17 - Camino de ynys sci

Era imposible estar de malhumor en aquella hermosa tierra. Viajamos durante d√≠as a trav√©s del m√°s bello lugar que imaginarse pueda: el paisaje me dejaba sin aliento, me fascinaba. Cada cien metros me entraban ganas de detenerme a admirar el panorama. Si Tegid me lo hubiera permitido, a√ļn estar√≠amos de viaje hacia Ynys Sci.
Viaj√°bamos ligeros de equipaje; yo s√≥lo llevaba mis ropas y Tegid su vara de roble y una bolsa de cuero en la silla de montar que conten√≠a unas pocas provisiones. Sin embargo, mi gu√≠a impon√≠a una marcha lenta, aunque regular. Yo se lo agradec√≠a infinitamente. No hab√≠a montado a caballo desde que era un ni√Īo, durante las fiestas del condado, y adem√°s en un poni. Tegid me dio tiempo a que recordara los escasos rudimentos de equitaci√≥n que pose√≠a y me ense√Ī√≥ lo mucho que me quedaba por aprender. Me mostr√≥ c√≥mo guiar al caballo con una simple presi√≥n de rodilla, de modo que las manos me quedaran libres para manejar el escudo y la espada o la lanza. Todos los d√≠as, de vez en cuando, azuzaba a los caballos y los pon√≠a al galope, de modo que pronto aprend√≠ a mantenerme firme en la silla y a amortiguar las sacudidas del animal.
Los d√≠as eran suaves y claros, las noches frescas y secas; poco a poco la tierra iba templ√°ndose para recibir a la primavera. Nos dirig√≠amos hacia el noroeste a trav√©s de los anchurosos baj√≠os sobre el r√≠o Sychnant, por un antiguo camino de monta√Īa que un rey llwyddio hab√≠a trazado para comunicar los asentamientos m√°s alejados. Tegid lo llamaba Sarn Meldraen. Seg√ļn dijo, recib√≠a ese nombre en homenaje a uno de los m√°s famosos antepasados de Meldryn Mawr.
Tegid me contó muchísimas cosas. Al principio yo entendía muy pocas, pero era un maestro infatigable y me hablaba sin parar desde las primeras luces del alba hasta la noche, cuando yo apenas podía mantener los ojos abiertos. Gracias a que me repetía las cosas una y otra vez con un celo envidiable, logré hacerme con un rudimentario vocabulario del protogaélico que hablaban los habitantes de Albión.
Desde luego, algunos t√©rminos me resultaban familiares, pues hab√≠a encontrado muchos arca√≠smos durante mis estudios de las tradiciones c√©lticas y hab√≠an cambiado poco. ¬ŅY por qu√© no? Al fin y al cabo, los bardos de la antigua Gran Breta√Īa mantuvieron siempre que su lenguaje emanaba del Otro Mundo. Muchos catedr√°ticos descartaban semejantes historias, por considerarlas insensatas jactancias de una desharrapada tribu que pretend√≠a presumir de ilustres antepasados. Pero al o√≠r el lenguaje de la √°gil lengua de Tegid, desech√© tales dudas. El lenguaje de Albi√≥n era rotundo y sutil, muy expresivo y riqu√≠simo en color, sonido y movimiento. No era dif√≠cil identificarlo como la ra√≠z del moderno ga√©lico.
Como Tegid y yo no ten√≠amos nada m√°s que hacer durante el viaje, procuraba imitar la pronunciaci√≥n de mi maestro lo mejor que pod√≠a, pese a la dif√≠cil articulaci√≥n de las s√≠labas y a la compleja matizaci√≥n de las vocales. En su honor debo decir que jam√°s se burl√≥ de mis esfuerzos, a menudo infructuosos. Me correg√≠a con suma paciencia los errores y alababa el m√°s peque√Īo de los logros. Inventaba juegos de palabras y se hac√≠a el sordo cuando por cansancio o frustraci√≥n yo me pasaba al ingl√©s. Parec√≠a realmente interesado en ense√Īarme las endemoniadas complejidades de su idioma y jam√°s esquivaba una palabra o construcci√≥n extra√Īas. Y, en cuanto yo consegu√≠a dominar un estadio discreto, me alentaba y empujaba a familiarizarme con construcciones m√°s refinadas y complejas.
Con una ense√Īanza tan intensa e imaginativa, pronto me familiaric√© con lo que los bardos llaman Moddion-o-Gair, los Caminos de Palabras. Y, a medida que aprend√≠a, comenc√© a ver el mundo con m√°s claridad. S√© que suena a excentricidad, pero es la pura verdad. En efecto, cuantas m√°s palabras ten√≠a para nombrar las cosas, con m√°s facilidad estructuraba mis pensamientos y m√°s vividos llegaban a ser. El conocimiento se hac√≠a m√°s profundo y la conciencia m√°s aguda.
Creo que todo esto ten√≠a que ver con la esencia de aquel lenguaje: no hab√≠a palabras muertas. No hab√≠a palabras que hubieran sufrido la rapi√Īa de la ignorancia semiculta de los medios de comunicaci√≥n, o hubieran visto diluida su sustancia con el mal uso; ni palabras que hubieran perdido su significado por el abuso, o se hubieran empobrecido por el doble sentido del lenguaje burocr√°tico. En consecuencia, el lenguaje de Albi√≥n era un valor en curso, un lenguaje pleno de significaci√≥n: po√©tico, exacto, pre√Īado de ritmo y sonido. Cuando las palabras eran pronunciadas en voz alta, ten√≠an el poder de llegar tanto al coraz√≥n como a la cabeza: hablaban al alma. En labios de un bardo, una historia se convert√≠a en una asombrosa revelaci√≥n, una canci√≥n se convert√≠a en una maravilla de belleza casi paralizante.
Tegid y yo viajamos durante tres semanas (las llamo semanas aunque los bardos no contaban el paso de los días de esa manera), tres semanas durante las que viví y respiré el lenguaje de Albión: junto al fuego, por la noche, cuando acampábamos; sobre la silla, cuando cabalgábamos; junto a los arroyos de frías aguas, y junto a los sombríos emparrados en los que nos deteníamos a comer y a descansar. Cuando llegamos a Ffim Ffaller ya había aprendido a hablar celta, aunque a decir verdad era un celta lacónico y rudimentario.
Aprend√≠ mucho acerca del mundo que me rodeaba. Albi√≥n era una isla, cosa que en el fondo de mi coraz√≥n sospechaba; ocupaba el mismo lugar y ten√≠a la misma forma en su mundo que Gran Breta√Īa en el mundo real. Tegid extendi√≥ en el suelo un mapa para mostrarme ad√≥nde √≠bamos. Aunque las similitudes eran muchas y asombrosas, la diferencia estribaba sobre todo en el tama√Īo: Albi√≥n era much√≠simo m√°s extensa que la Gran Breta√Īa que yo hab√≠a dejado atr√°s. A juzgar por las distancias que est√°bamos recorriendo, Albi√≥n era inmensa; tanto aquella tierra como el mundo que la conten√≠a era mucho mayor de lo que hubiera podido imaginar.
Tambi√©n aprend√≠ algo de la flora y de la fauna, pues Tegid demostr√≥ ser una verdadera fuente de informaci√≥n. Nada escapaba a su atenci√≥n, ni en el cielo ni en la tierra. Ning√ļn detalle era tan insignificante, ning√ļn incidente tan trivial que no pudiera llegar a desembocar en una aut√©ntica lecci√≥n magistral. Era un hombre incansable.
No obstante, a pesar de ser tan buen maestro, Tegid no mostr√≥ el m√°s m√≠nimo inter√©s por saber de d√≥nde proced√≠a yo y c√≥mo hab√≠a llegado a la corte de Meldryn Mawr. No me pregunt√≥ nada sobre mi mundo. Al principio, juzgu√© muy extra√Īa su indiferencia. Pero, a medida que pasaban los d√≠as, se la agradec√≠. Poco a poco fui siendo cada vez m√°s reacio a pensar en el mundo real. De hecho, dej√© de pensar en √©l d√≠as enteros y encontr√© en el olvido una liberaci√≥n.
Me entregu√© en cuerpo y alma al tutelaje de Tegid y aprend√≠ un mont√≥n de cosas acerca de Albi√≥n, muchas m√°s de las que hubiera podido descubrir yo solo durante a√Īos. Al mismo tiempo, aprend√≠ un mont√≥n de cosas acerca de mi gu√≠a y compa√Īero.
Tegid Tathal ap Talaryant era bardo e hijo de bardo. Era bastante apuesto, con ojos del color de la pizarra de las monta√Īas, un hoyuelo en la barbilla y una boca ancha y expresiva; parec√≠a el modelo que hab√≠a inspirado el Poeta Meditabundo. Tegid era de linaje noble, cosa que evidenciaba cada una de las l√≠neas de su bien constituido esqueleto. Hab√≠a nacido en una tribu del sur que durante generaciones hab√≠a provisto de bardos a los reyes llwyddios. A su lado, era consciente de la vulgaridad de mi aspecto: aquella gente tan hermosa deb√≠a de encontrarme muy feo, con mi jeta vulgar y mi constituci√≥n esmirriada.
Aunque mi maestro a√ļn era joven, por lo menos seg√ļn los patrones de Albi√≥n, ya era un brehon, s√≥lo tres escalones por debajo de un penderwydd o del Bardo Supremo. Brehon era la fase del aprendizaje de bardo durante la cual deb√≠a familiarizarse con las complejidades de la vida de la tribu, desde las normas que regulaban la elecci√≥n de un rey y el protocolo de la corte, hasta las m√°s insignificantes disputas entre granjeros y el n√ļmero de ovejas que hab√≠a que pagar por usurpar el lugar de un hombre en su lecho. Cuando se hubiera convertido en una autoridad en todo tipo de asuntos, tanto p√ļblicos como privados, el bardo se convertir√≠a en un gwyddon y despu√©s en un derwydd.
Los grados en la carrera de un bardo eran complicados y ceremoniosos, y sus funciones habían quedado bien definidas a través de eones de una tradición aparentemente inalterable. El candidato partía del estadio de mabinog, que tenía dos subdivisiones distintas, cawganog y cupanog, e iba ascendiendo los diferentes grados: filidh, brehon, gwyddon, derwydd, y finalmente penderwydd, a veces llamado el Jefe de la Canción. Había además un penderwydd superior a todos, el Jefe de los jefes, por así decir. Se lo llamaba el Phantarch, y era elegido por sus iguales mediante aclamación para que reinara sobre todos los bardos de Albión.
Seg√ļn me cont√≥ Tegid, la Isla de la Fuerza estaba protegida por el Phantarch de una forma misteriosa. Tal como lo explicaba parec√≠a como si el Phantarch sostuviera sobre sus hombros el reino. Supuse que se trataba de una curiosa met√°fora.
Durante la primera semana la silla de montar me produjo rozaduras y me fatigaban muchísimo los rigores del viaje. Al cumplirse la segunda semana, ya le hablaba al caballo y comenzaba a creer con optimismo que pronto me encontraría perfectamente bien. Por eso, cuando llegó el momento de dejar los caballos para embarcarnos, sentí muchísimo tener que prescindir de ellos.
Una tarde, hacia el final de la tercera semana, hicimos un alto en un promontorio rocoso de la costa occidental y Tegid me se√Īal√≥ un poblado que se ve√≠a all√° abajo entre las nieblas del valle. El mar penetraba en el valle entre dos promontorios escarpados, formando una profunda bolsa que se convert√≠a en una bah√≠a muy bien protegida. El peque√Īo poblado serv√≠a de puerto.
—Eso es Ffim Ffaller —me dijo—. Ahí tomaremos el barco que nos llevará a Ynys Sci.
¬ó¬ŅTendremos que esperar mucho?
—No. Un día o dos, quizás un poco más, aunque no lo creo. —Me miró y me puso la mano en el hombro—. Te has portado muy bien, hermano. El rey estará muy satisfecho.
¬óT√ļ has sido un excelente maestro, Tegid. Te agradezco mucho todo lo que has hecho por m√≠. Me has dado ojos para ver, orejas para o√≠r y lengua para hablar. Muchas gracias.
Se encogió de hombros ante el cumplido y dijo:
—Lo habrías aprendido tarde o temprano. Me alegro de haber podido ayudarte.
Comenzamos a descender hacia el poblado y no dijo nada más. El puerto de Ffim Ffaller consistía en un malecón de madera y un varadero para botes sobre la playa guijarrosa. El malecón tenía capacidad para tres o cuatro barcos, y en la bahía había espacio para media docena más. En síntesis, el lugar parecía ser simplemente una escala a medio camino para los barcos que navegaban hacia el norte y hacia el sur.
El poblado consist√≠a en unas cuantas casas redondas con tejados de ca√Īizo, un corral para ganado y unos cuantos cobertizos, adem√°s de las cuatro barracas de la playa que conformaban el varadero para botes; eso era simplemente Ffim Ffaller, que deb√≠a de tener unos treinta habitantes.
Al llegar al poblado fuimos objeto de una calurosa acogida, porque √©ramos los primeros visitantes de la temporada. El responsable del asentamiento nos confirm√≥ que esperaban la llegada del barco dentro de un par de d√≠as, nos acompa√Ī√≥ a la casa destinada a los hu√©spedes y nos asign√≥ a una mujer para que nos hiciera la comida. Tegid le dio un trocito de oro que cort√≥ de una de las delgadas barritas que llevaba en una bolsa de cuero bajo el cintur√≥n. El hombre acept√≥ el pago con protestas de que no era necesario: se consideraban suficientemente pagados con o√≠r noticias del reino.
Comprendí entonces qué solitarios podían llegar a ser esos parajes aislados para gente tan sociable. Las noticias de lo que sucedía en el mundo exterior eran un precioso artículo, y los viajeros llevaban a aquel lugar una mercancía de inapreciable valor. Antes de marcharnos, claro está, pagamos con creces nuestro alojamiento contando y repitiendo una y otra vez las noticias que traíamos con nosotros.
El hecho de que Tegid fuera un bardo aumentó nuestra popularidad. El poblado no contaba entre sus miembros con un filidh o con un maestro de canto. Durante el largo y frío invierno no habían oído ni una canción ni una historia, salvo las que sabían contar o cantar los escasos habitantes. Quizá tal circunstancia no parezca muy grave, pero lo cierto es que las noches de invierno son largas y los días oscuros. Y las canciones de un bardo pueden transformar la vida ante el fuego de una chimenea en un centelleante hechizo.
En Ffim Ffaller oí por primera vez el auténtico genio y arte de un bardo. Tegid cantó para el poblado, y la experiencia fue un tesoro maravilloso que conservaré mientras viva.
Nos hab√≠amos reunido en la casa del jefe, en torno al fuego. Hab√≠amos cenado y todos hab√≠an acudido a o√≠r cantar a Tegid. Ante mi sorpresa, Tegid hab√≠a sacado un arpa de la bolsa de cuero y hab√≠a ido al malec√≥n para afinar las cuerdas. En cuanto entr√≥ en la caba√Īa, una palpable emoci√≥n embarg√≥ a los presentes.
Se coloc√≥ en un extremo de la chimenea ante el p√ļblico, alto e imponente, con el manto cay√©ndole en elegantes pliegues sobre los hombros, el arpa apoyada en el pecho y sus atractivas facciones iluminadas por las temblorosas llamas. Inclin√≥ la cabeza y pas√≥ los dedos por las cuerdas del arpa, produciendo una espl√©ndida cascada de sonido que cay√≥ sobre los reunidos como una lluvia de monedas de plata.
Luego respir√≥ profundamente y comenz√≥ a cantar con sencillez y sentimiento. Yo procuraba seguir la letra lo mejor que pod√≠a, pero me perd√≠a con frecuencia en la complicada urdimbre de las palabras. ¬ŅQu√© importaba? Lo que captaba compensaba con creces lo que se me escapaba. No era m√ļsica: era magia.
Tegid cantaba su historia —un cuento de un pescador que se enamoraba de una mujer de las aguas y la perdía en el mar— con una voz tan elocuente y arrebatadora, con un sentido de la melodía tan conmovedor que mis ojos se llenaron de lágrimas. Yo sólo podía aprehender fragmentos de la canción, y se me escapaba su sutileza, pero la intensidad del canto me emocionaba con una fuerza extraordinaria. La inolvidable melodía colmaba mi alma de nostalgia.
Cuando terminó, la gente permaneció sentada en arrebatado silencio. Poco después, Tegid entonó otra canción. Pero, como un hombre pobre que ha comido unos manjares demasiado exquisitos para su humilde apetito, yo me sentía saciado. Escuchar otra canción me habría matado. Por eso, me deslicé silenciosamente fuera de la casa y me fui a pasear solo por la orilla del mar.
All√≠, en la abrumadora oscuridad de la noche, deambul√© por la playa mirando las resplandecientes estrellas y escuchando el jugueteo de las olas en la orilla. Estaba maravillado. Jam√°s en mi vida me hab√≠a emocionado tanto..., y por una simple romanza sobre una sirena. No pod√≠a creer ni entender lo que me hab√≠a sucedido. Al parecer, dentro de m√≠ se hab√≠a despertado algo; una parte de mi alma dormida desde hac√≠a much√≠simo tiempo hab√≠a cobrado vida. Y ya no pod√≠a ser lo que hasta entonces hab√≠a sido. Pero si ya no era el mismo de antes, ¬Ņqui√©n era?
¬°Oh!, me encontraba en un para√≠so aterrador, plagado de √©xtasis fant√°sticos y sobresaltos tremendos. El terror y la belleza, con toda su fuerza, en estado puro, codo con codo..., y yo indefenso frente a ambos. ¬ŅC√≥mo podr√≠a regresar alguna vez al mundo que hab√≠a conocido hasta entonces? A decir verdad, hab√≠a dejado de considerar la posibilidad de regresar. Por alg√ļn extra√Īo milagro me encontraba all√≠, en aquel extra√Īo mundo, y all√≠ me quedar√≠a.
Camin√© largo rato por la playa y no pegu√© ojo en toda la noche. Lo que dentro de m√≠ hab√≠a cobrado vida me imped√≠a descansar. ¬ŅC√≥mo iba a poder dormir cuando mi esp√≠ritu estaba ardiendo? Me arrebuj√© en el manto y pase√© otra vez por la orilla, tan inquieto como la marea de la bah√≠a, con la mente torturada y ardiente y el coraz√≥n agitado por el deleite y el miedo.
El alba me sorprendió acurrucado en el malecón, contemplando la niebla de plata que descendía por las colinas y se extendía por las heladas aguas negriazules de la bahía. El cielo estaba encapotado y pizarroso, pero las nubes que acariciaban la costa brillaban con el color rosa del alba. En las aguas de la bahía saltó un pez que al sumergirse dibujó un anillo de ondas.
Al ver aquel anillo de plata que se extend√≠a por las pl√°cidas aguas, me estremec√≠ hasta la m√©dula. En efecto, me pareci√≥ que era un presagio, un portento pre√Īado de significado, un s√≠mbolo de mi propia vida: una superficie en otro tiempo tranquila que de pronto se agitaba en un resplandeciente c√≠rculo cada vez m√°s amplio. El c√≠rculo se extender√≠a m√°s y m√°s hasta ser tragado por la vastedad de la bah√≠a... y entonces no quedar√≠a nada, no quedar√≠a ni la menor huella de que hab√≠a existido alguna vez.