21 - Cythrawl

Ollathir no regres√≥ hasta que el sol hubo empezado a ocultarse tras Ynys B√†inail, al otro lado del estrecho. Yo me hab√≠a ocupado en ir a buscar agua y coger le√Īa para la noche. En efecto, sollen estaba ya encima y, pese al calorcillo diurno, cuando el sol desaparec√≠a hac√≠a mucho fr√≠o. Estaba arrodillado junto a un mont√≥n de le√Īa, dispuesto a encender el fuego, cuando el Bardo Supremo apareci√≥ frente a m√≠.
¬óNo enciendas fuego ¬ódijo¬ó. Prepara el bote.
Hablaba con voz tranquila, pero era evidente que estaba inquieto. Manten√≠a la vista baja y los brazos cruzados, con las manos escondidas en la t√ļnica. Ten√≠a el rostro gris√°ceo, con la palidez de la enfermedad, aunque su voz era firme y su mirada clara.
Dej√© a un lado el pedernal y la yesca y me encamin√© a la playa donde estaban varados los botes. Tegid se reuni√≥ conmigo y empujamos un bote hasta el agua. Cog√≠ el remo, se lo tend√≠ a Tegid y sostuve el bote por la proa hasta que Ollathir se hubo instalado con la vara de serbal sobre las rodillas; entonces di impulso al bote y sub√≠. Tegid bog√≥ con urgencia y adivin√© lo que lo empujaba: la hora-entre-horas. El sol ya se hab√≠a puesto tras la Roca Blanca, y deb√≠amos darnos prisa si quer√≠amos llegar al mont√≠culo antes del crep√ļsculo.
Cruzamos el estrecho hacia Ynys B√†inail a toda velocidad y con id√©ntica rapidez ascendimos por el tortuoso camino que conduc√≠a a la meseta herbosa. Ollathir abr√≠a la marcha, y Tegid lo segu√≠a. Yo iba el √ļltimo, y experimentaba una vez m√°s la extra√Īa sensaci√≥n de ir ensanch√°ndome, alarg√°ndome, de crecer a cada paso que daba. Era una sensaci√≥n inquietante y atemorizadora. Sin embargo, no me detuve. Inclin√© la cabeza, respir√© profundamente y me apresur√© tras mis compa√Īeros. Sin preocuparme de mis torpes traspi√©s, corr√≠a m√°s de lo que aconsejaba la prudencia, temiendo anticipadamente el regreso, pues aquel estrecho sendero ser√≠a mucho m√°s peligroso en la oscuridad.
Alcanzamos la meseta en el instante mismo en que el sol se hund√≠a tras el horizonte del mar, iluminando las olas y ti√Īendo el cielo de tonalidades rojas, violetas y naranjas. Las primeras estrellas aparecieron por el este mientras el cielo se oscurec√≠a anunciando la noche. Ollathir y Tegid corrieron hacia el mont√≠culo y comenzaron a subir los escalones de la ladera. Esta vez, como nadie me dijo nada en contra, yo tambi√©n sub√≠.
El mont√≠culo c√≥nico ten√≠a la cima m√°s achatada de lo que desde abajo parec√≠a. A pocos pasos del borde se levantaban en c√≠rculo un centenar de piedras redondas y blancas, enterradas en la tierra. Piedras m√°s peque√Īas dibujaban los radios del c√≠rculo como los ejes de una rueda, de modo que el circulo quedaba dividido en cuatro cuartos. El pilar de piedra marcaba el centro de la rueda y estaba cubierto desde la base hasta la punta con intrincadas espirales y con el extra√Īo e inquietante laberinto circular tan caracter√≠stico del arte celta; toda la superficie de la columna de piedra blanca se hallaba labrada con un profuso e interminable entretejido de dibujos.
Algunos de los bardos allí congregados habían dejado sus ramas de avellano al pie de la columna. Tegid cogió una y me la tendió.
—Cógela. Pase lo que pase, no la sueltes.
Estaba a punto de preguntarle qué esperaba que ocurriese, pero el bardo alzó la mano y me puso los dedos sobre la boca.
¬óEs por tu bien. Procura no emitir ni un sonido.
Al instante las palabras que tenía en la punta de la lengua se desvanecieron y perdí completamente las ganas de hablar. Moví la cabeza en mudo asentimiento y así con fuerza la rama de avellano.
¬óQu√©date fuera del c√≠rculo ¬óme dijo Tegid se√Īalando las piedras blancas.
Alzó la vista al cielo y, volviéndose, levantó su vara de roble y se apresuró a reunirse con Ollathir, que se había puesto el manto sobre la cabeza y había empezado a dar vueltas en torno al pilar de piedra, sosteniendo la vara de serbal ante sí.
Los dos bardos dieron juntos la vuelta a la piedra; el cielo abandonado por el sol se oscureci√≥ con el crep√ļsculo. Mir√© hacia el este y vi que la luna llena asomaba por el horizonte del mar. Era la hora-entre-horas. En ese preciso instante, Ollathir, Bardo Supremo de Meldryn Mawr, se detuvo y alz√≥ hacia el cielo su vara de serbal, asi√©ndola con ambas manos. Luego, en el secreto lenguaje de los bardos, elev√≥ la voz pre√Īada con el poder de Taran Tafod.
De una bolsa de cuero que llevaba al cinto, sac√≥ un pu√Īado del precioso polvo que los bardos llaman Nawglan. Es una mezcla de cenizas obtenidas de la combusti√≥n de las nueve maderas sagradas: sauce de los arroyos, avellano de los pe√Īascales, aliso de los pantanos, abedul de las cascadas, fresno de la umbr√≠a, tejo de las llanuras, olmo de las ca√Īadas, serbal de las monta√Īas, roble del sol. Fue esparciendo las cenizas en los cuatro cuartos del c√≠rculo mientras daba otra vuelta siguiendo la trayectoria del sol en torno al pilar, el centro sagrado de Albi√≥n, la Isla de la Fuerza.
Tegid segu√≠a los pasos de Ollathir sosteniendo en alto la vara de roble y con el manto sobre la cabeza. Ollathir pronunciaba una palabra y Tegid la repet√≠a. Una y otra vez daban vueltas en torno a la columna salmodiando en su extra√Īo y secreto lenguaje.
No podr√≠a decir cu√°nto dur√≥ aquello. Hab√≠a perdido la capacidad de entender o de sentir; en silencio contemplaba la escena sin ver nada, sin comprender nada. Perd√≠ tambi√©n la noci√≥n del tiempo. Estaba como hechizado por el constante fluir de la sonora voz de Ollathir y sus extra√Īas palabras.
De pronto la salmodia cesó. Todo quedó tranquilo y silencioso. Pero era como la paz que precede a la tempestad. En efecto, al tiempo que se desvanecía el trueno del Taran Tafod, comencé a oír un rumor como el que produce el agua al precipitarse por una presa rota, o como el del torrente al desbocarse por el cauce seco de un río: era un borboteante tumulto de sonido, confuso y violento, estrepitoso, retumbante, fragoroso, atronador, ensordecedor, más y más potente y enloquecedor a medida que se acercaba.
Me di la vuelta y vi que la meseta bajo el mont√≠culo estaba cubierta por una inmunda niebla amarillenta que inundaba la tierra y arrollaba todo a su paso como una plaga. Como harapientos jirones que se enroscaban furiosos una y otra vez sobre s√≠ mismos, la viscosa niebla comenz√≥ a serpentear en torno a la base del mont√≠culo. Yo, con la piel helada y d√ļctil como la arcilla, contemplaba c√≥mo la niebla iba ascendiendo por las laderas del sagrado mont√≠culo.
Alcé la cabeza y miré al cielo. Las estrellas parecían caer como plata derretida. La luna apareció roja como la sangre. La oscuridad se espesó y palpitó como los flancos de un animal herido.
Del p√°lido cielo surgi√≥ un agudo y estridente chillido, como el aullido del helado viento de sollen al soplar en las heladas monta√Īas del norte. Se fue haciendo m√°s y m√°s fuerte, invadi√≥ la cima del mont√≠culo ensordeciendo el retumbar del agua y llen√≥ aquellos pagos con el sonido de la desolaci√≥n y la maldad.
Mientras miraba hacia los cielos, vi que tomaba forma una silueta fantasmagórica, tan monstruosa como vasta, y en verdad era vasta. Aquella cosa parecía surgir de la noche, allende la bóveda del cielo, allende los espacios entre las estrellas fugaces. Parecía nacida del corazón de las tinieblas; había conformado su carne en las tinieblas y su sangre y sus huesos en la noche y el éter; se cernía sobre nosotros gritando, gritando con la agonía de su nefanda creación.
La cosa no era una criatura nacida de la tierra. Vivía y a la vez no estaba viva. Se movía, pero no estaba animada. Gritaba, pero no poseía lengua. Era una criatura horripilante, nacida de lo más profundo de los infiernos. Poseía en sí misma no un cuerpo, sino multitud de cuerpos, que se formaban y crecían, que se separaban y dividían, que se marchitaban, corrompían y se mezclaban con otros, siempre cambiantes y sin embargo siempre idénticos. Era una forma para helar la sangre y para paralizar el corazón.
Vi ojos..., diez mil rutilantes ojos de gato: funestos, saltones, dilatados, amarillentos. Vi bocas: abiertas, succionantes, cargadas de veneno. Vi miembros: enormes, deformes, que se retorc√≠an y debat√≠an con miles de manos al final de convulsivos brazos. Vi pies zopos en mu√Īones de piernas consumidas. Vi torsos: hinchados, obscenos, marchitos, esquel√©ticos, putrefactos y podridos, llenos de excrecencias costrosas. Vi horribles cabezas: rostros consumidos por la enfermedad, desfigurados, con cuencas ulcerosas, narices carcomidas por el c√°ncer, blancas calaveras relucientes bajo jirones de pelo, quijadas desencajadas, cuellos retorcidos, dientes negros supurando pus de las enc√≠as.
Aquella infernal criatura se acercaba amenazadoramente, se precipitaba sobre nosotros desde las alturas del cielo. Cruel y salvaje, venía a destruirnos. Pero algo se interponía entre la tierra y las abismales regiones que le servían de guarida; algo la detenía, aunque quizá no lo haría por mucho tiempo. La cosa se infundió a sí misma energía; su espantosa fuerza pareció aumentar, y se acercó un poco más dando vueltas y flotando sobre nosotros mientras sus miríadas de cuerpos monstruosos se revolvían incesantemente.
No pod√≠a mirar, pero no pod√≠a dejar de hacerlo, mientras aquel aborto del demonio tend√≠a su enorme garra hacia la cima del mont√≠culo. La mano, llagada y escamosa, salv√≥ con celeridad el vac√≠o que parec√≠a ser nuestra √ļnica protecci√≥n.
Mientras la monstruosa mano se cerraba sobre nosotros, Ollathir emitió un grito de angustia y con su vara de serbal dibujó un arco por encima de su cabeza. Oí el zumbido del cayado mientras cortaba el aire. Una vez, dos veces, y entonces... ¡CRACK! El bardo golpeó la columna de piedra y partió en dos la vara de madera.
En ese mismo instante surgió una deslumbradora luz de la columna de piedra. El derwydd cayó de rodillas asiendo la vara con ambas manos y con una espantosa expresión de agonía en el rostro desencajado. Instintivamente hice ademán de precipitarme hacia él, pero Tegid se volvió y alzó una mano para detenerme.
Del coraz√≥n del mont√≠culo se levant√≥ un estruendo como si se hubiera desencadenado un terremoto que arrastrara bajo tierra piedras y cascotes. Sin embargo, no not√© temblor alguno, ni tan s√≥lo una peque√Īa vibraci√≥n. Sent√≠ que el estruendo sacud√≠a mis entra√Īas y mis rodillas; me parec√≠a como si el fragor atravesara el suelo, se metiera en la m√©dula de mis huesos y me subiera por la columna vertebral hasta llegar a la cabeza. Me tambale√© s√ļbitamente mareado, como si mis m√ļsculos hubieran perdido toda su fuerza.
Ollathir, utilizando como muleta la vara partida, se levantó, vaciló y se derrumbó de nuevo contra la columna de piedra que ahora brillaba con una luz suave y perlada. Pero yo ni me inmuté por tan extraordinario fenómeno, porque toda mi atención se concentraba en la figura de Ollathir, cuyas facciones habían sufrido una espantosa transformación.
Tenía la espalda apoyada en la columna de misteriosos dibujos y los brazos rígidos y extendidos; asía con fuerza la vara partida y gritaba con todas sus fuerzas. Con la boca abierta, las narices dilatadas y los ojos desencajados, más que un ser humano parecía una fiera: un buey enfurecido.
El rugido no salía de la garganta del bardo, sino que emanaba de la tierra, y se transmitía primero a través de la columna y después a través de Ollathir, que le prestaba su voz. ¡Y qué voz! Era poderosa y horrenda, cargada con una tremenda fuerza, firme como una roca, profunda como un sepulcro.
El rugido se convirti√≥ en una salvaje y rudimentaria salmodia. Primero no entend√≠a las palabras, pero despu√©s o√≠ un nombre; Ollathir estaba pronunciando un nombre. Y el nombre era ¬ęDagda Samildanac¬Ľ.
Es decir, Supremo Sabedor, Sumo Dador. Era el nombre secreto de la suprema deidad entre las tribus de Albión.
¬ó¬°Dagda! ¬°Dagda Samildanac! ¬óbramaba aquel rugido de buey furioso¬ó. ¬°Dagda! ¬°Samildanac Dagda!
Una y otra vez resonaba la misteriosa invocación, tomando forma y sustancia. Se alzaba al cielo y se extendía sobre nosotros como un escudo, envolviéndonos en un manto protector, en una sagrada loriga que nos protegía frente al funesto enemigo de todas las cosas vivientes.
—¡Samildanac! ¡Dagda! ¡Samildanac Dagda! —rugía la poderosa voz de la tierra con tanta fuerza que todo el montículo temblaba y se estremecía.
No pude resistir el estruendo. Me aferré a la rama de avellano y me tambaleé. Cerré los ojos, pero la sensación de vértigo aumentó. Perdí el equilibrio y caí de rodillas sin soltar la vara. No podía respirar; jadeaba. Noté en la lengua el sabor agridulce de la sangre y me di cuenta de que me estaba mordiendo el labio inferior.
Preso del terror, mir√© hacia la demon√≠aca mano que se cern√≠a sobre nosotros. La invocaci√≥n de Ollathir hab√≠a detenido el furioso avance de aquella cosa, pero no ten√≠a el poder suficiente para hacerla desaparecer. El Bardo Supremo no podr√≠a prolongar la fuerza de su s√ļplica demasiado tiempo, pues empezaba a dar muestras de fatiga. Ya no manten√≠a erguida la cabeza y comenzaban a fallarle los brazos.
Pronto lo abandonarían las fuerzas; la poderosa voz de la Lengua Misteriosa vacilaría. Y la loriga protectora se desvanecería. Con toda seguridad íbamos a ser aplastados.
Logré ponerme en pie. Tegid yacía ante mí, de costado, sangrando por la nariz y la boca, con un brazo sobre la cabeza y el otro extendido como si tratara de alcanzar a Ollathir. Al ver la mano crispada de Tegid, decidí lo que debía hacer: sostendría las manos del Bardo Supremo; mantendría sus brazos en alto. Mientras el bardo sostuviera la vara de serbal, estaríamos a salvo.
Me precipité en el círculo hacia el pilar, esquivando el cuerpo de Tegid. Al momento me golpeó la fuerza de un poder cegador que me sacudió como una lengua de fuego y me rodeó como llamas avivadas por el viento. Se me nubló la vista. No podía ver. Luché por avanzar a ciegas, tambaleante, con el corazón golpeándome las costillas. Sentía que la carne se me aplastaba contra los huesos.
Me arrastré hasta la columna junto a la que estaba Ollathir. La cabeza se le derrumbó sobre el pecho. Sus brazos flaquearon.
Llegu√© a su lado en el momento en que lo abandonaba la capacidad de resistencia y bajaba las manos que a√ļn sosten√≠an la vara partida. Cog√≠ la vara y la levant√©. Ollathir alz√≥ la cabeza, me vio junto a √©l y sus ojos desencajados parecieron reconocerme. Abri√≥ la boca y respir√≥ profundamente.
—¡Dagda! ¡Samildanac Dagda! —gritó el Bardo Supremo—. ¡Bodd cwi Samildanac!
Sent√≠ de nuevo la extra√Īa sensaci√≥n de crecer al tocar la vara: mis manos parec√≠an agrandarse, hacerse inmensas y fuertes. Sent√≠ que una energ√≠a poderosa surg√≠a de mis dedos, palmas y mu√Īecas. Si hubiera golpeado una piedra, la habr√≠a partido en pedazos. La inquietante sensaci√≥n flu√≠a por mis manos, brazos, hombros, cuello y cabeza y se extend√≠a por mi espalda, mi pecho, mis piernas y mis pies. Me dio la impresi√≥n de que hab√≠a alcanzado una estatura enorme, como si me hubiera convertido en un gigante y poseyera la fuerza de un gigante.
Mantuve en alto la vara de serbal. Con un tremendo y atronador grito Ollathir se derrumbó contra la columna y cayó al suelo. Ahora estaba en pie solo, sosteniendo sobre nosotros la vara del poder. Ollathir yacía a mis pies, luchando débilmente por levantarse.
Alcé la mirada y vi la inmensa garra que se cernía sobre nosotros y se acercaba. Mi energía, por grande que fuera, no podría impedir que nos aplastara. Yo no era bardo; no conocía palabras de mágico poder.
¬ó¬°Ollathir! ¬ógrit√© al Bardo Supremo, y la fuerza de la voz me desgarr√≥ la garganta¬ó. ¬°Ollathir, no nos abandones! ¬°Penderwydd, ay√ļdanos!
El bardo me oy√≥ y sac√≥ fuerzas de flaqueza. Se agarr√≥ a mis piernas y logr√≥ ponerse de rodillas. Cre√≠ que intentaba levantarse, pero me hizo se√Īas de que me inclinara. Sin bajar la vara de serbal, baj√© un brazo y lo ayud√© a incorporarse. Ollathir se tambale√≥ y se agarr√≥ a m√≠ con los miembros temblorosos por el esfuerzo realizado para ponerse en pie.
Movió la mandíbula y pronunció unas palabras, pero no pude oírlo. Creí que quería que yo repitiera las palabras que él estaba pronunciando. Incliné la cabeza y puse mi oreja junto a su boca. Ollathir me pasó un brazo en torno al cuello y me obligó a mirarlo.
—Domhain Dorcha... —murmuró en el lenguaje secreto de los bardos—. El corazón... en el lugar que está más allá... el Phantarch duerme...
No entendí nada de lo que quería decirme.
¬ó¬ŅQu√© est√°s dici√©ndome? ¬°Habla claro!
Pero ya no me oía.
¬ó¬°Llew! ¬ódijo con extra√Īa voz¬ó. Llew..., tu servidor te saluda.
Vi el sudor de la muerte en su frente y los ojos extraviados y brillantes. Luego puso su boca sobre la mía.
El Bardo Supremo me abraz√≥ con desesperaci√≥n. Antes de que pudiera apartarlo, exhal√≥ el √ļltimo suspiro en mi boca. Not√© su aliento caliente en la lengua. Mis pulmones se hincharon a punto de estallar. Con la mano libre trat√© de soltarme de su abrazo; cog√≠ la mu√Īeca y logr√© que me soltara el cuello. Pero el bardo ya estaba muy lejos. El movimiento con que hab√≠a tratado de librarme de su abrazo se convirti√≥ en un amago para impedir que se derrumbara y se golpeara la cabeza contra la columna de piedra.
—¡Ollathir! —grité, y mi voz hizo temblar la tierra bajo mis pies—. ¡Ollathir, no te mueras!
Pero el Bardo Supremo ya había muerto.
Me encoleriz√≥ que se muriera mientras yo luchaba por salvarlo. Me enfureci√≥ que se muriera dej√°ndome solo para luchar con aquella bestia de los infiernos. De s√ļbito me invadi√≥ una rabia salvaje.
—¡Ollathir! —grité—. ¡Levántate! ¡Te necesito!
Dentro de mí se entremezclaron la cólera y la frustración. Me incliné sobre él y lo golpeé con la vara de serbal. Lo golpeé varias veces gritándole que se levantara. Pero no lo hizo.
—¡Dagda! —gemí pronunciando las palabras que le había oído a él—. ¡Samildanac Dagda, resucítalo!
Se me ocurrió de pronto que estaba golpeando a un muerto y que el aborto de los infiernos que se cernía sobre el montículo estaba disfrutando con aquella abominación. Haciendo acopio de voluntad, me alejé del cuerpo inerte de Ollathir. Una vez en pie, descargué con tremenda fuerza la vara de serbal contra la columna de piedra: una vez..., otra..., otra más.
Despu√©s, arroj√© la vara te√Īida de sangre contra las imp√ļdicas y carcajeantes fauces. La vara vol√≥ por los aires y alcanz√≥ al engendro de los infiernos. Se oy√≥ un estruendo como una tremenda r√°faga de viento y la amenazadora imagen se desvaneci√≥ en jirones de vapor que desaparecieron como la niebla de la noche ante la brillante luz del d√≠a. El cielo pareci√≥ iluminarse de golpe con un resplandor dorado y carmes√≠. Escrut√© el horizonte y vi que se asomaba la primera llamarada del sol. ¬°La hora-entre-horas!
En segundos, una luz dorada inund√≥ la meseta bajo el mont√≠culo. La columna de piedra, iluminada por la luz del alba, brillaba como una estrella. En el p√°lido firmamento s√≥lo se distingu√≠an las estrellas de la ma√Īana. La criatura de la noche hab√≠a desaparecido.
Me invadi√≥ una abrumadora fatiga y ca√≠ de rodillas junto al cuerpo del Bardo Supremo. Los ojos se me llenaron de l√°grimas al ver el da√Īo que hab√≠a causado en aquella cabeza en otro tiempo majestuosa. La verg√ľenza y la pena se mezclaron con las c√°lidas l√°grimas que me ba√Īaban el rostro.
—Perdóname, Ollathir —sollocé—. Por favor, perdóname.
Tegid me encontr√≥ poco despu√©s llorando a√ļn sobre el cad√°ver, ba√Īando con mis l√°grimas la destrozada cabeza de Ollathir que hab√≠a depositado sobre mis rodillas. Me toc√≥ el hombro.
¬ó¬ŅQu√© ha ocurrido? ¬ópregunt√≥.
Alcé el rostro para responder pero me detuvo la expresión de Tegid. Contemplaba el cadáver asombrado y perplejo; las manos le temblaban agitadamente. Intentaba hablar, pero no podía articular palabra. Cuando por fin recuperó la voz, pronunció sólo una palabra:
¬ó¬ŅC√≥mo?
Me limit√© a sacudir la cabeza por toda respuesta. ¬ŅLo hab√≠a matado la criatura de los infiernos? ¬ŅHab√≠a sido el Dagda? No lo sab√≠a.
Tegid se arrodilló junto a mí y cogió entre sus manos la cabeza de Ollathir. Inclinó la suya y besó la frente del penderwydd.
—Que tengas suerte en el viaje que has emprendido —murmuró.
El brehon cogió el cadáver por los hombros, le extendió las agarrotadas piernas y le alisó los arrugados vestidos. Cuando hubo acabado, se incorporó.
¬ó¬ŅD√≥nde est√° su bast√≥n? ¬óinquiri√≥.
—Lo tiré —respondí.
Paseé la mirada por la achatada cima del montículo. Vi un trozo de la vara al borde del círculo de piedras blancas, y fui a buscarlo.
Cuando cerr√© la mano en tomo a la pulimentada madera, sent√≠ una vez m√°s el extra√Īo poder de la vara. Me qued√© quieto sosteniendo el bast√≥n frente a m√≠ como si fuera una serpiente. Aquella sensaci√≥n de energ√≠a me abrumaba. Sent√≠ que mis miembros adquir√≠an el tama√Īo de los √°rboles, que mi cabeza tocaba las nubes y que mis manos pod√≠an mover las monta√Īas. Notaba el palpitar de la sangre en mis o√≠dos como el rumor de la rompiente batida por el viento.
Parecía como si dentro de mí guardara la energía capaz de hacer toda clase de cosas. Sólo tenía que alzar la mano y se cumpliría cualquier cosa que anhelara. Nada me estaba vedado; nada se me negaría si lo deseaba. Al sonido de mi voz, la tierra y el cielo me obedecerían. Guardaba dentro de mí el poder de conseguir lo que quisiera. Mi mera presencia podía curar o matar. Ya no estaba condenado a pisar el polvo como el resto de los mortales. Cuando los hombres caminaran, yo correría; cuando corrieran, volaría.
Volaría.
Con la vara de serbal en la mano, miré la meseta y supe que podía volar. Sólo tenía que levantar mis pies y me deslizaría sobre el viento con alas invisibles. Caminé hacia el borde del montículo y con toda calma di un paso en el vacío.