12 - El paraíso

Toda una parte del muro interior del cairn parecía haberse derrumbado y se divisaba la ladera de la colina. Lo primero que se me ocurrió fue salir huyendo precipitadamente por allí antes de que me cogieran aquellas bestias metafísicas.
Me puse en pie sosteni√©ndome la cabeza con las manos y me dirig√≠ dando tumbos hacia el muro derruido. No hab√≠a dado ni un paso cuando o√≠ detr√°s de m√≠ un atronador estruendo. Deb√≠an de ser mis perseguidores. Mir√© temeroso por encima del hombro y vi que el muro que hab√≠a detr√°s retroced√≠a de una forma inexplicable..., como si yo me estuviera alejando de √©l por un pasillo largo y estrecho. Sent√≠ una extra√Īa r√°faga de aire, un remolino tumultuoso, una ola que crec√≠a m√°s y m√°s. En aquel preciso instante, la verde ladera que se extend√≠a ante m√≠ se oscureci√≥ y desapareci√≥.
Me detuve. Me costó recobrar la calma. Sentía palpitaciones en la cabeza, como si me estuvieran golpeando rítmicamente con un ladrillo. A cada golpe veía brillantes lucecitas y lunares rojos. Inspiré profundamente aire y, con sumo cuidado, puse un pie ante el otro. El viento me agitaba la ropa. Con un miedo sobrecogedor me di cuenta de que, de forma misteriosa, había dado aquel primer paso sobre un puente estrechísimo que se alzaba sobre un vasto e invisible abismo.
El puente bajo mis pies era tan delgado como el filo de una espada. Hasta pod√≠a notar el cortante acero a trav√©s de las suelas de mis zapatos. Me balance√© peligrosamente procurando guardar el equilibrio. Un paso en falso y me precipitar√≠a en las desconocidas profundidades desde las que se elevaban ecos de fuerzas que se mov√≠an y entrechocaban como vagones de mercanc√≠as vac√≠os de un tren largu√≠simo que atraviesa la noche. Sin embargo, pese a que todos mis nervios y tendones me gritaban ¬ę¬°Insensato!¬Ľ, me obligu√© a m√≠ mismo a dar otro paso, sabiendo en lo m√°s profundo de mi alma que pod√≠a ser el √ļltimo.
Me tambaleé hacia delante. De pronto, la enloquecedora ráfaga de aire cesó, y todo quedó inmóvil. Pero enseguida me di cuenta de que no podía respirar.
No hab√≠a aire. Resopl√© y jade√©, pero mis pulmones no inspiraron. Mi boca exhal√≥ un ga√Īido de sorpresa, pero ning√ļn sonido atraves√≥ el vac√≠o. Tembloroso, aturdido y mareado, guard√© el equilibrio sobre el estrech√≠simo puente. Oscil√© peligrosamente pero no me ca√≠.
Logré avanzar tres centímetros, luego tres más. Sólo el filo de la espada bajo mis pies parecía real. No veía nada en torno. La oscuridad reinaba por doquier..., una oscuridad hiriente, un silencio punzante. Y entonces se levantó un espantoso viento galerado que no parecía soplar de ninguna parte y que me vapuleaba y aplastaba. Sentía como si me arrancaran la piel de la cara poco a poco, como si me desgarraran la ropa, como si me separaran la piel de los huesos.
No sé cómo tuve el valor suficiente para dar otro paso al frente y al instante lamenté haberlo hecho. Me falló bajo el pie el estrechísimo punto de apoyo y por un brevísimo y sobrecogedor instante sentí que todo mi cuerpo se disponía a echar a volar: los brazos extendidos, la cabeza erguida, las piernas dobladas y flojas...
Caí.
Pero, en lugar de precipitarme cabeza abajo en el insondable vacío noté que mis rodillas chocaban con una superficie sólida y caí de bruces fuera del cairn, a plena luz del día.
Todav√≠a me costaba trabajo respirar. Yac√≠ boca abajo como una ballena varada, jadeando, boqueando, luchando por recobrar el aliento. ¬°Aire! ¬°Aire! En el pecho me pesaban los pulmones, convulsos por el esfuerzo. Perd√≠ la visi√≥n y pens√©: ¬ęTodo ha terminado... Me estoy muriendo¬Ľ.
Me incorporé sobre un codo y rodé hasta quedarme echado de espaldas. El esfuerzo desencadenó algo en mi interior y noté que los pulmones se henchían de aire, un aire áspero y duro; me quemaba como si fuera fuego, pero no podía dejar de inhalarlo en ahogados jadeos. Me puse de costado, dolorido, medio ahogado, con los miembros temblorosos, los ojos llorosos y los dedos hormigueantes. El corazón me latía aceleradamente y la cabeza me palpitaba con ritmo vertiginoso.
Pese a todo lo que me hab√≠a sucedido en los √ļltimos momentos, juro que mi primer pensamiento consciente, lo primero que se me vino a la mente fue: no lo he logrado. Pens√© que el golpe que me hab√≠a dado en la cabeza era la causa de todas aquellas extra√Īas sensaciones. Me hab√≠a desorientado en la oscuridad y, dando tumbos, hab√≠a vuelto a salir a trav√©s de la abertura por la que hab√≠a entrado. Los √°rboles, la ladera, el cielo crepuscular; todo estaba como antes.
Hab√≠a fracasado. Y ahora los gorilas de la S. A. M. me coger√≠an y me echar√≠an. Tal pensamiento me hizo levantar la cabeza y mirar a diestro y siniestro. No hab√≠a nadie. Quiz√°s a√ļn estaba a tiempo de escapar. Me puse en pie con dificultad, me tambale√© y me apoy√© en el muro para no caer.
Fue en ese momento cuando recibí la sorpresa más grande. El cairn había desaparecido. En su lugar se levantaba un montículo enorme cubierto de yerba y coronado por una piedra vertical, con una entrada de dintel muy bajo justo detrás de mí. Parecía bastante improbable que hubiera podido salir a rastras por allí, pero no había otra posibilidad.
Me di la vuelta, contempl√© el paisaje que me rodeaba y descubr√≠ m√°s contradicciones. La nieve hab√≠a desaparecido. Y los √°rboles, pese al parecido que guardaban con los del bosque que rodeaba el cairn, no eran los mismos; eran m√°s altos, m√°s espesos y sus ramas mucho m√°s gr√°ciles. Todo lo que ve√≠a hab√≠a cambiado de apariencia de una forma sutil. Incluso el cielo parec√≠a en cierto modo m√°s brillante, aunque era la hora del ocaso... ¬Ņo quiz√° la del amanecer?
Como un hombre que sue√Īa, que se da cuenta de que est√° so√Īando, comprend√≠ en ese preciso instante que hab√≠a cruzado al Otro Mundo.
¬ę¬°Oh, Dios! ¬ópens√©¬ó. ¬ŅY ahora qu√©?¬Ľ
Me senté y encogí las rodillas hasta pegarlas al pecho. Comencé a balancearme hacia atrás y hacia delante largo rato, con los ojos cerrados, con la esperanza, creo, de que cuando los abriera el cairn estaría allí de nuevo y podría regresar al lugar que acababa de abandonar. Me dolía la cabeza. Me ardía la garganta. Me sentía desgraciado, perdido, completamente solo. Y, mientras permanecía sentado sintiéndome más y más infeliz, se me ocurrió de pronto que aquella ladera se había quedado muy silenciosa. No, no se había quedado silenciosa: siempre lo había estado. Y no simplemente silenciosa; es decir, no sólo callada, como si en ella reinara la ausencia total de sonido, sino tranquila, en reposo, en paz. Estaba oyendo un mundo sumergido en una quietud profunda y natural. Sentado allí, con los brazos estrechando las rodillas, mi abyecta miseria se convirtió poco a poco en una tranquilidad que jamás había experimentado en el mundo que acababa de dejar atrás.
Me rodeaba la serenidad de un mundo que no conoc√≠a ning√ļn artilugio mec√°nico: ni aviones, ni trenes, ni autom√≥viles; ni motores, ni m√°quinas; ni f√°bricas, ni molinos, ni oficinas, ni industrias; ni tel√©fonos, ni radios, ni televisiones; ni sat√©lites, ni cohetes, ni naves espaciales; ninguna m√°quina de ninguna clase.
Nunca jam√°s hab√≠a experimentado una paz tan completa y perfecta. En toda mi vida, no hab√≠a conocido un solo minuto de tan inmaculada serenidad. Hasta entonces, todos los segundos de todos los d√≠as de mi existencia hab√≠an sido acosados y cercados por alg√ļn ruido artificial de un objeto fabricado en serie.
Incluso mientras dorm√≠a, siempre hab√≠a sentido la incesante marcha de alguna m√°quina en alg√ļn sitio: el tictac del reloj, el chirrido de un coche en la calle, el distante silbido de un tren o el subliminal zumbido de un ventilador o de un horno. Hac√≠a muchos a√Īos, hab√≠a acampado en las monta√Īas Rocosas al sur de Colorado, e incluso en aquella soledad hab√≠a o√≠do el ruido de los aviones a reacci√≥n encima de mi cabeza.
Pero, en aquel lugar del Otro Mundo, el incesante telón de fondo de los ruidos que proclaman los frenéticos esfuerzos de los hombres simplemente no existía. Todo era calma y reposo.
El fenómeno me impresionó como lo más milagroso e increíble que hasta entonces me hubiera ocurrido. Jamás habría podido imaginar una paz tan inmensa. Era una serenidad inefable, una tranquilidad que iba más allá de las palabras, una quietud que escapaba a toda posibilidad de descripción.
Por un momento, se me ocurrió que me había quedado sordo, quizá como consecuencia del golpe que me había dado en la cabeza. Agucé el oído y escuché... No, por fortuna no me había quedado sordo. Oía la brisa que agitaba las hojas y también el dulce gorjeo de un pájaro.
Me levant√©, un poco mareado todav√≠a, y emprend√≠ el descenso de la colina. El aire, aunque fr√≠o, no resultaba desagradable. Caminaba entre √°rboles muy altos, pisando una yerba fina y tierna que parec√≠a una alfombra sin fin. Bajo mis pies brillaba el roc√≠o con el resplandor de las esmeraldas. Parec√≠a que era primavera, aunque los √°rboles a√ļn no ten√≠an hojas. Me detuve a examinar de cerca las ramas y vi que en ellas apuntaban algunas yemas; pronto se llenar√≠an de hojas y flores.
Cuando llegué al pie de la colina, el sol se había levantado un poco más. Y, cuando lo hubo hecho del todo, no pude menos que caer de rodillas ante el brillo, la intensidad y el esplendor de la luz. Los ojos se me llenaron de lágrimas y se me ocurrió que podría quedarme ciego. Pasó un rato hasta que pude volver a ver con claridad; aun así, de vez en cuando tenía que protegerme los ojos con la mano o simplemente detenerme y cerrarlos para que descansaran de aquella luz tan deslumbradora.
A la luz del alba, contempl√© el paisaje y me qued√© asombrado: la yerba era tan verde que literalmente brillaba. ¬ęVerde¬Ľ es un adjetivo demasiado gastado como para poder describir lo que ve√≠a: un resplandeciente verdor cristalino cuya pureza romp√≠a el coraz√≥n.
El cielo, lo juro, ten√≠a el azul m√°s puro, claro y transl√ļcido que jam√°s hubiera visto; un tono que ten√≠a m√°s que ver con los pavos reales y con el lapisl√°zuli que con la atm√≥sfera. Me qued√© unos instantes contemplando extasiado aquel cielo luminoso, empap√°ndome de aquel sorprendente azur.
De hecho, todo lo que veía parecía más brillante y más bello que cualquier cosa que hubiera contemplado en el mundo real. Todo parecía más nuevo, o quizá más finamente trabajado, de formas más puras y mejor definidas.
Al pie de la colina, encontré un arroyo. Me arrodillé, metí una mano en el agua helada y me la llevé a los labios. ¡El agua tenía un sabor vivo!; era clara, pura y reconfortante. Formé una taza con las manos y bebí aquel dulce elixir hasta que los dedos se me quedaron entumecidos de frío.
Me ergu√≠ despacio, limpi√°ndome la barbilla con la manga, y mir√© en torno. Me encontraba en una ca√Īada rodeada de suaves colinas, entre las que se contaba ¬ęmi colina¬Ľ, con el mont√≠culo y la piedra vertical. Pens√© en explorar el terreno y la idea me llen√≥ de excitaci√≥n. ¬°Un mundo nuevo al alcance de la mano! No pude esperar ni un minuto.
Se me ocurri√≥ seguir el curso del arroyo. No s√© por qu√©, pero me pareci√≥ lo m√°s sensato. A lo mejor me llevaba a alg√ļn lado..., hasta alg√ļn pueblo, quiz√°s. ¬ŅAcaso no habr√≠a pueblos en el Otro Mundo? No lo sab√≠a. No sab√≠a nada. Menos que nada.
¬°El Otro Mundo! Cada pocos segundos me acordaba de d√≥nde estaba y tal certeza me sacud√≠a como si un rayo se precipitara sobre el pararrayos en que se hab√≠a convertido mi cabeza. ¬ŅC√≥mo era posible? ¬ŅC√≥mo pod√≠a ser? Me lo preguntaba una y otra vez. ¬ŅQui√©n podr√≠a haber cre√≠do semejante cosa? ¬ŅQui√©n la creer√≠a? No pod√≠a hacerme a la idea y me abandonaba a una especie de perplejidad aturdidora. De vez en cuando la completa imposibilidad de mi situaci√≥n me explotaba en la cara; at√≥nito, daba bandazos de una maravilla a otra, conmocionado por la absoluta trascendencia de aquel prodigio asombroso.
Verdaderamente era el Paraíso. Una creación inmaculada, nueva, virgen; un mundo sin mácula, perfecto, limpio, libre del humano e insaciable apetito de la destrucción. ¡El Paraíso! Deseaba gritar ese nombre desde las cumbres de las colinas. Nada en mi vida anterior me había preparado para una experiencia semejante..., para aquella gratificante armonía entre belleza y paz, para aquel hermoso esplendor, para aquella gloriosa creación. Como si fuera una marea, el milagro de aquella hermosura me embargaba, me sumergía, me dejaba sin sentido y sin respiración. ¡El Paraíso!
Pese al estupor y al asombro que sent√≠a, segu√≠ el curso del arroyo a trav√©s de la ca√Īada. Mientras avanzaba, fui haciendo un inventario mental de lo que ve√≠a, un cat√°logo de milagros. Y enseguida empec√© a compararlo con lo que hab√≠a aprendido del Otro Mundo en viejas historias y leyendas le√≠das durante mis estudios universitarios.
Lo hice de una forma sistem√°tica: animales, vegetales, minerales; pueblos, lugares, cosas. Con todo detalle constru√≠ un cuadro del Otro Mundo tal como lo describen las tradiciones c√©lticas. No me atrevo a afirmar que fuera un cuadro demasiado fiel, ni siquiera demasiado completo. Me limit√© a aceptar simplemente que hab√≠a llegado al Otro Mundo c√©ltico; no se me ocurri√≥ considerar otra posibilidad. Por lo menos el esfuerzo me sirvi√≥ de entretenimiento y me tuvo ocupado un buen rato. Debi√≥ de ser as√≠, porque, cuando me detuve y mir√© en torno, vi que el arroyo se hab√≠a ensanchado y que las aguas eran m√°s fragosas y menos profundas; la ca√Īada se hab√≠a convertido en un prado que se extend√≠a entre dos enormes riscos cubiertos de yerba.
El sol estaba alto. El arroyo cruzaba el prado y torc√≠a hacia el oeste tras la ladera de una colina que se divisaba unos cuantos kil√≥metros m√°s all√°. Las colinas cercanas eran grandes y redondeadas, sin √°rboles ni arbustos. Se me ocurri√≥ que ser√≠a buena idea escalar la m√°s cercana y reconocer el terreno. Quiz√° desde la cima divisar√≠a algo que no acertaba a ver desde el valle. ¬ŅNo era acaso lo que siempre hac√≠an los exploradores?
De espaldas al arroyo contempl√© la larga ladera de la monta√Īa y divis√© una nube en el cielo, tenue y oscura. La observ√© con atenci√≥n. No era una nube; era humo, humo negro de una hoguera. Donde hubiera fuego, habr√≠a gente: un poblado. Seguramente podr√≠a verlo mejor desde la cima de la colina.
Antes incluso de que pudiera dar forma a tal pensamiento, mis piernas echaron a correr. No hab√≠a recorrido demasiada distancia cuando o√≠ un extra√Īo e inquietante ruido, un tamborileo r√≠tmico e insistente. Parec√≠a proceder de la misma tierra. Sonaba corno un trueno desencadenado, como le√Īos que se desplomaran por una pendiente.
Me detuve y aguc√© el o√≠do. La sonora vibraci√≥n aumentaba m√°s y m√°s, hac√≠a resonar la tierra, retumbaba y retumbaba atronadoramente. Trat√© de imaginar qu√© podr√≠a producir semejante estruendo. ¬ŅCaballos? Podr√≠a ser una estampida, pero una estampida extra√Īamente organizada. ¬°Se dir√≠a que los animales estaban danzando!
El humo negro se alzaba en el cielo y la brisa lo desperdigaba por la cima de la colina. Y se iba espesando. Me qued√© inm√≥vil; escuch√© aquel extra√Īo ruido que parec√≠a nacer de las entra√Īas de la tierra y contempl√© el humo; me sent√≠a totalmente desconcertado.
Luego vi algo acerca de lo cual s√≥lo hab√≠a tenido noticia por textos muy antiguos: de pronto apareci√≥ ante mi vista un soto de fresnos peque√Īos... ¬°y los √°rboles parec√≠an saltar por s√≠ mismos a lo largo de la cima!
La imagen, aunque exacta, era un eufemismo poético. Yo sabía perfectamente qué eran en realidad los árboles.
Antes de que pudiera pensar lo que debía hacer, aparecieron los guerreros. El estruendo que agitaba la tierra y el aire no era más que el retumbar de sus tambores de guerra y el golpeteo de sus pies. El humo que se elevaba en el cielo procedía de las teas que llevaban en las manos.
Se alinearon a lo largo de la cima. Debían de ser un centenar o quizá más. Unos llevaban escudos oblongos y espadas, otros teas y lanzas; unos avanzaban a caballo, otros a pie, otros montados en carros. La mayoría iban desnudos o casi. Coronaron la cima y se detuvieron.
Me imaginaba que hab√≠an venido en mi busca. Me imaginaba tambi√©n que me iban a coger. Yo no era m√°s que un extra√Īo en una tierra extra√Īa, perdido, sin posibilidad de defenderse. No ten√≠a nada que hacer ante un contingente tan numeroso. Pero ¬Ņc√≥mo se hab√≠an enterado de mi presencia?
Permanec√≠ quieto, tratando est√ļpidamente de encontrar sentido a tan absurda situaci√≥n, cuando se levant√≥ un espantoso estruendo, como si miles de toros enloquecidos hubieran echado a correr a la vez. Era un agudo y vigoroso toque de trompeta, un sonido como para derretir las entra√Īas y reventar los t√≠mpanos.
BWLERWMMM! BWLERWMMM! BWLERWMMM!
El horroroso fragor aporreaba el o√≠do y atronaba el cerebro; retorc√≠a y desgarraba los nervios dej√°ndolos tan in√ļtiles como una cuerda empapada. Me tap√© las orejas con las manos y escrut√© la cima de la colina para descubrir la fuente de tan fenomenal estr√©pito.
Vi veinte hombres que tocaban enormes cuernos curvos; sin duda eran aqu√©llos los instrumentos que produc√≠an aquel ruido ensordecedor. Entonces ca√≠ en la cuenta de que esos instrumentos eran los legendarios cuernos de batalla de los banshee. Se dec√≠a que los beahn sidhe, habitantes del Otro Mundo seg√ļn la tradici√≥n, pose√≠an unas trompetas de batalla de tan extraordinario poder que cuando las tocaban pod√≠an convertir en piedra al enemigo. Ahora entend√≠a que esa expresi√≥n distaba de ser una exageraci√≥n ret√≥rica. Yo mismo me sent√≠a como si estuviera soldado a la tierra por un terror catat√≥nico. Ten√≠a las piernas tan pesadas e insensibles como si fueran de hormig√≥n.
Aquel fant√°stico estr√©pito se prolong√≥ un rato y de pronto fue sustituido por el entrechocar de espadas y lanzas contra los escudos, pues los guerreros comenzaron todos a una a batir sus armas, con el insistente sonar de los tambores como tel√≥n de fondo. El aire y la ca√Īada retumbaban. En aquel mundo, antes tan sereno y pl√°cido, parec√≠a como si las monta√Īas se estuvieran desmoronando.
El estruendo aumentó hasta convertirse en un enloquecedor estrépito, y de repente cesó del todo.
El eco en tan repentino silencio se prolong√≥ en la ca√Īada; lo o√≠a disgregarse por las peladas colinas como el crujido de la fatalidad. Los guerreros permanec√≠an inm√≥viles en la cima de la colina en medio de la sobrenatural calma nacida de tan repentino silencio. Luego levantaron las armas y, gritando, echaron a correr colina abajo hacia donde yo estaba.
Todo sucedió tan deprisa que retrocedí muerto de miedo y rodé por la ladera. Me quedé tendido en el suelo y me arrastré como un cangrejo por las piedras hasta llegar al helado arroyo.
Los guerreros corr√≠an gritando colina abajo, blandiendo las armas, agitando las teas, golpeando los tambores, haciendo sonar los cuernos. Estaban a√ļn muy lejos y no pod√≠a verles el rostro, pero s√≠ los tatuajes que les cubr√≠an el cuerpo, seg√ļn la costumbre de los antiguos guerreros celtas, civilizaci√≥n a la que indudable e inexplicablemente pertenec√≠an.
De pronto se me ocurri√≥ la posibilidad de esconderme. Mir√© a diestro y siniestro, pero enseguida perd√≠ la esperanza. No hab√≠a ninguna pe√Īa suficientemente grande como para ocultarme. Tendr√≠a que correr.
Me puse en pie y cruc√© el arroyo dirigi√©ndome a la colina que se alzaba al otro lado. Mi √ļnica posibilidad de escapatoria estribaba en correr m√°s que mis perseguidores.
Con sorpresa, comprobé que corría más deprisa de lo que era de esperar. Parecía como si mis piernas se hubieran vuelto más largas, mi zancada más veloz y segura. Me deslizaba literalmente sobre la tierra, con los pies apenas tocando el suelo; ¡volaba con el rostro y los cabellos al viento!
De pronto me detuve. Frente a mí, precipitándose a la carrera por la colina, avanzaba otra formación de guerreros, tan numerosa como la otra. Corrían a sorprendente velocidad. Atrapado entre los dos veloces batallones, como una mosca entre dos platillos, me di la vuelta, regresé al arroyo, y me dejé caer junto al agua sin respiración. No tenía escapatoria.
Los guerreros del primer batallón casi me habían alcanzado. Distinguía perfectamente sus rostros, fieros y bravos. Si alguna vez había concebido alguna idea de lo que es la nobleza, la bravura, el coraje, la dignidad y demás cualidades de ese tipo, ahora las veía encarnadas en aquellos rostros. Con los ojos claros y las facciones firmes, viriles, fuertes y orgullosas, aquellos rostros eran la encarnación viviente de las fantasías infantiles del heroísmo y el valor.
Que estuvieran a punto de matarme se me antojaba una nimiedad inconsecuente. ¡Dios mío, qué hermosos eran!
Con celeridad se cerraron en línea de batalla. Vislumbré el destello de sus ojos y el sudor de sus musculosos miembros. Vi la blancura de sus dientes y el ondear de sus cabelleras. Oí los guturales gritos de guerra mientras se precipitaban hacia mí; me apreté contra las piedras deseando con todas mis fuerzas desaparecer bajo ellas.
Lo logré. No me vieron. Cuando el primer combatiente llegó a donde yo estaba agazapado, con la cabeza escondida entre los hombros, saltó sobre el arroyo y por encima de mí sin dirigirme tan siquiera una mirada.
El resto de la hueste también hizo caso omiso de mi presencia. Se precipitaron en el arroyo y corrieron a reunirse con la formación de guerreros que bajaba por la otra ladera. Sólo entonces caí en la cuenta de que no me perseguían a mí.
Tal comprobación no me produjo alivio alguno, porque de inmediato temí que pudieran matarme en la confusión de la batalla. Morir por equivocación es, al fin y al cabo, una forma más de morir.
Las dos líneas de batalla se lanzaron una contra otra. El estrépito del choque fue tremendo: las lanzas se estrellaban contra los escudos, las espadas golpeaban los cascos, el hierro retumbaba contra los huesos, los cuernos de batalla atronaban, los hombres vociferaban, los tambores resonaban... Era el más horroroso y ensordecedor de los estruendos. Creí que los tímpanos iban a estallarme.
El impacto del choque inicial separ√≥ por un instante a los combatientes. Algunos cayeron para no levantarse m√°s, pero la mayor√≠a volvi√≥ a la carga y la batalla se reanud√≥ con mortal encarnizamiento. Chorreaba por doquier sangre y saliva. Los caballos se encabritaban y pateaban levantando polvareda. Los hombres luchaban y se golpeaban salvajemente con las espadas ba√Īadas en sangre.
¡No podía mirar! ¡No podía dejar de mirar! Agazapado junto a la orilla, con los ojos desorbitados, gritaba aterrorizado cuando un guerrero caía con el cráneo reventado u otro se derrumbaba con la garganta degollada. Iba de un escondite a otro, tratando de quitarme de en medio. Pero, a medida que el combate arreciaba y la línea de batalla se convertía en un enfurecido y desordenado amasijo, me resultaba más difícil permanecer escondido. Los hombres luchaban a mi alrededor, y tenía que concentrar toda mi atención en no ser atropellado por un caballo, atravesado por una lanza perdida o aplastado por un cuerpo al caer derrumbado.
Se me ocurri√≥ hacerme con un escudo para protegerme y busqu√© con los ojos alguno. Vi unos cuantos sobre la yerba entre los cuerpos de sus due√Īos, que ya no iban a necesitarlos. Corr√≠ hacia el m√°s pr√≥ximo e intent√© cogerlo, pero estaba trabado al brazo de un cad√°ver cuya mano todav√≠a lo as√≠a con fuerza.
Me arrodillé junto al cuerpo y tiré con todas mis fuerzas del escudo; en ese preciso instante noté que una pesada mano se posaba sobre mi hombro.
Solté un grito y fui arrojado de espaldas. Vislumbré una lanza en el claro azul del cielo. Tendí las manos para protegerme del golpe y pateé con ambas piernas a mi atacante. Me retorcí y debatí sin dejar de gritar. Ante mi sorpresa, una voz exclamó:
¬ó¬°Quieto, Lewis!
Miré aturdido y vi que la silueta que se cernía sobre mí tenía un rostro familiar.
¬ó¬ŅSimon? ¬ópregunt√© desconcertado¬ó. Simon, ¬Ņeres t√ļ?