19 - Sollen

El invierno en la isla de Sci es ventoso, fr√≠o y h√ļmedo. Los d√≠as son oscuros y cortos, las noches oscuras e interminables. La tierra es azotada por los violentos vientos del norte que durante el d√≠a descargan lluvia helada y nieve y durante la noche soplan a r√°fagas en los tejados de paja. El sol se levanta muy poco, si es que llega a levantarse, se ci√Īe al horizonte y flota d√©bilmente sobre las cumbres antes de perder fuerza y hundirse una vez m√°s en el helado abismo de la noche. La estaci√≥n se llama sollen, tiempo tenebroso durante el cual los hombres y los animales deben permanecer encerrados en sus caba√Īas y casas, protegidos por los espesos muros.
Sin embargo, pese a la sombr√≠a desolaci√≥n de tan dura e inhospitalaria estaci√≥n, hay breves interludios de calor y bienestar: en las chimeneas chisporrotea siempre el fuego, en los braseros de hierro refulgen rojos los rescoldos, en los lechos se apilan mantas de lana y colchones de blancos vellones, peque√Īas lamparillas de plata queman aceites perfumados para vencer la t√©trica lobreguez con su agradable resplandor.
Los d√≠as se dedican a juegos de sutileza, habilidad y azar ¬ófidchell, brandub y gwyddbwyll¬ó, que se llevan a cabo sobre tableros de hermosas maderas barnizadas con fichas labradas. Y sobre todo se habla sin cesar: la charla es como un suntuoso ropaje de fino tejido, como una fuente inagotable de pensamientos embriagadores, como una burbujeante caldera en la que se cuecen todos los temas imaginables. Del mismo modo que el hierro se afila con el hierro, mi habilidad en la conversaci√≥n se incrementaba con las ingeniosas argumentaciones de aquellos debates amistosos. Una y otra vez daba mentalmente gracias a Tegid por haberme ense√Īado tan bien el idioma.
Además, durante el tenebroso sollen nuestra sencilla dieta de pan, carne y cerveza se enriquecía con un queso de color amarillo pálido, pasteles de cebada endulzados con miel, gustosas compotas de fruta, y con el dorado hidromiel, la bebida de los guerreros. A estas golosinas se sumaban patos y gansos asados, criados para alegrar las comidas del invierno.
Al calor del hogar el esp√≠ritu de camarader√≠a se hac√≠a m√°s profuso y sincero, en parte porque pocos disc√≠pulos de Scatha se quedaban a pasar el invierno. La mayor√≠a regresaba a sus tribus para invernar con sus gentes; los que nos qued√°bamos, s√≥lo un pu√Īado de los mayores, entre los que se encontraba Boru, aprovech√°bamos el tiempo para crear entre nosotros unos lazos s√≥lo superados en solidez por los de la sangre.
A√ļn hac√≠a m√°s agradables nuestras veladas la presencia de las encantadoras hijas de Scatha, las tres muchachas m√°s hermosas que jam√°s se hayan visto bajo la capa de los cielos: Gwenllian, Govan y Goewyn. Hab√≠an llegado a Ynys Sci en el barco que se llev√≥ a casa a los estudiantes. Ven√≠an a pasar la larga y sombr√≠a estaci√≥n de sollen con su madre, tras haber servido en la corte de un rey como banf√°ith, es decir, como profetisas.
Afortunado era el rey que podía enorgullecerse de contar con una banfáith, y un rey entre reyes era quien había gozado en su corte de la presencia de una de las hijas de Scatha. Las tres eran solteras, pues, aunque el matrimonio no les estaba prohibido, las tres preferían mantenerse leales a su absorbente don, dado que el día en que se casaran dejarían de ser profetisas. Una banfáith gozaba de excelente consideración; como los bardos, cantaban y tocaban el arpa, y, también como ellos, eran sagaces consejeras. Pero además poseían un antiguo y misterioso poder: la habilidad de escrutar los entretejidos vericuetos del futuro para ver lo que ocurría y hablar al pueblo en nombre de Dagda.
Las tres adornaban los h√ļmedos y fr√≠os d√≠as del invierno con su encanto y ternura, y suavizaban el tono salvaje de nuestras costumbres militares con su gr√°cil feminidad. Aquello formaba asimismo parte del sistema educativo de Scatha, porque un guerrero deb√≠a dominar los entresijos de la etiqueta y la cortes√≠a que regulaban la vida social. Para eso se quedaban los estudiantes de mayor edad. Uno o dos inviernos antes de completar su entrenamiento en la escuela de Scatha, los guerreros eran adiestrados en el arte de la gentileza por sus hijas.
Las hijas de Scatha, tan inteligentes como hermosas, nos colmaban de atenciones. Era el m√°s dulce de los placeres ser incluido en el resplandeciente c√≠rculo de su compa√Ī√≠a. Durante los largos d√≠as invernales nos entreg√°bamos en la sala a toda clase de entretenidas actividades. Gwenllian me ense√Ī√≥ a tocar el arpa, y tambi√©n pas√© agradables veladas dibujando a la cera con Govan; pero yo prefer√≠a sobre todo jugar al gwyddbwyll con Goewyn.
¬ŅQu√© podr√≠a decir de las hijas de Scatha? Eran m√°s hermosas que el m√°s esplendoroso d√≠a de verano, m√°s gr√°ciles que los cervatillos que retozan en los prados de las monta√Īas, m√°s encantadoras que los umbr√≠os y verdes valles de Sci; las tres eran atractivas, fascinantes, maravillosas, deliciosas.
Goewyn ten√≠a los cabellos largos y muy rubios, peinados como los de su madre en docenas de trencitas con una campanilla de oro en la punta. Cuando se mov√≠a, sonaba una m√ļsica dulc√≠sima. Sus cejas finas y bien dibujadas y su nariz muy recta proclamaban su nobleza; ten√≠a una boca generosa con los labios perpetuamente adornados por una sonrisa que expresaba una velada sensualidad; sus ojos casta√Īos estaban siempre risue√Īos, como si todo lo que contemplaran estuviera creado para su particular diversi√≥n. Yo me aficion√© enseguida a pasar largo tiempo con ella, con las cabezas inclinadas sobre el tablero de madera que sosten√≠amos sobre las rodillas, como un regalo de un ben√©volo creador.
Govan ten√≠a una risa pronta, una inteligencia sutil y unos ojos azules como los de su madre, escondidos entre largas pesta√Īas. Su cabello era leonado y su piel morena, como una baya madura al sol; ten√≠a el cuerpo bien proporcionado, fuerte y expresivo, el cuerpo de una bailarina. En los escasos d√≠as en que el sol iluminaba el cielo con un esplendor p√°lido, cuya brevedad lo hac√≠a a√ļn m√°s radiante, Govan y yo cabalg√°bamos por la playa que se extend√≠a al pie del caer. El viento nos golpeaba las mejillas y salpicaba nuestras capas con la espuma del mar; los caballos chapoteaban en la rompiente que destacaba blanca sobre los guijarros negros. Hac√≠amos carreras; ella sobre una yegua gris veloz como una gaviota al zambullirse en el agua y yo sobre un ruano rojo, vol√°bamos haciendo saltar las piedras de la playa y las algas arrastradas por la tempestad, hasta quedarnos sin aliento.
Cabalg√°bamos hasta el final de la bah√≠a donde los gigantescos pe√Īascos del acantilado se hab√≠an precipitado al mar. Luego volv√≠amos grupas y nos lanz√°bamos hacia el otro extremo, donde desmont√°bamos para dar descanso a los caballos. Sus flancos cubiertos de espuma humeaban en contacto con el aire helado, y nosotros camin√°bamos sobre los guijarros pulidos por el mar con los pulmones escocidos por el aire salino que hab√≠amos respirado. Yo notaba la sangre caliente en mis venas, el viento helado en la piel y la mano de Govan en la m√≠a, y me sent√≠a plenamente vivo bajo el contacto vivificador de Dagda.
Dagda era el Dios Bondadoso, al que también llamaban la Mano Segura y Certera, por la infinita vastedad de su creación y su poder sempiterno para sostener todo lo que tocaba. De esta enigmática deidad celta, así como de otras, me habló Gwenllian, que además de servir de banfáith al rey Macrimhe de los mertanos, era una banfilidh, una mujer filidh, es decir, una arpista.
Gwenllian seducía con sus cabellos rojos y sus bellos ojos de color esmeralda, y hechizaba con su piel blanca como la leche y sus labios y mejillas rojas como pintados con dedalera; todo en ella era gracia, desde la línea de su cuello hasta la curva de sus pies. Todas las noches, Gwenllian tejía la embriagadora magia del arpa con sus hábiles dedos y cantaba las eternamente jóvenes canciones de Albión: la historia de Llyr y de sus desgraciados hijos, la de la inconstante Blodeuedd y su traición, la de Pwyll y su amada Rhiannon, la de la bella Arianrhod, la del misterioso Mathonwy, la de Bran el Bendito, la de Manawyddan, la de Gwydion, la de Pryderi, la de Dylan, Epona, Don y muchas más.
Cantaba sus amores y sus odios, sus luchas y sus paces, sus gloriosas haza√Īas y sus pat√©ticos fracasos, su sabidur√≠a y su locura, sus maravillosas vidas y sus miserables muertes, su inconmensurable bondad y su espantosa maldad, su magnanimidad y su crueldad, sus triunfos y derrotas, y la eterna verdad del ciclo sin fin de sus vidas. Cantaba y ante m√≠ desfilaba la vida humana en toda su vastedad y profundidad. Cuando Gwenllian cantaba, yo me daba cuenta de lo que significaba ser humano.
Todas las noches despu√©s de cenar llen√°bamos nuestras copas y nos reun√≠amos en torno a la chimenea para escuchar las canciones de Gwenllian. Cuando comenzaba a cantar, el tiempo alzaba el vuelo. A veces me despertaba de mi ensue√Īo la luz del alba que con sus rosados dedos levantaba por el este el oscuro manto de la noche; mi cabeza bull√≠a de ardientes im√°genes y constataba que el hidromiel de mi copa estaba intacto.
O√≠r cantar a Gwenllian era entrar despierto en un sue√Īo tan poderoso que el tiempo y los elementos desaparec√≠an. O√≠r c√≥mo aquella intachable voz entonaba una canci√≥n era sentir el encanto como si fuera una fuerza f√≠sica. Cuando Gwenllian cantaba, ella misma se convert√≠a en canci√≥n. Cuando Gwenllian cantaba, los que la escuchaban saboreaban una vida superior.
Podr√≠a haber pasado el resto de mis d√≠as oy√©ndola, sin sentir fatiga, sin preocuparme de comer o beber; sus canciones eran el √ļnico alimento que yo necesitaba.
As√≠ era mi vida en el reino de la isla de Scatha. Como Llyd, aprend√≠ el arte del guerrero y me esforc√© con tenacidad por dominar la habilidad de blandir la espada, de arrojar la lanza, de luchar con cuchillo, de manejar el escudo. La empu√Īadura me model√≥ la mano hasta que espada y brazo fueron una misma cosa; el astil de mi lanza se convirti√≥ en mi criado fiel y leal; mi cuchillo y mi escudo formaban parte de mi ser como pod√≠an serlo mis dientes y mis u√Īas. Poco a poco, sufrimiento tras sufrimiento, mi cuerpo se aprest√≥ para la dura disciplina de la lucha; se volvi√≥ flexible como el cuero y resistente como el astil de mi lanza.
Trabaj√© mucho. Las derrotas me ense√Īaron astucia y los fracasos inventiva. Me convert√≠ en un hombre resuelto y perd√≠ el miedo. Me convert√≠ en un hombre despiadado y naci√≥ en m√≠ el valor. Viv√≠a la vida de un guerrero y en guerrero me convert√≠. Luch√© hasta que cada uno de mis nervios, tendones, huesos y miembros adquirieron la temible precisi√≥n del arte del guerrero. Y al mismo tiempo conquist√© la fr√≠a objetividad del luchador que est√° libre tanto de c√≥lera como de temor y cuyos movimientos son el m√°s puro deleite, y para quien cada lucha a sangre es una exultaci√≥n de destreza.
Trabaj√© durante seis a√Īos. Seis a√Īos de sudor, esfuerzo y af√°n. Seis a√Īos de combates amistosos. Seis a√Īos de hermosos y soleados gyd y g√©lidos sollen. Seis a√Īos, desde Beltane hasta Samhein, y al final ya no era el √ļltimo entre mis compa√Īeros.
El s√©ptimo a√Īo progres√© como los dem√°s en casi todos los aspectos. Pero raramente hab√≠a un momento en que no pensara dolorosamente que mi estancia en Ynys Sci estaba tocando a su fin: pronto volver√≠a a Prydain para servir al rey Meldryn Mawr. Contaba los d√≠as y tem√≠a que cada jornada llegara a su conclusi√≥n, porque eso significaba que se acercaba el momento de partir.
No quer√≠a abandonar la isla. No volver√≠a a gozar de la amable compa√Ī√≠a de Goewyn, ni volver√≠a a cabalgar con Govan, ni volver√≠a a o√≠r las canciones de Gwenllian. No pod√≠a soportar tal idea. Las tres hermanas me eran m√°s queridas que mi propio coraz√≥n; hubiera preferido arranc√°rmelo palpitante del pecho antes que dejarlas.
Sin embargo, ¬Ņqu√© pod√≠a hacer? Mi partida estaba escrita desde el principio. Me marchar√≠a cuando llegara el barco en la primavera.
Pero también tenía miedo por otro motivo. Regresar a la corte de Meldryn suponía reencontrarme con Simon y con una tarea largo tiempo descuidada: debíamos regresar al mundo del que habíamos venido. Sólo el pensarlo me llenaba de desesperado desasosiego. No tenía más ganas que Simon de regresar al mundo real. Ahora lo comprendía. En Ynys Sci los lazos que me ataban a mi mundo se habían debilitado hasta caer. No me di cuenta de que desaparecían; fue simplemente un inocente olvido. Con el transcurrir de los días, el mundo manifiesto había ido volviéndose menos real, menos vivido, hasta parecer un mundo fantasmagórico, rodeado de grises vapores y de borrosas existencias. Yo también deseaba quedarme en el Otro Mundo, costara lo que costara.
Al final del s√©ptimo a√Īo, Tegid vino a buscarme.
Una fr√≠a ma√Īana en que contemplaba sobre una pe√Īa la bah√≠a, vi que el barco se acercaba. Sent√≠ una punzada de amargo dolor al pensar que el barco que tra√≠a una vez m√°s a las hijas de Scatha a la isla me llevar√≠a lejos en la primavera, en gyd, cuando hubieran cesado las tormentas de sollen.
Durante tres largas estaciones había soportado el cruel exilio de su ausencia. Ahora regresaban y yo estaba ansioso por verlas.
Monté de un salto en la silla y azucé el caballo por el sendero que descendía desde el promontorio a la bahía, para aguardar en la playa la llegada del barco. Algunos de los estudiantes más jóvenes se habían reunido en la orilla, ansiosos de ver el barco que los llevaría de vuelta a su casa una vez más. Echaban de menos a su clan y a sus parientes, y en sus ojos se leía la nostalgia por el hogar. Me pregunté si se notaría en los míos el desesperanzado anhelo que me embargaba.
Poco a poco el barco se fue acercando; cada ola que rompía en la orilla parecía arrastrar a la embarcación más cerca. Al cabo de poco tiempo divisé las gráciles siluetas de las hijas de Scatha en la proa. Vi el alegre saludo de Goewyn, la risa de Govan, los cabellos de Gwenllian revoloteando con la brisa marina. Y después..., después me metí en el agua hasta las rodillas para ayudar a empujar el barco hasta la playa y tendí la mano para ayudar a bajar a la primera de las muchachas. Goewyn me cogió la mano, se echó en mis brazos y me besó; su dulce y tierno aliento me acarició el cuello.
Govan también me saludó con un beso.
¬óTe he echado de menos, Llyd ¬óme dijo alegremente; luego, apart√°ndome un poco, a√Īadi√≥¬ó Deja que te vea.
Yo así sus manos con fuerza, mientras me examinaba.
¬óNo he cambiado ¬órepuse¬ó. Excepto que mi a√Īoranza por vosotras ha crecido m√°s y m√°s desde que os fuisteis.
—¡Pícaro! —Se echó a reír muy contenta, y volvió a besarme.
Govan se alejó por la playa, y entonces vi que Tegid salvaba la rompiente de espuma sosteniendo en alto la vara de roble.
—¡Ya veo que han hecho de ti un verdadero guerrero! —exclamó.
¬ó¬°Tegid! ¬ógrit√©¬ó. ¬ŅEres t√ļ de verdad?
¬óEl mismo que viste y calza ¬ócontest√≥. Avanz√≥ hacia m√≠ y me salud√≥ asi√©ndome por los brazos, seg√ļn era costumbre entre parientes¬ó. Me encuentro con un hombre muy diferente del que dej√©. Meldryn Mawr se mostrar√° muy satisfecho cuando te lleve ante √©l.
Aunque quería dedicarme un cumplido, sus palabras me dieron a entender por qué había venido. La alegría por ver al amigo se desvaneció de golpe. Tragué saliva.
¬ó¬ŅCu√°ndo? ¬ópregunt√© deseando contra toda esperanza que pudi√©ramos quedarnos a pasar el invierno en la isla.
—Esta noche —respondió—. Tenemos que marcharnos con la marea. Lo siento mucho.
Aunque hac√≠a un hermoso d√≠a, sent√≠ en mi alma la desolaci√≥n de sollen. La melancol√≠a que me produc√≠a tener que partir apag√≥ por completo el calor del sol. Sent√≠ como si acabaran de robarme mi m√°s preciado tesoro. En la isla de Scatha hab√≠a vivido como jam√°s hab√≠a vivido antes. Con la dura disciplina del guerrero hab√≠a aprendido lo que significaba estar vivo. Ahora todo hab√≠a acabado y sent√≠ como si mi vida, la √ļnica que verdaderamente hab√≠a apreciado, hubiera terminado tambi√©n.
—Nada me gustaría más que pasar el invierno aquí —me dijo Tegid—, pero tienes que despedirte. Me ocuparé de recoger tus cosas.
Era costumbre que quienes habían acabado su entrenamiento con Scatha, solicitaran formalmente permiso para marcharse. Si, a su juicio, el guerrero dominaba las habilidades de que ella lo creía capaz, Pen-y-Cat le regalaba las armas. Por regla general, era una ceremonia alegre, pero mi corazón lloraba: no deseaba marcharme.
Sin embargo, nos dirigimos al caer y a la sala, donde se hab√≠an reunido mis compa√Īeros de armas para la despedida; entre ellos estaba Cynan, que me salud√≥ al verme llegar.
¬ó¬°Llyd! Nos vamos juntos, ¬Ņverdad?
Su rubicundo rostro resplandecía de satisfacción. Había trabajado mucho y duramente para hacerse merecedor de aquel día y apenas podía creer que por fin hubiera llegado.
¬óEl barco se ha adelantado este a√Īo ¬ócoment√≥¬ó. Dicen que hay problemas en Albi√≥n y que quiz√° nos necesiten. ¬óSe fij√≥ en la expresi√≥n sombr√≠a de mi cara¬ó. ¬ŅQu√© te pasa?
¬óAbrigaba la esperanza de quedarme un poco m√°s ¬órepuse con voz triste y apagada.
Aunque éramos amigos, Cynan no podía comprender por qué me sentía tan desgraciado.
¬ó¬°Seremos jefes de batalla! Tenemos que ganarnos ese honor, hermano. Quiz√° cabalguemos juntos antes del invierno. Meldryn Mawr es un rey poderoso; ganar√°s mucho oro a su servicio. Ya lo ver√°s.
En ese momento alzaron la cortina de cuero de buey que cubr√≠a la puerta, y Cynan fue invitado a entrar. El muchacho baj√≥ la cabeza y entr√≥. En los seis a√Īos que hab√≠a durado nuestro exilio se hab√≠a convertido en un hombre seguro y decidido. Ya no era un joven que deb√≠a demostrar su val√≠a ante el mundo, y hab√≠a alcanzado plena confianza en s√≠ mismo y en su destreza. Hab√≠a logrado encontrar cierta paz en la terrible e imposible exigencia de perfecci√≥n que le hab√≠a impuesto su padre. Me agradaba pensar que yo lo hab√≠a ayudado. Por encima de todo, Cynan y yo nos hab√≠amos convertido en hermanos de armas, un lazo m√°s fuerte que la muerte y m√°s firme que cualquier otro.
No quise aguardar con los dem√°s, as√≠ que pase√© un rato por el caer, visit√© por √ļltima vez los lugares que hab√≠a llegado a conocer tan bien y deambul√© por el campo de entrenamiento, ahora desierto, que tantas veces hab√≠a regado con mi sudor y mi sangre.
Goewyn salió a mi encuentro para despedirse.
—Echaré de menos nuestras partidas de gwyddbwyll. Has llegado a ser un contrincante de cuidado.
—Yo te echaré de menos a ti, Goewyn —le dije esperando alguna palabra de consuelo.
Ella sonrió y sacudió la cabeza haciendo sonar alegremente las campanillas.
¬óMenos de lo que te imaginas, estoy segura. Jam√°s has pasado un invierno con el Soberano Se√Īor. Una ojeada a las muchachas de Sycharth y olvidar√°s incluso que me has conocido.
¬óSin embargo, me gustar√≠a tener alg√ļn recuerdo tuyo.
¬ó¬ŅQu√© quieres? ¬óme pregunt√≥ con una maliciosa sonrisa.
Dije lo primero que me pasó por la cabeza.
¬óUna trenza de tus rubios cabellos.
Goewyn se echó a reír.
—Córtala, si es tu deseo.
Permaneció inmóvil ante mí, con una sonrisa en los labios y los brazos en jarras, mientras yo cortaba con mi cuchillo la punta de una de sus trenzas. La cogió y la anudó con un hilo de espliego que sacó de la orla de su manto, para que los cabellos no se destrenzaran.
—Vamos —dijo metiendo el recuerdo en mi cinturón—, es hora de que te despidas.
Me cogi√≥ del brazo y me condujo por el sendero empedrado hasta la casa donde Scatha recib√≠a a quienes le eran confiados y, una vez completado su entrenamiento, los desped√≠a a sus lugares de origen. Goewyn apart√≥ el cuero de buey que colgaba de la puerta y me indic√≥ que deb√≠a entrar yo solo. La habitaci√≥n estaba casi a oscuras, iluminada s√≥lo por la sofocante luz de dos braseros de hierro que flanqueaban la banqueta de campa√Īa de tres patas en la que estaba sentada el Caudillo de la Guerra.
Scatha vest√≠a un manto de color escarlata adornado de oro y verde, atado a su hombro derecho con un enorme broche de filigrana de oro con tres rutilantes esmeraldas. Llevaba puesto un suntuoso yelmo de bronce bru√Īido con incrustaciones de oro y plata; sus hermosos cabellos asomaban sueltos bajo el casco y le cubr√≠an los hombros. En las mu√Īecas y los brazos brillaban pulseras y brazaletes, regalos de los reyes y pr√≠ncipes a quienes hab√≠a servido. Detr√°s de ella, clavadas en el suelo, hab√≠a tres lanzas con puntas de plata y los astiles cruzados y atados con un cord√≥n de oro. Iba descalza y sus pies descansaban sobre un escudo redondo de cuero de buey con el centro y los bordes de bronce adornados con dibujos en espiral.
Gwenllian estaba en la sala, de pie entre las sombras. Me salud√≥ alzando una ceja cuando la mir√©, pero no dijo nada. Me acerqu√© a la bella Pen-y-Cat llev√°ndome la mano a la frente en se√Īal de reverencia y respeto.
¬ó¬ŅA qu√© vienes? ¬ópregunt√≥ Scatha dando comienzo a la ceremonia ritual que yo hab√≠a llegado a conocer tan bien.
¬óVengo a pedirte un favor, Caudillo de la Guerra ¬órepuse.
Ella asintió.
¬ó¬ŅQu√© favor solicitas, hijo m√≠o?
—Querría obtener el favor de tu bendición para abandonar tu hogar.
Las palabras me ara√Īaron y casi agarrotaron mi garganta.
¬ó¬ŅAd√≥nde vas, hijo m√≠o? ¬óinquiri√≥ con ternura, como una madre que ve a su hijo por √ļltima vez.
—Regreso al hogar de mi rey, Caudillo de la Guerra, porque me comprometí a servirle y a jurarle fidelidad por haberme socorrido.
—Si deseas vivir como un guerrero y consagrar tu vida a un rey, debes primero consagrar tu corazón a quienes van a servirte.
—Dime quiénes son —repliqué—, y haré lo que deba para consagrar mi vida y mi corazón a quienes me sirvan.
A estas palabras, Scatha alz√≥ la mano hacia Gwenllian, que se acerc√≥ r√°pidamente. Vi que llevaba una espada en la mano izquierda y una lanza en la derecha. Deposit√≥ la espada en manos de Scatha. √Čsta blandi√≥ la espada y me dijo:
—Aquí tienes al Hijo de la Tierra, cuyo espíritu fue forjado en el corazón del fuego. Cógela, hijo mío, y consérvala siempre.
Tend√≠ la mano derecha, cog√≠ la espada por la hoja y la apret√© contra mi pecho, apoyando la empu√Īadura sobre el coraz√≥n.
¬óLa acepto para que me sirva, Pen-y-Cat.
El Caudillo de la Guerra inclinó la cabeza, se volvió para recibir la lanza de manos de Gwenllian y dijo:
—Aquí tienes al Hijo del Aire, cuyo espíritu se despertó en la oscuridad del bosque. Cógela, hijo mío, y consérvala siempre.
Tendí la mano izquierda, cogí la lanza por el astil y la apreté contra mi pecho.
¬óLa acepto para que me sirva, Pen-y-Cat.
Scatha alzó las manos con las palmas hacia arriba, a modo de bendición.
—Sigue tu camino, hijo mío. Tienes mi bendición para marcharte de aquí.
Con estas palabras concluía la ceremonia, pero yo sentí que faltaba algo, quería algo más. Me arrodillé y puse mis armas junto a los pies desnudos.
¬óQuisiera otra cosa m√°s, Caudillo de la Guerra.
Al oírme, Scatha enarcó sorprendida las cejas.
—Pide lo que tu corazón desee, hijo mío.
¬óEl mundo es vasto, Pen-y-Cat, y los que se van de este lugar no regresan jam√°s. No obstante, solicito el favor de tu bendici√≥n para regresar a tu hogar como si fuera un pariente, porque, si a partir de este d√≠a gozo de la vida, ser√° gracias a que t√ļ me la has dado.
Nuestro sabio Caudillo de la Guerra sonrió.
—El mundo es vasto, desde luego, hijo mío. Y es verdad que los que se van de este lugar no regresan jamás. Sin embargo, mi corazón es grande y hay sitio en mi casa. —Alzó las manos y las tendió hacia mí—. Ven, hijo mío.
Yo me incliné hacia ella y posé la cabeza en su pecho. Me acunó entre sus brazos, acariciándome las mejillas y los cabellos.
—Eres mi hijo —dijo con ternura—. Usa sabiamente la vida que te he dado y procura comportarte siempre con honor. Si nada te lo impide, regresa cuando desees. Siempre serás bienvenido bajo mi techo, hijo mío.
Scatha posó sus manos en mis hombros, me besó y luego me soltó.
Yo cogí mis armas y me marché. Ahora era hijo de Scatha, uno más de su innumerable prole, con libertad de ir y venir cuando quisiera. Me sentía contento, aunque hubiera preferido no tener que marcharme nunca.
Vi a Goewyn otra vez antes de embarcar. El día se había puesto frío, y grises nubes bajas se acercaban por el este cruzando la bahía. La marea estaba subiendo y algunos muchachos aguardaban ya en la orilla, deseosos de embarcar. Estaban lanzando piedras a las gaviotas que chillaban indignadas sobre sus cabezas. Caminé con Goewyn por la playa cogidos de la mano. Le dije que regresaría, pero no se lo juré, porque ambos sabíamos que era mejor no hacer juramentos que quizá no podríamos cumplir.
Cuando lleg√≥ la hora, camin√© por las aguas hacia el barco, sub√≠ a bordo y me instal√© en la proa para contemplar por √ļltima vez Ynys Sci. Goewyn permanec√≠a en la orilla aferrando con los pu√Īos el manto amarillo mientras la espuma de las olas empapaba su t√ļnica de color de brezo. El sol poniente asomaba d√©bilmente por el acantilado, ti√Īendo la arena de rojo y oro. Las aguas del mar, de color verde y oro, se agitaban como bronce fundido, y su brillo iluminaba el rostro de Goewyn.
Mientras los √ļltimos pasajeros trepaban por el costado m√°s bajo y luego el barco comenzaba a moverse lentamente adentr√°ndose en aguas m√°s profundas, Goewyn alz√≥ la mano en se√Īal de despedida. Yo correspond√≠ al saludo y ella se dio la vuelta y corri√≥ por la playa hacia el sendero que sub√≠a al caer. La contempl√© mientras ascend√≠a; cuando lleg√≥ arriba, me pareci√≥ que se deten√≠a y dirig√≠a una √ļltima mirada al barco por encima del hombro.