35 - Las piedras cantarínas

No s√© cu√°nto tiempo estuvimos en Domhain Dorcha, el lugar m√°s all√° del Coraz√≥n del Coraz√≥n, en las entra√Īas de la monta√Īa. Regresamos a la fortaleza tan deprisa como pudimos, pero avanz√°bamos lenta y penosamente, porque la carga era pesada y el camino tortuoso y empinado. Utilizamos el sendero por el que hab√≠an pasado los asesinos y llev√°bamos a la espalda los fardos con las piedras del t√ļmulo del Phantarch.
A unos doce pasos de la c√°mara del Phantarch el t√ļnel desembocaba en una cueva natural excavada en la roca por un impetuoso r√≠o subterr√°neo. La corriente flu√≠a r√°pida, precipit√°ndose a toda velocidad hacia los abismos de la tierra; el retumbar del agua nos ensordec√≠a. Mientras el r√≠o corr√≠a hacia su rec√≥ndito destino, nosotros ascend√≠amos con dificultad, paso a paso, con los fardos a la espalda, vacilantes bajo el peso de las piedras que acarre√°bamos.
La marcha era a√ļn m√°s dif√≠cil para Tegid. Por lo menos yo pod√≠a ver en las tinieblas, pero el bardo ten√≠a que confiar plenamente en m√≠. Me segu√≠a como un ciego, asido a mi siarc y pisando sobre mis huellas. De vez en cuando tropez√°bamos y nos ca√≠amos, de modo que ten√≠amos todos los m√ļsculos doloridos y cada vez nos costaba m√°s trabajo incorporarnos para seguir la marcha. Redobl√°bamos nuestros esfuerzos, nos agarr√°bamos a lo que pod√≠amos y nos arrastr√°bamos bajo la pesada carga, ascendiendo sin cesar, alej√°ndonos del coraz√≥n de la monta√Īa como si nos estuvi√©ramos alejando de las torturas y las tinieblas del Abismo de Uffern.
Ten√≠amos las manos magulladas y ensangrentadas por la abrasi√≥n que nos produc√≠a la pesada carga de nuestros mantos; las rocas del sendero nos ara√Īaban las espinillas, los codos y las costillas; las piedras puntiagudas de nuestros fardos nos golpeaban la espalda y los hombros. Resbal√°bamos constantemente en el h√ļmedo suelo rocoso, y ten√≠amos los dedos de los pies lacerados y las rodillas en carne viva.
—Por favor —gemía yo a cada paso—, por favor, que podamos llegar al final del camino.
Pero no se ve√≠a el final; s√≥lo pasajes tenebrosos y t√ļneles oscuros pre√Īados del atronador retumbar del agua, y rocas y m√°s rocas que ten√≠amos que esquivar saltando por encima o desliz√°ndonos por debajo. La desesperaci√≥n nos acechaba en cada vuelta y revuelta del camino, la fatiga y el dolor en cada bloque de piedra.
Tegid, bendito sea por ello, no gritó su angustia ni una sola vez y tampoco puso en cuestión mi liderazgo. Soportaba el dolor sin una queja; sufría en silencio. Confiaba por completo en mí, y mi admiración y afecto por él iban en aumento. Yo había oído la Canción, mejor dicho, un fragmento, y por eso sabía lo que acarreábamos con tanta fatiga, pero Tegid estaba sumido en la más absoluta ignorancia.
En una ocasión, cuando nos detuvimos a descansar, le pregunté si había oído el mismo sonido que yo en la cámara del Phantarch. Me dijo que sólo había oído que yo lo llamaba. Yo no recordaba haberlo hecho, pero seguramente era cierto.
¬óPero s√≠ crees que yo o√≠ algo, ¬Ņverdad?
¬óS√© que o√≠ste algo, se√Īor ¬órespondi√≥ con una seguridad tan firme como la roca que pis√°bamos.
Le pregunt√© c√≥mo lo sab√≠a, pero no quiso contestarme. Adem√°s, hablar supon√≠a quemar muchas energ√≠as porque ten√≠amos que gritar mucho para dominar el estruendo de la cascada. As√≠ pues, descansamos en la oscuridad, muertos de fatiga, pregunt√°ndonos cu√°nto camino nos faltaba a√ļn.
Cuando llegó el momento de reanudar la marcha, empujé suavemente a Tegid y los dos nos pusimos en pie y caminamos con los pies magullados y las piernas débiles, arrastrando la pesada carga sobre nuestras laceradas espaldas. Así, lenta y penosamente, proseguimos la marcha.
Me parecía que hacía siglos que habíamos abandonado la cámara del Phantarch. Me parecía que llevábamos caminando en aquel tenebroso submundo toda la vida; como espíritus errantes, como sombras perdidas, ni del todo vivos ni del todo muertos, viajábamos entre los mundos llevando eternamente sobre nuestras magulladas espaldas el peso de nuestros pecados.
Después de descansar dos veces más, caí en la cuenta de que el pasadizo comenzaba a ascender en una pendiente cada vez más escarpada. Poco después —o quizá días después, no podría asegurarlo—, llegamos a una encrucijada. A la derecha la corriente de agua surgía espumante de una grieta vertical; el pasillo de la izquierda estaba, en cambio, seco. Nos alejamos del río y de sus impetuosas aguas y nos internamos por él.
No habíamos recorrido demasiado trecho cuando advertí que el pasadizo había comenzado a angostarse y el techo era cada vez más bajo. Muy pronto pude tocar las paredes extendiendo la mano y tuve que agachar la cabeza para no dar con la roca del techo.
Cuanto m√°s avanz√°bamos, m√°s se aproximaba una pared a otra, m√°s estrecho se hac√≠a el pasillo. ¬ŅHab√≠a cometido un error al elegir aquel camino? Tal vez hab√≠a tomado un camino err√≥neo, o me hab√≠a equivocado de direcci√≥n mucho antes. Tal vez est√°bamos simplemente dando vueltas y revueltas perdidos por aquellos interminables corredores subterr√°neos, recorriendo en vano pasadizos que no empezaban ni acababan en ninguna parte.
Como pululan los avispones en un tronco podrido, as√≠ pululaban las dudas en mi angustiado coraz√≥n. ¬ę¬°Loco! ¬óme maldije a m√≠ mismo¬ó. ¬ŅQu√© est√°s haciendo? ¬ŅAd√≥nde vas? ¬ŅQu√© te hace pensar que eres capaz de cualquier cosa? ¬°Est√°s condenado! Est√°s perdido. Eres un loco por pensar que puedes acabar con Nudd y los coranyid. ¬°Date por vencido, gusano!¬Ľ
Me detuve y vacil√©: ¬Ņdeb√≠a volver sobre mis pasos o seguir adelante? Regresar parec√≠a lo m√°s prudente. Siempre podr√≠amos volver a retomar este camino si el otro pasadizo no llevaba a ning√ļn lado. Era imposible que nadie se hubiera aventurado por all√≠. Sin embargo..., sin embargo...
No acababa de tomar una decisión. No podía arriesgarme a dar un paso en una u otra dirección hasta no estar completamente seguro. Una tozuda terquedad me impedía volver sobre mis pasos; pero la indecisión, a su vez, me impedía seguir adelante. La incertidumbre me paralizaba, y la duda me dolía más que todos los sufrimientos hasta entonces soportados. Sencillamente, no podía arriesgarme a dar otro paso hasta tener la completa seguridad de que íbamos por buen camino. Pero esa seguridad era imposible.
Todavía seguiríamos detenidos allí si no hubiera sido porque Tegid reaccionó y dijo:
¬óVeo luz all√° delante.
Mir√© y vi que era cierto. Mientras me hab√≠a quedado paralizado por la duda, el extremo del t√ļnel se hab√≠a iluminado de alg√ļn modo. Los ojos de Tegid, privados hasta entonces de visi√≥n, lo hab√≠an percibido antes que los m√≠os. La luz, tenue y d√©bil, se iba haciendo m√°s intensa.
En el mundo exterior era la hora del alba. Habíamos caminado bajo tierra durante la noche, y ahora el pasadizo se había iluminado porque fuera estaba amaneciendo. Si hubiéramos vuelto sobre nuestros pasos, no nos habríamos dado cuenta y quizá no habríamos podido hallar nunca el camino de salida.
Se me ocurri√≥ de pronto que las dudas que me hab√≠an asaltado eran una triqui√Īuela de Nudd, una estratagema sutil para desviarnos del camino correcto. Pero no hab√≠amos ca√≠do en su trampa. Ahora ten√≠amos la seguridad de que no nos hab√≠amos equivocado de direcci√≥n; m√°s a√ļn, de que est√°bamos muy cerca del final de nuestro viaje. A decir verdad, tambi√©n est√°bamos muy cerca del final de nuestra resistencia f√≠sica.
—Valor —dije más para mí que para Tegid—. Ya falta poco.
Aquel trecho resultó el más difícil de todo el camino. El angosto pasillo se abría paso entre rocas que surgían del suelo y bloques de piedra que sobresalían de las paredes, de modo que nos veíamos obligados unas veces a arrastrarnos sobre la barriga y otras a avanzar con el rostro pegado a la fría roca salvando a gatas los pedruscos, bajo el abrumador peso de nuestros fardos.
Segu√≠amos penosamente la marcha con los ojos fijos en la luz que se filtraba por la abertura. El resplandor no aumentaba ni decrec√≠a, sino que segu√≠a brillando d√©bilmente all√° delante. Avanz√°bamos con las rodillas y los codos desollados. Pese a nuestro empe√Īo y obstinaci√≥n, parec√≠a que no podr√≠amos llegar nunca a nuestro destino.
Hac√≠a tiempo que nuestras botas no eran m√°s que jirones de piel y nuestros vestidos puros andrajos, y ten√≠amos el rostro surcado por regatones de sudor y sangre. Por fin, cuando nuestros m√ļsculos ya no nos obedec√≠an, cuando nuestros pies se negaban a dar un paso m√°s, cuando nuestros huesos se quebraban de cansancio, llegamos al final.
El pasadizo terminaba en un muro. La luz que hab√≠amos visto se filtraba por una hendedura vertical. De arriba hab√≠an ca√≠do algunos copos de nieve y o√≠amos el aullido del viento que chocaba contra las rocas de la entrada abierta en alg√ļn lugar all√° arriba. Al mirar la altura que ten√≠amos que salvar nos invadi√≥ la desesperaci√≥n. Y no √©ramos los √ļnicos a quienes la desesperaci√≥n hab√≠a sorprendido en aquel lugar de desolaci√≥n. En efecto, cuando soltamos nuestros fardos y miramos hacia la luz, Tegid vislumbr√≥ un mont√≥n de andrajos parcialmente cubiertos por la nieve.
—La muerte ha sorprendido a uno de los asesinos —comentó, sacudiendo con el pie el cadáver—. Lleva bastante tiempo muerto.
Me reuní con él mientras el bardo procedía a arrastrar el cuerpo hasta la luz. Al quitarle los andrajos, resultó que aquellas blancas y congeladas facciones, aquellos ojos desorbitados y fijos, aquella boca abierta en un gesto de sorpresa pertenecían a Ruadh, el bardo del príncipe. Lo había visto sólo un par de veces, pero lo reconocí sin lugar a dudas.
¬ó¬ŅCrees que se cay√≥? ¬ópregunt√© alzando los ojos hacia la abertura.
—No —contestó Tegid, levantando el manto del muerto.
Una mancha negruzca, ya seca, cubría la parte superior del pecho del bardo.
—Quienquiera que estuviera con él, esperó a que le mostrara el camino de salida y luego lo mató para preservar el secreto.
Ahora ya sabíamos quién había matado al Phantarch y también sabíamos que Ruadh no había actuado solo.
¬ó¬ŅC√≥mo sab√≠an la existencia de este pasadizo? ¬óinquir√≠.
—Lo sabremos cuando descubramos quién estaba con Ruadh. — Se levantó y miró hacia la abertura—. Vamos, no podemos hacer nada más aquí y en cambio nos necesitan con urgencia en otro lugar.
Nos apostamos justo debajo de la abertura; entonces entrecrucé las manos y aupé a Tegid por el pozo. El bardo fue escalando, apoyando la espalda en una pared del pozo y los pies en la otra, hasta que desapareció entre la neblinosa luz que se filtraba por la abertura.
Después de lo que me pareció una eternidad lo oí llamarme. Me erguí expectante. El cabo de una cuerda me dio en la cara y oí el eco de la voz de Tegid que gritaba:
—Ata uno de los fardos a la cuerda. Lo izaré.
Contemplé cómo el primer fardo ascendía lentamente hacia la abertura. Al cabo de un rato volví a oír la voz de Tegid, y echó la cuerda para que atara el segundo. Entonces me tocó el turno a mí. Hice una lazada en el extremo de la cuerda y la usé para darme impulso; luego, siguiendo el ejemplo de Tegid, escalé el pozo vertical. Tegid me ayudó a salir del agujero. Después nos dejamos caer sobre la nieve y permanecimos un rato tumbados junto a la boca del pozo. Hacía frío y el viento nos azotaba el rostro. Pero, después de respirar tanto tiempo la insana oscuridad y el aire fétido de las profundidades subterráneas, aquel frío seco nos parecía una bendición. Nos hacía revivir y nos daba ánimos para nuestros propósitos.
Habíamos salido a la superficie por un pozo seco que en otros tiempos había servido para las cocinas que había tras el pabellón real. Desde allí no podíamos ver la puerta ni la muralla oriental, pero aguzamos el oído unos momentos y, por encima del ulular del viento, oímos los espantosos aullidos de los coranyid y supimos que continuaban sus ataques al pie de los muros. Habíamos llegado a tiempo.
Miré los pedruscos que habíamos traído de la tumba del Phantarch con un sobrehumano sacrificio de fatiga y esfuerzo. A la fría y tenue luz de aquel tenebroso día de sollen, aquellos dos fardos de pedruscos me parecieron un arma insignificante e impotente contra aquellos enemigos tan poderosos e irreductibles.
Tegid me contempló unos instantes temblando. Luego, apoyando su mano en mi hombro, se puso primero de rodillas y enseguida de pie.
—Vamos, hace mucho frío. Empiezo a echar de menos mi manto.
Me puse en pie tambaleándome sobre mis débiles piernas y cogí otra vez el fardo.
¬óMuy bien ¬ódije carg√°ndomelo a la espalda¬ó, hagamos lo que tenemos que hacer.
Apenas pod√≠a mantenerme en pie y a√ļn menos obligar a caminar a mis entumecidos miembros. No pensaba en el fr√≠o, ni en la fatiga o el cansancio, ni siquiera en lo que har√≠a si mi rid√≠culo plan fallaba. En el palacio la chimenea estaba encendida. Me aferr√© a esa imagen con todas mis fuerzas. Cuanto antes me librara de mi fardo, antes podr√≠a sentarme junto a la chimenea de Meldryn Mawr y descansar..., descansar como un bendito. Eso era lo √ļnico que me preocupaba; la imagen de una copa humeante en mi mano y unas ropas secas sobre mis entumecidos miembros fue lo que logr√≥ que mi cuerpo se moviera.
Atravesamos fatigosamente el patio y nos dirigimos a las murallas. Los guerreros de las almenas nos contemplaron con expresi√≥n extra√Īa. Nos examinaron de arriba abajo asustados y perplejos, pero nadie pronunci√≥ ni una palabra.
Lo encontr√© muy extra√Īo y los llam√© para que nos ayudaran a subir los fardos, pero ninguno se movi√≥.
¬ó¬ŅQu√© les pasa? ¬ópregunt√© enfadado a Tegid¬ó. ¬ŅPor qu√© nos miran de ese modo? ¬ŅEs que no me han o√≠do?
¬óS√≠ te han o√≠do ¬órepuso Tegid en tono extra√Īo.
¬ó¬ŅEs que se han quedado congelados ah√≠ arriba?
¬óNo ¬ódijo Tegid sacudiendo la cabeza¬ó. No se han quedado helados.
¬ó¬ŅQu√© demonios les pasa entonces? ¬ŅPor qu√© no vienen a ayudarnos?
El bardo no contest√≥. Se carg√≥ el fardo a la espalda y se√Īal√≥ los escalones helados que sub√≠an a las murallas.
¬ó¬ŅSubes t√ļ primero o lo hago yo?
Subimos penosamente los escalones. Ni un condenado al cadalso ha conocido jam√°s una ascensi√≥n tan lenta y dif√≠cil. La fatiga y el letargo me paralizaban los miembros como grilletes de hierro. Me temblaban las piernas. El coraz√≥n me lat√≠a apresuradamente; el aliento me abrasaba la garganta. S√≥lo deseaba soltar el fardo que llevaba a la espalda. ¬°Qu√© estupidez acarrear pedruscos! Sin duda unos momentos de descanso no pod√≠an causar ning√ļn mal.
Descansar..., descansar y dormir...
No. No habr√≠a descanso ni sue√Īo hasta que acabara el trabajo que ten√≠a que hacer. Cada paso que daba parec√≠a durar una eternidad. Temblando de fr√≠o y cansancio, segu√≠a subiendo y subiendo. ¬°Qu√© fatigado me sent√≠a! Muy fatigado...
Alc√© la vista hacia las almenas y vi a los guerreros inm√≥viles con la misma expresi√≥n de asombro que antes. ¬ŅPor qu√© no me echaban una mano? ¬ŅPor qu√© me miraban de aquel modo? ¬ŅEs que nadie iba a mover un dedo para ayudarme?
Una neblina oscura me nubló la visión, ocultándome los rostros de los guerreros. Cerré los ojos, levanté el pie para alcanzar el escalón siguiente y perdí el equilibrio. Caí de bruces y me golpeé las rodillas con el escalón. El fardo que llevaba a la espalda se ladeó y por poco me saca el brazo de sitio. Todos los nervios y tendones me suplicaban a gritos que soltara la carga que asía con tanta firmeza, que la dejara ir, que la dejara caer. Al fin y al cabo no valía la pena sacrificar la vida a aquel fardo. Pero mis manos no obedecieron; heladas como la muerte seguían aferradas al saco.
El dolor me hizo llorar, y las l√°grimas se helaron y se quedaron pegadas a mis mejillas.
Aunque me temblaban las rodillas, logré vencer el dolor y alejar la negra neblina que me embotaba los sentidos. Recuperé la visión, levanté el fardo y me lo cargué a la espalda; me incorporé y seguí subiendo escalón tras escalón.
Por fin me encontré en las almenas, encogido bajo el peso del saco y rodeado por los asombrados guerreros; supuse que me contemplaban asombrados por mi tonta e insensata estupidez, mientras el viento agitaba furioso mis andrajos y me azotaba la piel.
Me acerqué al parapeto y dejé el fardo en el suelo. Tegid se apostó tambaleante a mi lado y ambos nos asomamos a las almenas y contemplamos la pululante masa de coranyid que se apelotonaban junto a la muralla. Me parecieron más espantosos y atroces de lo que recordaba: enormes y monstruosos cuerpos rojos con forma de sapo junto a raquíticos engendros esqueléticos con patas flacas como husos; filas interminables de demonios con forma de escamosos reptiles; huestes de diablos desnudos en cuclillas con forma semihumana, enormes genitales y cabezas apergaminadas...
Vi cuerpos retorcidos, hinchados, deformes, mutilados, rostros burlones y lujuriosos, y ard√≠ en c√≥lera ante su sacr√≠lego j√ļbilo. Me inclin√© hacia el bulto que hab√≠a dejado a mis pies y me afan√© por desatarlo, temiendo de pronto que fuera demasiado tarde, que ning√ļn poder en la tierra fuera capaz de detener la maldad que se hab√≠a desatado contra nosotros.
Mis manos luchaban con el nudo, tan congelado y r√≠gido con el sudor de mis manos que no ced√≠a. Mir√© en torno con desesperaci√≥n y arranqu√© la lanza de manos del guerrero que estaba m√°s cerca. Desgarr√© el manto con la punta de la lanza. Las piedras se esparcieron por la nieve, sucias e incoloras a la p√°lida luz del d√≠a. Me extra√Ī√≥ su sombr√≠a y triste apariencia. Seguramente hab√≠a cometido un error. De pronto mi plan se me antoj√≥ absurdo y pat√©tico. Iba a resultar un fracaso.
Alcé la mirada y tropecé con los ojos de Tegid. Interpretó mi vacilación como si no supiera qué piedra escoger y me dijo:
—Permíteme, hermano; coge ésta.
Cog√≠ la piedra que me tend√≠a, me puse en pie y me asom√© al parapeto. El viento soplaba tan fuerte que estuvo a punto de arrebatarme la piedra. Los coranyid se mov√≠an al pie de la fortaleza como un oc√©ano sacudido por los vientos; gritaban, gem√≠an, se agarraban al muro con sus espantosas manos. Me invadieron de pronto el asco y la repulsi√≥n. Con un movimiento r√°pido alc√© la piedra y la arroj√© sobre las odiosas cabezas que se api√Īaban junto a la muralla.
Vi cómo caía dando vueltas. Los demonios salieron en desbandada mientras el pedrusco se hacía trizas al chocar con la escarpa rocosa.
Al instante el aire se llen√≥ de aquel sonido, aquel incomparable ta√Īido de arpa, aquel acorde sostenido que hab√≠a o√≠do en la c√°mara del Phantarch. El extraordinario sonido sali√≥ de la piedra que lo conten√≠a y se esparci√≥ por los aires en una explosi√≥n de vibrante m√ļsica.
Los demonios coranyid huyeron; antes de que pudieran reagruparse, Tegid me tendi√≥ otra piedra que me apresur√© a arrojar. El segundo pedrusco se estrell√≥ contra las pe√Īas al pie de la muralla y produjo un ondulante y jubiloso sonido que se levant√≥ en esplendorosas oleadas y se extendi√≥ como si fuera a tragarse el mundo entero.
Mientras en el aire a√ļn resonaban los magn√≠ficos acordes, Tegid ya ten√≠a otra piedra preparada. La alc√© por encima del parapeto y se hizo a√Īicos contra el pie de la muralla. Cada fragmento produc√≠a una resplandeciente nota de plata de asombrosa belleza que resonaba en los picos de las monta√Īas que nos rodeaban.
Los guerreros que estaban junto a nosotros en el muro oyeron el sonido y se transfiguraron. Del palacio del rey muchos hombres salieron en tropel al patio. Se quedaron inm√≥viles en la nieve, mirando asombrados las monta√Īas que devolv√≠an aquella m√ļsica extra√Īa y delicada.
Yo me inclin√© sobre el saco, cog√≠ una brazada de piedras y las repart√≠ entre los guerreros que estaban m√°s cerca. Tegid me imit√≥, y a una se√Īal m√≠a todos arrojamos las piedras encantadas contra los coranyid. Esta vez el sonido explot√≥ en un atronador repique de jubiloso canto coral.
Los demonios se acobardaron ante el sonido y se arrugaron como la carne ante un hierro candente. Se revolvieron y retiraron entre aullidos y alaridos, retorciéndose de dolor y pisoteándose unos a otros en su afán de huir del ataque de las piedras cantarinas.
La gente reunida en el patio oyó el maravilloso sonido y corrieron hacia las almenas para contemplar cómo los terribles coranyid huían entre gritos de agonía y cómo su odiosa presencia se disolvía como una mancha de suciedad se disuelve en el agua limpia.
Cuando los demonios parec√≠an haber emprendido una definitiva retirada, se levant√≥ un tremendo tumulto y entre aquel amasijo pululante surgi√≥ una enorme figura vestida de negro, a lomos de un gigantesco uro, negro como las alas de un cuervo. Aquel capit√°n demon√≠aco llevaba un manto negro y un escudo tambi√©n negro; en su mano derecha bland√≠a una espada larga y curvada como un colmillo y negra como el azabache: el colmillo de Wyrm. Enrollada a la garganta llevaba una serpiente, una torques viviente de piel negra y brillante y ojos amarillos como carbones ardientes. No se le ve√≠a el rostro porque lo llevaba cubierto con un yelmo de color negro. Pero no necesitaba verle la cara para saber que era Nudd, el Pr√≠ncipe de Uffern y Annwn, el temible se√Īor de los Reinos Infernales, quien acud√≠a a combatir contra nosotros montado sobre aquella extra√Īa bestia. Hab√≠a aparecido para detener la fuga de su Hueste Demon√≠aca.
La tenebrosa figura de Nudd avanz√≥ lentamente hacia la muralla. Los coranyid, detenidos por la s√ļbita aparici√≥n de su se√Īor, se api√Īaron tras √©l y sus gemidos de agon√≠a se transformaron en alaridos de enloquecida alegr√≠a. Volv√≠an a acercarse a la fortaleza en un repulsivo amasijo.
R√°pidamente, Tegid y yo fuimos repartiendo a lo largo de las murallas las piedras cantarinas, que iban pasando de mano en mano hasta que todos los que se hab√≠an reunido en las almenas ¬óhombres, mujeres e incluso ni√Īos¬ó tuvieron una piedra en sus manos.
Nudd alzó el colmillo de Wyrm. La negra espada trazó un círculo en el aire, y al instante se reunieron negras nubes de tormenta. El viento adquirió la fuerza de la galerna, nos arrancó las piedras de las manos y azotó y arrastró a todos los reunidos en las almenas. El viento feroz lo arrasaba todo. La nieve y el hielo nos cegaban. Algunos sucumbieron ante el helado asalto del frío y del viento, pero otros ocuparon de inmediato sus puestos y la línea de defensa permaneció intacta.
Nudd segu√≠a avanzando. Su temible silueta se agrandaba a cada paso, se agigantaba a medida que se acercaba. Yo no pod√≠a ver el rostro escondido bajo el yelmo, pero la maldad del se√Īor de las tinieblas me atraves√≥ como la punta de un afilado cuchillo. El coraz√≥n me golpeaba con violencia las costillas.
Aquel enemigo era más formidable de lo que hubiera podido creer, más poderoso de lo que hubiera podido imaginar. No podríamos escapar de su ira. Nos aplastaría bajo sus pies como polvo. A decir verdad ya estaba arrebatándonos la vida de nuestras manos. Mis dedos estaban rígidos e insensibles; ya ni siquiera sentía el contacto de la piedra que sostenía en mis manos.
Nudd baj√≥ la negra espada y sus servidores se lanzaron al ataque, agarr√°ndose a los muros para escalar las verticales paredes de la fortaleza. Yo sab√≠a que los guerreros estaban aguardando a que les diera la se√Īal para arrojar las piedras. Me estaban mirando, esperaban que les diera la orden. Pero era incapaz de hacerlo. ¬ŅQui√©n era yo para creer que pod√≠a burlar a tan poderoso enemigo?
Desvié los ojos de sus expectantes miradas. Desvié los ojos y los cerré.
En aquel preciso instante sentí que una mano firme se posaba sobre la mía. Abrí los ojos y me encontré con la límpida y firme mirada de Meldryn Mawr. No sé cuándo había aparecido ni de dónde. Debilitado por el hambre y la sed, flaco y tambaleante, allí estaba junto a mí, sosteniendo mi temblorosa mano. El rey no dijo nada, pero con la fuerza de su mano me contagió su coraje y me devolvió el valor.
Me di la vuelta y vi que la cabeza y los hombros de Nudd se cernían sobre el parapeto. La vastedad y la fuerza de su odio lo hacían inmenso. Estaba a punto de aplastarnos. Miré al rey; Meldryn inclinó la cabeza permitiéndome que diera la orden.
—¡Ahora! —grité.
Alcé la piedra por encima de la cabeza y la arrojé contra el tenebroso rostro de Nudd con toda la fuerza de que fui capaz.