18 - La escuela de scatha

La lanza que mi contrincante bland√≠a ten√≠a en lugar de una punta de metal un trozo de madera redondeado y pulido. Pero sus golpes hac√≠an da√Īo. Por eso me hallaba cubierto de morados de la cabeza a los pies y estaba comenzando a cansarme de ser derribado cada vez que me dispon√≠a a atacar. El peque√Īo bruto que sosten√≠a la lanza se consideraba superior a m√≠ en todo menos en edad.
Cynan Machae ten√≠a quince veranos aproximadamente, era corpulento para su edad y pese a su juventud era un formidable luchador. Era el t√≠pico ejemplar del hijo mimado de arist√≥crata: ten√≠a los cabellos como un tejado de paja en llamas, los ojos peque√Īos y hundidos de un vivo color azul, la piel blanca salpicada de pecas. Hac√≠a alardes de su arrogancia con el mismo insufrible orgullo con que ostentaba al cuello una gruesa torques de plata.
Siempre me había vencido, desde el momento mismo en que nos había emparejado nuestro instructor, Boru, un alto y esbelto genio de la jabalina. Boru, que también era un estudiante bajo la tutela de Scatha, podía arrojar una lanza tan lejos que nadie la veía, y podía hacer diana en una manzana en el preciso momento en que caía del árbol. La mayoría de los estudiantes lo escuchaba con suma atención cuando se dignaba hacer de instructor.
Mi √ļnica preocupaci√≥n aquel d√≠a era salvar mi malparado orgullo, evitar de alg√ļn modo que mi presuntuoso y joven contrincante me vapuleara una vez m√°s. Todos los d√≠as era la misma canci√≥n. Pero aquel d√≠a en particular me lo hab√≠a tomado m√°s en serio que nunca. Sin embargo, las perspectivas no eran demasiado halag√ľe√Īas y el tiempo iba pasando. Las pr√°cticas con lanza estaban a punto de acabar y yo todav√≠a ten√≠a que reparar mi autoestima.
Cynan estaba a unos diez pasos con la habitual sonrisa altanera en su pecoso rostro, y sostenía la lanza con ambas manos. Los dos sabíamos que, quienquiera que fuese el que iniciara el combate, acabaría como siempre: yo caería de espaldas con un agudo dolor en las costillas, el pecho, las espinillas, los hombros... o en cualquier otra parte que aquel pedante tuviera a bien golpear.
Al observar su aire pomposo, frío, elegante, sentí que la sangre me hervía en las venas. Me juré a mí mismo que borraría de su rostro para siempre aquella altanera sonrisa. Mientras sopesaba mi lanza, una idea atravesó mi lastimada mollera.
Di un paso al frente. Cynan se puso en guardia.
Di otro paso, luego otro más. Cynan avanzó hacia mí sonriendo.
¬ó¬ŅQuieres que te derribe otra vez? ¬ŅA√ļn no has tenido bastante por hoy?
¬óS√≥lo una vez m√°s ¬óle dije sin inmutarme. ¬ęS√≠, una vez m√°s, asquerosa sabandija¬Ľ, pens√©.
Se acercó un poco más con sonrisa alegre y despectiva. Era engreído y cruel; disfrutaba derribándome. Muy bien, ya me había aporreado demasiadas veces, y yo ya no tenía nada que perder. Si volvía a derribarme, para mí sólo significaría un fracaso más en una serie inacabable y desgraciada de derrotas. Pero si mi plan resultaba...
Incliné mi lanza despuntada. Cynan hizo lo mismo. Avancé un paso más. Mi contrincante otro.
Boru, que estaba en el centro del campo de entrenamiento, se llevó el cuerno de plata a los labios y emitió un agudo sonido que significaba el final de las prácticas. Pero yo fingí no oírlo. Una expresión de sorpresa apareció en el condenado rostro de Cynan. Por lo general era yo el primero dispuesto a abandonar.
¬ó¬ŅNo te das por vencido?
—Hoy no, Cynan. Muévete.
El muchacho avanzó, descargando rápidos y cortos lanzazos con la esperanza de hacerme retroceder. Pero yo me mantuve en mi sitio sin moverme y dejé que se acercara más.
¬óHoy te muestras particularmente obstinado, Collri ¬óse burl√≥¬ó. Tendr√© que ense√Īarte modales.
Todos me llamaban burlonamente Collri, que significa ¬ęperdedor¬Ľ, lo que sin duda era a los ojos de mis j√≥venes camaradas guerreros.
¬óA ver c√≥mo me los ense√Īas, Cynan ¬ódije¬ó. Aqu√≠ te espero.
Los dem√°s, notando la tensi√≥n que hab√≠a entre nosotros, se hab√≠an congregado en torno. Se o√≠an pullas e insultos, pero la mayor√≠a estaba simplemente interesada en ver qui√©n era derribado. Algunos me daban consejos in√ļtiles y re√≠an con disimulo.
Cynan vio una ocasi√≥n que ni pintada para lucirse y se dispuso a aprovecharla. Baj√≥ la cabeza y arremeti√≥. Yo inclin√© la lanza y rechac√© el ataque como me hab√≠an ense√Īado. Intuyendo mi movimiento, Cynan aprovech√≥ el impulso descendente de la punta de su lanza para asestarme un golpe en la cabeza con el otro extremo. Era un h√°bil contragolpe, muy h√°bil.
Pero ya lo había usado otras veces. Y en esta ocasión no me cogió desprevenido. Extendí las manos y alcé mi lanza por encima de mi cabeza para detener el porrazo. Tal maniobra me dejó el estómago desprotegido. Cynan se dio cuenta y, dándose la vuelta, me lanzó una violenta patada al bajo vientre. Yo bajé rápidamente las manos.
Su lanza choc√≥ con el astil de la m√≠a. Aprovech√© la inercia del choque para bajar a√ļn m√°s mi lanza y le di un tremendo golpe en la espinilla de la pierna que hab√≠a levantado para patearme. Solt√≥ un aullido, m√°s de sorpresa que de dolor, estoy seguro. Los que nos rodeaban soltaron una sonora carcajada.
Cynan dirigió la punta de la lanza hacia mi rostro para hacerme retroceder. Pero yo la esquivé y le golpeé con contundencia los nudillos. Creí que perdería entonces el equilibrio y podría derribarlo. Pero me dio un tremendo codazo en las costillas y fui yo quien se tambaleó. Aprovechando la ventaja, Cynan adelantó un pie y me puso la zancadilla. Caí de espaldas en el polvo del campo de entrenamiento y entonces me aporreó la cabeza.
El insolente mocoso comenz√≥ a re√≠r, y los reunidos lo corearon. All√≠ estaba yo otra vez mordiendo el polvo. Vi su altanero rostro, vi que volv√≠a la cabeza para hacer una burlona se√Īa a Boru, que se hab√≠a unido a los mirones. Me hab√≠a vencido otra vez.
Al o√≠r sus carcajadas, me hirvi√≥ la sangre como si fuera lava, y todo a mi alrededor se colore√≥ de rojo. El batir de las olas retumbaba en mis o√≠dos. Sin pensarlo dos veces, bland√≠ la lanza contra las rodillas de Cynan y le descargu√© un violento golpe en ambas r√≥tulas. Cynan solt√≥ la lanza y cay√≥ hacia delante, mientras su risa de caballo se convert√≠a en un estrangulado ga√Īido.
Cayó de bruces a mi lado. Yo me arrodillé y apoyé el astil de mi lanza en su espalda. El muchacho besó el polvo. Me incorporé y lo golpeé con la punta de la lanza entre los omóplatos. Cynan se estremeció de dolor y perdió el conocimiento.
Yo cogí la lanza y me alejé. El círculo de ruidosos espectadores se había quedado en silencio. Nadie bromeaba ya; nadie se reía. Se miraban unos a otros muy asombrados.
Boru se abri√≥ paso entre los mirones y se inclin√≥ sobre Cynan. Le dio la vuelta, comprob√≥ con satisfacci√≥n que no lo hab√≠a matado e indic√≥ a los compa√Īeros de Cynan que se lo llevaran a la casa. Cuatro j√≥venes se adelantaron, levantaron en vilo al camarada ca√≠do y lo sacaron del campo de entrenamiento.
Cuando se hubieron marchado, Boru se dirigió a mí.
¬óBien hecho, Col.
Boru siempre me llamaba Col; se paraba a media palabra para evitar el insulto descarado, pues se conformaba con insinuarlo.
—Lo siento —murmuré.
—No, no debes sentirlo —replicó en voz suficientemente alta para que los mirones lo oyeran—. Te has portado muy bien —declaró, palmoteándome la espalda—. No es fácil vencer a un enemigo cuando uno ya ha sido derribado. No te diste por vencido..., y eso es lo que separa en el campo de batalla a los vivos de los muertos.
Boru se dirigió a los espectadores y les ordenó disolverse. Los mirones lo obedecieron entre murmullos. Seguramente el incidente sería el tema de conservación en la cena. Me pregunté lo que diría Scatha cuando se enterara.
No tuve que esperar demasiado para averiguarlo, porque en cuanto Boru y los demás se hubieron marchado oí el ligero tintineo de las herraduras de un caballo. Me volví y vi que se acercaba Scatha montada en un caballo negro cubierto de espuma por la dura cabalgada.
Scatha era nuestro jefe de batalla: no hab√≠a mujer m√°s hermosa que ella, ni tampoco m√°s certeramente mortal. Bajo el casco de bronce asomaban sus cabellos trenzados, que brillaban como oro bru√Īido; sus ojos azul p√°lido, adornados con largas pesta√Īas y suaves cejas, ten√≠an una expresi√≥n fr√≠a; sus labios eran gruesos pero bien dibujados. Sus facciones eran id√©nticas a las que adornan las esculturas cl√°sicas de Atenea o Venus. Si es posible que exista algo as√≠ como la poes√≠a de la batalla, ella lo era: gr√°cil y fuerte, deslumbradora y terriblemente peligrosa.
Scatha ten√≠a fama de ser el guerrero m√°s h√°bil de Albi√≥n. Y era en la escuela de Scatha, en la isla de Sci, donde yo me esforzaba por aprender el arte de la guerra. ¬°Arduo esfuerzo! Me levantaba al alba para correr hasta la playa y ba√Īarme en las aguas heladas del mar; luego tomaba un frugal desayuno de pan negro con agua e inmediatamente despu√©s me dedicaba a las actividades del d√≠a: pr√°cticas de espada, lanza, cuchillo y escudo, conferencias de estrategia, lecciones de distintas clases de combate, gimnasia, deportes, lucha libre, etc. Cuando no est√°bamos corriendo, escalando o luchando, est√°bamos sobre la silla de montar. Cabalg√°bamos sin cesar: hac√≠amos carreras en la playa, caz√°bamos en las colinas boscosas y en las ca√Īadas de la isla o nos enzarz√°bamos en simulacros de batallas.
Yo me hab√≠a acostumbrado a ese r√©gimen de vida y la mayor√≠a de las veces disfrutaba de lo lindo. Pero a decir verdad no progresaba como guerrero. Al parecer todav√≠a me faltaba alg√ļn misterioso ingrediente con el cual aglutinar en un arm√≥nico y efectivo conjunto las habilidades aprendidas. Era el √ļltimo entre mis compa√Īeros, que adem√°s eran todos m√°s j√≥venes que yo. Muchachos que contaban apenas ocho veranos pose√≠an habilidades que yo s√≥lo pod√≠a imaginar, y me demostraban su superioridad a cada momento sin la menor compasi√≥n.
Juro por lo m√°s grande que uno no conoce lo que es realmente la humillaci√≥n hasta que no ha sido vencido por ni√Īos.
Salí al encuentro de Scatha y comprendí por la desaprobadora y adusta expresión de su rostro que había visto lo que yo acababa de hacer.
¬óPor fin derrotaste a Cynan. Le has dado una buena lecci√≥n ¬ódijo, pero a continuaci√≥n a√Īadi√≥ con agudeza¬ó. Sin embargo, yo que t√ļ no esperar√≠a que me diera las gracias.
¬óNo ten√≠a intenci√≥n de hacerle da√Īo ¬óexpliqu√© haciendo un gesto vago hacia los muchachos que se llevaban el cuerpo inerte de mi adversario fuera del campo de entrenamiento. Los pies de Cynan iban dejando en el polvo una larga huella.
—Pues claro que la tenías —replicó Scatha—. Si tu lanza hubiera tenido una punta de metal en lugar de madera de abedul, lo habrías matado.
¬óNo, yo...
La mujer me impuso silencio con un breve adem√°n.
¬óHoy te enfrentaste a dos enemigos y fuiste vencido por uno de ellos.
No entendí lo que quería decirme.
¬ó¬ŅQu√© dos enemigos, Pen-y-Cat?
Me dirig√≠ a ella con el t√≠tulo que tanto la enorgullec√≠a: Caudillo de la Guerra. Lo era sin duda, y m√°s a√ļn: era un adversario astuto y taimado, con un sinf√≠n de recursos; el enemigo m√°s sagaz y malicioso con el que uno se pudiera topar jam√°s.
Scatha me respondió en voz baja:
—Estabas encolerizado, Col. La cólera te venció hoy.
Era cierto.
—A lo mejor la próxima vez no tendrás tiempo de lamentarlo. Ya estarás muerto.
Se dio la vuelta y se dispuso a conducir su caballo al establo. Me indic√≥ que la acompa√Īara.
—Si tienes que derrotar a dos enemigos cada vez que entres en batalla, pronto estarás fuera de combate. Y, entre dos enemigos, la cólera es siempre el más fuerte.
Abrí la boca para decir algo, pero Scatha no me dejó que la interrumpiera.
¬óDeja a un lado el miedo ¬óme dijo en tono terminante¬ó, de otro modo acabar√° por matarte.
Bajé la cabeza. Tenía toda la razón, desde luego. Yo tenía miedo del ridículo, de la humillación, de la derrota... Pero sobre todo tenía miedo de que me hirieran, de que me mataran.
¬óLa proeza de vencer a Cynan es obra tuya, Col. Tienes de sobra condiciones para lograrlo, pero debes aprender a sacarlas de ti mismo. Para conseguirlo, tienes que dejar a un lado el miedo.
—Lo comprendo. Trataré de hacerlo —le prometí.
Scatha se detuvo y me miró.
¬ó¬ŅTan lastimosa es la vida en el mundo del que procedes que debes apegarte a ella?
¬ŅLastimosa? Seguramente hab√≠a querido significar todo lo contrario. A decir verdad, aquel modo de hablar segu√≠a desconcert√°ndome.
¬óNo te entiendo.
—Es el pobre quien se aferra con desesperación al oro que encuentra por temor a perderlo. El hombre rico despilfarra su oro con liberalidad para satisfacer sus deseos. Lo mismo ocurre con la vida.
Avergonzado s√ļbitamente de mi visible pobreza, baj√© la mirada. Pero Scatha me cogi√≥ la barbilla y me oblig√≥ a levantar la cara.
¬óAf√©rrate con desesperaci√≥n a la vida y la perder√°s, querido guerrero ¬ęque se resiste a serlo¬Ľ. Tienes que lograr ser due√Īo de tu vida, no esclavo de ella.
Sondeé en la profundidad de sus ojos y constaté que estaba en lo cierto; sabía que estaba diciendo una gran verdad y que me veía tal como yo era. De pronto deseé con todas mis fuerzas demostrar mi valía ante aquellos claros y azules ojos. Si era la largueza de espíritu lo que hacía grande a un guerrero, yo me convertiría en un verdadero dilapidador.
—Gracias, Pen-y-Cat —murmuré agradecido—. Tus palabras encierran sabiduría y verdad. Las recordaré siempre.
¬óProcura hacerlo. ¬óScatha inclin√≥ la cabeza en se√Īal de que aceptaba mi cumplido¬ó. No hay gloria alguna en entrenar a guerreros para la muerte.
Luego me tendió las riendas de su caballo y se alejó, dejándome solo para que atendiera al animal; era el castigo por haber perdido los estribos con Cynan.
Seg√ļn mis c√°lculos, llevaba en la escuela de Scatha seis meses. El pueblo de Albi√≥n no se reg√≠a por meses sino por estaciones, lo cual hac√≠a ligeramente dif√≠cil llevar cuenta precisa del tiempo. Pero hab√≠an pasado dos estaciones desde mi llegada a Ynys Sci, y dos m√°s hac√≠an el a√Īo. Al final de la tercera estaci√≥n, rhylla, el equivalente en el Otro Mundo al oto√Īo, la mayor√≠a de los muchachos regresar√≠a a sus casas para pasar el invierno con sus clanes y tribus. Pero yo no. Siempre unos cuantos j√≥venes, los de mayor edad, como Boru, se quedaban durante los oscuros y tristes meses de aquellas latitudes septentrionales azotadas por el viento fr√≠o y helado.
En la isla había aproximadamente un centenar de muchachos entrenándose para llegar a ser guerreros. Los más jóvenes eran entrenados en un grupo aparte, aunque la división no se hacía estrictamente por edades. Dependía sobre todo de la altura y las aptitudes. A mí a veces me ponían con los mayores, aunque era un pobre rival para su destreza y ni siquiera tenía la habilidad necesaria para hacer emocionantes los combates. En consecuencia, era el blanco de sus bromas y la diana de sus burlas.
No los culpaba por ello. La verdad es que era un guerrero desastroso. Pero hasta aquel día no había deseado realmente tener éxito. Ahora sí lo deseaba. Y no sólo éxito; deseaba aplausos y honores. Deseaba recubrirme de gloria ante los ojos de Scatha..., o por lo menos evitar que me despreciara.
Aquella noche, cuando hube acabado de limpiar, alimentar e instalar el caballo en el establo, me un√≠ a mis compa√Īeros en el sal√≥n alumbrado por antorchas donde com√≠amos. Pero esa noche no fui recibido con silbidos y mofas; esa noche fui recibido con un silencio cercano al respeto. Se hab√≠a extendido la noticia de mi combate con Cynan y la mayor√≠a, si no todos, estaba de parte de mi adversario. Estaban molestos conmigo porque lo hab√≠a vencido y me hicieron el vac√≠o. Sin embargo, su silencio me result√≥ m√°s tolerable que sus burlas.
Boru fue el √ļnico que se dign√≥ sentarse a la mesa conmigo. Comimos juntos, pero hablamos poco.
—No veo a Cynan —comenté, paseando la mirada por las mesas del salón.
¬óNo tiene hambre esta noche ¬órepuso Boru con afabilidad¬ó. Creo que le duele la cabeza.
—Pen-y-Cat cree que me dejé llevar por la ira —dije, y le relaté mi conversación con Scatha.
Boru escuchó con atención mi relato.
—Nuestro Caudillo de la Guerra es sabia —afirmó solemnemente—. Hazle caso. —Una sonrisa alegre le iluminó el rostro—. No obstante, me parece que te has ganado un nombre nuevo. Ya no te llamas Collri. A partir de hoy serás Llyd.
Me invadió un repentino placer.
¬ó¬ŅDe veras lo crees, Boru?
Mi amigo asintió con un leve ademán.
¬óEspera y ver√°s.
Poco después se subió a la mesa y, llevándose el cuerno de plata a los labios, emitió un sonido que resonó en el salón. Todos dejaron de comer y de hablar y lo miraron.
—¡Hermanos! —exclamó—. Soy un hombre afortunado entre los hombres. Hoy presencié algo maravilloso.
Los bardos a veces introducían sus discursos con esa fórmula.
¬ó¬ŅQu√© viste? ¬ófue la esperada respuesta de los comensales.
Todos se dispusieron a escuchar.
¬óVi c√≥mo a un mu√Ī√≥n le sal√≠an piernas y comenzaba a andar, vi c√≥mo un pat√°n alzaba con orgullo la cabeza ¬órespondi√≥ Boru.
Todos se echaron a reír; creían que se estaba burlando de mí. Y a decir verdad yo también lo pensé.
Pero, antes de que tuviera tiempo de esconder la cabeza bajo el ala, Boru extendió su mano hacia mí y dijo:
—Hoy vi el espíritu de un guerrero encenderse en las llamas de la ira. ¡Llyd ap Dicter, bienvenido seas!
Las palabras de Boru resonaron en el silencio de la sala. Le agradec√≠a infinitamente su noble gesto, pero al parecer hab√≠a sido en vano. Los ce√Īudos rostros que se alineaban en las mesas de la sala no iban a dejar que escapara a su desprecio, no iban a liberarme de sus sarcasmos.
Eché una mirada en torno y descubrí la razón de aquel mudo rechazo: Cynan estaba junto a la puerta de la sala. Había oído el discurso de Boru y tenía el entrecejo fruncido. Nadie deseaba avergonzar a Cynan alabándome ante él. Por eso el generoso rasgo de Boru había fracasado. Cynan me había vencido una vez más.
El joven mir√≥ con arrogancia a Boru y despu√©s a m√≠. Entr√≥ en la sala y avanz√≥ hacia m√≠, con las mejillas tan rojas como el cabello, los ojuelos entrecerrados y el rostro ce√Īudo. Sent√≠ un nudo en el est√≥mago. Ven√≠a a desafiarme delante de todos los all√≠ reunidos. Yo no ten√≠a esperanza alguna de sobrevivir.
Cynan se detuvo frente a mí. Traté de aparentar tranquilidad y despreocupación al enfrentarme a su severa mirada. Nos contemplamos un momento de hito en hito. Boru, consciente de lo que estaba a punto de ocurrir, intervino:
¬óBienvenido, Cynan Machae. Hemos echado de menos tu agradable compa√Ī√≠a esta noche.
¬óNo ten√≠a hambre ¬ógru√Ī√≥ el arrogante joven; luego se dirigi√≥ a m√≠¬ó. Lev√°ntate.
Me puse en pie despacio y me encaré con él tratando desesperadamente de encontrar una salida para aquel apurado brete. Boru bajó de la mesa al banco, dispuesto a interponerse entre los dos.
Cynan alz√≥ lentamente la diestra y esgrimi√≥ el pu√Īo ante mi rostro. Con el pu√Īo casi roz√°ndome las narices, levant√≥ la mano izquierda y junt√≥ los pu√Īos en gesto de col√©rico desaf√≠o. Luego se llev√≥ las manos a ambos lados de la garganta y con gesto pausado tir√≥ de los extremos de su torques de plata y se la quit√≥; supuse que lo hac√≠a para no resultar da√Īado en el combate.
Luego tendió las manos, me puso el ornamento de plata al cuello y lo cerró, y, cogiéndome un brazo, lo alzó por encima de mi cabeza.
Me había regalado su objeto más querido, el símbolo de su linaje noble. No se mostraba en absoluto contento, pero había querido hacerme aquel regalo ante todos los reunidos.
¬óSalve, Llyd ¬órefunfu√Ī√≥ amenazadoramente.
Acto seguido me soltó el brazo e hizo ademán de marcharse.
—Siéntate conmigo, hermano —repuse yo.
De todas las cosas que podría haber dicho, no sé por qué elegí aquellas palabras. Cynan tenía un aire tan desdichado que supongo que creí que debía consolarlo. A decir verdad, sabía perfectamente que lo había vencido por pura casualidad; en cualquier otro momento yo no habría salido tan bien parado. Además, ahora ostentaba yo su más preciado tesoro y podía permitirme el lujo de mostrar magnanimidad.
Se dio la vuelta para encararse conmigo con los pu√Īos apretados. Boru adelant√≥ una mano y lo cogi√≥ por el hombro.
—Tranquilo, hermano —dijo con voz suave—. Has hecho lo que debías. No manches la grandeza de tu noble tributo con una pelea indecorosa.
Cynan expresó lo que pensaba del consejo de Boru con una mirada furiosa.
—Un guerrero jamás rinde tributo de buena gana —afirmó con voz estrangulada.
—Deja que te diga que, a menos que lo hagas de buena gana, no hay grandeza ninguna en un regalo —se apresuró a replicar Boru.
Cynan pareció vacilar pero no se sentó.
¬óVamos ¬ódijo Boru amablemente¬ó, no te deshonres con una pelea por un regalo que ya has hecho.
Al contemplar el rostro de mi joven enemigo congestionado por la c√≥lera, sent√≠ por √©l sincera compasi√≥n. ¬ŅPor qu√© me hab√≠a dado la torques? Era evidente que no deseaba hacerlo. ¬ŅQu√© lo hab√≠a impulsado a regal√°rmela?
¬ó¬ŅAcaso esa chucher√≠a de plata vale m√°s que tu honor? ¬óle pregunt√≥ Boru.
Cynan torci√≥ a√ļn m√°s el gesto. Algunos espectadores comenzaron a murmurar, y Cynan not√≥ que estaba perdiendo popularidad. Parec√≠a a punto de comenzar a dar coces porque cre√≠a que no ten√≠a otra salida.
¬óMe has honrado con tu regalo, Cynan ¬óle dije en voz muy alta para que todos los comensales me oyeran¬ó. Lo acepto con la m√°xima humildad, porque me consta que no soy digno de recibirlo.
El ce√Īo de Cynan pareci√≥ iluminarse con un liger√≠simo destello de asombrado asentimiento.
¬óT√ļ sabr√°s ¬órepuso sin confirmar ni contradecir mis palabras.
—Por eso, para corresponder a tu regalo, permíteme que te haga yo otro.
Mis palabras lo cogieron por sorpresa; el muchacho no sabía qué pensar. Pero estaba lo bastante intrigado como para aceptar.
—Si quieres hacerme un regalo, no voy a impedírtelo.
—Eres muy amable, hermano —respondí.
Con sumo cuidado me quité del cuello la torques de plata y se la puse a él.
Cynan me miró asombrado.
¬ó¬ŅPor qu√© lo has hecho? ¬ópregunt√≥ con voz temblorosa¬ó. ¬ŅAcaso quieres burlarte de m√≠?
¬óNo, Cynan ¬ócontest√©¬ó. S√≥lo deseo honrarte con un regalo tan valioso como el que t√ļ me has hecho. Y, como no tengo nada excepto esta torques que acabas de darme, te la regalo.
La respuesta le agrad√≥, porque le permit√≠a a la vez conservar su autoestima y recuperar su valioso tesoro. El ce√Īo desapareci√≥ de su rostro, reemplazado por una expresi√≥n de alivio y asombro.
¬ó¬ŅQu√© dices a esto, Cynan? ¬óinquiri√≥ Boru.
—Acepto tu inestimable regalo —se apresuró a responder Cynan para no darme tiempo a que cambiara de idea.
¬óMuy bien ¬ódije¬ó. Entonces ¬Ņpuedo pedirte que te sientes conmigo?
Cynan permaneció impasible, pues su orgullo no le permitía dar el brazo a torcer tan pronto. Boru se hizo a un lado y le indicó el banco.
—Siéntate, hermano —le instó—. Ocupa mi puesto.
El orgulloso joven se llevó la mano a la torques de plata y cedió por fin. Su rostro se ensanchó en una amplia sonrisa.
¬óDespu√©s de todo, quiz√° pueda comer algo ¬ódeclar√≥¬ó. No se puede desde√Īar un puesto entre guerreros.
Cynan y yo nos sentamos juntos y comimos del mismo bol. Por primera vez hablamos como si fuéramos algo más que contrincantes.
—Llyd ap Dicter —musitó cogiendo un pedazo de pan—. El colérico hijo de la furia; es un excelente hallazgo, Boru. Deberías ser bardo.
¬ó¬ŅUn guerrero bardo? ¬ópregunt√≥ Boru con exagerado inter√©s¬ó. Nunca ha existido en Albi√≥n algo parecido. Muy bien, yo ser√© el primero.
Se echó a reír y Cynan lo imitó, pero yo no pesqué el chiste. No veía la gracia de tan peculiar conjunción.
Luego se habló de otras cosas. Vi que Cynan se llevaba la mano de vez en cuando a la torques, como si no pudiera creer que la había recuperado.
¬óEs una hermosa torques ¬óle dije¬ó. Espero tener alg√ļn d√≠a una igual.
—No hay otra igual —aseguró Cynan, henchido de orgullo—. Me la dio mi padre, el rey Cynfarch de Galanae.
¬ó¬ŅPor qu√© me la regalaste? ¬ópregunt√©, intrigado por aquel misterio; era evidente que Cynan ten√≠a al objeto en mucha estima.
¬óMi padre me hizo jurar que se la regalar√≠a al primer hombre que me venciera en la lucha. Si regresara a mi hogar sin ella, no podr√≠a unirme al ej√©rcito de mi clan ¬órespondi√≥ Cynan acariciando la torques¬ó. Es el √ļnico objeto que he recibido de manos del rey. Siempre lo he reverenciado.
Hablaba con toda sinceridad, sin el menor rencor y sin la menor autocompasi√≥n. Pero a m√≠ me entraron ganas de llorar al pensar que Cynan estaba obligado a vivir y trabajar con tan abrumadora responsabilidad de perfecci√≥n. ¬ŅC√≥mo deb√≠a de ser aquel padre que le hac√≠a a su hijo un regalo hermoso y a la vez convert√≠a al chico en un esclavo de la joya? No le encontraba sentido alguno, pero por lo menos me ayud√≥ a comprender a Cynan un poco mejor.
Y también comprendí que para él confiar su secreto a alguien era un sacrificio casi tan grande como regalar la torques. Aun así, había estado dispuesto a hacerlo, del mismo modo que había estado dispuesto a cumplir un juramento que sólo él conocía y que hubiera podido costarle la más querida de sus posesiones. Si hubiera simplemente incumplido el juramento, nadie lo habría sabido.
Estaba maravillado ante la extraordinaria fidelidad de Cynan. Aunque hacía poco tiempo que se afeitaba, ya era un hombre en el que se podía confiar hasta la muerte. Su sentido de la lealtad me hacia sentir como un gusano.
¬óCynan ¬ódije¬ó, quiero pedirte un favor.
¬óPide lo que quieras, Llyd, y lo tendr√°s ¬órepuso con sincera amistad.
¬óEns√©√Īame esa treta con la lanza ¬óped√≠, moviendo las manos como si estuviera golpeando la mollera de un enemigo.
Cynan sonrió complacido.
¬óTe la ense√Īar√©, pero debes guardar celosamente el secreto. ¬ŅDe qu√© nos servir√≠a si llegara a o√≠dos de todos nuestros enemigos?
Hablamos de muchas cosas durante la velada. Cuando nos levantamos de la mesa para retirarnos a dormir, nos habíamos convertido en buenos amigos.