8 - Describiendo la órbita del sol

El reloj marcaba las once y diez. ¿Quién podía llamar a aquellas horas de la noche?
—¡Hola! ¿Es usted el señor Gillies?
La voz sonaba como si viniera a través de una distancia enorme..., por lo menos de Marte. Sin embargo, era una de esas voces que una vez oídas jamás se olvidan, y la reconocí al momento. El corazón me dio un brinco.
—Sí, señor. Buenas noches.
—Soy Geoffrey Rawnson.
—Encantado de oírlo, señor. ¿Cómo está usted?
—Trabajando muchísimo, como siempre. No me queda un minuto para mí. Aun así, supongo que no puedo quejarme —contestó con bastante afabilidad—. Mire, querría hablar con Simon. ¿Sería tan amable de avisarle?
—Lo siento, señor Rawnson, pero Simon no está en este momento.
—¿No? ¡Vaya! ¿Dónde está?
Su tono daba a entender que consideraba lo más natural del mundo que su hijo estuviera esperando su llamada pegado al teléfono.
—Creo que estará fuera toda la velada —mentí y, para compensarlo, añadí una nota de veracidad—. A decir verdad, yo acabo de regresar ahora mismo.
—Ya. Bien, no quiero entretenerlo más. ¿Sería tan amable de decirle a Simon que he telefoneado?
—Lo haré, señor..., tan pronto como lo vea.
—Muy bien —dijo el viejo Rawnson—. Otra cosa más...
—Usted dirá.
—Dígale a Simon que, a menos que haya tenido noticias de él antes de las diez de la mañana, pasaré a buscarlo a la hora convenida. ¿Lo ha anotado?
—Pasará a buscarlo a la hora convenida... Lo he apuntado. ¿Sería tan amable de indicarme la hora? Así podré decírselo a Simon.
—Es de suponer que Simon está al corriente de todos los detalles —replicó Rawnson con cierto deje de contrariedad. Hizo una pausa y por toda explicación añadió—: No me importa confesarle a usted que estoy un tanto incomodado con mi hijo. Suponíamos que iba a venir para celebrar el cumpleaños de su abuela este fin de semana. No acostumbra olvidarlo. Pero este año no ha mandado ni tan siquiera una postal, ni ha llamado por teléfono. Nada. Será preferible para él que pueda darnos una explicación aceptable; espero oírsela cuando lo vea mañana. Dígaselo de mi parte.
—Sí, señor —asentí.
—Bueno, es tarde y no quiero entretenerlo más. Buenas noches, señor Gillies. Saludos.
Colgó el teléfono.
¡Rayos y truenos! ¿Qué iba a contarle al padre de Simon cuando me lo encontrara frente a frente? Lo siento muchísimo, alteza, pero su queridísimo hijito se ha largado al país de Irás y No Volverás. ¡Vaya por Dios! ¡Perra suerte!
Me acosté lleno de preocupación y me quedé dormido planeando el asesinato de Simon.
Era probable que el profesor Nettleton durmiera vestido. O, más aún, que no durmiera en absoluto. Cuando a la mañana siguiente llegué a su casa a las nueve en punto, me lo encontré con la misma ropa de la víspera, buscando afanosamente algo; esparcidos por el suelo había un montón de papeles, folletos, periódicos y libros.
—¡Adelante, adelante! —dijo sin apenas mirarme cuando hube llamado—. ¡Aquí lo tengo! —exclamó blandiendo un libro por encima de su cabeza—. Siéntese, Lewis, y escuche con atención.
El chiflado de Nettles comenzó a leerme el libro, paseando entre aquel montón de literatura y mesándose los escasos cabellos. Lo escuché unos instantes antes de darme cuenta de que no entendía ni una sola palabra de lo que leía. Mejor dicho, aunque entendía las palabras, todo aquello no tenía para mí ningún sentido. Era una auténtica jerga: nexo por aquí, plexo por allá, y algo relativo al flujo secuencial del tiempo y a la infinita maleabilidad del futuro, o cosa parecida. Me senté en el sillón de cuero tras haberlo despejado de papeles. La lámpara que había junto al sillón era la única iluminación de la sala. El profesor acabó de leer y me contempló con ojos brillantes de excitación.
—Disculpe, Nettles —dije—, pero creo que me he perdido. No dormí bien anoche.
Le conté la conversación telefónica que había mantenido con el padre de Simon.
El viejo profesor chasqueó la lengua en señal de simpatía.
—Era de esperar —comentó—. La gente no puede desaparecer así como así sin que se la eche de menos. Sin embargo, supuse que tendríamos más tiempo. Pero no se preocupe.
—¿Que no me preocupe? ¡Pero si va a venir a ver a Simon hoy y Simon no está aquí!
—Ya nos ocuparemos de ese asunto más tarde —me tranquilizó el profesor—. ¿Le apetece una taza de té?
Se encaminó hacia el hornillo que había sobre el aparador sin dejar de hablar.
—El uro y la lanza son inequívocas señales. Como el Hombre Verde, el lobo, el jabalí y el perrazo. Supongo que hay otras muchas, quizá cientos, pero usted no tiene por qué haberlas visto necesariamente.
Lo oí confusamente trastear con la vajilla y llenar la tetera. Su voz me llegaba como si procediera de la más profunda oscuridad del otro mundo.
—Señales —repetí sin entusiasmo mientras bostezaba y me frotaba los ojos.
—Veamos. Hay dos elementos en su historia que me confunden. Le pido encarecidamente que procure recordar con la mayor precisión. Me temo que todo dependa de eso.
Nettleton se reunió otra vez conmigo.
—Piense en el cairn. ¿Vio usted si había alguien cerca cuando llegaron? —me preguntó mirándome intensamente—. ¿Se acercó alguien?
—Nadie —repuse encogiéndome de hombros—. ¿Por qué?
—¿Un animal, quizás? ¿Un ciervo? ¿Algún pájaro? ¿Un perro?
Di un respingo.
—Aguarde un momento. Sí, había alguien. Recuerdo que vi a un sujeto con unos perros..., tres para ser exactos, de extraña apariencia. Quiero decir que el hombre tenía un aspecto singular, no los perros. Bueno, a decir verdad, también los perros eran raros. Blancos con orejas rojas, enormes y delgados... Parecían gigantescos sabuesos o algo así. Me salieron al paso camino del cairn, pero yo me quedé quieto y se marcharon.
—¿Cuándo los vio? ¿Antes o después de que Simon entrara en el cairn?
—Después —contesté—. No, espere... —reflexioné—. Sí, también los vi antes..., los vimos los dos, Simon y yo. Simon comentó que debía de tratarse de un granjero y continuamos nuestro camino hacia el cairn. Volví a verlos otra vez cuando regresé al cairn después de la desaparición de Simon.
Nettles se frotó las manos y soltó una risita de satisfacción. La tetera silbó desde el aparador y el profesor se dirigió presuroso hacia allí. Yo lo imité.
—¿Leche? —me preguntó.
—Sí, por favor.
Lo observé mientras echaba agua hirviendo en una enorme y manchada tetera; luego echó también agua en dos tazas sin lavar. En el aparador había una botella de leche; la destapó con el pulgar.
—¿He dicho algo importante? —inquirí.
Removió el agua de las tazas y después volvió a verterla en la tetera.
—Sí —respondió echando leche en las tazas—. Sin ninguna duda.
—Bien. Bueno, supongo que está bien, ¿no?
—Oh, sí. Muy bien. Comenzaba a preguntarme si estaría usted diciéndome la verdad.
Ante la mirada de sorpresa que le lancé, añadió:
—Bueno, ahora ya no me cabe duda. Ninguna en absoluto. La presencia del guardián confirma toda la historia.
—¿Un guardián? —me extrañé—. Usted no mencionó nada acerca de un guardián.
—Dejaremos reposar el té un poco. Traiga las tazas.
Cubrió la tetera con una funda de lana tejida a mano y la puso sobre la mesita desvencijada; luego acercó su sillón al mío.
—El guardián del umbral —dijo el profesor con toda sencillez—. Podía haberse tratado de un halcón, de un ciervo, o de un perro salvaje... El guardián puede adoptar distintas apariencias. Me intrigaba que no hubiera ninguno. Y me intrigaba también otra cosa: ¿por qué Simon pudo cruzar el umbral y usted no?
—También a mí me intriga eso. No ceso de preguntármelo.
—¿Quizá Simon era más sensible?
—¿Más sensible Simon? ¡Ca! —repuse—. De ninguna manera.
Nettles sacudió la cabeza y frunció el entrecejo.
—Entonces no lo entiendo.
Cogió la tetera y llenó las tazas. Me tendió una y bebimos en silencio.
—¿Mostró algún interés por el Otro Mundo antes del asunto del cairn? —preguntó al cabo de un rato.
—Ninguno —repuse—. Soy yo quien se dedica a los estudios célticos, no Simon.
—Sin embargo, fue él quien sugirió ir a ver el uro, ¿no es así?
—Sí, pero... creo que para él era una aventura más.
El profesor me miró por encima de su taza.
—¿De veras?
—Ya sabe lo que quiero decir. Simon aprovechaba cualquier oportunidad para divertirse.
—Ya. ¿Lo calificaría usted como el típico aventurero?
—Desde luego. Le gustaban las emociones por pequeñas que fuesen. —Sorbí un poco de té y de pronto me acordé de un detalle—. Pero aquella mañana sucedió algo realmente misterioso. Simon me recitó una poesía.
—¿Sí? Continúe —me rogó Nettleton.
—Bueno, no la recuerdo, pero tenía que ver con..., no sé.
—Por favor, trate de recordar. Podría ser importante.
—Nos dirigíamos a la granja..., antes de ver el uro, que por cierto no vimos porque jamás existió... Bueno, pues Simon de repente se puso a recitar un poema, un poema celta. Decía algo parecido a encontrarse a las puertas del oeste —relaté, intentando recordar los detalles—. Era uno de esos poemas celtas de adivinanzas, en los que el recitador da una serie de claves a partir de las cuales se supone que hay que adivinar quién es.
—Encontrarse a las puertas del oeste —repitió el profesor—. Sí. Continúe. ¿Se acuerda de algo más?
Como sacudido por una descarga eléctrica, recordé algo más.
—Antes de eso, cuando acabábamos de despertarnos... —dije con la voz tensa de excitación—. Dormimos junto a la carretera, como ya le expliqué, y yo me desperté poco antes de la salida del sol. Simon quería reemprender el viaje mucho antes, pero nos quedamos dormidos..., no mucho, pues casi era noche cerrada todavía cuando nos despertamos. Simon se incomodó porque quería llegar a la granja antes de la salida del sol, no después. Cuando le pregunté por qué, gruñó y murmuró: «Vaya un estudioso de las tradiciones célticas». Se trataba de la hora-entre-horas... Mire usted por dónde, Simon sabía lo de la hora-entre-horas. Por eso le corría tanta prisa llegar a la granja. Se lo pregunté y no lo negó. Simon sabía lo de la hora-entre-horas.
Nettleton sonrió.
—Ya. Continúe.
—Eso fue todo. Yo ignoraba que supiese tal cosa. Me extrañó, pero así era Simon; se lanzaba de cabeza en pos de cualquier capricho.
—Sin embargo, no llegaron a la granja o al cairn antes de la salida del sol, ¿verdad?
—No. Llegamos al cairn poco antes de las diez.
El profesor se levantó y fue a buscar la botella de leche. Echó un poco en las tazas y sirvió más té caliente; luego volvió a cubrir la tetera con la funda. Se calentó las manos con la taza humeante y dijo lentamente:
—Es muy interesante.
—Mucho, pero ¿qué tiene que ver con la desaparición de Simon?
Como si no me hubiese oído, el profesor se levantó y rebuscó entre los libros de su abarrotado escritorio. Encontró el que buscaba y me lo mostró.
—Lo encontré anoche —explicó, y comenzó a leer:
Un día, en agosto de 1788, llegué al pueblo más importante de la cañada de Findhorn, un villorrio de agradable aspecto llamado Mills de Aird Righ. Fui a visitar primero al maestro de escuela, el señor Desmond MacLagan, que accedió amablemente a acompañarme al cairn. MacLagan había crecido en la región y desde luego había oído contar historias del cairn de labios de su abuela, la señora Maire Grant, que seguramente le había relatado a menudo cómo ella y otros jóvenes del pueblo iban al cairn en las noches de luna llena. Tras una breve espera, oían la más exquisita música imaginable y contemplaban una torre que se elevaba desde lo más profundo de la cañada. Los diminutos habitantes de la tierra de las hadas salían de la torre y se entregaban a danzas y retozos. A la mañana siguiente la torre había desaparecido, pero la abuela y sus amigos cogían el oro de las hadas esparcido en torno al cairn. Repitieron varias veces la misma experiencia hasta que uno de los jóvenes, al ser interrogado acerca del oro, se lo contó todo a su padre, quien le prohibió volver a hacer incursiones de aquella clase y le explicó que de vez en cuando había desaparecido gente en aquellos andurriales. Después de llegar a la cañada, mi guía y yo desmontamos y seguimos a pie el camino hasta el cairn. La vieja construcción es bastante común en cuanto a tamaño y proporciones y está bastante deteriorada; pero tiene una curiosa protuberancia en forma de huevo orientada al oeste. No obstante, los granjeros y los ignorantes habitantes de la cañada creen que el cairn es un montículo de las hadas y hablan de él con gran respeto en sus discusiones sobre temas sobrenaturales.
Nettles alzó la vista del libro.
—Este documento establece que el cairn de Carnwood es un lugar conectado con el Otro Mundo —declaró con solemnidad—. Aunque el autor no encontró la entrada, lo cual no deja de ser bastante raro, no me cabe la menor duda de que el cairn aquí descrito es el mismo que vio usted. La colina, la hondonada, la protuberancia en uno de los lados no dejan lugar a dudas de que así es.
Me mostré de acuerdo, pero el relato no dejaba de ser una leyenda común y corriente. Durante mis estudios, había leído fragmentos y retazos de historias parecidas cientos de veces. Al fin y al cabo, formaban parte del acervo cultural céltico.
—La crónica —dijo Nettles— continúa contando que algunas veces se han visto seres diminutos, que se han perdido y encontrado cosas por allí cerca, y otras curiosidades sin importancia. Luego viene esto... —Y siguió la lectura:
MacLagan me presentó a un granjero que vivía cerca, en la granja Grove; se llamaba E. M. Roberts y me confirmó que el cairn era un montículo de las hadas, insistiendo en el hecho de que su padre una vez había contratado a un campesino llamado Gilim, quien, regresando a casa, había visto cómo salía de la mencionada hondonada un tropel de hadas. Se escondió y, cuando las hadas desaparecieron, se apresuró a bajar hasta el montículo y encontró su entrada abierta. Se metió en el cairn y vio que era de día y se encontró entre la niebla de un prado verde en el que habitantes del mundo de las hadas estaban preparando un banquete. Se dio cuenta de que no eran pequeños, sino de estatura normal y extraordinaria belleza. Una mujer hermosísima se le acercó y le ofreció comida; él aceptó y comprobó que jamás en su vida había saboreado algo más delicioso. Permaneció todo el día con las mujeres-hadas y, a la puesta del sol, los quiméricos jinetes regresaron de sus incursiones y comenzó el banquete; el príncipe de las hadas le regaló una copa de vino de plata y un abrigo amarillo y lo invitó a que se quedara allí. El asombrado campesino repuso que lo esperaban en casa por la mañana; a lo cual el príncipe comentó: «Entonces debes marcharte enseguida para que no se descubra tu secreto». Al momento, las hadas se desvanecieron en una dorada niebla y Gilim se encontró junto a un arbusto espinoso fuera del cairn con el abrigo amarillo y la copa de plata que le habían regalado. Gilim los mostraba como prueba de su relato.
Entonces el profesor cerró el libro y levantó su taza como quien ha clavado el último clavo en el ataúd de la duda.
—¿En qué está pensando? —pregunté temiendo la respuesta.
—Estoy pensando que su amigo Simon abandonó nuestro mundo para ir al Otro Mundo.
Aunque Nettles pronunció esas palabras con toda sencillez, el temor que yo había mantenido a raya durante tantos días se desbordó. Perdí de vista la habitación. El abrigo..., el abrigo amarillo..., lo había visto... y también al hombre que lo llevaba.
—El Otro Mundo —repetí en voz baja, poniendo en palabras por primera vez el presentimiento que me había acosado desde la desaparición de Simon; respiré profundamente y procuré calmarme—. Explíquese, por favor.
—Es evidente que Simon manifestó un claro y profundo interés por el Otro Mundo antes de desaparecer.
—Un profundo interés... ¿Eso es todo lo que se precisa?
—No. —Nettles sorbió un poco de té con aire meditabundo—. No. Seguramente debió de cumplirse alguna clase de ritual.
—No hubo ritual alguno —afirmé, aferrándome a ese hecho como a un clavo ardiente—. No lo perdí de vista ni un segundo, desde el momento en que llegó al cairn hasta el instante en que desapareció. No hizo nada que yo no hiciera. Me senté en una peña y él se puso a caminar en torno a esa cosa haciéndome preguntas sin cesar. A decir verdad, mostraba un repentino interés por los cairns y lo que había en su interior... Pero nada más. Dio una o dos vueltas observando el montículo. Sólo lo perdí de vista un par de veces... cuando estaba al otro lado del cairn.
El profesor asintió con aire indulgente.
—Eso es. ¿No lo ve?
—No. No veo nada. No hizo nada que yo no hiciera —contesté.
Estaba tan empeñado en negar lo que había sucedido que supongo que juzgaba necesario resistirme hasta el final.
—¡Caminó en torno al cairn! Dio varias vueltas. En cambio usted no lo hizo.
—Muy bien, ¿y qué?
El profesor chasqueó la lengua.
—Se han olvidado de enseñarle algo, muchacho. Algo que debería saber.
De pronto se hizo la luz en las abotargadas tinieblas de mi cerebro. ¡Pues claro! Se había llevado a cabo un ritual: se había descrito la órbita del sol. Deosil lo llamaban los celtas.
—La órbita del sol —dije—. Quiere usted decir que dar tres vueltas en torno al cairn siguiendo la dirección del sol... bastó..., ya sabe, para que desapareciera.
—Eso es —afirmó Nettles—. Imitar el movimiento del sol en un umbral del Otro Mundo, en la hora oportuna y en las circunstancias oportunas es un ritual muy efectivo.
—En la hora oportuna... ¿como la hora-entre-horas?
—Exactamente.
—Pero si no llegamos a tiempo... —objeté—. El sol había salido hacía rato cuando llegamos allí.
Nettles se golpeteó los dientes con un dedo.
—Entonces sería quizás el día... ¡Claro! Dijo usted que fue el último día de octubre: Samhein!
—¿Cómo ha dicho?
—Samhein... Sin duda ha oído hablar de esa fecha.
—Sí, desde luego —admití sombríamente. Samhein: el día del calendario celta en que las puertas del Otro Mundo se abrían de par en par—. Pero no se me ocurrió en aquel momento.
—Un día cargado de energía del Otro Mundo. Debió de haber caído en la tercera semana del trimestre del otoño académico..., precisamente el día en que ustedes fueron a ver el cairn.
Me sentía angustiado y disgustado. Angustiado por las innegables aseveraciones de Nettles y disgustado conmigo mismo por mi ignorancia. Parece lógico pensar que después de unos cuantos años de estudio debería haber aprendido algo, ¡pero noooo!
—Mire, me prometió que me explicaría todo. Pero hasta ahora no me ha explicado nada de nada.
El profesor Nettleton dejó en la mesita la taza de té.
—Sí, creo que ahora tengo todas las piezas. Escuche con atención. Voy a explicárselo.
—Muy bien.
—En primer lugar, debe entender perfectamente el modo en que los dos mundos están conectados.
—Los dos mundos... ¿Se refiere usted al Otro Mundo y al mundo real?
—El Otro Mundo y el mundo manifiesto —corrigió con amabilidad—. Los dos son igualmente reales, pero cada uno de ellos expresa su realidad de forma distinta. Supongo que podría decirse que existen en dimensiones paralelas.
—Si usted lo cree, acepto su palabra.
—Sigamos, pues. Los dos mundos, o si lo prefiere las dos dimensiones, están separados en su esencia, pero son ligeramente coincidentes, por decirlo de alguna manera. Como bien sabe usted, la tierra que está sumergida en el mar tiene montañas y valles. Bueno, cuando las montañas sobresalen de la superficie del mar, las llamamos islas.
—Y los lugares donde el Otro Mundo asoma al nuestro... son islas, ¿no?
—Haciendo uso de la analogía, así es. Aunque en realidad es un fenómeno bastante más complejo.
—Sin duda.
—Sigamos —continuó diciendo el profesor—. Esa isla, o punto de contacto, se llama nexo..., tal como le leí cuando llegó. Entre otras cosas, el nexo funciona como un portal..., como una puerta por la que se puede pasar de un mundo a otro y viceversa. Los antiguos eran profundos conocedores de esos portales y los señalaban de diferentes maneras.
—Con cairns —dije—. Los señalaban construyendo cairns.
—Sí, cairns. Y círculos, piedras, montículos; siempre señales imperecederas. Cuando descubrían un nexo, lo señalaban.
—Para poder viajar de un mundo a otro —comenté, sintiéndome muy orgulloso de mí mismo.
Pero Nettles no pareció impresionarse.
—¡No! Todo lo contrario. Señalaban esas puertas para que la gente se mantuviera alejada de ellas..., del mismo modo que nosotros señalaríamos hielo quebradizo o arenas movedizas. ¡Peligro! ¡Manténgase alejado! —El profesor sacudió la cabeza—. Por eso levantaban esas piedras enormes y construían esas estructuras imperecederas: querían advertir del peligro no sólo a los hombres de su tiempo sino también a las generaciones posteriores.
—No estoy seguro de comprenderlo.
—Pues es muy sencillo —insistió Nettles—. Los antiguos deseaban que esos lugares permanecieran señalados para siempre porque comprendían que resulta muy peligroso para los incautos aventurarse en el Otro Mundo sin estar preparados. Sólo los verdaderamente iniciados pueden pasar entre los dos mundos sin sufrir daño. Abundan historias de personas que sin pretenderlo han ido a caer en el Otro Mundo o de gente que se ha topado con seres del Otro Mundo. Esas historias servían para advertir a los no iniciados que no hay que aventurarse en lo desconocido.
—Pero Simon no era un iniciado —dije yo.
—En efecto —asintió Nettles—. Y aún hay algo más. Mucho me temo que hay un peligro enorme implicado en todo este asunto. Un peligro que nos amenaza a todos.
—¿Qué clase de peligro?
—A menos que yo haya caído en un tremendo error, me temo que el plexo se haya convertido en algo profundamente inestable. Quizá ya sea demasiado tarde.