15 - Sycharth

Simon me despertó de una patada en las costillas.
—Levántate —dijo sacudiéndome con el pie—. Nos vamos.
¬ó¬ŅQu√©?
Me desperté sobresaltado; luego experimenté la repentina sensación de que los huesos de la cabeza me estallaban en el vacío dejado por mi cerebro.
—¡Oooh! ¡Ayer bebí demasiado!
Simon me dedicó una de sus características risas de zorro.
¬óYa te ir√°s acostumbrando... si es que vives lo suficiente.
Abr√≠ los ojos y contempl√© borrosamente lo que me rodeaba. Junto a mi cabeza yac√≠an el vaso y la pierna que me sirvi√≥ de almohada y que hab√≠a medio devorado durante la cena. Alguien me hab√≠a cubierto el torso desnudo con una capa, pero m√°s o menos estaba en la misma postura en que me hab√≠a derrumbado la v√≠spera. Apestaba a cerveza y a sangre, pues ten√≠a el cuerpo todav√≠a manchado del sangriento bautismo. Me picaba la barba y los ojos me dol√≠an como si bajo los p√°rpados me hubiesen clavado alfileres. La lengua, apergaminada y pastosa, parec√≠a tener un tama√Īo tres veces mayor al habitual. La vejiga, hinchada como un bal√≥n de agua, estaba tan llena que cualquier movimiento significar√≠a un desastre seguro.
—Mátame ahora mismo y acabemos de una vez —murmuré con voz quejumbrosa.
Simon me cogió por un brazo y me obligó a ponerme en pie; me tambaleé peligrosamente.
¬óMe siento morir.
—Venga, vamos a lavarnos al río.
El sol acababa de levantarse y el campamento empezaba a despertarse mientras nos dirigíamos hacia la puerta y emprendíamos el descenso por el sendero que conducía al vado. Unos cuantos guerreros se estaban lavando ya en el arroyo frotándose con energía, con el agua por las caderas.
—Quítate la ropa —indicó Simon, comenzando a desnudarse con rapidez.
Me quit√© la capa y la dej√© sobre un roca; luego me despoj√© de los zapatos, los calcetines y los pantalones manchados de sangre. Los guerreros que estaban m√°s cerca observaron con curiosidad mis calzoncillos; supuse que los calzones largos pronto se convertir√≠an en una prenda de moda. Me los quit√© tambi√©n y avanc√© vacilante hacia la helada corriente, resbalando torpemente en las redondeadas piedras del tama√Īo de una hogaza de pan.
Simon ya se había metido en el agua y chapoteaba con evidente deleite. Algunos guerreros lo llamaron y por la manera de hacerlo me di cuenta de la popularidad de que gozaba.
Me fui metiendo en el r√≠o con precauci√≥n; el agua me produc√≠a en la piel el mismo efecto que agujas de hielo. Uno de los guerreros se me acerc√≥ sonriente y gesticulante y me mostr√≥ algo que yo tom√© por una piedra. Result√≥ ser un trozo de jab√≥n de color marr√≥n que ol√≠a a sebo y a alg√ļn tipo de yerba que no supe identificar. El sujeto me indic√≥ con gestos c√≥mo deb√≠a enjabonarme; supongo que por la expresi√≥n de mi cara se imagin√≥ que jam√°s me hab√≠a lavado.
El guerrero se enjabonó con un celo cercano al fanatismo. Cuando hubo acabado, se enjuagó, me tendió el jabón y se dirigió a la orilla. Apenas había empezado a lavarme, cuando el guerrero regresó con un cuchillo curvo que parecía una hoja de afeitar. Y lo era. Con nuevas sonrisas y gestos me indicó cómo usarlo. Con el revés de la mano se frotó la barba y chasqueó la lengua; luego puso el delgado cuchillo en mi mano y se marchó chapoteando.
Una vez que me hube acostumbrado a la temperatura del agua, procedí a refregarme, contento de disfrutar del lujo de un jabón para limpiarme aquellas asquerosas marcas. Después, utilizando como espejo las aguas del río, logré afeitarme sin segarme la garganta. Cuando hube terminado, le pasé el jabón y el cuchillo a otro guerrero que aguardaba y me sentí mucho mejor tras aquel meticuloso raspado y fregado.
El horror de la batalla que hab√≠a presenciado la v√≠spera desapareci√≥ junto con la fatiga que me agarrotaba los miembros; el miedo y el asco se diluyeron en el bendito ba√Īo. En un instante parec√≠a como si la carnicer√≠a de la v√≠spera jam√°s hubiera ocurrido, como si la matanza fuera s√≥lo una pesadilla que se hubiera evaporado a la clara luz del alba. Despu√©s del ba√Īo me sent√≠a como si hubiera acabado de nacer.
Desde luego, no puedo recordar haberme ba√Īado jam√°s con tanto placer: el aire era seco y l√≠mpido, el d√≠a fresco como si fuera el primero de la creaci√≥n. El sol calentaba agradablemente y la brisa del sur soplaba ligera y suave. Las aguas del r√≠o chispeaban con los juegos y chapoteos de los guerreros, y el sonido de sus voces me llenaba de contento.
Durante un rato flot√© en las aguas haciendo el muerto mientras pensaba: ¬ęEstoy en el Otro Mundo tomando un ba√Īo. Estoy nadando. Me siento feliz¬Ľ.
Simon se me acercó y me dijo:
—Deberíamos volver si queremos comer algo. Pronto emprenderemos la marcha.
Busqué mi ropa y, aunque detestaba tener que ponerme otra vez aquella asquerosidad, me vestí y lo seguí de regreso al caer. El desayuno consistió en pan moreno y carne fría de la víspera, regada con más cerveza. Bebí muy poca, pero devoré con hambre de lobo el pan y la carne.
Luego alguien hizo sonar agudamente un cuerno y abandonamos el campamento. El príncipe Meldron y su bardo abrían la marcha, escoltados por un contingente de guerreros montados a caballo. Los demás los seguíamos a pie. Tres carros cargados de víveres y armas venían detrás. No avanzábamos en filas ordenadas, sino en grupos de dos o tres, a paso ágil y rápido, atravesando el amplio valle por el sendero que seguía el curso del río.
Cuando llevábamos caminando un buen trecho, algunos guerreros se pusieron a cantar. Aunque no entendía la letra, me encantaban sus potentes voces y el evidente placer con el que cantaban. El sol se había levantado bastante y sentía su agradable calor en la piel desnuda. A medida que avanzábamos me iba invadiendo un bienestar que jamás había experimentado y que nunca había sospechado pudiera existir.
¬ę¬ŅQu√© no dar√≠a ¬óme pregunt√© a mi mismo¬ó por quedarme con esta gente para siempre?¬Ľ
Era, desde luego, una idea absurda. No podía quedarme, no me quedaría ni un momento más del estrictamente necesario. Había venido a buscar a Simon, lo había encontrado y ahora tenía que regresar al mundo real.
¬ó¬ŅAd√≥nde vamos? ¬ópregunt√© acerc√°ndome a Simon.
¬óVolvemos a Sycharth.
¬óEl lugar donde vive el rey ¬ódije.
—Sí; el lugar donde vive el rey.
¬ó¬ŅEst√° muy lejos?
—A nueve días —me respondió con toda naturalidad.
¬ó¬ŅAndando?
—Andando —confirmó Simon.
¬ó¬°Oh!
¬ó¬ŅAlgo va mal? ¬ópregunt√≥ Simon ech√°ndome una mirada de reojo¬ó. ¬ŅEs que tienes otra cita?
¬óNo es eso. Pero...
¬óSupongo que eres incapaz de andar tanto tiempo.
—¡Dame un respiro! Al fin y al cabo soy nuevo en este lugar; sólo quería saber lo que está pasando.
Simon frunció el entrecejo pero no respondió.
¬ó¬ŅQu√© te est√° pasando a ti, Simon? Cre√≠ que te alegrar√≠as de verme. Pero act√ļas como si fuera tu hermana menor aquejada de viruela, o algo parecido.
¬óLo siento ¬ógru√Ī√≥; pero no parec√≠a sentirlo en absoluto.
¬óEs eso, ¬Ņno? ¬óinsist√≠¬ó. Habr√≠as preferido que me mantuviera al margen. Pero ahora estoy aqu√≠ y temes que vaya a aguarte la fiesta. Bueno, tanto peor, pero aqu√≠ estoy y vas a tener que acostumbrarte.
Simon se detuvo y me obligó a mirarlo de frente.
¬ó¬°Mira! ¬ódijo con los dientes apretados¬ó. Vamos a dejar claro un detalle: yo no te ped√≠ que vinieras. Yo no ped√≠ que nadie viniera a rescatarme. Puedo velar por m√≠ mismo. Pero, ya que est√°s aqu√≠, te aconsejo muy vivamente que te lo tomes con calma. Te salv√© el cuello una vez, pero quiz√° no pueda hacerlo en la pr√≥xima ocasi√≥n. ¬ŅLo has entendido?
¬óPerfectamente. Te has expresado con claridad meridiana.
¬óMuy bien.
¬óPero yo no voy a quedarme, Simon. Ni t√ļ tampoco. Tenemos que regresar lo antes posible. Cuanto m√°s tiempo nos quedemos, ser√° peor.
Le record√© la conversaci√≥n que hab√≠amos mantenido sobre los peligros que entra√Īaba inmiscuirse en el Otro Mundo.
¬óEs peligroso, Simon; podr√≠amos causar un da√Īo irreparable.
—Ya —repuso asintiendo lentamente—. Quieres decir que nuestra simple presencia aquí puede alterar muchas cosas. Si alteramos cosas aquí, también se alterarían cosas en el mundo real.
—Eso es; y es imposible calcular lo que podría ocurrir entonces. —Me satisfacía que Simon se mostrara tan comprensivo—. Tenemos que averiguar dónde hay una puerta y cuándo está abierta.
—Quizá no sea fácil —replicó él.
¬óSe lo podr√≠amos preguntar a... ¬Ņc√≥mo se llama?, Ruadh, el bardo del pr√≠ncipe.
Simon hizo un gesto desde√Īoso con la cabeza.
—Mira —dijo con mucha prudencia—, déjalo en mis manos.
¬óPero...
¬óS√≥lo hasta que lleguemos a Sycharth. De todos modos, hasta entonces no podemos hacer nada. Dame unos pocos d√≠as, ¬Ņte parece? Mientras tanto, t√≥matelo con calma. Ya ver√°s c√≥mo disfrutas de estos parajes.
—Bueno... —Hice una pausa mirando el esplendoroso mundo que me rodeaba—. De acuerdo. Supongo que no se perderá nada con esperar unos pocos días.
—Muy bien —dijo Simon con la más encantadora de sus sonrisas—. Déjalo en mis manos.
¬ó¬ŅDe verdad te ocupar√°s de esto?
—Me ocuparé, te lo aseguro —prometió, y yo sentí que me libraba del peso abrumador de la responsabilidad—. No te preocupes. Te aseguro que es realmente un lugar bellísimo. El paraíso.
Reanudamos la marcha por el magn√≠fico valle; el plateado r√≠o Modornn flu√≠a transparente y claro junto al sendero. Como Simon bien hab√≠a dicho, era un mundo de ensue√Īo: hermoso, virgen, de una belleza viva e inmaculada. Me extasiaba ante aquellos parajes. Mientras avanz√°bamos, vislumbraba ora unas colinas cubiertas de neblina, azules en la distancia, ora el brillo de unas aguas de plata que flu√≠an lentamente entre un bosque de flexibles y blancos abedules. Me quedaba embobado ante el salto de una trucha moteada en el r√≠o, o ante el liquen amarillo que cubr√≠a las piedras negriazules, o ante el canto de los p√°jaros que parec√≠a emanar de la pureza del cielo.
M√°s de una vez mis ojos se llenaron de l√°grimas, puedo jurarlo. Me quedaba sin respiraci√≥n y sent√≠a una y otra vez en el coraz√≥n punzadas de deseo; me embargaba un anhelo de plenitud cercano al √©xtasis. En efecto, al caminar por aquella ca√Īada de belleza tan perfecta, me iba cerciorando m√°s y m√°s de la pobreza de mi esp√≠ritu. Aquella naturaleza tan hermosa me conmov√≠a y despertaba en m√≠ sensaciones nuevas, al tiempo que hac√≠a que me sintiera avergonzado. ¬ŅTan pocas posibilidades de asombrarme me hab√≠a ofrecido la vida, que la simple contemplaci√≥n de una ladera ba√Īada por el sol despertaba en m√≠ tan abrumadoras sensaciones?
Ante aquel radiante para√≠so del Otro Mundo constat√© con tristeza los a√Īos que hab√≠a errado por la vida privado de la belleza que me rodeaba. Lo lamentaba amargamente. Me sent√≠a como un hombre ciego al que se le concede la gracia de la vista; y, al tiempo que apreciaba el don, lamentaba la carencia y la ignorancia que ahora se me revelaban. Caminaba como un borracho por una tierra que a la vez sent√≠a extra√Īa y m√≠a en sus m√°s m√≠nimos detalles.
M√°s de una vez, me sorprend√≠ a m√≠ mismo murmurando: ¬ę¬°Eso es! As√≠ es como se supon√≠a que deb√≠a ser¬Ľ. Pero, si alguien me hubiera preguntado lo que quer√≠a decir con aquello, no habr√≠a sabido qu√© responder. Era una experiencia demasiado nueva, demasiado fant√°stica como para poder dotarla de un sentido racional completo. S√≥lo pod√≠a seguir andando y admirando.
Y, mientras caminaba, sentía el ineluctable encanto del Otro Mundo. Era una atracción irresistible; y, cuanto más contemplaba su esplendor, más disminuía mi deseo de resistirme a sus atractivos. Me iba convirtiendo en un prisionero voluntario de su belleza, y al cabo de poco tiempo la simple idea de regresar al mundo manifiesto se me antojó intolerable. Hasta tal punto, que dejé de pensar en el regreso y me abandoné al esplendor y a la hermosura de lo que veía en torno.
Durante siete días atravesamos el fértil valle del Modornn, siguiendo hacia el sur el curso del río; avanzábamos deprisa, acampábamos junto al río al anochecer y reanudábamos la marcha al romper el alba. Al final de la séptima jornada de marcha, el valle se abrió y se extendió en un pantano y una pradera bordeada de bosques que cubrían las suaves laderas de las colinas. Abandonamos el curso del río y avanzamos a campo traviesa. Al anochecer del noveno día divisamos la fortaleza del sur del rey Meldryn Mawr: Sycharth.
Se alzaba sobre la llanura, en un risco que dominaba el mar. La fortaleza era imponente, y podía verse desde muy lejos: parecía una espléndida corona roja en lo alto de la colina, resplandeciente bajo la luz del sol poniente como una ciudad labrada en una piedra preciosa. Incluso desde lejos, parecía el lugar más adecuado para sede de un rey poderoso: era impresionante, enorme, formidable. Y sin embargo, de alguna manera, parecía un lugar hospitalario, como si pudiera esperarse una cordial bienvenida del hombre que allí gobernaba.
Las laderas que descendían del caer habían sido convertidas en campos de labor, donde los campesinos se afanaban para preparar la tierra con vistas a la siembra de primavera. Cuando la banda de guerreros estuvo más cerca, los granjeros soltaron los aperos y salieron a nuestro encuentro. Por lo caluroso del recibimiento, supuse que muchos de ellos eran parientes de los guerreros.
Continuamos la ascensi√≥n hacia el caer, y casi hab√≠amos llegado a la entrada cuando por las puertas abiertas de par en par se precipitaron mujeres y ni√Īos a darnos la bienvenida. Los guerreros que iban a caballo desmontaron y fueron rodeados al instante. Los que √≠bamos a pie corrimos a reunirnos con ellos y fuimos objeto de una bienvenida igualmente calurosa: risas, abrazos, ni√Īos que nos cog√≠an de la mano, guirnaldas de flores primaverales. Era la clase de recibimiento con el que uno siempre sue√Īa, pero que nunca llega a saborear en la vida real.
¬ó¬ŅTodos son tan j√≥venes? ¬ópregunt√© asombrado al observar que todos los integrantes de la comitiva de bienvenida eran j√≥venes y vigorosos¬ó. ¬ŅEs que nadie llega aqu√≠ a viejo?
Simon, gui√Īando un ojo a una llamativa joven de trenzas casta√Īas, confirm√≥ mi sospecha.
¬óNo exactamente. Parece como si siempre permanecieran j√≥venes... Por lo menos, no envejecen como nosotros. ¬óSe puso repentinamente serio y mir√°ndome de frente a√Īadi√≥¬ó T√ļ tampoco envejecer√°s mientras est√©s aqu√≠. Pi√©nsalo.
¬°No envejecer! Antes de que pudiera sopesar las implicaciones de tan asombrosa revelaci√≥n, la multitud se puso en marcha. Fuimos poco menos que levantados y llevados en volandas al caer. Yo me resist√≠ y me qued√© rezagado; mientras los dem√°s segu√≠an avanzando, me alej√© un poco. En el sur brillaba el resplandeciente arco de un brazo de mar que a la luz del crep√ļsculo parec√≠a de color violeta. ¬ęS√≠, pi√©nsalo ¬óme dije a mi mismo¬ó. ¬°Pi√©nsalo bien, Lewis! ¬°Qu√© dar√≠as por quedarte para siempre en estas tierras! ¬°Para siempre!¬Ľ Me qued√© pasmado ante tal posibilidad, tratando de aprehenderla; Simon vino en mi busca.
¬óEso es Muir Glain ¬óme inform√≥ fingiendo no ver mi asombrada expresi√≥n¬ó Es un estuario. Los astilleros del rey est√°n en aquella ensenada ¬óa√Īadi√≥ se√Īalando hacia el r√≠o¬ó, entre Sycharth y el Modornn.
Se dio la vuelta rápidamente y corrió a reunirse con la festiva multitud. Lo seguí de mala gana, asaltado de pronto por el temor del recibimiento de que iba a ser objeto. Las palabras de Simon me habían recordado que, después de todo, yo era un extranjero en aquellos parajes. Procuré tranquilizarme observando las edificaciones.
Dos altos muros de troncos se extendían desde la elevada empalizada. El camino entre esos muros antes de llegar a la puerta formaba un peligroso cuello de botella para los posibles atacantes. Aunque ennegrecidos por el tiempo, los troncos eran sólidos y estaban en excelente estado; eran un seguro refugio para un monarca poderoso.
Atravesamos la alta puerta de madera y entramos en un enorme patio cubierto de yerba, tan grande que habr√≠a podido albergar a todo un ej√©rcito. En el per√≠metro del patio se alzaban casas de piedra con tejados de paja. Algunas eran m√°s grandes que las otras, pero la mayor√≠a eran peque√Īas y supuse que s√≥lo deb√≠an de tener un dormitorio. Vi adem√°s entre las casas dos edificios grandes y alargados, y por el humo que se alzaba de las chimeneas centrales adivin√© que eran las cocinas y los hornos.
Al otro lado del patio se elevaba el picudo tejado de paja del palacio del rey: era un enorme edificio, hecho de vigas de roble y piedra, que empeque√Īec√≠a las construcciones contiguas; las hendeduras estaban rellenadas de musgo verde y naranja, lo cual daba a las paredes un peculiar aspecto aterciopelado. Dos puertas enormes por las que pod√≠an pasar hombres a caballo estaban abiertas de par en par; y, ante las puertas, se alzaban dos pilares de piedra sobre los que ard√≠an dos fogatas encendidas en enormes braseros de hierro. La superficie de los pilares estaba labrada de extremo a extremo con intrincados dibujos: cabezas y cuerpos de p√°jaros y bestias se entrelazaban en interminables nudos y espirales.
Nos reunimos en el patio ante los pilares, donde fuimos recibidos por un bullicioso tropel de cortesanos y por el rey en persona, montado en un bell√≠simo carro. El monarca apareci√≥ por la otra punta del patio y se uni√≥ al tropel de cortesanos. Mientras avanzaba, los radios de las ruedas relampagueaban y los negros caballos mov√≠an orgullosamente las emplumadas cabezas. Desde el momento en que baj√≥ del carro, no pude apartar de √©l mis ojos. Derramaba autoridad y majestad; se mov√≠a con tanto se√Īor√≠o y autodominio que una monta√Īa anclada en el centro de la tierra no podr√≠a haber parecido m√°s segura que √©l. Su mera presencia f√≠sica era una orden: honradme, obedecedme.
Por lo que pude deducir de mis rudimentarios conocimientos de la lengua celta, su nombre significaba ¬ęGuerrero de Oro¬Ľ, y su ep√≠teto, ¬ęMawr¬Ľ, lo apodaba como ¬ęEl Grande¬Ľ. Meldryn Mawr era, sin duda, un poderoso rey guerrero, reverenciado y honrado por su pueblo. Y tambi√©n era de oro: la reluciente torques que llevaba al cuello estaba hecha de gruesos cordones trenzados de oro; su cintur√≥n era una resplandeciente faja de discos dorados que imitaban art√≠sticamente las escamas de un pez; los brazaletes que le ce√Ī√≠an los musculosos brazos eran de oro rojo y ten√≠an la forma de serpientes enroscadas con ojos de rub√≠; el manto era amarillo, con emblemas y orla blancos cosidos con hilo dorado; la espada que llevaba al cinto ten√≠a la empu√Īadura de oro. Tras el rey hab√≠a un paje que sosten√≠a un blanco escudo redondo con el borde y un adorno central de oro, tambi√©n blanco, y bland√≠a una lanza cuya punta era de oro bru√Īido.
Observar la grandeza del rey era como contemplar el sol. Aturdía su brillo y deslumbraba su magnificencia. Su elegancia impresionaba e imponía respeto: tenía los cabellos rubios anudados en una gruesa cola de caballo, el bigote era poblado y magnífico, los ojos tranquilos y serios. Las facciones de Meldryn Mawr atestiguaban su sangre azul: frente alta, nariz recta, mandíbula y barbilla firmes, cejas bien dibujadas y pómulos bien marcados.
Cuando comenz√≥ a hablar, su voz era la de un dios: profunda y melodiosa, matizada de ternura y humor, pre√Īada de energ√≠a y autoridad. No me cab√≠a duda de que cuando la c√≥lera le hiciera levantar la voz podr√≠a dominar incluso a los elementos desatados. Pero entonces a√ļn no hab√≠a o√≠do hablar a Ollathir, el Bardo Supremo del rey.
El bardo del rey estaba a la derecha del monarca, pero medio paso detr√°s. Como Ruadh, el Bardo Supremo vest√≠a una sencilla t√ļnica marr√≥n, aunque su manto era de rica p√ļrpura con un broche de oro y adem√°s llevaba una torques tambi√©n de oro. Era alto y de aspecto severo, y era el √ļnico de los habitantes del caer que parec√≠a tener edad: no es que fuera viejo, pero pose√≠a ese aire de serenidad y dignidad que a veces adorna a los hombres de edad provecta. Orgulloso, solemne y sabio, Ollathir permanec√≠a sereno junto al rey, tan impresionante y regio como un monarca. No me cab√≠a duda de que me encontraba frente al palad√≠n de los bardos.
El rey hizo un leve gesto con el brazo e impuso silencio a la asamblea. Habl√≥ muy poco; de vez en cuando alguna de sus palabras me sonaba familiar y supuse que estaba pronunciando un breve discurso de bienvenida. Luego se le acerc√≥ el pr√≠ncipe Meldron, y ambos se abrazaron. El pr√≠ncipe dijo algo y se volvi√≥ para se√Īalar a la banda de guerreros, de la que se destac√≥ el bardo del pr√≠ncipe, quien se detuvo ante el rey con el manto sobre la cabeza y enton√≥ un extra√Īo y desigual canto.
Vi a Simon y tan discretamente como pude me acerqué a él.
¬ó¬ŅQu√© sucede? ¬ósusurr√©.
—Ruadh le está recitando al rey la batalla —respondió Simon.
¬ó¬ŅC√≥mo sabe lo que pas√≥? No estaba all√≠ ¬óobjet√©¬ó. Apareci√≥ con el pr√≠ncipe cuando todo hab√≠a acabado.
—Pues claro que no estaban allí. Presenciaron la batalla desde la cima de la colina.
¬ó¬ŅQu√© est√° diciendo?
—Le está diciendo al rey y al pueblo que somos valientes e invencibles, que el coraje fluye por nuestras venas, que en la batalla nos comportamos con la valentía de los osos..., esa clase de cosas, ya sabes.
Hizo una pausa y el bardo cantó un poco más.
¬óAhora est√° describiendo la batalla..., el d√≠a que hac√≠a, la ca√Īada donde se libr√≥, cu√°ntos eran los enemigos..., todo eso.
Asentí. El bardo siguió cantando un rato y luego se calló. El rey volvió a hablar alzando las manos con ademán solemne.
¬ó¬ŅY ahora qu√© pasa?
—El rey declara que el honor ha sido reparado y da las gracias a los guerreros. Nos invita a un festín que se celebrará en nuestro honor.
Me agradó la idea. La larga jornada me había abierto el apetito.
—¡Estupendo! —susurré—. Vamos allá.
¬óEl fest√≠n se celebrar√° ma√Īana ¬óme inform√≥ Simon en tono √°spero¬ó. Esta noche hay que descansar.
Efectivamente, después de comer un poco de pan y de beber un trago de cerveza fuimos a acostarnos. Los guerreros que tenían esposa y familia se retiraron a sus casas; los demás, entre los que me contaba yo, tuvimos que buscarnos acomodo. Simon y yo nos dirigimos a uno de los tres enormes edificios de tejado bajo, a los que llamaban las Casas de los Guerreros, nos envolvimos en los mantos de lana y nos acostamos en jergones de paja fresca.
En la suave oscuridad, que flu√≠a y reflu√≠a con la marea de la respiraci√≥n de los guerreros, me sent√≠a m√°s protegido y seguro que nunca; jam√°s hab√≠a gozado de un descanso tan profundo y tranquilo. Dorm√≠ circundado por los muros de la fortaleza del rey, entre hombres resueltos a dar su sangre y su vida por sus compa√Īeros. Y antes del alba me despert√© pensando: ¬ę¬ŅQu√© dar√≠a por despertarme siempre entre estos hombres?¬Ľ.