2 - El caparazón protector

Hay cosas peores que circular por la autopista en un Jaguar Sovereign con la M√ļsica acu√°tica de H√§ndel a todo volumen. El coche alcanza los ciento cuarenta kil√≥metros por hora sin una queja, sin un chirrido. El paisaje se desliza suavemente. Los mullidos asientos de cuero proporcionan una agradable comodidad. Los cristales ahumados del veh√≠culo alivian los ojos fatigados del viaje. La carrocer√≠a protege y a√≠sla al pasajero de los sobresaltos y peligros de la carretera. Es un coche fabuloso. Ser√≠a capaz de estrangular un rinoceronte para conseguir uno.
El padre de Simon, un acaudalado banquero de oscuros or√≠genes, camino de convertirse alg√ļn d√≠a en lord, se lo hab√≠a comprado a su hijo. Del mismo modo, le estaba comprando una formaci√≥n de primera calidad en Oxford. Siempre lo mejor de lo mejor para su querid√≠simo hijito.
Los Rawnson eran ricos, ricos de verdad. Ten√≠an much√≠simo dinero; alguno antiguo, pero la mayor parte de reciente adquisici√≥n. Adem√°s, gozaban de ese peculiar privilegio que los ingleses aprecian por encima de todo: matrimonios de conveniencia. La bisabuela de Simon era duquesa. Su abuela se hab√≠a casado con un lord que criaba caballos de carreras y en cierta ocasi√≥n hab√≠a vendido un ganador del Derby a la reina Victoria, con lo cual hab√≠a alcanzado fama y fortuna para siempre jam√°s. La familia de Simon era uno de esos respetables clanes que a trav√©s de matrimonios sagaces acaban ense√Īore√°ndose de Cornwall, del distrito de los Lagos, y de medio Buckinghamshire, antes de que nadie pueda darse cuenta. Naturalmente, tales circunstancias hab√≠an hecho de Simon un mocoso mimado.
Creo que, en otros tiempos y otra época, Simon habría sido muy feliz ganduleando en una mansión de los Midlands, entrenando caballos y perros de caza e interpretando el papel de un hacendado rural. Pero había aprendido demasiadas cosas como para conformarse con una vida limitada a la caza y a la equitación. ¡Jugarretas de la vida! La educación le había echado a perder tan agradable perspectiva.
Simon ten√≠a todo el aire de uno de esos hombres que han nacido fuera de su √©poca. No pod√≠a evitar que se le notara una vena aristocr√°tica que se evidenciaba en cada uno de sus rasgos y actitudes. Me resultaba muy f√°cil imagin√°rmelo como el se√Īor de vastas haciendas o como un duque con una corte de serviciales paniaguados y una majestuosa mansi√≥n en Sussex. Pero no pod√≠a imagin√°rmelo como un catedr√°tico de universidad. Los claustros umbr√≠os y los capiteles altivos no estaban hechos para √©l. Simon carec√≠a de la sed de sabidur√≠a del aut√©ntico erudito y de la ambici√≥n necesaria para sobrevivir a las complejas intrigas de la vida acad√©mica. En pocas palabras, ten√≠a indudables aptitudes para una brillante carrera en la universidad, pero no ten√≠a necesidad alguna de triunfar en ella. Por eso no se tomaba su trabajo con la seriedad debida.
No es que fuera un gandul. Ni tampoco se hab√≠a limitado a comprar su licenciatura con el abultado talonario de pap√°. A decir verdad, hab√≠a logrado licenciarse con particular brillantez. Pero estaba comenzando a hartarse de su tercer a√Īo de doctorado. Al fin y al cabo, ¬Ņpara qu√© le interesaba doctorarse en historia? No aspiraba en modo alguno a convertirse en catedr√°tico. Durante dos a√Īos se hab√≠a limitado a cubrir el expediente; en los √ļltimos tiempos ya ni siquiera se tomaba esa peque√Īa molestia.
Yo había observado cómo decrecía su interés al tiempo que iba descuidando los estudios. Era el caso típico de hastío tras la licenciatura. Es un fenómeno harto frecuente en Oxford, por lo que uno acaba por reconocer perfectamente los síntomas. Quizá Simon pretendía sólo prolongar en lo posible su estancia en la universidad porque no tenía nada mejor que hacer. En verdad, con dinero, la vida universitaria es muy agradable. Incluso sin dinero es mejor que lo que viene después.
Yo no censuraba a Simon; simplemente lo sent√≠a por √©l. No s√© lo que habr√≠a hecho en su lugar. Como la mayor√≠a de los estudiantes norteamericanos en Oxford, yo ten√≠a que justificar todos y cada uno de mis actos. Deseaba desesperadamente doctorarme y no pod√≠a permitirme el lujo de fracasar, de tener que volver a casa con el rabo entre las piernas. Por eso pon√≠a todo mi empe√Īo en lograr conseguir lo que Simon jam√°s poseer√≠a y mucho menos comprender√≠a.
Pens√°ndolo bien, √©sta era una de las principales diferencias que nos separaban: yo he tenido que reba√Īar hasta la m√°s insignificante migaja que me han brindado, mientras que Simon no conoce siquiera el significado de la palabra ¬ęesfuerzo¬Ľ. Todo lo que ten√≠a, todo lo que era, se lo hab√≠an dado, se lo hab√≠an regalado por su cara bonita. Consegu√≠a todo lo que deseaba sin m√©rito ni esfuerzo. La gente se lo disculpaba todo simplemente por ser Simon Rawnson. Pero nadie disculpaba nada a Lewis Gillies. Jam√°s. Lo poco que yo ten√≠a, y era ciertamente exiguo, me lo hab√≠a ganado a pulso. El m√©rito era un concepto ajeno al universo en que se mov√≠a Simon; en cambio, era el hecho capital y central del m√≠o.
Sin embargo, pese a tales diferencias, √©ramos buenos amigos. Desde buen principio, cuando el primer a√Īo nos adjudicaron habitaciones contiguas en la misma escalera, supimos que continuar√≠amos juntos. Simon no ten√≠a hermanos y me adopt√≥ como tal. Pasamos los a√Īos de universidad catando el dulce n√©ctar de los toneles de ¬ęLa Carrera de Caballos¬Ľ, remando en el r√≠o, metiendo en apuros a las chicas, comport√°ndonos en general como cualquiera esperar√≠a en dos t√≠picos estudiantes universitarios desmandados.
No quiero decir con esto que fuéramos unos perdularios calaveras. Estudiábamos cuando había que hacerlo y aprobábamos los exámenes con las calificaciones que necesitábamos. No éramos, en resumen, ni más ni menos responsables que cualquier universitario.
Tras licenciarme, solicit√© una plaza en el seminario de Estudios C√©lticos y me aceptaron. Fue un aut√©ntico triunfo, sobre todo teniendo en cuenta que era el √ļnico muchacho de mi ciudad natal que hab√≠a podido estudiar en Oxford y adem√°s hab√≠a logrado licenciarse. Sal√≠ en el peri√≥dico local para satisfacci√≥n de mis patrocinadores, la Organizaci√≥n de Veteranos Norteamericanos de la Segunda Guerra Mundial, quienes, en un enloquecido arrebato de alegr√≠a, me prometieron una cantidad respetable para libros y gastos. Aprovech√© al vuelo la oportunidad, me agenci√© una peque√Īa cantidad para cubrir el resto de necesidades, y, ¬°abracadabra!, me dispuse a hacer el doctorado.
Simon consider√≥ que era una idea espl√©ndida doctorarse y se matricul√≥ en historia, aunque creo que tanto le habr√≠a dado hacerlo en astrof√≠sica, en el estudio del comportamiento animal o en cualquier otra cosa. Pero, como ya he dicho, ten√≠a un cerebro bien dotado bajo la gorra y sus tutores consideraron que lograr√≠a doctorarse. Incluso le ofrecieron habitaciones en la universidad, cosa que exced√≠a los sue√Īos de cualquiera, porque, si eran escasas las plazas de alojamiento para estudiantes de licenciatura, las disponibles para doctorandos se reservaban s√≥lo a estudiantes con premio extraordinario.
De nuevo, privilegios de clase, supongo. Sin duda alguna el padre de Simon, Geoffrey Rawnson, de Blackledge, Rawnson y Symes S. L, tom√≥ cartas en el asunto. Pero ¬Ņqui√©n era yo para quejarme? Las habitaciones, situadas en el √ļltimo piso, estaban amuebladas con algunas costosas piezas antiguas de la universidad: nada menos que tres obras de arte del Renacimiento italiano, un artesonado de roble, mesas Tiffany, una ara√Īa de cristal, dos escritorios Chippendale y un sof√° cama de cuero rojo. Y los majestuosos lujos no acababan ah√≠; ten√≠amos un meticuloso criado, comidas excelentes regadas por el pasable vino de las legendarias bodegas de la universidad, modesta colaboraci√≥n de estudiantes a√ļn no licenciados, privilegios en la biblioteca por los que cualquiera habr√≠a dado la vida... y, como remate, una espl√©ndida vista sobre el patio con la aguja de la catedral al fondo. ¬ŅC√≥mo habr√≠a podido yo solito lograr una situaci√≥n similar?
Simon deseaba que continu√°ramos juntos como hasta entonces, por cuyo motivo hizo los arreglos necesarios para que yo pudiera compartir su alojamiento. Creo que consideraba aquello como la oportunidad de alargar tres o cuatro a√Īos m√°s la felicidad de la solter√≠a. Para √©l no pod√≠a ser m√°s sencillo. El dinero no era problema, de modo que pod√≠a permitirse el lujo de perder el tiempo y divertirse hasta el d√≠a del juicio; en cambio, a m√≠ me alcanzaba apenas para mantenerme. Necesitaba a toda costa acabar, doctorarme y lograr lo m√°s pronto posible un puesto de profesor. Me encantaba Oxford, pero ten√≠a que pagar las deudas que hab√≠a contra√≠do para estudiar, y mi familia en los Estados Unidos comenzaba a preguntarse si me volver√≠a a ver otra vez.
Por eso me resist√≠ a emprender aquel absurdo viaje con Simon. Estaba enfrascado en mi tesis: ¬ęLa influencia de la Cosmograf√≠a Goid√©lica en la literatura medieval de viajes¬Ľ. En los √ļltimos tiempos hab√≠a empezado a sentir la caricia fresca del optimismo en el rostro y a vislumbrar una tenue lucecita al final del camino; d√©bilmente brotaba dentro de m√≠ la confianza. Al fin y al cabo, estaba a punto de acabar. Quiz√°.
Probablemente Simon se dio cuenta de mi estado de ánimo y, quizá de forma inconsciente, se dispuso a sabotearlo. No quería que los buenos tiempos se terminaran. Si yo me doctoraba antes que él, tendría que encararse solo con el mundo cruel..., perspectiva que deseaba posponer dentro de lo humanamente posible. Así pues, ensayaba todo tipo de sutiles estratagemas para desviarme de mi meta.
Aquel dichoso asunto del uro era una t√°ctica m√°s de dilaci√≥n. ¬ŅPor qu√© yo le segu√≠a la corriente? ¬ŅPor qu√© me dejaba engatusar?
A decir verdad, a lo mejor yo tampoco quer√≠a terminar. En lo m√°s profundo del coraz√≥n, ten√≠a miedo... de fracasar, de tener que enfrentarme a lo desconocido lejos de las torres de marfil de la vida universitaria. Si no terminaba, no tendr√≠a que enfrentarme al fracaso; si no terminaba, podr√≠a seguir viviendo para siempre en aquel peque√Īo y c√≥modo refugio. Es morboso, lo s√©. Pero no es m√°s que la pura verdad, y una enfermedad que los universitarios contraen m√°s a menudo de lo que la gente puede imaginar. Despu√©s de todo, el sistema universitario se fundamenta en eso.
¬óMueve tu jodido trasero ¬ómurmur√≥ Simon al conductor de un autob√ļs peligrosamente sobrecargado¬ó. Hazte a un lado, grand√≠simo imb√©cil.
Hab√≠a estado musitando comentarios parecidos durante los √ļltimos cien kil√≥metros. Los diez kil√≥metros de caravana en los alrededores de Manchester nos hab√≠an retrasado considerablemente, y el tr√°fico lento de la autopista comenzaba a sacarlo de sus casillas. Ech√© una ojeada al reloj del tablero: las tres cuarenta y siete. Los relojes digitales son una muestra sintom√°tica de la ambivalencia de nuestros tiempos; se√Īalan la hora a la millon√©sima de segundo, pero sin contexto alguno: son una infinita sucesi√≥n de flechas que nos indican ¬ęEst√°is aqu√≠¬Ľ, pero sin precisar exactamente d√≥nde.
¬óSon casi las cuatro ¬ócoment√©¬ó. ¬ŅPor qu√© no hacemos un alto para tomar una taza de t√©? Ah√≠ hay un √°rea de servicio.
Simon asintió.
¬óDe acuerdo. Tengo ganas de mear.
Minutos despu√©s condujo el veh√≠culo hacia la salida y abandonamos la autopista. El aparcamiento estaba abarrotado; todos hab√≠an tenido la misma idea del t√©. Mucha gente lo estaba tomando en el interior de los coches. Siempre me ha asombrado tan peculiar h√°bito. ¬ŅPor qu√© esas personas se pasaban horas y horas conduciendo, se deten√≠an en un √°rea de servicio y, sin bajar de sus veh√≠culos, devoraban los bocadillos que llevaban en una caja de zapatos y beb√≠an el t√© tibio de un termo? Aquello no coincid√≠a en modo alguno con mi idea de hacer un alto en el camino.
Aparcamos, cerramos el coche y nos encaminamos hacia un edificio bajo de ladrillos. El cielo estaba encapotado y gris, lloviznaba y un fuerte viento, impregnado de olor a gasolina, azotaba nuestras ropas.
—¡Por Dios! ¡Lo que faltaba! —protestó Simon.
¬ó¬ŅQu√© pasa?
Se√Īal√≥ con gesto desde√Īoso un tronado letrero de pl√°stico azul sobre el muro gris de cemento. El adem√°n no pod√≠a ser m√°s despreciativo.
¬óEs un Motorman Inn... Son los peores.
Nos metimos en el servicio de caballeros, que estaba hecho una porquer√≠a. Evidentemente alg√ļn palurdo despistado hab√≠a pasado por aquel lugar con su reba√Īo diarreico, y los encargados de mantenimiento todav√≠a no hab√≠an remediado el desastre. Acabamos nuestro quehacer r√°pidamente y en el vest√≠bulo pasamos junto a un grupo de holgazanes vestidos de cuero negro, api√Īados ante unas escandalosas maquinitas de matar o ser matado. Las bestias vociferantes intentaron pedirnos suelto, pero Simon hizo caso omiso de ellos con arrogancia y entramos en la cafeter√≠a.
Naturalmente había cola, los pasteles estaban rancios y las galletas pasadas. Por fin me decidí por una barra de Twix y una taza de té. Por su parte, Simon confesó estar hambriento y pidió pollo con patatas fritas, compota de manzana y crema, y un café.
Encontré una mesa, y Simon, después de pagar, se instaló frente a mí. El local retumbaba con el estrépito de los cacharros y apestaba a humo de tabaco. El suelo bajo nuestra mesa estaba resbaladizo de puré de guisantes.
¬ó¬°Dios! ¬°Es grotesco! ¬ógru√Ī√≥ Simon pero con cierto aire de satisfacci√≥n¬ó Una aut√©ntica pocilga. Los motorman√≠acos atacan de nuevo.
Sorbí un poco de té. Me habían puesto demasiada leche, pero no importaba; por lo menos estaba caliente.
¬ó¬ŅQuieres que luego conduzca un rato? Lo har√© con gusto.
Simon echó un poco de vinagre sobre el pollo y las patatas. Después pinchó una patata pringosa que se balanceó peligrosamente en el tenedor. Simon la contempló con asco antes de zampársela. Luego dirigió una enfurecida mirada hacia el mostrador y la cocina.
—Esos zánganos analfabetos sólo tienen que emplear sus escasas facultades mentales para sumergir las patatas en aceite caliente —comentó indignado—. Supongo que de vez en cuando lo logran... aunque sólo sea, más que nada, por pura casualidad.
No tenía ganas de discusiones, así que desenvolví la barra de Twix y partí un pedazo.
¬ó¬ŅA qu√© distancia calculas que estamos de Inverness?
Simon, tras haber dejado a un lado las patatas por incomibles, atacó el pollo; separó del hueso un pedazo de carne e hizo una mueca de desagrado.
—¡Vaya un asco! —fue el veredicto—. No me importa que esté frío, pero odio el pollo congelado. Hace tiempo inmemorial que está hecho.
Apartó el plato de un manotazo esparciendo por la mesa las patatas grasientas.
—Ese mejunje de manzana tiene buena pinta —observé más por lástima que por convicción.
Simon acercó el bol y probó el contenido con una cuchara. Hizo una mueca de asco e inmediatamente escupió el bocado.
¬óNauseabundo ¬óafirm√≥¬ó. Inglaterra produce las mejores manzanas del planeta, y estos cretinos facinerosos utilizan asquerosos productos enlatados que rechazar√≠a cualquier rep√ļblica bananera comida por las moscas. Para colmo, nuestras vacas dan una leche que es envidiable, vivimos en una tierra que rebosa leche y miel, pero ¬Ņqu√© bebemos nosotros? Un suced√°neo a base de leche vegetal seca y helada reconstituida con aguachirle. Es un crimen.
¬óEs comida de autopista, Simon. No le des tanta importancia.
—Es mala leche —replicó cogiendo el bol y levantándolo en alto.
Temí que fuera a arrojarlo al otro lado del local. Pero se limitó a volcarlo con gesto solemne sobre el despreciado pollo y las grasientas patatas. Se dispuso a tomar el café y le ofrecí la mitad de mi barra de chocolate con intención de calmarlo.
¬óNo es por el dinero ¬ódijo apaciblemente¬ó. No me importa malgastarlo..., siempre lo hago. Lo que me molesta es el cinismo.
¬ó¬ŅEl cinismo? ¬ópregunt√© asombrado¬ó. Un timo de autopista quiz√°, pero yo no lo calificar√≠a de cinismo.
¬óPues, querido amigo, no es m√°s que eso. Ya ves, esos cabrones salteadores de caminos saben que nos tienen en sus manos..., que estamos atrapados aqu√≠, en la autopista. No podemos acudir a la competencia. Estamos cansados, necesitamos un respiro. Se esconden tras una apariencia enga√Īosa y simulan ofrecernos socorro y ayuda. Pero es una impostura. Nos dan bazofia y asaduras y tenemos que conformarnos. Saben que no vamos a protestar. ¬°Somos ingleses! No nos gusta armar l√≠os. Nos conformamos con cualquier porquer√≠a que nos den porque en realidad no merecemos nada mejor. Esos bandidos hip√≥critas lo saben y se aprovechan. Por eso lo considero un cinismo.
—¡Baja la voz! —susurré—. La gente nos está mirando.
—¡Que lo hagan! —gritó Simon—. Esos mamones mercachifles de mierda me han robado el dinero, pero no van a conseguir que acepte con calma el latrocinio. No van a conseguir que me calle dócilmente.
¬ó¬°Muy bien, muy bien! Tranquilo, Simon ¬ódije¬ó. V√°monos.
Arroj√≥ la taza de caf√© sobre la mesa, se levant√≥ y se precipit√≥ hacia la puerta. Tom√© un √ļltimo sorbo de t√© y lo segu√≠; en el aparcamiento ech√© una mirada de envidia a los que tomaban el t√© en la confortable privacidad de sus autom√≥viles. De pronto se me antojaba que aquello era el colmo de la prudencia y el buen gusto.
Cuando llegué junto al coche, Simon ya había puesto en marcha el motor.
—Sabías perfectamente lo que ibas a encontrar cuando entraste ahí —le eché en cara subiendo al coche—. De veras, a veces me parece que lo haces adrede para poder quejarte después.
¬ó¬ŅAcaso tengo la culpa de tanta incompetencia? ¬óprotest√≥¬ó. ¬ŅSoy yo el responsable?
—Sabes perfectamente lo que quiero decir, Simon —insistí yo—. Te gusta escarbar en la mierda. Es tu vicio preferido.
Puso la primera marcha, salió del aparcamiento y enfilamos de nuevo la autopista. Simon tardó un buen rato en volver a hablar. Su silencio parecía la calma que precede a la tempestad. Conocía muy bien los síntomas, y, a juzgar por la fuerza con la que asía el volante, la tempestad iba a ser un verdadero ciclón. Se respiraba en el ambiente la furia reprimida.
Por fin Simon tomó aliento, y yo me apresté a hacer frente a la primera ráfaga.
¬óEstamos condenados, sin duda ¬ódijo lentamente, lanzando las palabras como si fueran piedras arrojadas por una honda¬ó. Condenados como las ratas encerradas en un barril arrastrado por la lluvia.
¬óNo me incluyas.
¬ó¬ŅNo sabes ¬ócontinu√≥, dando por sentado mi ignorancia¬ó que cuando Constantino el Grande gan√≥ la batalla del puente Milvio en el a√Īo trescientos doce decidi√≥ construir un arco de triunfo para conmemorar su victoria?
¬óEscucha, ¬Ņpor qu√© no dejamos este asunto de una vez?
¬óBueno, pues as√≠ ocurri√≥. El √ļnico problema es que no encontr√≥ artistas que estuvieran a la altura del ambicioso proyecto. Los busc√≥ por todos los confines del Imperio romano, pero no pudo encontrar ni un solo escultor capaz de reproducir aceptablemente el friso de la batalla o la estatua de la victoria. Pero, como no era un hombre que se desalentara con facilidad, orden√≥ a sus alba√Īiles que arrancaran las estatuas de otros arcos y las colocaran en el suyo. Los artistas de aquella √©poca no estaban a la altura de las circunstancias, ya ves.
¬óSi t√ļ lo dices... ¬ógru√Ī√≠.
—Es la pura verdad —insistió—. Gibbon considera ese momento el fin de Roma, el comienzo del declive. Y desde entonces la civilización occidental se ha ido hundiendo. Mira a tu alrededor, tío; hemos alcanzado el nadir. El final de la línea. Finí! Kaput! Estamos condenados.
¬ó¬°Por favor! No empecemos...
Mi ruego era sólo un paraguas de papel abierto contra un tifón.
¬óCondenados ¬órepiti√≥ con √©nfasis, lanzando la palabra como un ca√Īonazo¬ó. Sin duda una maldici√≥n pend√≠a sobre nuestras desgraciadas cabezas desde el momento mismo de nacer. T√ļ eres norteamericano, Lewis, as√≠ que has tenido que darte cuenta. Se nota en nuestra actitud: los ingleses somos una raza condenada.
—Pues a mí me parece que tenéis muy buen aspecto —dije secamente—. Sobreviviréis.
—¡Vaya! De modo que te parecemos una civilización que sobrevivirá. Fíjate en nuestra apariencia física: tenemos el pelo lacio y grasiento, la piel llena de pecas, la carne pálida y costrosa, las narices mal hechas. La barbilla hundida, la frente en declive, las mejillas fláccidas, el vientre deforme, los hombros estrechos, la espalda encorvada, las piernas torcidas; estamos ajados, somos velludos y desaseados. Tenemos la vista cansada, los dientes cariados, la respiración irregular. Somos pesimistas, depresivos, anémicos y macilentos.
—Nadie lo diría —comenté observando hasta qué punto el aspecto de Simon contradecía la retahíla de defectos que acababa de enumerar.
Tenía un físico sin tacha; sus palabras eran fuegos de artificio, mucho ruido y pocas nueces. Como era de esperar, pasó por alto mi comentario.
¬ó¬ŅHas dicho que sobreviviremos? La atm√≥sfera est√° contaminada. El agua tambi√©n. Y la comida. ¬ŅQuieres que hablemos de la comida? Todo est√° elaborado por taimados y astutos sujetos en f√°bricas de salmonella, con el √ļnico prop√≥sito de contaminar al mayor n√ļmero posible de consumidores y de paso sacarles el dinero, antes de obligarlos a acudir al Instituto Nacional de la Salud, donde les dar√°n la puntilla y les proporcionar√°n un entierro apresurado y an√≥nimo. Y, si por alg√ļn extra√Īo milagro sobrevivimos a nuestra malsana alimentaci√≥n diaria, nos vemos abocados a la insoportable mezquindad de nuestra existencia. ¬°M√≠ranos! Nos arrastramos entumecidos y neur√≥ticos por inhospitalarias y pestilentes ciudades, inhalando gases nocivos de f√°bricas obsoletas y agarrando miserables bolsas de pl√°stico llenas de carne t√≥xica y verduras y frutas cancer√≠genas. Hediondos ricachones amasan fortunas en cuentas de inversi√≥n libres de impuestos, mientras el resto se apretuja en espantosas calles hundidos hasta las rodillas en caca de perro, para fichar en agobiantes y apestosas f√°bricas, trabajando por un salario que les permita comprar una c√°scara de queso rancio y una lata de jud√≠as con nuestra libra devaluada y ahogada por los impuestos. Observa cualquier calle en cualquier ciudad. Ver√°s c√≥mo vamos con aire ce√Īudo de una tienda a otra gastando el dinero en horribles ropas que no nos caen bien, comprando vulgares zapatos de suela de cart√≥n fabricados por esclavos encerrados en gulags, y dej√°ndonos engatusar d√≠a tras d√≠a por ordinarias y pintarrajeadas dependientas con cerebro de mosquito y piernas de gamba. Acosados por presiones de mercado que no podemos ni comprender ni controlar, vagamos por los lares de la codicia consumidora, comprando a plazos complejos aparatos de fabricaci√≥n coreana que ni deseamos ni necesitamos con tarjetas de cr√©dito plastificadas, atendidos por presumidos aprendices de vendedores con la cara llena de granos, corbatas amarillas y pantalones demasiado ajustados, que est√°n deseando escabullirse al bar m√°s cercano para ponerse morados de cerveza aguada y mirar imp√ļdicamente a secretarias linf√°ticas vestidas con minifalda de cuero negro y blusas transparentes.
Simon estaba fuera de s√≠. Me repantingu√© en el asiento dispuesto a soportar aquel chorreo de horrores. Habl√≥ del t√ļnel del canal de la Mancha, de la invasi√≥n del Mercado Com√ļn Europeo, del dominio tir√°nico de la moda francesa, de lo l√ļgubres que eran los belgas, de los estudiantes de habla iran√≠, de los gamberros que se emborrachaban con cerveza Heineken, de los hooligans, de agujeros en la capa de ozono, de playboys italianos, del narcotr√°fico sudamericano, de la banca suiza, de las tarjetas de oro del American Express, del efecto invernadero, de la √©poca de irresponsabilidad, inconsecuencia y absurdo que nos hab√≠a tocado vivir, etc√©tera, etc√©tera.
Para enfatizar su discurso, aferraba furiosamente el volante con ambas manos y pisaba a fondo el acelerador, balanceando la cabeza al ritmo de sus palabras y mirándome de reojo de tanto en tanto para asegurarse de que seguía escuchándolo. Entretanto, yo esperaba el momento oportuno, la ocasión de meter baza en aquel torrente de atropellada velocidad.
¬óDentro de poco careceremos de un lugar al que poder calificar como nuestro, pero gozaremos de latas heladas de cerveza Guinness, de refinadas cafeteras Braun, de elegantes prendas Benetton, de bonitas zapatillas Nike, de plumas Mont Blanc chapadas en oro, de m√°quinas de fax Canon, de Renaults, Porsches, Mercedes, Saabs, Fiats, Yugos, Ladas y Hyundais, de perfumes Givenchy y Chanel pour Homme, de vacaciones en Aeroflot, de estancias en la Costa del Sol, de Piat D'Or, de Viva Espa√Īa, de Sony, Yamaha, Suzuki, Honda, Hitachi, Toshiba, Kawasaki, Nissan, Minolta, Panasonic y Mitsubishis de mierda. ¬ŅY nos importar√° algo? ¬ópregunt√≥ sin esperar respuesta¬ó. ¬°Joder, no! Ni siquiera pesta√Īearemos. No moveremos un pelo ni tensaremos un m√ļsculo. Nos quedaremos pasmados ante la todopoderosa televisi√≥n, adormecidos en un falso nirvana por la combinaci√≥n atontadora de trivialidad y charloteo, mientras los nocivos rayos cat√≥dicos transforman en gelatina nuestras saludables c√©lulas grises.
Ese tipo de arengas era una de las más logradas habilidades de Simon. Pero aquella diatriba amenazaba con prolongarse eternamente y yo estaba comenzando a hartarme. Hizo un alto para recobrar aliento y aproveché la ocasión.
¬óSi te sientes tan desgraciado ¬ódije arroj√°ndome de cabeza en el vertiginoso torrente de aquella invectiva¬ó, ¬Ņpor qu√© sigues aqu√≠?
Curiosamente, mi comentario lo afectó.
¬ó¬ŅQu√© quieres decir? ¬ópregunt√≥ volviendo la cabeza hacia m√≠.
¬óLo que has o√≠do. Si eres tan infeliz como aparentas y si las cosas van tal mal como dices, ¬Ņpor qu√© no te largas? Podr√≠as ir a donde quisieras.
Simon esbozó una sonrisa de superioridad.
—Dime un lugar en donde las cosas vayan mejor —dijo desafiante—, y me iré.
As√≠ de improviso no se me ocurri√≥ ning√ļn lugar adecuado para Simon. Podr√≠a haber sugerido los Estados Unidos, pero las mismas plagas que azotaban Gran Breta√Īa estaban asolando tambi√©n Norteam√©rica. La √ļltima vez que hab√≠a estado all√≠, apenas la reconoc√≠... No era como yo recordaba. Incluso en mi peque√Īa ciudad natal del interior hab√≠a desaparecido completamente el esp√≠ritu de convivencia, engullido por corporaciones municipales rapaces y por la ciega adicci√≥n a los negocios r√°pidos y al consumismo voraz que se hab√≠a apoderado de los ciudadanos. ¬ęQuiz√° no se celebre nunca m√°s el desfile del Cuatro de Julio en la calle Mayor, ni se canten villancicos en el parque durante la Navidad ¬óme hab√≠a comentado mi padre¬ó, pero no hay duda de que tendremos McDonalds, Pizza Hut, Kentucky Fried Chicken y supermercados en las afueras, abiertos las veinticuatro horas todos los d√≠as de la semana.¬Ľ
Así era el mundo: codicioso, duro, horrible. Así era en todas partes y estaba harto de que me lo recordaran cada dos por tres. Por eso me limité a mirar a Simon a los ojos y devolverle la mirada de desafío.
¬ó¬ŅQuieres decir que si te encontrara un lugar m√°s adecuado para ti que √©ste, te marchar√≠as?
¬óComo una centella.
—¡Ja! —exclamé—. Nunca lo harías. Te conozco muy bien, Simon. Eres el eterno protestón. No eres feliz a no ser que te puedas sentir desgraciado.
¬ó¬ŅT√ļ crees?
—Pues claro, Simon —afirmé—. Si todo fuera sobre ruedas, te deprimirías. De veras. En el fondo te gusta cómo van las cosas.
¬óBueno, muchas gracias, doctor Freud ¬ógru√Ī√≥ Simon¬ó. Agradezco much√≠simo tan agudo an√°lisis.
Pisó a fondo el acelerador.
—Deberías admitirlo, Simon —insistí—. Te encanta oler la mierda. Eres un voyeur de la miseria humana. Si a algo estás condenado, es a tu caparazón protector. ¡Convéncete! Cuanto peor van las cosas, más disfrutas. La decadencia te va que ni pintada. En el fondo te gusta. Disfrutas con la degeneración; te encanta revolcarte en la podredumbre.
—¡Espera y verás! —murmuró tan bajo que apenas pude oírle— A lo mejor un día te llevas una buena sorpresa, amigo mío.