25 - La guerra del paraíso

—¿Nudd? ¿El señor del Mundo Subterráneo? —pregunté pensando que debía de haber oído mal.
Recordaba que Gwenllian había hecho referencia a un personaje con ese nombre en algunas de sus canciones; Nudd era una figura tenebrosa y furtiva que gobernaba los reinos inferiores como rey y señor de los condenados. Seguramente Tegid no se refería al mismo Nudd.
Serio y cauteloso, el brehon extendió los dedos de la mano izquierda haciendo la señal para exorcizar la maldad.
—Quizás en los días que se acercan, desearás que tus labios no hubieran pronunciado jamás ese nombre. Te diré lo poco que se sabe, y ese poco te helará el corazón en el pecho.
—Es igual. Mi corazón está ya entumecido por la violencia de ese pavoroso señor cuyos crímenes he tenido que contemplar. Nada de lo que puedas decirme podrá ya horrorizarme.
—Tienes razón, hermano —repuso Tegid—. Siéntate y escúchame, si es tu deseo.
El tiempo había empeorado. La mortecina luz del día se estaba desvaneciendo y pronto se haría de noche. Tegid encendió el fuego para resistir el frío nocturno, y yo saqué unas cuantas pieles de la cabaña y las dispuse junto a la hoguera. Me senté con las piernas cruzadas en una de las pieles de cabra y Twrch vino a acurrucarse en mi regazo.
Tegid parecía enfrascado en la tarea de encender el fuego, pero me di cuenta de que estaba ordenando en su mente los hilos de la historia. Me puse el manto sobre los hombros y acaricié a Twrch, esperando a que Tegid comenzara el relato.
—Muy pocos han oído esta canción —dijo por fin Tegid, sentándose frente a mí sobre una piel—. Y menos aún se han mostrado deseosos de oírla. Hay algunas canciones que paralizan la lengua y enmudecen las cuerdas del arpa. Y ésta es una de esas canciones.
—Sin embargo yo la oiré con gusto —declaré—, por si algún bien pudiera derivarse.
—Oye, pues, la historia de Nudd, el príncipe de Uffern —comenzó Tegid—. En días muy remotos, cuando el rocío de la creación estaba aún fresco sobre la tierra, Beli, el de Gran Renombre, tuvo dos hijos mellizos: uno se llamaba Nudd y su hermano, Lludd. Y sucedió así: Beli gobernó largos años con sabiduría, ganando honor por su justicia y rectitud. Mientras reinó sobre la Isla de la Fuerza no hubo guerras, ni plagas, ni disturbios. Albión gozó de tanta paz bajo la égida de Beli que se convirtió en el más hermoso reino del mundo. Hombres y mujeres dedicaban sus días al conocimiento y al aprendizaje de la verdad de todas las cosas. Acrecentaron su sabiduría, su amor a la verdad y a las artes y olvidaron el ejercicio de la guerra. En aquellos días era más fácil oír una dulce canción que el entrechocar de las espadas, era más normal ver a los poetas dedicados al arte de la composición que a los jefes de batalla montados en sus carros de combate. Tan maravillosamente los hijos y las hijas de los hombres crecieron en sabiduría y gozaron de la munificencia de la tierra y de todos los dones que existen bajo los cielos, que fueron llamados Tylwyth Teg, la Hermosa Familia, y su morada fue llamada el Paraíso.
»Y sucedió que un día Beli fue aquejado por una irresistible taithchwant, una intensa y poderosa pasión de ver mundo. Anhelaba tanto recorrer sus dominios para ver con sus propios ojos las maravillas que habían sucedido durante su reinado, que no podía comer en su vajilla de oro ni dormir en su mullido lecho de plumas. El taithchwant lo acosaba cada vez con más fuerza, le resultaba acuciante día a día. Así que el rey se dijo a sí mismo: "Me convertiré en el más desgraciado de los hombres si continúo así un día más".
»Tras hacerse tal reflexión se sentó en el trono de plata y meditó qué debía hacer. "Confiaré el mando a uno de mis hijos, que gobernará en mi nombre durante mi ausencia. Así podré viajar por mis dominios, veré con mis propios ojos la felicidad de mis súbditos y compartiré su alegría." Sólo le restaba escoger cuál de sus dos hijos merecía gobernar en su lugar.
»El poderoso Beli, el Más Astuto, el Pilar de la Prudencia, el Espíritu de la Sabiduría, meditó larga y profundamente en su trono. Pensó y pensó y al acabar no estaba más cerca de una decisión que al principio. La causa de su dilema era la siguiente: entre Lludd y Nudd no había la menor diferencia que pudiera decidirlo a elegir. Ambos eran hermosos e inteligentes, ingeniosos y afables. Ambos poseían las mismas virtudes. Ninguno era ni mejor ni peor que el otro. Se parecían tanto que sólo se distinguían en el color del cabello: los de Lludd eran como los rayos del sol al alba, los de Nudd como la gloriosa oscuridad de la noche. Los del primero eran rubios como el sol, los del segundo negros como el azabache.
»Beli, el monarca de Gran Renombre, llamó a sus dos hijos y les dijo: "Hace mucho tiempo que anhelo viajar por mi reino y ver cómo mi pueblo goza del bienestar que ha alcanzado bajo mi égida. Sabed que me ha embargado el taithchwant y que no puedo permanecer aquí ni un día más, pues, si tuviera que pasar una noche más en este palacio, mi corazón estallaría de dolor. Debo partir ahora mismo".
»Los dos hijos se miraron y coincidieron en que el plan del padre era bueno. "Es un deseo loable, Soberano Señor. Permítenos que te acompañemos y compartamos contigo la alegría de ver la felicidad que has procurado a tu pueblo con tu sabio y noble gobierno."
»Beli Mawr miró a sus hijos y les respondió: "Vuestro deber no es acompañarme, sino gobernar en mi nombre durante mi ausencia."
»Los hijos repusieron: "Has gobernado tan bien, padre, que el más humilde de los súbditos podría hacerlo en tu nombre, y el niño más inocente podría mostrarse digno del poder real. Elige a cualquiera, porque sea quien sea no hará sino incrementar el honor de tu nombre".
»Al rey le agradaron esas palabras y su corazón rebosó de orgullo y placer. Pero no se dejó convencer, porque cuando Beli había tomado una determinación no daba su brazo a torcer; y había tomado la determinación de recorrer sus dominios solo. Se marcharía solo, viajaría solo, solo saborearía las mieles de su renombre. Solo y de incógnito, para que su pueblo no descubriera su presencia y lo halagara. En efecto, Beli buscaba siempre la verdad de las cosas y sabía muy bien que a veces los hombres alteran su comportamiento habitual en presencia de un rey. Por eso respondió: "Como siempre, la buena intención os honra, hijos míos. Sin embargo, he decidido marcharme solo y solo me marcharé".
»Los hijos sabían que no podrían convencerlo y dijeron: "Márchate, padre, y que goces de toda clase de bendiciones mientras estés lejos de nosotros".
»Nudd se acercó a su padre y, apoyando la cabeza en su pecho, dijo: "Ojalá me permitieras acompañarte, padre; ojalá encuentres todo lo que buscas y nada que no busques".
»Ludd se acercó a su vez, apoyó la cabeza en el pecho de su padre y dijo: "Ojalá tu reino siga floreciendo para que encuentres tus dominios mejor de lo que los dejaste".
»Beli obligó a sus hijos a alzarse y les expuso sus pensamientos. Les confió muchas cosas acerca del buen gobierno del país y acerca de cómo un rey debe servir a su pueblo. Después les dijo: "Ahora me voy. Pero uno de vosotros debe gobernar en mi lugar durante mi ausencia".
»Los hijos le preguntaron: "¿Tiene que ser así?"; porque ninguno de los dos quería prevalecer sobre el otro.
»Beli replicó: "Sí. Veo el camino que se extiende ante mí y veo a mi pie dispuesto a hollarlo". Luego les preguntó quién de los dos quería gobernar en su lugar.
»Nudd respondió: "Mi hermano está más capacitado que yo. Elígelo a él". A lo cual repuso Lludd: "De los dos, Nudd es el más capacitado. Insisto en que lo elijas a él".
»Beli escuchó estas palabras y, como era un rey sabio, escrutó los espacios vacíos entre las palabras y vio por fin cuál de sus dos hijos estaba más capacitado. Y les dijo: "Me habéis rogado que elija. Así pues, elijo a Lludd". Se levantó del trono de plata y confió la soberanía de Albión en manos de Lludd. "Adiós, hijos míos. Que halléis la gracia en todos vuestros actos", se despidió.
»Así fue como el Soberano Señor abandonó su reino, y su pueblo no lo vio durante bastante tiempo; pero sí vio a sus hijos y no le gustó lo que vio. No, en modo alguno.
»Primero estaban contentos porque Lludd era tan sabio y prudente como su padre. Pero Lludd no había reinado aún lo que va de una luna a otra cuando estalló la disputa entre los dos hermanos. Y la causa de la rivalidad fue la siguiente: Nudd sintió celos de la buena suerte de su hermano.
»En verdad no fue más que eso, pero fue suficiente y más que suficiente para acarrear el sufrimiento más terrible al paraíso de Albión. Un sufrimiento tan grande que desde entonces Albión no ha vuelto a ser la misma. En efecto, aunque jamás había estallado una riña entre los hermanos, desde el momento en que Nudd vio la torques de oro del rey en la garganta de su hermano y no en la suya, y vio la vara de la soberanía en la mano de su hermano y no en la suya, comenzó a urdir cómo apoderarse de la dignidad real. Día y noche deambuló por las altas almenas planeando cómo ocupar el trono. Día y noche envenenó su mente con pensamientos de traición y alevosía. Y una hermosa noche se le ocurrió por fin cómo podía engañar a su hermano para que le entregara el poder real. Y esto fue lo que hizo:
»Una esplendorosa noche, no mucho después de que el padre se hubiera marchado, Nudd y Lludd salieron a dar una vuelta por el caer. Nudd alzó la mirada hacia el anchuroso cielo plagado de estrellas. Cuando estuvieron en la puerta principal, Nudd dijo: "Mira allá lejos y verás qué prado tan hermoso y vasto poseo".
»"¿Dónde, hermano?", preguntó Lludd sin sospechar malicia alguna.
»"Sobre tu cabeza, tanto como alcance tu mirada", respondió Nudd alzando los brazos hacia el cielo estrellado.
»Lludd escrutó los cielos. "Pues mira qué hermoso y gordo ganado tengo paciendo en tu campo", replicó.
»"¿Dónde está ese ganado tuyo?", preguntó Nudd.
»"Pues allí... Todas las relucientes estrellas de plata, con la luna como brillante pastor", rió Lludd. Esa respuesta enojó a Nudd porque oyó en ella el eco de la superioridad de su hermano.
»"Harías bien en llevarte a tu ganado de mi campo, porque no deseo que pazca en el prado que he elegido como mío", murmuró Nudd.
»Lludd preguntó: "¿Por qué te ofendes, hermano? A mí no me importa dónde pueda pacer mi ganado".
»Nudd insistió: "Sin embargo, a mí sí. Te aprovechas injustamente de mí".
»"¿A qué viene eso?", inquirió Lludd, perplejo ante la reacción de su hermano.
»"No pretendo que puedas comprenderme, porque tú nunca has tenido que soportar la vergüenza de vivir a la sombra de otro", repuso hoscamente Nudd.
»Lludd entendió entonces por qué su hermano se sentía desgraciado. "Dime lo que tengo que hacer para enmendarlo y puedes estar seguro de que lo haré antes de que salga el sol", le dijo.
»Nudd frunció el entrecejo. "Ya te lo he dicho. ¡Llévate a tu ganado de mi prado!", dijo. Luego se marchó muy contento porque la tarea que le había exigido a su hermano era imposible de realizar.
»Lludd se retiró a su pabellón y reunió a sus bardos para que cantaran ante él. Comió y bebió toda la noche; luego se acostó y durmió profundamente. Nudd lo vio y se alegró en su corazón porque sabía que su hermano no cumpliría su palabra. "Ningún hombre puede retirar las estrellas del cielo, y Lludd ni siquiera lo ha intentado —se dijo—. Ha perdido; mi ingenio me hace merecedor del reino." Se acostó y durmió plácidamente.
»Por la mañana, Lludd se levantó y salió al baluarte que estaba ante el pabellón. "¡Despierta, Nudd, sal!", gritó.
»Nudd se despertó y salió. "¿Qué significa este alboroto tan de mañana? —preguntó—. No veo razón para ello, a menos que sea para entregarme la torques real que llevas en la garganta."
»Lludd sonrió y palmoteó el hombro de su hermano. "No hay necesidad, hermano, porque he hecho lo que me has pedido. Me he llevado el ganado y tu prado está libre, como me exigiste."
»Nudd no podía dar crédito a lo que oía. "¿Cómo es posible?", inquirió.
»"Sólo tienes que mirar al cielo para comprobar que te estoy diciendo la verdad", dijo Lludd.
»Nudd alzó la mirada al cielo y vio que la bóveda celeste lucía clara y despejada; no había ni una sola estrella: el sol las había ahuyentado.
»Lludd le dijo a su hermano: "He hecho lo que me pediste. Ojalá no vuelva a surgir un desacuerdo entre nosotros, sino que sigamos conviviendo en paz como antes".
»Pero Nudd no lo deseaba. Vio con qué facilidad su hermano lo había vencido y se sintió insignificante y estúpido. Imaginó que Lludd se estaba burlando de él y le espetó: "Me has engañado una vez, pero no volverás a hacerlo. Desde hoy ya no eres mi hermano".
»Cuando Lludd oyó estas palabras, se le quebró el corazón. "Grande es tu fama en este territorio y puedes acrecentarla aún más —le dijo—. Dime qué puedo hacer para restablecer la paz entre los dos y lo haré".
»Nudd cruzó los brazos sobre el pecho y dijo: "Entrégame la soberanía del reino y desaparece de mi vista".
»Lludd repuso tristemente: "Podrías pedirme cualquier cosa, excepto eso; no puedo concedértelo".
»Nudd preguntó: "¿Por qué no?"
»"Porque la soberanía del reino pertenece sólo a quien me la confió. Yo no soy quién para poder entregarla cuando me venga en gana".
»"Sí puedes", insistió Nudd.
»"No, no. No discutamos más", se mantuvo inflexible Lludd.
»"Muy bien —gritó Nudd—. Puesto que no me das lo que prometiste, no tengo otra elección que arrebatártelo".
»Lludd le dijo: "El hecho de que me arranques la torques de la garganta y coloques tus posaderas en el trono de plata no te convertirá en rey. En verdad, un hombre no puede hacerse a sí mismo rey. Sólo la bendición de quien posea la soberanía puede elevar a un hombre a ese rango, porque la realeza es una verdad sagrada que no puede ser cambiada ni vendida, y mucho menos robada o usurpada por la fuerza".
»Por los labios de Lludd hablaba la verdad. Nudd la oyó y no le agradó en absoluto. Abandonó el pabellón, abandonó el caer. En tierras lejanas reunió en torno suyo a hombres que eran como él: hombres avariciosos, ambiciosos, que abrigaban desmesurados deseos y envidiaban una riqueza y un rango que no les pertenecían, hombres de Tir Aflan, allende el mar, que se dejaron seducir con altisonantes promesas de botines fáciles.
»Lludd gobernaba con justicia. El pueblo lo adoraba y cantaba sus alabanzas por doquier. Cada una de esas alabanzas se clavaba en el corazón de Nudd como un afilado cuchillo. Y mientras la luz de Lludd brillaba día a día con más intensidad en el país, los celos de Nudd degeneraron en un odio intenso, violento, enfermizo y orgulloso.
»Reunió a su hueste y les dijo: "Ya veis cómo está la situación. La fortuna de mi hermano se hace cada vez mayor mientras la mía disminuye. No es justo que tenga que vivir como un perro a quien se ha expulsado del hogar. Mío debería haber sido el reino de Albión, pero ¿acaso Lludd toma esto en consideración? No. Sigue su camino con total impunidad. No miento al decir que he soportado el ultraje de su arrogancia demasiado tiempo. Ha llegado la hora de poner las cosas en su sitio".
»Así fue como Nudd blandió la lanza contra su hermano. Nudd y su hueste declararon la guerra a Lludd. Los guerreros se armaron. Se reunieron los batallones. Y la Isla de la Fuerza, donde ni siquiera una palabra airada había sonado, oyó el tremendo retumbar del carynx y el choque de las espadas en los escudos y de las lanzas en los yelmos.
»Las batallas fueron encarnizadas, las carnicerías feroces. La sangre que anegó la tierra se convirtió en un río que llegaba hasta las cernejas de los caballos y hasta los espolones de los carros de combate. Desde el alba hasta el crepúsculo, el hermoso cielo de Albión se llenó del entrechocar de las armas y de los gemidos de heridos y moribundos. La tierra se convirtió en un erial; ningún hombre estaba a salvo. La guerra devino la práctica primordial en Albión. Fueron días de negro luto; la guerra había llegado al Paraíso.
»Las huestes luchaban y los guerreros morían. Se reunían nuevas huestes y nuevas huestes eran pasadas a cuchillo. Sin embargo, en medio de tantos combates y matanzas, ninguno de los dos hermanos podía proclamarse vencedor del otro. Los guerreros de Nudd y Lludd estarían todavía luchando, si el padre no hubiera comparecido un día en el campo de batalla. El Soberano Señor apareció en el lugar donde los dos bandos se habían reunido a la espera de que sonara el cuerno de batalla para atacar; llegó montado en un caballo rendido por el viaje y se interpuso entre las dos líneas de batalla.
»Se detuvo en el centro del campo de batalla, llamó a sus dos hijos y les preguntó: "¿Qué es eso que he oído? He recorrido de una punta a otra el reino y en ningún lugar he percibido este sonido que es entre todos el que me resulta más odioso. Hasta ahora todo lo que he visto y oído me ha complacido en grado sumo. ¿Y qué contemplo ahora?, ¿qué oigo? De la mañana a la noche sólo retumba este sonido que no puedo soportar, y sólo se ve lo que más abominable me resulta: el estrépito de la batalla y la sangre que cae sobre la tierra mientras la vida es aniquilada. Explicádmelo, si podéis, porque os aseguro que, a menos que sepa la razón por la que ha sucedido este desastre, aunque sois mis hijos y os quiero más que a mi vida, maldeciré el día de vuestro nacimiento".
»En estos términos y en otros aún más duros se dirigió a sus hijos el poderoso Beli. Ambos se avergonzaron y condolieron, pero sólo Lludd reconoció su parte de culpa en la desgracia que habían acarreado al más hermoso reino del mundo. "La culpa es mía, padre —lloró arrojándose a los pies del rey—. No soy merecedor de la confianza que en mí depositaste. Quítame la torques de la soberanía y expúlsame de tu reino. Mejor aún, mátame por la insensatez que he cometido, porque he antepuesto el derecho a la clemencia y el honor a la humildad."
»El rey oyó estas palabras y, al reconocer la verdad que latía en ellas, su corazón se rompió. Se volvió hacia Nudd y le preguntó: "¿Qué dices a esto?".
»Nudd creyó ver un medio para escaparse del apuro y contestó: "Ya has oído cómo Lludd confesaba que la culpa es suya. ¿Quién soy yo para llevarle la contraria? Al fin y al cabo, él es el rey. Que su sangre sea vertida por la maldad que ha cometido contra ti, contra tu reino y contra tu pueblo".
»Beli, el Sabio y el Justo, oyó estas palabras que le atravesaron como una espada su alma bondadosa. Con lágrimas en los ojos, desenvainó su espada y cortó la cabeza de Lludd. El príncipe se estremeció y murió.
»Aun así Nudd, pese a que estaba muerto de miedo, no reconoció su parte de culpa por haber comenzado la riña que originó la guerra. Beli preguntó a su hijo: "¿No tienes nada que decir?". Pero Nudd no contestó. Y su silencio hirió a su padre más aún que las palabras de falsedad que había pronunciado antes.
»El Soberano Señor no quería perder en un solo día a sus dos hijos y le instó, una vez más: "Hacen falta dos para comenzar una guerra. ¿Acaso debo creer que esta locura fue obra sólo de Lludd?".
»Nudd, cuyo corazón se había vuelto frío como una piedra, todavía creía que podría apoderarse del trono ahora que Lludd había muerto. Por eso contestó: "Puedes creer lo que quieras, padre. Lludd ostentaba la soberanía, como bien sabes. Ha pagado el precio de sangre por el mal que causó al reino. Dejemos las cosas así".
»Al oírlo, Beli Mawr emitió un largo y terrible aullido, el primero de los Tres Lamentos de Dolor de Albión. Cogió la orla de su manto y se cubrió la cabeza embargado de pena e ira. "Tienes razón al decir que Lludd ha pagado la deuda de sangre que había contraído. Con mi propia mano he matado al que ocupaba mi sitio, a mi hijo y servidor. Lludd habría reinado en Albión después de mí; llevaba mi carne y mi sangre..., y lo he sacrificado en nombre de la justicia que he creado. Me he sacrificado a mí mismo. Lo he hecho para que la justicia florezca otra vez en Albión. Lludd está muerto, pero su muerte no es nada comparada al castigo que tú vas a recibir".
»"¿Castigo? —gruñó Nudd—. Se ha hecho justicia. ¿Qué mal te he hecho yo?"
»Beli replicó: "Permitiste que tu hermano recibiera el castigo que tú te habías ganado, que sólo tú merecías. Tienes razón al decir que la deuda ha sido saldada, porque Lludd la ha pagado de sobra con su sangre inocente".
»Nudd se defendió en tono lastimero: "Si la deuda de sangre ha sido pagada, dejemos las cosas así. No tienes por qué matarme".
»Beli, el Conocimiento Sagaz, contestó: "Escúchame bien, Nudd: si hubieras respondido con la verdad, habrías sido perdonado. Pero tus palabras me demuestran que en ti no hay verdad alguna. Lludd ha muerto, pero en su muerte ganará una honra que jamás podrá ser igualada por ningún hombre; él será ensalzado, tú serás despreciado".
»Nudd gritó: "¡Dijiste que no me matarías!".
»El padre repuso: "No morirás, Nudd. Vivirás para oír cómo el nombre de tu hermano es alabado doquiera los hombres reverencien la justicia y el honor. Soportarás oír tu propio nombre como una maldición en labios de todos. Vivirás y no morirás jamás, y tu miserable vida será infinitamente peor que la noble muerte de Lludd".
»Nudd exclamó: "¡No puedes hacerme esto! ¡Soy tu único hijo!".
»Pero Beli no escuchó las entrecortadas palabras de Nudd. "Márchate, malvado entre los malvados. Quítate de mi vista. Habita donde encuentres a alguien que te acoja."
»Nudd abandonó el campo de batalla y recorrió Albión de punta a punta. Jamás encontró un amigo que lo acogiera; jamás encontró un hogar donde calentarse o una misericordiosa taza con la que aliviar su sed. Su frío corazón se fue endureciendo más. Al final se dijo: "Todos los hombres me odian. Todas las manos se alzan contra mí. Soy un proscrito en la tierra que debería haber gobernado. Que así sea. Si no puedo gobernar aquí, buscaré otros dominios. Iré a los abismos de Uffern, adonde los hombres no osan acercarse, y allí reinaré como soberano".
»Así fue como Nudd volvió su duro corazón contra todo ser viviente que goce de la luz del día y se dirigió a los abismos, al negro hoyo de Uffern donde no hay nada fuera de la oscuridad y del fuego. Mientras tanto, Beli, el Rey Omnisapiente, cogió el cuerpo de su bienamado hijo y lo llevó a la colina más alta de Albión. Levantó el gorsedd de un héroe sobre su tumba y ordenó que los bardos cantaran las alabanzas de Lludd por los siglos de los siglos. Del corazón del montículo del héroe creció un abedul plateado. Beli lo cortó, encendió fuego y quemó el esbelto árbol. Las chispas del fuego subieron hasta el cielo y se convirtieron en las Estrellas Guía con las que los hombres se orientan en la oscuridad. Luego, Beli reunió los rescoldos y las cenizas del fuego y las arrojó también al cielo. Se convirtieron en el radiante cinturón de plata que es conocido como el Camino del Cielo. El propio Lludd, el Espíritu Luminoso, recorre por la noche ese camino de estrellas, mirando siempre desde las alturas la más hermosa isla que hay en el mundo. Los que al alzar los ojos a los cielos contemplan esa maravilla se conmueven con respeto reverencial ante su belleza sin par.
»En cambio, Nudd, el Corazón de Pedernal, el Enemigo de la Vida, se rodeó de todo tipo de maldad. Los miserables demonios que infestaban las regiones inferiores del mundo se apiñaron en torno a él y lo llamaron señor. Se convirtieron en los coranyid, la Hueste del Caos, los inhumanos servidores del Cythrawl, que se deleita con la desgracia y se congratula con la muerte. Su odio los hace perversos; su maldad, feroces; su despecho, brutales, y son enemigos acérrimos del orden, la justicia y la bondad.
»Alimentando incesantemente su depravación, su obscenidad y todo tipo de iniquidad, los coranyid habitan sus oscuras moradas royendo sus almas ponzoñosas, hasta que de algún modo huyen o los sueltan por el mundo. Entonces vuelan en las alas de la tempestad tras su temible monarca: Nudd, el Príncipe de Uffern y Annwn, el rey de los coranyid, el Soberano de la Noche Eterna, que lleva como torques la Serpiente Negra de Anoeth y como arma el colmillo de Wyrm. Bajo el mando de Nudd vuelan a destruir todo lo que es bueno, justo y bello.
Tegid alzó los ojos del fuego y me miró. Leí el temor en su mirada y supe que su relato contenía una verdad demasiado poderosa como para ser emitida de otro modo que no fuera mediante los velados matices de una canción. Para terminar salmodió en voz suave:
—Aquí acaba la historia de Nudd; que la crea el que quiera.
Yo la creí. Supongo que hay quienes no la hubieran creído, pero no habían visto lo que yo había visto. Los incrédulos disfrutan de la seguridad de su incredulidad; en la ignorancia reside la confianza. Pero yo había visto al Cythrawl.
No me cabía duda de que Nudd y su Hueste Demoníaca habían sido soltados y rondaban por Albión en salvaje expedición de muerte y ruina. Una vez más, Nudd estaba libre para proseguir su fantasmal guerra de maldad contra Albión. Sí, el Día de la Lucha había amanecido. La Guerra del Paraíso había empezado de nuevo.