7 - El profesor chiflado

Mi plan, si es que alguno tenía, era seguir como si nada hubiera ocurrido, como siempre. Si aparecía alguien preguntando por el paradero de Simon, le diría que se había marchado a Wolverhampton con una vendedora de Boots. Se lo tenía merecido el muy asqueroso.
Probablemente esperaba que yo, presa del pánico, avisaría a la policía o algo parecido. Sin duda deseaba ver su nombre en los titulares de los periódicos, e imaginaba que yo, como un imbécil, explicaría a los periodistas de qué forma se había metido en el cairn y había desaparecido. Bueno, pues podía ir esperando hasta que el infierno se helara. Yo no estaba dispuesto a permitir que se saliera con la suya.
Durante unos cuantos días, llevé la vida de costumbre. Me comportaba con toda naturalidad, como si nada hubiera pasado. Comía, hojeaba los libros en los quioscos, ganduleaba en la biblioteca y holgazaneaba en el despacho de mi tutor, charlaba con amigos, manoseaba el correo... En resumen, me lanzaba audazmente al frenesí de la vida académica que tan bien había llegado a conocer y a amar.
Pero me resultaba imposible trabajar. ¬ŅC√≥mo habr√≠a podido hacerlo? Hacer caso omiso de la desaparici√≥n de Simon era tan dif√≠cil como pasar por alto el tama√Īo de mi nariz, por mucho que lo intentara. Transcurrieron varios d√≠as y Simon segu√≠a sin aparecer. El tel√©fono no sonaba, y comenzaron a asaltarme las dudas. No pod√≠a dejar de pensar: ¬Ņy si no se trataba de una broma?, ¬Ņy si algo le hab√≠a ocurrido?, ¬Ņy si de verdad hab√≠a desaparecido?
D√≠a a d√≠a aumentaban mis preocupaciones. Me mov√≠a como un p√©ndulo entre la c√≥lera y la ansiedad. C√≥lera ante su travesura, ansiedad por su paradero. D√≠a y noche me planteaba sin cesar preguntas y m√°s preguntas: ¬Ņd√≥nde estaba Simon?, ¬Ņqu√© estaba haciendo?, ¬Ņpor qu√© ten√≠a yo que preocuparme por √©l?, ¬Ņpor qu√© demonios?
—Cuando vuelva —me prometí a mí mismo—, lo mataré. Le agarraré por los brazos, le sacudiré y le golpearé hasta que sangre. No; no sería civilizado. Mejor será que lo obligue a sentarse y le haga ver con toda calma y tranquilidad la broma de mal gusto que me ha jugado. Luego le descerrajaré un tiro en su mezquino y negro corazón.
A medida que iban transcurriendo los días y las semanas, me fui sintiendo progresivamente más deprimido, más inquieto, más malhumorado y turbado. Le gritaba intempestivamente a la criada cuando asomaba la nariz por mis habitaciones, hasta que se hartó y dejó de aparecer. Vagaba inquieto por las calles murmurando y soltando maldiciones. Me ponía calcetines desparejados; no me aseaba.
Si alguien se fij√≥ en la progresiva decadencia de mi aspecto, no dio se√Īales de haberlo hecho. A decir verdad, mi persona suscitaba menos comentarios que una bola de polvo bajo la cama. Sent√≠ tentaciones de transformarme en un jorobado y comenzar a tocar la campana de la torre de Tom.
Mi estado de depresi√≥n aguda vino acompa√Īado, como era de esperar, por una progresiva inestabilidad ps√≠quica. No dorm√≠a bien, pues me inquietaban extra√Īos sue√Īos: imaginaba que hombres verdes y uros extinguidos corr√≠an por el dormitorio; me ve√≠a a m√≠ mismo vagando perdido por un bosque tenebroso; so√Īaba que la tierra se abr√≠a a mis pies para tragarme, que era cazado y abatido por lanzas antiqu√≠simas arrojadas contra mi pecho, que en la oscuridad del bosque aullaban salvajes lobos, que un espantoso monstruo con el rostro crispado de la muerte me persegu√≠a sin descanso por un p√°ramo desolado y fr√≠o; en suma, inquietantes pesadillas que se desvanec√≠an cuando me despertaba, dej√°ndome exhausto e incapaz de volver a conciliar el sue√Īo.
Sab√≠a perfectamente por qu√© d√≠a a d√≠a iba descuidando y olvidando mis obligaciones: mi conciencia me presionaba para lograr atraer mi atenci√≥n. Desde el momento mismo en que me met√≠ en el cairn y constat√© la desaparici√≥n de Simon, mi subconsciente hab√≠a comenzado a entablar un combate cuerpo a cuerpo con mi raz√≥n. ¬ŅCon qu√© objeto? Para obligarme a admitir que lo que pudiera haber ocurrido hab√≠a ocurrido de verdad y que adem√°s yo no hab√≠a hecho absolutamente nada al respecto.
Sin embargo, lo que me hund√≠a m√°s y m√°s en la depresi√≥n no era s√≥lo la desaparici√≥n de Simon. Aunque esto √ļltimo me preocupaba, la causa de mi lucha interior no era la desaparici√≥n de Simon sino su paradero. ¬ŅD√≥nde hab√≠a ido a parar? Era la pregunta de los sesenta y cuatro billones de d√≥lares. Y yo sab√≠a la respuesta.
Pero no quería reconocerlo.
No, prefería cocerme lentamente en mi propio jugo antes de admitir que sabía la verdad. No obstante, la naturaleza tiene una manera muy sutil de reaccionar con esos divertidos jueguecitos desequilibrados que tanto nos gustan. Es lo que se llama crisis nerviosa.
Comencé a ver cosas raras.
El primer incidente tuvo lugar una ma√Īana muy temprano. Hab√≠a pasado una noche m√°s de insomnio y decid√≠ salir a pasear por la orilla del r√≠o. Cruc√© el patio y cog√≠ el camino que conduce al prado y a la ribera del r√≠o. A esa hora de la ma√Īana todo estaba desierto, y, en el momento en que atravesaba el campo donde se guarda el ganado de la universidad, vi que un enorme perrazo gris cruzaba corriendo los pastos y se dirig√≠a hacia m√≠.
En un primer momento, no le di importancia alguna; despu√©s de todo, hay por doquier perros extraviados. Pero, cuando el animal estuvo m√°s cerca, me sobresalt√≥ su tama√Īo. Era en verdad enorme: casi tan grande como un pony. Ten√≠a el pelo corto y rizado y unas patas extraordinariamente largas que levantaban la tierra en su vertiginosa carrera. Y ven√≠a directamente hacia m√≠. Me detuve en seco y vi c√≥mo saltaba la valla sin aminorar la velocidad. El perro fue a aterrizar en el camino a pocos metros. S√≥lo entonces me vio, porque se detuvo como sorprendido, abati√≥ las orejas y gru√Ī√≥ ense√Īando unos largu√≠simos colmillos.
Yo permanec√≠ inm√≥vil con el coraz√≥n palpitante. El perro, si es que lo era, gru√Ī√≠a amenazadoramente dispuesto a atacar. Pero yo no mov√≠ ni un m√ļsculo: estaba demasiado aterrorizado para hacerlo. El enorme sabueso, sin dejar de gru√Īir, se dio la vuelta y desapareci√≥. Se desvaneci√≥ entre la niebla matinal del r√≠o. Pero, en el momento en que se daba la vuelta, vi que llevaba un extra√Īo y vistoso collar de hierro: una cadena antigua con curiosos eslabones forjados a mano.
Pese a que jamás había visto un perro tan enorme, me dije a mí mismo que sin duda se trataba de un animal que había logrado soltarse de su cadena. Sólo eso, así de sencillo.
Pocos días después, mientras estaba sentado junto a la ventana tomando el té en una tarde lluviosa, eché una ojeada al patio y vi que algo marrón y peludo se movía en el césped. Como la tarde estaba muy encapotada, no podía estar demasiado seguro de lo que veía. En un principio habría jurado que era un cerdo... pero diferente de los que estaba acostumbrado a ver. Tenía las patas largas y delgadas, el pelo espeso e hirsuto de un oscuro color marronrojizo; dos curvados colmillos le sobresalían del hocico afilado y tenía la cola erguida sobre el lomo como si del asta de una bandera se tratara.
Como ten√≠a la cara pegada a la ventana, el cristal se empa√Ī√≥. Lo limpi√©, pero la extra√Īa criatura ya hab√≠a desaparecido. Y con ella la certeza de que realmente hab√≠a visto algo.
Al día siguiente vi un lobo en la calle Turl.
Cansado de haber permanecido encerrado todo el d√≠a, me hab√≠a aventurado a salir cuando ya hab√≠a oscurecido. Las farolas estaban encendidas y algunas tiendas ya hab√≠an cerrado. Fui a comprar pan y de regreso a casa tom√© la calle Turl, que serpentea tanto que desde la mitad no se pueden ver sus extremos. Acababa de internarme en la callejuela cuando sent√≠ un extra√Īo picor en la nuca, como si alguien me estuviera vigilando con malvadas intenciones. Camin√© unos metros, y la extra√Īa sensaci√≥n persist√≠a en la nuca y en los om√≥platos; sent√≠a clavados en la espalda unos ojos malignos. Me invadi√≥ el miedo e imagin√© o√≠r un ruido en el pavimento detr√°s de m√≠. Anduve unos pasos y, como segu√≠a oyendo aquel extra√Īo ruido, me volv√≠ bruscamente, convencido de que me segu√≠an.
Nunca hasta entonces había visto un lobo y al punto pensé que era otro sabueso gigante, pero entonces distinguí su pelo y sus ojos amarillentos. Caminaba con la cabeza gacha y el hocico pegado al suelo como si siguiera un rastro. Cuando me detuve, él también se detuvo, confirmándome así la impresión de que me estaba acechando. A unos tres metros a mi derecha había una tienda abierta y decidí entrar para escapar del lobo. Di un paso con suma cautela. El lobo se puso tenso. Oí un ruido como el que produce la grava en una hormigonera y me di cuenta de que procedía de la garganta de la fiera. Permanecimos quietos mirándonos fijamente a una distancia no mayor de cinco o seis metros. Decidí alcanzar la puerta de la tienda de una carrera; estaba a punto de echar a correr, cuando la puerta se abrió y un hombre salió de la tienda. Me di la vuelta y alcé la mano para llamar su atención.
—¡Aguarde un momento! —exclamé.
El sujeto me hizo una mueca, creyendo quizá que yo era un mendigo, y apresuró el paso. Cuando miré de nuevo hacia el lobo, el animal corría por la calle Turl en dirección a la calle Broad. Vi unos instantes brillar con un destello sus flacos costillares y enseguida desapareció.
Me dije a mí mismo que todo había sido producto de mi imaginación porque el episodio del perro gigante me había puesto los nervios a flor de piel. Pero al día siguiente el Daily Mail daba la noticia de que se había visto vagar un lobo por las calles de Oxford. Muchas personas así lo atestiguaban. Se había avisado a la policía y al servicio municipal de control de animales, pero la bestia no había sido localizada. Se conjeturó que el lobo se habría escapado de alguna casa de fieras ilegal y que habría huido a campo traviesa.
Durante los d√≠as que siguieron al incidente, tuve miedo de salir de casa, miedo de lo que podr√≠a toparme. Y, cuando al fin reun√≠ el coraje suficiente para salir, en la calle Mayor baj√© descuidadamente de la acera a la calzada justo delante de un autob√ļs de esos que recorren el Oxford tur√≠stico. El veh√≠culo me dio un golpetazo aunque no lleg√≥ a atropellarme; por fortuna, los autobuses de turistas no circulan a demasiada velocidad y los conductores tienen especial habilidad en esquivar peatones descuidados.
Cuando yac√≠a en la calle, en medio de un c√≠rculo de personas que inclinaban sobre m√≠ sus rostros preocupados, se me ocurri√≥ de pronto que era inevitable que me pasara algo. Hoy hab√≠a sido un autob√ļs, ma√Īana quiz√° ser√≠a un tren. O a lo mejor saltar√≠a al vac√≠o huyendo de la espiral de pesadillas de mis sue√Īos. Para no andar con rodeos: ¬Ņval√≠a la pena sacrificar la salud y la vida empecin√°ndome en seguir negando lo que en realidad hab√≠a ocurrido?
Se tiene una perspectiva singular de la vida cuando se la contempla desde el arroyo. Cuando el polic√≠a que me ayud√≥ a incorporarme me pregunt√≥: ¬ę¬ŅSe encuentra usted bien, se√Īor?¬Ľ, me vi obligado a considerar la pregunta con todas sus implicaciones filos√≥ficas. No, tuve que reconocer, no me encontraba nada bien, por muchos esfuerzos de imaginaci√≥n o de l√≥gica que hiciera.
Pas√© el resto del d√≠a vagando sin rumbo por las calles, con el esp√≠ritu seriamente enfermo. Me confund√≠ entre la multitud de viandantes y me dej√© llevar. Anduve de aqu√≠ para all√°; contempl√© a los pintores y m√ļsicos callejeros sin prestar atenci√≥n a lo que pintaban y tocaban. Sab√≠a que algo estaba sucediendo. Sab√≠a que ten√≠a que ver conmigo. Sab√≠a tambi√©n que no podr√≠a luchar contra aquello demasiado tiempo. Pero ¬Ņqu√© pod√≠a hacer? ¬ŅQu√© se me estaba pidiendo que hiciera?
Estas y otras cuestiones, formuladas crudamente, me obsesionaron toda la tarde. Y, cuando por fin me di por vencido y emprendí el camino de regreso a casa, era casi de noche y había comenzado a lloviznar. Las calles estaban prácticamente desiertas. En Carfax me detuve en un semáforo, aunque no circulaban coches por la calzada. Me sentí ridículo allí parado bajo la lluvia y me refugié en una marquesina cercana.
Mientras permanec√≠a all√≠ esperando a que el sem√°foro cambiara, me invadi√≥ una sensaci√≥n extra√Īa. Me sent√≠ mareado, aturdido, con las rodillas d√©biles e inestables, como si estuviera a punto de desmayarme. Quiz√°s el golpe del autob√ļs me hab√≠a conmocionado m√°s de lo que imaginaba, pens√©. Quiz√° me hab√≠a herido de consideraci√≥n. Me cog√≠ la cabeza con ambas manos. Intent√© respirar, pero ten√≠a la garganta agarrotada. Me ahogaba.
Se me antoj√≥ que el asfalto giraba y ced√≠a bajo mis pies. Mir√© al suelo y el coraz√≥n me dio un brinco. Estaba de pie en el centro de un intrincado c√≠rculo celta dibujado con tiza. Los artistas callejeros, a quienes hab√≠a visto pintar sin prestar atenci√≥n a lo que hac√≠an, hab√≠an realizado un primitivo laberinto rodeado por una cenefa de lazos entretejidos de diferentes colores. A menudo hab√≠a visto en las aceras retratos o paisajes. Pero jam√°s algo como aquello. ¬ŅPor qu√© lo hab√≠an dibujado? ¬ŅPor qu√© entre tantos posibles dibujos hab√≠an escogido un laberinto celta?
Permanecí inmóvil con la cabeza entre las manos, contemplando el complejo entretejido de líneas y el vertiginoso dibujo del laberinto. Continué así un buen rato, mientras el semáforo iba cambiando una y otra vez de rojo a verde y de verde a rojo y la lluvia me empapaba. Miraba fijamente el suelo, incapaz de moverme, atrapado en aquel círculo encantado..., atrapado inexplicablemente por aquellos entretejidos trazos de tizas de colores. Todavía seguiría paralizado, a no ser porque mi actitud llamó la atención de alguien.
Sentí el leve roce de una mano en mi codo y oí que una voz amable me susurraba al oído:
¬óDeje que lo ayude.
Volv√≠ la cabeza hacia la voz y me encontr√© frente a un caballero de cabellos blancos vestido como un dise√Īador de vestuario de teatro caracterizar√≠a a un viejo hacendado campesino, con un sombrero chato y redondo de ala ca√≠da y un bast√≥n negro de paseo de madera de escaramujo.
¬óNo, gracias. Estoy bien ¬óle dije¬ó. Se lo agradezco.
Noté que la mano que me sostenía el codo se tensaba.
—Disculpe, pero creo que necesita que le echen una mano —insistió.
Levant√≥ el bast√≥n a la altura de mi cara y luego lo baj√≥ apuntando al extra√Īo dibujo del asfalto. Golpe√≥ el dibujo tres veces con la punta del bast√≥n. Aquella simple acci√≥n, lenta y estudiada, me convenci√≥ de que el encuentro no era casual y de que no era un peat√≥n como los dem√°s. Sab√≠a algo.
¬óSer√° mejor que lo acompa√Īe a su casa ¬ódecidi√≥¬ó. Vamos.
Yo dirigí una mirada desesperada a mis pies porque todavía no podía moverlos.
—No hay nada que temer —aseguró el anciano—. Vamos.
No bien hubo pronunciado esas palabras, mis pies me obedecieron y pude salir del círculo. Cruzamos la calle y cuando alcanzamos la otra acera me sentí avergonzado y confuso.
¬óGracias ¬ódije, subiendo a la acera¬ó. Much√≠simas gracias. Me encuentro bien. S√≥lo un poco aturdido. He recibido un golpe en la cabeza esta ma√Īana, pero ahora ya estoy bien. ¬óLas palabras se atropellaban en mi boca¬ó. Me pondr√© perfectamente enseguida. Gracias por su ayuda.
Pero el anciano no me soltó el brazo. Creyendo que a lo mejor no me había oído bien, le repetí las gracias alzando la voz. El viejo se detuvo de pronto y me miró.
¬óDebe usted hacerse examinar ese golpe.
—Sí. Lo haré. Gracias.
Traté de desasirme, pero no me soltó.
¬óMe ha prestado usted una gran ayuda ¬óa√Īad√≠¬ó. No quiero causarle m√°s molestias.
—¡Oh! No es molestia alguna, se lo aseguro —declaró con la mayor naturalidad—. Me temo que debo insistir.
¬ó¬ŅEs usted doctor? ¬ópregunt√©.
No sé por qué le hice tal pregunta, aunque supongo que me lo sugirió la solicitud de sus maneras.
—Soy la clase de doctor que usted necesita —respondió.
Y me encontré irremisiblemente obligado a recorrer con él la calle desierta cogidos del brazo.
Parec√≠a muy decidido a examinarme el golpe y al parecer yo no pod√≠a alegar nada en contra. Despu√©s del trauma de los √ļltimos d√≠as, mi fuerza de voluntad estaba por los suelos, de modo que abandon√© toda resistencia y me dej√© llevar. Recorrimos calles y callejuelas y nos detuvimos ante una puerta baja en la avenida de Brewer. Una placa de lat√≥n indicaba que era la residencia de D. M. Campbell, profesor. Meti√≥ la llave en la cerradura, abri√≥ la puerta y me cedi√≥ el paso.
—Entre, por favor —indicó el viejo—. Considérese en su casa, amigo mío. Calentaré algo. Cuelgue su abrigo ahí.
Me contempló con ojos miopes, golpeteándose distraídamente los bolsillos. Entré en el oscuro apartamento.
¬óEs usted muy amable al invitarme. Pero, de verdad, no es necesario. Me encuentro bien.
El viejo sonrió y se perdió en la oscuridad del piso mientras se desabrochaba el abrigo.
—Es un placer —le oí decir—. No es molestia alguna. A decir verdad, no tengo demasiadas visitas. Siéntese, por favor. Enseguida estaré con usted.
Me dej√© caer en una vieja y destartalada silla, pregunt√°ndome qu√© estaba haciendo all√≠. ¬ęBueno ¬ópens√©¬ó, no es cuesti√≥n de herir sus sentimientos. Tomar√© una taza de t√© y me marchar√©.¬Ľ
El anciano reapareció y comenzó a encender luces aquí y allá, sin demasiado efecto porque la habitación siguió casi tan a oscuras como antes. Luego se detuvo ante mí mirándome como si acabara de ganarme en un tiro al blanco.
—Me presentaré —dijo de pronto—. Soy el profesor Nettleton. Del Merton College. Encantado de conocerlo.
¬ó¬ŅNo se llama usted Campbell? ¬óle pregunt√©.
—Era el antiguo inquilino —explicó—. He conservado la placa porque me gusta preservar mi intimidad.
¬ó¬°Ah!
¬ó¬ŅC√≥mo se llama usted?
¬ó¬°Oh!, disculpe. Me llamo Lewis..., Lewis Gillies.
¬óMucho gusto, se√Īor Gillies ¬óempez√≥ a decir.
En ese instante se oyó el silbido de una tetera en otra habitación y el anciano salió corriendo. Volvió poco después.
—Permítame un momento —dijo educadamente mientras procedía a despejar una mesa abarrotada de papeles, lo cual me dio tiempo para observarlo.
Nettleton era el t√≠pico profesor de Oxford. Bajito, calvo, de unos sesenta a√Īos, miope y un poco encorvado de descifrar textos de ilegibles manuscritos. El poco cabello que le quedaba era fin√≠simo y blanco como un capullo de seda, y parec√≠a flotar m√°s que crecer en su cabeza. Su traje era un confuso amasijo de tela de colores apagados y mal combinados; llevaba una corbata de lazo, un chaleco de lana de color azul y calzaba robustas abarcas irlandesas marrones.
La tetera silb√≥ otra vez; mientras mi hu√©sped se ocupaba de los detalles pr√°cticos trasteando en lo m√°s rec√≥ndito del piso, tuve ocasi√≥n de observar la habitaci√≥n. Era una de esas cavernas tan frecuentes en Oxford y no menos exc√©ntrica que su ocupante: paredes de tres metros y medio de alto, un gigantesco aparador de caoba labrada, repisas, mesas, un escritorio del tama√Īo del puente de mando de un barco de guerra, enormes y c√≥modos sillones en los que uno pod√≠a perderse. El suelo de madera oscura de roble estaba cubierto con una alfombra deshilachada de colores desva√≠dos; la iluminaci√≥n parec√≠a propia de la √©poca de las cavernas y el sistema de calefacci√≥n era tan antiguo como Mois√©s.
Me fij√© con especial atenci√≥n en las numerosas estanter√≠as, repletas de objetos y chucher√≠as. La curiosidad me empuj√≥ a levantarme de mi asiento y a acercarme para mirar mejor. Era un aut√©ntico museo de extra√Īos artefactos: piedras de formas raras, trozos de madera labrada, peque√Īas lascas de pizarra con extra√Īas inscripciones; relucientes fragmentos de monedas, y una colecci√≥n de peines de asta y de botones hechos con dientes. En un rinc√≥n hab√≠a un gato disecado amarillo del tama√Īo de un Cocker Spaniel y un p√°jaro de plumas negras que tom√© por un cuervo.
Estaba tan enfrascado en el estudio de tales rarezas que no me di cuenta de que Nettleton hab√≠a regresado. Sent√≠ un escozor en la nuca, me di la vuelta y me lo encontr√© mir√°ndome, con dos humeantes tazas en las manos. He dicho tazas aunque en realidad eran recipientes altos y sin asas que parec√≠an hechos de gres sin cocer. Hab√≠a visto vasijas del mismo estilo en el Ashmolean Museum, junto a una etiqueta en que se le√≠a: ¬ęTazas, Neol√≠tico, 2500 a. C¬Ľ.
Mi huésped me tendió una de las tazas, se llevó la suya a los labios y dijo:
—Slàinte!
A lo que yo contesté:
¬ó¬°Salud!
Tomé un sorbo y a poco estuve de escupir el contenido. Logré tragármelo pero el líquido corrosivo me abrasó la garganta.
Nettleton sonrió con simpatía ante mis muecas.
—Lo siento. Debería haberlo prevenido. He echado whisky. Creo que un traguito en un día como éste ayuda a combatir el frío.
Desde luego, y también el deseo de seguir viviendo.
¬óEst√° bueno ¬ójade√©, mientras notaba que la lengua se me estaba poniendo del tama√Īo de una salchicha¬ó. ¬ŅQu√© es? ¬óa√Īad√≠.
El profesor hizo un adem√°n vago con la mano.
—Raíces, cortezas, bayas... Una fórmula casera. Yo mismo cojo los ingredientes. Si le gusta, puedo darle la receta.
Yo me había quedado sin habla.
Me condujo al otro extremo de la habitaci√≥n donde hab√≠a unos sillones de cuero rojo situados a ambos lados de la √ļnica ventana de la estancia. El cielo estaba oscuro, y los cristales de la ventana eran opacos. Entre los sillones hab√≠a una mesita que parec√≠a hecha de madera de desecho. El profesor se sent√≥ en uno de los sillones y puso su taza sobre la mesita. Me se√Īal√≥ con un gesto el otro sill√≥n. Me sent√© frente a √©l y observ√© el brebaje de mi taza. ¬ŅSer√≠an pasas lo que parec√≠a agitarse en el l√≠quido?
—¡Vaya! —exclamó el profesor de pronto—. ¡Me alegro de verlo!
Pronunció esas palabras con sumo cuidado, como si yo fuera un aborigen que quizá no entendiera su idioma.
¬óHace tiempo que estaba esperando esto.
Me desconcertó tal aseveración. Lo miré asombrado y farfullé:
¬ó¬ŅDe veras?
¬óS√≠. ¬óSe apresur√≥ a levantar una mano y a√Īadi√≥¬ó: ¬°Oh! Por favor, no me malinterprete... No le deseo mal alguno. Como le he dicho, s√≥lo quiero ayudarlo. Y, si me permite dec√≠rselo, su aspecto denota a las claras que est√° usted necesitado de ayuda.
¬óHum, profesor Nettleton..., creo que juega usted con ventaja.
—Nettles —replicó.
¬ó¬ŅC√≥mo dice?
¬ó¬ŅPor qu√© no me llama Nettles? Todo el mundo lo hace.
—De acuerdo —asentí—. Estaba diciendo que creo...
¬óPor favor, rel√°jese. Est√° usted muy angustiado.
¬óBueno, yo...
¬óNo se disculpe, se√Īor Gillies. Lo comprendo. Y ahora, veamos ¬ódijo, cruzando las manos sobre el pecho y reclin√°ndose en el respaldo de modo que el rostro le qued√≥ entre sombras¬ó. ¬ŅEn qu√© puedo servirle?
No se me ocurrió nada. Escruté unos instantes las sombras y luego repuse que ya me había ayudado mucho, que se estaba haciendo tarde, que estaba seguro de que era una persona muy ocupada y que no quería molestarlo más, y que...
—Sshh —replicó con calma—. No tiene por qué preocuparse. Le aseguro que mantendré su secreto.
¬ŅMi secreto? ¬ŅQu√© secreto? ¬ŅC√≥mo sab√≠a √©l mi secreto?
—No sé a lo que se refiere —aseguré.
Nettles se inclinó hacia delante con los ojillos brillantes.
—Es usted un creyente —susurró—. Siempre los distingo.
—Un creyente —repetí sordamente.
El viejo sonrió.
—¡Oh! No se preocupe. Yo también lo soy.
Debió de notar que me quedaba de una pieza porque se apresuró a explicar:
¬óCreo en las hadas. Todos me tienen por chiflado. Que digan lo que quieran ¬ódijo con aire confidencial¬ó. Yo las he visto.
Movió la cabeza con entusiasmo.
¬ó¬°Claro que las he visto! Pero prefiero llamarlas ¬ęel Pueblo Hermoso¬Ľ. A mi entender, la palabra ¬ęhadas¬Ľ ha adquirido connotaciones desafortunadas en los √ļltimos a√Īos. Y, aunque as√≠ no fuera, ¬ęhadas¬Ľ siempre sugiere algo delicado y diminuto. D√©jeme decirle ¬óa√Īadi√≥ con aire solemne¬ó que son cualquier cosa excepto delicadas y diminutas.
Consider√© que la conversaci√≥n estaba adquiriendo un extra√Īo rumbo e intent√© reconducirla.
—Hum, yo vi un lobo en la calle Turl. Quizá leyó algo de eso en los periódicos.
Nettles me gui√Ī√≥ un ojo.
¬óBlaidd an Alba, ¬°vaya!
¬ó¬ŅC√≥mo dice?
¬óLobos en Albi√≥n ¬órespondi√≥¬ó. No me haga caso. ¬ŅQu√© me estaba diciendo?
—Sólo eso. Nada más —mentí.
¬ó¬ŅEso es todo?
¬óBueno, s√≠ ¬óconfes√© un tanto ofendido porque el profesor parec√≠a insinuar que hab√≠a algo m√°s¬ó. ¬ŅQu√© m√°s podr√≠a haber?
Nettleton soltó una risita sofocada.
¬óPues, digamos que apariciones, desapariciones, sucesos extra√Īos... Un mont√≥n de cosas por el estilo. Por ejemplo, gente que se ve atrapada en c√≠rculos c√©lticos.
¬óNo querr√° usted decir que...
¬ŅEstaba acaso refiri√©ndose a m√≠?
¬óEso es precisamente lo que quiero decir.
Me qued√© boquiabierto. ¬ŅChiflado? Aquel hombre estaba como un cencerro.
—¡Es imposible! —balbucí.
¬ó¬ŅUsted cree? ¬óLa sonrisa a√ļn le bailaba en los labios, pero la expresi√≥n de sus ojos era seria e intensa¬ó. Le he hecho una pregunta, se√Īor. Estoy esperando una respuesta.
—Bueno —concedí con cautela—, supongo que no es del todo imposible.
¬ó¬°Vaya! Usted sabe muy bien que no es del todo imposible. Venga, se√Īor Gillies, seamos m√°s rigurosos.
La ferocidad con que me espetó estas palabras desapareció en cuanto las hubo pronunciado; enseguida recobró su buen humor.
—Ya le he dicho que conmigo no le servirá de nada andarse con rodeos. Olfateo a un creyente a dos kilómetros de distancia.
Se inclinó hacia delante para alcanzar su brebaje, pero se detuvo a medio camino.
—¡Ah, ya caigo! —exclamó de pronto.
¬ó¬ŅC√≥mo dice?
¬óMe he equivocado con usted. ¬óPermaneci√≥ inm√≥vil con la mano tendida¬ó. Lo siento, se√Īor Gillies. Es culpa m√≠a.
¬óMe parece que no lo comprendo.
¬óDespu√©s de todo, a lo mejor no es usted un creyente ¬óexplic√≥, reclin√°ndose otra vez en el respaldo¬ó. Pero entonces, ¬Ņqu√© es usted, se√Īor Gillies? Estoy tan habituado a tratar con descre√≠dos que a menudo olvido que existe una tercera categor√≠a.
Para disimular mi creciente inquietud ante aquel interrogatorio, bebí un sorbo de mi brebaje. Esta vez hasta saboreé el gusto.
—Creyentes y descreídos —continuó el profesor Nettleton—. La mayoría de la gente encaja en una de estas dos categorías. Pero hay una tercera: los que desean desesperadamente creer, pero la razón se lo impide.
Bebió un largo trago de su brebaje; yo lo imité y acabé bebiendo más de lo que era mi intención.
¬óEs reconfortante, ¬Ņverdad? ¬ódijo haciendo chasquear la lengua¬ó. Cerveza de brezo calentada con especias.
¬ŅCerveza de brezo? Mir√© mi taza. La leyenda cuenta que la receta de ese antiguo brebaje desapareci√≥ en 1411, cuando los ingleses mataron al √ļltimo cacique celta por negarse a divulgar el secreto de aquel antiguo elixir. El belicoso celta prefiri√≥ precipitarse desde un acantilado al mar antes de permitir que los odiados extranjeros probaran el Brebaje de los Reyes. ¬ŅC√≥mo hab√≠a conseguido el profesor hacerse con la receta..., si es que de verdad lo hab√≠a conseguido?
Mi estrafalario huésped se levantó y se dirigió al aparador. Volvió con unas vasijas de barro y llenó de nuevo las tazas.
¬óComo le dec√≠a... ¬ópuso la vasija de barro otra vez sobre el hornillo y se sent√≥¬ó, quiz√°s usted pertenezca a la tercera categor√≠a: desea creer, pero le falta convicci√≥n. Dir√≠amos que es simpatizante, pero esc√©ptico. ¬óAsinti√≥ con benevolencia¬ó. Rondando entre los miasmas celtas se ha contagiado del microbio. ¬ŅMe equivoco?
¬°Diana!
—Creo que podré superarlo —admití con cautela.
¬óVeamos ahora, ¬Ņqu√© lo ha conducido a usted a ese callej√≥n sin salida, a esa crisis entre fe y raz√≥n? ¬ŅQu√© lo ha empujado a vagar por la ciudad mal vestido y mal afeitado, viendo cosas extra√Īas y dej√°ndose atrapar en la acera por un dibujo a tiza?
Mis labios se disponían a farfullar una respuesta evasiva, pero en realidad la pregunta no iba dirigida a mí. Aquel viejo caballero chocho continuó diciendo:
¬ó¬ŅQu√© ser√°? Si tuviera que aventurar al azar una respuesta, me inclinar√≠a a decir que ha sido usted testigo de algo para lo que no encuentra explicaci√≥n racional, por mucho que se empe√Īe en descubrirla. ¬ŅAcaso se trata de esas apariciones de las que me ha hablado? ¬ŅO quiz√°s una desaparici√≥n? ¬°S√≠! ¬°Creo que he acertado! ¬óSonri√≥ con inocente satisfacci√≥n¬ó Se lo advert√≠: siempre los distingo.
¬óPero ¬Ņc√≥mo lo ha adivinado?
Pasó por alto mi pregunta y me planteó otra.
¬ó¬ŅDe qui√©n se trata? ¬ŅAlg√ļn conocido suyo? Pues claro, ¬°qu√© pregunta tan est√ļpida! Ahora, cu√©nteme. Si tengo que ayudarlo, he de saberlo todo. ¬óAgit√≥ un dedo en el aire¬ó. Todo... ¬ŅHa entendido bien?
Me repanchigué en el sillón y me sentí agradablemente envuelto en la suavidad del cuero; apoyé la humeante taza en mi pecho y murmuré:
¬óS√≠, se√Īor.
¬ŅC√≥mo pude aceptarlo con tal facilidad? S√≥lo deseaba hundirme en el sill√≥n para que nadie pudiera hallarme jam√°s; pero lo cierto es que tom√© un largo trago del extra√Īo brebaje, cerr√© los ojos y comenc√© a relatarle todo con voz mon√≥tona.
El profesor Nettleton me dej√≥ hablar sin interrumpirme. Abr√≠ dos veces los ojos y lo vi sentado en el borde del sill√≥n, como si estuviera dispuesto a saltar en el momento en que me callara. Habl√© y habl√© hasta vomitar todo aquel embrollado episodio tal como hab√≠a sucedido. Le cont√© todo. No ten√≠a fuerza de voluntad para resistirme o coquetear con los hechos. Estaba harto de enga√Īarme, cansado de soportar el peso del secreto yo solo. Me limit√© a abrir la boca y las palabras salieron solas. Segu√≠ hablando y hablando.
Le habl√© del empe√Īo de Simon por ver el uro, del Hombre Verde, de la granja de los Grant, del cairn, del repentino inter√©s de Simon por las tradiciones c√©lticas; le cont√© mis pesadillas, mis visiones..., todo lo que hab√≠a ocurrido antes y despu√©s de la desaparici√≥n de Simon. Y sent√≠ un alivio indescriptible al desahogarme. Agradec√≠a infinitamente que alguien me escuchara y me creyera. No ten√≠a miedo de que el profesor me traicionara o de que me tomara por loco. Al fin y al cabo, la gente tambi√©n lo ten√≠a a √©l por un chiflado. As√≠ me lo hab√≠a confesado. Mi secreto estaba a salvo con √©l; no me cab√≠a duda alguna de ello, y eso facilitaba las cosas.
Cuando hube acabado mi relato, abr√≠ los ojos y mir√© mi taza. ¬ŅEra posible que hubiera apurado todo el brebaje? Deb√≠a de haberlo bebido mientras hablaba. Lament√© no haber dejado nada y puse la taza sobre la mesita. A trav√©s de los cristales salpicados de gotas de lluvia, el cielo brillaba con el mortecino color verde-gris de las luces de la ciudad que se reflejaban en las nubes bajas. Escrut√© la oscuridad que rodeaba el sill√≥n del profesor. La d√©bil luz que se filtraba por la ventana destacaba los cabellos blancos de Nettles. Los ojos le brillaban en la penumbra.
—¡Claro! —exclamó al fin—. Sí, ahora lo entiendo.
—Créame, no deseaba hacerle perder tiempo con todo esto.
Hizo un leve gesto con la cabeza.
—Todo lo contrario, por eso precisamente vino usted a mí.
Un equivocado sentido del orgullo me hizo reaccionar airadamente.
—Mire, no sé si esto es de su incumbencia. Vine sólo porque...
¬ó¬ŅS√≠?
—Bueno, porque no quería herir sus sentimientos.
¬ó¬°Vaya! Se√Īor Gillies, dejemos bien clara una cosa. Si tenemos que trabajar juntos, debemos dejar a un lado la falsa modestia y el disimulo. Ambos sabemos muy bien de qu√© estamos hablando. De la libertad de los creyentes para pregonar a gritos lo que no se atreven a confesar los que dudan.
¬ó¬ŅQu√©?
¬óSabe perfectamente de qu√© estoy hablando ¬ódijo en un tono que no admit√≠a r√©plica, y yo desde luego no se la brind√©¬ó. Muy bien, dejemos a un lado cualquier inhibici√≥n y hablemos con toda claridad. Har√© de usted un hombre nuevo ¬óa√Īadi√≥ alargando una mano y golpe√°ndome cari√Īosamente la rodilla.
—Yo le he hablado de Simon y de todo lo demás —repliqué un tanto a la defensiva—. Pero usted no me ha dicho cómo sabía que yo estaba...
No encontraba las palabras adecuadas. ¬ŅC√≥mo estaba yo?
¬ó¬ŅEn apuros? ¬óme ayud√≥ Nettles¬ó. Desde que todo esto empez√≥ he procurado no perderme ning√ļn detalle.
¬ó¬ŅNing√ļn detalle de qu√©?
¬óPues, de todo. Literalmente de todo. Los signos existen para quienes tienen ojos para verlos.
—No entiendo —protesté.
¬óYa lo supongo ¬órepuso, levant√°ndose¬ó, pero creo que por hoy ha sido suficiente. Buenas noches, se√Īor Gillies. V√°yase a su casa y descanse.
—Bien, buenas noches —dije, levantándome también—. Gracias.
Le estaba agradecido en un sentido muy vago; supongo que me contentaba simplemente con que no hubiera avisado a los loqueros de la camisa de fuerza.
Me acompa√Ī√≥ hasta la puerta.
¬óVenga a verme ma√Īana por la ma√Īana. Se lo explicar√© todo.
Poco despu√©s estaba con el abrigo en el brazo, bajo la p√°lida penumbra de la avenida Brewer. Me puse el abrigo y apresur√© el paso bajo la helada llovizna; se hab√≠a levantado viento. El alivio que hab√≠a experimentado en compa√Ī√≠a del profesor Nettleton se disip√≥ por completo con la fr√≠a realidad de la lluvia y el viento.
¬ęComo un cencerro ¬ópens√© sombr√≠amente¬ó. El viejo Nettles est√° m√°s chiflado que yo.¬Ľ
Llegué a la puerta de mi habitación a tiempo de oír el timbre del teléfono. Abrí la puerta y me precipité a contestar la llamada. Al instante me di cuenta de que había cometido un grave error.