22 - Llew

No recuerdo haber dormido. No recuerdo haber despertado. Sólo recuerdo una cosa: Goewyn cantaba dulcemente y su voz tiraba como una cuerda de seda de mis sentidos y de mí. Recuperé la vista, vi el hermoso rostro de Goewyn inclinado sobre mí y me di cuenta de que mi cabeza reposaba en su regazo. Yacía en un jergón de lana, en una habitación pequeña y sombría con una suave piel de nutria sobre el cuerpo.
Tomé aliento para hablar, pero, antes de poder articular palabra, la muchacha me silenció poniendo un dedo sobre mis labios.
—Sshh, alma mía —susurró—, no digas nada aún. —Me alzó la cabeza y me ofreció una taza—. Bebe esto, que te dará fuerzas para hablar.
Sorbí el caliente líquido que sabía a miel y a yerbas y que me suavizó la garganta. Apuré la taza y Goewyn reclinó otra vez mi cabeza en su regazo.
—¿Qué ha sucedido? —pregunté—. ¿Por qué estoy aquí?
—¿No lo sabes?
Ladeó la cabeza y sus largas trenzas le resbalaron por el hombro y fueron a caer como una cascada sobre mi rostro. Percibí el aroma a brezo de sus cabellos y sentí una punzada de deseo.
—Sólo sé que estoy donde siempre quise estar —repliqué con el corazón en la mano.
Y, cogiendo un mechón de sus cabellos, la atraje hacia mí. Sus labios eran ardientes y su beso dulce como el hidromiel. Deseé que aquel beso durara siempre.
—Menos mal que has vuelto —murmuró Goewyn—. Temí que nos hubieras dejado para siempre.
—¿Dónde estoy?
—¿No lo recuerdas?
—No recuerdo nada. Yo...
A medida que hablaba, me asaltaron una serie de confusas imágenes y sensaciones..., pero borrosas, como deformadas por una distancia enorme y un tiempo todavía más largo. Recordé vagamente la partida de Ynys Sci, la travesía a Ynys Oer, el gorsedd de bardos y la tremenda batalla con la espantosa maldad que había arrebatado la vida a Ollathir. Me vi a mí mismo desplomado en el fondo de un bote, arrastrado por un enfurecido oleaje y gritando. Me vi a mí mismo gritando palabras desconocidas con toda la energía de mis pulmones, y lanzando injurias a los cuatro vientos. Lo recordaba, pero todo parecía borroso e inconsecuente comparado con la amorosa mirada de los oscuros ojos de Goewyn.
—Sí —continué—. Ahora recuerdo algo. Pero no me acuerdo de haber abandonado el montículo sagrado ni de haber regresado a Ynys Sci, si es que he regresado de verdad.
Goewyn me acarició la frente.
—Estás conmigo en casa de mi madre. Mis hermanas y yo te hemos cuidado durante todos estos días.
—¿Cuántos?
—Hace nueve días que llegaste.
—¿Y cómo llegué?
—Te trajo Tegid.
—¿Dónde está? —pregunté.
—Está muy bien. Le rogaré que venga cuando tú desees.
Sonrió y leí en sus ojos fatiga; sin duda había estado velándome día y noche.
Intenté incorporarme, pero tuve que hacer un esfuerzo mayor al que imaginaba. Tenía los músculos rígidos; al moverme sentí calambres en el estómago, espalda y piernas y solté un grito de dolor.
Goewyn me hizo reclinar con ternura la cabeza en el jergón.
—Espera —me ordenó poniéndose en pie—. Voy por ayuda.
Me mordí la lengua para no gritar mientras mi cuerpo se sacudía en espasmos. Poco después Goewyn regresó con una de sus hermanas. Govan se precipitó hacia la cama donde yacía retorciéndome de dolor y le dijo a Goewyn:
—Vete. Yo me ocuparé de él.
Goewyn vaciló un instante.
—Vete —insistió Govan—. Te llamaré cuando haya terminado.
Tan pronto como Goewyn hubo salido de la habitación, Govan sacó un tarro verde y lo puso sobre las ascuas del brasero de hierro. Luego se despojó del cinturón y sacó los brazos por el cuello del manto para quitárselo. Cogió el tarro, le quitó el tapón de musgo y vertió parte de su contenido en la palma de la mano. Una penetrante fragancia de aceite aromático llenó la habitación. Volvió a dejar el tarro sobre el brasero y se frotó las manos.
—Relájate. Te aliviará y te curará.
Me quitó la manta de piel de nutria, me apretó los hombros y me giró para ponerme boca abajo. La carne se me templaba al contacto y poco después sentí que un suave calor me penetraba también por los tensos músculos de la espalda. Govan cantaba dulcemente mientras me masajeaba. Sus dedos fuertes me libraban del dolor con el bálsamo curativo e insuflaban vida a mis agarrotados y entorpecidos músculos.
Me dio masaje en los hombros, en la espalda, en los muslos, piernas y pies; luego me dio la vuelta y me frotó el pecho y el estómago, los brazos y las manos. Cuando hubo terminado, todas las partes de mi cuerpo estaban distendidas y laxas. Le dirigí una perezosa sonrisa de placer; me sentía tan reconfortado y relajado que no tenía ni fuerzas para alzar la cabeza. Ya no deseaba levantarme y no me importaba lo más mínimo si no podía moverme nunca más.
Govan me cubrió con la piel de nutria.
—Ahora te dormirás. Cuando te despiertes sentirás hambre. Te daremos de comer.
Se vistió y se dispuso a marcharse. Antes de que saliera de la habitación, yo ya estaba sumido en el sueño.
Me desperté enseguida, o al menos así me pareció. Pero había dormido profundamente, pues alguien había entrado en la habitación sin que me enterara y había dejado pan, cerveza y un poco de queso. Bebí un poco de cerveza, y me entró de golpe un hambre tan feroz que partí el pan y me llevé a la boca un trozo tan grande que apenas podía masticarlo. Luego devoré el trozo de queso y el resto del pan y apuré la cerveza.
Además de comida, habían traído ropas que habían dejado cuidadosamente dobladas a los pies de la cama. Me incorporé despacio y me puse en pie con cierta inestabilidad. Cogí el siarc y deslicé los brazos por las mangas, admirando el color y la calidad: tenía el tono escarlata de las moras maduradas en invierno; los breecs de lana fina eran rojos y marrones. La piel del cinturón y de las botas era delgada y suave, sin defecto alguno, y tenía color arena; el manto era gris, y el intrincado trabajo de su orla era de plata. El broche también era de plata, grande y redondo con piedras azules incrustadas.
Nunca había tenido ropajes tan elegantes. Era la vestimenta de un jefe acaudalado. No me detuve a considerar por qué me honraban de aquel modo. Me vestí contento, alabando la generosidad de mi desconocido huésped, que sin duda alguna era Scatha. Cuando me hube arreglado el manto sobre los hombros, me puse el broche de plata y salí.
Estaba más débil de lo que imaginaba, porque el simple esfuerzo de cruzar el umbral me produjo vértigo y mareo. Me apoyé en el quicio de la puerta y aguardé a que la cabeza dejara de darme vueltas. El sol se había deslizado por un cielo gris y nublado para iluminar débilmente el día mortecino con una pálida luz amarilla. Soplaba viento del mar, y el aire estaba cargado de sabor a sal.
Algunos de los muchachos que se habían quedado en la isla durante el sollen estaban jugando al hurley. El sol, ya bajo, alargaba las sombras sobre el terreno de juego. Cuando me vieron, dejaron de jugar y se quedaron mirándome. Ninguno me saludó, aunque me constaba que me conocían muy bien.
Goewyn apareció en el sendero. Me vio agarrado al quicio de la puerta y corrió a mi lado. El impetuoso viento le revolvió el cabello y azotó las doradas trenzas contra su rostro en el momento en que me cogía del brazo.
—Venía a sentarme a tu lado mientras dormías. No creí que te fueras a levantar tan pronto.
—He dormido bastante. Quiero caminar —le dije.
Me agarró del brazo, pasamos ante los boquiabiertos muchachos y nos dirigimos al acantilado.
—¿Cómo te sientes? —me preguntó.
—Como un hombre nuevo —contesté.
Al oír mi respuesta vaciló como si le fallara el pie y me miró de reojo; intentó disimular su sobresalto, pero yo me di perfecta cuenta.
—¿Por qué me miras así? —inquirí—. ¿Algo va mal?
Ella sonrió, pero de nuevo me pareció sorprender un ligero titubeo en su respuesta.
—Parecías realmente un hombre distinto —repuso—. Debe de haber sido la luz.
A decir verdad, la débil luz de la tarde teñía de oro el mar y las rocas, y transformaba el color miel de los cabellos de Goewyn en refulgente oro y su hermosa piel en el ámbar más cristalino. El viento soplaba sobre el mar y empujaba las olas contra las rocas, levantando salpicaduras que relucían en el aire. Pronto la dorada luz se desvanecería. Empujado por un repentino deseo de tocarla, me detuve en medio del camino, alcé una mano y le acaricié la cara con la palma de la mano. Ella no opuso resistencia.
—Tegid te está esperando —dijo poco después sin hacer amago de apartarse.
Permanecimos un rato allí y luego regresamos al poblado.
Encontramos a Tegid en la sala; estaba junto a la chimenea con un cuerno de cerveza en las manos. Al verme, simuló indiferencia, pero el alivio que expresó al hablar fue elocuente.
—Así que te has decidido a caminar por la tierra de los vivos un poco más. Temí que te hubiésemos perdido, hermano.
Goewyn lo contradijo con aire alegre:
—Desde el primer momento nos aseguró que regresarías —dijo—. Tegid siempre estuvo seguro de ello.
Un tanto avergonzado, Tegid hizo un despectivo gesto con los hombros y me puso el cuerno de cerveza en las manos.
—¡Bebe! Iré a buscar más.
Salió a toda prisa y yo me volví hacia Goewyn; le cogí la mano y se la apreté.
—Gracias por... velarme, por cuidarme, por salvarme.
—Tegid fue quien te salvó —replicó—. Soportó muchas fatigas para traerte aquí. En comparación, nosotras no hicimos nada.
—Para mí significa mucho —insistí—. Estoy en deuda con él y con vosotras. Es una deuda que procuraré pagar. Hasta entonces, acepta mi más sincero agradecimiento.
—De verdad —aseguró ella—, no nos debes nada. —Me apretó la mano y se apartó de mí— Tegid y tú tenéis mucho que hablar. Te dejo.
Atravesó la desierta sala y yo la contemplé sorprendido por los sentimientos que de pronto habían brotado en mí. Mientras ella se alejaba, la sala pareció irse oscureciendo. Me estremecí. Estaba casi a punto de llamarla para que se sentara a mi lado, cuando Tegid apareció con copas y una jarra de cerveza oscura.
Nos sentamos junto a la chimenea y le rogué que me explicara lo que recordaba de la monstruosa noche en la Roca Blanca. Mi memoria, cargada con impresiones misteriosas y terribles e imágenes increíblemente grotescas, no era de fiar.
—Yo recuerdo muy pocas cosas —le dije—. Y lo que recuerdo es muy confuso.
Tegid bebió un trago antes de contestar.
—El gorsedd de bardos fue un fracaso —dijo al fin remontándose bastante a los sucesos en cuestión.
—La reunión... sí, lo recuerdo. —Y recordaba también algo más—. Sí, pero lo que yo deseo saber es ¿por qué? ¿Por qué estaba yo allí? ¿Qué estaba ocurriendo?
—Como te expliqué en el barco...
—¡Explicarme! —me burlé— No me explicaste nada. Dijiste que estaba allí porque Ollathir y Meldryn Mawr así lo deseaban. Pero no me dijiste por qué lo deseaban.
—Ollathir tenía intención de decírtelo después del gorsedd, pero... —Lo asustó pronunciar aquella palabra.
—Pero murió. Así que tienes que decírmelo tú. Ahora mismo.
Como quien intenta tranquilizarse para comprobar la resistencia de un miembro herido, Tegid hizo una pausa valorando el daño que sus palabras podían infligir; después dijo simplemente:
—Hay problemas en Albión. Los tres reinos están divididos: Prydain, Llogres y Caledon atienden sólo a sus propios intereses y preparan la guerra entre sí. El Día de la Lucha se acerca.
—¡Vaya, ese misterioso Día de la Lucha! Lo recuerdo. Sigue.
—Incluso los clanes nobles están divididos. Las casas reales tienen disensiones internas.
—¿Incluso la casa real de Meldryn Mawr?
Tegid no se dignó contestar, pero tuve la seguridad de que había dado en el clavo.
—Has vivido en Ynys Sci siete años —continuó—. Has estado lejos de Sycharth, por lo tanto no podías haber intervenido en las traiciones maquinadas contra el rey. Por eso fuiste escogido para que asistieras a la reunión. Ollathir y Meldryn decidieron que debías levantar testimonio de lo que sucediera en la reunión.
—Pero yo no asistí a la reunión —objeté, sintiéndome defraudado porque no había sido informado en su debido momento y un tanto ofendido porque no habían tenido plena confianza en mí—. Nadie me dijo nada de todo esto.
—Decírtelo abiertamente —explicó Tegid pacientemente— habría podido envenenar tu buen juicio.
—Eso lo dirás tú —gruñí.
Al momento recordé el juego del gato y el ratón al que habíamos jugado en el barco durante la travesía a la isla. Quizás el bardo me había insinuado entonces todo lo que le permitía la prudencia.
Tegid no intentó defender su aseveración y se limitó a continuar su relato.
—El miedo se ha enseñoreado de las almas de muchos hombres, y también de muchos bardos. Ollathir sospechaba alguna traición entre sus hermanos y planeaba desenmascarar a los traidores y castigarlos. Pero su plan falló. No le quedó más remedio que clausurar la reunión para que los traidores no se dieran cuenta de que sospechaba sus planes.
—Así pues, lo que se suponía que yo tenía que observar, fuera lo que fuera, no se llevó a cabo.
Tegid ladeó la cabeza y me contempló con aire pensativo.
—Yo no lo sé, pero tú sí.
—¿Yo?
—¿Viste algo durante el gorsedd?
—Nada. Todos subieron al montículo y yo me quedé abajo. Esperé paseando de vez en cuando en torno al montículo y después todos descendieron. No ocurrió nada especial. Todos se marcharon y yo... No, sí ocurrió algo.
Tegid se inclinó hacia delante.
—¿Qué has recordado?
Con los ojos de la memoria volví a ver a la figura cruzando la meseta antes de que se dispersara la reunión.
—No creo que tenga importancia —dije despacio—, pero, poco antes de que los bardos llegaran al pie del montículo, vi a alguien que abandonaba precipitadamente la reunión.
—¿Era Ruadh?
—¿El bardo del príncipe? —reflexioné un momento, pero no podía estar seguro—. Podría ser. No lo sé.
—Ollathir debería haberlo sabido —dijo Tegid con convicción.
—Entonces ¿por qué no me lo preguntó?
Todo aquello no tenía sentido. Odiaba aquellas mezquinas intrigas; estaba perdiendo la paciencia. Tegid desvió la mirada con el rostro sombrío. Aquello era muy duro para él; me acordé de pronto de cuánto amaba a Ollathir, su guía y maestro. Me ablandé.
—¿Por qué Ollathir quiso volver al montículo aquella noche? ¿Tenía que ver con el traidor?
—Sí, con todos los traidores —contestó Tegid en tono solemne—. El Bardo Supremo quería saber hasta qué punto se había extendido la traición. —Hizo una pausa, me miró y volvió a desviar la vista frunciendo el entrecejo—. Por eso volvió al montículo sagrado aquella noche. Tenia la esperanza de que con ayuda de la Vista sabría qué mano se había alzado contra el rey. Pero no contó con él...
La voz de Tegid se quebró y yo supe con seguridad cuál era la causa: la criatura infernal que había aparecido sobre el montículo.
—Tegid, dime —le rogué con voz dulce pero firme—, ¿qué era aquello que vimos allá arriba?
La boca de Tegid se crispó de asco.
—El Habitante del Abismo de Uffern, la Maldad Ancestral, el Espíritu de la Destrucción. Viste la fuerza de la muerte, de la decadencia, del caos. Se llama Cythrawl, un nombre que no puede pronunciarse en voz alta sin sentir un pavoroso terror.
Sabía perfectamente a qué se refería. Sentí que el corazón se me helaba en el pecho al recordar la impensada derrota del monstruo.
—¿Por qué esa cosa, el Cythrawl, nos atacó?
—Ollathir lo invocó... —comenzó a decir Tegid.
—¡Cómo! —exclamé; por poco se me cae la jarra de cerveza—. ¿Me estás diciendo que lo llamó a sabiendas?
—No —repuso el bardo—. No sabía que el Cythrawl estaba suelto, de otro modo jamás habría subido al montículo. Sólo quería invocar a los malvados.
—¿Y, en cambio, fue ese monstruo el que acudió?
—Sí, y en cuanto hubo comparecido el Cythrawl no tuvo otra elección que enfrentarse a él. Tenía la esperanza de someterlo antes de que su poder en la tierra fuera invencible. Ignoraba hasta qué punto se había acrecentado el poder de la maldad.
No pude menos que sacudir la cabeza sin entender lo que oía.
—¿Es que Ollathir había enloquecido? ¿Cómo le pasó por la imaginación que podría someterlo?
—Estábamos en el lugar sacrosanto de Albión. Si el Cythrawl lograba vencernos allí, no habría fuerza en el mundo capaz de evitar la destrucción que sobrevendría. Albión se precipitaría en el vacío. Sería como si nuestro mundo jamás hubiera existido —concluyó.
De pronto Tegid pareció recuperar el ánimo.
—Pero tú alejaste al Cythrawl antes de que pudiera destruir el centro sagrado de Albión. Aunque pase lo peor, una pequeña parte de Albión sobrevivirá.
—Ojalá hubiera podido salvar a Ollathir —musité—. Lo siento mucho, Tegid.
—No me cabe duda de que hiciste lo que pudiste —replicó con tristeza.
Alzamos las jarras en memoria del Bardo Supremo y bebimos en silencio.
—Ahora debes contarme lo que sucedió en el montículo —dije.
—Sé algo, pero no todo. No estaba con Ollathir cuando murió, pero tú sí. Debes contarme cómo sucedió. Tengo que saberlo.
Me dispuse a responder, pero no podía. ¿Qué había sucedido en el montículo? Apenas lo recordaba. Por mi memoria desfilaban imágenes confusas y grotescas, un extraño río de horrendas impresiones y sensaciones de pesadilla. Cerré los ojos y traté de apartar de mi mente la odiosa visión. Cuando volví a abrirlos, Tegid me contemplaba expectante. Pero ¿cómo podía contarle lo que había sucedido si yo mismo no lo sabía?
—No puedo decírtelo —confesé al fin sacudiendo la cabeza—. No lo sé.
—Debes contármelo —me urgió Tegid.
—No puedo recordarlo.
—Cuéntamelo —insistió—. Es de suma importancia.
—¡Te he dicho que no lo recuerdo! ¡Dejémoslo!
Tegid me dirigió una mirada dura como urgiéndome a responder. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró tragándose las palabras antes de articularlas. Permanecimos inmóviles unos momentos; Tegid me observaba con el entrecejo fruncido. De repente se levantó.
—Vamos —dijo, obligándome a ponerme en pie—. Ven conmigo.
—¿Por qué? ¿Adónde?
Sin dignarse contestar, me condujo hacia la puerta.
Abandonamos la sala. El sol se había puesto y el viento había amainado, pero iba a ser una noche fría. Lamenté tener que abandonar el calorcillo de la sala y me arropé en el manto mientras cruzábamos corriendo el patio entre sombras.
Nos detuvimos ante la puerta de una de las pequeñas y redondas casitas del caer.
—Aguarda aquí —indicó, y entró en la casa.
Yo esperé fuera; al cabo de un rato volvió a aparecer.
—Entra a verla —dijo.
—¿A quién? —pregunté cogiéndolo del brazo.
—A Gwenllian.
—¿Por qué? ¿Qué ocurre?
—Creo que deberías hablar con la banfáith.
—No quiero hablar con ella, Tegid —murmuré con acritud—. ¿Por qué te empeñas?
—Tienes que hablar con ella —replicó con firmeza—. Te está esperando.
—Entra conmigo.
—No. —Se soltó de mi mano y apartó la cortina de piel de becerro que cubría la puerta—. Te estaré esperando en la sala. Reúnete conmigo cuando hayas terminado —añadió dándome un empujón para que cruzara el umbral.
Se dio la vuelta y atravesó el patio. Cuando hubo desaparecido, entré en la casa. Como todas las restantes, carecía de muebles, pero Gwenllian tenía un brasero de hierro encendido en medio de la habitación y el suelo de juncos estaba cubierto con pieles y lana de macho cabrío y oveja.
Gwenllian estaba sentada en el centro de la habitación con el manto atado al cuello de modo que sólo le asomaba la cabeza. Sus largos cabellos castañorrojizos le brillaban al resplandor de los rescoldos y le caían sobre los hombros. Tenía los enormes ojos cerrados y los labios ligeramente entreabiertos. Parecía un durmiente a punto de despertar. Yo avancé sigilosamente para no perturbar su meditación y me senté con las piernas cruzadas sobre una piel de becerro leonado.
Al rato, oí que exhalaba un largo suspiro y después inhalaba profundamente. Abrió los ojos y me observó sin pronunciar palabra. Yo sostuve su mirada, dispuesto a permanecer callado hasta que me indicara que podía hablar.
El manto se movió y Gwenllian tendió un brazo desnudo hacia el brasero. Tenía en la mano un puñado de hojas secas de roble que depositó sobre las ascuas de carbón. Las hojas secas se encendieron y la habitación se llenó de un fuerte aroma que me recordó otros tiempos, otros lugares, ahora ya lejanos, muy lejanos.
Ascendió una columnita de humo por el aire y Gwenllian inhaló el aroma. Cuando por fin habló, no reconocí su voz. Cuando Gwenllian cantaba, su voz era flexible como una vara de sauce, dulce como la miel del verano, apasionada, elocuente, hechizadora. En cambio, la voz que ahora me dirigía, aunque serena, era sombría y distante; la autoridad de cada una de sus palabras era absoluta e infalible. La banfáith Gwenllian, la sabia profetisa, era quien ahora estaba sentada ante mí, mirándome con sus insondables ojos verdes.
—El pie del extranjero ha hollado la Roca de Albión. Con suntuosos y ricos atavíos defiende el hermoso linaje de Dagda. ¡Salve, Mano de Plata, tu sirviente te saluda!
Yo incliné la cabeza en respuesta a tan extraño saludo, pero no emití ninguna palabra porque aún no me había dado permiso para hablar. Sin embargo, no estaba seguro de que hubiera hablado de mí. ¿Mano de Plata? Aquel nombre no me decía nada.
La banfáith sacó del manto una torques hecha de gruesos cordones de plata, retorcidos y trenzados. Puso el hermoso collar en el suelo, entre los dos, y pronunció estas solemnes palabras:
—Pregunta lo que quieras, que la verdad te será revelada. En el Día de la Lucha nada permanecerá oculto para los escogidos de Samildanac.
Luego, con voz más dulce, añadió:
—Habla con el corazón en la mano, Mano de Plata. No serás rechazado.
Una vez más incliné la cabeza. Eran tantas las cosas que deseaba saber, tantas las que necesitaba preguntar, que medité unos instantes qué pregunta de todas las que se atropellaban en mi lengua debía plantear en primer lugar.
—Banfáith —dije por fin—, me has llamado Mano de Plata. Me gustaría saber por qué me ha sido adjudicado ese nombre.
Aunque había prometido que nada permanecería oculto, su respuesta no me sirvió de mucho.
—Quien lleve la torques de un jefe debe ser un jefe. Cuando Cythrawl se desata en Albión, Llew Llaw Gyffes, el León de la Mano Firme, regresa para defender a los hijos de Dagda.
—Banfáith —dije—, estoy tratando de comprender. Si nada te lo impide, te ruego me digas cómo ha sucedido eso.
—Nada me lo impide y te lo diré de buena gana: desde tiempos inmemoriales, el nombre de Llew pertenece al Dagda. Puesto que el jefe surge con su llamada, consecuentemente recibe el nombre de Llew Llaw Eraint.
Respondía a mis preguntas enseguida, pero las respuestas sólo servían para aumentar el misterio y la confusión. Volví a intentarlo.
—Ese jefe, ese tal Llew Mano de Plata, ¿cómo surge?
—El Supremo Sabedor es el Sumo Dador —respondió crípticamente Gwenllian—. Lo ve todo, lo sabe todo, lo organiza todo con su Mano Firme. La Mano Firme y Rápida escoge a quien desea.
—Sabia banfáith, ¿crees que yo soy ese jefe? —pregunté.
—El Dagda Samildanac ha escogido. Ahora te toca a ti escoger lo que desees.
Aquello tampoco tenía sentido para mí. Sin embargo, para no mostrar mi contrariedad, di las gracias a la banfáith por ayudarme a comprender y aventuré otra pregunta.
—No sé qué es el Día de la Lucha —dije—; me gustaría oír todo lo que pudieras decirme.
La banfáith cerró los ojos y se concentró. Oí el suave chisporroteo de las ascuas en el brasero mientras ella escrutaba en los dispersos caminos del futuro una palabra o señal que pudiera transmitir. Cuando volvió a hablar, en su voz resonó un deje de angustia que me llegó hasta el alma.
—Escucha, Mano de Plata; presta atención a la Suma Sabiduría —declaró alzando las manos con las palmas hacia arriba—. El Destructor del Norte desatará su cólera sobre los Tres Hermosos Reinos; con garras y dientes arrancará la carne de los huesos. Sus pálidos servidores derrotarán a las fuerzas de Gyd. Un palio de blancura se extenderá sobre la tierra, y el hambre devorará a los jóvenes y a los viejos. El Mastín Gris se ha soltado de su cadena y aplastará los huesos de los niños. El Errante de Roja Mirada atravesará la garganta de los que lo persigan. Laméntate y entristécete, porque el dolor asuela Albión en tres frentes. El Rey de Oro tropezará en su reino con la Roca de la Contienda. El Gusano de ardiente aliento reclamará el trono de Prydain; Llogres se quedará sin señor. Pero Caledon se salvará; la Bandada de Cuervos acudirá en tropel a sus umbrías cañadas y el graznido será su canción. Cuando la Luz de los derwyddi se apague, y la sangre de los bardos reclame justicia, los Cuervos extenderán sus alas sobre el bosque sagrado y el montículo sacrosanto. Bajo las alas de los Cuervos, se instalará un trono. Sobre ese trono, un rey con una mano de plata. En el Día de la Lucha, las raíces y las ramas se intercambiarán los lugares y la novedad del fenómeno será considerada una maravilla. El sol se apagará como el ámbar, la luna esconderá su faz: la abominación contaminará la tierra. Los cuatro vientos pelearán entre ellos con ráfagas terribles; el sonido se oirá hasta en las estrellas. El Polvo de los Antepasados se alzará hasta las nubes; la esencia de Albión se dispersará y desgarrará en la lucha de los vientos. El mar se levantará con potentes voces. No habrá ningún puerto seguro. Arianrhod duerme en su tierra rodeada por el mar. Aunque muchos la busquen, no la encontrarán. Aunque muchos la llamen, ella no los oirá. Sólo el beso casto la devolverá a su lugar. Entonces surgirá el Gigante de la Maldad y aterrorizará a todos con el hábil filo de su espada. Sus ojos vomitarán fuego; sus labios gotearán veneno. Con su enorme hueste asolará la isla. Todos los que se le enfrenten serán barridos por el río de perversidad que fluye de su mano. La Isla de la Fuerza se convertirá en una tumba. Todo esto va a pasar por obra del Hombre Cínico, que montado en un corcel de bronce siembra un infortunio tan grande como calamitoso. ¡Alzaos, Hombres de Gwir! ¡Empuñad las armas y enfrentaos a los hombres malvados que hay entre vosotros! El fragor de la batalla será oído en las estrellas del cielo y el Año Grande avanzará hacia su consumación final. Escucha, Hijo de Albión: la sangre nace de la sangre. La carne nace de la carne. Pero el espíritu nace del Espíritu y con el Espíritu permanece por siempre jamás. Antes de que Albión sea una, deben ser realizadas heroicas hazañas y debe reinar Mano de Plata.
Embargada por un profundo dolor, la voz de la profetisa se quebró.
—¡El Phantarch ha muerto! —sollozó—. ¡Muerto! Nos han arrebatado al Phantarch y la Canción ya no suena... ¡Cythrawl destruye nuestra tierra!
Gwenllian permaneció largo tiempo con los ojos cerrados, abandonada al llanto. Yo sólo deseaba marcharme, escabullirme de su presencia para no tener que oír sus negros presagios. Pero ella abrió los ojos y me detuvo con una desolada expresión.
—Banfáith— dije con el corazón agitado por el tormento de la espantosa visión de la profetisa—, yo no sé nada de esas heroicas hazañas y de cómo pueden llevarse a cabo: me parece más bien una tarea propia de un bardo. Dime sólo una cosa más: ¿cómo puede ser derrotado el Cythrawl?
—Antes de que el Cythrawl pueda ser abatido, hay que restaurar la Canción.
—Esa canción de que hablas... ¿puedo saber cómo se llama?
La banfáith me miró con triste solemnidad.
—Nadie conoce la Canción, sólo el Phantarch, porque es el tesoro más valioso de sus reinos y no se pueden apropiar de él ni criaturas pobres de espíritu ni insignificantes servidores. Antes de que el sol, la luna y las estrellas fueran dispuestas en sus inalterables órbitas, antes de que las criaturas vivientes recibieran el aliento de vida, antes del comienzo de todas las cosas que existen y existirán, la Canción fue cantada. Me has preguntado el nombre de la Canción. Muy bien, te lo diré: es la Canción de Albión.