32 - La caldera

—Ven conmigo, Tegid. Quiero que veas una cosa.
Encontré al bardo solo, sentado ante la chimenea de la cámara de asambleas del rey, dedicado a trazar las letras del ogam en el astil de una lanza. El príncipe Meldron y los jefes de batalla la necesitaban para llamar a la guerra a los reyes de Albión. Ambos sabíamos que sería una acción inútil. No habría llamada alguna, ni ejército, ni gloriosas batallas. Los capitanes de Meldryn Mawr ni siquiera se pondrían de acuerdo en quién llevaría la lanza; tampoco habían planeado cómo pasar entre el tropel de coranyid reunidos en nuestras puertas ni cómo sobrevivir al largo y duro viaje.
—No tengo interés alguno en ver nada —gruñó Tegid.
—Pues deberías ver eso —le dije.
—¿Tiene que ser ahora mismo?
—Sí.
—Muy bien —aceptó irritado soltando la lanza, que resonó sobre las losas de la vacía habitación.
Se levantó y se sacudió de los calzones algunas virutas de madera.
—Enséñame eso que corre tanta prisa.
Pese a su aire displicente, no le importó demasiado dejar la inútil tarea que tenía entre manos. Abandonamos la cámara y atravesamos la sala serpenteando cuidadosamente entre los cuerpos de los que allí dormían; en la puerta nos detuvimos a arroparnos en nuestros mantos. Abrimos la puerta, aparté la piel de buey que servía de cortina y nos internamos en la tormenta. Recorrimos el patio cubierto de nieve mientras las ráfagas del viento nos azotaban los mantos. Luego subimos la escalera que conducía hasta las almenas. Una vez allí, le señalé el resplandor del fuego que surgía entre los peñascos. Jirones de humo sulfuroso arrastrados por el viento teñían la nieve de un sucio color amarillento.
—¿Lo ves? —dije.
—Han encendido una hoguera —repuso Tegid.
—Sí. Pero ¿por qué, oh Poseedor de la Sabiduría, han encendido una hoguera?
Tegid se disponía a contestar, pero se limitó a ladear la cabeza.
—Eso me pregunto yo. ¿Por qué demonios la han encendido?
Le hice una seña para que me siguiera y lo llevé hasta el lugar desde el que se divisaba la enorme vasija.
—¿Qué ves allí? —le pregunté.
—Una caldera —respondió Tegid mostrando más interés.
—Sí, es una caldera. Ahora observa con atención —dije indicándole la puerta.
Estuvimos observando un rato, no demasiado, mientras el helado viento rugía en torno. No tuvimos que esperar mucho, pues enseguida sobrevino otro ataque contra la puerta. Los ataques se habían venido sucediendo a intervalos regulares día tras día, intervalos que poco a poco se habían hecho más frecuentes. Esta vez cuatro demonios cayeron muertos en la nieve después de gritar y agitarse espantosamente. Pero en esta ocasión los cuatro cuerpos fueron arrastrados y transportados por sus propios compañeros de ataque. Tegid admitió que era una acción muy extraña pero no acertó a hallarle significado.
—Espera un momento —le aconsejé—. Y no dejes de observar con suma atención.
Los cuerpos de los cuatro coranyid abatidos fueron llevados hasta la enorme hoguera y alzados hasta el borde de la enorme caldera de hierro; luego los arrojaron uno tras otro dentro y avivaron el fuego.
—¡Se los comen! —exclamó Tegid con un estremecimiento de repugnancia.
—No, no se comen a sus muertos. Sigue mirando.
Un jorobado de vientre abultado y cara de rata se encaramó al borde de la humeante vasija y metió un palo negro en las hirvientes profundidades. Tras remover la caldera con el palo, la monstruosa criatura se detuvo y lo sacó.
—¿Qué...? —empezó a decir Tegid.
—Observa con detenimiento —lo interrumpí, sin apartar los ojos de la caldera.
Apenas había pronunciado estas palabras cuando uno de los cuerpos comenzó a salir de la caldera: primero una mano y un brazo, luego la cabeza, los hombros y el torso. Los brazos se movían, la cabeza también. Aquella especie de resucitado se encaramó al borde de la caldera sin hacer caso de las llamas que lamían la vasija y saltó a tierra para reunirse con el grueso de sus asquerosos compañeros.
Poco después un segundo demonio apareció entre la espuma del enorme caldero de hierro y se encaramó también al borde. La cabeza del tercero emergió de pronto en la superficie borboteante, con la boca abierta y los ojos desencajados. Se agarró al borde con sus callosas manos, se dio impulso y cayó sobre las peñas, fuera del círculo del fuego. Por último, el cuarto surgió del hirviente líquido y fue a reunirse con la espantosa horda.
—Crochan-y-Aileni —murmuró Tegid en tono siniestro—. La Caldera de la Resurrección. Así es como conservan su numerosísimo contingente. No podemos matarlos. No podemos detenerlos —añadió con una voz cargada de resignación y derrota.
—Dijiste que la Canción los detendría —le recordé.
—La Canción se ha perdido.
—Pues entonces debemos encontrarla.
—Sólo un loco lo intentaría. Es imposible —replicó amargamente Tegid.
Yo señalé la caldera con una mano.
—Sólo un loco podría permanecer de brazos cruzados esperando su turno para ser devorado y destruido por esos diablos y su maldita caldera. Me parece, hermano, que los dos estamos locos, cada uno a su manera.
El bardo me echó una mirada que me hizo creer por unos momentos que iba a arrojarme muro abajo. Pero después miró otra vez la caldera y los miles de coranyid que se retorcían obscenamente en torno a la reluciente vasija lamida por las llamas.
—¿Qué propones? —me preguntó.
—Propongo que busquemos al Phantarch. A lo mejor no está muerto. No sabemos con seguridad que lo esté. No lo sabremos con certeza hasta que lo encontremos.
—Imposible —gruñó Tegid—. Es inútil.
—¿Qué podemos perder?
—¿Tendré que repetírtelo una vez más? Nadie, excepto el penderwydd, sabe dónde reside el Phantarch —protestó débilmente Tegid—. Ollathir lo sabía y...
—Ollathir ha muerto —salté yo; no podía soportar el pesimismo de Tegid—. Puedes ahorrarte el repetirlo. Bueno, pues yo digo que alguien sabe dónde reside el Phantarch, porque quienquiera que lo mató sabía muy bien dónde encontrarlo.
Tegid, a punto ya de replicar algo, se irguió repentinamente con el rostro animado al caer en la cuenta de la rotundidad de mi razonamiento.
—Me parece —proseguí— que tenemos que averiguar quién mató al Phantarch o cómo llegaron a descubrir su paradero.
—Será difícil.
—Difícil no es lo mismo que imposible.
—Ahora estás hablando como un verdadero bardo —observó Tegid permitiéndose incluso una débil sonrisa.
Lo dijo como una simple broma, pero al oírlo recordé el solemne juramento que le había hecho a la banfáith «Me parece más bien una tarea propia de un bardo. Sin embargo, haré lo que pueda».
—Es una tarea propia de un bardo —dije—. Yo no soy un bardo, Tegid, como ambos sabemos muy bien. Y, no obstante, me fue confiado el awen del Bardo Supremo.
La sonrisa se borró de los labios de Tegid, y su rostro se ensombreció con la desesperación que lo había invadido desde Sycharth. No dijo nada.
—Sí, Tegid, a mí. ¡Me fue confiado a mí! Debería haber sido confiado a ti. ¡Y ojalá hubiera sucedido así! Sé muy bien que no soy el receptor más adecuado. Pero el hecho es que yo estaba allí cuando Ollathir murió y fui yo quien recibió el awen. Así están las cosas hoy por hoy.
Tegid torció el gesto, pero no respondió nada.
—Yo tengo buena voluntad, pero no sé qué hacer. Tú sí. Eres un bardo. Dime, Tegid; dime lo que necesito saber. No recuerdo nada de lo que me dijo Ollathir. Y, si pudiera recordarlo, a lo mejor nos serviría de gran ayuda.
Tegid continuaba en silencio, pero yo sabía que estaba sopesando con cuidado mis palabras. Sentía además que el bardo estaba comenzando a desterrar de su espíritu el sufrimiento y la desesperación. Me miró fijamente, como si yo fuera un caballo salvaje y él un comprador indeciso tratando de decidir si podía confiar en mí. Por fin dijo:
—¿Harás lo que yo te diga?
—Haré todo lo que pueda.
—Ven conmigo —me ordenó, dándose la vuelta.