3 - El hombre verde

Había abrigado la esperanza de ver el lago Ness. Pero lo único que veía en el cristal del coche era el reflejo de mi rostro soñoliento al que la lucecita de mapas del tablero confería un aspecto un tanto misterioso. Era tarde, estaba hambriento, aburrido, cansado; deseaba hacer un alto y en silencio me maldecía por haberme avenido a tan absurdo viaje.
Lo que le había dicho a Simon era rigurosamente cierto. El estado de ánimo de mi amigo iba de la depresión a la megalomanía y de la megalomanía a la depresión. Sin embargo, aunque sólo me había guiado la sana intención de sacarlo de su incoherente gimoteo, mi improvisado psicoanálisis había logrado únicamente abrir un pesado e insoportable silencio entre los dos. Simon había caído en un repentino ensimismamiento y en las siguientes siete horas de nuestro viaje sólo gruñiría monosílabos. Así que me dispuse a cumplir con mis deberes de copiloto, procurando no hacer caso de su malhumor.
Según el mapa que tenía en el regazo estábamos al sur de Inverness. Dejé de mirar por la ventanilla y observé el mapa. Circulábamos por la A82 y nos acercábamos a un pueblecito llamado Lochend. La estrecha y larga silueta del lago del monstruo se extendía a unos cien metros, a la derecha.
—Pronto veremos algunas luces —dije—. Dentro de cinco o seis kilómetros.
Aún me hallaba inclinado sobre el mapa cuando de pronto Simon exclamó:
—¡Maldita sea!
Apretó el freno y dio un golpe de volante. Me sentí lanzado contra la puerta y me di un golpe contra la ventanilla.
El coche se detuvo en seco en mitad de la carretera.
—¿Lo has visto? —gritó Simon—. ¿Lo has visto?
—¡Ay! —exclamé frotándome la cabeza—. ¿Ver qué? No he visto absolutamente nada.
Los ojos de Simon tenían un brillo extraño. Puso la marcha atrás y reculó.
—¡Era una de esas cosas!
—¿Cosas? ¿Qué cosas?
—Ya sabes —dijo dándose la vuelta para mirar por el cristal de atrás—, una de esas criaturas mitológicas.
Tenía la voz trémula y las manos temblorosas.
—Nada menos que una criatura mitológica... ¡Vaya! —Me giré también, pero no vi nada—. ¿Qué clase de criatura mitológica exactamente?
—¡Por Dios, Lewis! —gritó con voz histérica—. ¿La viste o no?
—Bueno, cálmate. Te creo. —Era evidente que había conducido demasiadas horas seguidas—. Fuera lo que fuera, ha desaparecido.
Me disponía a mirar de nuevo hacia delante, cuando de pronto vi el torso de un hombre cubierto de andrajos, débilmente iluminado por el resplandor rojo y blanco de las luces traseras. A juzgar por sus proporciones, el cuerpo debía de ser gigantesco. Sólo lo vi breves instantes, pero la primera impresión que tuve fue que se trataba de un árbol cubierto de hojas.
—¡Allí! —exclamó triunfante Simon, poniendo violentamente el freno de mano—. ¡Allí está otra vez!
Se precipitó fuera del coche y corrió unos metros por la carretera.
—¡Simon, vuelve! —aullé. El eco de sus pisadas se desvaneció—. ¿Simon?
Me apoyé en el respaldo del asiento y escruté por la ventanilla de atrás. No distinguí absolutamente nada excepto unos cuantos metros de asfalto iluminados por las luces traseras. El motor se apagó, y por la puerta del coche que Simon había dejado abierta oí el susurro del viento en los pinos como si fueran silbidos de serpientes.
Mantuve la mirada fija en el círculo de luz y al cabo de unos instantes vislumbré una silueta que se aproximaba con rapidez. Poco después distinguí el rostro de Simon. Se metió en el coche, cerró la puerta y bajó el seguro. Puso las manos sobre el volante y se quedó inmóvil.
—¿Qué? ¿Viste algo?
—Tú también lo viste, Lewis. Lo sé —dijo volviendo el rostro hacia mí.
Tenía los ojos brillantes y la boca crispada. Nunca lo había visto tan excitado.
—Mira, sucedió demasiado deprisa. No sé lo que vi. Vayámonos de aquí, ¿te parece?
—Descríbelo. —Se le quebró la voz con el esfuerzo que le costaba articular las palabras.
—Ya te he dicho que no creo que pudiera...
—¡Descríbelo! —repitió dando un puñetazo al volante.
—Creo que era un hombre, al menos lo parecía. Sólo vi una pierna y un brazo, pero creo que era un hombre.
—¿De qué color?
—¿Cómo quieres que sepa de qué color era? —pregunté con voz estridente—. No lo sé. Estaba oscuro. No lo vi bien...
—¡Dime de qué color era! —insistió Simon en tono frío y cortante.
—Me parece que verde. El sujeto llevaba algo verde..., andrajos o algo así.
Simon asintió y exhaló un suspiro.
—Sí. Verde. Eso es. Tú también lo viste.
—¿De qué estamos hablando exactamente? —inquirí con el corazón en un puño.
—De un hombre gigantesco —respondió con calma—. De dos metros y medio de altura, por lo menos.
—Sí. Y con una chaqueta verde hecha andrajos.
—No. —Simon sacudió con decisión la cabeza—. No era una chaqueta. Ni andrajos.
—¿De qué se trataba entonces? —pregunté con voz tensa.
—Eran hojas.
Sí. También él lo había visto.
Nos detuvimos a poner gasolina en una estación de servicio abierta día y noche en las afueras de Inverness. El reloj del tablero marcaba las 2.47 de la madrugada. Exceptuando las paradas que habíamos hecho para poner gasolina y para engullir unos bocadillos en Carlisle, hacía exactamente once horas que no nos habíamos tomado un auténtico descanso. Simon había insistido en hacer el viaje de una tirada para, utilizando sus propios términos, «estar al alba in situ».
Simon puso gasolina mientras yo limpiaba el parabrisas de los insectos que se habían quedado pegados en él. Pagó el importe y volvió al coche trayendo dos tazas de plástico con Nescafé.
—Bebe —indicó dándome una.
Tomamos el brebaje mirándonos de hito en hito bajo el resplandor de unos tubos fluorescentes.
—Bueno —dije tras unos minutos—, ¿lo dices tú o lo digo yo?
—¿A qué te refieres? —preguntó Simon, dedicándome una de sus frías y cortantes miradas, un truco más de los suyos.
—¡Lo sabes perfectamente, Simon! —exclamé con más brusquedad de lo que pretendía. Supongo que todavía estaba alterado. Simon, en cambio, había recobrado la calma—. A lo que vimos allí —añadí señalando con la mano la carretera.
—Subamos al coche —contestó.
—¡No! No voy a subir hasta que...
—¡Cierra el pico, Lewis! —siseó—. Aquí no. Sube al coche y hablaremos.
Miré hacia la puerta de la estación de servicio y vi que el empleado nos estaba observando. No sé lo que habría oído. Me metí en el coche y cerré la portezuela. Simon puso el motor en marcha y enfilamos de nuevo la carretera.
—Muy bien. Ya estamos en el coche —dije—. Hablemos.
—¿Qué quieres que te diga?
—Quiero que me digas lo que crees que vimos.
—¡Es obvio! ¿No te parece?
—Quiero oírtelo decir —insistí—. Sólo por gusto.
Simon me dirigió una mirada de infinita paciencia.
—Muy bien. Sólo por gusto: creo que vimos lo que se llamaba un Hombre Verde. —Sorbió un poco de café—. ¿Satisfecho?
—¿Eso es todo?
—¿Qué más quieres que te diga, Lewis? Vimos ese enorme monstruo verde. Tú y yo..., los dos lo vimos. No sé qué más puedo decirte.
—Cabría añadir que es algo totalmente imposible. ¿No? Cabría decir que no existen hombres de hojas de roble, no pueden existir, no pueden haber existido jamás. Cabría decir que no existen cosas tales como el Hombre Verde..., que es sólo una creación de antiguas supersticiones y leyendas, sin base alguna de realidad. Cabría decir que estábamos tan fatigados del viaje que vimos cosas que no existen.
—Si eso va a hacerte feliz, diré lo que quieras —concedió—, Pero yo vi lo que vi. Explícatelo como te venga en gana.
—Pero ¡es que no puedo explicármelo!
—¿Eso es lo que te preocupa?
—Sí..., entre otras cosas.
—¿Por qué te importa tanto una explicación lógica?
—Perdona, pero da la casualidad de que conservar el sentido de la realidad, en la medida de lo posible, es importantísimo para cualquier hombre inteligente que esté en su sano juicio.
Simon se echó a reír, logrando en cierto modo romper la tensión.
—Así pues, según tu opinión, si un hombre ve algo que carece de explicación lógica se lo puede calificar de loco, ¿no es cierto?
—Yo no he dicho exactamente eso.
Simon tenía el feo hábito de tergiversar mis palabras.
—Bueno, pues tendrás que acostumbrarte, tío.
—¿Acostumbrarme? ¿Es todo lo que se te ocurre decir?
—Hasta que averigüemos algo más, sí.
Habíamos llegado a un cruce de tres carreteras.
—Ahí está el desvío —indiqué—. Coge esa carretera hasta Nairn.
Simon tomó dirección este, atravesó la ciudad y entonces se salió de la carretera. Detuvo el coche, paró el motor y se desató el cinturón de seguridad.
—¿Qué haces?
—Voy a dormir. Estoy cansado. Podemos descabezar aquí un sueñecito y llegar a la granja antes de la salida del sol.
Reclinó el respaldo del asiento y cerró los ojos. Al cabo de pocos instantes dormía profundamente.
Lo observé un rato, preguntándome: «Simon Rawnson, ¿en qué lío nos hemos metido por tu culpa?».