33 - En el corazón del corazón

Nos escabullimos silenciosamente en la ventosa noche; las luces del palacio se derramaban como bronce fundido en la nieve del patio. Las antorchas que llevábamos vacilaban con las ráfagas de viento produciendo el sonido de un aleteo. Tapándome el rostro con un pliegue del manto, seguí a Tegid a través de la oscura explanada de nieve.
En lo alto de los muros brillaban las antorchas de los centinelas. Se oían los alaridos de los coranyid que pululaban al pie de las murallas y los gritos de los centinelas que arrojaban piedras sobre aquellos engendros demoníacos.
Tegid me condujo hasta una peque√Īa casa de piedra que se levantaba entre las sombras del palacio real. Era un almac√©n de pieles, lanas y otras mercanc√≠as. Ol√≠a a oveja y estaba repleta de balas de vell√≥n y de pieles curtidas de buey enrolladas y amontonadas junto a las paredes; hab√≠a adem√°s bloques de cera de abeja y fardos de lana cardada para tejer. El tejado estaba recubierto de brezo y musgo, el suelo era de madera y no hab√≠a ninguna ventana.
En medio de la habitación se alzaba un poste y junto a éste había una trampilla. Tegid se acercó a la trampilla, me tendió la antorcha y bajó por una escalera de mano de madera. Desapareció en aquel recuadro de oscuridad y poco después lo oí decir:
¬óDame las antorchas.
Me asom√© al borde de la trampilla y le tend√≠ primero una antorcha y despu√©s la otra. Luego me agarr√© al poste y descend√≠ en plena oscuridad tanteando los pelda√Īos con los pies. Por debajo del nivel del suelo, el reducido agujero se convert√≠a en un estrecho pasillo, cuya altura apenas permit√≠a estar erguido.
—Por aquí —me indicó Tegid tendiéndome una antorcha.
Otros dos pasillos se abr√≠an a cada lado, pero Tegid se intern√≥ por el de en medio con la cabeza y los hombros encogidos. Nuestro aliento sub√≠a en jirones retorcidos de vapor hasta el techo de piedra justo encima de nuestras cabezas. A unos treinta pasos, el pasillo desemboc√≥ en una c√°mara m√°s ancha, cuya altura permiti√≥ que nos irgui√©ramos otra vez. A un lado de la c√°mara hab√≠a una pila de piedra excavada en el muro; un chorrillo de agua que brotaba de una ranura iba llenando el cuenco de piedra y el agua sobrante iba a parar a una cisterna, pues desde alg√ļn lugar all√° abajo llegaba hasta nosotros el eco del constante goteo. En la pared opuesta a la pila, una cuerda pend√≠a sobre un agujero circular abierto en el suelo.
Tegid se dirigió hacia el agujero y me tendió su antorcha. Cogió la cuerda, avanzó hasta el borde del agujero y se dejó caer.
¬óHay pelda√Īos en el muro ¬óme dijo cuando hubo llegado abajo¬ó. Ag√°rrate a la cuerda y t√≠rame las antorchas.
Siguiendo sus instrucciones y su ejemplo, agarré con fuerza la cuerda y arrojé las antorchas por el agujero. Tegid las cogió y las levantó para que yo pudiera ver las ranuras excavadas en el muro de roca. Medio descolgándome y medio bajando por aquellos escalones verticales, llegué a una habitación amplia, redonda y abovedada que era ni más ni menos que el interior de la cisterna. Una repisa de piedra bordeaba el oscuro y profundo estanque de agua. Sin pronunciar ni una palabra, Tegid me tendió la antorcha, se dio la vuelta y empezó a caminar por el reborde. Nos detuvimos junto a una hendedura que se abría un metro por encima del reborde, a medio camino de la circunferencia de la cisterna.
Dejamos las antorchas en dos peque√Īos agujeros, nos empinamos hasta la hendedura y nos encontramos en otro pasillo. Volvimos a coger las antorchas y nos internamos en el pasadizo, primero a gatas, luego en cuclillas y por √ļltimo de pie, a medida que el techo iba ganando altura. Aunque el pasillo estaba a oscuras, excepto la esfera de luz que nos procuraban nuestras peque√Īas y oscilantes antorchas, podr√≠a jurar que iba descendiendo lentamente y dibujando una suave curva hacia dentro. Los muros estaban h√ļmedos, y desde el techo invisible escurr√≠a y goteaba incesantemente el agua. Quiz√° fuera por el esfuerzo del ejercicio f√≠sico, pero el pasillo parec√≠a caldeado y al cabo de cierto tiempo empec√© a notar en la cara y el cuello un sudor h√ļmedo.
No podr√≠a decir durante cu√°nto tiempo anduvimos por aquel pasillo. Perd√≠ la cuenta de los pasos y me pareci√≥ que llev√°bamos caminando toda la noche. De vez en cuando el pasadizo se estrechaba y nos ve√≠amos forzados a ponernos de lado para avanzar. Otras veces se ensanchaba hasta el punto de que los muros desaparec√≠an de la esfera de luz de nuestras antorchas. A medida que avanz√°bamos, la pendiente aumentaba y el suelo se hac√≠a m√°s liso y resbaladizo, como si el pasillo hubiera sido excavado en el coraz√≥n de la monta√Īa por un r√≠o subterr√°neo. Tambi√©n comenc√© a o√≠r, primero d√©bil y lejano, el rumor de aguas tumultuosas, como las de un arroyo de monta√Īa que se precipitan y corren por un lecho de roca.
Al cabo de cierto tiempo llegamos a una amplia cámara en forma de colmena, obra de la naturaleza, no de manos humanas. Por el centro de la cámara corría un arroyo ancho pero no profundo; Tegid lo siguió hasta una grieta en el muro por la que desaparecía la corriente de agua. La fisura abarcaba la altura de la habitación, desde el techo hasta el suelo, y por abajo tenía una anchura que permitía el paso de un hombre.
¬óEsto es el √ļtero de la monta√Īa ¬ódijo Tegid, y su voz reson√≥ en la c√°mara vac√≠a¬ó. Aqu√≠ es donde nace un bardo. Tras este portal el awen est√° despierto.
Movi√≥ la antorcha para iluminar la superficie rocosa junto al reborde de la hendedura. Vi que hab√≠a sido pulido un espacio cuadrado del muro en cuyo centro se hab√≠a esculpido un dibujo. Era un dibujo que yo conoc√≠a muy bien, un emblema muy com√ļn en Albi√≥n: el laberinto circular cuyos retorcidos e hipn√≥ticos lazos y espirales hab√≠a visto en brazaletes, tatuajes, broches, escudos, utensilios de madera; en toda clase de objetos. Era el laberinto circular que adornaba adem√°s las piedras verticales y estaba recortado en el c√©sped que cubr√≠a la cima de las colinas.
¬óEso estaba en la columna de piedra de Ynys B√†inail ¬ódije se√Īalando el dibujo¬ó. ¬ŅQu√© significa?
¬óEs Mor Cylch, el laberinto de la vida ¬ócontest√≥ Tegid¬ó. Se camina por √©l a oscuras, s√≥lo con la luz suficiente para ver el paso que hay que dar a continuaci√≥n, pero ni uno m√°s. En cada recodo el alma debe decidir si contin√ļa el viaje o si retrocede por donde vino.
¬ó¬ŅQu√© ocurre si el alma no contin√ļa el viaje? ¬ŅQu√© ocurre si elige retroceder por donde vino?
—Sobreviene la paralización y la muerte —repuso con vehemencia Tegid, como si lo irritara la posibilidad de que alguien eligiera retirarse.
¬ó¬ŅY si el alma sigue el viaje?
¬óEst√° m√°s cerca de su destino ¬órespondi√≥ el bardo¬ó. El √ļltimo destino de todas las almas es el Coraz√≥n del Coraz√≥n.
Tegid se acercó a un nicho socavado en la roca, metió una mano y sacó dos antorchas nuevas que encendió con las que llevábamos. Me entregó una de ellas y colocó su antorcha usada en una grieta junto al laberinto circular, indicándome que hiciera lo mismo.
Se dio la vuelta y, agachándose, se metió por la hendedura. Lo oí chapotear en el agua y vi el parpadeo de su antorcha en las lustrosas paredes de la fisura.
—Ven, hermano —oí que llamaba—. Aquí es donde comienza la memoria.
Yo avanc√© unos pasos, me deslic√© por la angosta abertura y fui a parar a un pasillo de techo alto y una anchura que permit√≠a extender completamente los brazos. Las curvadas paredes del pasadizo eran lisas y brillantes como si las hubiesen pulido. Por el suelo flu√≠a el agua del arroyo. El runr√ļn del agua al precipitarse se hab√≠a hecho m√°s sonoro, aunque era todav√≠a un rumor distante y confuso, como amortiguado y reflejado por innumerables paredes deflectoras.
Y así era, en efecto, porque habíamos entrado en un inmenso laberinto, igual al que estaba labrado en el muro del otro lado, y el rumor de las cataratas nos llegaba a través de las vueltas y revueltas de vericuetos serpenteantes. Avanzábamos con el agua por los tobillos, y nuestros pies no tardaron en entumecerse por el frío.
Después de caminar chapoteando un buen rato en completo silencio, Tegid comenzó a explicarme cosas de aquel lugar y de por qué habíamos ido hasta allí.
—Es un lugar muy antiguo —dijo tocando y acariciando las piedras lisas del muro—. Ya existía casi antes de que existiera algo en Prydain. Es el omphalos de nuestro reino, el Ombligo de Prydain. Ha sido protegido y preservado por nuestros reyes desde la fundación de este reino.
Yo me había estado preguntando intrigado en repetidas ocasiones por qué Meldryn necesitaba una fortaleza en un lugar tan extraviado dentro de su territorio.
¬óPero ¬Ņno era la Roca Blanca el centro de Albi√≥n?
—Este lugar es también el centro —repuso Tegid sin mostrar la menor preocupación por el hecho de que existiera más de un centro sagrado—. Y para llegar a ser un bardo hay que recorrer este camino hacia el Corazón del Corazón.
Pese a que Tegid me guiaba, el laberinto me parec√≠a absolutamente desorientador. Mientras segu√≠amos el tortuoso pasadizo aturdidos por el retumbar del agua, me sent√≠a como un alma perdida que avanzara a tientas guiada por la vaga esperanza de alcanzar algo desconocido. Y el agua, que corr√≠a a nuestro alrededor, era como el tiempo o el impulso de vida que nos empujara durante nuestro extra√Īo viaje.
De improviso, el pasillo dobló una vez más; nosotros salvamos la curva y nos encontramos en otro tortuoso corredor, más serpenteante si cabe que el anterior. Quizá fuera producto de mi imaginación, pero lo cierto es que me pareció como si aquella curva fuera algo más que una curva, como si fuera un recodo simbólico, el recodo de una disyuntiva que exigiera tomar una decisión. El camino que se extendía ante nosotros era oscuro e incierto, y el que acabábamos de dejar había desaparecido de nuestra vista. Seguir adelante significaba confiar plenamente en el Constructor del Laberinto, creer que la recompensa que aguardaba en el Corazón del Corazón sería una bendición y no una maldición.
El trazado del laberinto se hac√≠a m√°s tortuoso, las curvas m√°s frecuentes y cerradas. Supuse por eso que nos est√°bamos acercando a su centro. El rumor de las aguas se hizo m√°s sonoro. Pronto llegar√≠amos a la c√°mara central. ¬ŅQu√© √≠bamos a encontrar all√≠?
El rumor del agua, la oscuridad, el fr√≠o, la dureza de la roca: me sent√≠a como si hubiera entrado en un rito de iniciaci√≥n. Aqu√≠ es donde comienza la memoria, hab√≠a dicho Tegid. La memoria empieza con el nacimiento. ¬ŅEstaba yo naciendo a algo? ¬ŅO estaba naciendo algo dentro de m√≠? No podr√≠a decirlo, pero a cada paso que daba crec√≠a mi expectaci√≥n.
Las revueltas se hacían más cerradas; aceleramos el paso. Sentí que el corazón me latía más deprisa y que me invadía una especie de presentimiento. Agua, fuego, tinieblas, piedra: aquél era un mundo de una simpleza elemental que ejercía sobre mí una fuerza igualmente elemental. Sentía su energía en los huesos y en la sangre. Mi mente respondía a una llamada más antigua, primitiva y ancestral que cualquier otra: el hombre era llamado a la vida por los elementos primigenios.
Salvamos la √ļltima revuelta del laberinto y entramos en una c√°mara circular. Estaba vac√≠a; s√≥lo hab√≠a un ancho agujero en el suelo donde se precipitaban y desaparec√≠an las heladas aguas del arroyo tras su recorrido por los serpenteantes vericuetos del laberinto. El rugir de la voz de las aguas, como si fuera la de una deidad, ascend√≠a por el ancho agujero mientras el arroyo ca√≠a sobre las rocas en alg√ļn lugar de all√° abajo.
—Hemos llegado al Corazón del Corazón —declaró Tegid—. Aquí se extingue la memoria.
—La memoria se extingue con la muerte —murmuré yo.
¬óAs√≠ es. Pero morir en un mundo es nacer en otro. Por tanto, la vida, como todas las cosas creadas, aunque cese de fluir en este mundo contin√ļa su viaje en el m√°s all√°.
Me estremec√≠ y se me erizaron los cabellos en la nuca. ¬ęEn el lugar m√°s all√° de... el Phantarch duerme...¬Ľ
De pie en el agua helada, escuchando el rugir del arroyo al precipitarse, sent√≠ de nuevo el terror que me hab√≠a asaltado aquella noche en el mont√≠culo sagrado. En la oscuridad vi otra vez las amenazadoras fauces del Cythrawl y sent√≠ la presi√≥n del brazo de Ollathir en mi cuello y su c√°lido aliento en mi oreja. Y o√≠ otra vez las extra√Īas palabras que el Bardo Supremo me hab√≠a legado con su √ļltimo aliento.
—Domhain Dorcha —dije volviéndome a mirar a Tegid—. El lugar más allá.
Tegid pesta√Īe√≥ de asombro.
¬ó¬ŅD√≥nde has o√≠do esas palabras?
¬óMe las dijo Ollathir ¬órespond√≠, y a continuaci√≥n le cont√© lo que recordaba¬ó. Entonces no sab√≠a lo que me estaba diciendo, pero ahora s√≠ lo s√©. Ya lo recuerdo. En el lugar m√°s all√°, el Phantarch duerme. Eso es lo que me dijo Ollathir. ¬óY, se√Īalando el agujero por donde se precipitaba la cascada, a√Īad√≠¬ó All√≠ es donde encontraremos al Phantarch.
¬ó¬ŅDe veras deseas hacerlo? ¬ópregunt√≥ Tegid con voz pausada.
—Sí—contesté.
Temblando de pavor y excitación, avanzamos hasta el agujero e inclinamos las antorchas para escrutar la oscuridad que se abría a nuestros pies. Pero no pudimos vislumbrar nada. El agua se precipitaba allá abajo sobre profundidades inescrutables. Estuvimos un rato intentando calcular la altura de la cascada.
Luego Tegid arrojó su antorcha al agujero. La tea cayó dando vueltas y por brevísimos instantes iluminó la lisura de las paredes y el suelo de una cámara; después se hundió en un estanque. Tegid alzó la cabeza y nos miramos fijamente.
¬óBueno, ¬Ņqu√© dices, hermano? ¬ópregunt√≥.
¬óNo hay otro modo de bajar ¬órepuse.
—Y quizá tampoco otro para volver a subir —observó.
Era cierto. No teníamos cuerdas ni herramientas de ninguna clase. Debíamos decidir qué hacer sin saber las consecuencias de nuestra decisión. Si fracasábamos, no tendríamos una segunda oportunidad, ni posibilidad de salir, de ser rescatados, de salvarnos. Teníamos que arriesgar el todo por el todo, teníamos que confiar en las torturadas y quizás incongruentes palabras de un bardo moribundo.
¬óSi Ollathir estuviera aqu√≠ y te ordenara bajar por este agujero, ¬Ņlo har√≠as? ¬óinquir√≠.
—Naturalmente —aseguró sin la menor vacilación Tegid; la fe que tenía en su superior era total y absoluta.
La seguridad de Tegid me bastó y me sobró. Miré las densas tinieblas del agujero, más oscuras y negras que el olvido. Tal vez la muerte nos estaba aguardando allá abajo.
¬ó¬ŅSaltas t√ļ primero o lo hago yo?
—Yo —dijo Tegid echando una rápida ojeada al negro vacío—. Cuando te avise, arroja tu antorcha por el agujero. Trataré de cogerla.
Sin decir más, dio un paso hacia el agujero y se arrojó al vacío. Oí el chapoteo que su cuerpo produjo al caer en el agua y, durante unos estremecedores instantes, nada más; luego, por fin, lo oí toser y escupir.
¬ó¬°Tegid! ¬ŅTe has hecho da√Īo? ¬óexclam√© tendi√©ndome boca abajo y metiendo la antorcha por el agujero.
¬ó¬°Est√° helada! ¬ógru√Ī√≥ el bardo con una voz que reson√≥ desde las profundidades. Lo o√≠ chapotear en el agua y poco despu√©s me grit√≥¬ó: ¬°Tira la antorcha! Estoy justo debajo de ti.
Bajé la antorcha todo lo que pude y la solté.
—¡Ahí va! —dije.
Vi que la llama oscilaba y pesta√Īeaba y tem√≠ que se apagara del todo. Pero, justo antes de que cayera en el agua, Tegid logr√≥ asirla.
—¡La he cogido! —gritó—. ¡La he cogido!
Vislumbré entonces su rostro que me sonreía como desde el fondo de un pozo.
¬óAhora te toca a ti.
El bardo se hizo a un lado y yo me senté en el borde del agujero con las piernas colgando en el vacío. Las tinieblas me oprimían como si tuvieran fuerza física; sentía su presión contra mis ojos y mis pulmones, como si una mano vigorosa, suave e invisible me estrujara y sofocara. Ciego, sin aliento, rodeado por las heladas aguas del arroyo, apoyé las manos en el borde del precipicio y me di impulso. La sensación de caer al vacío rodeado por una total oscuridad resultó más inquietante de lo que había imaginado. Me pareció que caía y caía y que seguiría cayendo para siempre; estaba empezando a preguntarme si alguna vez llegaría al fondo, cuando choqué con la superficie del agua.
Al instante las aguas se cerraron sobre mi cabeza y me sumerg√≠ en una oscuridad h√ļmeda y helada. Me hund√≠ hasta sentir bajo mis pies un fondo rocoso y s√≥lido y me di impulso hacia arriba para salir a flote. Debati√©ndome y escupiendo agua, me limpi√© los ojos y mir√© hacia la luz. Tegid estaba en el borde de la piscina sosteniendo en alto la antorcha para que pudiera verlo. Nad√© hacia √©l y sal√≠ de la piscina.
Me quedé inmóvil unos instantes, consciente del sutil cambio del entorno, como si hubiésemos pasado de un reino a otro. Tegid hizo ademán de darse la vuelta y con el movimiento de la antorcha divisé un ligero destello de luz en el muro, como una chispa.
¬ó¬ŅY ahora qu√© hacemos? ¬ópregunt√©.
Mi voz no resonó, sino que pareció caer a mis pies como un peso.
—Veamos adónde hemos venido a parar —repuso Tegid comenzando a explorar.
Descubrimos que la c√°mara era circular y estaba excavada en el coraz√≥n de la monta√Īa. Frente al estanque hab√≠a un t√ļnel de techo bajo. Las paredes del t√ļnel, igual que las de la c√°mara, ten√≠an unas vetas de cristal plateado que brillaban cuando pas√°bamos junto a ellas. Nos internamos en el t√ļnel y empezamos a descender hacia una habitaci√≥n a√ļn m√°s subterr√°nea. Durante el descenso yo me detuve dos veces:
¬ó¬°Espera! ¬óle dije a Tegid¬ó. ¬°Escucha!
Aguzamos el o√≠do unos instantes pero no percibimos nada; sin embargo, habr√≠a podido jurar que hab√≠a o√≠do algo, un zumbido r√≠tmico, como el ronroneo de un gato enorme o el ronquido de alg√ļn animal. Fuera lo que fuera, era un sonido vivo. Me pas√≥ por la imaginaci√≥n que por aquel t√ļnel ir√≠amos a parar a la madriguera de alg√ļn oso dormido.
El t√ļnel segu√≠a descendiendo y descendiendo, y el oscuro camino se iluminaba intermitentemente por los destellos y chispas que la antorcha produc√≠a en los muros cristalinos. Toqu√© el muro con la punta de los dedos y not√© que estaba caliente. Imagin√© que descend√≠amos al mism√≠simo coraz√≥n de la monta√Īa, a tanta profundidad que nos est√°bamos acercando al magma l√≠quido de la propia Tierra. Y, pese a estos temores, segu√≠amos avanzando.
Por fin, inesperadamente, el t√ļnel desemboc√≥ en una c√°mara abovedada que parec√≠a haber sido excavada en un gigantesco cristal de una sola pieza. La luz de nuestra √ļnica antorcha se reflejaba y multiplicaba en las infinitas caras, y el cristal brillaba como si fuera un cielo pre√Īado de llameantes soles. Despu√©s de las tinieblas que reinaban en el t√ļnel, mis ojos se deslumbraron ante tan magn√≠fica luz. Por eso no vi el mont√≥n de piedras que hab√≠a en el centro de la c√°mara hasta que Tegid me lo se√Īal√≥.
Nos acercamos y vimos algo que parecía ser un pedazo de tela blanca. Tegid acercó la antorcha y vimos que una mano humana sobresalía entre las piedras. La carne estaba marchita; la piel apergaminada y pálida transparentaba los huesos.
¬óHemos encontrado al Phantarch ¬ódijo Tegid con un entrecortado suspiro.
Me acerqu√© al t√ļmulo que me se√Īalaba con la antorcha.
¬óFr√≠o como las piedras que lo cubren ¬óa√Īadi√≥¬ó. La banf√°ith estaba en lo cierto: el Phantarch ha muerto. Y con √©l todas nuestras esperanzas. Hemos venido en vano.