20 - El gorsedd de bardos

La isla de Scatha desapareció de mi vista tragada por la niebla y la oscuridad. Entonces, y sólo entonces, Tegid me reveló por qué había venido a buscarme una estación antes de lo acordado. Se reunió conmigo en la proa. Nuestros caballos estaban atados a una estaca detrás de nosotros, y los demás pasajeros se habían agrupado en torno al mástil con el equipaje, justo detrás de los caballos. Habían encendido fuego en la parrilla abierta del barco y estaban asando pescado y charlando ruidosamente; nadie reparaba en nosotros. Podíamos hablar con absoluta tranquilidad sin temor de que nos escucharan.
Tegid comenzó por excusarse.
¬óLo siento, amigo. Si de m√≠ dependiera, te habr√≠a concedido un a√Īo y un d√≠a para despedirte de tu querida isla.
No pude discernir si se estaba burlando de mí o si hablaba en serio.
¬óNo te culpo, Tegid ¬órepuse¬ó. No pudo ser. No hablemos de ello.
—Sin embargo, déjame decirte que no hubiera venido sin una razón de peso —dijo mirando las oscuras aguas del mar como quien contempla un abismo de desesperación.
Esperé a que continuara hablando, pero un sombrío silencio se cernió sobre nosotros. Finalmente yo me decidí a romperlo.
¬óBueno, ¬Ņpuedo saber cu√°l es esa raz√≥n? ¬ŅO vas a seguir musitando veladas indirectas durante todo el viaje hacia Sycharth?
Sin apartar la mirada del mar, Tegid me confesó:
¬óNo vamos a Sycharth.
¬ó¬ŅNo? ¬ŅAd√≥nde, entonces?
En el fondo me daba igual; sería desgraciado fuésemos a donde fuésemos.
—Se acerca el Día de la Lucha —dijo por toda respuesta—. Vamos a ver qué puede hacerse.
Sus palabras sonaron m√°s l√ļgubres y misteriosas de lo que yo esperaba. Intent√© tomarlo a broma.
¬ó¬ŅC√≥mo? ¬°No me digas que las tinajas de hidromiel del rey Meldryn Mawr se han agotado! ¬óexclam√© simulando horror.
—Bueno —respondió él siguiendo la broma—, quizá no sea tan grave como todo eso.
¬ó¬ŅQu√© ocurre entonces, hermano? Habla claramente o tendr√© que imaginar lo peor.
—Dentro de tres días el barco pasará por Ynys Oer y desembarcaremos —me dijo en tono tranquilo—. Atravesaremos a caballo la isla en dirección oeste y cogeremos un bote para cruzar el estrecho de Ynys Bàinail y acudir al gorsedd de bardos. Ollathir ha convocado a los derwyddi de Albión a una reunión en la isla de la Roca Blanca.
¬ó¬ŅPuedo conocer el motivo de esa reuni√≥n de bardos?
—Te he dicho todo lo que sé. No puedo explicarte nada más.
¬óNo lo entiendo, Tegid. Yo no soy bardo. ¬ŅPor qu√© tengo que ir?
—Tienes que ir porque Meldryn Mawr y Ollathir así lo desean. No puedo decirte nada más —replicó Tegid.
Pero lo dijo en un tono que daba a entender que s√≠ sab√≠a m√°s cosas, pero que si quer√≠a o√≠rlas era mi obligaci√≥n tirarle de la lengua. A veces hab√≠a encontrado en otros esa misma resistencia a hablar claro. Parec√≠a que, cuanto m√°s delicada fuera la situaci√≥n, menos franca deb√≠a ser la conversaci√≥n. La costumbre obedec√≠a al prop√≥sito, seg√ļn mi humilde entender, de evitar que el emisor pudiera ser acusado de hablar m√°s de la cuenta. Adem√°s, dada su condici√≥n de bardo, sobre Tegid seguramente pesaba alguna clase de prohibici√≥n o tab√ļ que le imped√≠an revelar informaci√≥n confidencial sobre asuntos de la corte. Pero era evidente que deseaba que yo le sacara tal informaci√≥n.
¬ó¬ŅC√≥mo est√° Meldryn Mawr? ¬ópregunt√©¬ó. ¬ŅSe encuentra bien?
—El rey está perfectamente —afirmó—, y deseoso de comprobar en qué clase de guerrero te has convertido.
¬óSi la memoria no me enga√Īa, a Meldryn Mawr no le faltan guerreros. No puedo creer que me haya tenido en cuenta.
¬óTe equivocas. Un rey nunca tiene guerreros suficientes, del mismo modo que un hombre nunca tiene enemigos suficientes.
Yo sab√≠a c√≥mo jugar a ese juego del gato y el rat√≥n y sab√≠a tambi√©n que pod√≠a prolongarse durante d√≠as. Pero no me importaba; nos esperaba una larga traves√≠a y yo no ten√≠a nada mejor que hacer que desentra√Īar los acertijos de Tegid.
¬óUn hombre sin amigos es m√°s desgraciado que un perro sin casa ¬óobserv√© citando un refr√°n del pa√≠s¬ó. Pero Meldryn Mawr es un rey poderoso, me consta. Si se doblara el n√ļmero de las estrellas del cielo, incluso as√≠ las superar√≠an los amigos de Meldryn.
¬óQuiz√°s en otros tiempos ¬ódijo Tegid con exagerado aire de infelicidad¬ó. Ahora ya no.
Así pues, el buen rey Meldryn era desgraciado porque había perdido algunos amigos. Por eso había enviado a Tegid en mi busca. Muy bien. Decidí abandonar aquella pista de momento y rastrear otra.
—Siento muchísimo oír tal noticia —repuse—. Me alegrará volver a ver al rey y también a Ollathir. He pensado en él a menudo.
Era, desde luego, una exageración, teniendo en cuenta que no había intercambiado ni siquiera una palabra con el bardo.
—¡Oh, sí! —asintió Tegid—. El Bardo Supremo te recuerda con singular afecto.
Pese a la oscuridad vi que Tegid sonreía; era evidente que estaba disfrutando con mi modo de jugar.
¬óClaro que yo que t√ļ no esperar√≠a una alegre bienvenida ¬óa√Īadi√≥¬ó. Tambi√©n √©l, como el rey, tiene muchos problemas √ļltimamente.
¬ŅCu√°l podr√≠a ser la causa de los problemas del rey y del bardo? Decid√≠ dar un palo de ciego.
—Menos mal —aventuré— que el príncipe Meldron es un caudillo nato. Los hijos pueden servir de consuelo a un hombre en tiempos difíciles.
Tegid asintió con lentos movimientos de cabeza, como si quisiera que yo entendiera de una vez el misterio.
¬óEs verdad. Ojal√° Meldryn Mawr tuviera m√°s hijos.
¬ó¬ŅEs que no los tiene? ¬ópregunt√© sorprendido.
¬óDesgraciadamente, no. La reina Merian era la m√°s noble de las mujeres, la pareja ideal para Meldryn Mawr en todos los aspectos. Daba gloria verlos salir a cabalgar por las ma√Īanas. A la reina le encantaba montar a caballo, por eso el rey tenia los caballos m√°s hermosos. Consigui√≥ uno de Tir Aflan, allende el mar, un animal magn√≠fico que regal√≥ a su esposa. El d√≠a en que mont√≥ aquel caballo por primera vez, fue el d√≠a de su muerte. El animal se encabrit√≥ y la derrib√≥; la reina Merian se golpe√≥ la cabeza y muri√≥. El rey jur√≥ no volver a casarse jam√°s ¬ódijo concluyendo el triste relato.
Pens√© que aquello no hac√≠a m√°s que aumentar el misterio. Sin duda era una historia muy triste, pero ¬Ņqu√© ten√≠a que ver conmigo? La respuesta parec√≠a danzar en torno al pr√≠ncipe Meldron, pero no se me ocurr√≠a de qu√© pod√≠a tratarse.
—Es una desgraciada tragedia —comenté—. Pero por lo menos ya tenía un hijo.
¬óEs bien cierto.
La concisa aseveración de Tegid tenía un tono más condenatorio que una abierta repulsa.
As√≠ pues, hab√≠a problemas en la corte de Meldryn Mawr y el pr√≠ncipe Meldron tenia mucho que ver con ello. ¬ŅPor d√≥nde continuar? Medit√© un momento pero no se me ocurri√≥ nada.
—Somos afortunados —observé haciendo un esfuerzo—. Las preocupaciones de la corte no nos conciernen. No me gustaría ser rey.
¬óQuiz√° no somos tan afortunados como te imaginas ¬ódijo Tegid en tono siniestro¬ó. Muy pronto las preocupaciones de los reyes nos concernir√°n a todos.
Tras pronunciar estas palabras, el brehon pareció hundirse en un gris abatimiento. Se alejó entre las sombras y me dejó solo con el enigma. Pero yo había perdido todo interés por los enigmas. El negro presagio implícito en sus palabras me había amargado el gusto por la intriga. Estaba harto del juego. Si quería decirme algo abiertamente, que me lo dijera; pero, si no era así, yo no estaba dispuesto a darle más vueltas.
Dos d√≠as seguidos de niebla y lluvia hicieron insoportable el viaje, pero la ma√Īana del tercer d√≠a, mientras el barco cruzaba los estrechos entre la tierra firme y las √°ridas y amenazadoras monta√Īas de Ynys Oer, las nubes se despejaron y nos deslumbr√≥ el resplandor del sol. Tegid y yo desembarcamos en una playa rocosa. Condujimos los caballos hasta un sendero que se adentraba en tierra y despu√©s montamos. Cuando volv√≠ la cabeza, el barco estaba poniendo proa a mar abierto.
La isla de Oer se caracteriza por altos y tenebrosos riscos y profundas ca√Īadas surcadas por impetuosos arroyos. Era el h√°bitat ideal para cabras montesas, √°guilas, ciervos rojos, brezo, tojo y poco m√°s. Las pocas personas que la habitaban viv√≠an al abrigo de las profundas ca√Īadas o en un terreno llano que se cern√≠a sobre una de las innumerables ensenadas de la parte oriental de la isla.
Hac√≠a un d√≠a magn√≠fico y pudimos viajar deprisa y llegar a la costa occidental cuando el sol se hund√≠a en el horizonte del mar. En una protegida ensenada de roca y arena encontramos muchos caballos atados junto a una caba√Īa de piedra blanca y a varios mabinogi cuidando los caballos de sus maestros. El bote al que se hab√≠a referido Tegid se hab√≠a marchado. Sin embargo, si hubi√©ramos querido, podr√≠amos haber alcanzado a nado la peque√Īa isla a la que deb√≠amos dirigirnos: B√†inail; el nombre significa ¬ęroca blanca¬Ľ y estaba desde luego muy bien puesto. Prescindiendo de las algas verdes esparcidas por la orilla, la isla parec√≠a poco m√°s que un mont√≥n de piedra blanca surgida del fondo del mar.
Resultaba un misterio incomprensible para m√≠ por qu√© los bardos hab√≠an elegido precisamente aquel lugar entre otros muchos para su reuni√≥n. No ve√≠a nada que pudiera hacerlo recomendable y s√≠ en cambio muchos inconvenientes. Pero, al fin y al cabo, yo no era un bardo. Se lo pregunt√© a Tegid mientras contempl√°bamos la isla al otro lado del peque√Īo estrecho; mi amigo me lo explic√≥ a su modo, con palabras sencillas pero de significado oscuro:
—Ynys Bàinail es el centro sagrado de Albión.
Que aquel peque√Īo islote rocoso no estuviera en el centro y ni siquiera se hallara unido a Albi√≥n parec√≠a carecer de importancia.
¬ó¬ŅQuieres que vea si puedo conseguir un bote? ¬ópregunt√© paseando la mirada por la rocosa ensenada.
—Hemos llegado tarde. Hay que cruzar de día —explicó Tegid.
Se√Īalando al cielo, de color naranja y rosa por el resplandor del sol poniente, objet√©:
¬óPero si el cielo a√ļn no est√° oscuro. Tenemos tiempo de llegar al otro lado.
Me podría haber ahorrado el aliento.
¬óEl bote regresar√° a buscarnos por la ma√Īana. Pasaremos la noche aqu√≠.
Probablemente seria lo mejor. Estaba fatigado de la larga cabalgada y con la proximidad de la noche comenzaba a hacer mucho fr√≠o. S√≥lo deseaba arroparme en mi manto ante el fuego con un taz√≥n de caldo en la tripa. Sin embargo, comimos mucho mejor a√ļn. Los mabinogi ten√≠an cordero, pan, cerveza y manzanas. Y hab√≠an recibido √≥rdenes de tratar bien a los que, como Tegid y yo, aparecieran para acudir a la reuni√≥n.
Avivaron el fuego y disfrutamos de un buen sue√Īo. Al alba, tal como hab√≠a dicho Tegid, el bote vino a buscarnos.
La neblina marina cubría las tranquilas aguas y escondía la isla que habíamos visto la víspera. El bote apareció entre la niebla sin hacer el menor ruido; sólo había un remero, un gwyddon que Tegid conocía. Se saludaron mientras yo me instalaba en el centro con la lanza sobre las rodillas. El gwyddon me miró y dijo:
—No se permiten armas en la isla sagrada. Debes dejarlas aquí.
Yo vacilé, recordando la promesa de guerrero que le había hecho a Scatha. Tegid malinterpretó mi reluctancia y se apresuró a tranquilizarme.
¬óNo tengas miedo; ning√ļn da√Īo nos amenazar√° all√≠ y se ha requerido tu presencia.
Se√Īal√≥ a uno de los j√≥venes y yo dej√© de mala gana mi espada y mi lanza al cuidado del mabinog. Tegid, con la vara de roble en la mano, subi√≥ al bote y se instal√≥ en la proa; el hombre empu√Ī√≥ el remo en la popa. El mabinog empuj√≥ el bote, contempl√≥ unos momentos c√≥mo nos alej√°bamos y regres√≥ junto al fuego.
Una vez que alcanzamos aguas profundas, el remero hizo girar el bote y sigui√≥ remando. Nos rode√≥ una niebla espesa como la lana. Me pareci√≥ que a medida que el mundo desaparec√≠a de nuestra vista dejaba de existir. Experiment√© la inquietante sensaci√≥n de viajar no a trav√©s del espacio, sino del tiempo, hacia otro d√≠a, hacia otra √©poca. Con el l√ļgubre chapoteo del remo, el bote se internaba en un pasado oscuro y neblinoso o en un futuro invisible. La sensaci√≥n me produjo v√©rtigo y me as√≠ a los costados del bote con ambas manos.
A medio camino del estrecho, el bote emergió de la neblina. Vi ante nosotros la isla de la Roca Blanca y, al volver la cabeza para mirar atrás, vi sólo un banco de niebla que se levantaba como un sólido muro surgido del mar color verde-gris. No parecía quedar huella alguna del mundo.
El bote cobr√≥ velocidad y se desprendi√≥ de los √ļltimos jirones de niebla. Poco despu√©s, la proa toc√≥ la fina arena blanca de Ynys B√†inail. Tegid salt√≥ del bote, lo empuj√≥ a la playa y lo var√≥ junto a otras embarcaciones. Yo salt√© a mi vez. El agua me llegaba a las rodillas y ante mi sorpresa la encontr√© templada, era de color azul p√°lido y transparente como el cristal.
Chapoteé hacia donde me esperaba Tegid, en la orilla del agua. Hice ademán de pisar la orilla pero me detuvo con un gesto.
¬óEstamos en un lugar sagrado y t√ļ no eres bardo. Si no fuera por Ollathir, no habr√≠as podido llegar hasta aqu√≠. ¬ŅLo comprendes?
Asentí. Tegid, más serio y solemne de lo que jamás lo había visto, me cogió del brazo y me aconsejó lacónicamente:
—Haz sólo lo que me veas hacer a mí. No pronuncies ni una palabra mientras estés en esta isla.
Asent√≠ de nuevo y Tegid inclin√≥ la cabeza dando por terminados sus consejos. Luego se dio la vuelta y se apresur√≥ a seguir al remero que iba ya playa arriba. Yo llegu√© a la arena, di unos pasos y estuve a punto de caer de bruces, abrumado por la sobrenatural y misteriosa sensaci√≥n de que no tocaba el suelo o de que la tierra bajo mis pies no era s√≥lida, sino fluida, como el agua o las nubes. Adem√°s ten√≠a la extra√Īa impresi√≥n de que estaba creciendo r√°pidamente, de que me ensanchaba, de que me cern√≠a sobre el panorama, de que tocaba el cielo con la cabeza. Se me erizaron los cabellos y se me puso la piel de gallina. No pod√≠a moverme por temor a caer, seguro de que no podr√≠a sostenerme en pie sobre el inestable suelo que parec√≠a que iba a ceder bajo mis pies.
Al ver que me hab√≠a quedado varado, Tegid se apresur√≥ a acudir a mi lado. Me puso tres dedos sobre la frente y murmur√≥ una palabra que no entend√≠. Al momento, me abandon√≥ la paralizante sensaci√≥n y atraves√© la playa sin mayores dificultades. Sin perder tiempo tomamos un sendero que part√≠a de la playa y se internaba en la peque√Īa isla, hacia el enorme pe√Īasco que dominaba el centro del islote y por el que recib√≠a el nombre de Roca Blanca.
Caminamos un rato en silencio; no se oía ruido alguno, ni siquiera el canto de los pájaros o el rumor de las olas. Todo estaba callado y silencioso bajo un palio de densa neblina, como si la mano de un dios cubriera la isla. No sabría decir por qué, pero no creo que aquel silencio se debiera a causas naturales.
Yo iba detr√°s de Tegid, con los ojos fijos en el sendero para no tropezar y caer, pero, cuando el camino comenz√≥ a ascender, alc√© la vista hacia el enorme pe√Īasco blanco que se levantaba ante m√≠ como un gigantesco banco de ondulante niebla. El pe√Īasco blanco conformaba un impresionante promontorio con tres lados encarados al mar. Sin echar ni una ojeada hacia atr√°s, el gwyddon nos conduc√≠a sendero arriba. El caminito era cada vez m√°s escarpado; un paso en falso y nos precipitar√≠amos de cabeza en la playa cubierta de cantos rodados.
Seguimos subiendo por el sendero que serpenteaba en torno al gigantesco pe√Īasco blanco. En el punto m√°s alejado de la cara oeste, el camino terminaba en un muro de piedra. Arrim√°ndose a la pulida superficie de la roca que quedaba a mi izquierda, vi que el gwyddon que nos conduc√≠a atravesaba el muro de roca y desaparec√≠a. Estuve a punto de decir algo, pero record√© el consejo de Tegid y me call√©.
Tegid se acerc√≥ al muro, se puso de lado y tambi√©n desapareci√≥. Siguiendo su ejemplo, me acerqu√© al muro y entonces vi una estrecha grieta, lo suficientemente ancha como para permitir el paso de un hombre si se pon√≠a de lado. Hice lo mismo que hab√≠a visto hacer a Tegid, me met√≠ por la grieta y me encontr√© en un peque√Īo t√ļnel. El suelo ascend√≠a escarpadamente. Recorr√≠ a gatas unos cuantos metros gui√°ndome por la luz y me encontr√© en una amplia meseta cubierta de yerba. Unas cuantas ovejas estaban paciendo, movi√©ndose como nubes en un vasto firmamento de color verde.
En medio de la llanura se alzaba un montículo cónico bastante grande con la cima achatada. No podría decir si el montículo era un fenómeno natural o había sido levantado por manos humanas en alguna época remota. Quizás ambas cosas. Sobre el montículo, una esbelta columna alzaba su afilada punta hacia el cielo. Al pie del montículo estaban reunidos unos cien bardos —luego supe que eran noventa y tres—, unos vestidos de marrón y otros de gris.
Los bardos se movían de un lado a otro sin rumbo fijo; unos llevaban sus varas de madera, otros ramas de avellano, de serbal, de roble y de otros árboles. Se cruzaban y entrecruzaban entre ellos sin orden ni concierto. De vez en cuando, uno de los bardos se detenía y golpeaba con la vara tres veces el suelo, o alzaba la rama y dibujaba lentamente un círculo sobre su cabeza. Al acercarme, oí que murmuraban en voz baja palabras ininteligibles.
Cuando estuvimos cerca del pie del montículo, uno de los bardos vio a Tegid y salió a su encuentro. Enseguida me di cuenta de que era Ollathir, el bardo del rey Meldryn Mawr. Me miró mientras Tegid y yo nos deteníamos frente a él y pareció complacido de verme, pero sólo habló con mi amigo. Cuchichearon unos instantes hasta que se les acercó un tercer bardo. Su rostro me resultaba familiar, pero me costó un poco reconocerlo: era Ruadh, el bardo del príncipe Meldron. La discusión que sostenían Tegid y Ollathir cesó bruscamente cuando Ruadh, sonriente, se unió a ellos.
En ese mismo instante Ollathir se dirigió a mí.
¬óMira bien ¬óme dijo aferr√°ndome del hombro como si quisiera obligarme a entender¬ó. No te pierdas ni un detalle.
Luego los tres se reunieron con los otros bardos. Yo hice amago de seguirlos, pero Tegid me puso la mano en el pecho y me detuvo con un ligero movimiento de cabeza. Al parecer tenía que quedarme allí solo.
Coleg√≠ por las cr√≠pticas instrucciones de Ollathir que deb√≠a quedarme al margen y actuar a modo de observador, as√≠ que decid√≠ buscar un buen lugar desde el cual contemplar lo que ocurr√≠a. No encontr√© ninguno, ni siquiera una piedra lo bastante grande para que me sirviera de asiento. Todav√≠a estaba examinando el lugar cuando los bardos, a una se√Īal invisible, se dispusieron en ordenadas filas y comenzaron a caminar en torno a la base del mont√≠culo siguiendo la trayectoria del sol.
Dieron en torno al mont√≠culo una, dos, tres vueltas, sin dejar de murmurar aquella extra√Īa y zumbante letan√≠a. Una vez completada la tercera vuelta, subieron las escalonadas laderas del mont√≠culo y se reunieron en torno al pilar.
Cre√≠ que no iba a poder observar nada interesante desde el lugar donde me encontraba y desde luego no iba a o√≠r una palabra de lo que sucediera en el mont√≠culo. ¬ŅQu√© demonios se supon√≠a que ten√≠a que observar? S√≥lo podr√≠a ver de lejos la reuni√≥n. Podr√≠a atestiguar que se hab√≠a llevado a cabo, pero poco m√°s.
Pese a ello, no separ√© la vista de los bardos. O√≠ un confuso y mon√≥tono sonido y supuse que los bardos estaban salmodiando o cantando. Luego se callaron y todo qued√≥ en silencio, aunque de vez en cuando llegaban r√°fagas y oleadas de voces: eran retazos de discusiones, murmullos de asentimiento, gru√Īidos de desaprobaci√≥n, coros chillones de aseveraci√≥n o disensi√≥n. No podr√≠a decir qu√© significaban aquellos exabruptos.
La ma√Īana fue transcurriendo. Yo segu√≠a observando, estirando el cuello hacia la cima del mont√≠culo, mientras los bardos segu√≠an murmurando y musitando. Comenc√© a hartarme de mi tarea. Como no sab√≠a a ciencia cierta lo que ten√≠a que observar y no ve√≠a que sucediera nada importante, comenc√© a aburrirme y a distraerme.
Al cabo de un rato, el sol de la ma√Īana empez√≥ a disipar la blanca neblina revelando un cielo de un rutilante color azul. Pese al fr√≠o que hac√≠a, la meseta se fue templando. Me tumb√© de codos sobre la yerba y no tard√≥ en entrarme sue√Īo. Cuando mis p√°rpados estaban a punto de cerrarse, se me ocurri√≥ de pronto que a Ollathir no le agradar√≠a que me quedara dormido y olvidara mi obligaci√≥n, as√≠ que me puse en pie y comenc√© a caminar alrededor del mont√≠culo.
As√≠ pas√© toda la jornada, sacudi√©ndome el aburrimiento y el sue√Īo con un paseo de vez en cuando en torno al mont√≠culo. Mientras tanto prosegu√≠a la asamblea de bardos; el gorsedd, como la hab√≠a llamado Tegid. No ocurri√≥ nada, por lo menos que yo viera, excepto la lenta y larga marcha del sol a trav√©s del vac√≠o espacio del cielo.
Ya bastante avanzado el d√≠a, me puse en pie para pasear otra vez alrededor del mont√≠culo. Di una vuelta, luego otra. Cuando estaba dando la tercera o la cuarta, concluy√≥ la asamblea y los bardos comenzaron a bajar. La mayor√≠a de ellos se rezagaban en peque√Īos grupos, otros se deten√≠an solos en las laderas del mont√≠culo con los brazos extendidos contemplando el mar por encima de la meseta cubierta de yerba. Un reducido grupo de unos doce bardos permaneci√≥ en la cima del mont√≠culo, con las cabezas juntas como enfrascados en una importante y desesperada conversaci√≥n.
Yo me manten√≠a apartado, pero nadie repar√≥ en mi presencia. Los derwyddi, ce√Īudos y sombr√≠os, parec√≠an sumidos en hondas cavilaciones. En un momento dado, vi que uno de ellos se separaba de uno de los grupos y corr√≠a por la meseta hacia el sendero que conduc√≠a a la playa. Repar√© en ese detalle porque era la √ļnica cosa extra√Īa que hab√≠a contemplado en todo el d√≠a.
Como no vi a Tegid ni a Ollathir entre los bardos que quedaban en la ladera o los que ya estaban en la meseta, supuse que estaban entre el corro reunido en torno al pilar de la cima que, por su aspecto, parec√≠a estar discutiendo algo importante. La conversaci√≥n prosigui√≥ un buen rato y luego ces√≥ de pronto. Los bardos que estaban en la meseta se dieron la vuelta para contemplar, con miradas que juzgu√© expectantes, c√≥mo descend√≠an sus compa√Īeros.
Pero nadie dijo nada ni emiti√≥ la menor se√Īal. Los que hab√≠an estado aguardando tomaron posiciones tras sus jefes y todos en procesi√≥n atravesaron la llanura en direcci√≥n al camino y comenzaron a bajar hacia la playa.
Tegid vino a mi encuentro mientras los dem√°s se alejaban y me aconsej√≥ de nuevo que permaneciera en silencio. Ollathir, que hab√≠a sido el √ļltimo en bajar del mont√≠culo, se acerc√≥ a nosotros. No nos mir√≥ ni dijo nada, sino que se limit√≥ a pasar ante nosotros y a seguir su camino hacia el sendero. Tegid lo sigui√≥ y yo fui tras √©l.
Cuando llegamos a la playa, los botes ya se hab√≠an hecho a la mar y navegaban por el estrecho canal que separaba las islas. Aguardamos un rato mientras los botes atravesaban una y otra vez el estrecho para transportar a los derwyddi a la ensenada donde hab√≠an dejado los caballos. Fuimos los √ļltimos en abandonar el islote. Creo que as√≠ lo decidi√≥ Ollathir, aunque el hambre hac√≠a a√ļn m√°s larga la espera.
El sol ya se hab√≠a puesto cuando regresamos a Ynys Oer. Los mabinogi y los bardos se hab√≠an marchado; s√≥lo quedaban nuestros caballos en el cobertizo de la caba√Īa. Parec√≠a como si el gorsedd jam√°s hubiera tenido lugar. Encontr√© mis armas en la caba√Īa de piedra, junto a un poco de comida. Cog√≠ mi lanza, mi espada y la comida y me reun√≠ con Tegid y Ollathir que estaban secreteando.
¬óPasaremos aqu√≠ la noche ¬óme inform√≥ Tegid¬ó. Todav√≠a hay mucho que hacer y a√ļn queda luz.
Ollathir solt√≥ un gru√Īido de asentimiento, se volvi√≥ y se alej√≥ por la playa. Tegid lo contempl√≥ unos instantes y luego, al encontrarse con mi mirada interrogadora, me explic√≥:
—Sí, está muy preocupado. El gorsedd no... —titubeó—. Acabó muy mal.
Yo asentí con un movimiento de cabeza. Tegid se echó a reír.
¬óYa puedes hablar, amigo. Nada te lo impide.
Misteriosamente, hasta que Tegid no me hubo levantado la prohibici√≥n, yo no hab√≠a sentido que pudiera hablar, aunque a decir verdad tampoco notaba ning√ļn impedimento para hacerlo. Sin embargo, ahora era plenamente consciente de mi lengua y dije:
¬ó¬ŅPuedo saber ahora lo que est√° sucediendo? ¬ŅPor qu√© me hab√©is hecho venir?
Tegid me puso la mano en el hombro.
—Es Ollathir quien debe decírtelo. Cuando regrese, quizá te lo cuente todo.
Luego me soltó y mientras se alejaba me pareció que susurraba:
—El conocimiento es un peso abrumador; una vez que se carga con él, no hay modo de liberarse.
Lo observ√© alejarse con cierto resentimiento por su reserva y astucia. ¬ęS√≠, el conocimiento es una carga ¬ópens√©¬ó, pero la ignorancia tambi√©n lo es.¬Ľ Estaba empezando a hartarme. Me jur√© a m√≠ mismo que alguien deb√≠a decirme algo muy pronto o tendr√≠a que procurarse otra bestia de carga.