14 - Caer modornn

La hueste se detuvo a la orilla del r√≠o y contempl√≥ c√≥mo el pr√≠ncipe se met√≠a hasta media corriente y se quitaba un brazalete de oro que le hab√≠a correspondido en el bot√≠n. Tendi√≥ el brazalete hacia el sol, pronunci√≥ unas palabras que no entend√≠ y arroj√≥ la joya aguas arriba tan lejos como pudo. Vi c√≥mo el brazalete reluc√≠a en los aires y despu√©s se hund√≠a en las aguas. Los guerreros profirieron gritos de entusiasmo y cruzaron corriendo el r√≠o. Yo lo atraves√© por un vado, gan√© la otra orilla y sub√≠ penosamente la ladera de la colina siguiendo el camino que conduc√≠a hacia el caer, iba el √ļltimo. Esperaba encontrar una construcci√≥n enorme e imponente, pero qued√© decepcionado. Una vez franqueada la estrecha puerta de madera, el caer result√≥ ser simplemente un campamento fortificado. Dentro de la empalizada, esparcidas por la cima de la colina, hab√≠a aproximadamente una docena de tiendas hechas de piel y madera. Unas cuantas hogueras se√Īalaban el lugar donde los guerreros se reun√≠an para comer y para dormir.
Era un lugar sencillo y agreste sin ninguno de los lujos que creí que existían en el Otro Mundo. A juzgar por lo que veían mis ojos, el tal Meldryn Mawr, quienquiera que fuese, era el rey de un humilde aprisco de madera.
Cuando llegamos, los que se hab√≠an quedado para proteger el fuerte nos rodearon para escuchar los jugosos detalles de la jornada de labios de sus compa√Īeros. Por la excitaci√≥n que mostraban todos, tanto los que contaban fanfarronadas como los que las escuchaban, parec√≠a que la incursi√≥n les hab√≠a proporcionado una inmensa gloria.
Gracias a la descarada mentira de Simon, yo mismo me convert√≠ en causa de buena parte de esa excitaci√≥n. Al parecer, matar a un jefe era una haza√Īa inconmensurable. Por la forma en que gritaban, re√≠an y saltaban al enterarse, se habr√≠a podido decir que yo, David, hab√≠a matado a Goliat y puesto en fuga a los filisteos tan s√≥lo con mi honda.
Fui zarandeado, empujado y palmoteado de un extremo a otro del campamento. Examinaron con curiosidad mis ropas y tambi√©n la horrible cabeza que llevaba en la mano. Cuando por fin un enorme y moreno guerrero, a quien tom√© por el palad√≠n del rey, se acerc√≥ a m√≠ y por se√Īas se ofreci√≥ a empalar por m√≠ la cabeza, se la entregu√© con much√≠simo gusto.
Bajo la mirada atenta del príncipe Meldron, el guerrero ensartó con pericia la cabeza en la lanza y clavó el astil a mis pies. Después me cogió por ambos brazos y me besó las ensangrentadas mejillas. Aquel gesto selló mi aceptación en la banda como un guerrero más. Todos prorrumpieron en aullidos y gritos como si acabasen de presenciar un solemne espectáculo. Y de nuevo me vi condenado a otra ronda de palmadas y empujones.
—Ya eres uno de ellos, amigo —dijo Simon cuando se reinstauró la calma y cada uno se dedicó a los quehaceres que habían abandonado para la ceremonia del ensartamiento—. Ahora podemos tomarnos un respiro.
¬óMuy bien ¬óasent√≠ mir√°ndome el torso con viva repugnancia¬ó. ¬ŅPuedo lavarme? ¬ŅEst√° permitido?
¬óEs mejor que no lo hagas. Quiz√° ma√Īana ¬ócontest√≥¬ó. Es el distintivo de que eres un iniciado, as√≠ que ost√©ntalo con orgullo. La mayor√≠a de los guerreros han sido entrenados para la lucha desde ni√Īos; t√ļ por lo menos te has librado de eso. Deber√≠as estar contento.
Clavé los ojos en el cuerpo tatuado de azul de Simon.
—¡Qué pinta tienes, Simon! Nunca te habría podido reconocer.
—Son pinturas de guerra —explicó; después extendió los brazos—. Pero aquí tienes algo imperecedero.
Vi que la parte interior de cada brazo ostentaba el inconfundible dibujo celta de intrincadas espirales entrecruzadas.
¬óEsto es un salm√≥n ¬ódijo con orgullo se√Īal√°ndose el brazo izquierdo¬ó. Y esto otro un ciervo ¬óa√Īadi√≥ alzando el brazo derecho para que lo viera¬ó. Los he ganado por haber matado a cinco enemigos..., cinco por cada se√Īal.
¬ó¬ŅHas matado a diez hombres? ¬óexclam√©.
¬óDeber√≠a haber recibido una torques por el que mat√© hoy ¬óreplic√≥, algo malhumorado¬ó. √Čste fue el mejor de todos, un campe√≥n...
¬óSimon, ¬Ņqu√© te ha ocurrido? ¬ópregunt√©.
Todavía estaba impresionado por la batalla; la escena se mantenía fresca en mi mente.
¬ó¬ŅQue qu√© me ha ocurrido? ¬ógru√Ī√≥ se√Īalando con el dedo la lanza clavada a mis pies¬ó. Si no hubiera hecho lo que hice, ahora ser√≠a tu cabeza la que estar√≠a ensartada en el astil. No lo olvides. Te he salvado la vida.
—Y te lo agradezco mucho, créeme —insistí yo—. Sólo que...
—Mira que andar errante por un campo de batalla... —continuó sin hacerme el menor caso—. Si los cruinos no te hubieran matado, lo habrían hecho los llwyddios.
Simon cogió un lío de ropa que había a sus pies, lo desenvolvió y sacó una camisola de una tela amarilla muy fina.
¬ó¬ŅQui√©nes?
—El clan de los cruinos —explicó poniéndose la camisa—. Los enemigos con quienes peleamos hoy. Nosotros somos llwyddios.
Desenrolló unos pantalones amarillos y negros y se los puso.
¬ó¬ŅPor qu√© luchabais?
¬óEl rey Meldryn y uno de los reyes de los cruinos ri√Īeron por unos perros de caza.
Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y se dispuso a calzarse unas botas de suave cuero.
¬ó¬ŅPerros? ¬ŅHas dicho perros? ¬ódije dej√°ndome caer a su lado.
¬óEl rey cruino dijo que los perros de caza de Meldryn apestaban.
¬ó¬ŅC√≥mo? ¬ŅPretendes decirme que todo aquello..., que aquella matanza sobrevino por un insulto a unos perros?
—No seas burro. Claro que no se trata sólo de eso. Estaba en juego el honor.
—¡Ah, vaya! Me alegra oírlo. ¡Docenas de hombres murieron hoy porque alguien dijo que el rey Meldryn tenía perros apestosos! ¡No puedo creerlo!
¬ó¬°No grites! No entiendes nada ¬ódijo, at√°ndose una bota.
—Lo siento, Simon, pero por poco me matan allí y yo...
—No te mataron —replicó con tono terminante y rostro tenso.
Luego me mir√≥ y a√Īadi√≥ con voz m√°s suave:
—Deberías haberte visto la cara. ¡Jamás había visto a nadie más asustado! Fue muy divertido.
¬óVaya, gracias.
¬óEn realidad ¬óprosigui√≥ en un tono que me record√≥ al Simon de siempre¬ó, fuiste afortunado al encontrarnos. Ma√Īana regresamos a casa.
Se acabó de atar la otra bota.
¬ó¬ŅPor qu√©? ¬ŅEs que no estamos en la fortaleza del rey?
¬ó¬ŅEsto? ¬ódijo Simon con un gesto despectivo¬ó. S√≥lo es un campamento para pasar la noche. Meldryn posee cientos de estos fuertes esparcidos de una punta a otra del reino. S√≥lo somos un peque√Īo batall√≥n de j√≥venes guerreros y estamos aqu√≠ para vengar una afrenta hecha al honor del rey; luego regresaremos a Sycharth.
¬ó¬ŅRegresaremos? ¬óHab√≠a o√≠do un inconfundible acento de orgullo en la voz de Simon; por eso volv√≠ a preguntarle¬ó: Simon, ¬Ņqu√© te ha pasado? ¬ŅQu√© est√°s haciendo aqu√≠?
¬óNo me ha pasado nada. Como ves, estoy en mi salsa y soy muy feliz. Jam√°s en mi vida me he encontrado mejor. ¬ŅQu√© es lo que est√°s haciendo t√ļ aqu√≠?
—No lo sé. Vine a buscarte —repuse, y decidí ahorrarle una detallada explicación de lo que me había ocurrido desde su desaparición—. Hay un problema, Simon. No pertenecemos a este mundo. Tenemos que encontrar el modo de regresar... ya sabes, de regresar al mundo real.
Simon frunció el entrecejo. Era evidente que no le agradaba la idea.
—No va a ser fácil, tío.
—Quizá no —concedí—, pero tenemos que intentarlo. Y cuanto antes mejor.
Comenc√© a hablarle del nexo y del plexo y de la teor√≠a del profesor Nettleton acerca de la realidad interdependiente y todo lo dem√°s. Acab√© explic√°ndole una versi√≥n abreviada de la teor√≠a del Desenmara√Īamiento del Plexo ¬ótambi√©n del profesor Nettleton¬ó y le expuse el peligro que corr√≠amos todos ante tal eventualidad.
Simon me escuchó con la mirada clavada en el suelo y una expresión distante y fría. No dijo nada; se limitó a asentir con la cabeza, a arrancar unas briznas de yerba y a retorcerlas entre las manos. No podría asegurar que lo que acababa de contarle hubiera causado alguna mella en él.
¬ó¬ŅHas o√≠do lo que te he dicho, Simon?
—Lo he oído.
Alzó la vista y arrojó las yerbas al suelo con gesto impaciente.
¬óEntonces ¬Ņqu√© ocurre?
—Nada —replicó—. Ya te lo he dicho: estoy muy bien. Nunca estuve mejor.
¬óEntonces ¬Ņpor qu√© esa cara larga? Cre√≠ que te alegrar√≠a verme. De veras es un milagro que te haya encontrado. Todav√≠a no puedo creer que est√© aqu√≠.
¬ó¬ŅMe echan de menos? ¬ópregunt√≥ con aire distra√≠do.
—¡Pues claro que sí! Tus padres están preocupados. A estas horas seguramente ya deben de haber avisado a la policía. Pronto constarás en la lista de los desaparecidos. Te lo repito: cuanto antes regresemos, mejor.
Simon desvió la mirada. Creí que iba a responder algo, pero comenzó a explicarme lo que había hecho desde que cruzó de un mundo a otro.
¬óAl principio fue muy duro ¬ódijo, y otra vez sorprend√≠ en sus ojos aquella expresi√≥n extra√Īa y distante¬ó. Pero por suerte llegu√© al final del verano y pude encontrar frutas y bayas para alimentarme. Cuando los llwyddios me encontraron, llevaba vagando por las colinas... no s√© cu√°nto tiempo..., semanas por lo menos. Una partida de caza acamp√≥ junto al r√≠o. Por mis ropas dedujeron que era un extranjero y me llevaron ante el rey. El jefe de los bardos me ech√≥ una ojeada y afirm√≥ que era un visitante del Otro Mundo. Ya puedes imaginar el revuelo que se arm√≥...
Asent√≠ con la cabeza, pero lo cierto era que no pod√≠a imagin√°rmelo. Apenas pod√≠a dar cr√©dito a lo que me hab√≠a sucedido a m√≠ en las pocas horas que llevaba en aquel mundo extra√Īo.
Simon continuó su relato.
—Me concedieron un lugar de honor en la tribu..., era una especie de miembro honorario. Pero no tenía ni rango ni nombre.
¬ó¬ŅNo ten√≠as nombre? ¬ŅPor qu√© no les dijiste c√≥mo te llamabas?
Sacudió ligeramente la cabeza.
—No habría servido de nada. Aquí cada uno debe ganarse su nombre. Yo estoy en camino de ganarme uno muy importante.
Record√© la antigua tradici√≥n c√©ltica de no atribuir un nombre a las personas hasta que realizaran una haza√Īa importante gracias a la cual pudiera serles otorgado uno. Adem√°s, un nombre de persona no era algo que pudiera mencionarse a la ligera. Muchos h√©roes legendarios manten√≠an en secreto sus verdaderos nombres sin revelarlos jam√°s para que sus enemigos no los supieran y no pudieran causarles da√Īo.
¬óEntonces ¬Ņc√≥mo te llaman ellos? ¬óle pregunt√© fascinado.
¬óMe llaman Sylfenu. Significa simplemente ¬ęel encontrado¬Ľ, puesto que me encontraron junto al r√≠o. El hecho de matar hoy a un jefe cruino me habr√≠a dado la baza que necesitaba. ¬óSe encogi√≥ de hombros¬ó. Pero no te preocupes, pronto tendr√© otra oportunidad.
¬ó¬ŅTe hicieron guerrero?
—Yo elegí serlo —contestó—. Me olí que la mejor manera de llegar a la cumbre era convertirme en guerrero. Un guerrero goza de una buena posición, de libertad para ir y venir, y para hacer lo que le plazca. Los guerreros sólo tienen que cazar y luchar; para ellos es el oro y la gloria.
—Suena bien —dije—. Pero también corren el peligro de que los maten.
¬óA veces, si tienen mala suerte ¬óasinti√≥¬ó. Pero yo jam√°s he tenido mala suerte. ¬óSonri√≥ con malicia¬ó. Tambi√©n t√ļ eres ahora un guerrero. No lo olvides.
¬óGracias por record√°rmelo.
Procur√© alejar tal idea. No ten√≠a intenci√≥n de quedarme lo bastante como para ver y menos a√ļn participar en otra batalla como la que hab√≠a presenciado aquel d√≠a. Cambi√© de conversaci√≥n.
¬ó¬ŅPor qu√© tiraste al agua mi reloj?
Simon se echó a reír.
—Habrías tenido problemas si te llegan a sorprender con él. Aquí el tiempo no significa nada.
¬ó¬ŅQu√© quiere decir ¬ęaqu√≠¬Ľ, Simon? ¬ŅD√≥nde estamos? ¬ŅC√≥mo se llama este lugar?
¬óCaer Modornn ¬órespondi√≥ poni√©ndose en pie. Cogi√≥ un cintur√≥n de rayas verdes y negras y se lo at√≥ a la cintura para abrocharse as√≠ la camisa¬ó. Ven conmigo. Te lo ense√Īar√©.
Recorrimos el campamento y caí en la cuenta de que faltaba algo que ya antes había echado de menos: no había mujeres en el caer. Se lo comenté a Simon.
¬ó¬°Claro que no! ¬óme dijo¬ó. S√≥lo estamos haciendo una peque√Īa incursi√≥n; las mujeres no nos acompa√Īan en esta clase de correr√≠as.
¬ó¬°Ah! ¬ŅEn otras s√≠?
¬óYa lo ver√°s ¬órepuso, arqueando las cejas.
Llegamos a la entrada del caer y seguimos un estrecho sendero que coronaba el escarpado foso que se abr√≠a al otro lado del muro de le√Īos. Recorrimos un trecho del per√≠metro de la colina y nos detuvimos. All√° abajo discurr√≠a el anchuroso y cristalino r√≠o que hab√≠amos cruzado hac√≠a unas horas.
—El río Modornn —me indicó Simon—. Traza la frontera oriental del territorio de los llwyddios. Al otro lado, donde hemos luchado hoy, se extiende el territorio de los cruinos.
Se dio la vuelta y seguimos caminando un rato. Luego nos detuvimos de nuevo, mir√© hacia donde Simon me se√Īalaba y divis√©, en la neblinosa distancia ribeteada de colinas, el destello plateado de una inmensa extensi√≥n de agua.
¬óM√°s all√° de esas colinas, hacia el noroeste, est√° Myr Llydan, un golfo de enorme tama√Īo ¬óme explic√≥.
Reanudamos el paseo en torno al caer. Observ√© que la geograf√≠a del terreno iba cambiando, elev√°ndose en estribaciones y mesetas m√°s escabrosas. M√°s all√°, se alzaban escarpadas monta√Īas formando una cordillera que iba a perderse en la distancia entre nubes y niebla.
—Aquello es Cethness —indicó Simon—. En el corazón de Cethness, los llwyddios poseen una fortaleza de piedra que no tiene rival. Se llama Findargad y es el antiguo asentamiento del clan.
Escruté las macizas serranías que se alzaban azules y calinosas en el horizonte y seguimos caminando. Cuando volvimos a detenernos, contemplé una vez más las suaves colinas y el anchuroso cauce del río; detrás se veían las oscuras márgenes de un bosque.
¬óHacia el sur ¬ódijo Simon se√Īalando el curso del r√≠o¬ó, est√° Sycharth, palacio y fortaleza de Meldryn Mawr. Con Findargad en el norte y Sycharth en el sur, el rey domina todo el territorio del oeste.
¬ó¬ŅEl oeste de qu√©? ¬ópregunt√©.
¬óDe Prydain ¬órepuso¬ó, uno de los tres reinos. Los otros son Caledon, al norte, y Llogres, al sur.
Los nombres me resultaban familiares por antiguas, antiquísimas leyendas.
¬ó¬ŅC√≥mo se llama..., c√≥mo se llama todo esto, los tres reinos juntos?
Simon ten√≠a la vista fija en el espl√©ndido panorama que se abr√≠a ante nosotros. Alz√≥ la mano y se√Īalando el paisaje dijo:
—Todo eso es Albión.
—Albión —repetí.
Y se me ocurri√≥ que resultaba muy extra√Īo que los nombres del Otro Mundo se conocieran en el mundo manifiesto.
¬óPero son nombres hist√≥ricos. ¬ŅC√≥mo es posible que el Otro Mundo tenga alguna conexi√≥n con la historia?
¬ó¬ŅQui√©n dice que la tenga? ¬óreplic√≥ Simon.
¬óBueno, ¬Ņno te parece un poco extra√Īo que un nombre cl√°sico sea conocido aqu√≠?
¬óT√ļ eres quien estudia la cultura celta. El problema es tuyo. Yo me limito a decirte simplemente c√≥mo llaman a este lugar las gentes de aqu√≠.
Los antiguos britanos llamaban a su isla Alba; y para algunos todavía se llamaba así. El viejo Nettles tenía razón, y yo estaba equivocado... o, a lo mejor, era al revés: el Otro Mundo no tenía fundamento histórico, sino que era el mundo histórico el que se fundamentaba en el Otro Mundo.
Aprehendí esta verdad y me sentí aturdido ante su aplastante peso; pero, al momento, se me escapó de nuevo, elusiva e inasible. Sin embargo, tuve el convencimiento de que, en la brevedad de unos instantes, había logrado abarcar la revelación de que Albión era el primigenio arquetipo del mundo céltico.
El tejido entre los mundos era vasto y ten√≠a m√ļltiples ramificaciones. Si hab√≠a que dar cr√©dito a Nettles ¬óy hasta ese momento no me hab√≠a llevado por mal camino¬ó, entonces aquel lugar, Albi√≥n, era la Forma de las formas, el patr√≥n original para todo lo que, del prodigio magn√≠fico y √ļnico conocido como el esp√≠ritu c√©ltico, hab√≠a llegado a convertirse en realidad hist√≥rica. De ahora en adelante no deber√≠a sorprenderme al encontrar otras similitudes innegables.
Una vez completada la circunvalación, Simon y yo regresamos al caer. Algunos guerreros, que al parecer no se sentían saciados con la excitación de la jornada, habían comenzado una competición de lucha libre. Un enorme corro se había formado en torno a siete parejas de luchadores. El juego consistía en levantar en el aire al contrincante por cualquier medio y hacerlo caer violentamente al suelo. De alguna manera que no pude captar, los perdedores iban siendo eliminados y los ganadores tenían que luchar entre sí. Cuando quedaron sólo dos contendientes, comenzaron las apuestas.
El intercambio de apuestas fue rápido y animado; todos, incluido el príncipe, apostaron por uno de los dos hombres. Gritaban y se empujaban tanto que pensé que las apuestas acabarían en bofetadas. Pero, tan rápidamente como habían empezado, cesaron las apuestas y comenzó la lucha.
Los dos contendientes se pusieron a la defensiva en medio del corro. Iban dando vueltas con extrema cautela sobre las puntas de los pies. Creo que se hab√≠an untado con aceite para que les resultara m√°s dif√≠cil agarrarse, porque les brillaban los brazos y las piernas como si fueran de m√°rmol pulimentado. A decir verdad, las m√°s bellas estatuas griegas no eran tan gr√°ciles como aquellos luchadores. ¬ęSoberbios ¬ópens√©¬ó, perfectos. Uno moreno, el otro rubio, pero ambos magn√≠ficamente bien formados.¬Ľ
Se mov√≠an con lentitud, estrechando el c√≠rculo, cada vez m√°s cerca uno del otro. De pronto, el de los cabellos rubios se lanz√≥ contra las rodillas del otro, se las agarr√≥ con fuerza y lo alz√≥ con √°gil impulso. El luchador moreno apret√≥ las manos en un pu√Īo y descarg√≥ un tremendo golpetazo entre los om√≥platos de su atacante con una fuerza que se me antoj√≥ habr√≠a podido derribar un buey.
El rubio cay√≥ de rodillas, pero no solt√≥ a su contrincante, que alz√≥ las manos sobre la cabeza para asestar otro golpe. El rubio descarg√≥ sus hombros contra el est√≥mago de su enemigo, quien solt√≥ un tremendo gru√Īido y se dobl√≥ en dos. Luego lo alz√≥ un poco del suelo, muy poco, lo justo para hacerle perder el equilibrio. Ambos contrincantes cayeron, pero el rubio fue a caer limpiamente sobre el moreno sin tocar el suelo. La lucha hab√≠a terminado, y el guerrero de los cabellos claros fue proclamado vencedor.
Aullidos y gritos llenaron el aire y coleg√≠ por la algarab√≠a que casi todos hab√≠an cre√≠do que perder√≠a el rubio. Se pagaron las apuestas: anillos y brazaletes cambiaron de manos; broches, cuchillos y lanzas fueron entregados a sus nuevos due√Īos. Los ganadores estaban exultantes, los perdedores afables. Todos parec√≠an muy satisfechos con el resultado.
Se celebró otra lucha. Salieron al corro siete parejas más que lucharon hasta que sólo quedaron los dos mejores; luego empezó otra más. Temí que el espectáculo se prolongara durante toda la noche, pero, cuando hubo acabado la tercera pelea, la multitud se dispersó; enseguida vi el porqué. Las hogueras habían sido encendidas y por todo el campamento se estaba asando carne. Pero antes de la comida vino la bebida: largos tragos de un líquido de color ámbar, que tomé por cerveza, fueron servidos en enormes tazas, boles, cuernos y vasos..., en cualquier tipo de vasija de considerable capacidad.
En varios puntos estrat√©gicos del caer se hab√≠an dispuesto tinajas. Los guerreros se api√Īaban en torno con jarras que llenaban sumergi√©ndolas en el espumoso brebaje. Simon me condujo hasta la tinaja m√°s cercana. Un corpulento sujeto con largas melenas oscuras y un delantal amarillo atado a la cintura me puso en las manos un vaso de cobre. El hombret√≥n me mir√≥ con amabilidad y me indic√≥ por se√Īas que bebiera.
—Es el cervecero. Quiere que pruebes la cerveza —me explicó Simon—. ¡Bebe!
—¡Salud! —dije, y me llevé la copa a los labios.
El líquido olía a buena cerveza y tenía un gusto agradablemente ácido, un poco agrio. Tragué un buche con expresión solemne y en cuanto lo hube hecho sentí en la nariz un tremendo picor; estornudé y me atraganté a un tiempo, y acabé escupiendo el brebaje sobre el cervecero.
El hombrón pareció considerar aquello la más calurosa aprobación de su arte. Se echó a reír y me golpeó la espalda con tanta contundencia que me vertí por encima la mitad del contenido del vaso. La cerveza de tan inesperado bautismo se mezcló con la sangre coagulada del torso y resbaló por mi vientre en rojizos churretes. La hilaridad del cervecero fue en aumento, echó la cabeza hacia atrás y soltó unas atronadoras carcajadas.
—¡Bravo! —se burló Simon—. Se te puede llevar a cualquier sitio.
¬óDeber√≠as haberme avisado ¬ómurmur√© limpi√°ndome el l√≠quido de manos y brazos¬ó. ¬ŅDe qu√© est√° hecha?, ¬Ņde jengibre?
—Creo que de pícea —respondió Simon—. Hay que acostumbrarse al gusto.
¬ó¬°No me digas!
¬óTe sugiero que te acostumbres lo antes posible, pues la beben en grandes cantidades. No querr√°s que crean que no te gusta...
—Dios no lo quiera —murmuré mirando fijamente mi vaso.
El cervecero consider√≥ que yo deseaba que me llenara la copa hasta el borde. La cogi√≥, la llen√≥ y me indic√≥ de nuevo con se√Īas que bebiera. Levant√© la copa y la apur√© hasta el fondo; a continuaci√≥n me limpi√© la boca con el antebrazo.
El gigantón volvió a llenarla, y Simon y yo nos alejamos de la tinaja para sentarnos a beber y esperar la comida.
¬ó¬ŅSiempre es as√≠? ¬ópregunt√©.
¬ó¬ŅA qu√© te refieres?
¬óA todo este enloquecido jolgorio ¬órepuse se√Īalando a los vociferantes y alborotados grupos de comensales.
—Si esto te parece un enloquecido jolgorio, espera a ver una auténtica celebración de victoria.
Bebimos en silencio; yo daba peque√Īos tragos y comenzaba a sentir los efectos de la cerveza, combinados con el cansancio, el sobresalto, la p√©rdida de adrenalina y el hambre. Seguimos bebiendo mientras contempl√°bamos c√≥mo el rosado atardecer se iba convirtiendo en un maravilloso ocaso. Nunca hab√≠a visto un anochecer m√°s esplendoroso; me pareci√≥ que mi alma se lanzaba a abrazar las resplandecientes estrellas a medida que iban apareciendo en el firmamento. Me puse a saludarlas una tras otra:
—¡Salud, hermana! Bienvenida. Sé cómo te llamas.
Cuando lleg√≥ el momento de comer, yo ya estaba borracho. La cabeza se me ca√≠a sobre el pecho mientras me esforzaba por masticar bocados de una sabros√≠sima pierna asada que ten√≠a en el regazo. La carne estaba muy sabrosa, pero me encontraba demasiado cansado como para com√©rmela. Me qued√© dormido asiendo en una mano el vaso vac√≠o y en la otra la cena inacabada. Lo √ļltimo que recuerdo es el resplandor del fuego alz√°ndose en una noche pre√Īada de cantos y risas.