34 - Domhain dorcha

¬óLo han asesinado ¬ódijo Tegid con voz l√ļgubre¬ó. La Canci√≥n ha sido silenciada y no puede ser recuperada.
Parecía perdido, cansado, derrotado.
¬óHemos venido en vano ¬óa√Īadi√≥.
Se giró para marchar, pero yo seguí inmóvil contemplando fijamente la mano sin vida que sobresalía del montón de piedras.
Tegid se dirigi√≥ hacia la boca del t√ļnel para emprender el largo camino de regreso a la c√°mara superior. Yo quise seguirlo, pero mis piernas no me obedecieron. Hab√≠amos encontrado al Phantarch, s√≠, pero alguien lo hab√≠a encontrado antes que nosotros. Lo hab√≠an matado y lo hab√≠an enterrado en Domhain Dorcha, el lugar m√°s all√° del Coraz√≥n del Coraz√≥n. S√≠, hab√≠amos logrado llegar hasta all√≠... y acuciados por una abrumadora urgencia. Por eso ten√≠a que contemplar con mis propios ojos el cad√°ver antes de creer lo que Tegid daba por irremediable y seguro.
¬ó¬ŅVienes? ¬ópregunt√≥ el bardo.
¬óNo..., no hasta que lo haya visto. Quiero comprobar con mis propios ojos que est√° muerto.
—¡Todo ha acabado! —rugió Tegid—. Es el final. No podemos hacer nada.
—No me marcharé sin haberlo visto —insistí con terquedad—. Vete si quieres, pero yo me quedo.
—¡Estás loco! —gritó enfadado—. ¡Eres un cabezota! Hemos venido en vano.
Le sobraban motivos para enfadarse; mi terquedad le hab√≠a hecho abrigar una √ļltima esperanza, una preciosa esperanza que se hab√≠a desvanecido de golpe. Despu√©s de tantas fatigas hab√≠a comprobado lo que desde el principio hab√≠a mantenido: el Phantarch estaba muerto, no hab√≠a esperanza de escapar del destino que nos aguardaba a nosotros y a toda Albi√≥n.
¬óTegid, te lo ruego ¬ódije¬ó. Hemos recorrido un largo camino...
Apret√≥ los labios pero no se atrevi√≥ a contradecirme. Yo me acerqu√© al t√ļmulo e, inclin√°ndome, comenc√© a retirar las piedras una tras otra. Tegid me contempl√≥ impasible unos instantes, pero cuando cay√≥ en la cuenta de que yo quer√≠a despejar el mont√≠culo acudi√≥ en mi ayuda. Clav√≥ la antorcha entre dos rocas a la cabecera del t√ļmulo y empez√≥ a retirar piedras.
Trabajamos en silencio y al cabo de un rato vislumbré un pedazo de tela blanca. Quité unas cuantas piedras más y vi una arrugada mano de color grisáceo. Continuamos retirando piedras hasta desenterrar por completo el cadáver; luego retrocedimos unos pasos para contemplar el triste resultado de nuestros esfuerzos.
El Phantarch era un hombre viejo, un anciano de edad incalculable, vestido con una t√ļnica blanca ce√Īida por un cintur√≥n de tis√ļ de oro. Llevaba un collar ancho y plano que le cubr√≠a la parte superior del pecho. En la mano derecha as√≠a un cuchillo ritual de negra obsidiana, y sobre su codo reposaba una vara de oro. En la mano izquierda no sosten√≠a nada, e iba descalzo.
El resplandor vacilante de la antorcha le confer√≠a a su rostro apariencia de vida, pero los ojos y las mejillas hundidas pregonaban lo contrario. Aunque golpeada y magullada por las piedras, la cabeza exhib√≠a a√ļn cierta nobleza. Ten√≠a los cabellos blancos, las cejas espesas, la nariz aguile√Īa, la barbilla firme y la mand√≠bula cubierta por una barba blanca; era la imagen misma de un profeta. Incluso muerto, el Phantarch conservaba toda la dignidad y venerabilidad que su presencia sin duda deb√≠a de haber inspirado.
Llevaba muerto alg√ļn tiempo, pero su cuerpo no mostraba la menor se√Īal de putrefacci√≥n o descomposici√≥n. Parec√≠a dormido, como si fuera a despertarse si le toc√°ramos la mejilla; pero cuando lo hice comprob√© la rigidez y el helor de su carne. Retir√© la mano como si hubiera tocado un hierro candente. Creo que hasta aquel preciso instante, hasta que me quem√≥ aquella helada y cer√ļlea piel, hab√≠a imaginado que el Phantarch de alg√ļn modo segu√≠a con vida. Pero entonces constat√© que Tegid estaba en lo cierto.
Mi amigo, entretanto, no emiti√≥ el m√°s breve sonido; ni un reproche, ni una iron√≠a. Se limit√≥ a contemplar el cad√°ver con mirada acongojada. Luego, se puso en pie y se dirigi√≥ hacia el t√ļnel llev√°ndose la antorcha.
Cuando la luz de la tea hubo desaparecido, me invadi√≥ una desesperaci√≥n tan abrumadora que me dej√© caer de rodillas ante el t√ļmulo. Me sent√≠a un idiota, enga√Īado y timado. Si hubiera sido m√°s r√°pido, pens√©, y m√°s listo... Me ruboric√© avergonzado y encolerizado con mi pereza y mi estupidez. Pero no. El Phantarch hab√≠a sido asesinado mucho antes de que a m√≠ se me ocurriera que deb√≠amos buscarlo, antes de que Nudd destruyera Sycharth. La noche del Cythrawl fue la noche en que el Phantarch muri√≥.
Así pues, estábamos condenados desde el principio; nuestro destino estaba decidido antes de que emprendiéramos el penoso camino hacia Findargad. Tegid tenía razón; no podíamos hacer nada, y yo era un loco. Me entraron ganas de clamar ante tanta injusticia. Nunca habíamos tenido la menor posibilidad de salvarnos.
Deseaba matar a Nudd y a los demon√≠acos coranyid, aplastarlos con mi furia. Deseaba destruirlos, borrar de la tierra su perversa presencia. Deseaba hundirlos en la suciedad y el cieno de donde se hab√≠an alzado. Tend√≠ las manos, cog√≠ una piedra de cristal y la levant√© por encima de la cabeza. Con un tremendo gemido arroj√© la piedra como habr√≠a hecho si en aquellos momentos hubiera aparecido ante m√≠ el rostro del Terrible Se√Īor.
La tir√© con tal fuerza que la piedra se hizo a√Īicos. De la piedra rota surgieron miles de chispas. Al momento la c√°mara entera explot√≥ con una luz deslumbradora, y en aquel preciso instante o√≠ el m√°s incre√≠ble de los sonidos.
Parec√≠a m√ļsica, semejante a la de un arpa ta√Īida por la mano h√°bil de un bardo. Era como si una mano invisible hubiera tocado un acorde triunfal; parec√≠a el √ļltimo comp√°s de una alegre canci√≥n cuya melod√≠a inflamara el coraz√≥n. El espl√©ndido sonido inund√≥ toda la c√°mara, resonando y penetrando en todas las hendeduras y fisuras, en todas las grietas y rincones de las subterr√°neas cavernas, para seguir retumbando en las paredes de roca. El cristal de los muros de la c√°mara comenz√≥ a brillar con una luz irisada e intensa, como nacida de las chispas de la piedra hecha a√Īicos.
Y al tiempo que mis o√≠dos se llenaban de aquellos espl√©ndidos acordes y la luz deslumbraba mis ojos, mi mente fue arrastrada por una vertiginosa riada de brillantes im√°genes. Como borracho de dorado hidromiel, a trav√©s de una mareante y confusa neblina, vi una magn√≠fica sucesi√≥n de im√°genes, una deslumbradora visi√≥n de un mundo rico y espl√©ndido: un mundo colmado de vida, belleza y gracia; un hermoso mundo revestido de verdes y azules, los incomparables verdes de la yerba y los √°rboles, de las colinas y los bosques, y los radiantes azules de hermosos cielos y de vividas aguas; un mundo creado para los hombres y adornado con toda clase de bienes, alimentos y comodidades; un mundo iluminado por la paz, en el que toda virtud era ensalzada y alabada por la propia esencia de su naturaleza. En efecto, desde la hoja m√°s insignificante hasta la monta√Īa m√°s grande, todo testimoniaba una inconmensurable y omnipotente bendici√≥n de gloria, bondad y justicia.
Mi visi√≥n era cada vez m√°s viva y fant√°stica. Ve√≠a resplandecientes arcos iris en torno a todo lo que miraba, fueran √°rboles o monta√Īas, p√°jaros o bestias. Ve√≠a todas las cosas l√≠mpidas, claras y n√≠tidas como puntas de lanza reci√©n bru√Īidas; resplandec√≠an con la luminosidad del sol y se engalanaban con la alegre luz de los colores del arco iris. Se me hab√≠a agudizado el sentido del o√≠do: o√≠a el grito del √°guila cazadora que volaba en c√≠rculo por los cielos de Ynys Sci; o√≠a sobre las hojas secas las suaves pisadas de un tej√≥n salvaje que recorr√≠a las sendas boscosas de Ynys Oer; o√≠a el chapoteo de la ballena azul que agitaba las aguas de las profundidades marinas.
Y por encima de todo o√≠a aquella m√ļsica. ¬°Y qu√© m√ļsica! O√≠a el salvaje son de las flautas y los hechizantes acordes del arpa: ¬°diez mil flautas y miles y miles de arpas! O√≠a voces de muchachas que entonaban dulces y cimbreantes melod√≠as, tan hermosas y bellas que no se pod√≠an escuchar sin sentir dolor en el coraz√≥n. O√≠a el toque de trompeta del carynx y el agudo sonido del cuerno de caza. O√≠a el r√≠tmico latir del tambor, el atronador, violento e hipn√≥tico retumbar del bodhran. O√≠a todo lo que suced√≠a en el mundo, pero amplificado, intensificado, magnificado hasta la exaltaci√≥n en infinitos acordes entretejidos, siempre cambiantes, siempre nuevos, siempre frescos, como si acabaran de nacer, como si fuesen a conservar para siempre su pureza.
Mientras me dejaba arrastrar por la riqueza de tan extraordinaria exhibici√≥n, ca√≠ en la cuenta de que estaba contemplando Albi√≥n, pero una Albi√≥n m√°s hermosa, m√°s noble, m√°s pura que la que yo conoc√≠a. Era de una pureza indecible, inmaculada, sin defecto ni tacha. Era la misma esencia de Albi√≥n, destilada como un preciado elixir en un √ļnico y resplandeciente √°tomo de una perfecci√≥n y excelencia sin par.
Embriagadora y magn√≠fica, esta maravillosa revelaci√≥n casi me priv√≥ del sentido. Me sent√≠a mareado de felicidad y deleite. Abr√≠ la boca para re√≠r, y al momento se me llen√≥ de una abrumadora dulzura, no empalagosa como la miel, sino delicada y distinta, de un sabor tan extra√Īo y fino como jam√°s hasta entonces hab√≠a degustado. Me lam√≠ los labios y sabore√© la misma dulzura, que tambi√©n estaba en el aire, en todas partes.
Aquella magn√≠fica combinaci√≥n de vista, o√≠do y gusto me desbord√≥ y me ech√© a re√≠r a carcajadas. Re√≠ y re√≠ hasta que mis carcajadas devinieron l√°grimas, y no s√© qu√© me proporcion√≥ m√°s alivio. Me sent√≠a como cautivo en un √©xtasis de luz y m√ļsica. Formaba ya parte del sonido que se levantaba en torno. Era como una gota solitaria que se fund√≠a en el vasto oc√©ano de aquel maravilloso sonido. Como la espuma barrida por las olas, ten√≠a la sensaci√≥n de ser arrastrado por el imponente y abrumador poder de la m√ļsica, que flu√≠a a mi alrededor y dentro de m√≠; me fund√≠a en ella, me mezclaba con ella, formaba parte de m√≠ como el sonido de la flauta forma parte del aliento que la origina. Me convert√≠ en sonido; era sonido.
Luego, tan rápidamente como se había originado, cesó el glorioso sonido.
Me tambale√© unos instantes como si fuera a caer y volv√≠ en m√≠ con una sacudida. O√≠ que se iba desvaneciendo el eco del acorde del arpa al tiempo que se apagaba el resplandor luminoso de la c√°mara. Y comprend√≠ que todo lo que hab√≠a visto, o√≠do y sentido hab√≠a transcurrido en la brevedad de unos instantes, en la fracci√≥n de un p√°lpito, en el espacio de tiempo en que la piedra se hizo a√Īicos. Y, sin embargo, en los brev√≠simos momentos que dur√≥, la m√ļsica parec√≠a atemporal, completa, eterna. Comprend√≠ entonces el significado de la esplendorosa visi√≥n contenida en la melod√≠a que hab√≠a o√≠do.
Hab√≠a o√≠do la Canci√≥n de Albi√≥n. No la canci√≥n completa, ni siquiera un fragmento peque√Īo; s√≥lo hab√≠a o√≠do la astilla de una sola nota. Y aquel insignificante pedacito me hab√≠a conferido una energ√≠a, una sabidur√≠a y un poder inimaginables. Hab√≠a sido tocado por la Canci√≥n, y, aunque hab√≠a sido una lev√≠sima caricia, era consciente de que me hab√≠a transformado total y profundamente.
No supe hasta qué punto ni de qué forma se había manifestado el cambio, hasta que Tegid regresó antorcha en mano.
¬ó¬ŅQu√© fue eso? ¬ódijo precipit√°ndose en la c√°mara¬ó. ¬ŅQu√© ha sucedido?
¬ó¬ŅLo o√≠ste? ¬ópregunt√© mir√°ndolo.
Casi se le cayó la antorcha de la sorpresa. Retrocedió unos pasos con la mano extendida hacia delante presa del pavor.
¬ó¬ŅQu√© ocurre, hermano? ¬óinquir√≠ acerc√°ndome a √©l.
Pero Tegid no contestó; me miraba fijamente como si me estuviera viendo por primera vez.
¬ó¬ŅQu√© miras, Tegid? ¬óle pregunt√©, y como segu√≠a sin contestarme comenc√© a inquietarme¬ó. ¬°Deja de mirarme y cont√©stame de una vez!
Entonces se me acercó, pero con cautela, con el rostro semivuelto, como si recelara que fuera a golpearlo. La antorcha vacilaba en su mano; temí que fuera a dejarla caer y se la cogí. Tegid se encogió de miedo y la soltó.
¬ó¬°Por favor, se√Īor! ¬ógrit√≥¬ó. ¬°No puedo soportarlo!
¬ó¬ŅSoportarlo? ¬ŅQu√© est√°s diciendo? Tegid, ¬Ņqu√© te ocurre? ¬ódije haciendo adem√°n de acercarme un poco m√°s.
El bardo retrocedió cubriéndose la cabeza con los brazos. Yo me detuve.
¬ó¬ŅPor qu√© te comportas as√≠? ¬°Tegid! ¬°Resp√≥ndeme! ¬óle rogu√© alzando la voz, que reson√≥ en la c√°mara de cristal y se expandi√≥ por los recovecos subterr√°neos como el repique de un trueno.
Tegid se derrumb√≥ como si hubiese recibido un golpe. Me acerqu√© a √©l y me pareci√≥ que contemplaba su acurrucado cuerpo desde una gran altura. Comenc√© a temblar. Mis miembros rilaban y me sacud√≠an violentos espasmos; todos mis m√ļsculos y mis √≥rganos internos se estremec√≠an y agitaban incontroladamente.
¬ó¬°Tegid! ¬ógrit√©¬ó. ¬ŅQu√© me est√° pasando?
Ca√≠ retorci√©ndome al suelo; los dientes me casta√Īeteaban y babeaba por las comisuras de la boca. Extra√Īas palabras, palabras que no conoc√≠a, se atropellaban en mi garganta y me abrasaban la lengua como fuego. Mientras las pronunciaba, sent√≠a que mi cuerpo se fund√≠a. Yo era s√≥lo un esp√≠ritu que se desprend√≠a de sus huesos, que se libraba de sus grilletes, que crec√≠a y crec√≠a dentro de mi cuerpo como si atravesara capas de una atm√≥sfera m√°s densa y subiera a regiones superiores de claridad y luz, para convertirse en un esp√≠ritu puro capaz de liberarse de la prisi√≥n torpe, inc√≥moda y terrenal que lo constre√Ī√≠a. Me hab√≠a convertido en un esp√≠ritu y volaba alto, muy alto, tan alto como los promontorios que se elevaban sobre el mar, tan alto como los picos de Cethness, tan alto como el √°guila dorada que sobrevolaba Ynys Sci...
Despu√©s me hund√≠ en el suave y oscuro coraz√≥n de un silencio omn√≠modo, un silencio a√ļn m√°s espl√©ndido que la m√ļsica y la luz de mi primera revelaci√≥n. En efecto, en ese silencio o√≠ la perenne estabilidad de la solidez de lo creado: eterna e inmutable, irreductible e inexpugnable, de una abundancia y riqueza inagotables, completa y absoluta, defensa y basti√≥n de todo lo que exist√≠a o pudiera existir alguna vez.
Me sumerg√≠ en aquel bendito silencio y dej√© que me cubriera con su paciente y firme ternura. Me abandon√© a √©l y me recibi√≥ como el vasto oc√©ano recibe el grano de arena que se hunde en sus insondables profundidades. Y me encontr√© as√≠ en el inm√≥vil centro en torno al cual gira la danza de la vida; entr√© a formar parte de la paz perfecta que es la fuente de todo lo que existe. Me hund√≠ en el todopoderoso solaz del silencio en el que hab√≠a penetrado y que me colm√≥ absolutamente; y al hundirme en √©l me sent√≠ abarcado por un abrazo eterno e infinito, me sent√≠ abarcado y sostenido por unos brazos amorosos, como un ni√Īo perdido en el cari√Īoso y protector abrazo de su madre.
Me desperté, si es que fue un despertar, en medio de una oscuridad tan negra como la pez. Había soltado la antorcha y se había apagado. Estaba tendido de costado en el suelo, con las rodillas encogidas y la cabeza hundida en el pecho. Me incorporé lentamente. Al notar que me movía, Tegid me llamó:
¬ó¬ŅD√≥nde est√°s, se√Īor?
—Aquí, Tegid —respondí.
Me dolían la cara, la cabeza y los miembros. Me había dado golpes por todos lados y tenía el cuerpo dolorido.
Oí en la oscuridad un roce de ropas y después sentí que Tegid me tocaba el hombro tanteando en las tinieblas.
¬ó¬ŅEst√°s herido?
—No creo —repuse meneando sin cesar mi dolorida mandíbula—. No me he roto nada. Creo que podré ponerme en pie.
¬óHe encontrado la antorcha, pero se ha apagado. No puedo volverla a encender ¬ódijo el bardo, y a√Īadi√≥ con cierto desespero¬óNo s√© c√≥mo podremos encontrar otra.
Logré ponerme en pie y me tambaleé unos instantes. Fui recobrando las fuerzas... y la vista. No sé cómo sucedió, pero lo cierto es que podía ver. Pese a que reinaba una total y absoluta oscuridad, podía distinguir una luz tenue, como en el interior de uno de los almacenes de Meldryn Mawr. Podía ver en la oscuridad. ¡Podía ver!
Sin embargo, en aquellos momentos no lo juzgu√© demasiado extraordinario; lo atribu√≠ a un efecto de la luz que momentos antes me hab√≠a deslumbrado. Me alegr√© de poder ver, pero no me sorprend√≠. Me parec√≠a extra√Īamente natural que pudiera ver, que mis ojos pudieran penetrar con tanta facilidad las tinieblas.
—No te preocupes, hermano —lo tranquilicé—. No hay nada que temer.
A continuación le expliqué que podía ver lo bastante como para encontrar el camino de regreso.
Me dirigí al montón de piedras en el que yacía el cuerpo sin vida del Phantarch. Había muerto, pero la canción, la Canción de Albión, no había muerto con él. El sabio Phantarch se había encargado de que no muriera. Supongo que los asesinos, sin atreverse a despertar a alguien tan poderoso, se habían limitado a cubrir con piedras el cuerpo yacente, y así habían arrebatado poco a poco la vida del dormido Phantarch. Pero antes de morir el astuto bardo había encontrado el modo de preservar su precioso tesoro.
Con poderosos hechizos el infortunado Phantarch había encadenado la Canción a las piedras que lo habían cubierto y causado la muerte. La Canción no se había perdido. Vivía en las piedras desperdigadas a mis pies.
Me dirig√≠ apresuradamente al otro lado de la c√°mara y comenc√© a inspeccionar el muro. Hab√≠a recorrido aproximadamente la mitad de la circunferencia cuando descubr√≠ algo que no hab√≠a podido ver a la luz de la antorcha: un pasadizo bajo, cuya entrada estaba obstruida con pedruscos y rocas. Se me ocurri√≥ que quiz√° los asesinos del Phantarch no hab√≠an llegado a la c√°mara de cristal por donde hab√≠amos venido Tegid y yo. Parec√≠a como si hubiesen accedido a la c√°mara desde el exterior y despu√©s hubiesen utilizado las piedras del t√ļnel que hab√≠an practicado para cubrir con ellas al Phantarch y matarlo mientras dorm√≠a.
¬óTegid ¬ódije volviendo otra vez junto al t√ļmulo y quit√°ndome el manto¬ó, date prisa, qu√≠tate el manto y exti√©ndelo en el suelo.
¬ó¬ŅPara qu√©? ¬ópregunt√≥ el bardo mirando en direcci√≥n a mi voz.
—Te lo explicaré mientras trabajamos, pero obedéceme y deprisa. Debemos apresurarnos y rogar al Supremo Sabedor que no sea demasiado tarde.