27 - La huida a findargad

Acompa√Īado por su banda de guerreros, el Soberano Se√Īor recorri√≥ sus dominios: Caer Dyffryn, Cnoc Hydd, Yscaw, Dinas Galan, Caer Carnedd. En todos los asentamientos y poblados contempl√≥ la perversa destrucci√≥n con el silencio p√©treo de una monta√Īa, remoto e impenetrable en su aflicci√≥n. Nadie pod√≠a conocer los pensamientos del rey, porque no hablaba con nadie, sino que se limitaba a contemplar la carnicer√≠a y la devastaci√≥n con mirada imp√°vida.
Los guerreros ped√≠an a gritos justicia, soltaban alaridos de venganza. Los embargaba la ira. En cada uno de los lugares destruidos, ante aquella atroz desolaci√≥n, se renovaban sus gritos de venganza. Como perros enloquecidos que a√ļllan ansiosos de sangre, llenaban los aires de bramidos, gritos, insultos y maldiciones, urgiendo al rey a cabalgar en pos del enemigo. Imaginaban que pod√≠an combatirlo con espadas y lanzas.
Pero el rey lo conoc√≠a mejor. Cuando hubo visto bastante, Meldryn se alej√≥ de la desolaci√≥n de sus tierras y, ante la decepci√≥n de sus guerreros, tom√≥ el camino de Findargad, su fortaleza rodeada de hielo, que se alzaba en el vasto coraz√≥n de las elevadas cumbres del norte, en las monta√Īas de Cethness. All√≠ planeaba congregar lo que quedaba de su pueblo. En efecto, por alguna incomprensible fortuna, a√ļn quedaban supervivientes. Unos cuantos poblados hab√≠an escapado a la aniquilaci√≥n: los m√°s peque√Īos y rec√≥nditos, adonde no hab√≠a llegado la Hueste Demon√≠aca. Quiz√°s en el frenes√≠ de la destrucci√≥n no los hab√≠an visto o los hab√≠an juzgado insignificantes. Por eso, cuando Meldryn Mawr abandon√≥ las tierras bajas y tom√≥ el camino de Findargad, seiscientas almas lo segu√≠an.
De los seiscientos, unos ciento cincuenta eran guerreros a caballo. Los demás eran granjeros y artesanos de los poblados. En los poblados todavía habitados reuníamos las provisiones que podíamos acarrear y seguíamos adelante. Necesitábamos víveres y ropa para soportar el largo viaje hacia el norte. Nos veíamos obligados a viajar deprisa y en silencio para no atraer la atención de Nudd, de modo que no podíamos cargar con demasiado equipaje ni embarazar la marcha con carros empujados por bueyes. Aunque tuviéramos que pasar hambre, por lo menos viajaríamos con rapidez.
En Yscaw, sobre los bancales del Nantcoll, un r√≠o que nac√≠a en el nevado coraz√≥n de las monta√Īas de Cethness, Tegid levant√≥ un ogam, un poste de roble pulido por un lado y grabado con letras del alfabeto ogam, para revelar a cualquiera que nos siguiera que hab√≠amos sobrevivido.
Luego avanzamos por los bancales siguiendo el curso del agua que descend√≠a desde las monta√Īas de Cethness. Sollen, la m√°s cruel de las estaciones, no ten√≠a piedad de nosotros, excepto en un aspecto: el fr√≠o hab√≠a helado las aguas de la ribera y nos permit√≠a avanzar a buen paso sin dejar apenas huellas.
De la ma√Īana a la noche nos afan√°bamos sin cesar. Hacer avanzar a tanta gente con rapidez y en silencio era una tarea ardua.
¬óEs imposible ¬ógru√Ī√≠a Tegid¬ó Ser√≠a m√°s f√°cil apacentar un banco de salmones con una vara de sauce.
Tenía razón de sobra para quejarse. Lo peor del trabajo recaía sobre el bardo, porque el rey sólo hablaba con él, que permanecía siempre junto a Meldryn; y, como a mí me habían ordenado ayudarlo, yo también estaba muy ocupado.
Abrumado por mis responsabilidades y por el juramento de proteger a Tegid, hasta la tarde de la tercera jornada hacia el norte no supe que Simon estaba todavía vivo. A decir verdad, no había pensado en él desde que abandoné Ynys Sci. Desde entonces habían sucedido tantas cosas que no había tenido tiempo de pensar en mí mismo, y mucho menos en mi antiguo amigo.
Pero de pronto lo vi entre el séquito de guerreros del príncipe Meldron. Y la sorpresa de volver a verlo me enfrentó con la dura realidad del lugar donde estaba y la forma como había llegado hasta allí. En aquel preciso instante, comprendí cómo se había sentido Simon al descubrirme aquel día ya lejano en el campo de batalla. Recordé con tremenda lucidez que era un extranjero, un intruso, y que estaba viviendo en un mundo que no era el mío.
Simon no me vio, as√≠ que pude observarlo un rato antes de ir a su encuentro. Viajaba con el pr√≠ncipe Meldron, que, seg√ļn me dijeron, hab√≠a seleccionado un grupo de elite entre los guerreros; la Manada de Lobos, los llamaba. Ten√≠an la misi√≥n de proteger nuestra huida y se hab√≠an apostado en la retaguardia de la columna, para enfrentarse a cualquier perseguidor; por eso no hab√≠a visto a Simon antes. Mi amigo se hab√≠a ganado un lugar de honor en la Manada de Lobos del pr√≠ncipe. S√≥lo hab√≠a que ver el trato deferente que recib√≠a de sus compa√Īeros para darse cuenta.
Hab√≠a engordado un poco, pero era todo m√ļsculo, sobre todo en brazos y hombros. Sus espaldas eran anchas y sus piernas muy robustas. Lo observ√© mientras se mov√≠a entre sus compa√Īeros de armas y reconoc√≠ la misma seguridad en s√≠ mismo que siempre hab√≠a ostentado, aumentada ahora por las victorias que hab√≠a conseguido al servicio del pr√≠ncipe. Hab√≠a ascendido a jefe de batalla y desde luego lo parec√≠a con sus largas melenas recogidas en una cola bajo la nuca. Vest√≠a unos breecs de lino de color azul, un siarc amarillo chill√≥n y un manto azul y verde. No llevaba torques, pero s√≠ cuatro brazaletes de oro y anillos tambi√©n de oro en ambas manos.
Aunque tuve una desagradable impresión al verlo, me alegré de que estuviera vivo, pese a los cambios que había experimentado durante nuestra separación. En efecto, ya no era el hombre alegre que yo había conocido, sino un guerrero celta de los pies a la cabeza. Seguramente Simon podría decir lo mismo de mí, porque yo también había experimentado una transformación similar.
Cuando lo hube observado a placer, me dirig√≠ a donde estaba sentado sobre una piel de ternero roja, en torno a una peque√Īa hoguera que compart√≠a con tres compa√Īeros.
¬ó¬°Simon!
Al oír su nombre volvió hacia mí la cabeza. Me miró unos instantes y de pronto me reconoció.
¬ó¬°Lewis!
—¡Vaya!, veo que todavía te acuerdas de mí.
Se levantó y se quedó de pie ante mí sin cogerme los brazos con el saludo habitual entre hombres.
—Me alegro de verte, amigo. Oí decir que habías vuelto.
Aunque su tono era afable y animado, noté una contenida frialdad en su bienvenida y supe que no se alegraba en modo alguno de verme.
¬óTen√≠a la intenci√≥n de ir a saludarte ¬óa√Īadi√≥.
Mentía, pero fingí no darme cuenta.
¬óTienes un aspecto estupendo, Simon.
Ladeó la cabeza como tratando de decidir qué hacer conmigo; luego se echó a reír.
¬óParece que han pasado siglos desde que nos vimos por √ļltima vez ¬ócoment√≥¬ó. ¬ŅC√≥mo te fue por la isla? He o√≠do decir que Scatha tiene unas hijas encantadoras.
Solt√≥ otra carcajada; sus compa√Īeros sonre√≠an y se daban codazos.
¬óEs cierto ¬órepuse¬ó. ¬ŅQu√© ha sido de tu vida, Simon? Veo que has progresado.
Frunció el entrecejo y me miró fijamente unos instantes.
—Ahora me llamo Siawn Hy —me corrigió, mientras el orgullo y la ironía asomaban a sus ojos y alzaba amenazadoramente la mandíbula.
Miré el rostro del hombre que había conocido tan bien en otros tiempos y que ahora me resultaba un completo desconocido. Había cambiado bastante más que en el nombre.
¬óParece que a ti tambi√©n te ha ido bien ¬óa√Īadi√≥.
¬óSigo con vida.
—Siempre has sido para mí una fuente de sorpresas —replicó con viveza.
¬óTodos nos hemos llevado unas cuantas estos √ļltimos d√≠as ¬órepuse yo¬ó. No ten√≠a intenci√≥n de molestarte.
Pareció distenderse y aceptó mis disculpas.
¬ó¬°Olv√≠dalo! ¬ódijo en voz muy fuerte¬ó. ¬°No me has molestado, ni much√≠simo menos! ¬óSus palabras parec√≠an dirigidas m√°s a sus compa√Īeros que a m√≠¬ó. Si√©ntate con nosotros y comparte nuestra hoguera. Siempre es grato recibir a un hermano de armas.
Los guerreros se apresuraron a dejarme sitio. Me senté con ellos y por unos instantes me sentí un camarada más. Me asombró con qué rapidez me aceptaban y caí en la cuenta de que debían de haberme visto con Tegid y el rey, y que sin duda suponían que gozaba de una elevada posición.
—Dicen que estabas con Ollathir cuando murió —comentó el guerrero sentado al otro lado del fuego, frente a mí.
Era la fórmula acostumbrada para hacer averiguaciones: mediante la alusión indirecta a un hecho, atribuida a un sujeto impersonal.
—Estaba allí —respondí lacónicamente, porque era un tema del que no quería hablar.
—Era un gran bardo —acotó el guerrero sentado junto a Simon—. Un verdadero rey en su menester. Echaremos de menos sus consejos.
—Es cierto —terció otro—. Sycharth no habría caído si él hubiera estado allí.
Capté la tristeza de los guerreros; no era mayor que la mía, pero el horror de la destrucción estaba todavía fresco en sus mentes y se esforzaban por imaginar la enormidad de la pérdida.
Uno de los guerreros volvió a dirigirse a mí.
¬óDicen que t√ļ y Tegid encendisteis la almenara. ¬ŅD√≥nde estabais cuando destruyeron el caer? ¬ŅLo presenciasteis?
La pregunta llevaba implícita la insinuación de que Tegid y yo no habíamos hecho nada para salvar la fortaleza.
¬óNo ¬ócontest√©¬ó. Igual que vosotros, Tegid y yo llegamos m√°s tarde. A prop√≥sito, ¬Ņd√≥nde hab√≠ais ido vosotros que no os encontrabais all√≠ para proteger a vuestra gente?
Con esta pregunta hab√≠a puesto el dedo en la llaga. Todos pesta√Īearon y miraron hoscamente las llamas. Uno de los guerreros, un hombre llamado Aedd, habl√≥ en nombre de sus compa√Īeros.
—Habríamos muerto con gusto mil veces con tal de salvar a uno solo de los nuestros.
¬óDiez veces mil ¬óa√Īadi√≥ el guerrero sentado a su lado¬ó, si hubi√©ramos estado all√≠...
Yo no podía disipar su aflicción, pero sí aliviarla.
—No habría servido de nada —les dije—. He visto al enemigo y os puedo asegurar que hubieseis sido asesinados como los demás.
¬ó¬ŅQui√©n es? ¬óquisieron saber s√ļbitamente col√©ricos, levant√°ndose de un salto como si se dispusieran a coger las armas y a salir cabalgando¬ó. ¬ŅQui√©n sembr√≥ tanto horror?
Antes de que yo pudiera responder, Simon les ordenó:
—¡Sentaos! Habéis visto Caer Dyffryn, Yscaw y Dinas Galan. No habríamos podido hacer nada.
—Quizá tengas razón —replicó Aedd volviendo a sentarse—. Pero un guerrero que fracasa en proteger a su pueblo es peor que un cobarde. Ojalá hubiéramos muerto con nuestro pueblo.
¬óVuestra presencia all√≠ no habr√≠a servido de nada ¬órepet√≠ con tanta convicci√≥n como pude¬ó. No hay m√©rito alguno en una muerte in√ļtil.
—Bien dicho —asintió Simon con rapidez—. Los muertos no pueden hacer nada. Pero los vivos tenemos la oportunidad de vengar a los nuestros.
Todos se mostraron de acuerdo y juraron solemnemente matar a todos los enemigos que pudieran cuando llegara el día de ajustar cuentas. Todavía no entendían la desesperanza de nuestra situación, pero no tuve valor para desilusionarlos; pronto sabrían la verdad.
Los guerreros aceptaron el peque√Īo consuelo que yo les ofrec√≠a.
¬óLa deuda de sangre que debe ser cobrada es enorme ¬óobserv√≥ Aedd¬ó. Sin embargo, me averg√ľenza no haber estado con los m√≠os en la hora de su aflicci√≥n.
—Eso es precisamente lo que queríamos evitarles —le recordó Simon.
—Cuando Tegid y yo llegamos al caer— dije volviendo a mi pregunta inicial—, pensamos que todos vosotros estabais muertos. No se nos ocurrió qué podía haberos hecho abandonar el caer.
¬óNos dirig√≠amos a las monta√Īas ¬órepuso Aedd.
Y a continuación explicó cómo había llegado la noticia de una invasión desde la costa sudoeste. Con la idea de prevenir el ataque, el rey había reunido a los guerreros y había abandonado el caer. Cabalgaron largo trecho para proteger el reino, pero no vieron invasor alguno y después de varias jornadas, como el tiempo empeoraba, regresaron al caer.
—Cuando vimos la almenara, pensamos... —Aedd se interrumpió de pronto, incapaz de continuar su relato.
El suave crepitar del fuego y el suspiro del viento producían en nuestros oídos un melancólico sonido. Al cabo de unos momentos, Simon dijo:
—Oídme, hermanos. La deuda de sangre será saldada. Vengaremos a nuestros muertos. El enemigo morderá el polvo bajo nuestros pies.
Pese a las bravas palabras de Simon, el dolor de los guerreros era demasiado profundo como para encontrar alivio en ellas. Con el tiempo, las arengas volverían a encender en sus corazones la llama del valor; se animarían y sus almas rebosarían coraje. Pero ahora todavía no, esa noche no. Durante esa noche y otras muchas, el lamento por los muertos colmaría sus almas y sus corazones seguirían llorándolos amargamente.
Los dej√© con su aflicci√≥n y regres√© junto a Tegid y el rey. El pr√≠ncipe Meldron estaba con ellos, intentando in√ļtilmente arrancar de su padre alguna palabra. Acab√≥ d√°ndose por vencido ante el mutismo del rey.
¬óHabla con √©l, Tegid ¬óle pidi√≥ antes de marcharse¬ó. A lo mejor a ti te escucha. Dile a mi padre que no podremos llegar a Findargad en estas condiciones. Est√° demasiado lejos y hace mucho fr√≠o. Los desfiladeros de las monta√Īas estar√°n cerrados por la nieve. Perderemos la mitad de nuestra gente antes de que divisemos las torres. ¬°D√≠selo, Tegid!
—Ya se lo he dicho —murmuró Tegid cuando Meldron se hubo marchado—. No me hará caso.
¬ó¬ŅEs de verdad tan peligroso? ¬ópregunt√©.
Tegid asintió gravemente.
¬óLas monta√Īas de Cethness son altas y los vientos de sollen, muy fr√≠os. El pr√≠ncipe est√° en lo cierto al decir que muchos morir√°n antes de que lleguemos a la fortaleza.
¬óEntonces ¬Ņpor qu√© vamos?
—No puedo hacer nada para evitarlo —repuso con tristeza Tegid—. Son órdenes del rey.
Me hac√≠a cargo de la situaci√≥n, por eso no me molest√© en plantearle la m√°s evidente y perturbadora de las preguntas: si la poderosa Sycharth no hab√≠a podido proteger a su pueblo, ¬Ņpor qu√© los muros de piedra de Findargad iban a lograr hacerlo? ¬ŅDe qu√© serv√≠an las espadas y las lanzas contra un enemigo que no pod√≠a ni sentir el dolor ni morir?
Como tan t√©tricamente hab√≠a sugerido Tegid, habr√≠amos podido permanecer en Sycharth y ahorrarnos la dureza y la fatiga de un viaje por las monta√Īas, porque al fin y al cabo una tumba es semejante a otra cualquiera y cuando Nudd nos atacara no podr√≠amos detenerlo, doquiera que estuvi√©ramos.
Y, no obstante..., no obstante, un ligero destello de esperanza ardía en el borde de mi conciencia, como una luciérnaga al alcance de la mano. Estaba allí y de pronto desaparecía. Estaba a punto de asirla y se escapaba; me quedaba quieto y se me acercaba. Pero, por mucho que lo intentaba, no lograba aprehenderla.
Sin embargo, no podr√≠a descansar hasta que hubiera asido aquella esperanza, por peque√Īa que fuera. Aquella noche, me alej√© del calor del fuego del rey y me adentr√© solo en un bosquecillo, dispuesto a permanecer en vela hasta lograrlo. All√≠ permanec√≠ toda la noche apoy√°ndome de vez en cuando en los alisos del soto, escuchando c√≥mo las ramas se mov√≠an con las r√°fagas heladas del viento, mientras las estrellas brillantes como cuchillos titilaban en el oscuro cielo de sollen. Aguard√© toda la noche. Y, cuando la luna desapareci√≥ tras las colinas, no hab√≠a obtenido resultado alguno.
Entonces, cuando la t√©trica alba verde-gris levant√≥ la cortina de la noche en el este, la evasiva presa que persegu√≠a se me acerc√≥: si Nudd era tan poderoso, ¬Ņpor qu√© hab√≠a tenido que alejar al rey de la fortaleza antes de destruirla?
Los coranyid no hab√≠an atacado Sycharth y los dem√°s poblados del reino mientras el rey permaneci√≥ en la fortaleza. La destrucci√≥n sobrevino despu√©s de que Meldryn hubo sido alejado con un enga√Īo. Me parec√≠a que alg√ļn tipo de poder hab√≠a impedido el espantoso ataque de Nudd mientras el rey permanec√≠a junto a su pueblo. A pesar del horror que los coranyid hab√≠an sembrado, la aniquilaci√≥n no hab√≠a sido total. Incluso me atrev√≠a a pensar que aun ahora est√°bamos a tiempo de evitarla. Pero ¬Ņc√≥mo?
Mientras los primeros rayos de la luz del d√≠a extend√≠an un p√°lido resplandor por el cielo, o√≠ de nuevo la voz de la banf√°ith, clara y firme como si otra vez la tuviera ante m√≠: ¬ęAntes de que el Cythrawl pueda ser abatido, hay que restaurar la Canci√≥n¬Ľ.
¬ŅEra √©sa la esperanza que hab√≠a estado buscando? Parec√≠a improbable, porque tambi√©n la profetisa hab√≠a dicho: nadie conoce la Canci√≥n, excepto el Phantarch. ¬ŅC√≥mo pod√≠a ser recuperada la Canci√≥n de Albi√≥n si s√≥lo la conoc√≠a el Phantarch y √©ste hab√≠a muerto?
Era un acertijo sin sentido.
Estuve d√°ndole vueltas durante las largas horas del d√≠a neblinoso y tambi√©n durante la helada noche, arrebujado en el manto ante la peque√Īa hoguera. Pero el acertijo segu√≠a mordi√©ndose la cola, y yo no era capaz de encontrarle sentido.
¬óTegid ¬ódije en voz baja¬ó, he estado pensando.
Twrch dorm√≠a a mis pies, el rey descabezaba un intranquilo sue√Īo tendido en una piel de buey, y Tegid estaba sentado a mi lado, mirando fijamente las llamas y meditando en silencio.
El bardo solt√≥ un gru√Īido sin separar los ojos del fuego.
¬ó¬ŅD√≥nde est√° el Phantarch?
¬ó¬ŅPor qu√© darle m√°s vueltas? ¬ómusit√≥ irritado¬ó. El Phantarch ha muerto.
¬óEsc√ļchame un momento ¬óinsist√≠¬ó he estado meditando y no hablo s√≥lo para distraerme con el sonido de mi voz.
¬óMuy bien. Habla ¬ódijo a rega√Īadientes.
—La banfáith me dijo muchas cosas —comencé, pero Tegid se apresuró a interrumpirme.
¬ó¬°Vaya! La banf√°ith te dijo muchas cosas..., y t√ļ me has dicho muy pocas ¬óobserv√≥ en tono hosco¬ó. ¬ŅHas decidido de pronto compartir con alguien tu escondido tesoro?
Las palabras de la banf√°ith eran todav√≠a un misterio para m√≠ y a√ļn tenia miedo de ellas y de su significado. Pero, a medida que los d√≠as pasaban y la desesperanza de nuestra situaci√≥n se hac√≠a m√°s evidente, disminuy√≥ la preocupaci√≥n que sent√≠a por m√≠ mismo. No eran momentos para ego√≠smos y secretos. Ahora Tegid era el Bardo Supremo, de modo que deb√≠a decirle lo que sab√≠a. Quiz√°s √©l le viera un sentido.
—Tienes derecho a censurarme, Tegid —reconocí—. Te lo contaré todo.
As√≠ comenc√© a relatarle lo que la profetisa me hab√≠a dicho acerca del Phantarch y de la Canci√≥n de Albi√≥n; al principio con ciertas reservas, pero despu√©s las palabras se atropellaban y sal√≠an a borbotones de mi boca. Le habl√© de la destrucci√≥n y del cataclismo que se avecinaban y de la b√ļsqueda de un palad√≠n. Le habl√© de Llew Mano de Plata, de la Bandada de Cuervos, de la haza√Īa heroica al final del A√Īo Grande y de todo lo que recordaba, tal como me lo hab√≠a dicho la banf√°ith.
Cuando hube terminado, Tegid no levantó la cabeza, sino que siguió contemplando con toda calma el fuego.
—Me parece que pese a los portentos de la profecía quizá tengamos un futuro —comenté.
Pero Tegid no encontró alivio alguno en aquello que le había contado.
—Estás equivocado —replicó—. El futuro que hubiéramos podido tener, nunca se hará realidad. El Cythrawl tiene demasiada fuerza en la tierra; Nudd se ha hecho demasiado poderoso.
¬óEntonces ¬Ņpor qu√© confiar en una profec√≠a?
Tegid se limitó a sacudir la cabeza.
—No te comprendo, Tegid. Te lamentabas porque no te había contado la profecía de la banfáith, y, cuando te la cuento, todo lo que haces es quejarte de que es demasiado tarde. Antes de que el Cythrawl sea abatido, hay que restaurar la Canción; ésas fueron sus palabras. Me parece que tenemos que encontrar al Phantarch.
¬óEl Phantarch ha muerto; lo sabes muy bien.
¬ó¬ŅY con √©l la Canci√≥n?
¬óNaturalmente, y con √©l la Canci√≥n. ¬ŅC√≥mo pod√≠a ser de otro modo? El Phantarch es el instrumento de la Canci√≥n, y la Canci√≥n no existe sin el Phantarch.
¬óPero ¬Ņd√≥nde est√°?
¬ó T√ļ tienes el awen de Ollathir, no yo ¬óme espet√≥.
¬ó¬ŅQu√© quieres decir con eso?
Murmuró algo ininteligible e hizo ademán de marcharse, pero lo retuve.
¬óPor favor, Tegid, estoy tratando de entender. ¬ŅD√≥nde est√° el Phantarch?
—No lo sé —respondió, y me explicó que, para proteger la Canción, la sede del Phantarch estaba escondida y su situación se mantenía en secreto—. Sólo el penderwydd sabe dónde se esconde el Phantarch. Ollathir lo sabía, pero Ollathir ha muerto.
¬ó¬ŅY muri√≥ sin confiarte el secreto?
¬ó¬°S√≠, s√≠! ¬óSe levant√≥ de un salto y alz√≥ los pu√Īos por encima de su cabeza¬ó. ¬°S√≠, Llyd! Por fin has colegido esta importante verdad: el Phantarch ha muerto, Ollathir ha muerto, la Canci√≥n ha muerto, y muy pronto tambi√©n nosotros moriremos.
El rey se agit√≥ en sue√Īos; Tegid vio que su exabrupto hab√≠a perturbado al monarca y baj√≥ los pu√Īos.
La profec√≠a era un cruel enga√Īo, un despiadado ardid. Sent√≠ que la fr√°gil esperanza a la que me hab√≠a asido comenzaba a desvanecerse. No se pod√≠a vencer al Cythrawl sin la Canci√≥n, y no exist√≠a la Canci√≥n sin el Phantarch. Pero √©ste hab√≠a muerto y, para colmo de males, la √ļnica persona que sab√≠a d√≥nde encontrarlo tambi√©n hab√≠a muerto.
¬óRep√≠teme ahora que a√ļn nos queda alguna esperanza ¬ódijo Tegid en un tembloroso susurro.
Las fuerzas lo abandonaron, y se dejó caer al suelo.
¬óEl rey est√° vivo ¬órepliqu√©¬ó. ¬ŅC√≥mo no va a quedarnos una esperanza, si el rey est√° vivo? T√ļ tambi√©n est√°s vivo, y yo. Mira a tu alrededor; ah√≠ tienes a centenares de los nuestros dispuestos a combatir una vez m√°s. ¬ŅPor qu√© Nudd ha sido incapaz de matar a nuestro rey? ¬ŅPor qu√© ha atacado s√≥lo a los poblados sin protecci√≥n?
A medida que hablaba, mis propias palabras me convencían de que algo o alguien separaba a Nudd de la victoria definitiva.
¬óEsc√ļchame, Tegid, si yo fuera tan poderoso como dices que es Nudd, habr√≠a matado primero al rey y as√≠ su reino ser√≠a m√≠o. ¬ŅPor qu√© √©l no lo ha hecho?
¬ó¬°No lo s√©! Preg√ļntaselo a √©l..., preg√ļntaselo a Nudd cuando te lo encuentres.
¬óLos coranyid atacaron s√≥lo despu√©s de que el rey se march√≥. ¬ŅPor qu√©?
—¡Y yo qué sé! Quizá Nudd desea prolongar su diversión con el bello espectáculo de nuestros vanos esfuerzos para huir.
¬ó¬ŅAs√≠ que seguimos con vida s√≥lo para regodeo de Nudd? No lo creo.
¬ó¬°Puedes creerlo! Seguimos con vida para regodeo de Nudd. Y, cuando le plazca matarnos, nos matar√° como ha matado a todos los dem√°s.
¬ó¬ŅY al rey le place que muramos en Findargad? ¬ólo desafi√©.
¬ó¬°Ni m√°s ni menos! Al rey le place que muramos en Findargad, y yo sirvo al rey.
Fueron las √ļltimas palabras de Tegid. Pero, mientras aquella noche yac√≠a insomne junto al fuego, estas palabras de la banf√°ith alimentaban mi esperanza: ¬ęCaledon se salvar√°, la Bandada de Cuervos acudir√° en tropel a sus umbr√≠as ca√Īadas y el graznido ser√° su canci√≥n¬Ľ.
Y, en tanto contemplaba el resplandor de las llamas, tuve una visi√≥n entremezclada con el color rojo y oro de los rescoldos: vi un soto de verdes robles y bajo sus ramas de frondosas hojas un mont√≠culo recubierto de yerba. Sobre el mont√≠culo hab√≠a un trono hecho de cornamenta de ciervo y adornado con la piel de un buey blanco. Y en el respaldo del trono estaba posado un enorme cuervo, negro como una noche sin luna, con las alas extendidas y el pico abierto, que aturd√≠a el silencio con una canci√≥n aguda y estridente pero, sin embargo, extra√Īamente hermosa.