11 - La travesía

Llegar hasta la granja Carnwood resultó largo y pesado, pero no dificultoso. Afortunadamente había un servicio regular de trenes entre Edimburgo e Inverness y entre ésta y Nairn, y después un autobús desde Nairn hasta Mills de Airdrie. Desde allí iríamos a pie hasta el cairn. Eran más de las cuatro de la tarde, y casi de noche, cuando llegamos a Nairn, en el estuario de Moray.
Pasamos la noche en una posada con vistas a la bahía. Después de tomar un sabroso desayuno, consistente en arenques, cereales, huevos fritos, tortas de avena y café, servido por una gordísima y obsequiosa patrona, nos dirigimos a la parada del autobús en la plaza del pueblo. A las once y diez apareció un autobús de color marrón; subimos y emprendimos viaje hacia Mills de Airdrie. El conductor nos indicó que bajáramos en el camino de la granja Carnwood; así lo hicimos y aguardamos junto al vetusto indicador a que el autobús se alejara.
Atravesamos las bien cuidadas tierras de la granja, cubiertas ya por una delgada capa de nieve. Hacía frío, el cielo estaba nublado y soplaba un cortante viento del norte. Era un día para quedarse en casita junto a la chimenea. Hablamos muy poco. El profesor parecía enfrascado en sus cavilaciones, y yo no deseaba molestarlo.
Pero el silencio me acobardaba. Parecía como si estuviéramos metiéndonos furtivamente en tierras prohibidas. Bajo la espesa niebla escocesa todo adquiría un aire melancólico y sobrenatural, y a cada paso que dábamos el paisaje adquiría un aspecto más extraño.
El camino empezó a descender; bajamos al vallecito y enseguida llegamos al puente de piedra que cruza el río Findhorn y nos internamos en el bosque de Darnaway. El bosque estaba silencioso, y los árboles parecían sumidos en un letargo invernal.
La granja de Carnwood estaba tal como la recordaba. Las apiñadas construcciones, los campos de labor, las ruinas de la torre cubiertas de musgo; todo exactamente igual que antes. Sin embargo, esta vez parecía que la atmósfera de soledad y abandono que había percibido la primera vez pesaba aún más sobre el lugar. En aquel plácido y apartado paraje del mundo, el silencio era casi opresivo; una fuerza casi física se aferraba a la tierra y sofocaba cualquier sonido. Habría jurado que los Grant no estaban en la casa sin necesidad de acercarme.
Pero Nettles insistió en llamar a la puerta, por si acaso. Nadie respondió; Robert y Morag habían salido. Así que continuamos hacia el cairn siguiendo el camino lleno de baches que atravesaba las colinas. Como la otra vez, no topamos con nadie hasta llegar a la cancilla que cerraba el paso al campo de labor y a la cañada donde se alzaba el cairn. Allí, en el mismo lugar donde Simon había dejado su coche, había una camioneta gris con las iniciales S. A. M. y una especie de logotipo pintado en un lado.
El profesor se detuvo en seco al ver la camioneta.
—¿Qué ocurre? ¿Pasa algo? —pregunté.
Nettles se dio la vuelta y miró hacia la cañada, al otro lado del campo de labor.
—¿El cairn está ahí abajo?
—Sí —contesté—. Ahí mismo..., donde se ven las copas de esos árboles —añadí señalando unos árboles cuyas copas se alzaban sobre la ladera de la colina—. ¿Quiere que...?
—¡Escuche! —exclamó Nettles.
—¿Qué? No oigo nada.
—¡Deprisa! No deben vernos.
—No oigo nada —protesté—. ¿Usted sí?
—¡Deprisa!
Nettles echó a correr hacia un pequeño soto que se alzaba sobre el camino. Lo seguí de mala gana y me lo encontré a gatas escrutando la carretera tras un enorme fresno.
Me acuclillé junto a él, agucé el oído unos momentos y decidí que nos estábamos dejando llevar por el nerviosismo. Estaba a punto de decírselo cuando oí el tenue zumbido del motor de un coche y el ruido de los neumáticos sobre la gravilla. Me levanté para observar el camino justo debajo de donde estábamos. El profesor me cogió por la muñeca y tiró de mí.
—¡Agáchese! No deben verlo.
Me dejé caer junto a él.
—¿Por qué nos escondemos?
El ruido del vehículo se fue haciendo más perceptible y enseguida lo vi aparecer por un recodo, a menos de quinientos metros. Era una camioneta con un logotipo pintado en blanco en un lado igual que el de la que acabábamos de ver aparcada: un dibujo de la tierra circundada por unos anillos que surgían de ella como si fueran ondas o vibraciones. Bajo el logotipo figuraban las mismas letras: S. A. M.
—¡Agáchese más! —me ordenó el profesor mientras la segunda camioneta se detenía donde estaba aparcada la primera.
Dos hombres salieron del vehículo, cruzaron la cancilla y se internaron en el campo de labor hacia la cañada. Los estuvimos observando hasta perderlos de vista.
—Bueno, ya se han ido. ¿Y ahora qué? —pregunté.
Nettles sacudió la cabeza con expresión seria.
—Esto no tiene buen cariz.
—¿Por qué? ¿Quiénes son?
—Durante muchos años, diferentes grupos han estado investigando los secretos de los cairns y de los círculos de piedras, con la intención de entrar en el Otro Mundo. Los hombres que acabamos de ver pertenecen a uno de esos grupos, uno de los más peligrosos: la Sociedad de Arqueólogos Metafísicos.
—Bromea usted. —Me habría echado a reír de buena gana, de no haber sido por la expresión preocupada del profesor—. ¿Ha dicho usted arqueólogos metafísicos?
—Son científicos..., bueno, mejor dicho, son hombres conocedores de los principios científicos y técnicos. He topado con ellos de vez en cuando en algunos lugares mientras llevaban a cabo sus «investigaciones». Nada les gustaría más que saber lo que yo sé, y tengo razones para creer que nada los detendría con tal de obtener esos datos.
—No habla usted en serio.
—¡Completamente en serio! —exclamó el profesor—. Tenemos que ir con sumo cuidado. No podemos permitirnos el lujo de cometer errores a estas alturas. ¿Le apetece un poco de chocolate?
Se llevó la mano al bolsillo, sacó una pastilla de chocolate con leche, la desenvolvió y me dio un trozo.
—¿Cree usted que están al corriente de lo del cairn? —inquirí mientras me comía el chocolate.
—Creo que debemos suponer que así es.
—Pero a lo mejor no saben nada. A lo mejor sólo están echando una ojeada. Sí, seguro que sólo están echando una ojeada —repetí tratando de convencerme a mí mismo—. De todos modos, deberíamos bajar ahí y averiguar si han encontrado alguna señal de Simon.
—Tiene usted razón, desde luego.
Nos pusimos en pie y bajamos al camino. Llegamos junto a las camionetas aparcadas y nos dirigimos a la cancilla; nos disponíamos a atravesar el campo para bajar a la cañada, cuando a Nettles se le ocurrió una idea mejor.
—Vayamos dando un rodeo.
—¿Por dónde?
Señaló hacia un punto de la carretera a poca distancia de donde nos encontrábamos. Vi que en aquel lugar la cañada trazaba una curva, y el arroyo se perdía entre las colinas.
—Podemos seguir el arroyo.
—Como usted diga. Vamos.
A un kilómetro y medio más o menos, la carretera descendía hasta alcanzar la cañada. Encontramos un sendero de ganado que bordeaba el arroyo y lo seguimos en sentido inverso para llegar hasta el cairn. El sendero se internó de golpe en la espesura del bosque. Estaba tan oscuro y silencioso que se me ocurrió que nuestras pisadas debían de sonar como si un rebaño de búfalos se abriera paso entre los helechos. El sendero desaparecía entre la vegetación y tuvimos que apartar con las manos las ramas bajas para evitar que nos sacaran un ojo.
Seguimos abriéndonos paso un trecho; de vez en cuando nos deteníamos y escuchábamos..., no sé para qué. Sólo se oía el graznido de cuervos. Primero sonaba débilmente, pero, cada vez que nos deteníamos, parecía como si hubiese más cuervos y graznaran más fuerte. A juzgar por el estrépito, debían de estar reuniéndose para pasar la noche en el bosque. Al cabo de un rato los graznidos y gritos sonaban por doquier, aunque no se veía pájaro alguno. Continuamos nuestro camino mientras el día se hacía más frío y el cielo más oscuro.
El cairn de Carnwood se alzaba en medio de la cañada, con el mismo aspecto anodino de la primera vez que lo había visto: un montón casi informe de tierra y piedras cubiertas de musgo bajo la tenue luz del crepúsculo. Sólo le eché una rápida ojeada porque lo que inmediatamente atrajo mi atención no fue el cairn sino un cuervo: una negra, enorme y alada amenaza que nos contemplaba con siniestra mirada y el pico abierto desde una rama baja. Me entraron ganas de coger un palo para defenderme.
Obsesionado por el cuervo, en un primer momento ni siquiera vi el campamento instalado al otro lado de la cañada. Nettles me dio un codazo y miré hacia donde señalaba. Vi una enorme tienda de Iona rodeada por los pertrechos de lo que aparentaba ser una excavación arqueológica: había un considerable número de estacas clavadas en el suelo con banderitas de plástico, una cuerda rodeando un espacio excavado limpio de polvo y nieve, y un montón de picos y palas. Ante la tienda se alzaba un mástil con una bandera azul en la que campeaba el letrero «Sociedad de Arqueólogos Metafísicos» con el correspondiente logotipo en blanco.
Dos hombres vestidos con monos de color caqui trabajaban inclinados junto a la cuerda. Uno estaba sentado en una banqueta con un pizarrón; el otro, de rodillas rascando algo con una paleta. Se hallaban de espaldas a nosotros, por cuyo motivo —sumado al misterioso graznido de los cuervos— no nos habían oído al acercarnos.
—¿Y ahora qué? —pregunté en voz baja.
—Me gustaría examinar el cairn.
Observé a los dos hombres y algo me dijo que no iban a permitir que ni nosotros ni nadie se acercara al cairn.
—No creo que nos resulte fácil —murmuré.
—Lo sé —asintió Nettles con mirada aguda y vivaracha—, pero para eso hemos venido.
En esa época del año enseguida oscurece en Escocia. Aunque todavía era media tarde según el reloj, el sol ya se estaba ocultando por el oeste. Pronto se nos echaría encima la hora-entre-horas. Un presentimiento sombrío me embargó al darme cuenta de tal circunstancia. Parecía como si una maraña de gusanos se debatiese por franquear la boca de mi estómago.
El profesor dio unos pasos hacia la cañada.
—¿Qué va a hacer? —inquirí con una voz tan áspera como el graznido de los cuervos que nos rodeaban.
—¡Hola! —saludó Nettles avanzando hacia el claro—. ¡Hola!
Al verlo encaminarse hacia los dos hombres, me armé de todo mi valor y lo seguí.
—¡Hola! —repitió agitando los brazos con el típico saludo de una persona demasiado efusiva.
Los dos hombres volvieron a un tiempo la cabeza y miraron hacia el lugar de donde procedía el saludo perturbador. Pese a las maneras amables de Nettles, ninguno de los dos sonrió; sus rostros permanecieron inexpresivos, más bien hostiles.
Nettles y yo llegamos a un tiempo al lugar de la excavación. El hombre del pizarrón se levantó. Abrió la boca para decir algo, pero el profesor no le dio tiempo a articular palabra.
—¡Oh, es magnífico! —exclamó—. No esperaba encontrar a nadie, dado lo avanzado del año.
El hombre volvió a abrir la boca para hablar, pero el profesor tampoco lo dejó ni empezar.
—Permítanme que me presente —dijo—. Soy el doctor Nettleton y éste es mi colega, el señor Gillies —añadió poniéndome la mano en el hombro.
—¿Cómo están ustedes? —saludé.
—Precisamente le estaba diciendo a mi amigo que esperaba no llegar demasiado tarde —continuó diciendo Nettles—. Pero ya veo que sí. Sin embargo, creo que hemos llegado justo a tiempo. Parece como si estuvieran a punto de recoger y...
—¿Qué es lo que quieren? —preguntó con brusquedad el hombre del pizarrón.
Los cuervos graznaban atrozmente en las copas de los árboles, moviéndose entre las ramas como harapos arrastrados por el viento.
—¿Qué queremos? —replicó el profesor pasando por alto la rudeza del sujeto—. Pues hemos venido a ver este lugar, desde luego.
—Está cerrado al público —afirmó el hombre—. Van a tener que marcharse.
—¿Cerrado al público? Me parece que no le he comprendido bien —dijo Nettles fingiendo confusión.
—Es una excavación privada —repuso el sujeto—. No se permite la entrada al público.
—¡El público! —repitió alegremente Nettles—. Le aseguro, buen hombre, que nosotros no somos simplemente público.
—Tenemos un interés muy especial por este lugar —añadí, sintiendo que empezaba a sudar copiosamente.
—Quizá no lo hayan entendido bien —intervino el otro sujeto poniéndose lentamente en pie y señalándonos con la paleta—. Es una excavación privada. No tienen permiso para estar aquí; van a tener que irse.
—Pero si hemos venido desde muy lejos... —protestó el profesor.
—Lo siento muchísimo —dijo el que había hablado primero, con un aire tan compungido como un saco de serpientes—. Será mejor que se vayan.
Echó una mirada a su compañero, que arrojó la paleta al suelo y dio un paso hacia nosotros.
En ese preciso instante una cabeza asomó por la tienda.
—¡Hola! —exclamó.
Los cuatro nos volvimos hacia la voz; de la tienda salió un hombre alto de aspecto distinguido, con una cuidada barba gris. A diferencia de los otros dos, llevaba un chaquetón largo y oscuro y botas de goma.
—Andrew —dijo avanzando con rapidez entre herramientas y cascotes—, ¿por qué no me has dicho que teníamos visita?
Luego se dirigió a Nettles y a mí.
—Soy Nevil Weston —se presentó—, director del proyecto. ¿Cómo están?
—Encantado de conocerlo, señor Weston —contestó el profesor logrando disimular el ligero enfado que le había producido el hecho de que hubiesen querido expulsarnos de allí—. Yo soy el doctor Nettleton y éste es mi colega, el señor Gillies. No queremos causarle la menor molestia, pero, como le estaba diciendo a sus amigos, hemos viajado desde muy lejos para ver este lugar. Tenemos un interés muy especial en la historia de esta comarca.
—Comprendo —repuso Weston haciendo una seña a sus hombres—. Gracias, Andrew; gracias, Edward. Yo me haré cargo de esto. —Nos dirigió una sonrisa que distaba mucho de ser sincera y añadió— Como este proyecto está patrocinado por una institución privada, no permitimos visitantes sin permiso de instancias superiores. Lo siento, pero son normas de la dirección. No dependen de mí.
Mientras hablaba, se colocó entre el profesor y yo, nos hizo dar la vuelta e intentó alejarnos con toda delicadeza del cairn. Sus maneras eran exquisitas, pero Nettles no se dejó disuadir y no se movió del sitio.
—Créame, ya sé cómo son estas cosas —aseguró volviéndose otra vez hacia el cairn—, pero, como le he dicho, hemos venido desde Oxford para verlo.
—Sí —asintió Weston con aire comprensivo—. Estoy seguro de que podremos arreglarlo. Quizá sea mejor que vuelvan mañana. Ahora se está haciendo tarde, y por la noche se cierra la excavación.
Nettles avanzó hacia el cairn y extendió hacia allí la mano como implorando auxilio.
—No puede ser —insistió—. Mañana tenemos otras cosas que hacer. No teníamos forma de saber que habría gente aquí excavando, compréndalo.
—Lo siento —respondió Weston con firmeza y sonriendo de nuevo, aunque era evidente que comenzaba a perder los estribos.
—Tiene razón este señor, profesor; se está haciendo de noche —intervine—. Será mejor que nos marchemos.
Nettles exhaló un profundo suspiro y se encogió de hombros.
—Sí, supongo que sí —dijo sin hacer el menor movimiento.
—¿Le importaría que diésemos una rápida ojeada al cairn antes de marcharnos? —pregunté dirigiéndome a Weston e intentando que mi pregunta tuviera un aire tan inocente que le resultara imposible negarse—. No nos llevaría ni un minuto. Esta noche nos espera un largo viaje. No tardaremos nada y significaría muchísimo para nosotros.
Me pareció que Weston iba a negarnos también esto. Quienesquiera que fuesen aquellos arqueólogos metafísicos, eran indudablemente tozudos, misteriosos y hostiles; lo cual no auguraba nada bueno. Antes de que Weston pudiera responder con una negativa, jugué mi última carta.
—Así —expliqué a Nettles pero con la intención de que me oyera Weston—, no tendríamos que molestar a Robert y a Morag con toda esta historia.
Gracias a Dios, Nettles era muy despabilado.
—Sí —se apresuró a asentir—. Estoy seguro de que los Grant preferirían mantenerse al margen de todas estas insignificancias. El señor Grant es un hombre muy ocupado. No me gustaría molestarlo a no ser que fuera imprescindible.
Me di cuenta perfectamente de que Weston estaba sopesando las consecuencias que le acarrearía una negativa. Pareció dudar y yo insistí:
—Sólo daremos una vuelta rapidita y nos marcharemos. ¿Qué contesta?
—Muy bien —asintió—. No debería permitirlo. Pero, puesto que son huéspedes de los Grant... Lo cierto es que a mí tampoco me agradaría molestarlos.
—No podríamos estar más de acuerdo —se apresuró a apostillar el profesor—. Vamos, Lewis, daremos una vuelta al cairn antes de marcharnos.
Nos dirigimos a toda prisa hacia el cairn. Mientras nos acercábamos, un tremendo aleteo se desencadenó entre los árboles. Alcé los ojos y vi docenas..., veintenas..., centenares de cuervos que revoloteaban desde las ramas más altas para posarse en las más bajas. Sus siluetas negras recortadas en el color gris plomo del cielo me produjeron una extraña sensación. Mientras saltaban de rama en rama, los pájaros levantaban una algarabía atroz, lanzando al aire amenazadores graznidos.
Al llegar al cairn, Nettles se acercó a mí y me susurró:
—No les haga caso.
No pude discernir si se refería a los pájaros o a los hombres. Comenzamos a dar la vuelta al cairn entre matojos y arbustos. Weston, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión adusta en la cara, no nos perdía de vista. Tan pronto como nos encontramos fuera del alcance de su vista, Nettles me preguntó:
—¿Qué me dijo que le había dejado a Simon?
—Una tarjeta de crédito —respondí—. La tarjeta del Barclays. La metí en una grieta de la entrada.
—Tenemos que recuperarla —dijo—. No sería conveniente que la encontraran ellos.
Acabamos de dar la vuelta al cairn y divisamos de nuevo la tienda y la excavación. Los dos hombres seguían en el mismo sitio; no nos perdían de vista mientras completábamos la vuelta. Weston seguía también donde lo habíamos dejado, esperando a que acabáramos nuestro circuito. Mientras nos acercábamos a él, Nettles dijo en voz alta:
—Como ve, Lewis, es un cairn semejante en todo a los de su época. La piedra está desprovista de adorno o trabajo alguno. Seguramente proviene de la cañada... Utilizaban la que tenían más a mano.
Saludamos con un movimiento de cabeza al ceñudo Weston y continuamos nuestra inspección entre el desagradable coro de graznidos. Aquella algarabía ensordecía mis oídos. Alcé la vista hacia los árboles que nos circundaban y poco faltó para que me cayera de espaldas: todas las ramas y ramitas de los árboles de la cañada estaban atestadas de las siluetas negras de los amenazadores cuervos. Se me heló la sangre en las venas al ver tantos pájaros. ¡Miles de cuervos revoloteando, aleteando, saltando de rama en rama! Todos los árboles estaban plagados de encolerizados pajarracos.
—¿Por qué tantos cuervos? —inquirí.
—Son los guardianes del umbral —contestó el profesor.
—Creí entenderle que el guardián era el hombre de los perros.
—¡Oh! Hay muchos guardianes. Están ahí para acobardar a los indignos. Si no se les hace caso, se puede pasar sin sufrir daño alguno, pero, si se da muestras de que se los teme, pueden hacernos pedazos —me explicó Nettles sin dejar de escrutar el cairn—. Bueno, ¿dónde está la entrada? No la he visto, ¿y usted?
—No... pero seguro que hemos pasado por delante de ella. Es raro...
Continuamos dando la vuelta y divisamos otra vez el campamento. Los dos hombres se habían reunido con Weston y los tres estaban haciendo comentarios mientras nos observaban. Nettles simuló mostrarme algo moviendo la mano con energía.
—No los mire —me susurró—. No he visto la entrada de la que me habló.
—Yo tampoco. Pero había una. Lo juro.
—La buscaremos otra vez.
Emprendimos la tercera vuelta al cairn. Los cuervos aleteaban y graznaban levantando un alboroto atroz. Una veintena revoloteaba en torno al cairn oscureciendo el cielo con el batir de las alas. Yo alcé temeroso la mirada mientras nos apresurábamos a completar el circuito. Por eso, tampoco esa vez di con la entrada. ¡Qué raro!
—¡Tiene que estar! —insistí—. ¡Simon entró..., yo entré!
Llegamos otra vez frente a los tres hombres.
—Bueno, ya es suficiente —dijo Weston.
Como no dimos la menor señal de aflojar el paso, nos gritó:
—¡Eh! Creo que ya está bien. ¡Vuelvan aquí enseguida! ¡Deténganse!
—Siga buscando —me ordenó Nettles—. Los entretendré todo lo que pueda.
Me acompañó unos pasos y luego sentí que me ponía la mano en el brazo.
—¡Buena suerte, Lewis!
Se detuvo. Miré por encima del hombro y vi que Weston iba al encuentro del profesor. Nettles alzó la mano a modo de saludo y luego se volvió hacia Weston. Yo seguí dando la vuelta al cairn y los perdí de vista.
Me incliné sobre el escabroso terreno y busqué afanosamente la entrada que por alguna razón nos había pasado inadvertida en las dos primeras vueltas. El graznido de los cuervos me ensordecía. Centenares de pajarracos abandonaron las desnudas ramas de los árboles y volaron hacia el cielo. ¡Los cuervos! ¡Claro! Los cuervos intentaban distraerme y me impedían así encontrar la abertura.
Resbalando entre los yerbajos que crecían al pie del cairn, escruté el barrizal buscando con desesperación el agujero por el que Simon había desaparecido. Espantosos graznidos atronaban el cielo. Sí me acercaba más al cairn, seguramente los cuervos me atacarían. Se precipitarían sobre mí, me sacarían los ojos y me harían trizas con sus afilados picos.
Volví a pasar otra vez frente al campamento. Vi que Weston y sus compinches se habían reunido con el profesor Nettleton. El tal Andrew había cogido a Nettles del brazo e intentaba obligarlo a marcharse.
Nettles movía las manos con energía y levantaba airado la voz haciendo todo lo posible por entretenerlos. Yo bajé la cabeza y seguí mi búsqueda.
Cuando ya me alejaba otra vez, iniciando otra vuelta, Weston me vio. Pero yo me agaché para seguir escrutando la base del cairn.
—¡Detenedlo! —gritó Weston en un tono que sonó como un pistoletazo.
Andrew soltó el brazo del profesor y él y su compañero se lanzaron contra mí.
Yo eché a correr con la única idea de poner el cairn entre mis perseguidores y yo. Pero el terreno era muy irregular y tropecé con una piedra. Caí de narices. Al momento, los cuervos se precipitaron hacia mí, lanzándose desde el cielo como si fueran bombas de color negro; movían con rapidez vertiginosa las alas y abrían desmesuradamente los picos, cortantes como tijeras. Me puse las manos sobre la cabeza para protegerme el rostro y me arrastré por los yerbajos intentando ponerme en pie.
«No les haga caso», me había dicho Nettles. Haciendo un tremendo esfuerzo de voluntad, bajé las manos y me puse en pie. Los enormes y encolerizados pajarracos graznaban atrozmente, mientras iban y venían con vuelo rasante y amenazador. Pero yo procuré no mirar el cielo y centré toda mi atención en el muro del cairn. Seguía oyendo los graznidos y el aleteo enloquecido, pero no me rozó ni una pluma.
«¡Bendito seas, Nettles! —pensé—. ¡Tenías razón!»
Apenas esta idea había surgido en mi mente, cuando oí cerca un sonido chirriante..., el sonido de una piedra rozando con otra. No tuve ni tiempo de preguntarme qué debía de ser, pues al fijar la vista en el cairn, justo delante de mí, vi la entrada. No sé cómo podía haberme pasado inadvertida antes, pero ahí estaba: una estrecha fisura en la base del cairn, más angosta de lo que recordaba y medio escondida tras un escuchimizado matorral.
Sin pensarlo dos veces ni mirar atrás, me dejé caer junto al agujero y arranqué el matorral con las manos. ¡Allí estaba! Enseguida vi el destello del plástico azul; la tarjeta del Barclays estaba donde la había dejado. Metí la mano para cogerla. La tenebrosa entrada del cairn se abría ante mí; oí rápidas pisadas... y luego maldiciones, cuando los cuervos se precipitaron sobre mis perseguidores. Olfateé el olor a moho del interior del cairn. Tragué saliva y me arrastré hacia la entrada; al penetrar en las tinieblas del cairn me di un golpe en la cabeza y vi las estrellas. Cerré los ojos para dominar el dolor mientras me apoyaba en el muro de piedra y me frotaba el chichón que de pronto me había aparecido en la sien.
Cuando abrí los ojos ya no estaba en el mundo que conocía.