24 - Twrch

Abandonada por los supervivientes, habitada s√≥lo por los muertos que yac√≠an insepultos en medio de la destrucci√≥n, Sycharth, en otros tiempos orgullosa, parec√≠a una tumba saqueada, fr√≠a, desolada, arruinada. La poderosa fortaleza ten√≠a el l√ļgubre aspecto de un cad√°ver abandonado.
Nuestros ojos tropezaban por doquier con atrocidades: mujeres apaleadas hasta la muerte estrechando contra el pecho a sus hijos congelados por el fr√≠o, ni√Īos desangrados con sus manos y sus pies cortados, perros y guerreros decapitados, con las cabezas trocadas, ganado abrasado vivo en los establos, ovejas pasadas a cuchillo con las entra√Īas arrancadas para estrangular con ellas a sus pastores... Y por doquier huellas de fuego, ignominia, sangre y violencia.
El olor a muerto apestaba el neblinoso aire y la sangre te√Ī√≠a el suelo empapado por la lluvia. Tegid y yo pas√°bamos de abominaci√≥n en abominaci√≥n horrorizados, sin dar cr√©dito a nuestros ojos. Con la boca llena de amarga bilis, marcados y aturdidos, nos resist√≠amos a pronunciar las dos preguntas que nos atormentaban: ¬Ņc√≥mo hab√≠a podido suceder aquel desastre?, ¬Ņqui√©n pod√≠a haber cometido tal carnicer√≠a?
Lo que m√°s nos intrigaba era que no hab√≠a se√Īal alguna de lucha. No encontramos ni al rey ni a su banda de guerreros, pese a que registramos cuidadosamente lo que quedaba en pie del palacio real y de los cuarteles. Aparte de algunos soldados asesinados fuera del palacio, no encontramos a ninguno de los que integraban la hueste de batalla. Dedujimos que el rey hab√≠a escapado con su batall√≥n de guerra sano y salvo, o que quiz√°s estaba ausente cuando se produjo la destrucci√≥n de la fortaleza y a lo mejor ni siquiera se hab√≠a enterado del fatal suceso.
Tegid descartó la deshonrosa posibilidad de que el rey hubiera podido huir de la lucha.
—Antes se habría arrancado él mismo el corazón —murmuró sombríamente—. Habría preferido ser pasto de los cuervos a ver a su pueblo degollado como cerdos y su fortaleza arrasada. Tampoco habría permitido ser cogido prisionero mientras le quedara un soplo de vida.
Contemplamos abatidos aquella devastación. No había modo de adivinar cuándo había ocurrido. El frío y la nieve habían dejado a los cadáveres tal como habían caído. Si el rey y sus guerreros hubieran estado allí, los habríamos encontrado.
—Seguro que se marchó antes del desastre —dije; aunque aquella posibilidad parecía igualmente improbable, no se me ocurría otra explicación—. Meldryn Mawr no está aquí.
El Soberano Se√Īor deb√≠a de haber estado ausente cuando la destrucci√≥n se abati√≥ sobre Sycharth; pero ¬Ņad√≥nde habr√≠a podido ir en la estaci√≥n de los hielos, cuando todo el mundo se resguarda en sus cuarteles?
¬ó¬ŅAd√≥nde habr√° ido? ¬ópregunt√© en voz baja.
—No lo sé, hermano —contestó Tegid con rudeza—. Creo que no averiguaremos la respuesta aquí.
¬ó¬ŅD√≥nde, entonces?
—Iremos a los poblados y asentamientos. Recorreremos el territorio y veremos qué podemos averiguar.
Abandonamos el caer. Aturdidos por el dolor y muertos de miedo, con los ojos desencajados y las manos temblorosas, montamos a caballo y nos dirigimos al puerto del rey en el cercano estuario de Muir Glain. Cabalgamos a toda prisa para aprovechar la poca luz que quedaba y llegamos al varadero con el crep√ļsculo, mientras oscuros nubarrones se agolpaban en el cielo.
No tuvimos ni siquiera necesidad de desmontar; desde nuestras sillas contemplamos el desastre: barcos quemados en el agua, velas y m√°stiles destruidos, cascos reventados.
Los cobertizos y las casas tambi√©n hab√≠an sido incendiados y con ellos la le√Īa almacenada. Nada se hab√≠a librado. La destrucci√≥n era completa y total. Todo estaba reducido a carb√≥n y cenizas.
—Debe de haber ardido durante días —murmuró Tegid—. El resplandor ha debido de verse a medio camino de Ynys Sci.
Los caballos mostraban su nerviosismo resoplando y pateando, mientras nosotros escrut√°bamos por doquier en busca de alg√ļn sobreviviente. Para infundirme coraje, acariciaba mis armas, cuidadosamente envueltas para protegerlas del fr√≠o, pero al alcance de la mano.
—Aquí no hay nada —dijo por fin Tegid—. Vámonos.
La noche se nos ech√≥ encima mientras nos intern√°bamos en las boscosas colinas; el camino era m√°s largo por all√≠, pero no pod√≠amos arriesgarnos a atravesar el pantanal sin luz. Por eso seguimos los senderos de la sierra y las veredas de los cazadores que comunicaban Sycharth con los poblados vecinos. Cuando nos aproxim√°bamos a la fortaleza m√°s cercana, las nubes se despejaron un poco y la luna brill√≥ unos instantes; no mucho, pero lo suficiente como para ver la negra silueta del poblado recortada contra las colinas, m√°s negras a√ļn, que se alzaban al otro lado del r√≠o.
Caer Dyffryn se levantaba sobre un otero y albergaba a unos doscientos hombres del clan de los llwyddios. Los doscientos habían huido o habían sido asesinados. No nos detuvimos a contarlos. No había necesidad, pues era evidente que no quedaba nada con vida en el círculo de carbonizados tocones que en otro tiempo había sido la empalizada de madera. No hacía falta desmontar para comprobarlo. Sin embargo, por consideración a los compatriotas, desmontamos y caminamos entre las devastadas ruinas de lo que habían sido sus hogares.
¬óNo puedo soportarlo ¬ódije cuando hubimos terminado nuestra in√ļtil inspecci√≥n.
Hablaba en tono apagado, pero mi voz resonó en medio de aquel silencio antinatural.
Como Tegid no hizo el menor movimiento ni emitió el menor sonido, le toqué un brazo; tenía la piel tensa y helada.
¬óV√°monos, hermano ¬óinsist√≠¬ó. Alej√©monos de aqu√≠. Acamparemos junto al r√≠o y regresaremos por la ma√Īana, si lo deseas.
Tegid no contestó; se limitó a dar la vuelta y montar a caballo. Abandonamos Caer Dyffryn, pero no nos detuvimos. Aquella noche no descansamos y sólo hicimos un alto en la marcha para abrevar los caballos. El alba gris nos sorprendió en las ruinas de Cnoc Hydd, fatigados e insomnes. El poblado, en otros tiempos tan hermoso, situado en un bellísimo repliegue del valle, era ahora una cáscara vacía, como Sycharth y Dyffryn. La mayoría de sus habitantes habían sido quemados, no podría decirse si antes o después de morir.
Mientras Tegid deambulaba por las h√ļmedas cenizas del palacete, yo inspeccion√© las ennegrecidas y derrumbadas vigas de la Casa de los Guerreros. Con la punta de una lanza rota iba removiendo los escombros buscando no s√© qu√©. El hedor agrio del humo y los cuerpos chamuscados me hac√≠an llorar, pero segu√≠a buscando. En una esquina de la derrumbada chimenea, mis esfuerzos se vieron premiados. Llevaba un buen rato escarbando entre los cascotes y me dispon√≠a a marcharme, pero, al darme la vuelta, me llam√≥ la atenci√≥n un movimiento furtivo. Cre√≠ o√≠r un crujido seco. Volv√≠ sobre mis pasos y escrut√© entre las sombras de la chimenea. Al principio no vi nada..., pero despu√©s vislumbr√© la silueta de un bulto escondido bajo las piedras derrumbadas.
Empu√Ī√© la espada y empuj√© suavemente aquella forma encogida. No emiti√≥ sonido alguno, pero se repleg√≥ a√ļn m√°s en su escondite. Quit√© algunos le√Īos y piedras para que la luz iluminara la hendedura. Escudri√Ī√© el agujero y vi el cuerpo carbonizado de una perra de caza y al lado, temblando, el de su cr√≠a.
Ten√≠a la piel, de color gris pizarra, desgarrada y chamuscada, y una herida roja y lacerada sobre una de las patas delanteras. El cachorro temblaba de miedo y fr√≠o y se acurrucaba junto al r√≠gido cuerpo de la madre. Hab√≠a otras cr√≠as, todas muertas; la perra hab√≠a muerto defendi√©ndolas, porque todav√≠a ten√≠a las fauces abiertas. La cr√≠a parec√≠a lo suficientemente crecida como para estar ya destetada; y, aunque todav√≠a ten√≠a el aspecto de bolita de felpa propia de los cachorrillos, me ense√Ī√≥ valientemente sus dientecitos cuando alargu√© la mano para cogerla.
Lo m√°s compasivo habr√≠a sido matarla inmediatamente y acabar con sus sufrimientos. Pero, despu√©s de la ruina y devastaci√≥n que hab√≠amos contemplado, al encontrar aquel √ļnico superviviente, aunque s√≥lo fuera un cachorro medio muerto de hambre, no tuve agallas para sacrificar aquella titubeante vida y a√Īadirla a la larga lista de muertos. Decid√≠ dejarlo vivir, lograr que viviera.
No gimió ni gritó cuando lo cogí por el pellejo del cuello para sacarlo de su escondite. Pero me mordisqueó cuando traté de acariciarlo y, mientras intentaba instalarlo en el repliegue del codo, se aferró con sus agudos dientecillos a mi mano sin soltarla.
¬ó¬°Quieto, Twrch! ¬ólo rega√Ī√© d√°ndole un golpecito en el morro y llam√°ndolo por el primer nombre que se me ocurri√≥.
Tegid me oyó y me miró inquieto. Al ver el cachorro en mis brazos, sonrió tristemente. Le llevé al perro, lo cogió y lo sostuvo ante sí.
¬ó¬°Vaya! Por lo menos alguien ha sobrevivido en la tierra de los muertos. ¬óMe mir√≥¬ó. ¬ŅC√≥mo lo llamaste?
— Twrch —respondí.
¬ó¬ŅJabal√≠? ¬ópregunt√≥ con asombro¬ó. ¬ŅPor qu√©?
¬óIntent√≥ morderme cuando lo cog√≠ ¬óle expliqu√©¬ó. Me record√≥ a un jabal√≠ viejo que contin√ļa luchando cuando ya ha sido vencido y s√≥lo se rinde ante la muerte. ¬óMe encog√≠ de hombros y a√Īad√≠¬óPero no tiene importancia. Ll√°malo como quieras, Tegid. Merecer√≠a tener un hermoso nombre.
—Ya le has dado uno hermoso. Así lo llamaremos. —Levantó en alto al perro—. Twrch, eres muy batallador; quizá te conviertas en nuestro Jabalí de la Batalla.
Me entregó el cachorro y agregó:
—Estas ruinas son como las otras. Aquí no encontraremos nada. Vámonos.
—Necesitamos descansar, Tegid. Descansar y comer. Nuestros caballos están casi muertos de fatiga. Deberíamos detenernos por lo menos un día. Cuando veníamos hacia aquí, pasamos por un lugar muy apropiado junto al río. Acampemos hoy allí y decidiremos qué hacer cuando hayamos dormido.
Tegid no estaba demasiado convencido, pero su caballo cayó de rodillas sobre el embarrado sendero mientras descendíamos del caer y tuvo que admitir que yo tenía razón. Si no hacíamos un alto, tendríamos que seguir viaje a pie; y, como no sabíamos cuánto íbamos a tardar en encontrar a nuestro rey y a sus hombres, no tenía sentido reventar nuestras monturas.
As√≠ que nos dirigimos al refugio que hab√≠a visto junto al r√≠o, un soto de alisos y sauces en torno a una caba√Īa de pescadores junto a una presa. Los √°rboles nos proteg√≠an del viento y la caba√Īa de la lluvia. Crec√≠a abundante yerba en los bancales del r√≠o y todav√≠a estaba tierna para servir de pasto a los caballos. Los abrevamos y despu√©s los atamos a los √°rboles.
En la diminuta caba√Īa de junco encontramos un poco de le√Īa, carb√≥n vegetal, pieles de cabra y algunas jarras precintadas. Las pieles estaban sucias, pero la le√Īa estaba seca y las jarras conten√≠an un excelente hidromiel. El due√Īo de la caba√Īa sab√≠a muy bien c√≥mo aliviar sus fr√≠as vigilias.
Con una de las pieles hice un lecho para Twrch en un rinc√≥n de la caba√Īa. Lo olfate√≥ con cuidado y enseguida se instal√≥. Probablemente el perro del due√Īo de la presa usaba la piel de cabra como lecho, y el cachorro debi√≥ de encontrar agradable el familiar olor, porque despu√©s de lamerse la herida enterr√≥ el morro entre las patas y se durmi√≥.
Mientras yo me dedicaba a tan insignificante tarea, Tegid fue a inspeccionar la presa y volvi√≥ a la caba√Īa con cuatro lustrosas truchas marrones. En un abrir y cerrar de ojos limpi√≥ el pescado y encendi√≥ fuego en un hogar que hab√≠a fuera de la caba√Īa. Ensartamos las truchas en finas varas de sauce y las pusimos a asar.
El dulce aroma del pescado asado mezclado con el acre olor a roble del humo me llenó la boca de agua y sentí el vacío del hambre en el estómago. Hacía días que no comíamos decentemente. Tegid destapó una de las jarras y bebimos varios tragos de hidromiel mientras aguardábamos a que el pescado se hiciera.
Nos habíamos sentado junto al fuego y de tanto en tanto dábamos vueltas a las varas de sauce en silencio. No había palabras capaces de expresar lo que pensábamos y sentíamos. Estábamos tan cansados y hambrientos que no podíamos darle forma; teníamos que comer y dormir antes de tratar de comprender lo que habíamos visto y decidir lo que debíamos hacer.
Aunque el d√≠a segu√≠a fr√≠o y gris, las truchas nos templaron por dentro. Sabore√© cada bocado chup√°ndome los dedos antes de dar otro mordisco. A pesar de que me habr√≠a comido mi peso en truchas, guard√© un poco para Twrch. No sab√≠a si se lo comer√≠a, pero pens√© que no podr√≠a hacerle ning√ļn da√Īo.
La caba√Īa era muy peque√Īa pero nos procur√≥ un agradable abrigo. Nos quedamos dormidos enseguida.
Poco despu√©s me despert√≥ una sensaci√≥n fr√≠a y h√ļmeda en la garganta. Twrch hab√≠a trepado mientras yo dorm√≠a y se hab√≠a acurrucado en el hueco de mi garganta apoyando el morro en mi barbilla. Me levant√© con precauci√≥n de no despertar a Tegid, cog√≠ al cachorro y sal√≠ de la caba√Īa. El tiempo no hab√≠a mejorado. Por si fuera poco, el viento del nordeste hab√≠a arreciado y las nubes eran m√°s bajas y espesas.
—Tengo algo para ti, Twrch —susurré—. Pruébalo y dime si te gusta.
Le ofrecí el bocado que había guardado para él. Lo olfateó, pero no lo mordió aunque se lo acerqué al hocico. En cambio, me lamió los dedos; así que desmenucé un poco de pescado entre mis dedos y dejé que el cachorro me los lamiera. Luego le ofrecí el resto, que devoró como sólo puede hacer un perro hambriento. Después me limpió los dedos concienzudamente.
—Después te daré más. Encontraremos algo para que te relamas... Un ciervo, quizás, o una perdiz.
Al decirlo caí en la cuenta de que no habíamos visto rastro alguno de caza. Excepto los peces que habíamos comido, no habíamos visto ninguna criatura con vida desde que nos habíamos internado en el valle de Modornn.
¬ó¬ŅEs posible ¬óle pregunt√© a Tegid cuando se reuni√≥ conmigo poco m√°s tarde¬ó llevarse a los gamos salvajes fuera del valle? ¬ŅPuede hacerse semejante cosa?
¬óNo es posible..., pero tampoco es posible destruir tres fortalezas sin que alguna de ellas alerte a las dem√°s. Sinceramente, hay en todo esto un misterio que no soy capaz de desentra√Īar.
Por el momento no a√Īadimos nada m√°s, porque ninguno de los dos nos atrev√≠amos a hacer conjeturas. Tegid se dispuso a abrevar los caballos y a desatarlos, mientras yo inspeccionaba las redes de la presa. No hab√≠a ca√≠do en ellas ni un solo pez, y cuando me dispon√≠a a volver a instalar las redes en las estacas Twrch comenz√≥ a gru√Īir en la orilla. Sal√≠ del agua y lo encontr√© huroneando en un agujero abierto en el extremo de un mont√≥n de tierra que ten√≠a la forma de una enorme colmena.
El montículo estaba escondido entre los árboles, a pocos pasos del bancal del río. No lo habría visto, si Twrch no llega a atraer mi atención. Al ver al cachorro tan excitado, decidí echar una ojeada. Creí que quizás había encontrado la madriguera de una nutria o de un tejón. Pero no tardé en darme cuenta de que el montículo estaba hecho de turba recién cortada y muy bien apilada. Retiré de la boca la tierra y supe al momento por qué el perro se había excitado tanto, pues en cuanto me asomé al agujero llegó a mis narices un punzante olor a humo de roble.
¡El Sumo Dador nos había sonreído! Dentro de aquella especie de colmena había estacas de madera rematadas en forma de cruz y de cada una de ellas pendía un espléndido ejemplar de salmón ahumado.
¬ó¬°Eres un buen perro, Twrch! ¬ódije metiendo la mano y sopesando uno de los pescados.
Arranqu√© un poco de carne del plateado lomo y se lo di a Twrch para recompensarlo por el servicio prestado. Mientras lo devoraba, lo acarici√© y le dirig√≠ cari√Īosos halagos. Luego cog√≠ el pescado y volv√≠ a poner en su sitio las turbas que tapaban el agujero.
¬óSea lo que sea de nosotros, no nos moriremos de hambre ¬óle dije a Tegid mostr√°ndole el salm√≥n¬ó. Antes de que acabemos de devorar el √ļltimo, estaremos ah√≠tos de carne. Twrch localiz√≥ el ahumadero y me condujo hasta √©l.
¬óHemos contra√≠do una deuda m√°s con el due√Īo de la presa.
¬óY con el olfato de Twrch ¬óa√Īad√≠.
Tegid probó el salmón.
—Ese hombre conocía bien su oficio —juzgó ofreciéndome un bocado—. Es digno de la mesa del rey.
Al oír mencionar al rey, me estremecí como si una mano de hielo se hubiera posado en mi hombro.
¬ó¬ŅQu√© vamos a hacer, Tegid?
—No lo sé —respondió en tono tranquilo—. Pero creo que ha llegado la hora de considerar lo que ha sucedido.
¬ó¬ŅQu√© ha sucedido? ¬óNo encontraba una explicaci√≥n l√≥gica a todos aquellos sucesos¬ó. Poblados enteros han sido arrasados, sus habitantes asesinados sin darles tiempo a alzar una mano para defenderse, el ganado degollado en sus cobertizos..., todo reducido a cenizas. Sin embargo no han robado ni saqueado. Una destrucci√≥n semejante, sin motivo aparente, es obra de locos.
Una vez que había comenzado a hablar, las palabras surgieron de mi boca a borbotones.
¬ó¬ŅC√≥mo ha podido suceder? ¬óprosegu√≠¬ó. Un caer puede ser atacado, incluso dos..., pero la noticia llegar√≠a a los otros. Por lo menos, ver√≠an el humo de los incendios y dar√≠an la alarma. El rey conducir√≠a su hueste de guerreros contra los invasores. Se habr√≠a entablado una batalla, y nosotros habr√≠amos encontrado sus huellas, alguna por lo menos.
Tegid parecía meditabundo.
—No si el ataque tuvo lugar de noche —repuso—. Nadie habría visto entonces el humo.
¬óPero s√≠ el resplandor de las llamas. ¬°Alguien habr√≠a visto algo! ¬ódije casi a gritos¬ó. Adem√°s, ¬Ņqui√©n podr√≠a ser ese enemigo capaz de atacar de noche? ¬ŅQui√©n puede arrasar tres fortalezas a la vez, y qui√©n sabe cu√°ntas m√°s, sin sembrar la alarma y sin perder ni un solo guerrero? ¬ŅQui√©n puede causar tal destrucci√≥n sin dejar huella alguna?
La voz me temblaba de cólera e indignación.
¬óTe lo estoy preguntando a ti, Tegid. ¬ŅQu√© enemigo puede llevar a cabo todo eso?
Una extra√Īa expresi√≥n hab√≠a aparecido en los ojos del brehon mientras yo hablaba. Lo mir√© fijamente.
¬ó¬ŅQui√©n? ¬ŅQu√© me contestas?
¬óTus preguntas son m√°s agudas de lo que t√ļ mismo supones ¬órespondi√≥ con voz d√©bil y tensa¬ó. S√≥lo hay un enemigo capaz de hacer lo que acabas de describir.
¬óEsa persona, ese monstruo..., ¬Ņqui√©n o qu√© es?
Tegid me impuso silencio con un rápido gesto como si temiera que yo pudiera aventurar la respuesta antes de que él la articulara. O como si el hecho de pronunciarla fuera a atraer la presencia del demonio.
¬óAciertas al llamarlo monstruo ¬ódijo con voz suave¬ó, porque lo es. No obstante, camina sobre dos piernas y adopta la forma de un hombre.
¬ó¬ŅQuieres decirme c√≥mo se llama?
Temía la respuesta, pero tenía que saberla.
¬óS√≠. Se llama Nudd, el se√Īor de Uffern.