5 - El cairn

—Es una broma. Una falsificación. Y tú eres un estúpido por dejarte engañar. Apuesto a que en estos momentos se están carcajeando de nosotros. Engatusaron a unos listillos de la ciudad con el cuento del uro desaparecido. ¡Qué inteligentes somos! ¡Qué gracia! ¡Ja, ja, ja!
Simon puso el Jaguar en marcha y enfilamos la carretera.
—¿Estás diciendo que no crees lo que nos han contado Robert y Morag?
—Bueno, no he visto señal alguna de la bestia extinguida. ¿Es que tú has visto algo? ¡Caramba, qué sorpresa! —me burlé.
—¿Y qué me dices de la fotografía del periódico?
—Ese periodicucho les pagó seguramente unas cien libras por posar y otras tantas por mantener la boca cerrada —insistí—. Lo cierto es que no hemos visto uro alguno, porque no había nada que ver.
—Vimos un magnífico ejemplar de lanza de la edad de hierro.
—Probablemente la fabricó el propio Grant para dar más credibilidad a la patraña. Yo mismo puedo hacerte una en medio día si me das las herramientas adecuadas.
—¿De verdad lo crees así?
—¡Por Dios, Simon! Despierta y verás que hay gato encerrado. Nos han llevado al huerto. Olvidémoslo, y volvamos a casa.
Simon me miró con expresión plácida.
—Fuiste tú quien preguntó por el cairn —dijo—. A mí no se me habría ocurrido jamás.
—Muy bien —concedí sabiendo que Simon se agarraría tozudamente a aquel detalle—, reconozco que me dejé llevar por la excitación del momento. ¿Y qué?
—Fue idea tuya. Así pues, vamos a ver el cairn.
—No me eches la culpa —le rogué—. He cambiado de idea. Mira, son casi las nueve. Si emprendemos el regreso ahora mismo, podemos llegar a Oxford esta noche.
—Sólo está a kilómetro y medio, y en esta misma carretera —insistió Simon—. Llegamos hasta allí, echamos un vistazo y regresamos, ¿qué te parece?
—¿Prometido?
—Sí.
—¡Mentiroso! No tienes intención alguna de volver a casa.
Simon se echó a reír.
—¿Qué quieres, Lewis? ¿Que te lo jure por mis muertos?
—Sólo quiero volver a casa.
Simon separó la mano derecha del volante y señaló el mapa.
—Mira a ver si localizas ese cairn.
Cogí el mapa y busqué la página.
—No lo veo.
Me maldije a mí mismo por bocazas. El cairn en cuestión había surgido en la conversación porque, cuando estábamos sentados en la cocina de la granja de los Grant, mi cabeza rebullía con ideas acerca de lanzas de la edad de hierro, bueyes extinguidos y cosas semejantes; por eso había preguntado de pronto:
—¿Hay algún cairn por aquí cerca?
—Sí —había sido la respuesta de Grant—. Bastante cerca. Formaba parte de esta hacienda, pero mi padre vendió la porción de terreno donde se levanta. El viejo era supersticioso.
Luego, como Simon había insistido inmediatamente en verlo ya que estaba tan cerca, nos explicó dónde podíamos hallarlo. Al granjero le pareció buena idea que inspeccionáramos el cairn y se mostró dispuesto a acompañarnos. Simon lo hizo desistir aduciendo que era mejor que se quedara en la granja puesto que podían aparecer en cualquier momento individuos de otra universidad, también deseosos de hablar con él. Nos despedimos prometiendo mantenernos en contacto y visitarlos otra vez muy pronto.
Y ahora nos dirigíamos hacia ese montón de piedras, o lo que en aquellos húmedos parajes pasara por ser un cairn, siguiendo una de esas carreteras secundarias estrechas y tortuosas que parecen que ni pintadas para accidentes de tráfico. Sin habernos cruzado con coche alguno, llegamos hasta la valla que nos había indicado Grant. Simon detuvo el coche y bajamos.
—Está al otro lado de ese campo, en la cañada.
Señaló hacia el pie de la ladera, hacia las copas de unos árboles que se veían al fondo de la pendiente.
Permanecimos inmóviles unos momentos mirando el campo. Oí el ladrido de un perro y me volví hacia el lugar de donde venia el sonido. Detrás de nosotros, por el camino por donde habíamos venido, se acercaba un hombre con tres o cuatro perrazos sujetos de una correa. Estaban aún demasiado lejos como para distinguirlos con toda claridad, pero me pareció que los perros eran de color blanco.
—Alguien se acerca —dije.
—Alguno de los vecinos de Robert, seguramente —comentó Simon.
—Mejor será que nos marchemos.
—No nos molestará. Venga, vamos.
Sin más dilaciones, salvamos la valla y atravesamos corriendo el campo. El ejercicio hacía bien a mis piernas y sentía el aire puro y fresco en los pulmones. Al fondo del campo había un muro de piedra; lo saltamos y nos encontramos en la cañada.
Era poco más que un repliegue profundo y estrecho entre dos colinas. Un alegre riachuelo corría entre las raíces de los árboles, retorcidos y desprovistos de hojas, que bordeaban la cañada. Del arroyo ascendía una niebla que empapaba los árboles. La cañada era fría y húmeda porque hasta ella no llegaba apenas la luz del sol.
En el centro de aquel escondido repliegue de terreno se levantaba un montículo de tierra achaparrado y rechoncho, de unos dos metros y medio de alzada y unos nueve de circunferencia. A no ser por una curiosa protuberancia en forma de colmena que tenía en la cara oeste, habría sido un cono casi perfecto.
—¿Cómo supiste que aquí había un cairn? —preguntó Simon.
Su voz sonó extrañamente muerta en el silencio que reinaba en la hondonada.
—Lo adiviné. Como la granja se llamaba Carnwood, supuse que podría haber un cairn en un bosque por estos andurriales. ¿No te parece lógico? —contesté examinando aquella extraña estructura—. Y ahí lo tenemos. Ahora ya lo hemos visto. Vámonos antes de que llegue alguien.
Temía, en efecto, que de un momento a otro apareciera el hombre de los perros. Simon me ignoró y se acercó al cairn.
En la cara norte crecía una mata de acebo y, en la sur, un matorral de especie desconocida. Tenía la superficie cubierta de yerba. El aire de la cañada olía a hojas podridas y a tierra húmeda.
—No deseo que me sorprendan en un lugar prohibido —le dije a Simon, que sin dignarse contestar seguía explorando.
—¿Qué importancia tienen estos cairns? —me preguntó después de haber dado la vuelta despacio en torno a la vieja construcción.
—Ninguna —respondí—. Ninguna en particular.
—Podrías ser más complaciente. Te juro que tengo verdadero interés en saberlo.
Exhalé un profundo suspiro y me senté en una peña mientras Simon emprendía una segunda vuelta en torno al cairn.
—Bueno —comencé a explicar—, nadie lo sabe a ciencia cierta, pero al parecer los hombres amontonaban piedras construyendo estructuras como ésta para señalar determinadas cosas.
—¿Qué clase de cosas?
—De todo tipo: cruces de caminos, un pozo, una fuente, el lugar donde algo importante había ocurrido...
—¿Como qué?
Oí el ladrido de un perro en la colina que se levantaba a un lado de la cañada; me di la vuelta y creí ver un destello de color blanco entre los árboles.
—¿Qué quieres saber con ese «como qué»?
—¿Qué acontecimientos importantes querían señalar con esas construcciones?
—¡Quién sabe! Quizás el lugar donde alguien encontró oro, o mató a un gigante, o raptó a la mujer de otro, o topó con una inspiración divina... ¡Quién sabe! No son más que conjeturas. Quizá sólo pretendían limpiar el terreno y por eso amontonaban las piedras.
—Eso quiere decir que los cairns no están huecos —fue la conclusión que sacó Simon, siguiendo su parsimonioso paseo en torno al montículo.
—Algunos sí —corregí yo—. Pero ¿qué importa?
Oí el crujir de una rama quebrada tras de mí; me volví y vislumbré un breve destello blanco entre la oscura y espesa arboleda.
—Creo que se acerca alguien. Será mejor que nos larguemos.
—¿Qué hay en los montículos huecos? —inquirió Simon.
—No hay tesoros enterrados, si es que se te ha ocurrido tan peregrina idea.
Lo observé con curiosidad unos instantes; parecía tan interesado en comprender el significado de aquellas antiguas construcciones, que no pude menos que preguntarle:
—¿Qué te está rondando por la cabeza, Simon?
—¿A qué te refieres? —dijo deteniéndose en su tercera vuelta en torno al montículo.
—No me vengas con evasivas.
—¿Con evasivas, querido amigo? —repitió, con aire inocente.
—No me llames «querido amigo». ¿Por qué tan repentino interés por las tradiciones celtas? ¿Qué pasa?
—Fuiste tú quien preguntó lo del cairn, no yo.
—Sí, ya lo sé.
—Estás tan intrigado como yo —concluyó Simon—. La única diferencia es que yo lo reconozco y tú, en cambio, no.
—Venga ya, Simon. No te hagas el inocente conmigo. ¿Qué pasa? ¿Qué es lo que en realidad sabes?
Había desaparecido de mi vista, al otro lado del montículo. Esperé unos instantes, pero no apareció.
—¿Simon? —llamé con voz apagada.
Me levanté de la peña y me dirigí al otro lado del cairn. Simon estaba de rodillas, rebuscando entre el matorral que nacía al pie del montículo.
—¿Qué haces?
—Creo que este cairn está hueco.
—Puede ser.
—Quiero ver el interior.
—¿Por qué? ¿Por qué no te conformas simplemente con lo que has visto y regresamos a casa? Me lo prometiste.
—Sólo quiero echar una ojeada, luego nos marchamos.
Sacudí la cabeza desesperanzado.
—De acuerdo. Echa una ojeada.
Quebró algunas ramas con las manos y, reptando como una serpiente, se abrió paso entre el matorral. Yo observé con atención y vi lo que él había descubierto: en la base del cairn había una abertura pequeña y oscura, casi enterrada en el suelo. Simon logró meter la cabeza y los hombros en el agujero; luego salió.
—¿Satisfecho? —pregunté, creyendo en mi inocencia que lo estaría.
—Necesito una linterna —contestó—. Hay una en el maletero. Sé amable y ve a buscarla. Toma, las necesitarás —añadió sacando las llaves de un bolsillo de la chaqueta.
Las cogí, me dirigí al coche, encontré la linterna y cerré el maletero. Cuando regresaba al cairn vislumbré por el rabillo del ojo un destello blanco..., como si algo hubiera atravesado la estrecha carretera y hubiera desaparecido entre la espesura. Escudriñé ésta por unos momentos, pero no vi nada más, de modo que seguí caminando hacia el cairn.
Al llegar, comprobé que durante mi ausencia Simon había limpiado la maleza y había logrado ensanchar aquella especie de entrada que tenía el montículo.
—Aquí la tienes, tío —dije alargándole la linterna—. Ya puedes salirte con la tuya.
—¿No quieres entrar conmigo?
—No tengo el más mínimo interés. Allá tú —respondí.
Simon se quitó la gorra.
—Guárdamela. No quiero que se me ensucie.
Cogí la gorra y me la puse.
—Ten cuidado. Ahí dentro podría haber un tejón.
—Gritaré si me topo con algo.
Reptó entre las ramas, deslizó medio cuerpo dentro del agujero, culebreó unos instantes y, dándose impulso con las piernas, logró meterse del todo.
Durante unos momentos no oí nada en absoluto.
—¡Simon! ¿Te encuentras bien?
—Muy bien, muy bien —me llegó su voz desde el interior del montículo—. No hay humedad alguna aquí dentro. Creo que podré ponerme de pie... Sí.
—¿Qué ves? —le grité; no obtuve respuesta alguna—. Te he preguntado qué ves.
—Está pulimentado, bueno, bastante pulimentado —respondió; su voz sonaba como si procediera de lo más profundo de un sofá—. Algunas piedras parecen tener una especie de mar...
—¿Marcas? —exclamé—. ¿Has dicho marcas?
—Sí... —respondió—. Marcas azules..., laberintos y manos... y...
Aguardé unos instantes a que terminara la frase.
—¿Simon?
No contestó. Me puse a gatas y me arrastré hacia la entrada del cairn.
—¡Simon! ¿Qué más estás viendo?
Oí un ruido rechinante, como el que produce una piedra al ser separada poco a poco de una pared mediante una palanca.
—¡Simon! —llamé otra vez.
Inmediatamente oí que Simon exclamaba:
—¡Dios mío!
—¡Simon! —repetí—. ¿Qué sucede?
Segundos después, Simon asomó la cabeza por el agujero; tenía el rostro iluminado por la excitación.
—Algo está sucediendo. ¡Es increíble! ¡Fantástico!
Desapareció de nuevo.
—¡Espera! Un momento... ¿qué está pasando? ¡Simon!
Asomó el rostro una vez más. Tenía los ojos muy abiertos y la respiración fatigosa.
—¡No puedo creerlo! —dijo arrojándome la chaqueta por el agujero—. ¡Es increíble! Lewis, ¡es el paraíso! No puedo explicártelo. Tienes que verlo. ¡Venga, anímate! ¡Ven conmigo!
—¡No! ¡Aguarda! —grité lleno de desesperación—. ¿De qué se trata? ¿Qué es eso tan increíble? ¡Simon!, ¿adónde vas?
—Me voy al paraíso —respondió con voz apagada—. ¡Ven conmigo!
Fueron las últimas palabras de Simon.