26 - La almenara

Permanecimos siete d√≠as en la caba√Īa del pescador junto al r√≠o. El tiempo fue empeorando. Todos los d√≠as amanec√≠an con fr√≠o, viento racheado del norte helado, lluvia y nevisca. Manten√≠amos el fuego bien alimentado y permanec√≠amos acurrucados muy cerca de √©l la mayor parte del d√≠a. Cuando ten√≠amos hambre, com√≠amos salm√≥n del ahumadero.
Yo hablaba poco, Tegid a√ļn menos. No separaba la mirada del fuego, con los ojos entrecerrados y tristes y enormes ojeras, hijas del dolor. No dorm√≠a bien; ninguno de los dos lograba conciliar un sue√Īo profundo y tranquilo. Cuando me despertaba durante la noche, lo ve√≠a siempre encorvado entre sus pieles con los ojos clavados en los rescoldos de la fogata nocturna.
Mi preocupaci√≥n por √©l iba en aumento. Trataba de hacerlo hablar, pero mis tentativas por sacarlo de su ensimismamiento chocaban con el silencio y la muda resignaci√≥n. El fr√≠o arreciaba d√≠a a d√≠a y Tegid parec√≠a cada vez m√°s ausente y abatido. Contemplar c√≥mo se iba alejando de m√≠ era como tener un pu√Īal clavado en el coraz√≥n, y determin√© tomar medidas para impedirlo.
La ma√Īana del octavo d√≠a me levant√© y fui al r√≠o a coger agua fresca en la cantimplora de cuero. Cuando regres√©, me encontr√© a Tegid sentado frente a los apagados rescoldos del fuego de la noche, con la cabeza inclinada y la barbilla hundida en el pecho.
—¡Tegid, levántate! —le grité muy fuerte.
Ni siquiera reaccionó al oír su nombre.
—Tegid —insistí—, ponte en pie; tenemos que dar un paseo. No podemos quedarnos sentados siempre.
Mis palabras no lo sacaron del mutismo. Me acerqué y me detuve ante él.
—Tegid, mírame; te estoy hablando.
Como ni siquiera levantó la cabeza, alcé la cantimplora y vacié sobre mi amigo el agua helada. Eso lo hizo reaccionar. Se levantó de un salto, resoplando y escupiendo, y me miró. Tenía el rostro macilento, pero en los ojos brillaba el destello de la cólera.
¬ó¬ŅA qu√© viene esto? ¬ópregunt√≥ sacudi√©ndose el agua del empapado manto¬ó. ¬°D√©jame en paz!
—No tengo la menor intención de hacerlo —le dije—. Tenemos que hablar.
—¡No! —murmuró con aire sombrío haciendo ademán de marcharse—. No hay nada que decir.
—Hablemos, Tegid —repliqué—. Tenemos que decidir qué hacer.
¬ó¬ŅPor qu√©? Este lugar es tan bueno para morir como cualquier otro.
—No está bien que nos quedemos aquí sentados. Tenemos que hacer algo.
¬ó¬ŅQu√© crees que deber√≠amos hacer? ¬ógru√Ī√≥¬ó. Habla, oh esp√≠ritu de la sabidur√≠a. Te escucho.
—No sé lo que hay que hacer, Tegid; sólo sé que hay que hacer algo.
—¡Estamos muertos! —repuso con violencia—. Nuestro pueblo ha sido asesinado. Nuestro rey ha desaparecido. Ya no tenemos por qué vivir.
Se dejó caer otra vez en el suelo, enfermo por el peso de la desesperación. Me senté frente a él, más decidido que nunca a sacarlo de su ensimismamiento.
¬óM√≠rame, Tegid ¬ódije con repentina inspiraci√≥n¬ó. Quiero preguntarte algo. ¬óNo esper√© a que me contestara, sino que segu√≠ adelante¬ó. ¬ŅQui√©n es el Phantarch?
Tegid suspiró y respondió con voz apagada:
—Es el Patriarca Supremo de los bardos de toda Albión.
Lo recordaba de las primeras lecciones que me había dado.
¬óS√≠ ¬ócontest√©¬ó, eso ya me lo hab√≠as contado. Pero ¬Ņqu√© es?, ¬Ņqu√© hace?
Se limitó a alzar las cejas y mirarme.
¬ó¬ŅPor qu√© me lo preguntas?
¬óPor favor..., quiero saberlo.
Suspiró de nuevo y encorvó los hombros; creí que no iba a responderme, pero estaba pensando y al poco rato dijo:
—El Phantarch preserva la Canción. A través de él la Canción se mantiene viva; a través de él, todo se mantiene en orden.
¬óLa Canci√≥n ¬órepet√≠, acord√°ndome de lo que me hab√≠a contado Gwenllian¬ó. ¬ŅLa Canci√≥n de Albi√≥n?
De nuevo alzó la mirada hacia mí.
¬óLa Canci√≥n de Albi√≥n..., ¬Ņqu√© sabes t√ļ de ella?
¬óS√© que es el tesoro m√°s preciado de este reino; sostiene y preserva todo lo que existe ¬órespond√≠, empleando las mismas palabras que la banf√°ith hab√≠a utilizado en su profec√≠a¬ó. ¬ŅNo es cierto?
¬óS√≠ ¬órepuso simplemente Tegid¬ó. ¬ŅQu√© m√°s te dijo la banf√°ith?
Dudé un instante, sintiendo otra vez el miedo que me había inspirado la angustiosa profecía de Gwenllian..., un miedo que devenía terror.
S√≠, ¬Ņqu√© m√°s me hab√≠a dicho la banf√°ith? Ten√≠a que dec√≠rselo a Tegid; deb√≠a saberlo. Sin embargo, algo dentro de m√≠ se resist√≠a a hacerlo; no deseaba revelar todo lo que me hab√≠a dicho la banf√°ith. La profec√≠a acarreaba consigo una obligaci√≥n..., una abrumadora y terrible obligaci√≥n que yo no deseaba aceptar. Pero Tegid ten√≠a derecho a saber por lo menos una parte...
—Me dijo... —empecé a relatar, me interrumpí unos segundos y luego espeté de pronto— Me dijo que el Phantarch había muerto y que la Canción había enmudecido.
Al oírme, Tegid bajó los ojos y los clavó en las frías cenizas del fuego apagado.
—Eso dijo —susurró con una voz transida de dolor—. Así pues, no queda ninguna esperanza.
¬ó¬ŅPor qu√©? ¬ŅPor qu√© no queda ninguna esperanza? ¬ŅQu√© quieres decir? ¬óexclam√© en tono desafiante, pero √©l guard√≥ silencio¬ó. ¬°Cont√©stame, Tegid! ¬óCog√≠ un palo carbonizado y se lo arroj√©; el palo le acert√≥ en el hombro¬ó. ¬ŅQu√© quieres decir?
¬óEs el Phantarch quien impide que el Cythrawl escape de los abismos del submundo ¬ódijo en voz muy baja llev√°ndose una mano a la cara como si la luz le hiciera da√Īo¬ó. El Phantarch ha muerto ¬ógimi√≥¬ó. Albi√≥n est√° perdida, y nosotros estamos muertos.
¬ó¬ŅPor qu√©? ¬óNo respondi√≥¬ó. ¬°Contesta, Tegid! ¬ŅPor qu√© est√° perdida Albi√≥n? ¬ŅQu√© quieres decir?
¬ó¬ŅTengo que explicarte lo que t√ļ ves claramente con tus propios ojos?
—¡Sí!
—El Phantarch ha muerto —murmuró fatigosamente—, de otro modo la bestia del Abismo no se habría escapado y Nudd no estaría en libertad.
Por fin entendía lo que la banfáith me había dicho. Puesto que sólo el Phantarch tenía el poder de dominar la maldad del Cythrawl, la muerte del Phantarch debía de haber soltado al Cythrawl y ahora Nudd rondaba libre por donde quería, destruyendo todo a su paso. Comenzaba a entender, pero aun así no compartía la desesperación de Tegid.
—Vayamos a luchar —declaré poniéndome en pie de un salto—. Desafiemos a Nudd y a sus coranyid a combatir.
Tegid frunció el entrecejo.
—Lo que dices es una locura. Nos matarían en un abrir y cerrar de ojos.
¬ó¬ŅY qu√©? ¬óle espet√©¬ó. Ser√≠a preferible a permanecer aqu√≠ sentado contemplando c√≥mo te corroes las entra√Īas.
Tegid apret√≥ los pu√Īos como si quisiera golpearme. Pero desisti√≥, y su c√≥lera cedi√≥ de nuevo ante el abatimiento.
¬ó¬ŅQu√© pasa? ¬ŅAcaso tienes miedo de morir?
¬ó¬ŅPor qu√© hablar de miedo? ¬óreplic√≥, soltando una triste carcajada¬ó. Ya estamos muertos.
¬óEntonces vayamos a nuestra tumba como hombres.
Me contempló unos instantes tratando de averiguar si yo había querido decir lo que había dicho.
¬ó¬ŅQu√© te parece? ¬óinsist√≠.
¬ó¬ŅQu√© sugieres que hagamos? ¬ópregunt√≥ al fin.
—Levantaremos una almenara —contesté soltando lo primero que se me ocurrió.
Tegid esta vez no se ri√≥, aunque tampoco pareci√≥ animarse con el plan. Se limit√≥ a gru√Īir y a ensimismarse otra vez en la contemplaci√≥n de las h√ļmedas cenizas.
Yo me dispuse a acosarlo, manteniéndome firme en mi propósito.
¬óUna almenara. Pi√©nsalo, Tegid. Si queda alguien con vida en el territorio, ver√° el fuego y vendr√° a nuestro encuentro. Y, si no queda ning√ļn superviviente, por lo menos lograremos atraer a Nudd y lo desafiaremos cara a cara. ¬°Que venga! Puede matarnos, desde luego; pero no tenemos nada que perder. ¬ŅQu√© dices?
¬óQue est√°s completamente loco ¬ógru√Ī√≥; pero lentamente se puso en pie¬ó. Sin embargo, es cierto que no vale la pena seguir viviendo as√≠.
¬óEntonces ¬Ņvas a ayudarme?
—Te ayudaré —asintió—. Alzaremos la almenara más grande que jamás se haya visto en Albión. ¡Dejemos que hablen nuestros destinos!
Así fue como Tegid Tathal salió de su letargo y se entregó a una actividad febril. Puso las bridas y las pieles sobre los caballos y los desató; yo envolví algunos pescados en un trozo de lana y de una patada eché tierra sobre el fuego. Luego llamé a Twrch y monté a caballo; así, con el cachorro acurrucado contra mí en un pliegue de mi manto, nos pusimos en camino.
¬ó¬ŅD√≥nde levantaremos la almenara? ¬ópregunt√© cuando hubimos alcanzado el sendero.
—En Sycharth —contestó Tegid por encima de su hombro—. Es una fortaleza muy elevada. Desafiaremos al enemigo en el lugar donde sembró la destrucción más atroz. La almenara se verá desde Llogres hasta Caledon. Quienquiera que la vea sabrá que no vamos a ir a nuestras tumbas sin combatir.
El cambio que mi compa√Īero hab√≠a experimentado era completo y total. Se hab√≠a resignado a morir, y ahora se apresuraba no a eludir la muerte sino a salir a su encuentro.
Yo, por mi parte, estaba menos deseoso que √©l de morir. Pero lo segu√≠a de buen grado, porque ten√≠a menos miedo de la muerte que de una supervivencia vac√≠a e in√ļtil.
Cuando llegamos a la fortaleza de Meldryn Mawr, el lugar más abandonado y desolado que pudiera imaginarse jamás, nos pusimos manos a la obra. Entre el hedor de los cuerpos putrefactos, Tegid y yo nos entregamos frenéticamente a la tarea, amontonando todo lo que encontrábamos que pudiera servir. Nuestros corazones eran de piedra, y nuestras manos no temblaban.
—Haremos una pira sin igual en esta fortaleza en otros tiempos espléndida —declaró Tegid con los dientes apretados—. Nuestras cenizas se mezclarán con las de nuestro pueblo.
Pero no hab√≠a suficiente combustible para alimentar una pira decente ni forma de conseguirlo. Casi todo lo que pod√≠a arder ya hab√≠a sido consumido por las llamas que hab√≠an destruido el caer, y lo poco que quedaba estaba empapado por la lluvia y la nieve. Tegid contempl√≥ la rid√≠cula pira de objetos de madera que hab√≠amos levantado donde en otro tiempo se alzaba el palacio del Soberano Se√Īor.
¬óNo es suficiente ¬ódijo en tono terminante¬ó. Tendremos que ir al varadero.
Trabajamos hasta bien entrada la tarde, trasladando del varadero al caer los restos de troncos que no habían ardido.
¬óTodav√≠a no es suficiente ¬óafirm√≥ Tegid contemplando el mont√≥n de le√Īa a la luz ya moribunda del d√≠a.
¬óTenemos que procurarnos m√°s ¬óasent√≠ yo¬ó. Pero podemos dejarlo para ma√Īana.
No nos quedamos a dormir en la fortaleza, porque, despu√©s de haber perturbado el descanso de los difuntos, no quisimos molestar a√ļn m√°s a los muertos insepultos. As√≠ que acampamos junto al r√≠o, cerca del varadero.
Al d√≠a siguiente cortamos largas varas de abedul para los caballos y cabalgamos hacia las colinas boscosas a trav√©s del pantanal para cargar le√Īa y troncos y acarrearlos hasta la pira. Trabaj√°bamos con rapidez, pese a la inseguridad de los senderos, la lluvia constante y el viento helado que nos sacud√≠a a r√°fagas. Al final de la jornada hab√≠amos reunido una considerable cantidad, pero Tegid dijo que todav√≠a no era suficiente. Rendidos por la fatiga, dormimos envueltos en nuestros empapados mantos, y poco despu√©s nos levantamos para reanudar la tarea.
Bajo un cielo amenazador y plomizo, cargamos arbustos, ramas y le√Īos en las flexibles varas de abedul y los acarreamos hasta el caer a trav√©s de los bosques y el pantanal. Fue una jornada interminable, sin comida y sin descanso. Cuando suger√≠ que deb√≠amos hacer un alto para abrevar y dar un descanso a los caballos, Tegid se ech√≥ a re√≠r y replic√≥ que pronto descansar√≠amos para siempre. Estaba seguro de que la treta de la almenara funcionar√≠a y de que Nudd nos precipitar√≠a en nuestras tumbas antes de que la noche tocara a su fin.
Pero yo estaba m√°s determinado que nunca a urdir un plan para escapar. Mi cabeza ard√≠a; mis pensamientos se atropellaban. Mientras ataba la √ļltima carga de le√Īa en las varas de abedul, trataba desesperadamente de pensar en el modo de impedir que la almenara ardiera. Los √ļltimos d√≠as pasados entre los cad√°veres me hab√≠an hecho cambiar. Al oler los putrefactos cuerpos y tropezar constantemente con ellos, entend√≠ algo fundamental: yo estaba vivo y deseaba seguir viviendo. No quer√≠a que Nudd me matara. No quer√≠a convertirme en otro amasijo de carne putrefacta, asqueroso, macabro e hinchado. No estaba dispuesto a morir; deseaba vivir.
Mientras chapote√°bamos por los pantanos y ascend√≠amos el embarrado sendero hacia las ruinas del caer, no cesaba de dar vueltas a mil pretextos distintos para detener la mano de Tegid. Incluso cuando la luz del d√≠a se extingui√≥ y Tegid acerc√≥ el l√≠o de trapos empapados en pez a los rescoldos que hab√≠a conservado cuidadosamente para el fuego, todav√≠a confiaba en que se me ocurrir√≠a alg√ļn modo de impedir que encendiera la pira.
No se me ocurrió nada. Me quedé inmóvil mirando cómo encendía los harapos ennegrecidos en las ascuas. Cuando los primeros jirones de humo blanco se levantaron hacia el oscuro cielo, tragué saliva creyendo que estaba contemplando cómo mi vida se escapaba hacia las alturas con aquellas espirales de humo. Al primer golpe de viento, el humo se dispersó. Así acabaría mi vida cuando Nudd apareciera con su cruel Hueste de Demonios.
Tegid sopló para avivar la llama. Poco después el fuego había prendido del todo y los harapos se consumían en una llamarada naranja. Tegid pinchó en un palo la bola de trapos empapados en pez y me lo ofreció.
¬óAqu√≠ tienes, hermano ¬ódijo¬ó. ¬ŅEnciendes t√ļ la pira o quieres que lo haga yo?
¬óEnci√©ndela t√ļ, Tegid ¬órepuse, tratando a√ļn de descubrir c√≥mo podr√≠a impedir que la almenara ardiera y anunciara al enemigo nuestra presencia.
Cuando las primeras llamas prendieron en la parte inferior del mont√≥n de madera, a√ļn segu√≠a creyendo que de alg√ļn modo se me ocurrir√≠a algo para salvarnos. Incluso cuando las llamas se propagaron de rama en rama subiendo por el entramado de le√Īa, pensaba que lo conseguir√≠a; y aun cuando prendieron los troncos m√°s grandes despidiendo el vapor de la lluvia que los hab√≠a empapado, confiaba en que descubrir√≠a un modo de salvarnos...
Incluso cuando en la oscuridad de la noche las llamas se alzaron hacia la negra bóveda de los cielos, seguía confiando en que por fin se me ocurriría la feliz idea que se me había estado escapando durante todo el día.
Y, cuando sobre las destruidas murallas miré hacia la negra llanura que se extendía al pie de Sycharth y vi las antorchas de los guerreros que avanzaban hacia el caer, cuando oí el atronador estruendo de los cascos de los caballos sobre la tierra y comprendí que estábamos contemplando cómo la muerte venía en nuestra busca, aun entonces todavía confiaba en que no iba a morir.
—¡Mira qué deprisa los ha atraído nuestra almenara! —exclamó contento Tegid—. ¡Acércate, Nudd! ¡Aquí te esperamos desafiantes!
La voz de Tegid era ruda, y su rostro estaba tenso por una extra√Īa excitaci√≥n. Levant√≥ la antorcha, dibuj√≥ un arco de fuego sobre su cabeza y la arroj√≥ a los enemigos. Yo cog√≠ a Twrch y abandon√© la muralla en busca de mis armas. Tras atar al cachorro con una brida suelta del caballo, deshice el l√≠o de piel untado en aceite, saqu√© mi espada y quit√© la funda a la afilada punta de mi lanza. Luego cog√≠ el escudo y corr√≠ hacia donde me esperaba Tegid.
—Coge la lanza —dije tendiéndosela—. Ven, les saldremos al encuentro en la puerta.
Las puertas hab√≠an saltado de los goznes y estaban quemadas, pero el pasadizo del camino de entrada ofrec√≠a cierta protecci√≥n. No sab√≠a si los demonios peleaban como guerreros o si traspasaban los muros de piedra para aniquilar a los hombres con una simple mirada. No obstante, decid√≠ que, si el duro metal pod√≠a producirles alg√ļn da√Īo, cualquiera que levantara su mano contra nosotros probar√≠a el filo de mi espada. Tegid y yo tomamos posiciones hombro con hombro y contemplamos c√≥mo se iban acercando las antorchas.
Las llamas de la almenara nos calentaban la espalda, la hoguera alargaba nuestras sombras y el crepitar del fuego atronaba en nuestros o√≠dos, mientras aguard√°bamos al enemigo que se acercaba. Yo as√≠a el pu√Īo de la espada sintiendo su peso familiar en la mano. Tegid arroj√≥ la tea y, con el rostro muy p√°lido, blandi√≥ la lanza.
Yo no pensaba en la muerte que nos aguardaba, ni en los cuerpos quemados y destrozados esparcidos por el caer. Todos mis pensamientos se concentraban en la punta de la espada y en los movimientos de combate tantas veces practicados. Aqu√©lla iba a ser mi primera batalla desde que me hab√≠a convertido en un guerrero y, aunque seguramente ser√≠a tambi√©n la √ļltima, la esperaba con expectaci√≥n, ansioso de comprobar las habilidades tan duramente aprendidas.
—¡Suceda lo que suceda —gritó Tegid, dominando el crepitar de las llamas—, considero un honor morir a tu lado!
—No hay honor ninguno en la muerte —contesté, repitiendo lo que Scatha decía a sus alumnos—. Consideremos un honor el poder enviar a algunos de esos coranyid a la oscuridad de los infiernos que tan justamente merecen.
—¡Bien dicho, hermano! —aprobó Tegid—. ¡Que así sea!
Los primeros caballos habían llegado al camino que ascendía hasta el caer. Era evidente que el enemigo podía distinguir nuestras siluetas recortadas en el resplandor de la almenara que ardía detrás de nosotros. Titubearon y se pusieron en corro.
Yo solté un agudo grito. Entonces un guerrero enfiló el camino y subió al galope la rampa. Alcé la espada y me acurruqué tras el escudo. No podía ver al atacante, pero sí seguir la estela de la antorcha que llevaba. Apenas el primer demonio había enfilado el camino, otro salió tras él, y luego otro. Los tres avanzaban juntos a nuestro encuentro, mientras los demás se quedaban atrás, como reacios a aventurarse entre los destruidos muros que flanqueaban el camino hacia las puertas.
Cuando el primer jinete estaba a punto de llegar a la cima de la colina, me precipité hacia el lugar por donde su caballo coronaría la cima. Allí el jinete perdería momentáneamente el equilibrio al cargar su peso hacia delante para no resbalar por las ancas del animal. Y allí se encontraría con mi espada.
Tegid adivin√≥ mis intenciones y se dispuso a encargarse del segundo guerrero antes de que √©ste pudiera auxiliar a su compa√Īero.
Me ardía la sangre en las venas y mi corazón latía aceleradamente, pero mis pensamientos eran tan claros y precisos como mis movimientos.
Estaba preparado para enfrentarme cara a cara con el enemigo, para encararme con la encarnación más grotesca de la más terrible de mis pesadillas. Estaba preparado para enfrentarme a la muerte en cualquiera de sus más asquerosas manifestaciones. Pero no estaba preparado para ver lo que vislumbraron mis ojos cuando el enemigo apareció en el círculo de resplandor de la hoguera. Por un instante el demonio fue una sombra en movimiento; segundos después, a la luz del fuego, tomó una apariencia inconfundible.
Al ver el rostro de mi atacante, dejé caer el brazo.
Estaba dispuesto para enfrentarme a cualquier cosa, pero lo que vi fue el rostro del palad√≠n de Meldryn Mawr, de su jefe de batalla, Paladyr, a quien hab√≠a conocido en la corte del Soberano Se√Īor.
Mi vacilaci√≥n casi me cost√≥ la vida, porque mientras bajaba la espada el guerrero me atac√≥ lanza en ristre. Retroced√≠ dando un grito, y la punta de la lanza de Paladyr refulgi√≥. Al resplandor del fuego vi que sus labios dejaban escapar un alarido de c√≥lera. Su caballo, guiado por las rodillas del jinete, se precipit√≥ hacia m√≠ con los ojos desorbitados, las narices dilatadas y los cascos golpeando con violencia el suelo. Levant√© el escudo para protegerme y alc√© la espada para blandirla en el momento en que me viera sin protecci√≥n. Aunque estaba dispuesto a defenderme, mi mente se afanaba por encontrar un sentido a aquel extra√Īo giro que hab√≠an dado los acontecimientos: Paladyr aqu√≠... y atac√°ndome.
Pero ¬Ņse trataba en realidad de Paladyr? ¬ŅO acaso un astuto demonio hab√≠a adoptado su apariencia para confundirme y as√≠ poder vencerme?
Aunque el enemigo que tenía ante mí no fuera un ser humano, su cólera era indiscutiblemente real. Humano o no, quería matarme. Su lanza chocó con el borde de hierro de mi escudo; el golpe estremeció los huesos de mi brazo y mis rodillas flaquearon. Pero alcé la espada y rechacé con habilidad el segundo lanzazo. La lanza se desvió hacia un lado, y vi el pecho del hombre sin defensa.
Llevado por la cólera, mi atacante había descuidado la guardia. Podría haberle atravesado el corazón con la espada. Pero me detuve a tiempo, pues no era un demonio. —¡Paladyr! —grité— ¡Deténte!
La cólera que crispaba sus labios se relajó. Al resplandor de la hoguera, vi que la perplejidad suavizaba sus facciones de piedra. Miró a ambos lados y se dio cuenta de que Tegid y yo luchábamos solos. Sus ojos vislumbraron las ruinas sembradas por doquier, iluminadas por el fuego de la almenara, y su confusión aumentó.
—¡Deténte, Tegid! —volví a gritar—. ¡Son los nuestros!
Tegid desistió de atacar al segundo guerrero y corrió a mi lado.
¬ó¬°Paladyr! ¬óexclam√≥¬ó. ¬ŅNo me conoces?
El reconocimiento iluminó los ojos del guerrero. Alzó la mano a modo de saludo, pero continuó apuntándonos con la lanza.
¬ó¬ŅTegid? ¬ódijo¬ó. ¬ŅC√≥mo t√ļ por aqu√≠, hermano?
Tegid dejó caer la lanza a sus pies. El paladín del rey arrojó a su vez la suya y gritó a los otros guerreros que depusieran las armas. Desmontó y se acercó a nosotros.
Miró el fuego de la almenara y luego la destruida fortaleza. La contempló largo rato, visiblemente emocionado.
¬ó¬ŅQu√© ha sucedido aqu√≠? ¬óinquiri√≥, cuando por fin pudo articular palabra.
La sencilla pregunta encerraba toda la angustia del mundo. Sus compa√Īeros, a√ļn montados a caballo, contemplaban la devastaci√≥n aturdidos, mudos.
—Sycharth ha sido destruida —contestó Tegid, acercándose a Paladyr—. Nuestros conciudadanos han muerto. Puedes buscar por donde quieras, que todos han cruzado el negro umbral de la muerte. No encontrarás un ser vivo en todo el territorio.
Paladyr se pasó la manaza por los ojos. Se tambaleó y le tembló la mandíbula, pero no se derrumbó ni lloró. Entonces me di cuenta de lo fatigado que estaba. Debían de haber cabalgado durante muchos días.
—Vimos la almenara —explicó el paladín—. Creímos..., creímos que el caer estaba... —Logró dominarse, se dio la vuelta y montó a caballo—. El rey debe ser informado.
Enfiló el sendero y desapareció en la oscuridad.
—Entonces, el rey está vivo —observó Tegid.
Y, en efecto, Meldryn Mawr en persona compareci√≥ ante nosotros momentos despu√©s; ojeroso y con los ojos enrojecidos por la falta de sue√Īo, pero era √©l. Con una peque√Īa escolta de guerreros apareci√≥ en la destruida puerta, desmont√≥ y procedi√≥ a recorrer la arrasada fortaleza.
Al resplandor del fuego lo vi moverse despacio y solo entre las ruinas. Al principio soport√≥ valientemente el horror, pero la devastaci√≥n era demasiado tremenda. Cuando lleg√≥ a los carbonizados y derrumbados restos de su palacio, avanz√≥ vacilante hasta la chimenea, cay√≥ de hinojos y, cogiendo un pu√Īado de empapadas cenizas, se las ech√≥ por la cabeza. Un alarido de ira le ara√Ī√≥ la garganta, un grito de insoportable dolor, angustia y pena que brotaba de lo m√°s profundo de su coraz√≥n. Los guerreros, que hab√≠an comenzado a murmurar palabras de venganza, enmudecieron ante la desesperaci√≥n de su rey.
Después de cierto tiempo nos acercamos a él. Tenía el rostro tiznado, y las lágrimas derramadas habían dibujado surcos en sus mejillas. Se puso en pie cuando nos acercamos. La tristeza de sus ojos y de su voz me rompió el corazón.
¬ó¬ŅD√≥nde est√° Ollathir? ¬ópregunt√≥ con una voz tan apacible que me hizo suponer que adivinaba la respuesta.
¬óYace en un t√ļmulo mortuorio, en Ynys B√†inail ¬órespondi√≥ Tegid.
El rey asintió lentamente y me miró.
¬ó¬ŅQui√©n es este hombre?
No me reconocía porque en realidad sólo nos habíamos visto una vez hacía muchísimo tiempo. Le habría contestado yo mismo, pero no me había dirigido la pregunta a mí.
—Es el hombre errante a quien enviaste a que se convirtiera en un guerrero —repuso Tegid—. Estaba junto a Ollathir cuando murió.
Pese a la emoción y dolor que lo embargaban, el rey me dio la bienvenida.
¬óPuesto que Ollathir nos ha dejado, Tegid Tathal se ha convertido en mi jefe de Canci√≥n. Por tanto, t√ļ te has convertido en su espada y en su escudo. No te separes jam√°s de √©l. Nos har√° mucha falta un bardo en los d√≠as que se avecinan. Prot√©gelo, guerrero.
¬óLo har√© con mi propia vida, Soberano Se√Īor ¬ócontest√©.
El rey alzó la mano hacia Tegid.
¬óT√ļ, brehon, eres todo lo que me queda de mi reino. Desde esta noche ser√°s mi bardo y mi voz. Puesto que las voces de mi pueblo han enmudecido, la m√≠a tambi√©n callar√°. En verdad te digo que hasta que las voces de mis s√ļbditos no vuelvan a o√≠rse en este lugar, no tendr√© voz.
El rey alzó la cabeza y escrutó las negras ruinas de su fortaleza, en otros tiempos poderosa. Permaneció inmóvil unos momentos contemplando el horror y la devastación de la muerte, como para grabarlos en su mente. Luego se alejó, montó a caballo y comenzó a descender por el sendero.
Mientras los dem√°s guerreros enfilaban despacio el camino, Tegid y yo fuimos en busca de nuestros caballos.
¬óLevanta ese √°nimo, Tegid ¬óle dije¬ó. Hemos conjurado a la muerte por un tiempo.
—Hemos cambiado una tumba por otra —murmuró—. Pero eso es todo.
¬ó¬°Qu√© l√ļgubre! ¬órepliqu√©, mientras resonaban en mis o√≠dos las dulces palabras de Goewyn¬ó. Todav√≠a estamos vivos. ¬ŅPor qu√© imaginar lo peor?
El bardo solt√≥ un gru√Īido desde√Īoso, pero por lo menos reaccion√≥. Desatamos a los caballos y montamos. Twrch, temblando de excitaci√≥n por la lucha y el fuego, ladr√≥ vigorosamente cuando lo coloqu√© en mi regazo, y abandonamos el caer.