6 - Una broma pesada

Debieron de pasar unos diez minutos, que me parecieron horas, antes de que pudiera reunir el ánimo suficiente para entrar a buscar a Simon. Aguardé y escuché, llamándolo cada treinta segundos por su nombre. Me senté con la cabeza muy cerca del agujero, pero no oí ni el más ligero sonido.
Por fin me decidí a apartar las ramas del arbusto y meter la cabeza en el cairn. Reinaba la más espesa oscuridad, tal como había supuesto. No se veía nada. Imaginando que quizá mis ojos acabarían por acostumbrarse a las tinieblas, me eché en el suelo y serpenteé como había visto hacer a Simon.
Tal como había comentado mi amigo, el lugar estaba seco y, para mayor sorpresa, hacía bastante más calor que en el exterior. Olía a musgo, como si de una gruta se tratara. Me senté en cuclillas cerca de la abertura y esperé a que mis ojos se habituaran a la oscuridad. Pero, aun así, no pude ni tan siquiera verme la mano a un palmo de la cara.
Sin embargo, no tenía necesidad alguna de ver para saber que Simon ya no estaba allí.
¬ó¬°Simon! ¬óllam√©; mi voz reson√≥ en las piedras del cairn¬ó. ¬°Muy gracioso, Simon! Ahora ya puedes salir... ¬ŅSimon?
No obtuve respuesta alguna.
Grité más fuerte:
¬óS√© que me est√°s oyendo, Simon. Sal de una vez de tu escondite, ¬Ņde acuerdo? Venga ya. Toda broma tiene un l√≠mite. V√°monos de una vez.
No oí nada excepto el eco de mi voz rebotando en los muros de piedra.
Mi primer impulso fue largarme. Pero, ante la posibilidad de que Simon hubiera podido caer y golpearse la cabeza con una roca, me arrastré por el interior del cairn para comprobar que no yacía inconsciente en el suelo. Sin perder de vista la entrada, por la que se filtraba una luz tenue, describí un círculo apoyando la mano derecha en el muro para poder orientarme mejor. Después, tras haberme cerciorado por segunda vez de que había recorrido todo el cairn, volví al punto de partida y lo atravesé a gatas una y otra vez pasando siempre por el centro.
En mi √ļltimo recorrido por el cairn, tropec√© con algo. Lo roc√© con la rodilla, logr√© localizarlo con la mano y lo cog√≠: era la linterna de Simon. La encend√≠ y registr√© concienzudamente el interior del mont√≠culo, cent√≠metro a cent√≠metro.
No hab√≠a el menor rastro de Simon. Ning√ļn agujero en el suelo por el que hubiera podido caer, ning√ļn pasillo escondido por el que hubiera podido salir. Simplemente no estaba all√≠.
Me apoyé en el tosco muro del cairn.
¬ó¬°Simon, bastardo, no me hagas esto! ¬óLo maldije dando pu√Īetazos de impotencia contra el suelo¬ó. No te atrevas a hac√©rmelo.
Me invadió de pronto una cólera desatada.
¬ó¬°Me voy, Simon! ¬ógrit√©¬ó. ¬ŅMe has o√≠do? ¬°Me largo! Por m√≠, puedes quedarte aqu√≠ y echar ra√≠ces si te da la gana.
Me deslicé por el estrecho pasadizo hasta el mundo exterior. El chaquetón de Simon estaba en el mismo sitio donde yo lo había dejado. Y también su gorra. Los cogí y me dirigí hacia el coche.
Abrí la puerta, arrojé el chaquetón y la gorra en el asiento trasero y me senté al volante. Puse la llave en el contacto decidido a largarme. Pero dudé otra vez.
¬°Mierda! No pod√≠a abandonarlo all√≠. Ech√© una ojeada al campo, a la semiescondida ca√Īada; esperaba ver aparecer a Simon, muerto de risa ante su brillante ocurrencia. Me lo imaginaba exclamando:
¬ó¬ŅDe veras te habr√≠as largado sin m√≠, Lewis? ¬°Ja, ja, ja!
Saqué la llave del contacto, me instalé en el asiento del copiloto, dejé abierta la puerta y me dispuse a esperar.
Me desperté a las dos y media y comprobé que el sol de octubre se estaba poniendo tras las colinas. Se había levantado un viento que agitaba las desnudas ramas de los árboles. Mientras había estado durmiendo, Simon no había vuelto y se me había agotado del todo la paciencia.
¬óTiene narices ¬ómurmur√© para m√≠ mismo¬ó. All√° t√ļ, Simon. Yo me largo ahora mismo.
Pero, como un buen boy scout, decid√≠ dar una √ļltima ojeada por si encontraba alg√ļn rastro. Me puse el chaquet√≥n de Simon y emprend√≠ el descenso a la ca√Īada. A medio camino vi al hombre de los perros.
No sé por dónde había aparecido; parecía haber surgido de la tierra. Pero allí estaba, con los tres sabuesos blancos atados de una correa. Al momento los perros me vieron y comenzaron a ladrar salvajemente. Mi primer impulso fue regresar corriendo al coche y marcharme. Pero me quedé donde estaba.
El hombre se detuvo a pocos metros frente a mí. Llevaba un abrigo oscuro y un bastón enorme en una mano. Con la otra sostenía la correa de los perros. ¡Y qué perros! Eran los sabuesos más raros que había visto en mi vida: blancos de la cola a la cabeza, pero con orejas de un color rojo encendido. Eran enormes, huesudos, de cuerpo robusto, piernas largas y ágiles y delgados cuartos traseros. Parecía como si tiraran del hombre, que los contenía manteniendo la correa muy tensa.
—¡Hola! —grité con toda la afabilidad que me fue posible.
El hombre no contestó. Me acerqué un poco más.
—Estoy esperando a mi amigo —le expliqué.
Los perros estaban fuera de s√≠. A la luz del crep√ļsculo sus cuerpos blancos y sus orejas rojas parec√≠an resplandecer. Se afanaban y forcejeaban por venir a mi encuentro mostrando los colmillos por sus afilados y amenazadores hocicos. De nuevo sent√≠ ganas de salir corriendo hacia el coche, cerrar las portezuelas y largarme a toda prisa. Pero domin√© el impulso.
El hombre me contemplaba con aire imperturbable; tenía la cara arrugada como un mono y los ojos brillantes. No dijo nada, pero con la algarabía que estaban armando los perros no lo habría oído aunque lo hubiera hecho.
Habr√≠amos podido pasarnos toda la noche all√≠, si no me hubiera guiado la firme determinaci√≥n de echar una √ļltima ojeada al cairn, con perros o sin perros. Alc√© una mano a modo de s√ļplica y di un paso al frente.
¬óMire ¬ógrit√©¬ó, s√≥lo quiero ir hasta el cairn de ah√≠ abajo... ¬óSe√Īal√© hacia el fondo de la ca√Īada y despu√©s me volv√≠ hacia donde estaba el coche¬ó. Luego me ir√© enseguida...
Cuando lo mir√© de nuevo, el hombre se alejaba a campo traviesa. Sin perder m√°s tiempo en dar o exigir explicaciones, baj√© a toda prisa la ladera. La ca√Īada estaba casi tan oscura como el interior del cairn, pero no me cost√≥ demasiado dar con la entrada del mont√≠culo. Met√≠ la cabeza por el agujero y pase√© la luz de la linterna por el interior. No hubo respuesta alguna; ni siquiera un ruido. Nada.
¬ó¬°Muy bien, Simon, ah√≠ te quedas! ¬ógrit√©, pero me sali√≥ una voz mortecina¬ó. Esta vez te has pasado. ¬°T√ļ tienes la culpa de todo! ¬ŅMe has o√≠do? ¬°Me largo ahora mismo!
Rebusqué en el bolsillo interior del chaquetón su cartera, que contenía algunos billetes, varias tarjetas de crédito y unos cuantos documentos de identificación. Saqué la tarjeta del Barclays y la deslicé en una grieta entre dos piedras a la entrada del cairn, en un lugar donde le resultaría fácil encontrarla.
¬ó¬°Ah√≠ te quedas! ¬ógrit√©, y esta vez mi voz reson√≥ en toda la ca√Īada¬ó. Eres un t√≠o muy listo. Sabr√°s arregl√°rtelas para regresar a casa.
Me alej√© del cairn, ascend√≠ por la ca√Īada y me dirig√≠ hacia el coche. A medio camino, vi a un hombre con un abrigo amarillo que se alejaba a paso r√°pido por la carretera. Lo primero que se me ocurri√≥ fue alcanzarlo y contarle lo que hab√≠a ocurrido. Si viv√≠a por all√≠ cerca, seguramente conoc√≠a el cairn. Al fin y al cabo, ten√≠a que contarle a alguien lo sucedido.
Mientras me apresuraba a alcanzarlo, el hombre aminoró el paso como si tuviera intención de detenerse junto al coche para hablar conmigo. Cuando juzgué que ya podía oírme, alcé una mano y lo llamé. Pero, al oír mi voz, el hombre aligeró el paso. Llegué junto al coche poco antes de que el hombre llegara a la altura de una curva, unos doce pasos más allá.
Grit√© de nuevo. Estoy convencido de que el sujeto me oy√≥ porque se dio la vuelta. Pese a la escasa luz crepuscular, pude verle la cara..., si cabe llamar cara a aquello. Ten√≠a los rasgos marcados y exagerados como los de una m√°scara, la nariz larga y aguile√Īa, la boca grande, y unas orejas desproporcionadamente enormes que le sobresal√≠an de entre una pelambrera de enmara√Īados cabellos negros. Los ojos eran saltones y desencajados, y el entrecejo espeso e hirsuto.
Al contemplar aquel rostro tan singular, desaparecieron del todo mis deseos de hablarle. Se me agarrotó la garganta y se me heló la lengua.
El sujeto me mir√≥ por encima del hombro un instante y sigui√≥ su camino. Al llegar a la curva, desapareci√≥. No quiero con eso decir que la curva de la carretera lo ocultara de mi vista. Por extra√Īo que pueda sonar, el hombre pareci√≥ desvanecerse en el aire.
Lo digo porque vi brillar la ropa del sujeto mientras desaparec√≠a de mi vista. Quiz√° fuera un efecto de la mortecina luz del crep√ļsculo. Pero juro que su ropa brill√≥ con un extra√Īo destello. Eso, m√°s que el repugnante rostro del hombre, fue lo que hizo que me detuviera en seco. Me qued√© unos instantes boquiabierto. El ulular del viento entre los √°rboles me sobresalt√≥ tanto que entr√© precipitadamente en el coche y me march√©.
En el viaje de regreso a Oxford, tuve tiempo de sobra para dar vueltas a lo sucedido y convencerme por mil motivos diferentes de que Simon merec√≠a que lo abandonara en aquel lugar por la broma de mal gusto que me hab√≠a gastado. Si hab√≠a alguien capaz de maquinar y llevar a cabo una treta como aqu√©lla, era desde luego Simon. ¬ŅQui√©n m√°s podr√≠a desperdiciar talento y recursos en una locura semejante? Probablemente hab√≠a disfrutado durante meses planeando todo aquello para re√≠rse de m√≠. Seguro que le hab√≠a costado una bonita suma.
¬ęBueno, pues que te diviertas, Simon ¬ópens√©¬ó. Yo me quedo con tu coche y tu cartera, en tanto t√ļ te quedas ah√≠ hel√°ndote de fr√≠o. Quien r√≠e el √ļltimo r√≠e mejor.¬Ľ
Llegu√© a Oxford a las seis de la ma√Īana, ojeroso, exhausto, temiendo que alguien descubriera que conduc√≠a el coche de Simon y diera la alarma. No ocurri√≥ nada. El garaje donde guardaba el Jaguar estaba desierto; no hab√≠a un alma. Aun as√≠, me sub√≠ el cuello del chaquet√≥n y me encasquet√© la gorra mientras aparcaba el coche y cerraba las puertas. Luego atraves√© corriendo el patio y me met√≠ en nuestra casa.
La imagen de Simon Rawnson entrando a hurtadillas en la residencia de la universidad a altas horas de la madrugada era tan familiar que, aun en el caso de que alguien me hubiera visto, el hecho no causaría asombro ni suscitaría comentarios.
Muerto de cansancio, me derrumbé en la cama sin molestarme siquiera en desnudarme. Cerré los ojos y al instante me quedé dormido; habría dormido todo el día de no haber sido por el teléfono.
La primera vez que sonó, hice caso omiso de él. Pero minutos después volvió a sonar y tuve el convencimiento de que, fuera quien fuera, llamaría una y otra vez hasta obtener respuesta. Medio dormido y de un humor de perros, me levanté, me arrastré hasta el cuarto de estar y descolgué.
¬ó¬ŅDiga?
¬óSoy Susana ¬ócontest√≥ una voz al otro lado del hilo¬ó. ¬ŅEres Lewis?
¬ó¬°Hola, Susana! ¬ŅC√≥mo est√°s?
—Bien, gracias. Me gustaría hablar con Simon.
¬ó¬ŅSimon? No est√° aqu√≠ en estos momentos.
¬ó¬ŅD√≥nde est√°?
¬óBueno..., est√° en Escocia.
¬ó¬ŅDe veras?
—Sí, lo cierto es que fuimos juntos y él decidió quedarse.
Casi podía oír cómo la frase que acababa de decir se iba abriendo camino en su cerebro.
¬ó¬ŅDecidi√≥ quedarse en Escocia? ¬órepiti√≥ sin poder dar cr√©dito a lo que acababa de o√≠r.
¬óAs√≠ es ¬óinsist√≠ yo¬ó. Nos fuimos el viernes por la ma√Īana, ya sabes...
¬óLo √ļnico que s√© es que cancel√≥ la cita que ten√≠a conmigo para comer ¬ódijo con brusquedad.
—Fue por causa del viaje. Fuimos en coche y, bueno, decidió quedarse unos días más.
Intentaba que aquello pasara como uno m√°s de los repentinos caprichos de Simon.
Pero Susana no estaba dispuesta a trag√°rselo.
—Llámalo ahora mismo —ordenó—. Despierta a ese lirón y dile que tengo que hablar con él.
—Lo haría con mucho gusto, Susana, pero es imposible. De verdad, no está aquí.
¬ó¬ŅQu√© est√° sucediendo, Lewis? ¬ópregunt√≥ en tono glacial.
¬ó¬ŅC√≥mo dices?
¬óMe has o√≠do perfectamente. ¬ŅQu√© est√° sucediendo? ¬ŅQu√© os tra√©is entre manos?
—No pasa nada, Susana. Me gustaría poder avisar a Simon para que hablara contigo, pero no está.
¬óA ver si me aclaro ¬ódijo ella¬ó. T√ļ y Simon fuisteis en coche a Escocia el viernes y √©l decidi√≥ quedarse unos d√≠as...
—Bueno, sí, mira...
¬ó... a pesar de que sab√≠a perfectamente que hab√≠a prometido acompa√Īarme a primera hora a la iglesia y despu√©s ir a comer con mis padres a Milton Keynes.
—Mira, ya sé que parece increíble, pero es la pura verdad, Susana. En realidad, yo...
¡Clic! Había colgado el teléfono.
Colgu√© el auricular y mir√© el reloj. Eran las siete y media de la ma√Īana, y estaba muerto de cansancio. Dej√© el tel√©fono descolgado y volv√≠ a acostarme.
Tard√© en conciliar el sue√Īo. Estaba roncando pl√°cidamente, cuando me despertaron unos violentos golpetazos en la puerta.
¬ó¬ŅQu√© he hecho yo para merecer esto? ¬ómurmur√© mientras me deslizaba fuera de mi acogedor y calentito refugio.
Volvieron a llamar enérgicamente.
¬óYa voy, ya voy. Un poco de calma.
Di la vuelta a la llave y abrí la puerta.
—¡Susana! ¡Qué sorpresa!
Se precipitó en la habitación como lanzada por una catapulta.
—No te molestes en disimular —me soltó.
La seguí hasta la puerta de la habitación de Simon. Echó una ojeada y luego se encaró conmigo.
¬óMuy bien, ¬Ņd√≥nde est√°?
—Ya te lo dije. No está aquí.
Susana era un monumento; esbelta, hermosa, con una esplendorosa cabellera casta√Īorrojiza y un tipo como para parar el tr√°fico. Tan inteligente como guapa, le daba cien vueltas a Simon. Y, a decir verdad, a cualquiera. No me cabe en la cabeza por qu√© se hab√≠a liado con un pillo redomado como Simon, no entiendo qu√© hab√≠a visto en √©l. Su relaci√≥n se me antojaba el fuego de las ordal√≠as, una aventura m√°s parecida a unas maniobras militares que a dos corazones que se esfuerzan por latir a la par.
—Tendrás que preguntárselo a Simon cuando regrese —agregué—. Yo no te lo puedo decir.
¬ó¬ŅNo puedes o no quieres? ¬óme espet√≥ con los ojos brillando de c√≥lera. Estaba decidiendo si destrozarme all√≠ mismo, o calculando cu√°nto le dar√≠an por mi cad√°ver en el mercado¬ó. ¬ŅEsto es lo que alguna mente retorcida entiende por una broma?
—Creo que sí —contesté yo.
Cometí entonces el triste error de hablarle del uro del periódico, de nuestro precipitado viaje a Escocia, del cairn, de la repentina desaparición de Simon. Intenté quitarle importancia a la historia, pero sólo logré aumentar su cólera y sus sospechas.
—Yo no me preocuparía lo más mínimo —dije al final sin demasiada convicción—. Supongo que volverá pronto.
¬ó¬ŅCu√°ndo? ¬ópregunt√≥ Susana con tozudez.
Un ce√Īo amenazador le afeaba el rostro, normalmente tan bello. Me di cuenta de que estaba a punto de tirarme de las orejas.
—¡Oh! Estará de regreso en un par de días.
—En un par de días —repitió Susana con tono hostil e incrédulo.
¬óBueno, como mucho, tardar√° una semana...
¬óLo cual significa que no tienes ni idea de cu√°ndo regresar√°.
—A decir verdad, no lo sé —tuve que confesar—. Pero tan pronto como se dé cuenta de que no lo secundo en esta broma tan pesada, volverá a casa con el rabo entre las piernas.
¬ó¬ŅUna broma pesada? ¬ŅEsperas que me trague ese cuento? ¬óreplic√≥, dirigi√©ndome una mirada desafiante¬ó. Bueno, perm√≠tame decirle algo, se√Īor m√≠o ¬óa√Īadi√≥ crispadamente¬ó. He recibido otros desaires antes, pero jam√°s uno como √©ste. Si Simon Rawnson no deseaba verme m√°s, lo ha conseguido. ¬ŅPor qu√© no se ha limitado a dec√≠rmelo a la cara... en lugar de mandarme a su monito amaestrado con ese rid√≠culo cuento de un viaje a Escocia para ver a la reina?
—Para ver un cairn —corregí.
¬ó¬°Lo que sea!
Giró sobre los talones y se dirigió airada hacia la puerta.
¬ó¬°Espera, Susana! No has entendido nada.
—¡Lo he entendido todo perfectamente! —me espetó—. Limítate a decirle a Simon que hemos terminado. No deseo volver a verlo. Y dile que me quedo con el collar.
Cerró la puerta con tal ímpetu que las paredes vibraron.
Salí a la escalera tras ella. Susana se dio la vuelta; había cargado de nuevo las baterías y volvió al ataque.
¬ó¬°Otra cosa m√°s! Si alguna vez me encuentro a Simon Rawnson en p√ļblico, le organizar√© el mayor esc√°ndalo que haya visto en su vida. Desear√° no haber nacido. ¬°D√≠selo de mi parte, pelotillero!
—Escucha, Susana —dije cogiéndola del brazo; fue un gesto desafortunado porque por poco me quedo sin dedos.
—¡No te atrevas a ponerme la mano encima! —exclamó, rechazándome con violencia—. Me voy a mi casa; no intentéis llamarme ninguno de los dos.
Sintiéndome tan miserable como una babosa, la vi alejarse revoleando su blusa de seda. La ira había transformado su belleza natural en algo salvaje y magnífico, en una fuerza de la naturaleza, como un huracán o una tormenta eléctrica. Tenía un aspecto aterrorizador y espléndido a la vez.
La observ√© mientras bajaba la escalera y despu√©s o√≠ su r√°pido taconeo sobre las losas del patio. Volv√≠ a mi habitaci√≥n. Me odiaba a m√≠ mismo por haberla enga√Īado. Pero no, no la hab√≠a enga√Īado; le hab√≠a contado la verdad. Ella ten√≠a sus propias razones para creer que le hab√≠a mentido. ¬ŅQu√© pod√≠a hacer yo? Al fin y al cabo, no era culpa m√≠a, sino de Simon. Yo no ten√≠a nada que ver con toda aquella historia.
¡Y encima me había llamado monito amaestrado!