28 - La cacería

Como enloquecida por nuestra huida, la estación del hielo nos acosó por valles y riberas atronando el mundo con su furioso bramido. Sollen se convirtió en un enemigo al que había que combatir, un adversario que se hacía más y más fuerte en tanto nosotros íbamos debilitándonos. Pese a ello, seguíamos adelante. Cuando llegamos al pie de los altos picos, todos coincidieron en afirmar que este año las inclemencias de sollen eran las más duras que jamás habían conocido; nunca el viento, la lluvia, la nieve y el frío habían sido tan salvajes y brutales. No había día en que no nevara. Y, mientras la nieve se iba acumulando en torno, nuestra marcha se hacía más lenta.
Encontrar leña para alimentar los fuegos del campamento se convirtió en una verdadera obsesión. A menudo teníamos que detenernos antes de la caída de la tarde, a veces incluso a media jornada, a buscar y recoger leña para calentarnos por la noche. Cargábamos con todo lo que podía arder. Todavía nos quedaba suficiente comida, sólo porque cada vez comíamos menos. Para llenar nuestros estómagos vacíos comíamos nieve cuando nos caíamos durante la marcha. Los guerreros iban ahora a pie, para dejar sus caballos a los niños y a las madres con criaturas pequeñas que no podían andar por la nieve. Tuvimos que envolver en trapos y pieles las patas de los caballos y también nuestras piernas para que no se helaran; caminábamos de dos en dos a cada lado de un caballo para que nadie cayera al suelo sin que los demás lo notaran.
Yo llevaba a Twrch bajo el manto porque de otro modo se habría hundido en la nieve y no cesaba de bendecir el calor que me procuraba su cuerpecillo. Le daba de comer de mi ración o conseguía desperdicios con los que se alimentaba a los perros de caza. Por la noche dormía a mi lado y así nos dábamos mutuamente calor.
—Nunca había tenido tanto frío —le dije a Tegid un día cuando nos detuvimos a hacer agujeros en el suelo para que los caballos bebieran.
—Ahórrate el aliento —repuso con amargura—. Todavía no ha llegado lo peor.
—Lo peor perderá el tiempo conmigo —repliqué, con la esperanza de alegrar su mal humor—. Estoy tan helado de la cabeza a los pies que no notaré la diferencia.
Se encogió de hombros y siguió trabajando. Cuando hubimos hecho un agujero suficientemente grande, despejé los pedazos de hielo del agujero. Por unos momentos el agua me calentó los dedos, pero enseguida volvieron a entumecérseme. Acercamos los caballos al agujero y mientras bebían le pregunté:
—¿Cuánto falta, Tegid? ¿Cuántas jornadas quedan hasta llegar a la fortaleza?
—No podría decirlo.
—Pero debes de tener alguna idea.
Sacudió la cabeza gravemente.
—No lo sé. Nunca he hecho este viaje con nieve. Ahora avanzamos con mucha más lentitud que al principio, e incluso entonces íbamos bastante despacio. Si comienzan a fallarnos las fuerzas en los desfiladeros, iremos aún más lentamente.
—Quizá mejore el tiempo —observé—. Nos vendrían muy bien unos cuantos días de bonanza.
Tegid echó una ojeada al cielo que presentaba el mismo aspecto que en los últimos días: oscuro, cargado de densas y grises nubes de nieve.
—No —dijo—. No creo que mejore. Es más, estoy comenzando a pensar que la estación de nieve no acabará hasta que Nudd sea derrotado.
—¿Es posible?
La perspectiva de un invierno interminable me habría parecido absurda, si no hubiera sido porque cada día que pasaba se hacía más evidente.
—Una inconmensurable maldad ha invadido Albión —declaró el bardo con voz solemne—. Cualquier cosa puede ocurrir.
Aunque odiaba tener que admitirlo, en el fondo de mi corazón sabía que Tegid estaba en lo cierto. Nudd y su Hueste de Demonios se habían apoderado de Albión, y el odio del helado corazón de Nudd asolaba la tierra, aullando en el viento furioso y bramando en el cortante hielo y en la cegadora nieve.
—¿Se lo has dicho a alguien?
Tegid, ocupado con los caballos, no me contestó.
—Deberías decírselo al rey por lo menos.
—¿No crees que lo sabe de sobra?
Después de abrevar los caballos, proseguimos la marcha, pero con los corazones angustiados por la tremenda perspectiva. Los días se fueron sucediendo. El terreno fue haciéndose más abrupto, el camino más estrecho y por tanto más difícil de seguir. Avanzábamos cada vez menos; aunque nos levantábamos más temprano, teníamos que detenernos más a menudo y no recuperábamos el tiempo perdido. Sin embargo, no todo estaba contra nosotros. En efecto, a medida que las colinas iban siendo más escarpadas y rocosas, los escasos matorrales de las mesetas iban dando paso a los bosques. Podíamos conseguir toda la leña que necesitábamos y por primera vez desde que abandonamos las ruinas de Sycharth no pasábamos frío por las noches.
Además, los gamos que habían abandonado las praderas parecían haberse refugiado en los bosques. Comenzamos a ver huellas de animales en los vericuetos del bosque y de vez en cuando divisábamos el reflejo gris de un lobo que se escabullía sigilosamente entre los árboles. El príncipe Meldron formó una partida de caza que comandaba en persona. Al principio los cazadores no tuvieron suerte. Pero, cuando el bosque se hizo más espeso y los gamos más abundantes, los esfuerzos del príncipe comenzaron a dar frutos. Con bastante frecuencia teníamos carne asada de jabalí y de ciervo para llenar nuestros estómagos.
Un día, mientras estábamos acampando, un pequeño grupo de cazadores salió en busca de algún gamo. No hacía mucho que se habían marchado cuando uno de ellos regresó al campamento.
—¡Deprisa! —gritó—. Necesitamos seis guerreros más.
—¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido? —preguntó Tegid.
—Hemos encontrado el rastro de un uro —explicó el cazador—. El príncipe Meldron me ha enviado a buscar seis guerreros más para que se unan a la partida.
—Yo iré —me ofrecí.
Comencé a sentir una extraña excitación mientras en mi memoria se atropellaban recuerdos hacía tiempo olvidados. Un uro...
—Escoge a cinco más —indicó Tegid al cazador—. Yo me quedaré con el rey.
No faltaron voluntarios, y en un momento montamos a caballo y volamos tras nuestro guía. Cabalgamos por una vereda de cazadores que se adentraba en el bosque. Gracias a la protección de los árboles no se había acumulado demasiada nieve y podíamos avanzar a bastante velocidad. Al cabo de poco tiempo, nos reunimos con el príncipe y su partida: cuatro cazadores, entre los que estaban Simon y Paladyr, y tres sabuesos.
—Aquí encontramos el rastro —dijo el príncipe señalando la nieve con la punta de su espada.
Por las huellas que había dejado en la nieve era evidente que una enorme y pesada criatura había pasado por la vereda. Junto a las huellas grandes se veían otras un poco más pequeñas. Eran dos animales. Miré hacia donde se dirigían las huellas, pero, como la vereda trazaba una curva y el bosque se espesaba, no vi absolutamente nada.
—Las huellas son recientes —observó el príncipe—. Los animales deben de estar a escasa distancia. Soltaremos los perros. Tened prontas las lanzas.
Volvió grupas y gritó:
—¡Soltad los perros!
Libres de sus correas, los tres perros, los únicos que quedaban de la jauría del rey, se lanzaron tras la presa. Azuzamos a los caballos para que galoparan tras ellos. El viento helado nos golpeaba el rostro y los cascos de los caballos levantaban una lluvia de nieve. Cabalgamos por la vereda con las lanzas en ristre cortando el frío aire.
La estrecha vereda trazaba una curva y al salvarla vimos que el camino terminaba a poca distancia en una mambla de piedra. Peñas cubiertas de musgo formaban un muro dentado y mellado en la cima del pequeño montículo. Y ante aquel montículo de color gris-verdoso había dos uros, dos formidables ejemplares, uno adulto y el otro más joven —supuse que una madre y su cría—, aparentemente exhaustos.
El animal más pequeño era un joven toro enorme, lustroso y negro con una enorme jiba que se alzaba como una colina oscura en la vasta llanura de su lomo. La madre era aún mayor, una imponente montaña de carne y pellejo, pezuñas y cuernos. Separadas del rebaño, las bestias se habían ido debilitando de hambre y sed; habían ido a parar a la vereda de cazadores y les había fallado el instinto para percibir el peligro. Aquellos animales apenas sabían lo que era un depredador; eran los reyes del bosque y casi nunca eran acosados, ni siquiera por los lobos, que sólo atacaban a los animales viejos y enfermos.
En cuanto divisaron a las bestias, los perros se pusieron a ladrar. Llenaron el aire de aullidos largos y agudos cuyo eco se propagó por la vereda. Al primer ladrido los uros hicieron amago de huir, pero vieron que estaban atrapados a ambos lados por la espesura del pinar y de los matorrales de endrino. Mientras los perros se lanzaban contra ellos, los uros trotaron hacia delante y se detuvieron con las patas muy tensas para aguardar a sus atacantes. El joven toro se quedó tras la madre, momentáneamente a salvo.
En Ynys Sci había tomado parte en muchas cacerías, pero nunca en una de uros. Además nunca antes había visto a esas sigilosas bestias. Al verlas ahora, incluso a cierta distancia, me quedé asombrado de su tamaño. Hacían que nuestros caballos semejaran pequeñas y delicadas criaturas; más parecidos a ciervos que a monturas de guerreros.
Creí que el uro cargaría contra nosotros, pero se quedó quieto con las patas rígidas y la cabeza baja. Apuntaba hacia nosotros sus enormes cuernos, afilados como puntas de espada y duros como el hierro. Un paso en falso y ensartarían a un caballo con su jinete; aquellas armas graciosamente curvadas podían destripar un caballo o atravesar como una flecha a un hombre. Un error y el infortunado cazador no viviría para cometer otro.
Sin preocuparse del peligro, los cazadores se precipitaron hacia los uros atronando la vereda con el grito de caza. Con la rapidez del águila nos lanzamos contra nuestra presa. Los uros permanecían inmóviles en el sendero como enormes peñascos, aguardando con la paciencia de una piedra. No se les movía ni un músculo, no les temblaban las narices. Probablemente nunca los habían atacado y ni siquiera ahora intuían el peligro que los acechaba.
Nuestros caballos estaban ya muy cerca de ellos. Los perros ladraban, tensaban el pescuezo y enseñaban los colmillos. Los primeros jinetes estaban ya a un tiro de piedra, pero el uro no se movía. Siempre es preferible que el animal se asuste, vuelva grupas y huya, porque entonces se lo puede alcanzar por detrás; un rápido y diestro lanzazo junto al omóplato, en el corazón, y la caza termina con una muerte rápida y limpia.
Pero aquel uro no se daba por vencido ni huía. La bestia seguía inmóvil, obligando a los atacantes a acercarse. En las distancias cortas la posibilidad de un paso en falso se multiplicaba.
Los primeros en llegar junto a la vaca fueron los perros. Muchos animales enloquecen de terror ante los ladridos de una jauría de caza y, al ver tan cerca a los perros dispuestos a matar, son presa de un pánico que les resulta fatal. Pero los uros no. La valiente bestia negra apenas bajó la cabeza un poco más para protegerse el pescuezo. Los perros rodearon a los uros, ladrando y gruñendo en un frenesí de rabia y frustración, pero procuraban mantenerse fuera del alcance de los mortales cuernos.
Nosotros nos detuvimos a cierta distancia para trazar una estrategia.
—Separaremos a los dos animales —dijo el príncipe—. Vosotros cuatro distraed a la vaca —añadió señalando a Simon y a otros tres guerreros—. Los demás venid conmigo. Abatiremos primero al toro joven.
El uro pequeño no era una presa desdeñable, pero era todavía mejor la madre, porque podría alimentar a muchas más personas. El príncipe pensaba que la madre sería más fácil de matar si no tenía que proteger a la cría. A primera vista parecía un buen plan.
Tal como se desarrollaron los acontecimientos, a los siete encargados de cazar la cría les correspondió la tarea más difícil. ¡Y para qué hablar de lo de separar a los animales! Parecían haber echado raíces o haberse convertido en estatuas de hielo, porque ninguno de los dos se mostraba dispuesto a levantar siquiera una pezuña. No obstante, Simon y su grupo se pusieron manos a la obra, chillando, gritando, haciendo regates y fintas para llamar la atención de la vaca.
Entretanto, los demás, bajo las órdenes del príncipe Meldron, dibujamos un amplio círculo cabalgando sin cesar en torno al toro, esperando la oportunidad de abatirlo. Una mirada al vasto y musculado lomo y al enorme pescuezo me bastó para saber que sólo podríamos matarlo con un directo y contundente golpe, y aun así no acababa de creer que una simple lanza pudiera lograrlo.
El joven toro nos miraba con ojos plácidos y tranquilos, moviendo la inmensa testuz de un lado a otro. A cada cabezazo los cuernos describían un arco mortal que sólo un loco habría podido desdeñar. Y aquel día no había entre nosotros ningún loco.
Pero el príncipe y sus hombres ya habían cazado uros otras veces. Después de cabalgar en torno a la bestia un buen rato para imponerle un ritmo mareante, el príncipe, que blandía en alto la lanza, la bajó al tiempo que hacía girar al caballo y se lanzaba hacia el uro acercándose a él oblicuamente por detrás.
Los que estaban frente al príncipe atrajeron la atención del animal con gritos. La lanza volaba hacia el blanco; el príncipe se inclinó hacia delante para cargar en ella su peso y el del caballo.
Pero, cuando estaba a punto de asestar el lanzazo, el joven toro se dio la vuelta y levantó la cabeza en el último momento. Si no lo hubiera contemplado con mis propios ojos, jamás habría podido creer que una bestia tan enorme pudiera moverse con tanta rapidez.
En la fracción de un segundo, la enorme testuz embistió y los cuernos se clavaron en el caballo del príncipe, detrás de la pata delantera izquierda. Con una cabezada rápida y ágil el uro había alcanzado al caballo.
En el mismo instante, el príncipe, veloz y seguro, lo atacó con la lanza y se la clavó profundamente en el omóplato. Con la intención de que la bestia se girara, yo lancé la mía con tanta fuerza como pude; mi lanzazo alcanzó la jiba del uro sin causarle herida de cuidado, pero logré que el animal se revolviera contra mí y dejara en paz al príncipe. Meldron se dejó caer de su montura justo cuando el caballo se derrumbaba sobre los cuartos traseros con un tremendo relincho.
Mi intervención evitó que el príncipe resultara herido de consideración o algo aún peor. Pero ahora yo me había quedado sin lanza y el príncipe sin caballo. Continué cabalgando con los otros cazadores en torno a la bestia y llamé a Meldron; cuando volví a pasar junto a él le tendí una mano. El príncipe se agarró a ella y ágilmente saltó a mi grupa.
Entretanto, los perros, al ver que la bestia había alzado la cabeza, se lanzaron al ataque. Uno de los sabuesos consiguió acercarse lo bastante para clavar sus dientes en la delgada piel de la garganta y mordió con violencia sin soltar la presa. El uro bajó su enorme mandíbula y apresó la cabeza del perro contra su pecho; y con ese simple movimiento dejó al perro fuera de combate.
Los otros dos perros atacaron al olor de la sangre. El joven toro embistió para repeler el ataque y empitonó por el cuello a uno de los perros; el desventurado animal aulló de dolor y se revolvió para liberarse del cuerno, pero sólo consiguió clavárselo más aún. El uro agitó entonces la cabeza hasta soltar al perro.
Los cazadores vieron una oportunidad de atacar y la aprovecharon. Tres jinetes se volvieron hacia él a la vez y tres lanzas silbaron en el aire. Dos alcanzaron el cuello del uro, y la tercera se hundió entre dos costillas.
Los otros dos jinetes atacaron a continuación y dos lanzas más se clavaron en el cuello del animal; una de ellas le seccionó una arteria. La sangre brotó como una fuente y salió a borbotones por la boca y las narices del animal, apestando el helado aire.
El uro cayó de rodillas sobre la nieve y uno de los jinetes se precipitó contra él. En un abrir y cerrar de ojos se dejó caer de la silla de montar, propinó un lanzazo en el costado del animal, recuperó el arma y la volvió a clavar, esta vez en la base del cráneo, entre los cuernos. El toro se quedó rígido y luego se derrumbó sobre un costado; murió antes de que su cuerpo dejara de temblar.
Hicimos una pausa, lo justo para recuperar nuestras lanzas y para procurar otra montura al príncipe, y nos unimos a los compañeros que acosaban al otro uro. La madre debía de haber visto lo sucedido porque se abrió paso entre los cazadores que la rodeaban y corrió a nuestro encuentro. Ninguno de nosotros estaba en posición de repeler el ataque, de modo que nos limitamos a quitarnos del camino de la bestia, lo cual facilitó al animal una escapatoria.
La vaca corrió hacia el montículo rocoso que había quedado a nuestras espaldas y los que estábamos más cerca de allí nos dispusimos a perseguirla. Yo era uno de ellos y Simon otro. Cuatro hombres salimos en pos de la bestia, mientras el príncipe ordenaba a gritos a los demás que tomaran posiciones junto al montículo para impedir la huida del uro. Lo acosaríamos detrás del montículo y lo empujaríamos hacia las lanzas de nuestros compañeros.
Vi que la enorme bestia llegaba hasta la pendiente del montículo y comenzaba a rodearlo. En el preciso instante en que el uro cambiaba de dirección, Simon, que iba delante de mí, vio la oportunidad de asestarle un lanzazo. Vi claramente que la lanza daba en el blanco y se clavaba en el pecho del animal detrás de la pata delantera, muy cerca del corazón.
El animal desapareció tras las peñas esparcidas en la ladera del montículo. Simon, yo y los otros dos cazadores nos lanzamos en su persecución. Aunque no debíamos de estar a más de cincuenta pasos, cuando llegamos a las peñas no encontramos ni rastro del uro.
Pensando que había subido por el montículo, Simon espoleó su caballo ladera arriba, entre las peñas. Yo refrené el mío y volví grupas para explorar el espacio entre el montículo y el lindero del bosque que se extendía detrás. Pero la bestia no estaba por ningún lado.
—¿Por dónde escapó? —gritó Simon volviendo a descender por la ladera—. ¿Alguien lo ha visto?
—Debe de haber huido por allá delante —dijo uno de los cazadores.
Por la extraña expresión de su rostro me di cuenta de que no era eso lo que estaba pensando. Pero ¿por dónde si no podía haber escapado una criatura tan grande?
Todos paseamos la mirada de un lado a otro, pero no vimos la menor señal del uro; ni huellas, ni rastros de sangre sobre la nieve. Simon volvió grupas y se lanzó al galope. Los tres lo seguimos y volvimos a dar la vuelta en torno al montículo para reunirnos con el príncipe y el resto de los compañeros que nos estaban aguardando.
Tampoco ellos habían visto al uro.
—Debe de haberse internado en el bosque —opinó Paladyr.
—No puede ir muy lejos —dijo Simon al príncipe—. Era un tiro infalible; estoy seguro de que lo herí.
—Desde luego —asintió uno de los que habían perseguido con nosotros al uro—. Yo lo vi. Lo alcanzaste limpiamente en el omóplato.
Algunos de los cazadores ardían en deseos de perseguir al animal y estaban dispuestos a ponerse en marcha enseguida. Pero el príncipe miró al cielo que empezaba a oscurecerse y dijo:
—No, se está haciendo tarde. Un uro herido es demasiado peligroso. No podemos exponernos a atacarlo en la espesura del bosque. Ya tenemos suficiente trabajo con llevar el toro al campamento antes de que oscurezca.
A los cazadores no les agradaba la idea de dejar escapar la presa, pero no podían desobedecer al príncipe. Así que regresamos junto al hombre que había prestado su caballo al príncipe y lo encontramos engolfado en una dura tarea. Había acabado hábil y misericordiosamente con la agonía del perro corneado por el uro, y también con la del caballo del príncipe.
Cuando nos acercamos, el cazador había degollado con su cuchillo al uro para desangrarlo. Recogió un poco de sangre en una taza de madera que fue pasando de un cazador a otro. Probé la sangre espesa, caliente y salada y me apresuré a pasar la copa al cazador que estaba a mi lado.
Una vez cumplido el ritual, los cazadores, con un aullido de alegría, se precipitaron sobre el uro, cuchillo en mano. Uno de ellos le abrió el vientre para destriparlo; otro hizo una incisión en el cuello, mientras otros dos hacían cortes similares en la parte inferior de las patas, para poder arrancar la gruesa piel negra en una sola pieza.
Otros dos cazadores se apresuraron a ir al bosque cercano para cortar unas varas con las que poder transportar el cuerpo descuartizado del animal hasta el campamento. Trabajaban con destreza y habilidad, sin perder tiempo. Observé la velocidad con que todos realizaban sus tareas.
—Tienen sobrado motivo —me dijo el príncipe.
—¿La oscuridad? —pregunté, porque el cielo tenía ya un color plomizo y apenas quedaba luz.
—Los lobos.
Miré la mancha carmesí de la sangre sobre la nieve. El viento no tardaría en esparcir el hedor y muy pronto los lobos, al olfatearlo, acudirían al lugar de la carnicería.
—Ya he perdido hoy un caballo. No me agradaría perder otro en las fauces de los lobos —comentó Meldron; luego me miró—. Me salvaste de resultar herido o de algo peor. No lo olvidaré. Cuando lleguemos a Findargad, tendrás tu recompensa.
—Me conformaré con un trozo del anca del uro —respondí contemplando cómo el perro superviviente tragaba glotonamente un trozo del hígado del animal mientras los cazadores terminaban de descuartizarlo.
—¡Bien dicho! —se echó a reír el príncipe dándome una palmada en la espalda—. Esta noche recibirás de mis propias manos la porción de un héroe.
Frotaron con nieve la parte interior de la piel y, tras enrollarla, la ataron y la colocaron a la grupa de un caballo. El cuerpo fue cortado en cuatro partes y lavado con nieve para limpiarlo de sangre. Cada cuarto fue sujetado a las varas de sauce que ataron a los caballos para que las arrastraran.
Cuando emprendimos la marcha hacia el campamento, todo lo que quedaba de nuestra hazaña era un montoncito de asaduras esparcidas en la pisoteada y ensangrentada nieve. En otras circunstancias también se habrían retirado de la vereda de caza los dos perros muertos y el caballo del príncipe, pero esta vez se quedaron donde estaban.
—Para los lobos —me explicó el cazador que cabalgaba a mi lado—. A lo mejor se dan por satisfechos con eso.
El camino de regreso al campamento me pareció más largo de lo que recordaba. Era ya noche cerrada cuando llegamos junto al río, que atravesamos guiados por el resplandor de las hogueras. De alguna manera, la noticia de nuestro éxito nos había precedido y cuando entramos en el campamento la gente se apelotonó para ver el cuerpo del uro y reclamar una parte de su carne.
Hablando por boca de Tegid, el rey dio instrucciones para que la carne fuera repartida equitativamente entre los distintos clanes. Y, aunque el uro era un hermoso ejemplar, su carne desapareció en un visto y no visto. Fiel a su palabra, el príncipe me recompensó con la porción del héroe, aunque eso significó que él recibió menos que ningún otro. Yo la hubiera compartido de buen grado con él, pero eso lo habría avergonzado.
Apenas se había distribuido la carne entre los clanes, cuando rompió el viento el fantasmal aullido de los lobos. Twrch, que había estado haciendo alegres cabriolas junto al fuego, se acurrucó entre mis pies. Asustado por aquel extraño sonido, miraba furtivamente a diestro y siniestro y temblaba sin parar. Yo había oído en otras ocasiones el aullido de los lobos, pero siempre me había parecido un sonido más triste que temible, como preñado de lamento y nostalgia. Se lo comenté a Tegid.
—Eso es porque nunca te has visto acosado por lobos —replicó—. Ahora simplemente se están reuniendo. Espera a que encuentren nuestro rastro y lancen su aullido de caza; ya me dirás entonces si te sigue pareciendo un sonido triste.
Estábamos sentados ante el fuego, contemplando cómo se iba asando la carne ensartada en varas de aliso.
—¿Llegarán hasta aquí?
Tegid cogió un trocito de carne, la probó y dio una vuelta a la vara.
—Sí.
—¿Pronto?
—Cuando hayan acabado con el caballo que les dejasteis.
—¿Qué tenemos que hacer?
—Acercar los caballos a las fogatas y tener la lanza al alcance de la mano.
Como un eco a las palabras de Tegid, se oyó un aullido feroz, largo, sanguinario. Se me puso la piel de gallina, y a Twrch se le erizaron los pelos del lomo. Entonces me di cuenta de que aquella noche nadie iba a pegar ojo.