16 - Llys meldryn

Con la primera luz, el caer comenzó a despertar. La plácida noche se desvaneció con el rojo ardiente del alba, y los habitantes de Sycharth se sacudieron el sopor y se aprestaron a preparar el festín que había ordenado el rey. Simon había desaparecido y no tenía ganas de quedarme solo en la Casa de los Guerreros. Así que, arropado en el manto que me habían prestado, vagué a mi antojo para familiarizarme con la configuración del terreno.
Doquiera que mirara, ve√≠a a alguien ¬óhombre, mujer o ni√Īo¬ódedicado a alguna faena. Ninguna mano permanec√≠a inactiva, excepto las m√≠as. Nadie se preocup√≥ de encomendarme alg√ļn trabajo; ni siquiera parec√≠an darse cuenta de mi presencia, aunque sorprend√≠ a algunos ni√Īos observ√°ndome boquiabiertos a hurtadillas.
Sycharth era a√ļn m√°s grande de lo que me hab√≠a parecido en un principio; deb√≠a de albergar por lo menos a unas mil personas. Hab√≠a tres zonas principales: una dedicada a almac√©n de v√≠veres y grano, otra destinada al ganado y una tercera a los talleres de los artesanos. Y, esparcidas por doquier, se api√Īaban las viviendas de los ciudadanos, normalmente en grupos de tres o m√°s, en torno a un patio central que serv√≠a de cocina. Humo de color plateado se colaba por entre el ca√Īizo del tejado de las cocinas; los aromas se mezclaban en el aire y hac√≠an que la boca se me llenara de agua.
Todos los rincones del caer vibraban de actividad y alboroto: los golpes del hacha en la le√Īa se mezclaban con los agudos chillidos de los cerdos que eran sacrificados, y por doquier se levantaban las voces de los hombres que cantaban mientras trabajaban, de modo que, con aquella alegre algarab√≠a, toda la fortaleza parec√≠a cantar. Vagu√© de un lado a otro, gozando de los alegres sonidos, y a cada paso aumentaba mi admiraci√≥n por la sencillez de la vida en el caer.
No hab√≠a calles propiamente dichas, sino una mara√Īa de estrechas veredas que se entrelazaban formando senderos m√°s anchos. En esos senderos hab√≠a un triple camino de piedras, cosa que al principio me sorprendi√≥, pero luego ca√≠ en la cuenta de que en la estaci√≥n de lluvias los cascos de los caballos y las ruedas de los carros se hundir√≠an en el fango a no ser por aquel rudimentario pavimento.
Las distintas construcciones parec√≠an estar en perfecto estado; los corrales estaban repletos de cerdos, ovejas y vacas, y las caba√Īas de los artesanos, llenas de mercanc√≠as; todo indicaba que all√≠ viv√≠a una tribu pr√≥spera y laboriosa. Tras un examen superficial, juzgu√© de sobra justificada la jactanciosa afirmaci√≥n de Simon de que los llwyddios eran el clan m√°s poderoso de aquellos territorios.
El recorrido por el caer me llev√≥ m√°s de media ma√Īana. Luego comenc√© a notar un vac√≠o en el est√≥mago y regres√© a la Casa de los Guerreros, donde me estaba esperando Simon con cierto nerviosismo.
¬ó¬ŅD√≥nde te hab√≠as metido? ¬óme pregunt√≥.
—Por ahí —repuse—. He estado dando un paseo.
Simon se dio la vuelta, cogió un bulto que había sobre el jergón y me lo entregó diciéndome:
¬óPonte esto, y date prisa.
Desaté el bulto y saqué una camisa de color azul claro, unos pantalones verde oscuro con rayas rojas, un cinturón de tela marrón y un par de botas de cuero de las que usaban los llwyddios. Todas las prendas eran nuevas y estaban muy bien confeccionadas. Contento de deshacerme de mis pantalones, me los quité y me dispuse a ponerme los nuevos.
—También los calzoncillos —ordenó Simon—. Quítatelos.
¬óPero... ¬óquise objetar.
¬óTe resultar√°n un estorbo. De todas formas, ya no te hacen ninguna falta.
No demasiado convencido, me los quité; en realidad, hacía días que no me los había cambiado y no podía decirse que fuera una gran pérdida, pero dudaba que no fueran a hacerme falta, como había asegurado Simon. Sentí tener que deshacerme de mi calzado de excursión. Las botas parecían muy cómodas, pero estaba convencido de que echaría de menos el sólido empeine y la dura suela de mis zapatos.
Ni la camisa ni los pantalones ten√≠an botones o cordones, as√≠ que Simon tuvo que ense√Īarme c√≥mo ce√Ī√≠rmelos con el ancho cintur√≥n, que me at√≥ delante tras haberme dado dos vueltas a la cintura. La camisa y los pantalones ¬ósiarc y breecs los llamaba Simon¬ó me ven√≠an grandes, pero las botas me quedaban que ni pintadas.
Cuando hube acabado de vestirme, Simon retrocedió unos pasos y me contempló con mirada crítica. Consideró que tenía un aspecto aceptable, aunque no ciertamente elegante.
—Así estás mucho mejor.
Cogió entonces otro bulto y sacó un manto de color naranja, que me colocó sobre los hombros.
¬óP√≥ntelo as√≠ ¬óindic√≥, ense√Ī√°ndome c√≥mo hacerlo¬ó. Luego te lo recoges as√≠... ¬óY me recogi√≥ los pliegues sobre el hombro izquierdo con un alfiler de bronce¬ó. Siento no poder proporcionarte un broche.
—Así está bien. No me importa.
—El caso es que, si quieres conseguir uno, tendrás que ganártelo. Los broches son aquí un símbolo de rango, lo mismo que las torques y demás chucherías.
—El oro para los reyes, la plata para los príncipes, el bronce para los jefes, etcétera —dije enumerando parte de las tradiciones célticas.
¬óEso es ¬óasinti√≥ √©l con aire satisfecho¬ó, pero otras sutilezas de rango vienen expresadas por el tama√Īo, el dibujo y la hechura. No es dif√≠cil; ya te ir√°s dando cuenta.
¬óSimon ¬óle pregunt√© en tono grave¬ó, ¬Ņc√≥mo has llegado a saber tantas cosas?
Era una pregunta que me venía rondando por la cabeza desde el mismo momento en que vi a Simon en el campo de batalla. Pero hasta entonces no había sido capaz de formularla.
¬ó¬ŅC√≥mo te las has arreglado para aprenderlas en tan poco tiempo? ¬óinsist√≠.
Simon enarcó una ceja.
¬ó¬ŅDe qu√© est√°s hablando?
¬óBueno, s√≥lo hay que verte... Eres un guerrero, luchas en las batallas, sabes todo acerca del g√©nero de vida de aqu√≠, hablas su lengua como un nativo. ¬ŅC√≥mo es posible? Hace s√≥lo un par de meses que est√°s aqu√≠.
¬óLlevo viviendo cuatro a√Īos con el clan de los llwyddios ¬órepuso Simon con toda seriedad.
¬ó¬°Cuatro a√Īos! No puedes...
Me interrump√≠ de golpe. El tiempo en el Otro Mundo no era el mismo que en el mundo real. Cada mundo marcaba el tiempo de forma distinta, y no hab√≠a correspondencia entre el tiempo de uno y de otro. Los minutos pod√≠an ser a√Īos, los a√Īos pod√≠an ser horas, d√©cadas, segundos, siglos. ¬ŅQui√©n pod√≠a saberlo?
Era un hecho de sobra documentado en la literatura del folclore celta, pero hasta esos momentos yo no hab√≠a acabado de creerlo. No pude menos que sentir miedo ante la idea de que el tiempo estuviera transcurriendo en el otro lado de forma independiente a como transcurr√≠a en √©ste. ¬ŅQu√© nos aguardar√≠a cuando regres√°ramos all√°?
Simon frunció los labios con irritación.
¬ó¬ŅSe puede saber qu√© pasa ahora?
Dejando a un lado mi ansiedad, le sonreí.
—Nada. Ahora me siento como un verdadero celta —afirmé—. Es estupendo.
—Me alegro de que pienses así.
Me pareció notar un deje de mordacidad en sus palabras.
¬ó¬ŅPor qu√©? ¬ŅQu√© ocurre?
¬óEl rey ha reunido hoy su corte y desea verte.
¬ó¬ŅDe veras?
—Eres de los primeros en su agenda, tío.
—Ni siquiera sabía yo que el rey se hubiese enterado de mi presencia.
¬óOh, claro que se ha enterado ¬óme asegur√≥ Simon¬ó. Si Meldron no se lo hubiera dicho, lo habr√≠a hecho Ruadh. Mataste a un jefe cruino, ¬Ņya no te acuerdas?
¬ó¬°Oh, vaya!
Simon me dirigió una mirada grave.
¬óMira, ser√° mejor que nos dejemos de malentendidos, ¬Ņde acuerdo? T√ļ mataste al jefe. M√©tetelo en la cabeza, ¬Ņcomprendido? Si niegas haberlo hecho, te crear√°s problemas y se los crear√°s a los dem√°s guerreros. Podr√≠as verte metido en un buen l√≠o.
¬óMuy bien, Simon. De acuerdo, si es tu deseo. Pero ¬Ņpor qu√© es tan importante...?
¬óNo quiero seguir discutiendo. T√ļ no tienes ni la m√°s remota idea de c√≥mo van las cosas aqu√≠. Lim√≠tate a hacer lo que te digo. Es por tu bien, cr√©eme.
—Bien. Magnífico. Haré lo que me dices.
Debía de tener un aire preocupado, porque Simon me sonrió y me dio una palmada en el brazo.
¬óNo te preocupes. Estar√© a tu lado en todo momento. ¬ŅListo?
—Listo —dije—. Sólo una cosa más.
¬ó¬ŅQu√© te ocurre ahora?
—Ya sé que probablemente no es el momento adecuado —murmuré con cierta vacilación—, pero tenemos que hablar de nuestro regreso..., del regreso al mundo real. Dijiste que esperáramos hasta llegar a Sycharth; muy bien, ya hemos llegado. Quizá podrías decirle algo al rey.
¬óTienes raz√≥n ¬órepuso Simon, y por un momento cre√≠ que iba a mostrarse razonable¬ó. Pero no es el momento adecuado. Hablaremos con el rey despu√©s del fest√≠n. Vamos, divi√©rtete un poco, Lewis. Rel√°jate, ¬Ņte parece? Ya nos las arreglaremos.
¬óMuy bien ¬óasent√≠ a rega√Īadientes¬ó. Despu√©s del fest√≠n.
¬óVamos, pues.
Simon se dio la vuelta y salimos del alojamiento. Nos dirigimos al palacio del rey siguiendo el camino inverso al de la v√≠spera; not√© que, a medida que nos acerc√°bamos, la actividad iba en aumento. En el patio que se extend√≠a ante el palacio real hab√≠an sido dispuestas enormes mesas sobre caballetes, con bancos a ambos lados. Un considerable n√ļmero de hombres y muchachos estaban levantando una peque√Īa pir√°mide de toneles de roble en medio del patio. En la puerta del palacio hab√≠a varias docenas de guerreros. Y una veintena de caballos estaban atados al otro lado del patio.
Simon vio cómo observaba los caballos.
¬óAlgunos de los jefes de Meldryn Mawr han acudido al llys.
¬ęLlys¬Ľ significa en britano antiguo ¬ęcorte¬Ľ, y se refiere al lugar de reuni√≥n o a la propia reuni√≥n. Yo sab√≠a que, adem√°s, tales reuniones se aprovechaban para muchas cosas. Se hac√≠an negocios, se vend√≠a y se compraba, y se expon√≠an pendencias y desgracias personales con la pretensi√≥n de que fueran reparadas. Cualquiera con una queja o un agravio pod√≠a subir al estrado y hablar ante el rey, que deb√≠a impartir la debida justicia. En el reino la palabra del rey era la ley, la √ļnica ley que su pueblo conoc√≠a. Pod√≠an hacerse o perderse fortunas, pod√≠a cambiar para siempre el curso de las vidas, seg√ļn de qu√© parte se inclinara la disposici√≥n del rey.
El hecho de que yo fuera a formar parte de ese solemne drama me hund√≠a alternativamente en el temor y en la excitaci√≥n. ¬ŅQu√© quer√≠a el rey de m√≠? ¬ŅQu√© me dir√≠a? ¬ŅQu√© le dir√≠a yo? Me resultaba dif√≠cil obedecer el consejo de Simon de que deb√≠a relajarme; y el de divertirme estaba desde luego fuera de toda cuesti√≥n.
Nos detuvimos junto a la entrada del palacio, y Simon echó una rápida ojeada al sol.
¬óPronto empezar√° la reuni√≥n ¬ódijo¬ó. Ser√° mejor que entremos y ocupemos nuestros sitios. ¬óComprob√≥ mi aspecto por √ļltima vez¬ó. Por desgracia, no hemos tenido tiempo para que te afeitaras.
—¡Vaya! ¡Y me lo dices ahora! —murmuré frotándome la rasposa barba, un tanto enojado por el descuido de Simon.
Pasamos entre los pilares de piedra tras saludar a los guerreros que holgazaneaban junto a la entrada; uno de ellos gritó algo y Simon le contestó. Todos se echaron a reír. Supuse que el chiste era a mi costa, pero sonreí nerviosamente y asentí con la cabeza. Luego seguimos nuestro camino.
Un guerrero de aspecto imponente estaba junto a la entrada. A una palabra de Simon el musculoso gigant√≥n se hizo a un lado para dejarnos pasar y me dirigi√≥ una mirada desde√Īosa que no dejaba lugar a dudas; era evidente que no me consideraba un matador de jefes.
—Se llama Paladyr —me explicó Simon—. Es el paladín de Meldryn. Un buen muchacho.
El salón estaba oscuro y frío. Cuando mis ojos se acostumbraron a la escasa luz que se filtraba por estrechísimas ventanas, vi algo que parecía ser un soto de árboles; había, en efecto, enormes columnas de troncos que servían de soporte a las vigas del techo. Cada una de las columnas estaba labrada con las espirales sin fin del arte céltico. En un extremo de la enorme sala abría sus fauces frías y oscuras una gigantesca chimenea. En el extremo opuesto a la chimenea, un tabique de madera tapaba el fondo del salón, donde supuse que estaban los aposentos reales.
Delante del tabique se alzaba un estrado circular de piedra, en torno al cual se levantaban siete p√©rtigas de hierro con siete antorchas encendidas. Sobre el estrado hab√≠a un enorme sill√≥n, al parecer tallado en un √ļnico y gigantesco bloque de madera negra. La madera estaba adornada con innumerables discos de oro que llevaban grabado el t√≠pico dibujo en espiral. A la vacilante luz de las antorchas, parec√≠a que los discos se movieran despacio. La ilusi√≥n de movimiento hac√≠a que la silla tuviera el aspecto de algo vivo, de un objeto animado con fuerza y voluntad propias.
Cerca del estrado unas cien personas se hab√≠an reunido en peque√Īos grupos y hablaban en voz muy baja. Algunas portaban objetos diversos: una pieza de tela, un arma finamente trabajada, un bol, un plato; supuse que deb√≠an de ser regalos para el rey. Dese√© haber tra√≠do algo yo tambi√©n.
Pero no tuve tiempo de entretenerme con tales pensamientos porque, en cuanto hubimos ocupado nuestros lugares a un lado de la asamblea, son√≥ en el sal√≥n una nota fuerte y estridente, como el sonido de un cuerno de carnero. De detr√°s del tabique apareci√≥ el bardo del rey que subi√≥ al estrado y se detuvo justo delante de nosotros. Cogi√≥ un pliegue de su manto y se lo puso sobre la cabeza; luego alz√≥ las manos. Vi que sosten√≠a un largo bast√≥n, una especie de vara, cuyo pu√Īo reluc√≠a a la luz de las antorchas. Alzando la vara por encima de su cabeza, comenz√≥ a hablar con tono firme y en cierto modo amenazador.
Dirigí una interrogante mirada a Simon.
¬óEl Bardo Supremo nos est√° recordando que la palabra del rey es la ley y que sus juicios son inapelables ¬óme tradujo Simon.
Cuando hubo acabado de hablar, el bardo se coloc√≥ a la derecha y un poco detr√°s del trono del rey. El cuerno volvi√≥ a sonar y apareci√≥ Meldryn Mawr, con el aspecto de un verdadero rey sol: sus vestiduras eran impresionantes y su rostro resplandec√≠a. Iba vestido de color carmes√≠: camisa, pantalones y botas. El cintur√≥n de oro de escamas de pez reluc√≠a esplendorosamente; brillaban tambi√©n las gemas de sus brazaletes. Adem√°s de la torques, el rey llevaba una corona que parec√≠a hecha de hojas y ramas de roble ba√Īadas en oro. Escrut√≥ a la muchedumbre con ojos confiados y sabios. La fuerza de su mera presencia llenaba todo el sal√≥n y atra√≠a todas las miradas; yo mismo no pod√≠a apartar los ojos de √©l.
Cuando el rey se hubo sentado en el trono, el príncipe Meldron subió al estrado y colocó sobre los hombros de su padre un manto de piel de oso negro. Luego se inclinó hasta tocarle el empeine y se retiró al lugar que ocupaba entre los jefes. Vi que Ruadh se colocaba inmediatamente junto a él.
A una se√Īa del rey, Ollathir levant√≥ la vara de madera y golpe√≥ la piedra tres veces. Despu√©s se√Īal√≥ al primero de los peticionarios, un hombre alto y robusto de imponente semblante, que avanz√≥ hacia el estrado y hendi√≥ sus manos para ofrecer su regalo: un hermoso arco y un carcaj con flechas de plateadas puntas.
El rey inclin√≥ su regia testa en se√Īal de que aceptaba el regalo, y el hombre comenz√≥ a exponer su ruego. Tras escuchar unos instantes, Simon susurr√≥:
—Es Rhiogan de Caer Dyffryn, uno de los jefes de Meldryn Mawr en la frontera oriental. Está pidiendo permiso al rey para atacar a los vedeios, una de las tribus de los cruinos, al otro lado del río.
Simon hizo una pausa y escuchó un poco más.
¬óSeg√ļn parece, los vedeios hicieron una incursi√≥n el pasado oto√Īo y robaron ganado. Rhiogan quiere que le sea devuelto el ganado m√°s un n√ļmero igual al robado como castigo.
El rey escuchó la petición enlazando los dedos de vez en cuando. Cuando Rhiogan hubo acabado de hablar, Meldryn le planteó unas cuantas preguntas que el capitán respondió con sencillez y naturalidad. Luego el monarca miró a Ollathir, le susurró algo al oído y se reclinó en el asiento.
Ollathir comunicó entonces al jefe el mensaje del rey.
¬ó¬ŅQu√© est√° diciendo? ¬ópregunt√© fascinado.
—Está transmitiendo el veredicto del rey; concede el permiso para atacar, con la condición de recibir parte del botín.
¬ó¬ŅEs eso justo?
—No es un problema de justicia —me explicó Simon—. De esa forma, si el rey comparte el botín, también se hace responsable del ataque y las culpas recaen sobre él. Así, si los vedeios causan problemas por este asunto, tendrán que vérselas con Meldryn Mawr, no sólo con Rhiogan.
¬óEso significa que el rey est√° autorizando que se tomen represalias en su nombre.
—En esencia, así es.
El se√Īor pareci√≥ complacido con la decisi√≥n y subi√≥ al estrado. Avanz√≥ hacia el trono, se arrodill√≥ e, inclin√°ndose, apoy√≥ la cabeza en el pecho del monarca, como un ni√Īo que buscara consuelo en el regazo de su madre. Pese a lo chocante de la postura, era un gesto conmovedor.
El siguiente peticionario no fue uno de los se√Īores de Meldryn, sino un bardo de un asentamiento del norte, que solicitaba permiso para acudir a una reuni√≥n de bardos en el reino vecino. La petici√≥n era, seg√ļn me inform√≥ Simon, una formalidad observada no tanto por deferencia al rey, sino por respeto a Ollathir, que tambi√©n iba a asistir a la reuni√≥n.
El tercer peticionario era un granjero de una hacienda del propio Meldryn; pedía la ayuda del rey para limpiar un pedazo de tierra, proceso que incluía el drenaje de una zona pantanosa. La tarea sobrepasaba la capacidad del granjero, que iba a necesitar considerable ayuda para preparar la tierra para la próxima siembra ya inminente.
El rey, por mediación de su bardo, dio su beneplácito a la empresa a cambio de una modesta compensación, y prometió la ayuda de cincuenta guerreros que trabajarían bajo la dirección de un gwyddon.
¬ó¬ŅQu√© es un gwyddon? ¬ópregunt√© a Simon, cuando me hubo explicado la situaci√≥n.
—Una especie de bardo. Hay varias clases de bardos, distintos grados, por así decir. Desde el penderwydd, que es el Sumo Druida, el Bardo Supremo, hasta el mabinog, que es un alumno o aprendiz. El gwyddon es un experto en cualquier cosa que tenga que ver con la tierra o el ganado; es además lo más parecido a un médico, en estas tierras.
¬ęEngranajes dentro de engranajes¬Ľ, pens√©. Incluso las sociedades m√°s primitivas ten√≠an su burocracia.
Se adelantó después el siguiente peticionario y un audible murmullo se levantó entre la multitud. Los que estaban delante se quitaron de en medio para abrir paso; por la forma en que todos se comportaban, se diría que se trataba de un criminal.
—Esto sí que va a ser sabroso —susurró Simon.
¬ó¬ŅQui√©n es?
¬óSe llama Balorgain ¬órepuso Simon en tono excitado¬ó. Es un noble del linaje de Meldryn Mawr. Mat√≥ a un pariente de Meldryn en una pelea; por eso ha vivido en el exilio durante los √ļltimos a√Īos.
¬ó¬ŅQu√© est√° haciendo aqu√≠?
—Mira y observa —contestó Simon con una mirada que expresaba un enorme y casi malévolo interés.
El rey contempló al noble con evidente desprecio, aunque a mí me pareció que Balorgain parecía sinceramente arrepentido. Se detuvo ante el rey con las manos en jarras. El Bardo Supremo dijo algo, una pregunta. El hombre respondió en voz baja. Vi que el rostro del rey se endurecía, que la línea de la boca se tensaba y que los ojos adoptaban una expresión cruel.
—Balorgain tiene agallas, no puede negársele —comentó Simon—. Podrían haberlo matado aquí mismo.
¬ó¬ŅQu√© sucede?
—Ha reclamado naud del rey —me explicó—. Es...
—Sé lo que es —le susurré yo.
Ya me había topado con esa palabra otras veces: era un término legal que significaba asilo, refugio. Entre los antiguos celtas, un noble podía pedir naud, derecho de asilo, para librarse de un castigo. Curiosamente, la petición de naud llevaba implícita la obligación moral por parte del rey de garantizarlo. Por alguna razón misteriosa, cuando un monarca rehusaba conceder el naud que se le pedía, la culpabilidad del crimen recaía sobre él.
Al parecer, Balorgain había regresado del exilio y se había introducido en la sala sin ser visto, para pedir naud. Si se le concedía, el crimen le sería perdonado y el valiente Balorgain podría volver a vivir en libertad entre su gente. Naturalmente, a Meldryn Mawr, que lo había condenado al exilio, no le complacía tal perspectiva. Pero, como el gran rey que era, se limitó a susurrar unas palabras a Ollathir, quien declaró que se concedía la gracia de naud que Balorgain solicitaba. Y Balorgain abandonó la asamblea como hombre libre.
Los casos que siguieron fueron insignificantes disputas entre tribus vecinas; el más interesante fue un adulterio entre una mujer casada de un asentamiento y un hombre soltero de otro. Se resolvió condenando al soltero a pagar como compensación al marido burlado tres vacas o diez ovejas, a elección del ofendido. La mujer infiel, sin embargo, no escapó sin castigo. En efecto, se le concedió al marido el derecho de tomar una concubina cuando le viniera en gana.
Meldryn Mawr pareci√≥ entonces perder todo inter√©s por los juicios, y escrut√≥ la sala en busca de alguna diversi√≥n. Sus ojos se posaron en el lugar que ocup√°bamos Simon y yo. Inclin√≥ la cabeza, y Ollathir nos indic√≥ por se√Īas que subi√©ramos al estrado.
Simon me llevó hasta allí. No teníamos regalos, así que no hicimos ofrenda alguna. Al rey no pareció importarle demasiado. Me miró con viva curiosidad; la expresión de aburrimiento se borró de su rostro mientras me observaba de pies a cabeza.
Como habían hecho los demás, Simon relató sucintamente los acontecimientos. Por lo menos, así me pareció. El rey repuso algo y planteó algunas preguntas. Simon respondió con brevedad. Meldryn Mawr asintió con la cabeza y yo creí que ahí acababa todo, porque se volvió hacia el Bardo Supremo y le susurró unas palabras. Ollathir escuchó con atención sin dejar de observarme. Yo me limitaba a esperar el veredicto del rey.
Pero el monarca me mir√≥ y me indic√≥ con se√Īas que me acercara. Yo avanc√© unos pasos; Simon me sigui√≥. Entonces el rey me dijo algo. Yo sonre√≠ con educaci√≥n.
¬ó¬ŅQu√© dice? ¬óle pregunt√© a Simon sin abandonar la sonrisa.
¬óEl rey quiere saber c√≥mo llegaste aqu√≠ ¬órepuso con toda tranquilidad Simon¬ó. Comprende que no hablas su idioma y me ha pedido que act√ļe de int√©rprete. No se te ocurra cuchichear; habla con toda claridad y yo traducir√© tus palabras.
¬óDe acuerdo. Pero ¬Ņqu√© voy a decirle?
—Dile la verdad —contestó Simon con impaciencia—. Pero, digas lo que digas, no muestres la menor vacilación. Aquí un segundo de vacilación se considera una mentira.
Tragué saliva. El rey me contemplaba con expresión benigna.
¬óSoberano se√Īor ¬ódije¬ó, soy un extranjero. He llegado hasta tu reino desde otro mundo... a trav√©s de un cairn que se levanta en una colina sagrada.
—Excelente respuesta —comentó Simon, que procedió inmediatamente a traducir mis palabras.
El rey asintió sin mostrar la menor sorpresa y preguntó otra cosa que Simon me tradujo.
—Quiere saber además cómo lograste matar al jefe cruino.
¬óSoberano se√Īor ¬órepuse¬ó, mat√© al jefe cruino por... accidente. En el fragor de la batalla encontr√© una lanza y se la clav√© cuando √©l me atac√≥.
Simon tradujo sin vacilaciones mis palabras y después me comunicó lo que el rey había dicho.
¬óQuiere saber si en tu mundo eras un bravo guerrero.
¬óSoberano se√Īor, yo no soy un guerrero. Soy el √ļltimo de los guerreros.
Cuando el rey escuchó la traducción de Simon, enarcó las cejas sorprendido.
¬óSi no eres un guerrero, ¬Ņqu√© eres?, ¬Ņun bardo?
¬óSoberano se√Īor, no soy un bardo.
El rey escuchó mi respuesta de labios de Simon e inquirió:
¬ó¬ŅEres un artesano, o quiz√° granjero?
¬óSoberano se√Īor ¬órespond√≠¬ó, no soy ni artesano ni granjero.
Meldryn Mawr pareció sorprenderse al oír mi respuesta y dijo algo en un tono que traslucía su perplejidad.
¬ó¬ŅQu√© ha dicho? ¬ópregunt√© impaciente a Simon.
¬óNo luchas, no cantas, no plantas ni siegas. ¬ŅQu√© es lo que haces entonces, extranjero? ¬ótradujo Simon.
¬ó¬ŅQu√© debo decirle? ¬ŅC√≥mo explic√°rselo? ¬ósise√© a Simon.
—¡Limítate a responder! ¡Deprisa! —me siseó a su vez Simon.
¬óSoberano se√Īor ¬ódije¬ó, me dedico a leer, a escribir. A aprender.
—¡Espléndido! ¡Acabas de estropearlo todo! —murmuró Simon, pero tradujo mi respuesta al rey.
Meldryn me miró con expresión desaprobadora; luego se volvió hacia Ollathir y después hacia Meldron, quien le susurró algo al oído. Entre los asistentes se levantó un murmullo.
¬ó¬ŅQu√© ocurre? ¬óquise saber.
Antes de que Simon pudiera contestar, el rey pronunció unas palabras que Simon me tradujo.
—El rey dice que no le gusta ser burlado ni siquiera por un huésped ignorante de las costumbres de los llwyddios. Has venido a su corte vestido de guerrero y tendrás que convertirte en guerrero.
¬ó¬°Imposible! ¬óexclam√© presa del p√°nico¬ó. Expl√≠caselo. No vamos a quedarnos mucho tiempo. Nos marcharemos lo antes posible..., tenemos que marcharnos, Simon. En cuanto averig√ľemos el modo de regresar a nuestro mundo, nos iremos. Tienes que dec√≠rselo, Simon ¬óle rogu√© desesperadamente¬ó. H√°zselo entender.
Simon dijo algo al rey, quien tras escucharlo murmur√≥ algo al Bardo Supremo. Ollathir comunic√≥ la decisi√≥n del monarca con una voz pre√Īada de autoridad y severidad. Cuando hubo acabado de hablar, golpe√≥ el suelo tres veces y se dio por terminada la asamblea. Meldryn Mawr se levant√≥ del trono y se retir√≥. Los que nos hab√≠amos reunido en el sal√≥n salimos lentamente al patio donde continuaban los preparativos para celebrar la victoria.
¬ó¬ŅY bien? ¬ópregunt√© tan pronto como hubimos salido del sal√≥n¬ó. ¬ŅQu√© dijo el rey? ¬ŅQu√© ocurri√≥ ah√≠ dentro?
Simon tardó unos momentos en contestar.
—No consideró conveniente cambiar de decisión —dijo al fin.
¬ó¬ŅQu√© significa eso?
¬óVas a convertirte en un guerrero, muchacho.
¬ó¬°No puede obligarme!
—¡Claro que puede! —replicó Simon—. Es el rey.
¬óPero yo no tengo ni la m√°s remota idea de lo que es un guerrero. Me matar√°n. Adem√°s, no voy a quedarme aqu√≠ mucho tiempo. ¬ŅLe dijiste que nos √≠bamos a ir muy pronto? Tenemos que regresar a casa, Simon. Se lo dijiste, ¬Ņverdad?
Simon titubeó.
¬óBueno, no exactamente.
¬ó¬ŅQu√© le dijiste entonces? ¬ógrit√© indignado.
La gente que nos rodeaba nos contemplaba con expresión divertida; al parecer, les hacía mucha gracia mi ataque de nervios.
—No grites —me advirtió Simon—. Van a pensar que pones en tela de juicio la decisión del rey.
—¡Que se vayan al cuerno! ¡Pues claro que pongo en tela de juicio la decisión del rey! Eso es exactamente lo que estoy haciendo.
—No grites —volvió a advertirme Simon—. Y mucho menos aquí, ante el palacio del rey.
¬ó¬°Gritar√© donde me venga en gana! ¬ŅQuieres hacer el favor de decirme qu√© demonios est√° pasando?
Simon me agarró del brazo y nos alejamos del palacio.
—El rey considera que una persona capaz de matar a un jefe por accidente merece la oportunidad de convertirse él mismo en jefe. Puesto que has declarado que te dedicas a aprender, aprenderás la profesión de guerrero. Es realmente un honor lo que te ha concedido. Y bastante grande, teniendo en cuenta las circunstancias.
¬ó¬ŅQu√© circunstancias?
¬óEl hecho de que casi lo insultaste con la ligereza de tus respuestas.
¬ó¬°La ligereza de mis respuestas! ¬ŅA qu√© te refieres?
—Ni guerrero, ni bardo, ni granjero... Lo pusiste en ridículo delante de sus jefes. Fue una insensatez.
—No tenía la menor intención de ponerlo en ridículo —protesté—. Sólo trataba de responder a sus preguntas, tal como me dijiste.
—Y así lo entendió el rey —me explicó Simon—, por eso no mandó que te arrancaran allí mismo la lengua. Como te he dicho, te ha concedido un gran honor.
—Bueno, pues yo no quiero aceptarlo —insistí cruzando las manos sobre el pecho—. Tendrás que decírselo. Explícale cómo están las cosas. Haz las averiguaciones necesarias. A lo mejor su bardo puede ayudarnos.
¬óDemasiado tarde ¬óreplic√≥ Simon¬ó. El momento oportuno ha pasado; la sesi√≥n se ha levantado. La palabra del rey es la ley, ¬Ņlo recuerdas?
¬ó¬°Vaya una mierda! ¬ŅQu√© diablos se supone que tengo que hacer ahora?
Simon se√Īal√≥ hacia donde estaban atados los caballos, al otro extremo del patio. Mir√© hacia all√≠ y vi a Ollathir hablando con un joven. El joven cogi√≥ la orla del manto del Bardo Supremo, se la llev√≥ a los labios y la bes√≥. Sin mirar hacia nosotros, el bardo se retir√≥. El joven se apresur√≥ a coger las riendas de dos caballos y se dirigi√≥ a nuestro encuentro.
¬óViene hacia aqu√≠ ¬óobserv√©, sintiendo que, como un enjambre de hormigas, me invad√≠a un inquietante temor¬ó. Simon, ¬Ņqu√© va a hacer?, ¬Ņqu√© pasa?
Simon me puso la mano en el hombro.
—Tranquilízate, Lewis. Será lo mejor.
¬ó¬ŅQu√© ser√° lo mejor? ¬°Simon! ¬ŅQu√© va a suceder? ¬ópregunt√© con voz aguda¬ó. T√ļ lo sabes... ¬°D√≠melo de una vez, mierda!
¬óEscucha con atenci√≥n, Lewis ¬ócontest√≥ Simon como si quisiera tranquilizar a un ni√Īo preso del nerviosismo¬ó. No va a ocurrirte nada malo. Te vas de viaje.
¬óNo comprendo. ¬ŅAd√≥nde tengo que ir?
¬óA Ynys Sci ¬órespondi√≥, pronunciando ¬ęEnnis Sky¬Ľ¬ó. Es una isla donde hay una escuela para guerreros. All√≠ aprender√°s a combatir y, cuando hayas aprendido, regresar√°s aqu√≠ para servir a Meldryn.
¬ó¬°Una escuela para guerreros! Es una broma, ¬Ņverdad?
Simon sacudió la cabeza con aire solemne.
—No es una broma. Los muchachos de toda Albión son enviados a esa escuela..., los hijos de reyes y de jefes. Ya te lo dije, te ha sido concedido un gran honor.
Estaba tan aturdido que no podía ni hablar. Me quedé mirando con mudo desespero al joven que se acercaba y saludaba a Simon. Intercambiaron unas breves palabras, y después el joven me miró y se llevó la mano a la frente.
¬óTe presento a Tegid Tathal ¬óme dijo Simon¬ó. Es un brehon, otra clase de bardo. Es la mano derecha de Ollathir. El Bardo Supremo lo ha elegido para que sea tu gu√≠a. Tambi√©n se le ha encargado que te ense√Īe la lengua.
Tegid me sonrió y me tendió las riendas de uno de los caballos.
¬ó¬ŅYa nos vamos? ¬ŅAhora mismo?
—Sí. Ahora mismo —dijo Simon acercándose al caballo—. Ven, te ayudaré a montar.
—¡Es una locura! —murmuré entre dientes—. Yo no pertenezco a este mundo.
¬óRel√°jate ¬óme tranquiliz√≥ Simon¬ó. Procura disfrutar. Ser√° una experiencia inolvidable. Te han concedido un gran honor. Ojal√° pudiera acompa√Īarte..., y te hablo en serio.
¬ó¬ŅPor qu√© no puedes?
¬ó√ďrdenes del rey ¬órepuso Simon encogi√©ndose de hombros¬ó. Pero no te preocupes. Estar√© aguard√°ndote cuando regreses.
¬óQuerr√°s decir ¬ęsi¬Ľ regreso.
¬ó¬°Oh! Regresar√°s, no tengas miedo ¬óme asegur√≥ Simon¬ó. Seg√ļn dice Tegid, el rey ha decretado que te cuiden con especial cuidado; no van a matarte durante el entrenamiento. No te preocupes. Todo est√° en orden.
Simon entrelaz√≥ las manos a modo de estribo. Apoy√© el pie y me alz√≥ hasta la silla. La llamo ¬ęsilla¬Ľ aunque era poco m√°s que una tira de cuero sobre una manta doblada, con una correa que evitaba que se cayera.
¬óSimon, esc√ļchame. Tienes que ir a hablar con el rey. Tienes que conseguir que cambie de opini√≥n. Te hablo en serio, Simon. No podemos quedarnos aqu√≠. Tenemos que regresar a casa. No pertenecemos a este mundo.
—Veré qué puedo hacer —me prometió vagamente—. Mientras tanto, procura tranquilizarte. No sacarás nada con ponerte nervioso. Relájate y disfruta.
Cuando estuve instalado en la silla, Tegid montó de un salto en su caballo, lo azuzó y atravesó el patio al trote ligero. Mi montura, un caballo enorme de color gris, trotó tras él.
—¡No sé montar a caballo! —grité aferrándome a las crines del animal como quien se aferra a la vida.
—¡Claro que sabes! —exclamó Simon—. ¡Buena suerte, Lewis!
Así fue como partimos de viaje. La gente dejaba sus ocupaciones y nos saludaba al vernos pasar, supongo que deseándonos buen viaje. Cuando llegamos a la estrecha puerta del caer, volví la cabeza, miré hacia atrás y vi que nos decían adiós con las manos. Fruncí el entrecejo y caí en la cuenta de que, gracias al maravilloso honor que me había concedido Meldryn Mawr, iba a perderme el festín.