYa sabemos todo eso ¬óme interrumpi√≥ Simon en un torpe intento de intimidarme¬ó. ¬ŅQu√© m√°s?
Me detuve y me encaré con él asiendo con firmeza la lanza.
¬óSi sab√©is tantas cosas ¬ógru√Ī√≠¬ó, ¬Ņpor qu√© hab√©is aceptado mi ayuda? ¬ŅQuieres que te diga lo que he averiguado o no?
—Para eso he venido —replicó con aspereza—. Te escucho.
Reanudé mi paseo, fingiendo enfado. La treta dio resultado.
¬ó¬ŅQu√© m√°s has averiguado? ¬ópregunt√≥ en tono m√°s suave.
—Bien —empecé lentamente—, creo que Tegid aguardará a que los bardos se hayan reunido, y luego retrasará la elección.
¬ó¬ŅRetrasar? ¬ŅPor qu√© va a retrasar la elecci√≥n?
—Hay una antigua ley —respondí escogiendo con cuidado las palabras— que permite al bardo reunir a los hombres del clan en una asamblea para competir por la dignidad real.
¬ó¬ŅQu√© clase de competici√≥n?
—Eso depende de los bardos —repuse, completando el segundo círculo en torno al montículo y comenzando el tercero—. Normalmente se celebran luchas marciales, en las que se exhibe la fuerza y la habilidad en el manejo de las armas y de los caballos, y pruebas que demuestran el coraje y la agilidad mental.
Hice una pausa para comprobar el efecto de mis palabras y luego proseguí:
—El rey será escogido entre los ganadores de esas pruebas y no sólo entre los príncipes y capitanes.
Simon se encorajinó.
¬ó¬ŅPor qu√© tiene que ser elegido un nuevo gobernante cuando hay un heredero de sangre real, que est√° adem√°s capacitado para ostentar la corona que por derecho le corresponde?
Alzó desafiante la mandíbula y leí en su rostro como en un libro abierto; de pronto se me reveló claramente lo que había hecho y podía incluso adivinar cómo.
Simon había alimentado la ambición del príncipe hablándole de sus derechos de sucesión: la dignidad real se transmitía de padres a hijos, por derecho de sangre y no por méritos individuales. Simon, cuya vida había sido un testimonio vivo de inmerecidos privilegios, era un ardiente defensor de esas ideas. Y le había resultado muy fácil convencer al débil y codicioso príncipe de que debía heredar el trono de su padre.
No obstante, la costumbre en Albión era muy distinta: los reyes se elegían entre los hombres más dignos del clan; y los bardos, que ostentaban la potestad de otorgar la dignidad real, eran quienes elegían a la persona indicada.
¬ŅSe hab√≠a ganado el favor del pr√≠ncipe Meldron repiti√©ndole que la dignidad real se pod√≠a ganar sin m√©ritos, sin la aquiescencia de los bardos?, ¬Ņque la dignidad real se transmit√≠a por la herencia de la sangre y no por la sangre del sacrificio?
No sabía quién había matado al Phantarch, ni siquiera podía adivinar cómo lo habían encontrado. Pero no me cabía ninguna duda de un hecho: Simon, que había llegado al Otro Mundo por casualidad, había traído con él ideas ajenas y fatales. Sus herejías habían causado la muerte de Ollathir, del Phantarch, del rey y de millares de hombres que habían sucumbido ante Nudd y sus hordas. Alegre y egoístamente había pretendido apropiarse de lo que no podía ser suyo, para crear un orden que sirviera a sus mezquinos y personales intereses.
No sabía nada de la verdadera naturaleza de la dignidad real ni le importaba en absoluto. No sabía nada de la Canción, ni del Cythrawl. Ni de la hueste de poderes infernales que habían desatado sus palabras de traición. ¡Ni siquiera ahora le importaba nada de lo que había sucedido! Sólo se preocupaba por sí mismo. Su codicia casi había destruido Albión y había que ponerle freno. Había llegado la hora de que Simon se marchara.
Caminamos un poco más hasta completar el tercer círculo en torno al montículo. El amanecer iluminaba el cielo con una pálida luz rosada. Simon meditaba en silencio lo que acababa de decirle.
¬ó¬ŅCu√°ndo comenzar√° esa competici√≥n? ¬ópregunt√≥ al fin.
—Tendrá lugar en el espacio de tiempo que va entre una luna nueva y la siguiente, aproximadamente después del Beltane y antes del Samhein —repuse.
—El Beltane está muy cerca —observó Simon.
—Así es —asentí—. Muy cerca.
Me hice a un lado con rapidez apuntando con la lanza a Simon, que miró sorprendido la punta del arma e hizo ademán de apartarla.
¬óTranquilo ¬óle dije¬ó. Todo ha terminado, Simon. Es hora de regresar.
¬ó¬ŅDe regresar? ¬óexclam√≥ con genuino asombro.
¬óA casa, Simon. No perteneces a este mundo. Albi√≥n no es tu mundo. Has causado mucho da√Īo y ha llegado el momento de detenerte.
Tomó aliento para protestar, pero no le permití pronunciar palabra.
—Date la vuelta —le ordené, empujándolo hacia el montículo con la punta de la lanza.
¬óNo te atrever√°s a hacerme da√Īo ¬ógru√Ī√≥ quit√°ndose el manto y echando mano a la espada.
Con un rápido movimiento le hice un corte en el brazo. Al ver brotar la sangre se enfureció.
¬óEsto te costar√° la vida.
—Date la vuelta, Simon —repetí con tono imperioso.
Simon me miró fijamente, todavía vacilante.
¬ó¬°Quieres quedarte con todo! ¬°Pretendes ser el rey!
—¡Muévete! —Lo empujé con la lanza y me acerqué un poco más—. No olvides que estoy detrás de ti.
—Te arrepentirás —me espetó con voz fría y amenazadora—. Te juro que morirás arrepintiéndote de esto.
—Correré ese riesgo —repliqué, acercándome más y presionándole las costillas con la lanza—. Pero ahora vas a regresar a donde perteneces. ¡Muévete de una vez!
Se giró y se dirigió hacia la oscura hendedura que se abría en la base del montículo. Tras lanzarme una mirada asesina, bajó la cabeza y entró.
No perd√≠ ni un momento en celebrar mi triunfo. El portal del Otro Mundo no iba a permanecer abierto mucho tiempo. Simon ten√≠a raz√≥n: ya me estaba arrepintiendo de lo que hab√≠a hecho, pero no por las causas que √©l supon√≠a. Ech√© una √ļltima ojeada a la hermosa Albi√≥n y constat√© hasta qu√© punto hab√≠a llegado a amarla y cu√°nto la iba a echar de menos. Abrumado por la tristeza, dej√© la lanza apoyada en el mont√≠culo. Luego exhal√© un suspiro de silenciosa despedida, baj√© la cabeza y me met√≠ en la oscura hendedura.