23 - El dĂ­a de la lucha

Aquella noche no dormí. Y no regresé a la sala. Caminé en la oscuridad por los acantilados que se alzaban sobre el mar tumultuoso, sin preocuparme por si tropezaba y me estrellaba contra los peñascos. Así Dagda tendría que elegir a otro. Yo no deseaba formar parte de todo aquello.
Deambulé largo rato por los acantilados, angustiado, temeroso, atormentado por la profecía de la banfáith y enfadado con Tegid por haberme metido en aquel lío. Por el sendero que bordeaba la costa, lancé maldiciones al viento y grité mi desafío al mar embravecido. Al final, me apoyé en una roca que se cernía sobre la playa barrida por la marea y contemplé la salida del sol. Goewyn me encontró admirando cómo la luz del sol perlaba el cielo y teñía las aguas con el color de la sangre. Se me acercó con tanto sigilo que no la oí llegar. Intuí que estaba a mi lado y noté que posaba sus dedos en mi cuello.
Durante un rato permaneció callada, apoyando su cuerpo en mi espalda y acariciándome el pelo. Por fin dijo:
—Tegid me ha dicho que tenéis que marcharos.
—Lo ha decidido —murmuré yo hoscamente—. Ha decidido que muramos congelados y ahogados.
—Los rigores de sollen aún no han comenzado. Todavía estáis a tiempo de viajar en barco con ciertas garantías —dijo ella acomodándose junto a mí en la fría roca.
—No hay garantía alguna —musité—. Nada sucede siempre de la misma manera.
Ella apoyĂł la cabeza en mi hombro.
—¡Qué tétrico! —suspiró—. Sin embargo, eres fuerte y puedes gozar de la vida. ¿Por qué pensar lo peor?
Porque lo peor coincidía a menudo con lo inevitable, me dije a mí mismo. Pero no deseaba discutir con Goewyn, que sólo trataba de ser cariñosa conmigo, así que me callé y contemplamos juntos el chapoteo de las olas en los guijarros de la arena. Cuatro gaviotas volaban por encima del mar, tocando las aguas con la punta de sus alas.
—Cuando un bardo como Ollathir muere —comentó al cabo de un rato, como si hubiésemos estado hablando de ese tema—, debe exhalar su awen en otro. De no ser así se perdería, y, una vez perdido, jamás se recupera y su luz desaparece del mundo para siempre.
—Ya. ¿Y qué más te dijo Tegid? —salté yo, y al momento lamenté mi exabrupto.
—Tegid habría dado su vida por salvar a Ollathir —continuó Goewyn fingiendo no haber captado la rudeza de mi tono—, pero no pudo ser. Cuando al Bardo Supremo le llegó la hora, tú estabas con él y recibiste su awen.
El awen... Así que aquello era lo que Tegid tenía in mente. Yo sabía que el awen se considera la fuente de la clarividencia de un bardo, el hálito inspirador de su misión; lo que alimenta, viste y protege a la gente de su tribu. El awen es el aliento de Dagda que guía e instruye y que a la vez aísla al bardo de los demás hombres.
—Pero ¿por qué me lo dio a mí? —pregunté asaltado otra vez por la ira—. ¡No soy un bardo! No lo quiero. No puedo usarlo.
—Te lo dio porque estabas junto a él —repuso suavemente Goewyn.
—Y yo se lo daría a Tegid si pudiera —afirmé en tono terminante—. ¡No quiero formar parte de todo esto!
SentĂ­ que ponĂ­a su mano en mi mejilla y me obligaba a mirarla.
—Has sido escogido para una misión muy grande —dijo.
Aunque hablaba en un tono suave su voz estaba preñada de una convicción férrea.
—Ya veo que también has hablado con Gwenllian —murmuré desviando la vista.
—No sé qué te dijo Gwenllian. Pero no hace falta tener la visión de una banfáith para darse cuenta de eso. Cuando Tegid regresó contigo en el bote, creí que estabas muerto. Pero, a la primera ojeada, vi en ti la luz de los héroes y supe que Dagda te había cubierto con su mano.
—Nunca pedí tal cosa —repliqué con amargura—. ¡Nunca deseé nada de todo esto!
Miré el sol naciente. La joven luz del alba se desvanecía tras las nubes y el viento agitaba las olas. Pronto Tegid y yo nos haríamos a la mar para regresar a Sycharth y jamás volvería a ver Ynys Sci.
Como si me leyera el pensamiento, Goewyn dijo:
—El futuro está surcado de innumerables caminos. ¿Quién sabe dónde volverán a cruzarse nuestros destinos?
Permanecimos allá un rato y después ella se marchó calladamente, dejándome abandonado a mis tristes cavilaciones.
El bote que nos había llevado hasta la isla de Scatha era pequeño. Sin piloto y sin tripulación no habríamos podido manejar una embarcación mayor. Ahora viajábamos también en el mismo bote, pues otro más grande habría naufragado en el oleaje de sollen, en tanto nuestro pequeño barquito cabalgaba ágilmente sobre las olas agitadas por el viento.
Sin embargo, confiar demasiado en el voluble e inconstante sollen suele conducir a un desastre. Puede, en efecto, brillar un sol templado, pero al momento el helado viento del norte comienza a soplar congelando los huesos pese al abrigo de los vestidos de lana. Sabíamos que no podríamos llegar en bote a Sycharth, aunque habría sido el camino más corto. Pero Tegid no tenía intención de suicidarse; sólo planeaba llegar al puerto de Ffin Ffaller donde podríamos conseguir caballos y provisiones para seguir viaje por tierra. O, si no podía ser así, nos dirigiríamos a Ynys Oer y pasaríamos desde allí a tierra firme, aunque eso supondría dar un largo rodeo.
No tuvimos suerte con el tiempo. El segundo día, una tormenta que venía del norte nos alcanzó y nos obligó a refugiarnos en una bahía de la rocosa costa de tierra firme. Encontramos una gruta en el acantilado y logramos reunir la leña necesaria para encender fuego. La gruta nos sirvió de guarida durante cinco largos días, mientras esperábamos a que cediera la furia del viento.
Al anochecer del quinto día, el viento amainó y antes de que se levantara la luna nos hicimos a la mar. El aire era frío, pero el cielo estaba despejado y estrellado. A Tegid le fue fácil guiarse por las estrellas y por la plateada línea de la costa. Navegamos toda la noche y durante los dos días siguientes, durmiendo por turnos.
Yo no era un experto en manejar el timón, pero me las arreglé bastante bien como para que el bardo pudiera descansar y dormir. Ateridos por el viento constante y empapados por las salpicaduras de las olas, con los víveres casi agotados, nos dirigimos hacia la costa occidental de Ynys Oer. Sentí un gran alivio al abandonar el bote y sentir la tierra bajo los pies.
Nuestros caballos estaban en la hondonada donde Tegid los había dejado para que pastaran a su antojo. Podrían haber pasado allí toda la estación, porque las abruptas laderas de la hondonada los protegían de todo, excepto de la lluvia y del viento, y la yerba era abundante. Pasamos la noche en la cabaña de piedra de la playa, frente a Ynys Bàinail y su sagrada columna de piedra que marcaba ahora el lugar donde Ollathir yacía en su tumba.
—No podía sacaros a los dos de la Roca Blanca —me explicó Tegid—. Y como a ti te quedaba más vida que a Ollathir, cubrí su cadáver con piedras y te llevé a Ynys Sci.
—Te estoy muy agradecido, Tegid. Corriste un riesgo enorme. No debió de ser un viaje fácil.
—Fue un riesgo mucho menor que el que corriste tú al enfrentarte al Cythrawl —declaró con sencillez—. No podía abandonarte allí de ningún modo, hermano.
Al alba del día siguiente fuimos a buscar los caballos a la escondida cañada. He dicho «alba», pero lo cierto es que aquel día no vimos el sol, ni tampoco los días que siguieron. La lluvia y el viento azotaban la costa y una helada niebla cubría las cimas de las colinas y las cañadas. Cruzamos la isla bajo una llovizna pertinaz, muertos de cansancio, helados, empapados hasta los huesos. Alcanzamos la costa oriental y nos detuvimos a observar las grises y amenazadoras aguas que separaban Ynys Oer de la tierra firme.
—¿Y ahora qué? —pregunté, calculando la estrecha distancia entre las dos orillas.
—Los granjeros de tierra firme pasan a nado el ganado hacia los pastos estivales de la isla. Y los de la isla pasan a nado el suyo para venderlo en el otro lado.
—Suena a tarea muy húmeda.
—No podemos mojarnos más de lo que ya lo estamos —comentó Tegid.
En efecto, el agua chorreaba por nuestros cuerpos; tenĂ­amos las ropas pegadas al cuerpo y las piernas y los brazos entumecidos.
—Entonces, manos a la obra —dije mirando las olas agitadas por las ráfagas de viento—. Cuanto antes lleguemos a la otra orilla, antes podremos calentarnos junto a un fuego.
No me cabía duda de que el agua estaba fría, pero no imaginé que pudiera estarlo tanto. La distancia no era mucha y nuestros caballos nadaban con agilidad, pero estuvimos a punto de perecer congelados.
Nos arrastramos por la rompiente y por la playa mientras el viento sacudía violentamente nuestras ropas empapadas y por fin nos pusimos al abrigo tras las dunas. Tegid sabía dónde encontrar astillas y ramas en las arenosas hondonadas; la leña que reunimos estaba húmeda, pero ardió gracias a la habilidad del bardo. Los derwyddi conocen muchos secretos de la tierra, el aire, el fuego y el agua. Creo que encendió el fuego por arte de magia; yo jamás habría conseguido que ardieran aquellas ramas canijas y mojadas.
—Quítate la ropa —me aconsejó Tegid cuando el fuego hubo prendido.
HabĂ­amos encontrado abrigo entre dos dunas. ParecĂ­a una locura desnudarse con aquel frĂ­o, pero era el Ăşnico modo de entrar en calor.
Extendimos las prendas sobre las matas de juncos y sauces marinos y nos sentamos tan cerca del fuego como permitĂ­a la prudencia. Incluso los caballos se sintieron atraĂ­dos por el calor, pese a su innato miedo a las llamas.
Tegid fue alimentando la hoguera con haces de yerba seca y ramas de endrino, consiguiendo mantener el fuego vivo.
—Cuando se hayan secado las ropas, cabalgaremos tierra adentro —dijo mientras sostenía ante las llamas unas polainas de lana y luego les daba la vuelta para que se secaran mejor.
No contesté; todavía quedaban muchos viajes por delante y podía esperar. Poco después nos pusimos en camino.
—Hay gamos en el bosque. Podemos cazar alguno. Dentro de pocos días llegaremos a Tyn Water y seguiremos hacia Aber Llydan. Desde allí sólo quedan tres o cuatro jornadas hasta el territorio llwyddio y otro tanto para llegar a Nant Modornn. Seguiremos el curso del río hasta Sycharth.
Lo dijo como si estuviéramos ya en casa y secos. En realidad, teníamos que afrontar aún muchas noches y muchos días del gélido sollen durante el viaje por las frías e intransitadas sendas de Caledon. Antes de que divisáramos el valle de Modornn, la nieve había cubierto profusamente las cumbres de las montañas.
Por si el frío fuera poco, había que contar con el hambre. Había poca caza y no podíamos dedicarle demasiado tiempo. Sin embargo, aun cuando no pudiéramos conseguir nada para nosotros, nos esforzábamos por encontrar para las cabalgaduras un bocado que las ayudara a seguir tirando. El frío nos hizo flexibles y duros como abedules sacudidos por la tempestad. Aprendí a dormir en la silla de montar y a encontrar abrigo en los lugares más inhóspitos. Aprendí a seguir un rastro oculto bajo la nieve. Y aprendí a orientarme por los olores que el viento arrastraba.
Por fin un día llegamos al pie de Caer Modornn. Al ver la empalizada de madera en lo alto de la colina sobre el río, me embargó una oleada de recuerdos. Pero, por muy extraño que parezca, aunque recordaba vividamente los primeros días que siguieron a mi llegada, no podía acordarme sin hacer un verdadero esfuerzo de lo que mi vida había sido antes, y así y todo en términos muy borrosos. Al compararla con la vida intensa que había conocido en Albión, mi vida antes de llegar al Otro Mundo se me antojaba remota e insignificante, como si hubiera sido poco más que una vaga pantomima representada en una atmósfera oscura, incolora, a media luz. No obstante, no me preocupaba lo más mínimo no poder recordarla. Desde luego había salido ganando con el cambio. Me sentía satisfecho.
Subimos a Caer Modornn a buscar la comida almacenada allí: grano y heno para los caballos, carne salada y cerveza conservada en jarras precintadas para Tegid y para mí. También había acopio de leña en el caer, así que nos quedamos una noche en la fortaleza, más para entrar en calor que para descansar, aunque a decir verdad ambas cosas nos vinieron muy bien.
Al día siguiente proseguimos viaje. Pese a la fatiga, pese a que estábamos entumecidos por el frío y empapados por el viento que azotaba el húmedo valle, seguíamos la marcha mucho más animados, porque estábamos en territorio conocido y nos aproximábamos al final, aunque todavía lejano, de nuestro viaje.
Nos internamos por el valle de Modornn, siguiendo el curso helado del río hasta llegar al pantanal. Entonces nos separamos del río para avanzar por terrenos más firmes internándonos en el bosque. Poco antes de la puesta del sol, después de dos heladas y húmedas jornadas, divisamos Sycharth. Rendidos tras un largo día de marcha, nos detuvimos a descansar antes de llegar al caer.
—No se ve humo —observó Tegid.
Escruté el cielo sobre el caer. Las nubes se habían despejado al final del día y dejaban ver un claro cielo azul contra el que habría sido fácil ver el humo de la chimenea del palacio del rey y el de las cocinas. Pero no se veía humo, y por lo tanto no había fuego.
—¿Qué puede significar eso? —pregunté intrigado.
No se me ocurría una causa razonable para que después de tan largo viaje nos encontráramos con las chimeneas apagadas y una silenciosa acogida.
—Algo malo sucede.
Tegid espoleó el caballo y bajó al galope la ladera hasta la cañada que nos separaba de la colina en la que se alzaba el caer.
Debo admitir que un negro presentimiento me atenazaba el corazón mientras las pezuñas de nuestros caballos hacían retumbar la tierra helada del valle al galopar hacia el silencioso caer. Antes incluso de atravesar la estrecha empalizada y entrar por las puertas abiertas de par en par supe que Sycharth estaba abandonada. Una ojeada a las carbonizadas ruinas del palacio del monarca confirmó nuestros temores más negros: la hermosa fortaleza de Meldryn Mawr había sido incendiada.
El DĂ­a de la Lucha habĂ­a amanecido.