29 - La matanza nocturna

El rey Meldryn apareci√≥ en el c√≠rculo de luz y se acerc√≥ al fuego; hab√≠a estado paseando solo entre las fogatas de su pueblo. Se detuvo a cierta distancia y le indic√≥ por se√Īas a Tegid que se reuniera con √©l. Conferenciaron unos instantes. No o√≠a nada de lo que cuchicheaban, pero estuve contemplando atentamente al rey. El viaje lo estaba cambiando.
Ya no era el mismo hombre que hab√≠a conocido en Sycharth. Meldryn estaba encorvado, ojeroso, rendido. S√≠, estaba muy cansado, como lo est√°bamos todos, pero en el monarca se evidenciaba algo m√°s que cansancio. Era como si el viaje en s√≠ mismo o el inclemente viento de sollen le estuviera arrebatando el esp√≠ritu y la energ√≠a. Sus ojos ya no brillaban; ya no llevaba la cabeza ni los hombros erguidos. El Soberano Se√Īor Meldryn era como una torre que comenzara a derrumbarse por dentro. Daba pena verlo.
Cuando hubieron terminado de hablar, Tegid regres√≥. Me levant√© para ofrecerle al rey mi sitio junto al fuego, pero Meldryn me hizo una se√Īa para que volviera a sentarme y se alej√≥ para continuar su incansable caminata entre las hogueras del campamento.
Por lo que yo sabía, Meldryn Mawr no había dirigido la palabra a nadie, excepto a Tegid, desde que salimos de Sycharth. Todo lo que deseaba comunicar se lo decía al bardo, y Tegid cumplía las órdenes del rey o las transmitía a los demás.
¬ó¬ŅPor qu√© no quiere hablar el rey? ¬ópregunt√© cogiendo un pincho de carne asada.
¬óHa tomado sobre sus hombros la pesada carga del geas ¬órespondi√≥ Tegid¬ó. Las voces de sus difuntos han enmudecido. Por eso el rey permanecer√° en silencio hasta que se re√ļna con ellos o hasta que las voces de su pueblo sean o√≠das otra vez en Sycharth.
Recordaba las palabras que había pronunciado Meldryn la noche que abandonamos Sycharth, aunque entonces no las había interpretado al pie de la letra.
¬óPero habla contigo.
¬óLa corona se recibe del Bardo Supremo, que posee el poder de otorgar o retener la dignidad real. Es el bardo el √ļnico que se acerca al rey sin doblar la rodilla. Por eso Meldryn puede hablar con su bardo sin violar el geas.
Hab√≠a o√≠do hablar de esos extra√Īos tab√ļes. Pero nunca hab√≠a tenido ocasi√≥n de observar uno y quer√≠a saber m√°s detalles.
—No lo entiendo —dije mordiendo un trozo de carne del pincho de aliso y chupando su jugo caliente y sabroso; luego cogí otro pedazo y se lo di a Twrch, que seguía acurrucado a mis pies aunque hacía rato que habían cesado los aullidos de los lobos—. Por lo que dices, parece como si el bardo estuviera por encima del rey.
Tegid se llevó un pedazo de carne a la boca y lo masticó con aire pensativo.
¬óNo es una cuesti√≥n de jerarqu√≠as ¬órepuso despu√©s de tragarlo¬ó. La voz del bardo es la voz de todo el pueblo: de los vivos, de los muertos, de los que a√ļn tienen que nacer. Del bardo recibe el rey la sabidur√≠a; y por boca del bardo son comunicadas las sentencias del monarca. La palabra del rey es la ley para el pueblo, que debe someterse a √©l, pero el rey debe someterse a su vez a una autoridad m√°s alta: a la de la dignidad real. Es deber del bardo sostener la ley de la corona en nombre del pueblo, para que el rey no se llene de soberbia y olvide su lugar.
¬óAs√≠ que para un rey hablar con un bardo no es como hablar con un jefe de clan cualquiera ¬óconclu√≠¬ó. Es como hablar consigo mismo. ¬ŅEs esto lo que quieres darme a entender?
Tegid sonrió y me resultó muy grato contemplar de nuevo su sonrisa.
¬óLo has dicho t√ļ, no yo.
¬óBueno, pero ¬Ņes as√≠?
¬óPara un rey hablar con su bardo es hablar con la fuente de su realeza. Es como recibir consejo de su propia alma o del alma de su pueblo. El v√≠nculo entre el rey y su bardo no es equiparable a ning√ļn otro.
¬óYa voy entendiendo ¬ódije¬ó. Bueno, si yo fuera rey, me gustar√≠a tener un bardo como t√ļ, Tegid.
Quería hacerle un cumplido, pero Tegid dejó de comer y me miró fijamente.
¬ó¬ŅHe dicho algo malo?
No me contestó, pero su mirada tenía una expresión perturbadora, como si estuviera viendo a través de mí o viéndome con un aspecto totalmente diferente. Su escrutinio me hizo sentir incómodo.
—Escucha, Tegid, no quería decir nada en especial. Perdóname si he dicho algo inconveniente.
Tegid se relaj√≥ y empez√≥ a comer otra vez. Yo ard√≠a en deseos de saber qu√© hab√≠a dicho para alterarlo de aquel modo, pero no me vi con √°nimos de meter otra vez el dedo en la llaga. Acabamos de comer en un silencio un tanto cargado. Pens√© en otro se√Īor que tambi√©n se hab√≠a enfrentado a la muerte sin emitir ni un sonido: el uro que hab√≠amos matado aquella tarde. Mientras se le escapaba la vida derrumbado sobre la nieve, el joven toro no hab√≠a soltado ni un gemido, ni un grito. La bestia se hab√≠a enfrentado a la muerte en silencio. Y ahora su carne nos alimentaba y nos manten√≠a con vida.
Tal reflexi√≥n me llev√≥ a pensar en el otro uro, el que hab√≠a desaparecido ante nuestros ojos. ¬ŅAd√≥nde hab√≠a ido?
No cesaba de pregunt√°rmelo mientras masticaba el √ļltimo bocado de carne. Y, cuantas m√°s vueltas le daba, m√°s seguro estaba de saber ad√≥nde hab√≠a ido. Esa convicci√≥n me hizo estremecer y temblar de agitaci√≥n igual que cuando aquella tarde hab√≠a o√≠do mencionar a los uros. Me dije a m√≠ mismo que aquello era absurdo, que no ten√≠a manera de asegurarlo, que sin duda hab√≠a otra explicaci√≥n m√°s l√≥gica.
Sin embargo, aquella extra√Īa sensaci√≥n y aquella desconcertante seguridad persist√≠an en mi interior. O√≠ una voz ¬óquiz√° la m√≠a, pero muy remota¬ó que me dec√≠a como si susurrara desde la otra punta de un largu√≠simo pasillo: ¬ęEs verdad, Lewis. Sabes muy bien que es verdad. Sabes muy bien ad√≥nde ha ido a parar el uro. ¬°Dilo! ¬°Expr√©salo con palabras!¬Ľ.
Alejé tan inquietante pensamiento y me eché en las pieles junto al fuego. Tegid había extendido sobre la nieve unas brazadas de agujas de pino para que durmiéramos mejor. Me acosté junto al fuego y me tapé con el manto. Siguiendo el consejo de Tegid, tenía la lanza al alcance de la mano y la espada a mi lado. Twrch se acurrucó junto a mí y apoyó el hocico en mi brazo. Era un lecho frío pero más o menos seco.
Cerr√© los ojos, pero no pod√≠a dormir. Sab√≠a que no conciliar√≠a el sue√Īo hasta que admitiera que lo que hab√≠a imaginado pod√≠a ser verdad.
Pero ¬Ņc√≥mo reconocer una cosa as√≠? Era absurdo, rid√≠culo. No obstante..., ¬Ņy si era cierto? Me di la vuelta y me arrop√© a√ļn m√°s en el manto.
¬ę¬°Dilo!¬Ľ
Me sent√© y me quit√© el manto. El mont√≠culo, la lanza ¬óni m√°s ni menos que la lanza de Simon¬ó, el uro herido... Todo ten√≠a sentido y todo era a la vez un absurdo. Pero ¬Ņy si era cierto?, ¬Ņy si lo era?
Con paso vacilante me alej√© de la hoguera arrastrando el manto. Tegid me llam√≥ pero no le respond√≠. Deambul√© por el campamento dando vueltas a la misma pregunta: ¬Ņc√≥mo era posible? Mi idea era absurda. ¬ŅC√≥mo iba a ser posible?
Mientras vagaba de un lado a otro, me asalt√≥ otra voz: ¬ęUna brecha se ha abierto entre los mundos y cualquier cosa puede caerse por ella¬Ľ.
Me detuve y admití como seguro lo que había sospechado: el uro herido, enloquecido de pánico y dolor, se había caído por el portal abierto que daba al otro mundo, al mundo que yo había abandonado y casi olvidado.
Pero ¬Ņc√≥mo pod√≠a ser? ¬ŅC√≥mo era posible que el uro que hab√≠amos cazado aquel d√≠a fuera el mismo animal que hab√≠a acabado por llevarnos a m√≠ y a Simon al Otro Mundo? ¬ŅC√≥mo era posible que la lanza que hab√≠a tenido en mis manos cuando desayun√°bamos en la granja Grant fuera la misma que hab√≠a arrojado Simon?
No sab√≠a la respuesta. Pero s√≠ estaba seguro de una cosa: por mucho que hubiese intentado olvidarlo, por mucho que hubiese intentado negarlo, odiaba tener que recordar que yo era en aquel mundo un extranjero, un intruso, un furtivo. Cuando todo estuviera dicho y hecho, ya no habr√≠a lugar para m√≠ en el Otro Mundo. Y no podr√≠a quedarme por mucho que lo deseara; y en verdad lo deseaba desesperadamente. Aquella idea me llenaba de congoja, porque ya no pod√≠a concebir otra vida m√°s que aquella que ya me resultaba completamente familiar. Me dije a m√≠ mismo: ¬ęEl d√≠a en que regrese a mi mundo, ser√° el d√≠a de mi muerte¬Ľ.
Cuando empec√© a sentir m√°s fr√≠o, regres√© junto a nuestra hoguera. Tegid me estaba aguardando. Ech√≥ m√°s le√Īa al fuego mientras yo me envolv√≠a en el manto y me sentaba.
¬óMeldryn Mawr es realmente un rey poderoso, y muy rico ¬ódijo de pronto.
—Es cierto —asentí yo.
En realidad no lo sabía con certeza, pero creía que así era porque había visto sobradas evidencias de su riqueza.
¬ó¬ŅHas visto alguna vez su tesoro? ¬ópregunt√≥ el bardo.
—No —respondí.
¬óNo tiene ninguno.
¬ó¬ŅNo? ¬ŅPor qu√©?
—Sería una ofensa a la dignidad real —repuso con sencillez Tegid, y al fin entendí que había retomado nuestra conversación sobre la naturaleza de la dignidad real.
¬óPero amontona riquezas ¬óobjet√©, sintiendo la extra√Īa urgencia de defender mi suposici√≥n, aunque no sab√≠a muy bien por qu√©¬ó. Tiene oro, plata y joyas. Lo he visto.
—La riqueza existe para el rey —salmodió Tegid—. Y el rey existe para el pueblo. Un rey usa su riqueza para el bien de todos, para robustecer a su clan. El rey sólo atiende al bienestar del clan, nunca al suyo.
—El pueblo cuida del rey —musité— y el rey cuida de ellos.
Parec√≠a un acuerdo justo. ¬ŅQu√© otro mejor pod√≠a haber?
—No lo juzgues a la ligera —dijo Tegid partiendo una rama y echándola al fuego—. El rey no se pertenece a sí mismo. Su vida es la vida de la tribu. Un verdadero rey no vive para él; sólo posee la vida que consagra a su pueblo.
Reflexioné unos momentos.
—Y Meldryn Mawr es un verdadero rey —apostillé.
Desde luego; nunca lo había puesto en duda.
—Sí —afirmó Tegid con solemne rotundidad—. Lo es.
No tenía idea de por qué Tegid juzgaba tan necesario dejar claro ese punto. Pero la conversación cesó tan bruscamente como había empezado. Me quedé dormido, pero no durante demasiado tiempo. Me pareció que apenas había cerrado los ojos cuando se reanudaron los aullidos.
Me desperté y me puse en pie lanza en ristre sin saber exactamente lo que me había despertado. Miré en torno. Tegid seguía sentado junto al fuego. Alzó la cabeza.
—Ya han terminado con el caballo —explicó—. Sus exploradores han estado observándonos y han regresado a decirles lo que han visto.
Los lobos eran unas criaturas astutas, inteligentes y agresivas. Los aullidos que resonaban en el bosque a nuestro alrededor eran muy inquietantes, no como los que habíamos oído antes. Eran agudos y penetrantes, cortaban el frío aire de la noche como cuchillos.
¬óLos lobos de las monta√Īas son muy grandes ¬ódijo Tegid.
¬ó¬ŅPor qu√© no los hemos o√≠do hasta hoy?
—Llevan varios días siguiéndonos, aguardando este momento.
¬ó¬ŅAtacar√°n?
—Es un sollen muy duro. Hace mucho frío, los gamos escasean y los lobos están hambrientos. Cuando el hambre sea mayor que su miedo, atacarán.
Los aullidos iban en aumento; eran cada vez m√°s fuertes, y los gritos de otros lobos se iban a√Īadiendo a la misteriosa canci√≥n nocturna. Despiadado, insaciable, feroz y salvaje, era un sonido que aterrorizaba, acobardaba y paralizaba. Sent√≠ su eco en mis entra√Īas y tuve que luchar con el deseo de salir huyendo.
El rey Meldryn vino a nuestro encuentro, lanza en mano. Tegid se levantó y se reunió con él; tras hablar unos instantes, el bardo se volvió hacia mí.
—Ve con el rey —me indicó—. Pase lo que pase, manténte siempre a su derecha.
El rey se acercó a la hoguera y cogió una rama encendida. Me dio la tea y cogió otra para él. Corrimos hacia los caballos. El rey había ordenado que éstos fueran vigilados en el límite del campamento en grupos de ocho o diez, entre el bosque y el río, y la línea de vigilancia se extendía de un extremo a otro del campamento. Tomamos posiciones a la cabeza del primer puesto de guardia. Otros guerreros se unieron a nosotros, a pocos pasos unos de otros, de modo que pronto pude divisar una línea de llameantes antorchas que se prolongaba alrededor del campamento.
A lo largo de toda la l√≠nea, se hab√≠a amontonado a intervalos una considerable cantidad de maleza y le√Īa. Cuando los aullidos de los lobos se oyeron m√°s cerca, prendimos fuego a los montones. Aguardamos empu√Īando las armas mientras el bosque se hac√≠a eco de los salvajes gemidos. Siguieron resonando un buen rato y despu√©s, de pronto, cesaron. En el repentino silencio el siseo de las antorchas retumbaba en mis o√≠dos.
Escrutaba la oscuridad. La noche fría, sin luna, negra como la pez, nos acosaba por doquier y apenas veía nada más allá del resplandor de mi antorcha. Los lobos nos verían mucho antes de que nosotros los viéramos a ellos. Oí un ruido detrás de mí, me volví lanza en ristre y vi que el príncipe Meldron y el paladín del rey, Paladyr, venían hacia nosotros. Ambos llevaban teas y espadas y corrían por la nieve con bastante premura.
Se dirigieron directamente al rey.
¬óPadre y se√Īor ¬ódijo el pr√≠ncipe¬ó, perm√≠teme que vaya con mis guerreros al encuentro de los lobos. Podr√≠amos alejarlos del campamento y as√≠ nunca llegar√≠an a los caballos.
El rey escuch√≥ a su hijo mir√°ndolo fijamente a la luz de las antorchas pero no le respondi√≥. El pr√≠ncipe ech√≥ una mirada a Paladyr, tom√≥ aliento y prosigui√≥ con su s√ļplica.
¬óPadre, esta simple l√≠nea de defensa no tiene sentido. Con seguridad la romper√°n. ¬ŅY qu√© ocurrir√° cuando las teas se apaguen? No podemos mantener las hogueras encendidas toda la noche. Tan pronto como se apaguen, los lobos nos atacar√°n.
El rey no respondió nada.
¬ó¬ŅMe has o√≠do, padre? ¬ópregunt√≥ Meldron levantando la voz¬ó. Perm√≠teme salir a caballo para ahuyentar los lobos. ¬°Ser√° nuestra mejor protecci√≥n!
Como yo también estaba allí mirándolo, el príncipe Meldron se encaró conmigo.
¬óT√ļ vendr√°s conmigo ¬óorden√≥; luego se dirigi√≥ otra vez al rey¬ó. Pero, padre, debemos salir ahora mismo, mientras todav√≠a estemos a tiempo.
Como yo no había hecho el menor movimiento se dirigió a mí otra vez.
¬ó¬ŅQu√© me dices?
—Me honra que me incluyas entre tus guerreros —respondí—, pero mi puesto está junto al rey.
—Los guerreros de mi padre están bajo mi mando —replicó, enfadado—. Ya te he dicho que vendrás conmigo.
—Te pido disculpas, príncipe Meldron. Tegid me ha ordenado que permanezca en todo momento junto al rey.
—¡Y yo te ordeno que vengas conmigo! —gritó el príncipe—. Yo soy quien comanda la banda de guerreros, no Tegid.
Se dirigía a mí con extrema seguridad en sí mismo. Paladyr, en cambio, serio e imponente tras el príncipe, no parecía tan seguro y frotaba nerviosamente en la nieve la punta de su lanza.
¬óDe nuevo debo pedirte disculpas, se√Īor ¬ócontest√©¬ó. He prometido servir al bardo, y Tegid me ha ordenado permanecer junto al rey.
—¡Tegid! —gritó el príncipe con frustración—. ¡Tegid no tiene autoridad alguna sobre mí! ¡No le corresponde a él dar órdenes! ¡Harás lo que yo te mande!
Dio un paso hacia mí, pero el rey esgrimió en alto la lanza y lo detuvo.
Quizá Tegid oyó que se había pronunciado su nombre, porque oímos un grito y lo vimos apresurarse hacia nosotros.
¬ó¬ŅAlgo va mal aqu√≠? ¬ópregunt√≥.
¬ó¬°T√ļ! ¬óexclam√≥ col√©rico el pr√≠ncipe¬ó. Yo soy quien comanda la banda de guerreros, no t√ļ. Es una locura quedarse aqu√≠ esperando a que los lobos ataquen. Yo sostengo que debemos salir a su encuentro a caballo y alejarlos de una vez.
—Las órdenes del rey son muy diferentes —repuso Tegid con voz tranquila.
—¡Padre! —espetó Meldron—. Dile a este insolente perro de bardo que yo soy quien comanda a los guerreros.
Tegid se acercó al rey, y Meldryn Mawr le susurró algo al oído. Tegid miró al príncipe.
—El rey te ha oído —le dijo fríamente—. Desea recordarte que es él quien ostenta la autoridad sobre todo lo que ocurre en este reino. Te ruega que regreses a tu puesto y defiendas al pueblo tal como te han ordenado.
Meldron se qued√≥ unos instantes con la mirada fija; luego, con un gru√Īido de rabia e impotencia, arroj√≥ la antorcha a la nieve. La tea crepit√≥ y se fue apagando mientras el pr√≠ncipe se daba la vuelta y se alejaba a toda prisa.
Paladyr miró primero al monarca, que lo contemplaba con aire inexpresivo, y después miró al príncipe que se alejaba. Pareció unos momentos indeciso. Entonces el paladín del rey se giró y siguió a Meldron.
—Que así sea —murmuró Tegid—. Paladyr ha hecho su elección.
Yo no entendí del todo las implicaciones del altercado que acababa de presenciar. Pero tampoco tuve tiempo de reflexionar en ello, porque alguien soltó un grito de alarma en la línea de defensa. Miré en dirección al grito y percibí un fantasmal destello entre los árboles.
Escruté el bosque y al principio no pude distinguir nada en la oscuridad reinante. Pero enseguida vislumbré el débil destello dorado de unos ojos, como una chispa entre los árboles, y oí el susurro rápido y casi silencioso de unas pisadas.
No vi al lobo hasta que lo tuve delante, y era mucho mayor de lo que esperaba. Hab√≠a imaginado una criatura del tama√Īo de nuestros perros, que no eran en modo alguno peque√Īos. Tegid me hab√≠a avisado que los lobos eran enormes, pero aquel animal parec√≠a tener el tama√Īo de nuestros ponis.
Patilargo, flaco y gris, el lobo se acercaba con la rapidez del humo empujado por el viento. Sería difícil describir una visión más espantosa que aquélla: los estrechos ojos le brillaban como carbones encendidos; el hocico, largo y afilado, dejaba ver unas babeantes mandíbulas armadas de feroces dientes; los pelos entre los sobresalientes omóplatos se le erizaban de furia. En resumen, era una aparición concebida para inspirar horror y pánico en sus presas.
Su aspecto me llenó de pavor, que fue creciendo a medida que el animal se acercaba. Vi los feroces colmillos, el destello amarillo de los ojos, los robustos huesos bajo la piel erizada. Blandí con fuerza la lanza manteniendo el astil de fresno entre las costillas y el brazo. Menos de doce pasos me separaban de la fiera.
Si el lobo atacaba, no estaba seguro de poder mantenerme firme. Pero, cuando la fantasmal criatura hubo salvado de una carrera el √ļltimo √°rbol, se desvi√≥. Dada la larga zancada del animal, habr√≠a podido saltar por encima de m√≠ e ir a parar en medio de los caballos. Pero se limit√≥ a gru√Īir y aullar a lo largo de la l√≠nea de antorchas dispuestas por el rey.
Al cabo de unos instantes se reunieron con √©l unos seis lobos m√°s, entre ellos un enorme animal negro que era el l√≠der de la manada. Mir√© hacia el bosque s√≥lo un momento y cuando volv√≠ a observar a los lobos ya hab√≠a diez m√°s. Poco despu√©s, no menos de veinte. Recorr√≠an una y otra vez la l√≠nea de antorchas gru√Īendo y ense√Īando ferozmente los dientes.
El tumulto que armaban era amilanante y ten√≠a como objeto sembrar entre nosotros el terror y la confusi√≥n. En cuanto rompi√©ramos la l√≠nea, los lobos la atravesar√≠an y nos atacar√≠an por detr√°s. √Čsa era su t√°ctica. A los lobos no les falta valor, pero no luchan si no pueden hacerlo con la ventaja que les procuran el sigilo y el enga√Īo.
Como nos manteníamos en nuestras posiciones, los lobos aullaban con ciega furia. De vez en cuando, uno de ellos se acercaba a la línea de antorchas mostrando los colmillos; los hombres gritaban, blandían las lanzas y el lobo retrocedía y se ponía de nuevo fuera del alcance de éstas.
—Están poniendo a prueba nuestro valor —observó Tegid—. Si nos mantenemos firmes, a lo mejor se van.
A juzgar por la feroz determinaci√≥n de los animales, pens√© que era una suposici√≥n muy optimista. El duro invierno y el hambre hab√≠an aumentado su audacia. Adem√°s, hab√≠an visto a los caballos..., y los caballos hab√≠an visto a los lobos. Los asustados animales ga√Ī√≠an y relinchaban, agitando sus testas nerviosamente, con los ojos desorbitados por el terror.
Los lobos seguían sin atacar. No les gustaban las antorchas ni el brillo de las lanzas. Aullaban de rabia, pero no podrían alcanzar a los caballos mientras nuestra línea se mantuviera firme.
El sencillo plan del rey hab√≠a dado resultado. S√≥lo ten√≠amos que permanecer a pie firme y los lobos no se atrever√≠an a atacar. Pese a su tremendo tama√Īo, no estaban tan hambrientos ni eran tan audaces como para enfrentarse a las teas y a las lanzas que enarbol√°bamos. Aunque era terrible tener que permanecer quietos ante ellos, est√°bamos a salvo.
Al cabo de cierto tiempo, vi que los lobos empezaban a dar muestras de cansancio; el frenesí de su asedio los fatigaba. Sus carreras no eran ya tan veloces ni su desafío tan constante. Las amenazadoras fintas comenzaron a ser menos frecuentes; les colgaba la lengua y les pesaban los delgados flancos.
De pronto, el negro jefe de la manada se detuvo jadeante unos momentos; luego volvió grupas y se internó en la espesura. Reconocía así que los habíamos vencido. Estábamos a salvo. Nadie había resultado herido y no habíamos perdido ni un solo caballo. Habíamos ganado. Los lobos se retiraban.
Con la intención de comunicárselo al rey, volví la cabeza y me quedé sin aliento: Meldryn Mawr estaba sonriendo. Pero, antes de poder articular palabra, oí un terrible grito de guerra. La sonrisa se desvaneció de los labios del rey mientras dirigía la mirada hacia la línea de antorchas. Miré hacia el sonido y vi que alguien, allá lejos, en las posiciones ocupadas por el príncipe Meldron y sus guerreros, se precipitaba en pos de los lobos agitando una antorcha y animando a los demás a seguirlo.
Era el príncipe. La línea defensiva se rompió mientras Meldron y su Manada de Lobos se lanzaban a perseguir a las fieras adentrándose en el bosque.
—¡Están locos! —gritó Tegid—. ¡Conseguirán que nos maten a todos!
El bardo intentó detenerlos.
—¡Deteneos! —gritó Tegid—. ¡Mantened vuestras posiciones en la línea!
Si es que lo oyeron, no se dignaron obedecerle. El príncipe y sus guerreros estaban ansiosos por perseguir a los lobos. Uno de ellos arrojó una lanza y vi que uno de los lobos de la retaguardia caía sobre las patas traseras. Con un tremendo aullido, el animal herido agitó los cuartos traseros para desprenderse de la lanza.
El hombre corri√≥ hacia el lobo. Brill√≥ la hoja de un cuchillo y poco despu√©s el lobo yac√≠a muerto en la nieve. El guerrero, que no era otro que Simon, recuper√≥ su lanza y solt√≥ un alarido de triunfo. Se dio la vuelta y levant√≥ la lanza para animar a otros guerreros a seguirlo. Enardecidos por aquella haza√Īa, varios hombres rompieron filas y se apresuraron tras los lobos.
Los guerreros desaparecieron en la espesura. Sus antorchas parpadeaban entre los √°rboles; sus gritos se mezclaban en la oscuridad del bosque con los aullidos de los lobos. Y entonces, tan repentinamente que nos cogieron desprevenidos, los lobos aparecieron otra vez.
No podría decir si estaban escondidos muy cerca o si reanudaban el ataque acosados por los guerreros. Pero allí estaban; simplemente aparecieron y sin la menor vacilación se lanzaron por la brecha abierta en las filas por la deserción del príncipe Meldron y sus hombres.
En un abrir y cerrar de ojos todo devino caos y confusión: los hombres corrían, los caballos se encabritaban, las lanzas brillaban y las antorchas resplandecían por doquier. Los gritos de los hombres y los relinchos de los caballos ensordecían los demás ruidos.
¬ó¬ŅQu√© debemos hacer? ¬ópregunt√© a gritos a Tegid.
—¡Mantener las posiciones! —contestó, y echó a correr a lo largo de la línea llamando a los hombres—. ¡Quédate junto al rey! —me ordenó volviéndose hacia mí.
Logramos resistir a pie firme y los lobos no intentaron siquiera atacarnos. Centraron su ataque en el punto más débil de nuestra línea, sin hacer caso de los otros en los que permanecían hombres a la defensiva. Tegid corría a toda velocidad hacia el lugar del desastre, pero, antes de que pudiera lograr cerrar la brecha, uno de los caballos rompió la cerca y se encabritó. Unos cuantos hombres corrieron a coger las bridas y se lanzaron valientemente a detener la carrera desbocada del animal, pero no lo consiguieron.
Los caballos, aterrorizados por los lobos, la algarabía y el fuego no pudieron ser detenidos y se precipitaron desbocados en el bosque. Los lobos aprovecharon tan excelente oportunidad y corrieron tras ellos; todo había transcurrido en escasos minutos. Los lobos habían desaparecido de nuevo y con ellos muchos caballos.
Permanecimos aguardando un rato, escuchando los aullidos de los lobos y los relinchos de los caballos que cabalgaban enloquecidos y a ciegas por el bosque. Pero los lobos no volvieron a aparecer. El eco de la persecución fue cediendo y haciéndose más débil a medida que los animales se internaban en la espesura. Poco después todo quedó en silencio.
Cuando comprendimos que el ataque había terminado, el rey arrojó su antorcha y recorrió la línea camino de las posiciones abandonadas por el príncipe y sus hombres. Tras titubear un instante, fui tras él. Al fin y al cabo, Tegid me había ordenado que permaneciera siempre a su lado. Juntos acudimos a toda prisa al escenario del ataque de los lobos.
Por la cantidad de sangre que vi en la nieve, iba preparado para lo peor. Cinco hombres habían resultado heridos, destrozados y despedazados por los lobos, pero no estaban muertos. Cuatro caballos estaban derribados en el suelo, dos muertos con las gargantas desgarradas; ocho más habían huido al bosque. Los lobos los acosarían hasta darles caza; no volveríamos a verlos jamás.
El rey contempló el desastre con rostro inexpresivo.
—Hemos perdido doce caballos —le informé.
Mientras lo decía, los dos caballos heridos fueron liberados de su agonía; un certero lanzazo tras la oreja acabó con sus sufrimientos.
Cuando el príncipe Meldron y sus hombres regresaron, las mujeres habían lavado con nieve y vendado las heridas de nuestros guerreros. El príncipe echó una rápida ojeada a los heridos y se dirigió hacia nosotros.
—Hemos alejado a los lobos —declaró con orgullo limpiándose el sudor de la frente.
Sus guerreros se apostaron detrás de él. A la luz vacilante de las antorchas, el vapor de su aliento brillaba como plata y se quedaba en suspenso sobre sus cabezas.
¬óYa no volver√°n a molestarnos ¬óa√Īadi√≥ con jactancioso optimismo el pr√≠ncipe¬ó. Hemos sembrado el miedo en sus cobardes corazones.
¬ó¬ŅA cu√°ntos hab√©is matado? ¬ópregunt√≥ con aspereza Tegid.
Oí en su voz el cortante y frío matiz de la cólera.
Los congregados tras el príncipe también lo oyeron y murmuraron siniestramente. Sin embargo, Meldron sonrió y alzó la mano para silenciarlos.
—Siawn mató a uno, como bien sabéis —replicó en tono afable.
¬óS√≠ ¬órepuso Tegid¬ó. ¬ŅY a cu√°ntos m√°s matasteis?
—Ninguno más —contestó el príncipe con voz neutra—. No matamos a ninguno más. Pero tampoco sufrimos ninguna baja.
¬ó¬ŅNinguna baja? ¬óle espet√≥ Tegid¬ó. Doce caballos perdidos y cinco hombres heridos... ¬ŅAcaso lo consideras una victoria?
El príncipe miró a su padre, que a su vez lo contemplaba fijamente.
—Pero los pusimos en fuga —insistió Meldron—. No se atreverán a atacarnos otra vez.
—¡Ya lo han hecho! En el momento en que abristeis una brecha en la línea, los lobos volvieron y atacaron por el lugar que habíais abandonado.
—No ha muerto nadie. Les hemos demostrado que sabemos luchar. —Alzó la lanza y entre sus guerreros se levantó un murmullo de aprobación.
¬óLo √ļnico que les has demostrado, pr√≠ncipe Meldron, es que val√≠a la pena que volvieran: doce caballos a cambio de un solo lobo muerto. Ni siquiera notar√°n la p√©rdida ¬ódijo Tegid con la voz alterada por la furia¬ó. Puedo asegurarte que volver√°n otra vez. Nos acosar√°n desde esta noche hasta que lleguemos a Findargad, porque les has demostrado magn√≠ficamente que la ganancia es mucha y el riesgo poco. A estas horas deben de estar ri√©ndose de la facilidad con que nos han burlado. Los lobos volver√°n, pr√≠ncipe Meldron. Puedes apostar la vida.
El pr√≠ncipe mir√≥ a Tegid con el entrecejo fruncido y los ojos pre√Īados de odio.
¬óNo tienes autoridad alguna sobre m√≠ ¬ógru√Ī√≥ Meldron¬ó. Para m√≠ no eres nadie.
—Soy el bardo de tu pueblo —replicó Tegid—. Has desafiado las órdenes del rey. Por tu culpa cinco hombres han resultado heridos y hemos perdido doce caballos.
Meldron le dirigió una mirada altanera.
—Todavía no he oído decir al rey que esté enfadado conmigo. Si mi padre está disgustado, deja que sea él quien me lo diga.
El príncipe miró a su padre. El rey Meldryn miró a su hijo pero no dijo nada.
¬ó¬ŅLo ves? ¬óri√≥ el pr√≠ncipe¬ó. Ya me lo imaginaba. El rey est√° satisfecho. M√©tete en tus asuntos, Tegid Tathal, y no me molestes con tus tonter√≠as. Si no llega a ser por m√≠, a√ļn estar√≠amos luchando con los lobos. Los he puesto en fuga. Pronto tendr√°s que darme las gracias.
A la luz de las antorchas el rostro de Tegid aparecía muy pálido.
—Gracias a ti, oh príncipe impetuoso, tendremos que volver a vérnoslas con los lobos. Gracias a ti, doce personas que podrían ir a caballo tendrán que caminar a pie por la nieve. Gracias a ti, cinco cuerpos que gozaban de salud tendrán que soportar el dolor y quizá la muerte.
Cre√≠ que el pr√≠ncipe iba a estallar de c√≥lera. Se le hinch√≥ el cuello, y los ojos se le empeque√Īecieron a√ļn m√°s.
—No permito que nadie me hable en ese tono —siseó—. Soy un príncipe, un caudillo de guerreros. Si en algo aprecias la vida, cállate.
¬óY yo soy el bardo de tu pueblo ¬ócontest√≥ Tegid, record√°ndole una vez m√°s al pr√≠ncipe su autoridad¬ó. Hablar√© en el tono que se me antoje necesario. Ning√ļn hombre, y un pr√≠ncipe o un rey menos que nadie, puede osar refrenar mi lengua. Har√≠as bien en tenerlo siempre presente.
El príncipe se debatía entre la rabia y la frustración. Apeló silenciosamente a su padre, mirándolo con ojos furiosos e implorantes a un tiempo. Pero el rey apenas se dignó devolverle la mirada, escudado en su silencio de piedra. El príncipe, humillado por aquella falta de apoyo, giró de pronto sobre sus talones y se alejó. Los hombres que se consideraban propiedad del príncipe lo siguieron. Paladyr, el paladín del rey, estaba entre ellos.