13 - El bautismo de sangre

Era efectivamente Simon, desnudo, con los mismos tatuajes de guerra que los dem√°s guerreros y luciendo adem√°s un largo bigote.
—¡Sí, soy Simon! —gritó—. Deja de dar patadas. Estoy tratando de ayudarte.
Cesé de debatirme y me senté.
¬ó¬°Simon! ¬°Por fin te he encontrado! ¬ŅQu√© est√°s haciendo aqu√≠? ¬ŅC√≥mo...?
Me cogió por el brazo y tiró de mí.
¬ó¬°Lev√°ntate!
—Simon, vámonos de aquí. Tenemos que...
Se inclinó sobre el cadáver del guerrero, cogió la espada y me la tendió.
¬óToma.
—No sé cómo usarla —dije devolviéndosela.
—Ya aprenderás —replicó, y comenzó a desgarrarme las ropas—. Quítate la camisa.
¬ó¬°Eh! ¬ŅQu√© diablos...?
¬óNo pretender√°s que te vean con esa pinta ¬óme dijo con brusquedad.
De mala gana me desabroché la camisa.
¬óSimon, de veras estoy muy contento de haberte encontrado.
—¡Date prisa! —exclamó observando la lucha.
El bando del que formaba parte parecía estar venciendo a sus enemigos, que iban perdiendo terreno. El combate se libraba ya un poco más lejos, colina arriba.
Consideré que era una ocasión favorable para escapar sin ser vistos.
—Mira, ahora es el momento de huir de aquí. Podemos...
—¡Quítatela! —gritó tirándome de la camisa—. También hay que deshacerse de esto —agregó cogiéndome el brazo y arrancándome el reloj.
Al momento se dio la vuelta y arrojó mi reloj al agua.
¬óEspera un minuto. No puedes...
La esfera del reloj brill√≥ en el aire un momento y desapareci√≥ entre las pe√Īas del arroyo.
—¡Ven conmigo! —me ordenó y, cogiendo la lanza, se precipitó a la lucha.
De mala gana, empu√Ī√© la espada y trat√© una vez m√°s, sin √©xito, de arrebatarle el escudo al cad√°ver del guerrero.
—¡Date prisa! —gritó Simon—. Procura mantenerte a mi lado.
Corrí tras él sin escudo, soltando maldiciones.
—¡Es una locura! —exclamé, pero el fragor del combate se tragó mis palabras y Simon no me oyó—. ¡Una jodida locura!
Simon hizo con la lanza una se√Īal de que lo siguiera y, d√°ndose la vuelta, se lanz√≥ al combate. Le sali√≥ al encuentro un inmenso guerrero con un escudo redondo y blanco, tan manchado de sangre que el rojo emborronaba el fondo blanco; la espada que empu√Īaba estaba mellada. El guerrero alz√≥ la espada y se arroj√≥ contra Simon con un feroz aullido de guerra.
Simon no dudó ni un instante; se lanzó contra el adversario, le clavó el extremo de madera de la lanza en la ingle y apretó con furia. Me quedé boquiabierto. El guerrero retrocedió tambaleándose, alzó la espada y la dejó caer sobre el asta de la lanza de Simon.
—¡Huyamos! —grité.
Pero Simon no tenía la más mínima intención de escapar. Se lanzó contra su tambaleante enemigo descargando violentamente la lanza contra el escudo manchado de sangre. Pese al tumulto de la batalla, oí con toda claridad el golpe. El guerrero soltó el escudo y Simon clavó la afilada punta de la lanza en el pecho desnudo del enemigo. La sangre brotó de la herida como de una fuente. El guerrero cayó muerto al suelo con la boca abierta como si profiriera un silencioso alarido.
S√ļbitamente mareado, con la vista borrosa, me acerqu√© tambale√°ndome a Simon.
¬óIntent√≥ matarte ¬ómurmur√© sin saber lo que dec√≠a¬ó. ¬ŅEst√° muerto?
Por toda respuesta, Simon arrebató la espada a su enemigo. Puso un pie sobre el pecho del muerto y, cogiendo la espada con ambas manos, descargó un golpe rápido y certero. Con un crujido carnoso, la cabeza del guerrero se separó del tronco.
Solté un alarido y retrocedí unos pasos.
¬ó¬°Simon!
Mi amigo cogió la cabeza, se volvió hacia mí y alzó el horripilante trofeo. Lo miré sin dar crédito a mis ojos. Simon lanzó una carcajada.
¬ó¬°Ac√©rcate! ¬ógrit√≥ lanz√°ndome la cabeza¬ó. Por lo menos, s√© √ļtil.
La cabeza rebotó en el suelo y rodó hasta mí sangrando por el amputado cuello. Se detuvo a mis pies; la miré horrorizado mientras tragaba la bilis que de pronto me había llenado la boca.
—¡Cógela! —me ordenó Simon con impaciencia—. ¡Cógela, Lewis! ¡Vamos!
Me inclin√© y la agarr√© por los pelos. La cabeza a√ļn estaba caliente y los cabellos empapados de sudor. Me sent√≠ mareado. No pod√≠a respirar, y pens√© que iba a vomitar; el est√≥mago me pesaba, las rodillas se me doblaban. Me ergu√≠ tambaleante, sosteniendo el horrible trofeo, aturdido por el v√©rtigo y el mareo.
Simon se lanzó de nuevo a la batalla, pero el combate había terminado ya. Los vencidos huían por la colina, y los vencedores —la hueste que había aparecido primero— agitaban las lanzas y daban alaridos ante la rápida derrota que habían infligido a los enemigos. Los muertos de ambos bandos yacían esparcidos por la ladera como cantos rodados blanqueados al sol. Con los miembros destrozados y mutilados yacían sobre la yerba más suave que jamás había contemplado, bajo un cielo de un azul indescriptible.
Mientras contemplaba aturdido aquella feroz carnicer√≠a, o√≠ un √°spero graznido, alc√© la mirada y vi que se estaban reuniendo los p√°jaros carro√Īeros, dispuestos a lanzarse sobre su espantoso fest√≠n. Un cuervo enorme acudi√≥ volando a posarse frente a m√≠, sobre el cuerpo del hombre que Simon hab√≠a matado. Con un sonoro graznido, el pajarraco clav√≥ el pico en la herida del pecho y arranc√≥ un jir√≥n de carne; ech√≥ la cabeza hacia atr√°s y se lo trag√≥.
Tuve que apartar la vista. Segu√≠ a Simon dando tumbos y procurando no mirar la espantosa carnicer√≠a esparcida sobre la yerba. Simon se hab√≠a reunido con los dem√°s guerreros que atronaban las colinas con sus alaridos de victoria. Algunos daban saltos y agitaban las lanzas ante el evidente deleite de sus compa√Īeros que los coreaban con sonoras carcajadas. Simon se divert√≠a y re√≠a con ellos.
El regocijo ces√≥ de pronto ante la llegada de dos hombres j√≥venes montados a caballo: uno parec√≠a un guerrero, el otro una especie de consejero. El guerrero iba vestido con unos vistosos pantalones de color verde y oro y una camisola roja de un tejido que por su brillo parec√≠a sat√©n. Llevaba al cuello una especie de torques de plata y un cintur√≥n ancho de discos tambi√©n de plata. Le sobresal√≠a del cinto la empu√Īadura de una daga de oro e iba armado con una lanza de hoja plateada. Tambi√©n √©l ostentaba un enorme bigote. Los cabellos le ca√≠an en una larga melena rizada que brillaba al sol.
El otro joven iba vestido con m√°s sencillez: camisa marr√≥n, pantalones de tejido ordinario y un cintur√≥n de cuero. No llevaba joyas ni armas. Su √ļnico adorno era un manto carmes√≠ recogido en un hombro con un inmenso broche de plata. Ten√≠a el cabello muy oscuro y lo llevaba peinado hacia atr√°s, muy tirante.
Ambos eran altos e impresionantes, con toda la agilidad y la gracia de la juventud. Se movían con una dignidad y autoridad que, a mi juicio, sólo podían haber poseído los divinizados emperadores romanos: majestuosos y benévolos, inspiraban confianza e intimidaban a un tiempo. Se habrían encontrado como en su casa en cualquiera de las cortes reales de Europa. Incluso sus caballos parecían más gráciles, más fuertes, más bellos que cualquiera de los pura sangre que tanto se apreciaban en el mundo real.
Cuando los dos jóvenes aparecieron, cesaron de golpe los alaridos y los gritos de victoria, dejando paso a un clamor que interpreté como un saludo al jefe. Me deslicé junto a Simon.
¬óEs el rey, ¬Ņverdad? ¬ósusurr√©.
—No. El príncipe —contestó en un murmullo—. Estáte callado.
¬ó¬ŅQu√© pr√≠ncipe?
¬óEl pr√≠ncipe Meldron ¬ódijo Simon en tono irritado¬ó. Meldron ap Meldryn Mawr. El que lo acompa√Īa es Ruadh, su bardo.
¬ó¬°Oh!
El pr√≠ncipe se detuvo en medio de los guerreros y desmont√≥ entre las aclamaciones generales. Cualquiera habr√≠a podido pensar que hab√≠a ganado la batalla √©l solito, aunque puedo asegurar que no hab√≠a movido ni el dedo me√Īique. Meldron sonre√≠a mientras sus hombres celebraban la victoria. Todos comenzaron a gritar, a abrazarse, a saltar y a pegarse golpes en la espalda. La escena me record√≥ la celebraci√≥n que se lleva a cabo en los vestuarios tras haber ganado un campeonato de f√ļtbol. Lo √ļnico que faltaba all√≠ era champ√°n para ducharse los unos a los otros.
Las aclamaciones se prolongaron unos minutos; luego, tras una se√Īal o una orden que no pude entender, cesaron por completo. El pr√≠ncipe pronunci√≥ unas breves palabras y todos se pusieron en acci√≥n desperdig√°ndose por la ladera de la colina hacia los cuerpos de los guerreros muertos. Los compa√Īeros ca√≠dos fueron trasladados solemnemente al arroyo y sus cuerpos fueron colocados en la orilla. Despu√©s los cubrieron con piedras y levantaron con rapidez y pericia un mont√≠culo.
Los enemigos muertos fueron abandonados donde habían caído. Pero los cadáveres fueron decapitados y las cabezas amontonadas en una pirámide como si fueran coles. Luego recogieron las armas y los adornos —brazaletes, torques, pulseras, etc.— y los apilaron en otro montón junto al de las cabezas cortadas.
Simon colabor√≥ en todas estas tareas y durante un rato me qued√© solo. Entonces fue advertida mi presencia en el campo de batalla. En efecto, mientras los guerreros recorr√≠an la ladera en busca de bot√≠n, uno de ellos me vio; yo a√ļn sosten√≠a la cabeza del hombre que Simon hab√≠a matado. El sujeto se acerc√≥ a m√≠ y me examin√≥ con atenci√≥n.
Como no sabía qué hacer, le tendí la cabeza. El guerrero reaccionó como si yo me hubiera saltado una regla de etiqueta. Hizo una mueca dejando ver los dientes entre los labios y llamó por encima del hombro al bardo, que se dio la vuelta y, al verme, acudió a examinarme con la misma curiosidad que el guerrero.
El bardo me dijo unas palabras en una voz que sonaba a un tiempo aguda y gutural. No entendí nada, pero me di cuenta de que ya había oído antes aquel lenguaje, aunque bastante cambiado. Tenía, en efecto, la misma resonancia que el galés moderno.
Yo seguía sonriendo como un imbécil, con la cabeza del guerrero en la mano. El bardo llamó al príncipe, que acudió enseguida con otros guerreros. Y de pronto me encontré examinado atentamente por el príncipe y rodeado por un círculo de vigorosos guerreros desnudos y tatuados de azul; ninguno parecía demasiado complacido de verme.
El pr√≠ncipe Meldron, igual que hab√≠a hecho el bardo, me dirigi√≥ unas palabras en protoga√©lico. Yo respond√≠ en mi lengua, lo cual caus√≥ verdadera sensaci√≥n; todos murmuraban excitadamente y se√Īalaban mis zapatos y mis pantalones. Algunos incluso se atrevieron a tocarme el torso desnudo con dedos cautelosos. Me miraban fijamente a m√≠ y a la cabeza que sosten√≠a, como si no pudieran creer lo que estaban viendo.
Simon apareci√≥ en el c√≠rculo y acudi√≥ en mi ayuda. Se puso a mi lado y me pos√≥ la mano en el hombro; me se√Īalaba a m√≠ y a la cabeza sanguinolenta sin dejar de farfullar cosas en aquella extra√Īa lengua. Me qued√© pasmado ante su fluidez. Me parec√≠a mentira que fuera el mismo Simon cuyas habilidades ling√ľ√≠sticas empezaban y acababan en el franc√©s de la carta de vinos. Para mayor asombro, el bardo se dirig√≠a a √©l con respeto. Mi amigo respond√≠a con prontitud, sin vacilar y sin levantar la mano de mi hombro.
La conversación se prolongó un rato; luego el bardo asintió lentamente, se dirigió al príncipe y supongo que le comunicó las conclusiones que había sacado. Tras escuchar unos instantes, el príncipe alzó la mano. El bardo se calló. Meldron se acarició el bigote escrutándome con la mayor atención, como si quisiera formarse una idea de mi persona.
¬ó¬ŅQu√© pasa? ¬ópregunt√© con un desesperado susurro.
—Shh —me aconsejó Simon dándome un golpe en el pescuezo para hacerme callar.
Meldron pareci√≥ llegar a una conclusi√≥n, porque indic√≥ con una se√Īa a Simon que se apartara e inclin√≥ su cabeza y sus hombros hacia m√≠. Yo no ten√≠a ni idea de lo que me aguardaba: ¬Ņuna pu√Īalada en las costillas?, ¬Ņun beso de bienvenida?, ¬Ņuna bofetada?, ¬Ņun pu√Īetazo en un ojo?
No hizo ninguna de estas cosas, sino que me cogi√≥ por la mu√Īeca la mano en la que sosten√≠a la cabeza del enemigo, me la levant√≥ y la mantuvo en alto. La cabeza pend√≠a grotescamente goteando sangre. El pr√≠ncipe dirigi√≥ unas palabras a los reunidos, que para entonces ya eran toda la hueste, y despu√©s puso la mano que le quedaba libre con la palma hacia arriba, debajo de la sanguinolenta cabeza. La palma se le llen√≥ pronto de sangre y, cuando hubo suficiente, la derram√≥ sobre m√≠. Me embargaron una aversi√≥n y un asco atroces; me entraron ganas de vomitar, ganas de morir. Pero el pr√≠ncipe segu√≠a agarr√°ndome de la mu√Īeca y tuve que permanecer inm√≥vil, en muda agon√≠a, mientras √©l derramaba la sangre sobre mi cabeza. Luego me ti√Ī√≥ las mejillas con la sangre que le hab√≠a sobrado del extra√Īo y macabro bautismo. Se me puso la piel de gallina.
Tan pronto como el príncipe hubo acabado la sangrienta ceremonia, se adelantó su bardo, Ruadh, y repitió el mismo ritual haciéndome una marca con el caliente y rojo líquido a ambos lados del cuello y encima del corazón.
Pero el repugnante bautismo no acab√≥ ah√≠: tuve que soportar que todos los guerreros, uno tras otro, se mancharan de sangre la mano y me marcaran. Unos trazaron en mi p√°lida piel los mismos dibujos que ellos llevaban, otros se limitaron a dejar la se√Īal de sus huellas dactilares. Cuando todos hubieron desfilado, ten√≠a el torso cubierto completamente de sangre coagulada. Es imposible describir con palabras el asco y el horror que tuve que soportar.
Cuando me hubo marcado el √ļltimo guerrero, Meldron solt√≥ mi mu√Īeca, se dirigi√≥ al mont√≥n de las armas y joyas arrebatadas a los muertos y, tras desechar algunos objetos de oro y plata, escogi√≥ un brazalete enorme de bronce, me lo desliz√≥ por la mano y me lo coloc√≥ justo debajo del b√≠ceps. Los guerreros irrumpieron en gritos de aprobaci√≥n y me aporrearon la espalda con fuertes palmadas. En resumen, una experiencia de lo m√°s desagradable. Dese√© con todas mis fuerzas que la tierra se abriera y me tragara.
Despu√©s, el pr√≠ncipe Meldron procedi√≥ a repartir el bot√≠n entre sus hombres. Cada uno de los guerreros recibi√≥ algo: una joya, un arma, una chucher√≠a de oro o plata. Todos se comportaban como alborotados ni√Īos en un d√≠a de Navidad y soltaban exclamaciones y risotadas de agradecimiento.
En un abrir y cerrar de ojos el botín había desaparecido. Entonces el príncipe montó a caballo y ordenó a sus hombres que se pusieran en marcha; todos se apresuraron a obedecer. Simon se acercó a mí con una sonrisa en los labios.
¬óTe has portado como un hombre ¬ódijo d√°ndome una palmada en el hombro¬ó. Ya eres uno de ellos.
—¡Que me he portado como un hombre! ¡Mierda! Ha sido espantoso. Creí que iba a vomitar.
De pronto caí en la cuenta de que todavía llevaba en la mano la cabeza del guerrero. Dejé caer al suelo el terrible trofeo y me limpié la mano en el pantalón. Me estremecí de asco.
¬óApesto. Tengo que lavarme.
—Cógela —me ordenó Simon.
¬óNo estoy dispuesto a cargar con esa asquerosidad.
Simon perdió la paciencia.
¬ó¬°Est√ļpido! Esa asquerosidad te acaba de salvar la vida. Se supone que tienes que llev√°rtela.
¬ó¬ŅQu√©? ¬ópregunt√© fuera de m√≠¬ó. ¬°Debes de haberte vuelto loco!
Simon se√Īal√≥ la cabeza que hab√≠a ca√≠do en la yerba boca abajo.
¬óEs la cabeza del jefe de la tribu que mataste...
¬ó¬ŅQue yo mat√©? Un momento, yo jam√°s en mi vida he matado a nadie...
—Y, por si no lo has adivinado, acabas de convertirte en un guerrero del ejército de Meldryn Mawr —dijo Simon—. Ahora, coge la cabeza y vámonos con los demás.
Se dio la vuelta, empu√Ī√≥ la larga lanza que el pr√≠ncipe le hab√≠a regalado y corri√≥ en pos de los otros. De muy mala gana recog√≠ la cabeza y lo segu√≠.
¬ó¬ŅAd√≥nde vamos, Simon?
—Volvemos al caer —me explicó—. No está demasiado lejos.
¬ó¬ŅEl caer? ¬ŅQu√© caer? ¬ŅPara qu√©?
—Ya te lo explicaré más tarde —prometió—. Créeme, no es conveniente que nos quedemos rezagados.
Echó a correr; yo lo seguí tan deprisa como pude, asiendo el trofeo que me había salvado la vida y maldiciendo el día que nací.