1 - La aparición del uro

Todo empezó con el uro.
Estábamos desayunando en nuestras habitaciones de la universidad. Simon presidía la mesa con su habitual actitud crítica frente al mundo, alimentada como todas las mañanas por las noticias del periódico.
—¡Espléndido! —resopló con desdén—. Según parece, hemos sido invadidos por una jauría de descontrolados fotógrafos extranjeros ávidos de abrir sus objetivos (y quién sabe qué más) a los exóticos encantos de nuestra querida Inglaterra. ¡Vela por tus hijas, Bognor Regis, porque los fotógrafos europeos rondan por estas tierras!
Siguió mascullando confusamente unos momentos y luego exclamó:
—¡Caramba! ¡Esto sí que es un notición!
Dio una sacudida enérgica al periódico y se enderezó en la silla, adoptando una postura muy poco habitual en él.
—¿Un notición? —repetí yo distraídamente.
Hacía tiempo que había dejado de divertirme la costumbre de Simon de leer el periódico en voz alta haciendo comentarios despreciativos, irónicos y sarcásticos, salpicados y adobados con su peculiar cinismo. Había aprendido a emitir gruñidos de conformidad mientras devoraba el huevo con tostadas. Así me evitaba tener que prestar atención a sus diatribas por muy elocuentes que pudieran llegar a ser.
—Un bendito escocés ha encontrado un uro, en su propiedad.
—¡No me digas!
Sumergí la tostada en la yema del huevo pasado por agua, mientras leía un titular acerca de un conductor del metro de Londres que se había negado a detenerse en las paradas y había obligado a los furiosos pasajeros a recorrer durante cinco horas la línea de Circle.
—¡Qué interesante!
—Según parece, el animal vagaba errante por un bosque vecino y se derrumbó en medio de un campo de heno a unos treinta kilómetros al este de Inverness.
Simon bajó el periódico y me miró.
—¿Has oído lo que acabo de decir?
—Con todo detalle. Vagaba errante por un bosque y fue a derrumbarse cerca de Inverness..., probablemente víctima del aburrimiento —contesté yo—. Imagino muy bien cómo debía de sentirse.
Simon me miraba fijamente.
—¿No te das cuenta de lo que eso significa?
—Significa que la organización local de la Sociedad Protectora de Animales recibió una llamada telefónica. Algo importantísimo.
Sorbí un poco de café y me enfrasqué en las páginas deportivas.
—Yo no lo consideraría realmente ni siquiera una noticia —añadí.
—No sabes qué es un uro, ¿verdad? —me acusó— No tienes la menor idea.
—Un animal... Lo acabas de decir hace un momento. De veras, Simon, vaya unos periodicuchos que lees... —protesté dando un desdeñoso capirotazo al periódico que sostenía—. Basta con ver esos escandalosos titulares: «Princesa complicada en un extraño enredo sexual», «Escalofriante fin de semana de un obispo en un salón de masaje turco». Creo que sólo lees esas porquerías para alimentar tu pesimismo.
Simon no se inmutó.
—No tienes la más ligera idea de lo que es un uro. Venga ya, Lewis, reconócelo de una vez.
—Es una especie de cerdo —dije al buen tuntún.
—¡Caliente, caliente! —se burló Simon.
Echó la cabeza atrás y soltó una risita burlona. Cuando quería ridiculizar la ignorancia de alguien utilizaba una desagradable risa de zorro. A Simon le gustaba extraordinariamente mofarse del prójimo; era un maestro en el arte del desdén, la burla y el sarcasmo.
No me di por aludido. Me enfrasqué en mi periódico y seguí devorando las tostadas.
—¿Un cerdo? ¿Has dicho un cerdo? —repitió riéndose.
—¡Está bien, está bien! Le ruego humildemente, profesor Rawnson, que me diga qué es un uro.
Simon dobló cuidadosamente el periódico y lo blandió ante mis narices.
—Un uro es una especie de buey.
—¡Mira por dónde! —gruñí con fingido asombro—. ¿Un buey? ¿Y se derrumbó? ¡Vaya por Dios! ¿Y qué más? Déjame en paz.
—Tal como dices, no parece demasiado importante —concedió Simon.
Y enseguida se apresuró a añadir:
—Pero da la casualidad de que esa especie de buey es una criatura de la era de las glaciaciones y que por tanto hace más de dos mil años que se extinguió.
—Se extinguió —repetí yo sacudiendo lentamente la cabeza—. ¿De dónde habrán sacado semejante disparate? Si quieres saber mi opinión, lo único que se ha extinguido en este asunto es tu innato escepticismo.
—Parece ser que los últimos uros desaparecieron de Gran Bretaña antes de la llegada de los romanos..., aunque unos cuantos quizá sobrevivieran en el continente hasta el siglo VI más o menos.
—Fascinante —repuse.
Simon puso el periódico doblado ante mis narices. Vi la fotografía borrosa y confusa de una enorme masa oscura que tanto podía ser la imagen de un mamífero como de cualquier otra cosa. De pie, junto a aquella mal definida mole, se veía a un hombre ceñudo de mediana edad que sostenía un objeto largo y curvo semejante por su tamaño y aspecto a una vetusta guadaña. El objeto parecía de alguna forma pertenecer a la oscura mole.
—¡Muy bucólico! Un hombre de pie junto a un montón de estiércol con un apero en las manos. ¡Una imagen muy casera! —me burlé imitando las mañas de Simon.
—Lo que calificas de un montón de estiércol es ni más ni menos que el uro, y el apero que el hombre sostiene en sus manos es uno de los cuernos del animal.
Observé de nuevo la fotografía y a duras penas pude distinguir la cabeza del animal bajo el enorme declive de su lomo. A juzgar por el tamaño del cuerno, debía de haberse tratado de una bestia enorme..., tres o cuatro veces mayor que una vaca.
—No es más que una fotografía trucada —afirmé.
Simon chasqueó la lengua.
—Me decepcionas, Lewis; tan joven y sin embargo tan cínico.
—No me digas que crees esa estúpida falsificación —dije señalando la foto con un dedo—. La han hecho en el patio de la granja..., posiblemente con una carretada de abono.
—Bueno —admitió Simon alzando la taza de té y fijando toda su atención en ella—, quizá tengas razón.
—Puedes apostar lo que quieras —cacareé muy satisfecho.
Pero me había precipitado al cantar tan pronto victoria; debería haberlo imaginado, conociendo a Simon como lo conocía.
—Aun así, no nos costaría nada comprobarlo in situ.
Removió el té y lo apuró. Después, como si hubiera tomado una decisión, colocó ambas manos sobre la mesa con gesto enérgico y se levantó.
Vi en sus ojos una expresión astuta. Era una mirada que conocía muy bien y que por eso mismo temía.
—No puedes estar hablando en serio.
—Completamente en serio.
—Olvídalo.
—¡Vamos! Será una aventura.
—Tengo una cita con mi tutor esta tarde. Y eso sí que es más que una aventura.
—Quiero que me acompañes —insistió Simon.
—¿Y qué pasa con Susana? —repuse—. Según tengo entendido, ibas a comer con ella.
—Susana lo comprenderá —replicó Simon con celeridad—. Iremos en mi coche.
—No. De veras. Escucha, Simon, no podemos salir corriendo tras esa especie de buey. Es una ridiculez, una impostura. Me recuerda aquellos círculos mágicos en los trigales que tanto conmocionaron a la opinión pública el año pasado. No es más que un truco. Además, no puedo ir. Tengo mucho trabajo, y tú también.
—Un paseo en coche por el campo nos vendrá bien. Aire puro para limpiar las telarañas del cerebro y para levantar el ánimo.
Se encaminó precipitadamente a la habitación contigua. Lo oí marcar un número y poco después le oí decir:
—Oye, Susana, respecto a la cita de hoy... Lo siento muchísimo, cariño, pero ha surgido un imprevisto... Sí, tan pronto como regrese... Más tarde..., sí, el domingo, no lo olvidaré... Te lo juro por mi vida. ¡Besos!
Colgó el teléfono y marcó otro número.
—Al habla Rawnson. Necesito el coche esta mañana... Quince minutos. Muy bien. Muchas gracias.
—¡Simon! —grité—. ¡Me niego en redondo!
Así fue como me encontré en St. Aldate la mañana lluviosa de un viernes, en la tercera semana de otoño del calendario académico, chorreando agua por la nariz, mientras esperaba el coche de Simon en el que íbamos a viajar y me preguntaba cómo demonios había conseguido engatusarme.
Simon y yo éramos estudiantes universitarios. Compartíamos habitaciones en la universidad. Pero, mientras Simon sólo tenía que murmurar una orden por teléfono para que su coche acudiera cuando y donde a él le viniera en gana, yo no podía ni siquiera aspirar a que el portero me permitiera apoyar en la puerta mi humilde y traqueteada bicicleta el tiempo de recoger el correo. Privilegios de clase, supongo.
El abismo que nos separaba no acababa ahí. Yo era de mediana estatura y una complexión que ante el espejo no tenía más remedio que calificar de esmirriada; en cambio, Simon era alto y esbelto, musculoso y ágil: la complexión de un saltador de vallas olímpico. El rostro que yo ostentaba ante el mundo era ordinario, podría decirse que vulgar, coronado por unas deslucidas greñas del color de una cáscara de nuez. En cambio, los rasgos de Simon eran angulosos, bien marcados, hermosos; tenía esos cabellos espesos, oscuros y rizados que son la envidia y admiración de las mujeres. Mis ojos eran de color gris-ratón; los de él, de color avellana. Yo tenía la barbilla caída; él, en cambio, enérgica.
Imagino que cuando aparecíamos juntos en público debíamos de parecer el anuncio viviente de un antes y después de tomar «Nuestras vitaminas y tónico de belleza transformarán su naturaleza». Simon despertaba pasiones, tenía esa especie de vigor y rudeza que ambos sexos encuentran tan atractivos. Yo tenía esa clase de aspecto que a menudo mejora con el paso del tiempo, aunque no era seguro que pudiera llegar a una edad demasiado avanzada.
Un hombre mezquino habría sentido celos de la esplendorosa estrella de Simon, pero yo me conformaba con mi suerte. Bueno, también sentía celos... pero dentro de un límite.
En fin, allí estábamos los dos, bajo la lluvia, entre el vértigo del tráfico, mientras los autobuses vomitaban pasajeros en las saturadas aceras y yo mascullaba débiles protestas.
—Es una estupidez. Una ridiculez. Una chiquillada, una irresponsabilidad. Una locura, ni más ni menos.
—Tienes razón, desde luego —asintió Simon con afabilidad.
La lluvia le perlaba la gorra y le goteaba en el chaquetón.
—No podemos dejarlo todo y salir corriendo a pasear por el campo a capricho —gruñí cruzando las manos bajo la capa de plástico—. No sé cómo permito que me metas en estas locuras.
—Es que tengo un encanto irresistible, viejo amigo —dijo con una simpática sonrisa—. Todos los Rawnson tenemos el encanto por arrobas.
—Ya. No me cabe la menor duda.
—¿Dónde está tu espíritu aventurero?
Siempre sacaba a relucir mi total carencia de espíritu aventurero cuando quería que lo secundara en alguna de sus lunáticas ocurrencias. Yo prefería considerarme una persona equilibrada, sensata, con los pies sobre la tierra, de espíritu práctico y realista.
—Eso no tiene nada que ver —protesté—. Simplemente no puedo permitirme el lujo de desperdiciar cuatro días de trabajo para nada.
—Es viernes —me recordó—. Comienza el fin de semana. Estaremos de regreso el lunes, con tiempo suficiente para que reanudes tu precioso trabajo.
—Ni siquiera hemos cogido un cepillo de dientes o una muda de ropa interior —apunté.
—Muy bien —suspiró como si se diera por vencido—. Te has salido con la tuya. Si no deseas ir, no voy a obligarte.
—Perfecto.
—Iré yo solo.
Dio un paso al frente al tiempo que un Jaguar Sovereign se detenía junto a él. Un hombre con sombrero hongo bajó del puesto del conductor y mantuvo abierta la puerta.
—Gracias, Bates —dijo Simon.
El hombre se llevó la mano al ala del sombrero y entró apresuradamente en la portería. Simon me contempló a través del parabrisas del elegante automóvil.
—Bueno, colega, ¿vas a permitir que me divierta yo solito?
—¡Maldito seas, Simon! —exclamé mientras abría la portezuela y me metía en el coche—. Yo no necesito esta clase de diversiones.
Riéndose, Simon cerró la puerta, puso la primera marcha y apretó el acelerador a fondo. Los neumáticos patinaron en el pavimento mojado, y el coche salió disparado. Simon giró el volante y ejecutó un viraje en redondo totalmente ilegal en medio de la calle, entre los bocinazos de un autobús y las maldiciones de los ciclistas.
Tenía el convencimiento de que todo iría bien.