4 - A las puertas del oeste

Oí el profundo y atronador rugido de un monstruo y me desperté. Simon roncaba plácidamente a mi lado. Al este, el sol se estaba levantando tras las colinas y el tráfico mañanero comenzaba a ronronear en la carretera. El reloj del tablero marcaba las 6.42 de la mañana. Sacudí a Simon.
—¡Eh!, ¡despierta! Nos hemos quedado dormidos.
—¿Uh? ¡Maldita sea! —gruñó con un estremecimiento. Se incorporó y puso en marcha el motor—. ¿Por qué no me has llamado antes?
—Acabo de despertarme.
—Llegaremos tarde.
Se frotó los ojos con los puños, miró por el espejo retrovisor y lentamente condujo el coche hasta la carretera.
—¿Qué quieres decir? El sol aún no ha salido del todo. Faltan sólo unos pocos kilómetros. Llegaremos de sobra.
—Quería llegar antes de la salida del sol —se limitó a decirme—. No después.
—¿Y qué importa?
Simon me dedicó una sonrisa burlona.
—¿Y tú eres un estudioso de la cultura céltica?
Su tono sugería que yo estaba obligado a leer su pensamiento.
—La hora-entre-horas... ¿A eso te refieres? —dije yo. No tenía ni idea de que Simon estuviera al corriente de las tradiciones célticas—. ¿Por eso hemos venido hasta aquí perdiendo el culo?
Como no se dignó contestar, interpreté su silencio como una afirmación y continué:
—Mira, si ésa es la causa por la que me has arrastrado hasta estos andurriales, olvídame. La hora-entre-horas no es más que una superstición popular; una patraña poética. No existe.
—¿Como tampoco existe el uro?
—¡Claro que no existe! —Iba a añadir que tampoco existían los Hombres Verdes pero me mordí la lengua a tiempo. No era cuestión de entrar en discusiones a aquellas horas de la mañana—. Sólo se trata de periodismo sensacionalista.
—Eso es precisamente lo que hemos venido a comprobar, ¿no?
Simon sonrió taimadamente y concentró toda su atención en la carretera. Estábamos de nuevo en pleno campo, alejándonos de Inverness rumbo al este por la A96. La última señal que vi indicaba que Nairn estaba sólo a dieciocho kilómetros.
Rebusqué en el suelo del coche, encontré el mapa donde lo había dejado por la noche y lo abrí por la página debida. La granja que buscábamos no figuraba en el mapa, pero sí el pueblecito más cercano: un minúsculo villorrio llamado Craigiemore en una revuelta de una carretera amarilla que atravesaba lo que en términos optimistas recibía el nombre de bosque de Darnaway. Probablemente lo único que quedaba del pretendido bosque era una ladera con unos cuantos tocones podridos y un área de descanso junto a la carretera.
—La granja Carnwood no figura en el mapa —dije tras haberlo estudiado con detenimiento.
Simon soltó un gruñido en señal de reconocimiento. Animado por tal respuesta, proseguí:
—De todas formas, desde Nairn hay unos diez kilómetros hasta la B9007. Y desde allí a la granja hay probablemente unos cinco kilómetros como mínimo.
Agradeció la orientadora información con otro elocuente gruñido y pisó a fondo el acelerador. El brumoso paisaje de redondeadas colinas se deslizaba con celeridad. Apenas se veía nada. Una tupida niebla cubría la tierra, emborronaba cualquier detalle en un kilómetro a la redonda y convertía el sol naciente en un fantasmagórico disco de color rojo sangre.
Escocia es un extraño paraje. No podía entender la admiración que mucha gente, de indudable gusto en otros temas, profesaba por aquel pelado pescuezo de polvo y rocas, sacudido sin cesar por los vientos. Donde no había páramos, había lagos, tan húmedos unos como otros. Además estaba el frío. Yo prefiero la Costa del Sol en cualquier época. Mejor todavía, que me den la Riviera Francesa y que se queden con todo lo demás. Por mí se pueden ir al diablo los lugares en los que no se puede cultivar un viñedo a un tiro de piedra de la playa.
Simon me sacó de mis cavilaciones poniéndose a recitar una poesía, tan extraña como espontánea, sin separar la vista de la carretera.
Soy el cantor en el alba de la era
y me encuentro a las puertas del oeste.
Me apoyan centenares de guerreros,
cuyos nombres son loados entre los jefes y
cuyas órdenes se apresuran a cumplir poderosos señores.
Sangre real fluye por mis venas;
no soy de humilde cuna,
pero se desdeñan mis dotes.
La verdad yace en la raíz de mi lengua,
la sabiduría en el aliento de mis palabras,
pero los hombres no celebran mis versos.
Soy el cantor en el alba de la era
y me encuentro a las puertas del oeste.
Me quedé boquiabierto. Uno vive unos cuantos años con alguien y cree por eso conocerlo bien.
—¿Dónde demonios has aprendido eso? —pregunté cuando al fin pude reaccionar.
—¿Te ha gustado? —Y sonrió como el escolar travieso a punto de confesar una falta al profesor.
—Es una poesía muy bonita —concedí—. ¿De dónde la has sacado?
—No tengo la más remota idea —respondió—. Debo de haber tropezado con ella en alguna de mis lecturas. Ya sabes.
Lo sabía perfectamente bien. Simon, el escolar aplicado, no había abierto un libro durante meses.
—¿Tienes idea de lo que significa? —inquirí.
—A decir verdad, suponía que tú me lo dirías —contestó con aire tímido—. Temo que quede un tanto fuera de mi especialidad. Pertenece más bien a la tuya, creo.
—Simon, ¿qué te traes entre manos? Primero ese asunto del buey extinguido, luego tu repentina preocupación por la hora-entre-horas, y ahora me sales con enigmas célticos. ¿Qué pretendes?
Se encogió de hombros.
—Me pareció una poesía que ni pintada para este momento, supongo. Esas colinas, la salida del sol, Escocia..., todo esto.
Habría sacado más información de una ostra, así que cambié de conversación.
—¿Qué te parece si desayunáramos?
Simon no se dignó contestar; parecía totalmente absorto en la conducción.
—¿Nos paramos en Nairn a tomar algo? —insistí.
No nos detuvimos en Nairn. Atravesamos la ciudad tan rápidamente que creí que a lo mejor Simon intentaba batir un récord de velocidad.
—¡No tan deprisa! —exclamé asiéndome al tablero.
Pero Simon ni se inmutó y siguió adelante.
A la salida de Nairn, Simon tomó la A939 y literalmente volamos entre las colinas. Por fortuna, sólo circulábamos nosotros por la carretera. Después de atravesar el río Findhorn, llegamos al pueblecito de Ferness, en el cruce de la A939 y de la B9007.
—Ahí está el desvío. Tuerce a la derecha —le indiqué.
La B9007 resultó ser un estrecho camino asfaltado que bordeaba la cañada del Findhorn y se internaba en el bosque de Darnaway, que para mi sorpresa reunía las características de un auténtico bosque. Es decir, colinas cubiertas por altos y espesos pinares, niebla matutina flotando entre los árboles y arroyuelos que iban a desembocar en el río. Al cabo de un kilómetro llegamos a un pequeño pueblecito llamado Mills de Airdrie.
Sabía el suficiente gaélico como para imaginar que la palabra «Airdrie» era la contracción de la antigua denominación céltica «Aird Righ», es decir, Soberano Rey. Aunque no había nada extraño en que un rey poseyera un molino junto al río, juzgué ciertamente peculiar que pudiera haberse tratado de un Soberano Rey. En la antigüedad ese título se reservaba sólo para la elite de la realeza, y en raras ocasiones se utilizaba en Escocia.
El pueblecito era minúsculo: sólo una mancha en la carretera con un hostal y un establecimiento que era a la vez colmado, quiosco y correos. Recorrimos un par de kilómetros más y llegamos a una carretera que no constaba en el mapa. En el cruce había una señal un tanto borrada por los elementos; en chillonas letras azules estaba pintado el rótulo «granja Carnwood», además de una flecha que indicaba la dirección. Torcimos a la izquierda y llegamos enseguida a un puente de piedra. Cruzamos el río Findhorn una vez más y nos dirigimos al corazón del bosque de Darnaway.
La granja Carnwood se alzaba entre dos colinas cubiertas de árboles. Pequeña, limpia, acogedora, tenía esa apariencia que confiere la laboriosidad y la prosperidad. Pero tenía también un aire de..., no sé, de soledad; como si hiciera mucho tiempo que estuviera abandonada. No descuidada, ni desatendida: simplemente intacta. O, más exactamente, como si la finca se hubiera resistido de algún modo a que la habitaran los hombres. Era una sensación absurda. Los edificios, los campos y las ruinas de una esbelta torre de piedra cubierta de musgo junto a la casa mostraban que el lugar había sido cuidado y habitado durante generaciones.
—Bueno —dijo Simon—, hemos llegado.
Había ido disminuyendo la velocidad y detuvo el coche en la cuneta. Una casa enorme de piedra gris y varios cobertizos se levantaban al final de un camino bordeado de árboles. Una puerta de madera pintada de negro separaba el camino de la carretera. Un buzón de latón ostentaba el nombre de Grant en letras blancas.
—¿Ahora qué? —pregunté—. ¿Nos quedamos aquí sentados o vamos a la casa?
—Vayamos.
Apagó el motor y sacó las llaves del contacto. Salimos del coche y nos encaminamos a la valla.
—Hace frío —comenté estremeciéndome; había dejado la capa en el coche.
Simon intentó abrir la puerta; no estaba cerrada y cedió con facilidad.
Un inquieto y juguetón perrazo negro apareció en mitad del camino. No ladró, sino que corrió a nuestro encuentro moviendo alegremente la cola. Me lamió las manos antes de que tuviera tiempo de metérmelas en los bolsillos. Simon silbó al hospitalario animal.
—¡Hola, chucho! ¿Está tu amo en casa?
—Sí está —dije yo—. Ahí viene.
Desde una esquina del granero se acercaba un hombre tocado de un deforme sombrero marrón, un chaquetón negro y botas de goma verdes. Llevaba en la mano un largo bastón y tenía todo el aspecto de saber usarlo.
—Buenos días, señor —saludó Simon echando mano del encanto de los Rawnson—. Vive usted en un lugar muy bonito.
—Buenos días —respondió el hombre.
No sonrió pero tampoco hizo ademán de golpearnos con el bastón.
—Acabamos de llegar de Oxford —dijo Simon como si eso lo explicara todo.
—¿De tan lejos? —El granjero sacudió ligeramente la cabeza.
Parecía como si Oxford no encajara fácilmente en su mundo geográfico.
—Entonces es que deben de tener muchas ganas de ver al animal —añadió.
Por un momento creí que se refería al perro; estaba a punto de responder que ya habíamos gozado de tal placer, cuando Simon contestó:
—Exactamente. Si no es molestia, claro. No desearía en modo alguno estorbar.
«¡Si no es molestia!» ¡Habíamos conducido día y noche para llegar hasta allí y ver el uro, y salía con que no deseaba estorbar! ¡Era el colmo!
—¡Oh, no me estorban en absoluto! —replicó amablemente el granjero—. Los llevaré ahora mismo.
Nos condujo a un pequeño campo tras el granero. La yerba, cubierta de escarcha, crujía bajo nuestras pisadas como cáscaras de huevo. Escruté el campo buscando alguna señal de la infortunada reliquia de la era de las glaciaciones, pero no vi absolutamente nada.
Avanzamos un trecho y el granjero señaló con la punta del bastón el suelo.
—Aquí es donde se derrumbó —indicó—. Observen en la yerba el rastro que dejó.
No vi nada. No veía nada de nada.
—¿Dónde está? —pregunté.
La decepción, o quizá la exasperación, hizo que mi voz sonara tensa.
El granjero me miró plácidamente; supongo que con esa mirada mezcla de compasión y burla con la que uno contempla a un palurdo ignorante.
—No lo veo por ningún lado. ¿Dónde está?
No quería ser brusco con aquel hombre, pero me sacaba de quicio el hecho de que no pareciera importarle que hubiéramos hecho un montón de kilómetros para contemplar un pedazo de tierra pelada en un campo en barbecho.
—Ayer por la tarde vinieron y se lo llevaron —me respondió el granjero.
Simon se acuclilló y puso una mano sobre la yerba aplastada.
—¿Quiénes se lo llevaron? —inquirió como quien no quiere la cosa—. Si es que no tiene inconveniente en decírmelo.
—¡No me importa en absoluto! —contestó el granjero—. Fueron unos hombres de la universidad.
—¿Qué universidad? —pregunté, sintiéndome más y más bobo a cada segundo que pasaba.
—Edimburgo —respondió el hombre como si fuera el único centro de enseñanza del mundo y yo hubiera preguntado una estupidez—. Eran arqueólogos. Traían una camioneta con remolque y todo lo demás.
Simon volvió a centrar la conversación en la pregunta que le interesaba.
—¿Ha dicho usted ayer por la tarde? ¿A qué hora?
—Eran las cuatro y cuarto. Me disponía a tomar el té cuando llegaron —contestó el granjero acuclillándose junto a mi amigo señalando con el bastón el cuerpo desaparecido—. Pueden ver perfectamente cómo se derrumbó. Calculo que debió de caer de costado. La cabeza estaba ahí. —Golpeó el suelo con el bastón—. Hicieron muchas fotografías. Dijeron que vendrían otros sujetos para tomar notas.
—Así es —confirmó Simon, dando a entender que nosotros éramos tales sujetos—. Hemos venido lo más pronto que nos ha sido posible.
—¿No tiene usted un montón de estiércol por aquí? —pregunté.
—¿Estiércol? —repitió el granjero con cierta sorna—. ¿Es que quieren ver también mi montón de estiércol?
Simon me echó una mirada furiosa y enseguida se dirigió al granjero:
—¿Adónde se llevaron el cuerpo esos sujetos de la universidad?
—Al laboratorio —fue la respuesta—. Allí se lo llevaron. Para hacer pruebas y demás. Todas esas cosas que acostumbran hacer.
Sacudió la cabeza como evidenciando que todo aquello escapaba a su incumbencia y comprensión.
—¿Desearían desayunar? —ofreció luego.
—Sí —respondí.
—No —corrigió Simon dirigiéndome una mirada asesina—. Ya lo hemos molestado bastante. Si no le importa, nos gustaría hacerle unas cuantas preguntas más y después nos iremos. Vamos a ver, ¿cuándo se dio cuenta de que el animal se había derrumbado en este campo?
El granjero alzó la vista al cielo. El sol se había levantado sobre las colinas despejando la niebla.
—No sería molestia alguna —aseguró.
—Se lo agradecemos igualmente —repuso Simon con la más encantadora de sus sonrisas—. Es usted muy amable.
—¿De verdad no quieren una taza de café? —insistió el granjero metiéndose las manos en los bolsillos.
Simon se incorporó.
—Sólo si de veras no resulta una molestia para usted. No querríamos hacerle perder su tiempo —respondió—. Sé perfectamente cuán importuna puede resultar una visita.
El granjero sonrió.
—Mi Morag ya debe de haber servido las tazas. Acompáñenme. Me llamo Grant..., Robert Grant —dijo alargándonos la mano.
—Yo soy Simon Rawnson —repuso Simon estrechándosela—. Mi colega se llama Lewis Gillies.
Estreché yo también la mano del granjero y, después de haber cumplido con el ritual de las presentaciones, lo seguimos hacia la casa. Ya cerca de la vivienda, Simon me cogió del brazo.
—No puedes comportarte así ante esta gente —susurró enfadado.
—¿A qué te refieres? Fue él quien nos invitó. Estoy hambriento.
Simon frunció el entrecejo.
—Pues claro que fue él quien nos invitó... ¡Era de suponer! Pero hay que esperar a que insistan.
—Lo que tú digas, Mil Ciencias. Al fin y al cabo tú has organizado este número circense.
—¡No me hagas perder la paciencia! —siseó—. Te lo advierto.
—Ya te he dicho que estoy de acuerdo.
Entramos tras el granjero en la casa y aguardamos a que se quitara el chaquetón. Su esposa, Morag, nos recibió en la cocina, donde, tal como había supuesto el granjero, nos había servido sendas tazas de café.
—Estos muchachos acaban de llegar de Oxford —le hizo saber el granjero.
Lo dijo como si hubiésemos hecho todo el camino a pie.
—¿Oxford? ¿De verdad? —repitió la esposa, que parecía muy impresionada—. Siéntense, por favor. Los cereales están calientes. ¿Cómo les gustan los huevos?
Mis labios se aprestaron a pronunciar «fritos», pero Simon me dio un codazo.
—No se moleste, se lo ruego —dijo con exquisita educación—. Una taza de café es más que suficiente. Muchas gracias.
El granjero acercó dos sillas a la mesa.
—Siéntense —indicó.
Obedecimos.
—Es imposible mantener en forma el cuerpo y el alma solamente con un café —comentó la esposa de Grant—. No quiero que se diga que se han levantado de mi mesa con hambre. Espero que no les importe comer en la cocina —añadió con los brazos en jarra.
—Es usted muy amable —dijo Simon dirigiéndole la más espléndida de sus sonrisas—. Es una cocina preciosa.
Le había visto emplear con dependientas y camareras la misma afectada elegancia, siempre con inmejorables efectos. Había gente que indudablemente la encontraba irresistible.
Poco después estábamos devorando el contenido de sendos boles de pegajosas papas de cereales. Luego comimos huevos, tostadas con mermelada casera de uva, lonchas de tocino del país, queso de granja y tortas de avena. Morag presidía el banquete con rostro arrebolado y expresión orgullosa. Era evidente que estaba disfrutando muchísimo.
No volvimos a hablar del desaparecido uro hasta que los platos no fueron retirados.
—Es muy extraño —comentó el granjero mirando fijamente la taza de café que sostenía en sus manos—. Hacía unos cinco minutos que había atravesado ese campo. Y no había el menor rastro del animal.
Simon asintió como animándolo.
—Debió de ser algo emocionante.
El granjero hizo un gesto de asentimiento. Su esposa, que había estado revoloteando en torno a la mesa, intervino:
—¡Oh, y eso no es todo! Cuéntales lo de la lanza, Robert.
—¿Una lanza? —repitió Simon inclinándose hacia delante—. Perdone, pero nadie nos ha dicho nada de una lanza. No se mencionaba lanza alguna en el... informe.
El granjero se permitió una leve, tímida y orgullosa sonrisa.
—Es cierto, es cierto. No se lo he contado a nadie.
—¿Contar qué exactamente? —pregunté.
—El animal que apareció en mi campo había sido alcanzado por una lanza —contestó Robert con toda cachaza—, que le atravesó el corazón.
Miró a su esposa y le hizo una seña. Morag se dirigió a una pequeña rinconera junto a la cocina. Rebuscó y sacó un delgado palo de fresno de metro y medio de largo; estaba rematado por una hoja plana y afilada de hierro sujeta al astil con cuero sin curtir. La hoja, el cuero y el astil de madera estaban teñidos de un color marrón rojizo que parecía sangre.
Trajo el arma a la mesa. Yo me levanté y extendí las manos.
—¿Puedo cogerla?
A un gesto del marido, la mujer me entregó el arma, que sopesé en mis manos. Pesaba bastante; era un arma sólida, bien hecha. Le di la vuelta y la examiné concienzudamente, desde la punta hasta la hoja. La madera del astil estaba pulida y era muy resistente. La hoja, bajo la pátina de sangre seca, estaba bien templada y afilada. Además, se hallaba decorada con el más intrincado dibujo de espirales que pudiera imaginarse; toda la superficie de la hoja estaba labrada con precisos y vistosos remolinos entretejidos.
Una curiosa sensación me invadió mientras sostenía la lanza. Me pareció como si aquella lanza me resultara familiar, como si la hubiera sostenido entre mis manos antes, como si aquella forma de sostenerla no fuera la más apropiada. Sentí una sensación extraña de plenitud, de comunión...
¡Qué tontería! Pues claro que había visto antes aquella hoja muchas veces, en innumerables fotografías, y más de un ejemplar. La reconocía lo suficiente como para identificarla y situarla: pertenecía a la edad de hierro de los celtas, a la cultura de La Tène, que se había desarrollado entre los siglos VII y V a. C. El Museo Británico tenía centenares, si no miles, de objetos de la edad de hierro. Incluso los había tocado durante las investigaciones que el departamento llevaba a cabo en el Museo Ashmolean de Oxford. La única diferencia que observaba entre aquella lanza y los oxidados ejemplares de los museos era que el arma que sostenía en mis manos parecía como si hubiera sido fabricada un día antes.