37 - El paladín del rey

Las puertas de Findargad se abrieron de par en par y todos ¬óhombres, guerreros, mujeres, ni√Īos, danzando de alegr√≠a y alborozo¬ó salieron precipitadamente para comprobar que Nudd y la Hueste de Demonios hab√≠an desaparecido. En efecto, el enemigo se hab√≠a hundido en las regiones infernales del mundo subterr√°neo sin dejar atr√°s m√°s que la nieve pisoteada y sucia, que ya empezaba a fundirse con el calor del sol. Tambi√©n hab√≠an desaparecido el hedor y la fetidez, barridos por los frescos vientos de gyd. Los llwyddios corr√≠an al pie de la muralla de aqu√≠ para all√° e iban reuniendo alegremente los fragmentos de piedras cantarinas esparcidos por doquier.
Tegid continuaba danzando en el parapeto, y yo permanecía junto al rey.
¬ó¬°El enemigo ha sido derrotado! Tu reino est√° libre de sufrimientos. ¬ŅQuerr√°s ahora abandonar tu geas y dirigir unas palabras a tu pueblo, Soberano Se√Īor? ¬óle pregunt√©.
Pero el rey alz√≥ el rostro cubierto de l√°grimas e hizo una se√Īal al bardo para que se acercara. Tegid inclin√≥ la oreja junto a la boca del rey y llam√≥ al pueblo.
—¡Pueblo de Prydain! —gritó—. Oíd las palabras de vuestro rey: hoy hemos derrotado al enemigo. Esta noche celebraremos la victoria en el pabellón del rey. Comeremos y descansaremos durante tres días; pero, al cuarto, dejaremos este lugar y regresaremos a nuestros hogares en los bajíos.
Luego el rey abandon√≥ las murallas y se retir√≥ a sus habitaciones. Lo contempl√© mientras se alejaba por el patio. El pr√≠ncipe Meldron y Paladyr se le acercaron junto a la entrada del palacio. El rey se detuvo, y los tres permanecieron juntos unos instantes. No pod√≠a o√≠r lo que dec√≠an, pero vi que el pr√≠ncipe Meldron hac√≠a un r√°pido y violento gesto se√Īalando hacia las puertas abiertas. El rey mir√≥ fijamente a su hijo unos momentos; luego se retir√≥ sin contestar y entr√≥ en el palacio. El pr√≠ncipe y Paladyr se alejaron tambi√©n, y la muralla los ocult√≥ de mi vista.
Los preparativos para el banquete se prolongaron toda la jornada. El sol seguía brillando y las nubes desaparecieron. Empecé a creer que gyd, la más hermosa de las estaciones, había por fin regresado a Prydain. Durante el interminable reinado del inhóspito sollen, habíamos abrigado el temor de que el mundo jamás volvería a gozar de la liberalidad del sol. Por eso nos deleitábamos con el calorcillo primaveral mientras nos afanábamos en nuestras tareas.
Busqu√© a Simon, a Siawn Hy, dentro y fuera de las murallas, pero no pude hallarlo en el bullicio de los preparativos. Demasiado pronto se desvaneci√≥ la luz del sol en el crep√ļsculo, y con la noche volvi√≥ el fr√≠o. Encendimos de mala gana las antorchas en el palacio de Findargad, pese a que eso quer√≠a decir que hab√≠a llegado la hora del banquete. Mientras aguardaba para entrar en el palacio con la multitud, vi a Siawn entre los guerreros de la Manada de Lobos del pr√≠ncipe. Pero, cuando me dirig√≠a a su encuentro, los guerreros entraron en el pabell√≥n y lo perd√≠ de vista.
Dulce y dorado hidromiel brillaba en las copas dispuestas en torno al pabell√≥n real. El fuego de la chimenea ard√≠a alegremente, y las antorchas y las velas de junco produc√≠an una luz radiante. Brindamos por la victoria y por la derrota del enemigo en medio de la esplendorosa luz. Todos ¬óguerreros, hombres, muchachas, esposas, j√≥venes y ni√Īos¬ó participaron en la fiesta. Comimos, bebimos y cantamos. ¬°Sobre todo, c√≥mo cantamos! La noche se transform√≥ en una hermosa canci√≥n de acci√≥n de gracias, en una resplandeciente gema de alegr√≠a y agradecimiento a la Mano salvadora que nos hab√≠a liberado.
Y, despu√©s de comer, beber, divertirnos y cantar las canciones de la libertad, Tegid orden√≥ que trajeran el trono del rey a la sala. Un grupo de guerreros se dirigi√≥ a los aposentos reales y regres√≥ portando sobre sus hombros el trono del rey. El monarca iba revestido de fino oro y su aspecto me record√≥ al que ten√≠a la primera vez que lo hab√≠a visto, pues su rostro apenas revelaba la enfermedad y la debilidad que lo hab√≠an aquejado en los √ļltimos tiempos. Ocup√≥ el lugar de honor a la cabecera de la mesa y orden√≥ con amplios movimientos de brazos que todos nos acerc√°ramos un poco m√°s.
Su promesa le impedía hablar, pero se dirigió a los reunidos por boca de su bardo. Tegid se apresuró a transmitirnos las palabras del rey.
¬óEsta noche, mientras la luz de la vida arde en nuestros corazones, es justo que cantemos y dancemos alegremente por la victoria que nos ha sido otorgada. Pero hagamos una pausa para recordar a nuestros hombres que perdieron sus vidas en manos de Nudd.
Entonces Tegid entonó un lamento por los muertos. Era un lamento conocido por todos y tras las primeras notas todos los reunidos corearon su canto. Yo no conocía la canción, pero era tan hermosa como triste y sobrecogedora; de todos modos no podría haberla cantado porque los ojos se me llenaron de lágrimas y se me hizo un nudo en la garganta que casi me impedía respirar.
Otros tambi√©n empezaron a llorar y, mientras cantaban, los ojos les brillaban a la luz de las antorchas. Cuando la canci√≥n hubo concluido, el sal√≥n se sumi√≥ en el silencio; los ecos de las √ļltimas notas resonaron en los rincones. Despu√©s, el rey se inclin√≥ otra vez hacia su jefe de Canci√≥n, y Tegid transmiti√≥:
—Hemos recordado a nuestros difuntos como era de justicia. Ahora, rindamos homenaje a los vivos que han ganado la porción del héroe con su coraje y valor.
Ante mi sorpresa, el primer nombre que pronunció fue el mío.
—Llyd, acércate al trono.
La multitud me abri√≥ paso y avanc√© vacilante. Era consciente de nuevo de las miradas y los murmullos de asombro que suscitaba mi aspecto. Pero ¬Ņpor qu√©? ¬ŅTanto hab√≠a cambiado? El rey me indic√≥ que me detuviera ante √©l; luego se quit√≥ del dedo un anillo de oro y me lo dio. Yo tend√≠ la mano para cogerlo, y el monarca me asi√≥ por la mu√Īeca e hizo que me volviera hacia la multitud.
¬óT√ļ, por encima de todos los hombres, ser√°s honrado esta noche ¬ódijo Tegid alzando la voz para que todos pudieran o√≠rlo¬ó. Con enorme peligro y sacrificio trajiste las piedras encantadas de su rec√≥ndito escondite y concebiste el plan que deb√≠amos utilizar para vencer al enemigo. Sin las piedras, jam√°s habr√≠amos prevalecido frente a Nudd y a sus diab√≥licos coranyid. Recibe, por tanto, la gratitud de tu rey.
El monarca se levant√≥ y, sosteniendo a√ļn mi mu√Īeca, me alz√≥ la mano ante la multitud. Luego, cogiendo el anillo, me lo puso en el dedo. Vi la luz de las antorchas reflejada en miles de ojos y o√≠ el murmullo de asombro que se extend√≠a por el sal√≥n. De nuevo me invadi√≥ la misteriosa e inexplicable sensaci√≥n de que mi apariencia llenaba de pavor a la gente.
Pero no tuve tiempo de reflexionar sobre tal fenómeno. Tegid alzó las manos con las palmas hacia fuera y salmodió:
—Que de todos sea conocido que el rey aprecia en mucho tu habilidad y tu valor. Desde esta noche eres el paladín del rey. En prueba de tal honor, desde ahora te llamarás Llew. Que todos te saluden con ese nombre. ¡Salud, Llew, paladín del rey!
—¡Llew! ¡Llew! —coreó la gente en calurosa respuesta—. ¡Salud, Llew, paladín del rey!
Sus voces resonaron desde la chimenea hasta el tejado, y yo temblé de emoción. Ahora me llamaba Llew, el salvador de Albión. Había ocurrido lo que había profetizado la banfáith.
Si hubiera sabido lo que Tegid hab√≠a estado proyectando, se lo habr√≠a impedido; y no hubiera sido el √ļnico en hacerlo. En efecto, cuando ocup√© mi lugar, a la derecha del rey, tuve ocasi√≥n de ver que Paladyr se manten√≠a a distancia, claramente enfurecido por el insulto recibido. No lo culp√©, puesto que hab√≠a sido destituido como palad√≠n y no se le hab√≠a dado la oportunidad de defender su elevada posici√≥n; hab√≠a sido degradado en presencia de sus hombres y hermanos de armas. No pod√≠a concebirse una humillaci√≥n mayor.
El rey distribuy√≥ otros regalos: broches, piedras preciosas y brazaletes de oro y plata. Ensalz√≥ otros nombres, alab√≥ otras haza√Īas. La cabeza me daba vueltas tratando desesperadamente de encontrar el modo de disuadir a Paladyr de que no me retara a un combate singular para defender su rango. Mover√≠a cielo y tierra para lavar su honor, empe√Īar√≠a en ello la vida y m√°s incluso. Un guerrero sin honor sufr√≠a una verg√ľenza mayor que la muerte. No pod√≠a albergar la esperanza de que pasara por alto el desaire recibido: su orgullo era mayor que el del rey, pese a que Meldryn Mawr gobernaba sobre Albi√≥n.
As√≠ permanec√≠a junto al rey, ocupando el sitio de Paladyr, mientras buscaba fren√©ticamente el modo de escapar de aquella comprometida situaci√≥n. Escrut√© por encima de la multitud, buscando al fondo del sal√≥n la silueta del antiguo palad√≠n del rey; pero no lo vi por ning√ļn lado. Sin embargo, pod√≠a imaginarme su creciente c√≥lera, alimentada como una hoguera por un vendaval.
Cuando el √ļltimo guerrero fue llamado a presencia del rey y fue entregado el √ļltimo de los regalos, el rey Meldryn Mawr orden√≥ que siguiera la fiesta. En cuanto pude agarr√© del brazo a Tegid.
¬ó¬ŅPor qu√© me has hecho esto?
—Yo no he hecho nada —me dijo con toda sencillez—. Es privilegio del rey elegir un nuevo paladín y bautizarlo. Así lo ha hecho; y yo encuentro muy acertada su elección.
¬ó¬°Paladyr me matar√°! Clavar√° mi cabeza en su lanza. Tienes que hablar con el rey.
—Es un honor muy grande el que has recibido. Y además lo tenías muy merecido; te lo has ganado a pulso.
¬ó¬°No lo quiero! ¬°Me niego a aceptarlo!
Tegid me miró con expresión sombría.
¬óNo te comprendo, Llew.
¬ó¬°No me llamo Llew! ¬ógrit√©¬ó. ¬°No quiero honor alguno! ¬ŅEs que no lo entiendes?
¬óEs demasiado tarde ¬órepuso mirando hacia otro lado.
¬ó¬ŅPor qu√©?
—Por ahí viene Paladyr.
En efecto, abri√©ndose paso entre la multitud, Paladyr se acercaba a nosotros. Su rostro era inexpresivo; s√≥lo los ojos revelaban la c√≥lera que lo embargaba. Yo sal√≠ a su encuentro, y el guerrero se detuvo ce√Īudo ante m√≠. Antes de que pudiera abrir la boca, para dirigirle unas palabras conciliadoras, me puso la mano en el pecho y me apart√≥ de un empuj√≥n.
La gente lo vio y se quedó inmóvil, conteniendo la respiración. Todo el salón enmudeció de golpe.
Paladyr avanzó hacia el trono y se echó a los pies del rey. Meldryn Mawr lo contempló con aire impasible. Tegid acudió junto al rey y tras una breve consulta dijo:
¬ó¬ŅQu√© buscas adoptando tal actitud ante el rey?
El antiguo palad√≠n sigui√≥ postrado, sin mover un m√ļsculo. El rey susurr√≥ algo a Tegid, que asinti√≥ y se dirigi√≥ al postrado guerrero.
—Levántate, Paladyr —ordenó el bardo—. Si tienes algo que decir, ponte en pie y habla.
Entonces Paladyr se levantó y tendió sus manos vacías hacia el rey; mostraba una actitud humilde, pero en modo alguno humillada.
¬ó¬ŅDe qu√© me acusas para rechazarme de esta manera?
¬ó¬ŅEst√°s sugiriendo que el rey te ha tratado injustamente? ¬óle pregunt√≥ Tegid.
—Pregunto por qué se me ha apartado de mi cargo —repuso Paladyr hoscamente.
—Tu obligación no es preguntar, sino obedecer —observó el bardo—. Sin embargo, el rey aprecia tus leales servicios y por eso te responderá.
—Que responda entonces —dijo Paladyr conteniéndose a duras penas—. Pero me gustaría oír la respuesta de sus labios, no de los tuyos, bardo.
Meldryn Mawr ladeó la cabeza hacia Tegid, que se inclinó para escucharlo. Luego el bardo se irguió y dijo:
¬óEso no podr√° ser por el voto de geas del rey. Pero escucha las palabras del rey y ac√°talas, si es tu deseo. As√≠ habla el rey: los que me sirven deben permanecer fieles a m√≠ y s√≥lo a m√≠. T√ļ, Paladyr, eras el primero en guardarme lealtad. Mientras permaneciste fiel, fuiste el palad√≠n del rey. Pero dejaste de serlo cuando decidiste seguir al pr√≠ncipe Meldron. Por eso te he dado de lado. ¬óTegid hizo una pausa y luego concluy√≥¬ó: As√≠ ha hablado el rey.
Aquellas palabras parecieron causar un gran efecto en el guerrero, que al momento adoptó un aire contrito.
—Tu rechazo es muy duro para mí, oh rey —dijo—. Pero acato tu decisión; permíteme sólo hacer otra vez el juramento de fidelidad y ofrecerte mi lealtad.
El rey Meldryn asinti√≥ lentamente, y Paladyr se acerc√≥ a √©l con la cabeza baja y los brazos ca√≠dos. Cay√≥ de hinojos ante el rey en se√Īal de arrepentimiento, apoy√≥ la cabeza en el pecho del monarca y grit√≥ en voz alta:
¬ó¬°Perd√≥name, Soberano Se√Īor!
Meldryn Mawr alzó una mano y pareció que iba a decir algo, pero enseguida la bajó, cerró la boca e inclinó la cabeza sobre su antiguo paladín, en otros tiempos tan querido. Fue un gesto de afecto que conmovió a todos los presentes.
¬óPaladyr ¬ódijo Tegid tras unos instantes¬ó, renueva el juramento de lealtad.
Y a continuación comenzó a recitar las palabras que el antiguo paladín debía repetir.
Pero Paladyr no dijo nada. Ni siquiera esperó a que Tegid acabara. Se levantó, permaneció ante el rey unos momentos y luego se dio la vuelta. Todos los ojos se clavaron en él mientras abandonaba apresuradamente el salón.
El coro de murmullos que suscit√≥ el extra√Īo comportamiento de Paladyr se convirti√≥ al momento en gritos de sorpresa e incredulidad, cuando alguien exclam√≥:
¬ó¬°Asesino! ¬°El rey ha sido asesinado!
Las palabras sonaron como cuchillos afilados. Como todos los demás, yo había estado observando a Paladyr. Al oír aquel grito, miré al trono y vi que Meldryn seguía sentado en él, con la cabeza inclinada sobre el pecho y las manos en el regazo, en la misma postura de antes; no se había movido.
Y entonces observ√© que el pu√Īal de Paladyr estaba clavado en el pecho del rey, junto al estern√≥n. De la herida iba brotando lentamente la sangre de brillante color carmes√≠. El rey estaba muerto.
Durante unas milésimas de segundo el salón contuvo el aliento, horrorizado. Luego sobrevino un tremendo revuelo.
—¡Detenedlo! ¡Cogedlo! —gritó Tegid.
La multitud se precipitó hacia el trono. Alguien rompió en sollozos.
En medio del alboroto, intenté reunirme con Tegid. Se oyeron más sollozos. Gritos de horror. Pánico. Las puertas del salón se cerraron de un portazo que resonó como un trueno. Los guerreros gritaban órdenes confusas. Brillaban las armas desenvainadas.
El príncipe Meldron apareció de pronto en medio de la algarabía con los brazos levantados y gritando:
—¡Calma! ¡Calma! ¡Que no cunda el pánico! ¡Aquí tenéis a vuestro rey!
Siawn Hy estaba junto al pr√≠ncipe con la espada desenvainada como si quisiera proteger a su se√Īor de alg√ļn ataque. ¬ŅUn ataque de qui√©n?, me pregunt√©. Por fortuna, la aparici√≥n de Meldron restaur√≥ la calma; el p√°nico y la confusi√≥n desaparecieron de golpe.
¬ó¬°Manada de Lobos! ¬ógrit√≥ el pr√≠ncipe llamando a los guerreros de su banda, que enseguida se abrieron paso entre la multitud y se detuvieron ante el trono¬ó. Perseguid a Paladyr. Dadle caza y traedlo. Pero tra√©dmelo vivo. ¬ŅHab√©is o√≠do? ¬°Que no sufra ni un rasgu√Īo!
Los guerreros, excepto Siawn que se quedó junto al príncipe, prometieron cumplir la orden y se marcharon a toda prisa. El príncipe se dirigió a Tegid, que estaba inclinado sobre el cuerpo del rey.
¬ó¬ŅEst√° muerto? ¬ódijo el pr√≠ncipe, en un tono que fue m√°s bien una aseveraci√≥n que una pregunta.
El bardo se irgui√≥; ten√≠a el rostro p√°lido, ceniciento y sombr√≠o, y la voz le temblaba, aunque no podr√≠a decir si de pena, c√≥lera o alg√ļn otro sentimiento.
¬óEl cuchillo le atraves√≥ el coraz√≥n ¬órepuso¬ó. El rey ha muerto. ¬óLuego se dirigi√≥ a m√≠ y me orden√≥¬ó: Re√ļne algunos hombres. Llevaremos al rey a sus aposentos.
Tres guerreros se nos unieron y entre todos alzamos el cuerpo, lo llevamos a los aposentos reales y lo dejamos sobre el lecho. Tegid se quitó el manto y cubrió el cadáver; después hizo salir a los guerreros tras ordenarles que se apostaran en la puerta.
Yo mir√© a Tegid en pie junto al cuerpo del rey, con la barbilla apoyada en una mano en actitud meditabunda. No sab√≠a qu√© decir o qu√© pensar. Aquello me parec√≠a irreal, como si fuera un sue√Īo. No obstante, all√≠ yac√≠a el cad√°ver de Meldryn Mawr. Y yo, que era su palad√≠n, no hab√≠a cumplido el deber de protegerlo.
—Tegid..., yo... lo siento mucho —tartamudeé acercándome al bardo.
¬ó¬ŅSab√≠as lo que Paladyr albergaba en el coraz√≥n? ¬óme pregunt√≥ fr√≠amente.
¬óBueno... no, yo...
¬ó¬ŅPodr√≠as haber impedido su crimen?
¬óNo. Pero...
—Entonces no tienes por qué reprocharte nada. —Aunque su voz era suave, el tono era terminante—. Yo tampoco te reprocho nada.
—Pero yo era su paladín —insistí—. Y me quedé inmóvil mientras Paladyr lo asesinaba. No hice nada. Debería..., debería haber hecho algo. Debería haberlo protegido.
El bardo alisó el manto sobre el cadáver. Luego se irguió y me cogió por el brazo.
¬óEsc√ļchame bien, Llew ¬ódijo tranquila pero firmemente¬ó. La vida del rey pertenece a su pueblo. Si alguno de sus s√ļbditos toma la decisi√≥n de arrebat√°rsela a traici√≥n, no hay fuerza en la tierra capaz de imped√≠rselo.
Lo que Tegid dec√≠a era la pura y cruda verdad. Entend√≠a lo que quer√≠a decir, pero tardar√≠a alg√ļn tiempo en poder aceptarlo.
¬ó¬ŅQu√© haremos ahora?
El bardo contempló una vez más el cuerpo del rey.
¬óHay que preparar el cad√°ver para las honras f√ļnebres. Cuando se hayan cumplido los ritos funerarios, se elegir√° un nuevo rey.
—El príncipe Meldron dijo...
—El príncipe Meldron ha ido demasiado lejos —replicó Tegid— Meldron tendrá que someterse a la voluntad de los bardos.
En Albión los derwyddi elegían al rey, y la dignidad real no pasaba de padres a hijos por herencia, sino que cualquier miembro destacado del clan podía convertirse en rey si el bardo lo elegía. Se valoraba demasiado la dignidad real como para permitir que pasara de mano en mano como una prenda usada. Por eso el rey era escogido entre los hombres más honrados y afamados del clan.
¬óYa s√© ¬óle dije¬ó. Pero t√ļ eres el √ļnico bardo que queda entre los llwyddios... Por lo que sabemos, eres incluso el √ļnico que queda en Albi√≥n.
¬óEntonces yo solo escoger√© al rey. ¬óY con sonrisa sombr√≠a a√Īadi√≥¬ó: Yo ostento ahora la dignidad real, hermano. Y la otorgar√© a quien me parezca m√°s digno.