10 - El serbio

El tren de Oxford a Edimburgo sali√≥ hora y media despu√©s, cargado hasta los topes de hinchas del Oxford United. No tengo nada contra la Compa√Ī√≠a Inglesa de Ferrocarriles, excepto que permite que cualquier clase de gentuza viaje en sus trenes. No creo que sea culpa de la compa√Ī√≠a, pero tal circunstancia hace muy inc√≥modos los viajes en tren. Al cabo de cuatro o cinco horas de viaje uno no ser√≠a capaz de diferenciar un vag√≥n de segunda clase de un vag√≥n de ganado. Quien crea que es una buena idea servir alcohol a los hinchas de f√ļtbol en lugares cerrados, deber√≠a ser obligado a permanecer seis horas de viaje en compa√Ī√≠a de hinchas borrachos.
Cuando llegamos a Birmingham, estaba hasta las narices de latas de cerveza Sk√∂l y de canciones para animar al equipo. Los gritos de ¬ę¬°All√° vamos!, ¬°all√° vamos!, ¬°all√° vamos!¬Ľ pueden resultar entretenidos un rato; luego uno empieza a hartarse de tanto lirismo.
—A partir de ahora —murmuré tristemente—, creo que preferiré viajar en primera. Me parece que ya estoy preparado.
En Birmingham se bajaron los hinchas y pudimos disfrutar del vagón para nosotros solos. Intenté leer un periódico que alguien se había dejado, pero las letras parecían saltar y no me enteraba de lo que leía. Lo dejé y me puse a mirar por la ventanilla el monótono paisaje que se iba deslizando como emborronado por la velocidad del tren. Era como si el punto de mira se hubiera desenfocado y la fotografía hubiera salido corrida y sin color definido; mis ojos contemplaban un mundo que se iba deslizando fuera de control.
¬ęYa estamos en el punto de partida¬Ľ, pens√©, y me acord√© de la exaltada arenga de Simon en el coche la noche anterior a su desaparici√≥n. Quiz√° mi amigo era m√°s sensible de lo que yo cre√≠a. Estaba angustiado, profundamente angustiado. Yo no, por lo menos no en aquellos momentos. En cambio, ahora comenzaba a sentir algo: si no angustia, por lo menos s√≠ miedo.
Cerré los ojos para alejar tales pensamientos y me quedé dormido.
El tren llegó con puntualidad a Edimburgo. Recogimos el equipaje y bajamos al andén. Hacía frío. El aire olía a gasoil y a hamburguesas.
Subimos la escalera hacia las galer√≠as comerciales construidas sobre la estaci√≥n de Waverly y nos vimos empujados por el tropel de sombr√≠os compradores. Observ√© el brillo y el fulgor de la decoraci√≥n navide√Īa de las tiendas y pens√© que deber√≠a mandar algunas felicitaciones antes de que el correo se sobrecargara. En aquella √©poca del a√Īo las cartas pod√≠an tardar hasta tres semanas en llegar a los Estados Unidos.
La √ļltima Navidad, Simon me hab√≠a invitado a su casa, pero a √ļltima hora cancel√≥ la invitaci√≥n porque su t√≠a Tootie se hab√≠a puesto enferma, su hermana y su novio se hab√≠an ido a Ibiza y su madre se hab√≠a empe√Īado en montar una funci√≥n de Navidad para el pueblo, hab√≠a dado vacaciones al servicio y la fiesta familiar se hab√≠a celebrado en la intimidad. Por eso acab√© pasando un lluvioso d√≠a de Navidad en mi habitaci√≥n. S√≥lo el pensarlo me llenaba de tristeza.
Nettles llamó un taxi. El castillo de Edimburgo, frío e impresionante sobre su risco, se cernía sobre nosotros. El esplendor de su iluminación destacaba contra el cielo. Subimos al taxi y el profesor indicó al taxista la dirección de una casa de huéspedes que conocía.
—Es barata y limpia. Y la comida también es buena. Le gustará —me aseguró.
No me importaba lo m√°s m√≠nimo que el lugar estuviera sucio, costara una fortuna y la comida fuera servida con cucarachas de metro y medio. No me importaba nada. Estaba cansado y angustiado por las fastidiosas ideas que Nettles me hab√≠a metido en la cabeza. Lo √ļnico que deseaba era meterme en la cama y olvidarme de todo.
El taxi se detuvo frente a la estrecha fachada de una casa; un letrero de ne√≥n dibujaba sobre la puerta las palabras ¬ęHostal Caledonia¬Ľ. En la ventana, una se√Īal indicaba que se trataba de un hotel privado, t√©rmino que siempre he considerado bastante contradictorio.
El profesor y yo bajamos del coche.
¬óAh, s√≠. Est√° tal como la recordaba. Entremos ¬ódijo¬ó. La se√Īora Dalrymple debe de estar esper√°ndonos.
Dudé unos instantes y luego le pregunté:
¬óNettles, ¬Ņqu√© haremos despu√©s?
—Espero que cenar. Estoy hambriento —contestó—. Me comería un uro.
Bien. Era un consuelo comprobar que uno de los dos conservaba el sentido del humor.
—No me refería a la cena —repuse con cierta acritud.
—Primero nos inscribiremos —dijo el profesor frotándose las manos con energía—. Luego iremos a ver al serbio.
¬ŅEl serbio? ¬ŅQu√© clase de restaurante ser√≠a?
¬ó¬ŅQu√© clase de restaurante es? ¬óinquir√≠.
Nos hab√≠amos detenido frente a un edificio de ladrillos en un barrio donde abundaban los almacenes. No ten√≠a ventanas, ni letrero alguno; ninguna placa de Egon Ronay o de VISA en la puerta anunciaba que se trataba de un restaurante abierto al p√ļblico. Una solitaria bombilla con pantalla de lat√≥n brillaba sobre una puerta de madera muy gastada. El tirador era tambi√©n de lat√≥n, ennegrecido por el tiempo y el uso. Sobre la puerta estaba pintado el n√ļmero 77 en color blanco, una cifra sobre la otra.
¬ó¬ŅEst√° seguro de que es la direcci√≥n correcta? ¬ópregunt√©, mirando c√≥mo las luces traseras de nuestro taxi desaparec√≠an al final de la oscura calle.
¬óS√≠, aqu√≠ es ¬óafirm√≥ Nettles, sin demasiada seguridad seg√ļn me pareci√≥. Llam√≥ con los nudillos a la puerta y esperamos.
—Me parece que no hay nadie, profesor —comenté—. Será mejor que vayamos a otro lugar.
—No sea tan impaciente. Relájese —me sugirió el profesor—. Le gustará el sitio, Lewis. Necesita algo así.
Volvi√≥ a llamar a la puerta, esta vez con la palma de la mano. En alg√ļn lugar maull√≥ un gato mientras se lanzaba contra el rat√≥n rabilargo que iba a servirle de cena. O√≠ el chirrido de neum√°ticos en el cercano paso elevado mientras los monstruos se precipitaban hacia el puente Forth a toda velocidad. Seguimos esperando. El fr√≠o arreciaba. Tendr√≠amos que hacer algo pronto, de otro modo nos quedar√≠amos dormidos y nos congelar√≠amos hasta morir frente a la puerta de un almac√©n. Estaba a punto de proponer que nos march√°ramos cuando o√≠ un d√©bil chirrido al otro lado de la puerta.
La puerta se abrió con estrépito. Un brillante ojo oscuro nos contempló un instante, y enseguida un gigante con barba se precipitó hacia nosotros gritando:
¬ó¬°Profesor!
Retroced√≠ unos pasos adelantando las manos para protegerme. Pero el pobre del profesor fue levantado en vilo por el hombret√≥n y aplastado en un fuerte abrazo. Nettles grit√≥ algo, el gigante tambi√©n. Luego procedi√≥ a besar al profesor en ambas mejillas. ¬ę¬ŅD√≥nde est√° la polic√≠a cuando se la necesita?¬Ľ, pens√©.
El gigant√≥n solt√≥ a Nettles, que, ante mi asombro, no hab√≠a sufrido da√Īo alguno. El profesor me mir√≥ y, alis√°ndose el abrigo, me sonri√≥.
—Acérquese, Lewis. Le presentaré a nuestro huésped.
Me acerqué con cautela. El gigante se golpeó el pecho y dijo:
¬óMe llamo Deimos. ¬ŅC√≥mo est√° usted? ¬óY seguidamente me tendi√≥ su manaza.
¬óEncantado de conocerlo, Deimos ¬ócontest√©, contemplando horrorizado c√≥mo mi mano desaparec√≠a bajo su pu√Īo.
Deimos med√≠a algo m√°s de dos metros y era robusto como un tractor Volvo. Una barba espesa, negra, despeinada y rizada le cubr√≠a la parte inferior del rostro y todo el cuello. Vest√≠a una bata de granjero pasada de moda y una camisa de franela cuyos dos botones superiores jam√°s hab√≠an sido abrochados. Los cabellos, tambi√©n negros, conformaban una espesa melena que llevaba recogida en una gruesa cola de caballo en la nuca. Sus ojos eran risue√Īos y su sonrisa sincera y c√°lida.
No se contentó con darme la mano. Me agarró y me abrazó como si fuera un hijo perdido desde el instante mismo de nacer. Sentí que mis omóplatos eran apretados y comprimidos bajo aquellos porrazos de bienvenida. Por lo menos no me besó como al profesor, así que pude considerarme afortunado por haber escapado con contusiones leves.
Nettles y el gigantón se pusieron a charlar en algo que parecía una lengua extranjera y fuimos empujados —casi arrojados— al interior por los enormes brazos de Deimos.
El interior del edificio hacía perfecto juego con su gigantesco ocupante. Era un almacén vacío, oscuro, casi sin muebles y diría que sin calefacción. De hecho no estaba dotado de comodidad alguna. Deimos cogió una vela de una mesa junto a la puerta y nos condujo a través de un estrecho corredor cubierto con una alfombra floreada. Escruté en la distancia y a la luz de la vela vislumbré un curioso montón de trastos arramblados en medio de un espacio vacío.
Al acercarnos, aquel amasijo de chatarra result√≥ ser una mesa larga con bancos a los lados y dos mesas m√°s peque√Īas con sillas alrededor. Tras √©stas se alzaba una alfombra persa colgada como un tapiz de un bastidor torcido. La alfombra serv√≠a de pared, y algunos agujereados biombos de madera serv√≠an de tabiques. Un gigantesco cuadro de la rebeli√≥n jacobita pend√≠a del techo sostenido por unos alambres. Una cabeza de alce adornaba uno de los tabiques, y una imitaci√≥n de un escudo medieval hecha de lat√≥n pintado adornaba otro. Cerca hab√≠a un piano en bastante buen estado, sobre el cual reposaba en un lugar destacado el retrato de la reina.
Había flores por doquier. Flores en cestas, flores en hornacinas, flores en vasijas, en jarros, en macetas, fuentes de flores, cascadas de flores en todos los lugares aprovechables. En medio de las flores alcancé a ver personas comiendo; en la mesa larga había cuatro. Nos miraban cautelosamente y murmuraban en apagados tonos mientras Deimos nos acomodaba.
Nuestro gigantesco huésped nos condujo a un extremo de la mesa larga, a unos diez metros de los otros comensales.
—Les reservé este lugar —dijo como si hubiese guardado los mejores asientos de la casa para nosotros—. Hagan el favor de sentarse.
Su voz resonó como la de un dios olímpico en el espacio vacío. Me dejé caer en un banco a un lado de la mesa, Nettles se sentó frente a mí y Deimos colocó entre los dos un jarrón de flores. Luego desapareció murmurando algo.
¬óEs un lugar fascinante ¬ócoment√≥ Nettles apartando el jarr√≥n¬ó. Es √ļnico.
¬óS√≠ ¬óasent√≠ mirando en torno¬ó. Mucho ambiente. ¬ŅC√≥mo dio con √©l?
—Me trajo un amigo. No se puede venir solo. Hay que ser iniciado, podríamos decir —repuso con una misteriosa sonrisa.
Deimos apareci√≥ en el c√≠rculo de luz con un jarro de loza y dos vasos transparentes. Puso los vasos en la mesa y los llen√≥ de un l√≠quido espumoso y rojo. ¬ŅSer√≠a vino? Sorb√≠ un poco y comprob√© que en efecto lo era.
El profesor Nettleton alzó su vaso.
—Slàinte! —exclamó.
—¡Salud! —respondí yo.
No soy un experto en vinos, pero s√≠ puedo decir que aqu√©l era afrutado y ol√≠a agradablemente a cinamomo. El color vivo del brebaje me ti√Ī√≥ la lengua mientras su calor me reconfortaba las entra√Īas.
¬óNo est√° mal ¬óconced√≠¬ó. ¬ŅD√≥nde est√° la carta?
—Deimos nos servirá lo que le parezca; seguro que nos gustará —explicó Nettles—. Depende de lo que haya encontrado hoy en el mercado.
Como en respuesta al comentario del profesor, nuestro camarero-ballenato apareció con dos enormes boles de latón. Uno contenía una papilla verdosa aderezada con pimentón y aceite; en el otro había algo cubierto con una servilleta.
—¡Bulakki! —anunció, y volvió a desaparecer.
Nettles retir√≥ la servilleta descubriendo una pila de tortas de pan calientes. Cogi√≥ una, cort√≥ un trozo y me dio el resto. El profesor meti√≥ el pan en la oleosa papilla, reba√Ī√≥ una respetable cantidad de salsa, se lo llev√≥ a la boca, cerr√≥ los ojos y mastic√≥.
—Manjar de dioses —dijo, arrebatado—. Pruébelo y verá, Lewis.
Reba√Ī√© un poco de salsa con una esquinita de pan y me la llev√© a la boca; ten√≠a un sabor muy agradable. Por lo menos no pasar√≠amos hambre. El pan estaba muy bueno; era ligero y sustancioso, y su el√°stica textura parec√≠a sugerir que unas muchachas lo hab√≠an amasado cuidadosamente entre infatigables cantos.
Partíamos el pan, lo mojábamos en la salsa y nos lo comíamos, bebiendo vino de vez en cuando. Cuando el fondo del bol comenzó a asomar por debajo del bulakki, me sentí decepcionado. Pero Deimos reapareció en el momento oportuno con una bandeja de ensalada.
Supuse que era ensalada, pero podría haber sido un arreglo floral más.
¬ó¬ŅEs para comer o para admirar?
¬óPara ambas cosas ¬órespondi√≥ Nettles, cogiendo un pu√Īado de aceitunas maceradas¬ó. No puede imaginar cu√°nto he echado de menos este lugar. Hac√≠a muchos a√Īos que no ven√≠a. Ten√≠a ganas de volver.
El profesor empez√≥ a comer con verdadera ansia. Celebraba con ¬ę¬°ah!¬Ľ las aceitunas y con ¬ę¬°oh!¬Ľ los corazones de alcachofa. Los aspavientos que hizo ante las remolachas adobadas y el salvado fueron exagerad√≠simos.
Nettles lo estaba pasando en grande, y yo me reía sin cesar al verlo. O quizás era el vino. Pero era igual: estábamos disfrutando de verdad. Hacía tiempo que no me reía tanto, muchísimo tiempo.
En medio de tanta hilaridad, Deimos apareció una vez más con dos pesadas bandejas de latón, una en cada mano. Las puso ante nosotros con un auténtico gesto de orgullo.
—¡Coman, amigos! —nos instó—. ¡Coman y disfruten! ¡Diviértanse!
En la bandeja de la carne había pollo, me parece. Y pato, tal vez; cerdo y, desde luego, cabra. No sé cómo sabe la cabra asada, pero creo que era cabra. O cordero. ¡Y además pájaros! Pájaros cocinados enteros, con sus patitas y sus picos. Había otras carnes, pero no sé de qué clase. Entre las variadas raciones de carne había cuencos de salsas y condimentos: condimentos cremosos y de sabor dulce, salsas flameantes que chamuscaban los pelos de la nariz, pociones de yerbas astringentes y mezclas aromáticas de dulce sabor. El proceso de descubrimiento de sabores se convertía en una auténtica aventura culinaria.
La bandeja de verduras no era menos enigm√°tica. Hab√≠a montones de patatas y de arroz; lo cierto es que eran los √ļnicos ingredientes que me resultaban familiares y aun as√≠ hab√≠an sido cocidos en un licor con tantas especias que les confer√≠a un sabor totalmente nuevo. En el centro de la bandeja hab√≠a unos tub√©rculos de forma bulbosa cocidos, supongo, en un n√©ctar, porque eran una de las cosas m√°s dulces que hab√≠a probado en mi vida. Hab√≠a algunos boles con brebajes que parec√≠an y sab√≠an a curry, pero estaban adobados y condimentados de distintas maneras, todas muy sabrosas.
Comimos, charlamos y bebimos, llenando el vasto y oscuro refugio del almac√©n con nuestra alegr√≠a y camarader√≠a. La comida resultaba m√°s jovial, m√°s alegre, m√°s despreocupada, m√°s amistosa, porque no hab√≠a ni platos ni cubiertos. Com√≠amos de las bandejas con las manos, chup√°ndonos los dedos como colegiales maleducados. El profesor Nettleton me ense√Ī√≥ qu√© mano deb√≠a usar, c√≥mo ten√≠a que poner los dedos, y me convert√≠, aunque s√≥lo por una noche, en un verdadero sult√°n de ex√≥ticos modales.
Al final, y demasiado pronto, Deimos apareció para limpiar la mesa, con una bandeja de dulces de almendra y un bol enorme lleno de naranjas. También trajo una vasija con un líquido espeso y negro que dijo que era café. Pelamos las naranjas y tomamos café en unas tacitas de porcelana no mayores que un dedal. Como por encanto, sentí que se me despejaban los efluvios del alcohol barridos por el fuerte efecto del café.
Mir√© al otro extremo de la mesa y vi que los otros comensales hab√≠an desaparecido. No recordaba haberlos visto marchar. Pero lo cierto es que est√°bamos solos en aquella mesa enorme. Cuando Deimos compareci√≥ a llenar de nuevo la vasija del caf√©, el profesor le rog√≥ que se sentara con nosotros. Acerc√≥ una silla, cogi√≥ una min√ļscula tacita entre sus enormes dedazos y sorbi√≥ delicadamente.
¬óDeimos ¬ódijo Nettles¬ó, tu comida es como siempre digna de reyes, de dioses. No me acuerdo de haber comido jam√°s tan bien.
¬óEstaba buen√≠simo todo ¬óa√Īad√≠ saboreando un pedacito de naranja que me hab√≠a quedado en la boca¬ó. Quiz√° no vuelva a comer nada semejante nunca m√°s. Fue magn√≠fico. Y estas naranjas son deliciosas.
Deimos, satisfecho de tanto agasajo, brindó a nuestra salud alzando la diminuta tacita de café.
¬ó¬°Por la amistad! La vida pertenece a los que aman, y donde reina el amor el hombre es un verdadero rey.
Un brindis extra√Īo, pero a m√≠ se me antoj√≥ muy adecuado. Luego el profesor y √©l rememoraron viejos tiempos; su amistad ven√≠a de muy lejos. Cuando hubieron cumplido con el ritual, nuestro hu√©sped pregunt√≥:
¬ó¬ŅPor qu√© has venido a verme esta noche?
—Hemos emprendido un viaje, Deimos. Necesitábamos alimento para nuestros cuerpos y para nuestras almas —respondió alegremente Nettleton—. Nos has proporcionado ambos.
Deimos asintió gravemente, como si fuera un experto en las necesidades de los viajeros y sus almas.
—Me siento muy feliz de poder serviros —declaró con voz solemne y grave.
As√≠ termin√≥ aquella extra√Īa y magn√≠fica velada. Nos levantamos y nos despedimos de nuestro hu√©sped, que nos condujo hasta la puerta con una vela. Deimos nos abri√≥ la puerta y, cuando pas√°bamos por delante de √©l, nos puso la mano sobre la cabeza y nos bendijo.
¬óQue Dios os acompa√Īe en vuestro viaje, amigos. Que miles de √°ngeles os precedan; que miles nieguen por vuestro pronto regreso. ¬°Paz! ¬°Buenas noches!
Al encontrarnos en medio de la oscuridad de la noche, nos apretamos junto a la bombilla de la puerta antes de decidirnos a salir para coger un taxi. Cuando nos disponíamos a alejarnos, la gastada puerta se abrió otra vez. Deimos sacó la cabeza justo por debajo del dintel y nos tendió una bolsa de papel.
—Por favor, acéptela —me dijo—. Es para usted.
Cogí la bolsa y la abrí.
—Gracias —me limité a decir—. Muchas gracias.
Nuestro afable gigantón inclinó la cabeza y desapareció.
¬óNaranjas. ¬óMet√≠ la mano en la bolsa y le mostr√© a Nettles una de las relucientes frutas¬ó. Me ha regalado naranjas¬ó a√Īad√≠ un poco avergonzado ante la singular largueza de aquel hombre.
¬Ľ¬°Qu√© lugar tan extraordinario! ¬ócoment√©, poni√©ndome la bolsa bajo el brazo y apresur√°ndome a caminar junto a Nettles¬ó. Me trajo usted a prop√≥sito, ¬Ņverdad?
—Juzgué que estaba necesitando usted una noche de diversión.
¬óNo me refer√≠a a eso ¬ódije¬ó. ¬ŅPara qu√© me trajo?
¬óAlimento, Lewis.
¬óComida para el viaje, ¬Ņno?
El profesor se limit√≥ a sonre√≠r y sigui√≥ caminando, como murmurando para s√≠. Yo lo segu√≠, demasiado harto y demasiado dormido como para hacer otra cosa que dejarme conducir por mis pies. Mientras camin√°bamos por una calle oscura como boca de lobo, alc√© la mirada al cielo y vi una lluvia de estrellas que resaltaban esplendorosas en la atm√≥sfera l√≠mpida y fr√≠a. Casi me qued√© sin aliento. ¬ŅCu√°ndo hab√≠a visto un cielo tan brillante y vivo?