30 - La batalla de dun na porth

Tegid no hizo sino expresar la más cruda verdad al decir que volveríamos a ver a los lobos. Envalentonados por su victoria, nos persiguieron, deslizándose en silencio a través del nevado bosque durante el día y acechándonos furtivamente durante la noche en el límite de las hogueras del campamento.
¬óHan comido bien ¬ódijo Tegid¬ó. Por ahora est√°n saciados, pero debemos permanecer en guardia ¬óa√Īadi√≥ se√Īalando los agudos picos que se alzaban ante nosotros¬ó. Pronto saldremos del bosque. Cuando vean que tomamos las veredas de la monta√Īa, nos atacar√°n otra vez.
¬óPero no nos seguir√°n por las monta√Īas ¬ódeclar√© yo con optimismo, porque no me parec√≠a probable que los lobos siguieran persigui√©ndonos cuando abandon√°ramos la protecci√≥n de los √°rboles.
¬ó¬ŅQuieres apostar algo? ¬óme pregunt√≥ el bardo maliciosamente; luego, adoptando un aire grave, a√Īadi√≥¬ó: No miento al decir que jam√°s se hab√≠an visto lobos como √©sos.
¬ó¬ŅTan obstinados?
¬óTan astutos.
Entendí perfectamente lo que quería decir. Desde el día del ataque, había notado la presencia de ojos invisibles que nos espiaban. De vez en cuando me daba la vuelta para mirar por encima del hombro o echaba una mirada de soslayo a ambos lados de la senda del bosque. Sólo muy de tanto en tanto pude sorprender la sombra furtiva y fantasmal de un lobo que se deslizaba en la oscuridad.
Para mayor seguridad avanz√°bamos siguiendo la ribera del r√≠o. Y, aunque el cauce se estrechaba y el camino se hac√≠a m√°s escarpado, el alto bancal rocoso nos brindaba una cierta protecci√≥n y las aguas impetuosas del r√≠o no estaban heladas. Por la noche encend√≠amos grandes hogueras, y los guerreros se turnaban para vigilar desde el crep√ļsculo hasta el alba. A m√≠ tambi√©n me toc√≥ velar en esas noches que parec√≠an interminables: arropado en el manto, pateaba para entrar en calor, me daba palmadas para mantenerme despierto y alerta, y escrutaba el vac√≠o de las tinieblas por si sorprend√≠a el fantasmal destello de alg√ļn ojo salvaje; luego regresaba junto al fuego y ca√≠a en un sue√Īo intranquilo e inquieto hasta que el sol se levantaba.
A decir verdad, tampoco ve√≠amos el sol. El mundo estaba tan encapotado y nevado que se habr√≠a dicho que era un mundo sin luz y sin calor. Parec√≠a como si sollen se hubiera ense√Īoreado de Albi√≥n y hubiera condenado a las dem√°s estaciones a un exilio eterno. Todas las ma√Īanas, al despertar, o√≠a otra vez lo que Tegid me hab√≠a dicho: ¬ęLa estaci√≥n de las nieves no acabar√° hasta que Nudd sea derrotado¬Ľ.
El camino fue estrech√°ndose hasta convertirse en un dificultoso sendero de roca. El bosque fue haci√©ndose cada vez menos espeso y los √°rboles, m√°s peque√Īos, esmirriados y deformados por el constante castigo del viento, fueron espaci√°ndose como si en su miseria se esquivaran unos a otros. El cielo cargado de hielo parec√≠a acercarse a medida que √≠bamos subiendo. Jirones desprendidos de las nubes y r√°fagas perdidas de nieve tapaban el camino cada vez m√°s inseguro. Y, cuando volv√≠amos la vista atr√°s, s√≥lo ve√≠amos un nevado desierto blanco salpicado de grises bloques de piedras y pe√Īas del tama√Īo de una casa. Ascend√≠amos por encima del l√≠mite del bosque acerc√°ndonos lentamente al desfiladero que conduc√≠a al coraz√≥n de piedra de Cethness.
Día a día el sendero se hacía más empinado; día a día el viento era más frío; día a día las nevadas eran más intensas. Y cada día caminábamos bastante menos que la víspera. Todas las noches me dolían las espinillas y los muslos por el esfuerzo de la escalada, me ardían las manos y la cara por el castigo del viento y tenía que masajearme para que mis entumecidos miembros entraran en calor.
Acarreamos tanta le√Īa como pudimos del bosque y la transportamos a lomos de los caballos. Pero las noches eran terriblemente fr√≠as en aquellas alturas azotadas sin cesar por los gemidos y lamentos del viento, y nos ve√≠amos obligados a consumir grandes cantidades del precioso combustible en un vano esfuerzo por calentarnos.
Había creído que abandonar el bosque significaba por lo menos vernos libres del acoso de los lobos, pero estaba muy equivocado. La segunda noche que pasamos más arriba del lindero, mientras estábamos acampando, los oímos una vez más; encaramados en las rocas lanzaban al aire sus terribles aullidos. Al día siguiente los divisamos en el sendero detrás de nosotros. Ya no se molestaban siquiera en ocultarse. Sin embargo, no nos atacaron ni tampoco abandonaron el acoso, aunque ponían buen cuidado en guardar una cierta distancia.
Comenc√© a pensar que no nos atacar√≠an otra vez. ¬ŅPor qu√© iban a hacerlo? Lo √ļnico que ten√≠an que hacer era aguardar pacientemente a que uno a uno fu√©ramos cayendo en el camino. Se conformar√≠an con los rezagados, matar√≠an a cualquiera que se quedara atr√°s, devorar√≠an a los que estaban demasiado d√©biles o ten√≠an demasiado fr√≠o para seguir avanzando. Por eso, el rey orden√≥ a los guerreros que protegieran la retaguardia, tanto para ayudar a los que desfallecieran como para impedir que los lobos se acercaran demasiado.
Avanz√°bamos penosamente por la nieve, sendero arriba, subiendo sin cesar en medio del inh√≥spito y helado viento. El fr√≠o, el hambre y el cansancio se aliaban contra nosotros. Pese a las medidas del rey, la gente comenzaba a desfallecer. Por la ma√Īana, cuando levant√°bamos el campamento, encontr√°bamos cuerpos helados, grises, r√≠gidos. A veces ve√≠amos a alguien que se esforzaba por seguir ascendiendo, pero de pronto ca√≠a para no volverse a levantar. A veces algunos resbalaban en la nieve, al borde del camino, y no los volv√≠amos a ver. Enterr√°bamos los cuerpos que encontr√°bamos bajo rocas y piedras, a un lado del camino. Los que no pod√≠amos encontrar eran pasto de los lobos.
Perdimos a cincuenta personas antes de llegar al desfiladero llamado la Hendedura de Rhon, una estrecha brecha entre dos monta√Īas, donde el sendero colgaba peligrosamente sobre un precipicio, al fondo del cual ca√≠an las espumosas cataratas de un r√≠o conocido con el nombre de Afon Abwy. El caudaloso r√≠o se abr√≠a paso hacia las ca√Īadas de la monta√Īa, despidiendo una h√ļmeda y blanca niebla que empapaba las rocas y se helaba sobre ellas. Toda la garganta estaba encajonada en hielo.
El d√≠a en que llegamos a la Hendedura de Rhon perdimos cinco hombres que cayeron en la garganta. El viento soplaba con fuerza y los infortunados perdieron pie al resbalar con el hielo y hallaron la muerte en las pe√Īas del Afon Abwy. Yo s√≥lo vi caer a uno de ellos y es un espect√°culo que espero no volver a contemplar jam√°s: el desventurado cay√≥ como un peso muerto, como un trapo arrastrado por el viento, y fue rebotando en las paredes de la garganta, dando volteretas, chocando con las rocas cubiertas de hielo, hasta desaparecer entre la espuma que produc√≠a el remolino de las aguas.
S√≥lo vi caer a un hombre, pero o√≠ los breves y agudos chillidos de los otros cuatro al resbalar. El eco de las monta√Īas prolong√≥ el sonido mucho despu√©s de que las v√≠ctimas hubieran muerto. No pod√≠amos hacer nada por ellos, as√≠ que seguimos adelante.
El sendero de la monta√Īa era traicionero. Escarpado, estrecho, peligroso, tortuoso, helado y cubierto de nieve, serpenteaba entre los desnudos picos con la habilidad de una serpiente. De pronto pas√°bamos bajo enormes lascas de piedra, y al rato ten√≠amos que escalar por una pared de roca desnuda; unas veces ten√≠amos que subir paso a paso por una pendiente escarpada, y otras nos ve√≠amos impelidos de cabeza por un escabroso declive.
Nuestro √ļnico consuelo estribaba en que, si el viaje era duro para nosotros ¬óy en verdad era una agon√≠a¬ó, no lo era menos para nuestros perseguidores. Todos los d√≠as los ve√≠amos: a veces muy lejos de nosotros, otras a un tiro de piedra. Siguiendo al negro jefe de la manada nos persegu√≠an d√≠a y noche, sin fatigarse, sin abandonar el implacable acoso.
Me iba acostumbrando a verlos y ya no los temía como antes. Pero, mientras yo me iba habituando a su amenazadora presencia, Tegid les iba cogiendo día a día más miedo. De tanto en tanto se detenía y se volvía de golpe como si quisiera sorprender algo elusivo e invisible.
¬ó¬ŅQu√© haces? ¬óle pregunt√© cuando hab√≠a repetido el mismo movimiento sin explicaci√≥n alguna.
Yo también escrutaba el camino que quedaba atrás por donde avanzaba la harapienta procesión de viajeros.
Aguzando la vista y protegiéndose con la mano los ojos de la reverberación de la nieve, me contestó:
—Hay algo allí atrás.
¬óLobos..., como muy bien sabes ¬órepuse¬ó. ¬ŅO acaso lo has olvidado?
Sacudió la cabeza con energía.
—No me refería a los lobos. Hay algo más.
¬ó¬ŅQu√©?
No contest√≥, pero sigui√≥ escrutando el sendero un buen rato. Luego se dio la vuelta y reanud√≥ la marcha. Yo lo segu√≠, pero contagiado por la inquietante sensaci√≥n de un temor creciente. Me dije a m√≠ mismo que con aquella tenaz manada de lobos a nuestras espaldas no hab√≠a necesidad de buscar el origen de aquel presentimiento m√°s all√° del primero de nuestros perseguidores. As√≠ se lo dije a Tegid, pero el bardo no pareci√≥ muy convencido. Segu√≠a escudri√Īando el camino de vez en cuando, y yo tambi√©n; pero no vimos nada excepto las fantasmales siluetas de los lobos.
Nuestros v√≠veres se estaban acabando, y el combustible menguaba peligrosamente. Se convirti√≥ en un tema de conjeturas qu√© nos matar√≠a primero: el hambre, el fr√≠o o los lobos. Resistimos durante tres d√≠as, cansados y medio helados, hasta que el hambre nos oblig√≥ a matar el primero de los caballos. Arrancamos la carne a√ļn caliente de los huesos y la devoramos. Limpiamos el pellejo y lo utilizamos para abrigar a los ni√Īos. El peque√Īo Twrch engull√≥ con fruici√≥n jirones de asadura; guard√© un hueso para d√°rselo despu√©s y confi√© el cuidado del cachorro a una ni√Īa y su madre que viajaban en mi caballo. El marido hab√≠a muerto al caer por el precipicio y la mujer, abatida por el dolor, agradeci√≥ aquella peque√Īa diversi√≥n para su criatura. Twrch no podr√≠a haber hallado mejor guardiana y compa√Īera.
El rey avanzaba siempre a la cabeza de la columna; iba a pie, no a caballo. A veces caminaba junto a Tegid, pero la mayor parte del tiempo iba solo. Cada baja le atravesaba el coraz√≥n como un cuchillo, y cargaba sobre sus hombros el dolor de cada muerte como si se tratara de la suya propia. Sin embargo, no estaba dispuesto a sacrificar a los vivos por los muertos. Segu√≠a adelante, caminando con dificultad, encorvado, con los hombros hundidos, como si soportara en sus anchas espaldas el peso de los sufrimientos que estaba acarreando su decisi√≥n de internarse en las monta√Īas, camino de Findargad. El rey Meldryn se manten√≠a firme en su prop√≥sito pese a las quejas que se levantaban contra √©l. Y no eran ciertamente pocas. Podr√≠amos quedarnos sin grano, pero jam√°s nos faltar√≠a el pan de la disensi√≥n. Y, cuando se agot√≥ el √ļltimo grano, la gente ech√≥ mano de esas hogazas en reserva.
El príncipe Meldron era el más implacable en sus reproches; él, que debería haber sido el principal apoyo de su padre, se envenenó a sí mismo y a los que lo rodeaban con toda clase de quejas y lamentos. Me harté de oír sus sarcásticas burlas.
¬ó¬ŅAd√≥nde ahora, padre? ¬óexclamaba siempre que nos deten√≠amos a descansar en plena marcha¬ó. ¬°Habla, Soberano Se√Īor! Dinos otra vez que debemos apresurarnos a llegar a Findargad.
Sus pullas eran cobardes; Meldron sabía perfectamente que su padre no iba a contestar, pues su geas se lo impedía: el rey no hablaría ni siquiera para defenderse de las acusaciones de su hijo.
Aunque me averg√ľenza admitirlo, pese a que ten√≠a plena confianza en el rey, comenc√© a poner en duda la prudencia de su decisi√≥n. ¬ŅAcaso no hab√≠a tumbas en Sycharth? No es f√°cil mantener encendida la llama de la esperanza en el fr√≠o y desolado coraz√≥n de sollen. La estaci√≥n de las nieves no es la √©poca m√°s apropiada para trazar planes para el futuro. Un paso lento tras otro: √©se era todo el futuro que yo era capaz de imaginar. Un paso m√°s, luego otro... Lo dem√°s no me importaba nada.
Por fin un d√≠a divisamos Findargad: una inmensa fortaleza con innumerables torres, una magn√≠fica corona de piedra sobre una enorme cabeza de granito erguida sobre los hombros de Cethness. Pero tambi√©n divisamos finalmente a nuestros verdaderos perseguidores. He dicho ¬ęun d√≠a¬Ľ, pero en realidad el cielo estaba oscuro como en el crep√ļsculo y la nieve nos golpeaba con violencia el rostro. Vi que Tegid se deten√≠a de pronto y se daba la vuelta como para sorprender a un ladr√≥n que se deslizara a su espalda. Le hab√≠a visto hacer lo mismo miles de veces. Pero, esta vez, vi que torc√≠a el gesto y que sus ojos se llenaban de alarma.
Corrí a su lado.
¬ó¬ŅQu√© ocurre, hermano?
No contest√≥, sino que alz√≥ la vara de roble y se√Īal√≥ el camino que quedaba detr√°s de nosotros. Volv√≠ la cabeza para poder ver lo que √©l estaba viendo. Y lo vi. El coraz√≥n se me encogi√≥ en el pecho; me dio la sensaci√≥n de que una criatura enorme se me hab√≠a metido por la garganta hasta el est√≥mago y me estrujaba las entra√Īas con mano de hierro.
¬ó¬ŅQu√©...? ¬ófarfull√©.
Tegid seguía rígido y silencioso junto a mí.
No se puede describir lo que vi. No hay palabras que puedan hacerlo. En efecto, ante nuestros ojos hab√≠a aparecido una monstruosa abominaci√≥n de color amarillento y pies torcidos que arrastraba una tremenda tripa de ballena entre sus piernas obscenamente despatarradas; en su manchado y destrozado pelo le crec√≠an unos penachos de cerdas negras, y sus ojos peque√Īos le brillaban con una malignidad bestial. Ten√≠a una boca floja y desdentada como la de una rana, y la lengua le colgaba chorreando baba y una p√ļtrida sustancia verdosa; le pend√≠an unos brazos largos, flacos, fl√°ccidos. Con las manos apretadas en pu√Īos iba arrancando y arrojando rocas mientras escalaba fren√©ticamente por el escarpado terreno.
Detr√°s de esta achaparrada monstruosidad surgi√≥ una hormigueante legi√≥n de engendros. ¬°Un tropel de abortos monstruosos! ¬°Centenares! Todos igualmente repulsivos. Vi miembros esquel√©ticos revolvi√©ndose, hinchados torsos retorci√©ndose, rostros obscenos haciendo imp√ļdicas muecas, pies enloquecidos lanz√°ndose contra nosotros a toda velocidad. Me maravillaba su rapidez porque la nieve no parec√≠a entorpecerlos en modo alguno. Tuvieran las patas largas o cortas, cuerpos gordos o esquel√©ticos, enormes y espantosos o esmirriados y repugnantes, todos se deslizaban por la nieve corriendo hacia nosotros en asqueroso y vomitivo tropel.
Nos persegu√≠an empujados por un vendaval de odio. Su repugnante apariencia era s√≥lo una peque√Īa parte de su paralizante poder; intu√≠ que la maldad que destilaban era como un veneno atroz capaz de arruinar todo lo que tocara. Iban detr√°s de los lobos, azuz√°ndolos con su rabia. Lobos y demonios, r√°pidos y seguros como la mism√≠sima muerte, avanzaban todos a una sobre la nieve. ¬ŅQui√©n podr√≠a resistir tan formidable ataque?
—Es la Hueste del Abismo —dijo Tegid en lacónico murmullo—. Los coranyid.
Era la Hueste Demoníaca de los Infiernos, cuya llegada había presentido Tegid silenciosamente durante días. Sin duda eran demonios, y más horripilantes de lo que cualquiera hubiera podido imaginar. Decir que vi a los malignos coranyid es como no decir nada. Mirarlos significaba contemplar el rostro de la perversidad y de la malignidad más espantosa. Eran la encarnación de la abominación y de la maldad, la pudrición convertida en carne, la muerte más allá de la muerte.
Mis manos perdieron toda su fuerza, mis piernas toda su energ√≠a. No ten√≠a siquiera deseos de huir. Lo √ļnico que quer√≠a era dejarme caer en tierra y cubrirme con mi manto. Y eso era, desde luego, lo que deseaban los demonios. Ten√≠an la esperanza de detenernos antes de que lleg√°ramos a la fortaleza del rey, aunque no s√© por qu√© hab√≠an aguardado tanto tiempo, en vez de caer sobre nosotros en el mismo momento en que abandonamos Sycharth.
Por encima del hombro eché una rápida ojeada a Findargad, que se elevaba hacia los cielos a considerable distancia.
¬óLa fortaleza est√° demasiado lejos. Nunca lograremos alcanzarla.
—Debemos hacerlo —replicó con energía Tegid—. Tendremos una oportunidad si conseguimos llegar a Dun na Porth.
Nos apresuramos a reunirnos con el rey. La noticia no pareci√≥ desanimarlo, ni siquiera sorprenderlo. Mir√≥ con ojos fatigados el desfiladero y se llev√≥ el cuerno a los labios. Segundos despu√©s, un estremecedor sonido cortaba el fr√≠o viento con una aguda nota de alarma. Cuando el primer eco reson√≥ en los helados picachos, el pueblo entero respondi√≥ instintivamente. Sonaron otras se√Īales de alarma a lo largo de la procesi√≥n de fugitivos, y en un abrir y cerrar de ojos todos echaron a correr hacia la protecci√≥n de la fortaleza tropezando, resbalando, patinando, hundi√©ndose en la nieve.
El desfiladero al que se había referido Tegid estaba justo delante de nosotros: Dun na Porth, la Puerta de la Fortaleza, una brecha de escarpadas paredes por la que pasaba el sendero antes de encaramarse a la aguilera donde se alzaba la fortaleza de Meldryn Mawr. Yo abrigaba escasísimas esperanzas de que pudiéramos llegar hasta sus murallas. Mientras la gente se afanaba desesperadamente por alcanzarlas, Tegid, por orden del rey, llamó a los guerreros a las armas.
Saqu√© mi espada de su funda protectora de algod√≥n y me la ce√Ī√≠ a la cadera. Luego apret√© con toda la fuerza de mis entumecidos dedos el astil de mi lanza y me precipit√© sendero abajo para reunirme con el grueso de los guerreros en la retaguardia, deteni√©ndome s√≥lo para ayudar a los fugitivos que se hab√≠an ca√≠do al suelo y para animarlos a que siguieran adelante.
El pr√≠ncipe Meldron me mir√≥ ce√Īudo mientras yo me apostaba con los dem√°s guerreros, pero pronto estuvo demasiado ocupado como para discutirme mi lugar entre sus hombres. En cuanto hubo pasado el √ļltimo de los fugitivos, formamos una cu√Īa que obstruy√≥ el camino de lado a lado. Para alcanzar a nuestro pueblo y a nuestro rey, la tropa infernal de Nudd tendr√≠a primero que matarnos a nosotros. Yo no sab√≠a si se pod√≠a matar a los demonios, ni siquiera si se los pod√≠a combatir con espadas y lanzas. Pero, si un demonio era capaz de sentir algo, estaba dispuesto a que sintiera la punta de mi espada.
Cuando la línea de batalla se hubo formado, me encontré aproximadamente en el centro de la segunda fila de guerreros. Blandimos las lanzas por encima de los hombros de los de la primera fila. Y, mientras Tegid y el rey conducían a los nuestros hacia el desfiladero, avanzamos lentamente sendero abajo hacia el tropel de enemigos.
Cuando vieron nuestra formación, los demonios soltaron un grito espantoso y sobrenatural, lastimero y furioso a la vez; un grito de cólera y demencia capaz de sembrar la desesperación en los ánimos más aguerridos. El atronador gemido llegó hasta nosotros en alas del viento, pero permanecimos firmes en nuestros puestos; y, mientras los coranyid se acercaban, nos aprestamos a recibirlos con insultos, gritando nuestro coraje con potentes alaridos de batalla.
Muy pocos demonios llevaban armas convencionales. Vi s√≥lo unas cuantas espadas y lanzas asidas por dedos en forma de garras. Algunos llevaban porras ennegrecidas por el fuego, pero la mayor√≠a ten√≠an las manos vac√≠as, aunque no por mucho tiempo. En efecto, mientras se precipitaban contra nosotros, iban cogiendo pedruscos del camino y de la ladera de la monta√Īa y nos los arrojaban. Nosotros nos proteg√≠amos bajo los escudos.
El jefe de batalla enemigo envi√≥ primero contra nosotros a los lobos. No s√© si los coranyid hab√≠an utilizado desde siempre a los lobos o si simplemente aprovechaban ahora para sus prop√≥sitos la ferocidad innata de aquellas bestias. El caso es que los animales, enloquecidos por el hambre y el miedo, azuzados hasta el frenes√≠ por sus inhumanos due√Īos, se lanzaron sin vacilar contra nosotros. Y su ataque fue esta vez directo y mortal. Los recibimos con las puntas de nuestras lanzas, y murieron mordiendo con sus crueles fauces el metal que los hab√≠a ensartado.
Detr√°s de los lobos ven√≠a el grueso de los coranyid. Guerreros endurecidos en miles de batallas, que no tem√≠an ni al dolor ni a la muerte, temblaron al ver la tropa de Nudd. Verdaderamente era un ej√©rcito horripilante; todos y cada uno de ellos eran monstruos deformes: cuerpos con calaveras por cabeza, vientres hinchados, asquerosos fantasmas escapados de las tumbas con miembros como husos. Desnudos, monstruosos, eran diablos semihumanos, perversos sirvientes de un amo m√°s abominable a√ļn. M√°s de un hombre se acobard√≥ ante el asqueroso espect√°culo, y por cierto no se les pod√≠a echar en cara.
Aunque escrut√© entre el numeros√≠simo tropel de abominaciones, no pude divisar a su espantoso se√Īor. Sin embargo, no me cab√≠a duda de que estaba muy cerca dirigiendo el ataque desde alg√ļn lugar invisible. En efecto, mientras la terrible horda avanzaba, me sent√≠ invadido por un pavor que me daba v√©rtigo; el instinto me dijo que esa sensaci√≥n iba m√°s all√° de la repulsi√≥n que me inspiraba la aparici√≥n de tan tremendo enemigo. Nudd estaba cerca. Lo sent√≠a, percib√≠a la desesperaci√≥n y la sensaci√≥n de la propia insignificancia que su presencia inspiraba.
En ese preciso instante me acord√© de la esperanza que Tegid y yo hab√≠amos descubierto en las cenizas de Sycharth: el enemigo no era omnipotente. ¬°Ni mucho menos! Las √ļnicas armas de Nudd eran el temor y el enga√Īo. Si nos rend√≠amos a ellas, ganar√≠a. Si lo desafi√°bamos a √©l y a su hueste, fracasar√≠a. No pod√≠a luchar contra hombres que no lo temieran. Su punto flaco era √©se, aunque quiz√° fuera el √ļnico.
Por fin lleg√≥ hasta nosotros la Hueste de Demonios, desgarrando el aire con sus espantosos alaridos. La primera fila de guerreros retrocedi√≥ vacilante cuando la estridente hueste se lanz√≥ de cabeza contra nuestras armas. Sus √ļlceras destilaban negra bilis y apestosa sangre, y pronto nos vimos envueltos en una mareante fetidez. La pestilencia era casi paralizante; el hedor hac√≠a que los est√≥magos se nos subieran a la garganta. Los hombres m√°s fuertes se quedaban sin respiraci√≥n y vomitaban con los ojos llenos de l√°grimas. Por muy asquerosa que fuera la apariencia y el estruendo de aquellos perversos engendros, a√ļn era m√°s insoportable su hediondez. El temple de los guerreros se vino abajo, la primera fila vacil√≥, cedi√≥ y acab√≥ por romperse, y hombres de indiscutible valor echaron a correr huyendo del combate.
En pocos instantes, la intrépida banda de Meldryn se dio a la fuga y echó a correr sendero arriba hacia el desfiladero, perseguida por demonios y lobos. El príncipe Meldron intentó impedir la fuga gritando:
¬ó¬°Alto! ¬°Alto, mis valientes! ¬°Deteneos y luchad!
Pero sus hombres no podían oírlo, ensordecidos por el pánico que retumbaba en sus corazones.
Yo también eché a correr. Empujado por doquier, no podía menos que correr para no ser atropellado por la avalancha. Llegamos al desfiladero de Dun na Porth. Alcé la vista hacia la escarpada roca de la puerta de piedra y aflojé el paso pensando que allí por lo menos podría impedir al entrada a algunos enemigos. Me detuve y me di la vuelta para enfrentarme a la turbamulta.
Un lobo negro que llevaba a lomos un vociferante demonio persegu√≠a a un guerrero. En el momento en que yo me giraba para lanzarme contra el demon√≠aco tropel, el lobo me vio y vino hacia m√≠ mostrando sus terribles colmillos por las fauces abiertas. Dej√© que el animal se acercara; luego baj√© la espada y se la hund√≠ en las fauces. El animal alz√≥ las patas delanteras ara√Īando el aire y se ahog√≥, atragantado con su propia sangre. El demonio hizo amago de saltar sobre m√≠, pero el pr√≠ncipe Meldron se adelant√≥ y con un espadazo certero le abri√≥ la cabeza de un golpe. Ambos, lobo y demonio, cayeron muertos a nuestros pies.
De inmediato, otro demonio se precipit√≥ contra nosotros haciendo oscilar sobre su repugnante cabeza de reptil un le√Īo retorcido. El pr√≠ncipe desvi√≥ la porra y con el mismo movimiento de espada le cort√≥ el brazo al monstruo. Luego, con un segundo espadazo, ensart√≥ limpiamente al demonio, que cay√≥ de espaldas regurgitando gas y pus. Meldron abati√≥ enseguida a otra repugnante criatura que salt√≥ sobre √©l. Yo, a mi vez, envi√© a dos monstruos al infierno de donde hab√≠an salido.
—¡Es más fácil que matar ovejas! —exclamó el príncipe—. No se necesita especial habilidad para hacerlo. Tendremos que trabajar el doble para ganarnos gloria y honores.
Era cierto. Los demonios no sab√≠an combatir y desconoc√≠an el manejo de las armas. Se revolv√≠an y arrollaban por doquier, pero no resist√≠an un cara a cara con un guerrero; arrojaban pedruscos y enarbolaban porras, pero no sab√≠an presentar un ataque ordenado. Pese a ello, eran numeros√≠simos y, en cambio, s√≥lo el pr√≠ncipe y yo hab√≠amos quedado para plantarles cara. Seguramente no tardar√≠amos en sucumbir ante tan numeroso contingente. Pero nos manten√≠amos firmes en la entrada del desfiladero, abati√©ndolos golpe a golpe, seg√°ndolos como si fueran mala yerba ante la guada√Īa.
Los lobos eran mucho más peligrosos. Su fuerza, su agilidad, su ferocidad en la lucha los convertían en un enemigo de cuidado para un hombre. Por suerte los demonios los habían empujado a tal frenesí que habían olvidado su natural instinto y se lanzaban descuidada y enloquecidamente contra nosotros. Sólo había que esperar a que se acercaran y blandir la lanza contra ellos, y los lobos caían muertos o huían desgarrándose las heridas recibidas con furiosa locura.
Oí un ruido a mis espaldas y me di rápidamente la vuelta con la lanza en ristre.
—¡Deténte, hermano! —gritó una voz.
Era Paladyr, el líder de la Manada de Lobos del príncipe Meldron, que se reincorporaba a la lucha. Simon —Siawn Hy— venía tras él. Nos habían visto resistir a pie firme ante el enemigo y volvían al combate.
¬ó¬ŅAhora que la batalla ha sido ganada, ven√≠s a participar de la victoria? ¬óles espet√≥ el pr√≠ncipe¬ó. ¬°Marchaos! Estamos a punto de acabar.
¬óNi lo pienses, pr√≠ncipe. ¬ŅCrees que os vamos a dejar toda la gloria para vosotros solitos? ¬órespondi√≥ el palad√≠n¬ó. Perm√≠tenos luchar a tu lado; hay enemigos de sobra para los cuatro.
—¡Manos a la obra pues! —repuso el príncipe—. Pero emplead las espadas, no la lengua.
—¡Mira lo que hago! —exclamó Paladyr.
Y con un grito estridente blandi√≥ la capa y se lanz√≥ contra una docena de demonios que avanzaban en tropel. ¬°Fue un maravilloso espect√°culo! Certero en cada uno de sus movimientos, impecable como el oro, mortal como la hoja que empu√Īaba con mano en√©rgica, Paladyr era como una piedra de molino y sus enemigos eran el grano que aplastaba; los cuerpos se iban amontonando a sus pies como c√°scaras informes.
Siawn soltó un alarido agudo y ensordecedor y, precipitándose tras el paladín, comenzó a igualarlo en la habilidad de los golpes. Luchaban hombro con hombro. Sus espadas se alzaban y caían con rapidez vertiginosa como manejadas por una sola mano. Para no quedarnos atrás, el príncipe Meldron y yo redoblamos nuestros esfuerzos. Nos arrojamos a la lucha con incansable coraje y juntos abrimos una ancha brecha en la marea de demonios.
Al ver con qu√© facilidad ca√≠an los coranyid, muchos guerreros acudieron a combatir con el enemigo, y muy pronto Dun na Porth se colm√≥ no de nieve sino de repugnantes cad√°veres de la Hueste Demon√≠aca. Nos entreg√°bamos a la lucha en cuerpo y alma, y en verdad era una tarea fatigosa. Pese al fr√≠o, el sudor nos empapaba el cuerpo, nuestro aliento se condensaba en el aire y nuestros h√ļmedos cabellos desped√≠an vaho.
El hedor nos llenaba los ojos de lágrimas que resbalaban por nuestras mejillas. Pero resistía el ánimo de los guerreros, que se enardecían unos a otros con palabras y gritos de coraje. Hombro con hombro permanecíamos firmes frente a la embestida de aquellos pululantes, hormigueantes y apestosos enemigos. Golpe a golpe los íbamos venciendo. Habríamos logrado aniquilarlos del todo, si no hubiera sido porque eran numerosísimos y estaba cayendo la oscuridad.
A medida que se desvanecía la luz, resultaba más difícil ver a aquellos seres horribles; en cambio, ellos no parecían tener problemas para vernos a nosotros. Por eso sus golpes se volvían más certeros en tanto que los nuestros se hacían más torpes; sus embestidas se hacían más difíciles de contener a medida que nuestras defensas comenzaban a fallar.
La razón era obvia: las tinieblas eran su elemento; podían ver en la oscuridad. Habían atacado Sycharth y las fortalezas a altas horas de la noche. Podían acabar con nosotros en la oscuridad sin darnos siquiera tiempo a ver de dónde venían los golpes. Pero aun así seguimos luchando cuando ya era una locura hacerlo; y sufrimos las consecuencias.
Cuando la negra noche de sollen invadió por completo el desfiladero y el aullido del viento silenció los gritos de los coranyid, Paladyr se dirigió al príncipe.
—No soy un cobarde, pero no puedo luchar contra lo que no veo —declaró.
¬óYo tampoco ¬órepuso el pr√≠ncipe Meldron¬ó. No importa. Dejaremos a algunos con vida para seguir combatiendo ma√Īana.
La retirada por el tortuoso sendero en medio de la oscuridad fue muy dificultosa, pero al fin ascendimos hacia las macizas puertas y los altos muros de Findargad. Nunca me he sentido tan contento de oír una pesada puerta cerrarse a mis espaldas como aquella noche, cuando me encontré al fin en el patio de la fortaleza asistido por unos hombres que nos procuraban mantos secos y humeante cerveza. Cogieron las armas de nuestros rígidos dedos y pusieron en nuestras manos jarras calientes, ayudándonos a beber el primer trago de la reconfortante bebida. Cogieron en brazos a los que no podían ni andar y a los demás nos escoltaron hasta el pabellón central de la fortaleza.
Findargad estaba muy bien aprovisionada y abastecida. Los que nos hab√≠an precedido se hab√≠an ocupado de todo y hab√≠an encontrado las cosas necesarias en las despensas de la fortaleza. El pabell√≥n estaba iluminado por un buen n√ļmero de antorchas y caldeado con el fuego de tres enormes chimeneas. Las mesas estaban llenas de comida, pero la mayor√≠a de nosotros est√°bamos demasiado cansados para probar bocado. Nos sentamos en los bancos frente al fuego, encorvados como ancianos ante nuestras jarras de cerveza, que manten√≠amos apretadas contra el pecho y de vez en cuando llev√°bamos hasta nuestros labios para sorber un poco del vivificador l√≠quido.
En compa√Ī√≠a de Tegid, el rey deambulaba entre los guerreros alabando su bravura, encomiando su destreza y prodigando las palabras necesarias para renovar la energ√≠a en los cuerpos y el coraje en los corazones. Meldryn Mawr no hab√≠a combatido junto a sus hombres, pero hab√≠a presenciado la lucha desde la muralla hasta que la oscuridad le impidi√≥ seguir mirando.
Cuando llegaron junto a mí, Tegid dijo:
¬óEl rey desea que te diga que se ha fijado en tu coraje; has sido la salvaguarda de muchas vidas.
¬óSoberano Se√Īor, siento no haber podido hacer a√ļn m√°s ¬órespond√≠, porque en verdad me sent√≠a muy lejos de ser un h√©roe¬ó. Quiz√°, si no hubiera huido con los dem√°s, habr√≠amos podido vencerlos del todo. No hice nada que t√ļ mismo no hubieras hecho en mi lugar.
El rey Meldryn susurró algo al oído de Tegid y el bardo me lo transmitió:
—Aunque tal vez no lo sepas, has hecho algo que el príncipe no hizo: has permanecido leal a tu rey cuando otros no lo hicieron. Ni siquiera el príncipe puede enorgullecerse de tanto. Es una acción digna de tu renombre: jamás has deshonrado a tu rey desobedeciéndolo.
Luego siguieron adelante. Yo estaba tan cansado que no entendí del todo el significado de las palabras del rey, pero pronto tendría ocasión de meditar largamente sobre ellas. Y aprendería a lamentar cada una de sus sílabas.