9 - El nudo sin fin

—¿Plexo? ¿Como en el plexo solar?
El anciano y chiflado Nettles hizo un gesto en señal de desaprobación.
—No me estaba usted prestando atención, ¿verdad? No oyó ni una palabra de lo que le leí.
—Lo siento. Estaba un poco preocupado.
—Se lo explicaré otra vez —suspiró—. Pero, intente concentrarse.
—Lo procuraré.
Clavé mis ojos en el rostro de búho de Nettles para no distraerme y de pronto me pregunté si se habría peinado; también sus gafas necesitaban una limpieza urgente.
—El nexo, según hemos dejado ya bien claro, es el punto de conexión entre los dos mundos, ¿de acuerdo?
—Sí.
—Bueno, pues el plexo es la urdimbre de esa interconexión. Porque los dos mundos no sólo están unidos, sino entretejidos.
Entrelazó los dedos de las manos a modo de ejemplo. Echó una rápida ojeada en torno y cogió un pedacito de papel de entre los montones que había en el suelo.
—¿Reconoce esto?
Miré el papel y vi la reproducción en tinta china de un inconfundible dibujo celta: dos líneas de colores bellamente entretejidas; dos líneas tan habilidosamente concebidas que era imposible señalar dónde acababa una y empezaba la otra.
—Pues claro —dije—. Es el nudo sin fin. Diría que está sacado del Libro de Kells.
—No exactamente, pero algo parecido —replicó Nettles—. Es de un crucero celta de la isla de Iona. Supongo que ha visitado usted Iona, ¿verdad?
Para disimular las evidentes lagunas de mi cultura, contesté con otra pregunta:
—¿Qué tiene que ver el nudo sin fin con el plexo y el nexo?
—Me permito sugerirle que es una ilustración gráfica del plexo. Los celtas de la antigüedad no se cansaron jamás de reproducirlo. Para ellos, el dibujo simbolizaba la naturaleza esencial de la existencia del mundo. Dos bandas, es decir, este y el Otro Mundo, entrelazadas en una dinámica y móvil armonía; cada una de las bandas depende de la otra y cada una de ellas complementa y completa a la otra.
Observé aquel dibujo que tantas veces había visto y seguí con la vista los intrincados trazos de lazos y espirales que se cruzaban y entrecruzaban.
—Así que esto es un plexo, ¿no?
—Sí —asintió Nettles—. Es el plexo. En la analogía de la isla, el plexo sería la orilla de la isla. La orilla no pertenece completamente ni al mar ni a la tierra. La orilla es la zona que conecta y a la vez separa el mar de la tierra, pero forma parte de ambos. Cuando uno está en la orilla entre las olas, pertenece a ambos elementos a la vez..., se tiene un pie en ambos mundos, por decirlo así.
—Los antiguos celtas adoraban las orillas como lugares sagrados.
—¡Vaya! Parece que no todas sus lecturas cayeron en saco roto —bromeó Nettles; y me di cuenta de lo mucho que desentonaba el sarcasmo con su personalidad.
—No todas, no —murmuré—. Según tengo entendido, los celtas adoraban toda clase de cosas relacionadas con el plexo: la orilla del mar, el alba, el crepúsculo, el límite del bosque; todo lo que no perteneciera claramente a un sitio determinado, por decirlo así.
—Muy cierto —aprobó Nettles—. Sin embargo, hemos estado hablando del Otro Mundo y del mundo manifiesto como si fueran lugares separados. Pero los antiguos celtas no hacían distinción alguna entre los dos; ni tampoco establecían diferencia entre la realidad y la imaginación. Lo material y lo espiritual no estaban separados ni pertenecían a lugares estancos: muchas veces se manifestaban de la misma manera. Por ejemplo, un bosque de robles podía ser un bosque de robles o podía ser la morada de un dios... o ambas cosas a la vez. Ésa era su concepción del mundo. Concepción que les inspiró una enorme apreciación y respeto por todo lo creado; un respeto nacido de una creencia profunda y perdurable. La idea de que un objeto o una entidad era en cierto modo más real simplemente porque poseía una presencia material, no se les habría podido ocurrir. Es interesante observar que sólo el hombre moderno hace tan temerarias distinciones. Y, una vez hecha tal distinción, llama al universo no material irreal; de ahí la poca importancia y la poca validez de su punto de vista. Por otra parte, los niños no distinguen entre lo material y lo no material. Pueden ver la diferencia, desde luego, pero no tienen necesidad de asignar un valor relativo a una cosa a costa de la otra. Como los celtas de la antigüedad, los niños aceptan con toda sencillez la existencia de ambos reinos..., como dos caras de una misma moneda, ¿me entiende?
—De acuerdo. ¿Y adónde nos lleva esto? —pregunté, porque comenzaba a impacientarme ante tanta filosofía.
—Ahí voy —repuso en un tono que evidenciaba a las claras que no le agradaba que lo apresuraran—. Veamos. Mientras el nexo existe como una realidad física aunque invisible, de ahí que lo señalen con piedras verticales, con un cairn o con lo que sea, el plexo no existe de la misma manera. Es, digámoslo así, ni más ni menos que la armonía creada por el equilibrio de los dos mundos. ¿Me sigue?
—A duras penas —tuve que admitir—. Pero siga, por favor.
—Escuche con atención. Llegamos al punto más importante: cuando se altera el equilibrio entre los dos mundos, la armonía, es decir, el propio plexo, se desestabiliza. Como el hilo de un tejido, se desenmaraña. ¿Lo entiende?
No pude menos que dar un respingo.
—La inestabilidad del plexo equivale a un caos y a una catástrofe. ¿Ahí es a donde quiere usted llegar?
—En esencia, sí. —El profesor se levantó y se dirigió a un rincón de la habitación—. Por eso es asunto de vital importancia descubrir primero lo que ha alterado el equilibrio para a continuación poder corregirlo. De otro modo... —Se calló mientras rebuscaba entre unas cajas.
—De otro modo ¿qué? —lo apremié.
Miró unos instantes al vacío y luego dijo:
—Mucho me temo que el Otro Mundo se perdería irremisiblemente para nosotros.
—Pero me pareció oírle decir hace unos momentos que era un asunto muy grave.
—Y lo es —insistió el profesor Nettleton—. Es lo más grave que puede ocurrirle a la humanidad.
Se dirigió al otro extremo de la habitación, abrió un armario empotrado y comenzó a meter cosas en una bolsa de Iona bastante usada.
—Bueno, ¿y qué me dice de la amenaza nuclear, del SIDA, de la guerra, de la peste, del hambre?
—Son serios peligros, desde luego —admitió Nettles cogiendo un tubo de pasta de dientes—. Pero no amenazan a la humanidad en su esencia más profunda.
—Pues yo, sin ir más lejos, considero que la perspectiva de ser barrido por una explosión de protones es una amenaza que atenta contra mi esencia más profunda. Y podría mencionarle un par de personas más que sin duda estarían de acuerdo conmigo.
Nettles hizo un ademán desdeñoso con el cepillo de dientes en la mano.
—La muerte es la muerte, señor Gillies. Ha existido desde que el hombre apareció y continuará existiendo hasta el fin de los tiempos. Al fin y al cabo, forma parte de la vida, como la enfermedad, la peste, el hambre y la guerra. Todas son una misma cosa desde este punto de vista..., pues forman parte de la existencia humana.
—Es indudable que habla usted ex cátedra, perfectamente protegido por su campana de cristal. El mundo real no lo contamina. ¿Qué opina usted de...?
—¡Déjeme que acabe mi explicación! —me espetó el profesor blandiendo el cepillo de dientes—. ¡Está usted hablando sin ton ni son sobre algo de lo que no sabe nada! ¡Menos que nada!
Me dolía la cabeza y tenía los párpados a un tiempo secos y húmedos. Me sentía fatigado y confuso; no me apetecía en modo alguno que me gritaran.
—Lo siento. Continúe, lo escucho.
El profesor rebuscó otra vez en el armario y sacó un grueso jersey de lana.
—A veces me pregunto por qué me preocupo tanto.
—Por favor —le rogué para calmarlo—. Se lo prometo, me portaré bien.
Se mantuvo callado con los ojos clavados en el jersey.
—¿Qué distingue a una porcelana japonesa? —preguntó de sopetón.
—¿Cómo dice?
—¿O a una pintura de Rembrandt, Lewis? ¿O a un poema de Tennyson? ¿Qué vemos en esas cosas? Contésteme.
Chifladuras. Aquel hombre estaba completamente chiflado.
—No sé —dije encogiéndome de hombros—. Arte, belleza..., algo así. No puedo decirlo exactamente.
Nettles hinchó los carrillos y soltó un resoplido de mofa; luego dobló el jersey y lo metió en la bolsa.
—Si los cuadros de Rembrandt y los poemas de Tennyson dejaran de pronto de existir, el mundo sin duda se empobrecería. Pero, al menos, hay otros cuadros, otros poemas. ¿No es cierto?
—Claro.
—¡Ah! Pero ¿qué pasaría si la belleza dejara de existir? —inquirió—. ¿Si la belleza, la idea de la belleza, dejara de existir? —Resopló otra vez—. Pues que diez mil años de evolución del pensamiento y del progreso humanos se destruirían en un instante. La raza humana habría perdido una de sus cualidades primarias: la habilidad de ver, valorar y crear belleza. Descenderíamos al nivel de los animales.
—Sin duda alguna.
—Muy bien. —Cogió un par de largos calcetines de lana y los examinó por si tenían algún agujero—. Además de proporcionarnos placer, la belleza también alimenta la imaginación, la esperanza, el valor. Si la belleza dejara de existir, nosotros también dejaríamos de existir, en sentido estricto..., pues ya no podríamos seguir siendo quienes somos.
—Conozco esa teoría —comenté un tanto a la defensiva.
—Bien. Continuemos. —Dobló los calcetines, los metió en la bolsa, cogió del armario otro par, frunció el entrecejo y los volvió a dejar—. Por muy importante que sea la idea de la belleza, el Otro Mundo lo es mil veces más. Y su pérdida sería algo mucho más devastador y fatal...
¡Hop! ¡Una nueva pirueta! Ya me había perdido otra vez.
—No lo entiendo —lo interrumpí.
—¡Porque no está usted utilizando la cabeza, señor Gillies! —vociferó el profesor cogiendo un zapato de suela gruesa y blandiéndolo ante mí—. ¡Piense un poco!
—¡Estoy pensando! Lo siento, pero no lo entiendo.
—Entonces escuche con más atención. —Nettles estaba perdiendo la paciencia—. Si usted concibe el Otro Mundo como un depósito..., como un lugar de reserva, como un almacén o un tesoro...
Debió de notar por mi expresión que me estaba perdiendo otra vez, porque se detuvo.
—Lo intento, profesor. Pero me resulta un poco confusa esa metáfora del almacén arquetípico. Me suena a Jung.
—Olvídese de Jung —me amonestó Nettles dejando el zapato sobre el escritorio y centrando toda su atención en mí.
Yo me erguí en mi asiento y traté de escucharlo atentamente.
—Hacia el año 865 d. C, un filósofo irlandés llamado Johannes Scoto Erigena elaboró una doctrina que considera el mundo natural como una manifestación de Dios en cuatro aspectos o discernimientos..., es decir, diferentes divisiones que no obstante están contenidas en la singularidad de Dios. —Arqueó las cejas—. ¿Me sigue?
—Si —murmuré—. A duras penas.
—La doctrina de Erigena reconocía a Dios como el único creador, sostenedor y fuente verdadera de todo lo que existe; éste es el primero de los aspectos de Dios. En segundo lugar, Erigena reconocía una especie de sobrenaturaleza, una naturaleza separada e invisible, en la que residían las ideas primordiales, las fuerzas y los arquetipos; la Forma de las formas la llamaba él, de la cual derivaban todas las formas terrenales o naturales.
—El Otro Mundo —murmuré.
—Exactamente —confirmó el profesor con alivio—. El meollo de la cuestión —continuó— es que para los seres humanos el Otro Mundo desempeña varias funciones cruciales. Podría decirse que instruye y enseña a nuestro mundo importantes lecciones, vitales para la existencia humana.
—Proporciona el sentido de la vida —me atreví a sugerir.
—No —dijo el profesor Nettleton; se quitó las gafas, miró a través y se las volvió a poner—. Sin embargo, es una interpretación errónea bastante frecuente. El Otro Mundo no proporciona el sentido de la vida sino que describe lo que es la vida. La vida en toda su gloria... y sus miserias, por así decir. Si lo prefiere, el Otro Mundo provee a éste de significado a través de ejemplos, demostraciones, ilustraciones. ¿Comprende la diferencia? A través del Otro Mundo aprendemos lo que es estar vivo, ser humano: la bondad y la maldad, el sufrimiento y el éxtasis, la victoria y la derrota, todo. Ya ve, todo está contenido en ese tesoro. El Otro Mundo es el almacén donde se guardan las imágenes arquetípicas de la vida... Podría decirse que es la fuente de todos nuestros sueños.
—Pero creí que había dicho que el Otro Mundo existe como un lugar real —apunté yo, volviendo otra vez al punto de partida.
—Sí —contestó buscando en el armario el otro zapato—, pero su existencia en la realidad es secundaria a su existencia como concepto, como metáfora si usted quiere, que instruye, enriquece e ilumina nuestro mundo.
Buscaba el zapato como si pensara encontrar duendes.
—Le aseguro que no soy del todo estúpido —insistí—. Pero no acabo de entenderlo.
—Vemos nuestro propio mundo —explicó Nettles armándose de paciencia— en gran parte sólo gracias a la luz que nos ilumina desde el Otro. —Por fin encontró el zapato y lo puso junto al otro sobre el escritorio y se volvió de nuevo hacia el armario mirándolo como si fuera la entrada al Otro Mundo—. Déjeme preguntarle una cosa, Lewis —continuó de pronto— ¿dónde se aprende por primera vez lo que es la lealtad?, ¿o el honor?, ¿o cualquiera de los valores supremos, pongamos por caso?
—¿Como la belleza? —inquirí, retomando el tema inicial.
—Eso es, muy bien —asintió—, como la belleza. La belleza de un bosque, por ejemplo: ¿dónde se aprende a valorar la belleza de un bosque y a reverenciarla?
—¿En la naturaleza? —contesté lo que me pareció más obvio, aunque evidentemente era erróneo.
—De ninguna manera. Lo demuestra fácilmente el hecho de que muchos de nosotros no reverenciamos los bosques; de hecho ni siquiera los vemos. Sabe perfectamente a qué clase de personas me estoy refiriendo. Sin duda los ha visto a ellos y a sus obras miles de veces. Unos arrasan la tierra, otros talan los bosques y depredan los océanos, otros oprimen a los pobres y tiranizan a los desamparados, otros viven la vida como si no hubiera nada más allá del horizonte de sus limitadas aspiraciones terrenales. —Se interrumpió unos instantes y se esforzó por sintetizar— Estoy divagando. La cuestión crucial es ésta: ¿dónde se aprende a mirar un bosque como algo bello, a reverenciarlo, a conservarlo, a reconocer su valor como simple bosque en vez de considerarlo una fuente de madera que debe ser explotada o una barrera que hay que derribar para construir una autopista?
Sabía muy bien qué respuesta deseaba el profesor que le diera, y se la brindé para hacerlo feliz.
—¿En el Otro Mundo?
—Sí, en el Otro Mundo.
Estaba a punto de estallarme el cerebro.
—¿Cómo es posible? —pregunté con desesperación.
El profesor cogió un cinturón de cuero y comenzó a pasarlo por las trabillas del pantalón.
—Porque la simple presencia del Otro Mundo enciende en nosotros la chispa de la suprema conciencia, o de la imaginación. Las leyendas, cuentos y apariciones del Otro Mundo, esa tierra mágica y encantada que se extiende tras los muros del mundo manifiesto, despiertan y desarrollan en los seres humanos las supremas nociones de belleza, respeto, amor, nobleza y otras muchas virtudes. El Otro Mundo es la Forma de las formas, el almacén, ¿no cree? Los arquetipos residen en él. Un profesor me preguntó una vez: «¿Cómo se puede ver un bosque real si antes no se ha visto nunca un bosque fantástico?». ¿Cómo? Ahora yo le planteo la misma pregunta.
Curiosamente, aquello tenía sentido para mí. O quizás había perdido del todo el sentido común.
—Gracias a que el Otro Mundo existe, podemos ver para qué existe el nuestro —dije haciendo un esfuerzo casi doloroso.
—Más aún —declaró Nettles abrochándose el cinturón—, y esto es lo realmente importante: gracias a la existencia del Otro Mundo reconocemos el auténtico valor de éste..., valor que va más allá de sus elementos materiales.
—¿Del mismo modo que el valor de un bosque va más allá del valor de la madera que produce? —sugerí lleno de esperanza.
—Muy bien, Lewis. —Nettles parecía complacido de verdad—. Está usted haciendo verdaderos progresos.
—Si, pero ¿no podríamos lograr nosotros lo mismo sin ninguna ayuda? ¿No podríamos reconocer el valor de un bosque o de cualquier otra cosa, existiera o no el Otro Mundo? Quiero decir, ¿no podríamos imaginar todo eso?
—Sólo Dios podría. A los seres humanos no les ha sido concedida la posibilidad de crear ex nihilo, de la nada.
Mientras el profesor procedía a desabrocharse la camisa, lo miré con expresión atónita.
—No, las criaturas humanas tienen que sentir algo firme bajo los pies, aunque sea sutil y elusivo —continuó diciendo mientras alzaba un dedo en ademán admonitorio—. Créame, nosotros no llegamos a alcanzar de una forma natural ese conocimiento, esa conciencia de las cosas supremas, señor Gillies. Necesitamos que nos enseñen. Y el Otro Mundo es el principal instrumento de nuestro aprendizaje.
Se quitó la camisa, sacó otra del armario y procedió a ponérsela. Tenía un cuerpo robusto y asombrosamente bien constituido.
—Bien —dije yo—, pero ¿qué tiene que ver todo esto con la catástrofe cósmica de la que me habló hace un rato?
—Imaginé que le resultaría evidente —repuso metiéndose la camisa bajo el pantalón.
—Pues no.
—Querido muchacho, cualquier cosa que amenace el Otro Mundo amenaza al nuestro. Así de simple. —Cogió la bolsa y la dejó junto a la puerta; luego cogió del escritorio los zapatones de excursión y los puso en el sillón que había frente al mío—. Cuando la Forma de las formas llega a corromperse, nuestro mundo y todo lo que en él vive se corrompe hasta las raíces.
¡Caramba! Resultaba arduo entenderlo. Aspiré aire, levanté la cabeza y exhalé un suspiro.
—Con todos los respetos, Nettles, pero no acabo de entenderlo. ¿Qué está amenazando al Otro Mundo? Ese plexo..., ha dicho usted hace un momento que se ha alterado, que se ha desenmarañado. ¿Qué quiere decir eso? ¿De qué se trata?
—En términos sencillos —contestó Nettleton, calzándose los zapatos—, el Otro Mundo se está filtrando en éste.
—Y este mundo se está filtrando en el Otro. Es grave, ¿verdad?
—Catastrófico. —Nettles frunció los labios mientras se anudaba el zapato derecho—. Una brecha se ha abierto entre los dos mundos y cualquier cosa puede caerse por ella.
—Cualquier cosa... ¿como un uro, por ejemplo? ¿O un Hombre Verde?
Por fin lo veía claro; el corazón me dio un vuelco. Todo era cierto, indudablemente cierto.
—El uro, el Hombre Verde —coreó con voz suave Nettles—, el lobo de la calle Turl y quién sabe cuántas cosas más.
—¿Y Simon? ¿También él se cayó por la brecha?
—Lo creo probable. ¿Usted no?
Sopesé todo lo que me había dicho, tratando desesperadamente de asimilarlo, pero era demasiado. Me incliné con respeto ante la superioridad de la inteligencia de Nettles y decidí dejarme llevar por su buen juicio.
—De acuerdo, muy bien. ¿Qué debemos hacer ahora?
—Creo que deberíamos echar una ojeada a ese dichoso cairn.
Otro viaje a Escocia. Lo que faltaba. Sin embargo, en fin de cuentas, un viajecito a la granja de Carnwood me parecía más tentador que tener que vérmelas con un encolerizado Geoffrey Rawnson y contarle un absurdo cuento de uros prehistóricos y montículos encantados.
—Me apetece —acepté—. ¿Cuándo nos vamos?
—Ahora mismito. Ya he hecho el equipaje —repuso señalando la bolsa que había dejado junto a la puerta.
—Tendré que ir a mi casa para recoger unas cuantas cosillas —dije.
—No será necesario —replicó el profesor—. Con lo que lleva tendrá suficiente.
Se dirigió al armario, sacó un cepillo de dientes y una toalla y los metió en la bolsa.
—Listo —anunció—. Ya podemos marcharnos.