31 - La asamblea del rey

D√≠a y noche, la Hueste de Demonios rondaba al pie de las murallas mientras nosotros los contempl√°bamos desde las almenas. De vez en cuando se aventuraban a acercarse y, agarr√°ndose a las piedras, intentaban subir. Los coranyid trepaban con la agilidad y rapidez de las ara√Īas. Y, si no est√°bamos alerta, pod√≠an incluso llegar hasta las almenas; los guerreros entonces los ensartaban con sus lanzas y los precipitaban muro abajo. Pero, la mayor√≠a de las veces, el guerrero de guardia arrojaba un pedrusco contra la horripilante cabeza del escalador y le reventaba el cr√°neo antes de que el asqueroso monstruo hubiera escalado la mitad del muro.
Cada baja lograba mantener a raya al resto de los demonios durante un tiempo, aunque ignoro por qué; no parecían tener miedo y, sin embargo, no podían soportar la pérdida de uno de ellos. Esto los enfurecía, y los más cercanos al abatido gemían y gritaban levantando una espantosa algarabía.
Constantemente, de d√≠a y de noche, nos turn√°bamos para soportar el fr√≠o y el viento de modo que los dem√°s pudieran descansar. A medida que los d√≠as transcurr√≠an, la Hueste de Demonios se iba haciendo m√°s numerosa. Los ve√≠amos subir por los senderos de la monta√Īa, llamados al escenario de la carnicer√≠a por el temor a la c√≥lera de su due√Īo y se√Īor. No se ve√≠a se√Īal alguna de Nudd, pero a menudo sent√≠amos el acecho de su presencia: los latidos del coraz√≥n se aceleraban, la n√°usea nos agarrotaba el est√≥mago, la angustia nos amedrentaba, la desesperaci√≥n nos paralizaba.
No obstante, estábamos a salvo tras la protección de las altas murallas de la fortaleza. Por muy poderosa que fuera la cólera de los demonios, no podían atravesar las piedras como espíritus ni volar por encima de las almenas como fantasmas. Mientras pudiéramos mantener las puertas cerradas, no podrían entrar. Y, si no les permitíamos entrar, su rabia y su furia no les servirían de nada.
Los primeros días después de nuestra llegada a Findargad, descansamos, curamos nuestras heridas y lloramos a nuestros muertos. La huida había costado un alto precio. De los seiscientos que habían comenzado el viaje, apenas quedaban cuatrocientos; de esa cifra sólo ochenta eran guerreros y sólo nos quedaban unos sesenta caballos. Desde luego, hubiera podido ser peor, pero tal idea no nos servía de consuelo. Todas las bajas eran deplorables. El hecho de haber conseguido llegar a Findargad, contra toda clase de obstáculos, nos parecía una insignificancia al lado de las bajas sufridas.
Al sexto d√≠a del asedio, el rey reuni√≥ en asamblea a los capitanes que a√ļn segu√≠an con vida ¬ócinco en total¬ó, al pr√≠ncipe, a Paladyr y a Tegid. Yo tambi√©n asist√≠, puesto que mi obligaci√≥n era estar siempre junto a Tegid; por eso fui incluido en la asamblea, a pesar de no tener derecho alguno.
Tegid fue quien dirigió la palabra a los reunidos y quien se encargó de los procedimientos de rigor. El rey se sentó en el trono de asta de ciervo cubierto de ricas pieles. Los demás se sentaron en el suelo de piedra sobre pieles de buey marrones y blancas, en torno a una chimenea en la que ardía un chisporroteante fuego. Tegid permanecía en pie a la derecha del rey, con la mano izquierda sobre el hombro del monarca, para dejar bien clara la autoridad en nombre de la cual hablaba. Yo me senté cerca de la puerta para que mi presencia no pudiera molestar a nadie.
Cuando todos los miembros de la asamblea hubieron ocupado sus lugares, Tegid tomó la palabra.
—Sabios capitanes, Jabalíes de las Batallas —dijo—, prestad atención a las palabras de vuestro rey y concededle el regalo de vuestro sabio consejo.
Luego se inclinó para poner la oreja a la altura de la boca del rey, y Meldryn le susurró lo que debía decir.
¬óAs√≠ ha hablado el rey ¬ócontinu√≥ Tegid enderez√°ndose despacio para dirigirse a los reunidos¬ó. Los llwyddios somos fuertes y estamos orgullosos de la fuerza de nuestros brazos. En la batalla no sucumbimos ante ning√ļn enemigo ni fracasamos en la defensa de nuestro reino. Jam√°s hemos conocido la ignominia de una derrota desde la √©poca de nuestros padres.
Meldryn Mawr asintió mientras Tegid acababa de hablar y se inclinaba de nuevo hacia él. Le susurró entonces otras palabras, alzó la mano derecha y la puso sobre los labios del bardo. Tegid se enderezó otra vez y se dirigió a los congregados.
—Así habla el rey —salmodió—. Nuestras casas han sido destruidas y nuestro territorio devastado. Los lobos roen los huesos de nuestros valientes y los cuervos devoran la carne de nuestros hijos. Las cenizas cubren de negra nieve lo que antes eran hermosos palacios; ovejas y pastores han sido degollados; los muros de madera han sido destruidos; las casas se han convertido en tumbas; los hogares han sido arrasados y el hidromiel ha sido derramado en el polvo, donde se ha mezclado con la sangre de hombres honrados. La lechuza y la zorra gritan donde antes resonaban risas. El milano y el halcón anidan en las calaveras de nuestros poetas.
¬ĽM√°s amarga que la derrota es para m√≠ la muerte de mi pueblo; m√°s amarga que la destrucci√≥n de mis fortalezas es la certeza de que la maldad se ha apoderado de mi reino. Somos hombres. Pero no somos como los dem√°s hombres. Somos llwyddios, y prevalecemos en estos territorios desde el principio de los tiempos. No podemos rendirnos ante los asesinos, ni olvidar la deuda de sangre.
¬Ľ¬°Capitanes, escuchad a vuestro rey! Las voces de los asesinados claman venganza desde sus tumbas; los muertos inocentes exigen una compensaci√≥n por las vidas que les han sido robadas. Es deber de los vivos honrar a los muertos. Es deber de un rey proteger, defender y velar por su pueblo.
¬ĽYo soy Meldryn Mawr. Yo velo por mi pueblo en la vida y en la muerte. Aunque el enemigo me mate, la dignidad real que he ostentado prevalecer√°, la soberan√≠a que he honrado no se extinguir√°.
¬ĽAs√≠ habla el rey: en estos momentos, ante las murallas, brama un enemigo que quiere destruirnos, un cobarde que no osa desafiarnos en el campo del honor, sino en el sigilo, la traici√≥n y el enga√Īo. Y en estos momentos en que estamos al l√≠mite de nuestras fuerzas, ese enemigo nos asedia. Y tenemos que soportar la indignidad de sus mofas y el insulto de su vil presencia ante nuestras puertas.
¬ĽPor eso os pregunto a vosotros, Sabios Caudillos: ¬Ņqu√© es esa nieve que cae sin cesar de las heridas del cielo? ¬ŅQu√© es ese viento enloquecedor que durante la noche nos acosa con sus aullidos? ¬ŅQu√© es ese fr√≠o intenso que d√≠a a d√≠a clava sus dientes sobre la tierra?
¬Ľ¬ŅQu√© es ese sufrimiento que envenena el agua que bebemos y amarga el pan que comemos? ¬ŅQu√© es esa c√≥lera que se derrama sobre nosotros como aceite hirviente? ¬ŅQu√© es ese terror que atenaza nuestros corazones y hiela nuestra sangre?
¬ĽO√≠dme, Sabios Consejeros, y respondedme si pod√©is: ¬Ņqu√© ha silenciado a los Hombres de la Canci√≥n? ¬ŅQu√© hace temblar al bello Modornn? ¬ŅQu√© es esa abominaci√≥n que se cierne sobre los picos de Cethness? ¬ŅQu√© hace huir a los jabal√≠es de las ca√Īadas y a los ciervos de los bosques? ¬ŅQu√© es eso que aflige a los cielos y ahuyenta a los p√°jaros? Mientras deliber√°is, preguntaos una cosa m√°s: ¬Ņqui√©n extiende su mano para conquistar nuestro reino? ¬ŅQui√©n devasta nuestra tierra? ¬ŅQui√©n hace que las l√°grimas fluyan de los ojos de nuestro pueblo como tempestuosos arroyos? ¬ŅQui√©n nos azota con esta atroz guerra?
Tegid hizo una pausa para dar a los reunidos tiempo de ponderar lo que acababan de oír, y luego continuó.
¬ó¬ŅAcaso no lo sab√©is? ¬ŅNo os√°is pronunciar en voz alta su nombre? Muy bien, yo pronunciar√© las odiosas palabras. Nudd, el se√Īor de Uffern y Annwn, el Pr√≠ncipe de los Abismos, es el culpable de todas esas aflicciones. Nudd ha asesinado a nuestros hombres y ha convertido nuestra hermosa tierra en el m√°s desdichado de los yermos. Nudd el Maldito convierte a las mujeres en viudas y a los guerreros en pasto de gusanos. Nudd, el Rey de la Noche eterna, dirige la casta de demonios contra nosotros.
¬ĽLo que os digo es bien cierto, Compa√Īeros del Hogar: a menos que seamos capaces de doblegar el poder de Nudd, los atropellos que ha cometido contra Prydain pronto ser√°n bien conocidos tambi√©n en Llogres y en Caledon. Entonces los tres bienaventurados reinos estar√°n unidos no en la armon√≠a... sino en la desgracia; no en la paz, sino en el dolor. Y Albi√≥n, la m√°s hermosa isla del mundo, se debatir√° bajo el espantoso tormento de los coranyid de Nudd.
Cuando Tegid hubo acabado de pronunciar estas palabras, las frentes de los congregados se fruncieron y los rostros se ensombrecieron. Los capitanes de Meldryn se miraron unos a otros con consternada desesperación. Por fin Tegid rompió el tenso silencio.
—Habéis escuchado las palabras del rey. Las habéis ponderado y las habéis meditado. Es hora de que compartáis vuestro sabio consejo. El rey aguarda.
El príncipe Meldron, en deferencia a su rango, fue el primero en hablar.
¬óPadre y rey, siempre ha sido tu forma de actuar devolver herida por herida y sufrimiento por sufrimiento ¬ŅO es que acaso la habilidad en la palabra te lo ha hecho olvidar? ¬ódijo el pr√≠ncipe, dispuesto a clavar a√ļn m√°s hondo el cuchillo de la insidia en el coraz√≥n de su padre¬ó. Sin embargo, me parece que vale la pena que lo recuerdes. Yo digo lo siguiente: d√©janos cobrar la deuda de sangre que nos deben. D√©janos reunir a los guerreros y a cualquiera que pueda montar a caballo para luchar con Nudd. D√©janos que empu√Īemos las armas y lo expulsemos de nuestras tierras.
Algunos capitanes, entre ellos Paladyr, se palmearon los muslos y levantaron sus voces en se√Īal de aclamaci√≥n. El rey escuch√≥ sin dar muestras de entusiasmo e indic√≥ con una se√Īa a Tegid que se le acercara.
Poco después Tegid se dirigió a los reunidos.
—El rey te ha oído, Meldron. Cree que la perversidad que se cierne sobre nosotros no puede ser expulsada de nuestro reino sólo con la fuerza de las armas. Porque hay una perversidad en el corazón mismo de este asunto que debe ser remediada antes de que la tierra pueda ser curada.
—No hay desgracia sembrada por enemigos que no pueda ser remediada con la fuerza de las armas —bramó el príncipe.
Tegid escuchó pacientemente la respuesta del rey y después nos la transmitió:
¬óAs√≠ habla el rey: ¬Ņcre√©is de verdad que la tribulaci√≥n que nos embarga sucumbir√° a golpe de espada? Yo os aseguro que Nudd no teme a vuestras lanzas y a vuestras espadas. S√≥lo tiene miedo de una cosa: del verdadero rey en su fortaleza. Ese horrible se√Īor s√≥lo est√° sometido a una cosa: la Canci√≥n de Albi√≥n.
¬óYo no s√© nada de todo eso ¬órepuso altivo el pr√≠ncipe¬ó. Me parece que los problemas que han ca√≠do sobre nosotros tienen su origen en el entrometimiento de los bardos. ¬óSe volvi√≥ entonces hacia Tegid¬ó. No habr√≠a ocurrido nada de todo esto si t√ļ y tu prelado no hubierais metido las narices en asuntos ajenos.
Tegid saltó al oírlo.
¬ó¬ŅAcaso est√°s sugiriendo que los bardos de Albi√≥n tienen algo que ver con el desencadenamiento de todos estos horrores?
El príncipe no se dignó contestarle, ni tampoco retiró sus palabras.
¬óAs√≠ pues, para que te enteres ¬óa√Īadi√≥ furioso Tegid¬ó, para que todos os enter√©is de la verdad, hablar√© sin tapujos. Sabed esto: el Cythrawl est√° suelto por el mundo.
Al oír el nombre de la Maldad Ancestral todos los reunidos en torno al hogar de Meldryn se estremecieron.
—Ollathir, el Bardo Supremo, se enfrentó con la Bestia del Abismo y fue asesinado, pero no antes de encadenarlo con poderosos hechizos. Al verse encadenado, el Cythrawl ha llamado a su servidor, Nudd, para arrasar y destruir lo que no puede poseer. Así han comenzado nuestros sufrimientos.
El Príncipe Meldron frunció el entrecejo y alzó la barbilla.
¬óS√≥lo oigo charlataner√≠a de bardos ¬ódijo sacudi√©ndose una oreja con el dedo¬ó. ¬ŅQu√© me importa a m√≠ c√≥mo comenz√≥ todo? S√≥lo me importa reclamar lo que es m√≠o.
¬óBien dicho, se√Īor ¬óexclam√≥ Paladyr con voz potente¬ó. Hemos demostrado que podemos matar a los coranyid. Enviemos el ogam de la guerra a todos los clanes de los Tres Reinos y convoquemos a los reyes y a sus guerreros para levantar un enorme ej√©rcito contra Nudd y su Hueste Demon√≠aca.
Tales palabras fueron calurosamente aprobadas por los capitanes de Meldryn, quienes, pese a los esfuerzos de Tegid, no creían en la enormidad de la maldad a la que se enfrentaban ni daban crédito a lo que la había desencadenado. En efecto, a pesar de las duras pruebas que habían soportado y a pesar del espantoso enemigo que habían visto, todavía seguían confiando sólo en la fuerza de sus armas.
Con el consentimiento del rey, Tegid disolvió la asamblea y todos se retiraron hablando animadamente del gran ejército que iban a reunir y de la gloriosa guerra que iban a emprender. Todavía creían que aquel horror podía ser combatido con lanzas y espadas; todavía creían que sollen terminaría pronto y que gyd volvería otra vez.
Cuando todos se hubieron marchado, el rey se levantó despacio del trono y se quedó en pie junto a la chimenea mirando fijamente el fuego, como si buscara en las llamas el rostro de su enemigo. Luego, se retiró a sus aposentos. Vi su rostro iluminado por las llamas cuando se marchaba y me pareció contemplar el rostro de un moribundo: los ojos brillantes y vidriosos, las facciones desencajadas y la piel apergaminada y pálida. Era el rostro de un hombre que ve cómo se le escapa la vida y no puede hacer nada por impedirlo.
Me acerqué a la chimenea y me senté sobre una piel de buey junto al fuego. Tegid vio la preocupación pintada en mi rostro.
¬óEl rey est√° fatigado. Necesita descansar.
¬óNo les hablaste del Phantarch. ¬ŅPor qu√©?
Tegid removi√≥ la le√Īa con un atizador.
—Sabes muy bien cómo son. No me habrían hecho caso.
—Quizá no. Pero, aun así, tenían derecho a saberlo.
¬ó¬°Entonces d√≠selo t√ļ! ¬ósalt√≥ con una voz desgarrada como una herida abierta¬ó. D√≠selo t√ļ, que tienes el awen del Bardo Supremo. A lo mejor a ti te hacen caso ¬óa√Īadi√≥, arrojando con furia el atizador.
Me invadió de pronto una ira repentina.
—¡Cállate, Tegid! Dices que he recibido el awen y quizá sea verdad. Pero yo no pedí recibirlo. ¡De verdad, no lo recuerdo!
¬ó¬°Entonces se ha perdido! Como el hidromiel derramado sobre la arena seca, se ha desperdiciado. Y eso significa el final de todo.
Después, Tegid se levantó y abandonó la sala de asambleas. No volví a verlo aquella noche ni tampoco al día siguiente.
Dos d√≠as despu√©s de la asamblea del rey, fui a hacer mi turno de guardia en la muralla. Contempl√© con horror que much√≠simos demonios se hab√≠an reunido junto a las puertas. Escrut√© entre la reverberaci√≥n de la nieve y vi cientos, miles de coranyid movi√©ndose a los pies de la fortaleza como un mar inquieto y embravecido. Nos miraban obscenamente, defecaban y se ventoseaban en repugnante desaf√≠o a las piedras que les arroj√°bamos. El ruido que armaban con sus espantosos alaridos era ensordecedor. El hedor que se levantaba de sus f√©tidos excrementos era a√ļn peor. No pude menos que vomitar de asco.
—Día a día son más —me confirmó un guerrero llamado Hwy—. No importa cuántos podamos matar, siempre aparecen más.
Era cierto, y pronto me di cuenta de la causa.
¬ó¬ŅQu√© es eso? ¬ópregunt√© se√Īalando un rojo resplandor que se levantaba entre un grupo de pe√Īascos repletos de coranyid.
—Fuego —contestó el guerrero—. Para calentarse.
No entend√≠a nada. ¬ŅD√≥nde encontraban los demonios combustible para alimentar el fuego? ¬ŅY por qu√© necesitaban calentarse las Criaturas del Abismo? Parec√≠an inmunes al fr√≠o. No necesitaban comer, ni beber, ni dormir..., ni ninguna otra de las necesidades y comodidades humanas. ¬ŅPor qu√©, entonces, necesitaban una hoguera?
Como no encontraba explicaci√≥n alguna, camin√© por las almenas hasta el final de la muralla para ver mejor lo que suced√≠a entre aquellas pe√Īas. Comprob√© que, en efecto, el enemigo hab√≠a encendido una hoguera enorme. A√ļn m√°s, hab√≠an colocado sobre el fuego una caldera gigantesca para que hirviera. De la caldera sub√≠a un vapor que el viento romp√≠a en jirones. Docenas de demonios se afanaban en torno al fuego aliment√°ndolo y atiz√°ndolo. ¬ŅCon qu√© objeto?
Todas mis preguntas encontraron respuesta a la vez. Mientras observaba la hoguera, un grupo de coranyid que hormigueaban junto a las puertas se precipitó hacia los muros con la intención de escalarlos. Los guardianes les arrojaron piedras que mataron a tres al instante e hirieron a dos. Los heridos también resultaron muertos mientras intentaban alejarse. Todo había ocurrido en pocos segundos. Los demás demonios, gimiendo horriblemente, se retiraron dejando atrás a los cinco cadáveres.
Tan pronto como se hubieron retirado los atacantes, doce demonios m√°s corrieron hacia los muros. Pero, en lugar de intentar escalarlos como hab√≠an hecho los otros, se precipitaron hacia los cuerpos de sus compa√Īeros, los cogieron y se los llevaron. Pens√© que era ciertamente un comportamiento muy extra√Īo. Y entonces vi ad√≥nde se llevaban los cuerpos y qu√© hac√≠an con ellos. Al verlo, me estremec√≠ hasta la m√©dula.
Me di la vuelta y corrí en busca de Tegid.